Los personajes de Dragon Ball y Naruto no me pertenecen. Son obra y creación de Akira Toriyama y Masashi Kishimoto respectivamente.
Buenas, mis queridos lectores. Sé que actualizo más tarde de lo debido, la meta era hacerlo en diciembre, y créanme cuando les digo que iba realmente bien, estaba convencido de que antes de navidad tendría listo el capítulo que hoy les traigo, desafortunadamente se me presentaron muchos compromisos con el trabajo por esas fechas y me fui retrasando de a poco. En fin, apenas ayer lo terminé, no obstante quiero aclarar que todavía responderé a los reviews de los usuarios sin cuenta, me pondré con eso por estos días y actualizaré una vez más el capítulo con dichas respuestas incluidas, así como también algunos mensajes privados que tengo pendientes y que pronto me dedicaré a contestar, es solo que no quiero hacerlos esperar más.
Aquí los dejo con el capítulo 24.
##############################################
24. Juramento de Cuatro
Chōji optó por engullir una grosera e inhumana cantidad de patatas fritas para canalizar su asfixiante ansiedad. Sudaba copiosamente. Su lengua, reseca de tanta sal, ya no distinguía entre las de queso cheddar o ajo, por lo que su último y predilecto aperitivo sabor a barbacoa, le supo a lo mismo que la primera bolsa condimentada con el vulgar aderezo de crema y cebolla. No estaba disfrutándolo en absoluto.
La recepcionista evitó mirarlo para no sobrevenirse en arcadas, y decidió enterrar la cabeza en una revista cuando observar a Shikamaru tampoco le trajo sosiego: enloquecería si tenía que contemplarlo un segundo más en su caminar de tigre enjaulado.
Los dos desistieron de sus mañas cuando Ibiki Morino abandonó la oficina del jefe de la División de Inteligencia. Desde su imponente estatura, echó un vistazo breve al par de jóvenes chūnin, reconociéndolos sin titubeos dado el parecido que guardaban con sus respectivos padres.
―Bien, ya pueden pasar. ―Informó la secretaria―. Pero recuerden no demorar más de diez minutos. Inoichi-sama es una persona muy ocupada y la visita de ustedes no estaba programada.
Bajo el férreo escrutinio de Ibiki, ambos ingresaron a la oficina del líder de los Yamanaka. Sabían de sobra las consecuencias que podría acarrearles el desafiar a un shinobi influyente, líder de un prestigioso clan e íntimo amigo de sus padres. Discutir con un tipo habituado a exprimir información del cerebro de criminales y espías que se suponían capacitados para soportar crueles torturas, sería de todo menos algo agradable.
―Chicos, qué sorpresa tenerlos por acá. ¿Qué los trae a la División de Inteligencia? ¡Ah, disculpen si parece que estoy apresurándolos! Venga, tomen asiento. ¿Quieren que pida un poco de té para amenizar el encuentro?
Inoichi era de todo menos estúpido. Su entusiasmo se diluyó tan pronto reparó en la severidad de los rostros de los jóvenes. Tampoco quisieron sentarse, lo que delataba un lenguaje corporal esquivo e incómodo, y entre una cosa y otra, hilvanó lo que creyó, sin estar muy equivocado, el motivo de solicitar tan peculiar audiencia.
―Inoichi-sama, no deseamos restarle más tiempo, así que iré directo al punto, y quiero que sea sincero al respecto. ―Nara cogió una profunda inhalación antes de detonar el sello explosivo que sacudiría a los tres clanes más hermanos de Konoha―. Usted bloqueó los recuerdos de Ino relacionados a Trunks y le ordenó no volver a acercarse a él, ¿no es así?
Un rictus de coraje, a duras penas contenible, estremeció los de por sí endurecidos rasgos de Inochi. Un salvaje brillo esmeralda hizo destello en ese par de ojos ásperos que no dudaron en atravesar a los chicos. Fue cosa de un segundo, porque después adoptó una postura impasible que no dejaba entrever más allá de su glacial personalidad.
―Les pido que se retiren si es que solo han venido a gastarme una broma de mal gusto. Comprendan que no estoy de humor para lidiar con la situación actual de Ino, lo que por extensión repercute en la alarmante ausencia de un heredero y guía para mi clan.
―Inoichi-sama, no siga, por favor. Si es tan amable, responda a la pregunta de Shikamaru. ―La bolsa de patatas a medio vaciar crujió en manos de Akimichi. Siguiendo el consejo que heredó de Asuma, sacó coraje para afrontar lo que creía justo. Ino y Trunks eran sus grandes amigos, sabía lo que sentían el uno por el otro, y no toleraba que en el momento que más se necesitaban, interpusieran tan despreciable artimaña para distanciarlos de forma ruin y condenable.
―Ese muchacho… desde que lo conocí supe que era un problema. ―El rubio se confesó con tan breve sentencia. Empuñó las manos e inclinó la cabeza sobre el escritorio para velar su rabia. ―El tiempo me dio la razón, pero fui un tonto en sucumbir a los sentimientos de mi Ino para darle una oportunidad. Lo defendí frente al consejo de la aldea cuando quisieron declararlo traidor por robar el cuerpo de ese sujeto de Akatsuki. Me obligué a pensar que podía ser cosa de un momento, apostándolo todo al honor que, no puedo negar, tiene como guerrero. Sin embargo, más allá de su asombroso fuerza, no tiene nada: es impulsivo, violento e irreverente, cualidades peligrosas en manos de un sujeto con semejante poder capaz de…
―No, eso no. ―Le cortó Shikamaru en tanto alzaba un brazo para contener a Chōji, quien comenzaba a crisparse―. Pese al respeto que nuestros padres nos han inculcado a su persona, no podemos consentir que se dirija en tales términos a nuestro amigo, y por si lo olvida, a un ser que con el beneplácito de Chōji, Ino, Asuma-sensei y mi persona, es integrante vitalicio de la hermandad de nuestros clanes.
La cara de Inoichi se congestionó en cólera. Iba a reventar. La unión de los clanes Nara, Akimichi y Yamanaka, nacía de una profunda e inquebrantable amistad forjada en los campos de batalla, mucho antes de que existiera Hashirama, y con él, el proyecto de aldea militar que representaba Konoha. De la misma manera, si los legítimos miembros y herederos de tan sagrada comunión consideraban que alguien más era digno de formar parte de ellos, la decisión debía respetarse. Que en más de trescientos años no hubiera precedentes de tal cosa, no significaba que era imposible.
―Ustedes no lo entienden. Carecen de experiencia, son demasiado jóvenes y arrogantes para concebir las cosas de la forma en que yo lo hago. Ustedes no vieron lo que yo vi en la mente de Ino, y ahora ella, en su afán de perseguir a un desgraciado que jamás mereció su afecto, fue arrastrada a un insondable pozo que personifica la muerte en vida. Sus días como shinobi han terminado.
Shikamaru y Chōji se mostraron afectados. Para ellos seguía siendo difícil procesar el hecho de que su compañera de equipo hubiera quedado en tal condición. Ahora apenas podía trabajar en la floristería, porque como llegara a sangrar tras pincharse un dedo con la espina de una rosa, lividecía de muerte y comenzaba a hiperventilar, a sudar con desafuero, a sentir que diez toneladas le aprisionaban el pecho y fallecería a causa de ello sin ningún remedio. No era un secreto a voces, ni malintencionados rumores derivados del populacho de féminas que siempre la envidiaron por su belleza y prestigio, quienes, por cierto, ahora se referían despectivamente a ella como "la come flores" aludiendo a la pérdida de sus facultades mentales, sino que Shikamaru y Chōji tuvieron el infortunio de presenciar tan lamentable espectáculo una tarde que pasaron por el negocio para saludarla, y la esposa de Inoichi, una señora recatada y de porte elegante, aunque amable y fácil de trato, les comentó mientras trataba de calmar a su hija sin mucho éxito, que semejantes episodios eran frecuentes.
La amistad a secas era una cosa, pero compartir y confiar tu vida a otros en el campo de batalla, creaba un lazo especial que transcendía el significado de esta palabra, de allí que resultara tan doloroso observar a Ino en un estado de tamaña fragilidad y desvalía, presa de una crisis de pánico por ver sangra su dedo.
Entonces llegó él como cada tarde. Su andar fuerte y resuelto no resultó indiferente a nadie. La madre de Ino, tan rápido como lo vio, se levantó e hizo a un lado para darle acceso a ella.
―Tranquila, no pasa nada. ―Habló en tono afable. Se arrodilló frente a la agitada kunoichi, transmitiéndole seguridad tan pronto la tomó de la muñeca. Su contacto, gentil y cálido, amplió la vidriosa mirada de ella y aminoró la sofocante presión en su pecho―. Es solo un pequeño pinchazo. ―Dijo mientras se llevaba el dedo índice de Ino a la boca y chupaba el punto de sangre―. ¿Ves? Eso era todo, ya no saldrá más.
―Gracias, Trunks… ―Contestó, sorbiéndose los mocos con el delantal de trabajo en el momento justo que su madre acudía con una bandita adhesiva circular y se la pegaba en el inflamado pulpejo.
―Muchas gracias, joven Trunks. ―Agradeció la mujer con una leve reverencia―. En verdad no sé cómo lo logras, pero contigo ella se tranquiliza más fácil.
Entre los dos ayudaron a la rubia a ponerse en pie y la sentaron tras el mostrador. La apuntaron luego con un pequeño ventilador para que el aire terminara de apaciguarla, y en eso Chōji le traía un vaso de agua que bebió con impresionante avidez.
Minutos después, una vez Ino hubo de superar su crisis de pánico, reparó en la empolvada chaqueta púrpura del saiyajin, y se le ocurrió preguntar cómo le había ido en el trabajo.
―Todavía quedan cosas por reparar. Quise venir en mi hora libre para ver cómo estabas.
―Claro. Los chicos también vinieron. ―Ino de pronto se sintió tremendamente avergonzada de que Shikamaru y Chōji la vieran así de descompensada. Quiso disculparse, pero ellos notaron el sentir de su amiga y se adelantaron diciéndole que no tenía de qué apenarse.
―Bueno, debo volver a Kiri. Ha sido un gusto verlos, creo que deberíamos reunirnos más seguido. ¿Tú qué opinas, Ino?
La kunoichi, desde su asiento, miró a sus tres amigos largamente. Una tórrida y agradable sensación estalló tras su esternón. Supo identificar la alegría que la invadía de estar rodeada de las personas que más quería, y agradeció una y otra vez que hubieran venido a visitarla, como si un retazo de lucidez le recordara quién fue y quién era ahora.
―Cierto, casi lo olvido, ¿es esta tu favorita? ―Del bolsillo de la chaqueta, Trunks sacó una pequeña flor morada y la enseñó a la kunoichi, en cuyo rostro se pintó una sonrisa grande al recordar a su mejor amiga Sakura.
―¡Ah, es una flor Cosmos! ―Exclamó al tiempo que se levantaba de un salto y rodeaba el mostrador con la fascinación de un niño al que le traían un regalo―. Son muy bonitas. Representan la modestia, pues su función en cualquier ramo es realzar la belleza de las flores que le rodean. Debo decir que me has sorprendido. Esta vez casi lo logras, estuviste muy cerca, pero no, las flores Cosmos tampoco son mis favoritas.
―Entonces tendré que seguir intentado. ―Resopló Trunks, sacándole una risilla a la rubia, pues ambos se divertían con esta especie de juego sin reglamento acordado que les brindaba la excusa perfecta para verse cada día―. Prepárate, porque mañana será la vencida. ―El saiyajin se despidió de sus amigos, hizo una reverencia a la señora Yamanaka en agradecimiento por dejarlo pasar, y antes de marcharse, colocó la pequeña flor sobre una oreja de Ino.
La kunoichi se ruborizó con locura. Quedó sin aliento mientras lo veía atravesar el umbral de la puerta, y se preguntó si esa diminuta Cosmos también realzaría su belleza. No podía esperar a que fuera mañana para ver qué nueva flor traería.
―Usted tampoco lo entiende. ―Soltó Shikamaru con un grado más de enervación hacia Inoichi―. No entiende lo importante que es Trunks para nosotros, ni mucho menos lo que significa para Ino. No se trata de un capricho pasajero, o alguien a quien guardamos admiración por cierta acción puntual de heroísmo. Los cuatro, somos uno.
Inoichi quedó helado. Un relámpago en forma de recuerdo atravesó su mente. Fue hace tres años, cuando atestiguó una escena abominable, irreal, ajena a su mundo: la descomunal montaña en la que estaba tallado el monumento Kage, flotaba sobre la aldea y amenazaba con aplastarla. Todos morirían bajo el atroz impacto… de no ser por un chico de extraordinaria fuerza e incomparable valor que la sostuvo sobre sus hombros lo suficiente para dar tiempo a que se salvara la gente.
Trunks, de tan solo trece años de edad, libró una batalla sin precedentes contra un demonio proveniente de otra galaxia, contra una bestia capaz de hacer estallar a la Tierra con la energía de un dedo. Él puso su vida por defenderlos sin el menor titubeo, y para ello partió junto al monstruo a un lugar distanciado con la finalidad de no dañar a nadie. Pero antes de hacerlo, una niña rubia le contuvo del brazo para colocarle su preciado pendiente en una oreja.
―Lo que representa este zarcillo es que Chōji, Shikamaru y yo, estaremos contigo, porque los cuatro somos uno.
―No vinimos aquí a pedir que desbloquee los recuerdos de Ino. ―Continuó Chōji, más decidido que de costumbre―. Créame, no será necesario. Poco a poco ella ha mejorado gracias al apoyo que nosotros le hemos dado, lo cual incluye a Trunks, porque usted no podrá evitar que ellos se sigan viendo.
Hasta Shikamaru se encogió en ese punto, pues tampoco estaba decidido a confesar que Trunks e Ino se veían a espaldas del líder de clan Yamanaka, aunque es cierto que más temprano que tarde se terminaría enterando.
―Salgan de mi oficina ahora mismo. ―Bramó, trémulo de coraje. Él nunca perdía la compostura, de manera que para los chicos fue nuevo y hasta cierto punto estremecedor verlo así―. Harán bien en tomar mi consejo. No me hagan repetirme.
―De acuerdo, de acuerdo, ya nos vamos. ―Dijo Shikamaru, moviendo las manos en gesto conciliador. Ya era suficientemente problemático lo que estaban haciendo―. Solo quiero que sepa que nosotros lo tenemos por un shinobi honrado como pocos, y sabemos que como padre solo quiere lo mejor para Ino con el fin de protegerla, pero sepa también que Trunks es todo menos una mala influencia. Nada de lo que diga o haga, nos hará retractarnos de ese hecho.
―¡Fuera! ―Gritó, asestando un manotazo que hizo crujir la madera de su escritorio. Estaba tan dolido con el desenlace que tuvo la misión de su hija, que culpar al saiyajin de todo lo malo traía consuelo a su maltrecho espíritu, si bien en el fondo sabía que estaba equivocado. Incluso él fue quien salvó a su hija del nefasto genjutsu del enmascarado, sin mencionar que la muerte sería siempre la bestia que acechaba constantemente a un shinobi durante el desempeño de su arriesgado oficio, e Ino estaba al tanto de ello.
Ya solo en su oficina, sin saber qué hacer, Inoichi no tuvo más remedio que aceptar que su hija mostraba cierta mejoría día a día, y muy a su pesar, si es que Trunks tenía algo que ver, pensó que quizá haría bien en no ponerse bruto y dejar que las cosas siguieran su flujo.
Apenas ahora venía a darse cuenta que su esposa debía pensar lo mismo, pues era cómplice en callar las visitas secretas entre el par de jóvenes. Si no confiaba en el criterio del hijo de Shikaku, lo haría por lo menos con el de su señora.
##############################################
Cuando Sakura vino a notarlo, ya no estaba en los escalones del pórtico de su casa, sino en el centro de un amplio patio bordeado de palmeras y tapizado por cerámicas blancas de mármol. Bajó la mirada para comprobar que el césped era lo que le hacía cosquillas en los pies, y cuando giró la cabeza para tener una vista completa de su entorno, las alicaídas ramas de un sauce llorón le rozaron la cara.
―Goten, no puedes seguir haciendo este tipo de cosas, es de muy mal gusto. ―Gruñó en tanto se abría paso con sus brazos a través de las hojas―. Debiste avisar que usarías la teletransportación. No puedes tomar a las personas así nada más y llevarlas a… ¿en dónde estamos para empezar?
―En el templo de Kamisama. ―Contestó con un dedo en alto―. Aquí es donde vamos a entrenar. Bueno, no específicamente aquí afuera, lo haremos dentro de la habitación del tiempo.
―¿Templo de Kamisama? ¿Habitación de… pero de qué mierda me estás hablando? ―Ya más agitada, comprobó que al fondo había una suntuosa estructura erigida en un estilo de arquitectura que no existía en ninguna otra parte del mundo. Nunca había visto un templo similar. Se trataba de un edificio no muy alto, cilíndrico, alzado en columnas y paredes del mismo material de las baldosas y con una cúpula que parecía de oro. Su respiración se hizo superficial, rápida; se sentía mareada y no entendía el porqué de ello si no estaba asustada.
―Tranquila, pronto te acostumbrarás, lo que sucede es que a esta altura el oxígeno es cuatro veces más escaso que en la superficie.
―Goten, termina de decirme en dónde diablos estamos, que no entiendo nada de lo que dices. ―Espetó con una mano en la sien, pues sentía que el cerebro le palpitaba. Eso, aunado a las repentinas náuseas que la aquejaban, le indicó que era víctima de los síntomas del mal de altura.
Goten la tomó por un hombro para conducirla al borde de la plataforma. Ella se dejó guiar, más preocupada en no vomitar su desayuno, hasta que llegó a la orilla del mirador y sintió que el corazón sería lo único que regurgitaría al concebir que flotaban en un pedazo de piedra por encima de las mismísimas nubes.
―¿Ahora sí lo entiendes? No es tampoco algo del otro mundo. En fin, vamos a buscar a…
―¿A DÓNDE ME HAS TRAIDO, GRANDÍSIMO ANIMAL? ―Completamente fuera de sí, la kunoichi chilló y saltó sobre el saiyajin, abrazándolo como una cría de koala con los cabellos rosas de punta―. ¡Bájame, bájame de esta cosa antes de que se caiga y nos estrellemos!
―Imposible. Además, en caso de que el templo se llegara a derrumbar, recuerda que puedo volar. ―Goten dio un pequeño salto al vacío y comenzó a levitar, todavía con la chica encima, y sintió cómo ella le atenazaba la cintura con las piernas con una fuerza increíble para no caer.
―¡Maldito mono, deja de hacer tantas estupideces seguidas y regresa tu culo a esa cosa!
―Oye, tranquila, no tienes por qué gritar de esa forma. ―Replicó, hurgando su oído con el dedo meñique. Por poco y se le revientan los tímpanos con los escandalosos alaridos de su amiga, aunque su sentido de la audición pasó a segundo plano tan pronto puso sus botas en la plataforma y la kunoichi se bajó de él para propinarle un potente puño en el cráneo como tenía tiempo que no le daba.
―Estás loco. No sé qué clase de entrenamiento tengas en mente. ―Farfulló, presa de la histeria y retrocediendo para poner distancia de por medio, casi sin aliento―. Lo único que tengo claro es que me vas a explicar con detalle qué es exactamente este… ―No pudo dar un paso más ya que su espalda chocó contra algo. Creyó que ahora sí moriría del susto cuando se dio la vuelta y se topó con un monstruo verde de dos metros de altura con la cara arrugada, antenas en la frente y un semblante riguroso.
Los aterrados aullidos de Sakura casi alcanzaron a los humanos que habitaban la superficie. Perdió el control. Se encaramó sobre Goten, prácticamente encima de su cabeza, halándole de los cabellos como un jinete a su caballo. El pobre saiyajin, con lagrimillas de dolor desbordándole los ojos, la tomó de las muñecas y forcejeó con ella hasta que logró bajarla, no sin algunos insultos de por medio entre ambas partes para hacerla entrar en razón. Sin embargo, la kunoichi, ya sobre sus propios pies, se escondió tras él para guardar la mayor distancia respecto al extraterrestre.
―Sakura, él es Kami-sama.
―¿Ka-Ka-Kami-sama? ―Sus ojos verdes se desorbitaron al notar el kanji que decía "Dios" estampado en la túnica blanca del horripilante sujeto. Era muy grande y corpulento pese a verse tan viejo. Sostenía un desgastado y retorcido báculo de madera como apoyo.
―Goten, exijo que me expliques ahora mismo qué hace en mi templo esta terrícola con chakra. ―Su voz, rasposa y desapacible, hizo remover a la aludida, quien no cabía de asombro entre más detallaba al peculiar individuo.
―Perdone que no le avisé con anticipación, Kami-sama. Todo surgió de repente. Verá, necesito que me preste la habitación del tiempo por dos días para entrenar a mi amiga. Se llama Sakura y en serio necesito ayudarla, se trata de una promesa que le hice tres años atrás.
―No, ―contestó, casi sobreponiéndose a sus palabras―, no puedo permitirlo. Sabes que tengo terminantemente prohibido involucrarme con los humanos sin ki, menos aún con una chiquilla como esta que ni siquiera alcanzó mi templo por sus propios medios.
―Pero usted no tiene que hacer nada, Kami-sama. Solo le estoy pidiendo que me preste la habitación, es todo. ―Goten se aproximó al Namekusei con una sonrisa forzada y las manos juntas en plegaria. Tenía que convencerlo de alguna forma―. Dígame si le puedo ayudar con algo. A ver, ¿qué tipo de cosas le gustan? Puedo traerle películas y mangas para que no se aburra tanto, o algunos platillos exquisitos de la mansión Hyuga, incluso una chica bonita si gusta. Sakura tiene algunas amigas, ella puede convencer a una para que venga, ¿verdad que sí, Sakura?
La kunoichi no daba crédito a nada de lo que estaba ocurriendo. Eran demasiadas locuras juntas por un día, y sin duda, la mayor de ellas, era la de Goten inmerso en su papel de proxeneta al servicio de los dioses.
―No sé por quién me tomas. Bien sabes que mi especie no entiende nada sobre ese instinto reproductivo de ustedes los humanos y otros tantos animales. ―Bufó, acentuando su pesada mirada en la pasmada chica―. Lo siento, Goten. En verdad no puedo ayudarte. No debería, mejor dicho.
El saiyajin intercambió su talante simpático por uno menos amistoso. Percibía sensaciones turbias inéditas en el aura del apacible Namekusei. Algo lo atormentaba.
―¿Está todo bien, señor? ―Se aproximó a él, quedando más patente todavía la enorme talla del dios que le sacaba una cabeza a Goten, bastante alto de por sí―. No tiene por qué ocultarme nada, sabe que puede confiar en mí.
El alma de Kami-sama se hacía pedazos. ¿Cómo podía traicionar a una ser con la bondad de ese chico? Se entristecía de tan siquiera concebir que aquel pequeñajo Kaiō-shin que vino a él, desbordaba más maldad que un simple humano: percibía más integridad y buena voluntad en esa joven terrícola usuaria de chakra. Pero las reglas estaban para cumplirse, las jerarquías para respetarse, y muy a su pesar, debía obedecer a Kaiō-shin y callar para que su voluntad siguiera su curso.
―Te pido que te lleves a tu amiga, por favor. Puedes venir y meditar todo lo que quieras, sabes que eres bienvenido a mi templo. Por desgracia, mi asistencia para con los humanos de la Tierra ha llegado a su fin.
Goten no se movió. No estaba molesto, sino más bien contrariado con el desconsuelo que transpiraba Kami-sama. Algo malo le ocurría, y trataría de averiguarlo para poder ayudarlo.
―¡Déjalo pasar, estúpido! ―Una voz maliciosa tronó en la mente del Namekusei y le hizo perder la compostura―. El asqueroso mono sospecha, ¿o es que acaso no lo ves? A estas alturas importa una mierda que esa insignificante mortal aprenda un par de trucos, así que déjalo pasar o mi plan podría peligrar.
La piel de Kami-sama, opaca y apergaminada, brilló verde esmeralda bajo la película de sudor que duchó su rostro. Tragó fuerte. Eran vigilados con recelo por el Dios de dioses, y su terrible voluntad debía ser escuchada. ―De acuerdo, Goten, tú ganas. Los dos pueden pasar…
Hasta para Sakura fue notorio que algo inquietó, de un segundo a otro, a ese ser que ni siquiera conocía. Se puso pálido dentro de lo que cabría esperar de un extraterrestre con su pigmentación. El saiyajin, por su parte, entrecerró la mirada sobre el que fue su maestro. Definitivamente algo ocultaba, y debía ser serio para mostrarse así de consternado, porque si algo aprendió del Namekusei, es que su condición de guardián y ermitaño le dotaron de una esterilidad emocional inalcanzable para el raciocinio humano.
―No sé qué es lo que está pasando, Kami-sama, aunque intuyo que no debe ser bueno. Intuyo también que no me lo dirá en este momento, por eso quiero que utilice estos dos días que vienen para considerarlo.
―¿Me estás amenazando? ―Bufó con un tono profundo, pausado por la sorpresa―. No me hagas arrepentir, jovencito, que por tratarse de ti estoy haciendo esta excepción, ya que en lo que respecta a esta terrícola, no merece ningún trato por mi parte.
Sakura se sintió herida y de alguna forma triste, pues no tenía que saber mucho de nada para comprender que a ojos de ese individuo, era poco menos que una basura. Goten, en cambio, ya fuera por su nobleza, procedencia, fuerza, o todas ellas, tenía un trato cercano con aquella selecta corte de deidades varias que veían en él a un sujeto acreedor de sus favores, esto era, permitirle ingresar a un sagrado santuario junto a una despreciable alimaña como ella.
―No lo vea así, Kami-sama. Tan solo me preocupó verlo tan raro. ―Se excusó entre risas nerviosas al tiempo que frotaba compulsivamente su nuca―. Bien, bien, ya vamos a entrar, no sea que se vaya a echar para atrás. ―Puso una mano en la espalda de la kunoichi para dirigirla al interior del templo―. Igual piénselo. Sabe que puede contar conmigo para lo que sea, quizá hasta pueda ayudarlo con ese asunto que tanto le incomoda.
―Lo dudo. ―Objetó el Namekusei con una sonrisa apagada. Se sentía fatal por tener que ocultarle a Goten lo que podría suponer su asesinato y el de Trunks―. Tan solo entren a la habitación. Yo me encargaré de los preparativos.
Los jóvenes cruzaron el umbral que daba acceso al edificio central. Sakura, mientras tanto, se entretuvo observando las columnas y bóvedas de mármol, tan inertes e impregnadas de eternidad como el resto del impoluto interior del templo, ocupado por escaleras de caracol que subían y bajaban sin más. Se limitó a seguir al saiyajin, que optó por tomar los escalones que ascendían, y habrían subido apenas dos pisos cuando se detuvieron frente a la tercera puerta frente a la cual pasaban.
―¿Estás lista? ―La pregunta de Goten la puso en absoluto estado de tensión. ¿Por qué debía prepararse para entrar a una habitación? Menos vino a entenderlo cuando se encontró en una monótona pieza demasiado blanca para su gusto, amoblada únicamente por una pequeña mesa cuadrada de madera con una silla en cada lado―. Sígueme, te mostraré las instalaciones para que te familiarices con ellas y así podamos empezar lo antes posible.
Primero la condujo a lo que había detrás de la puerta ubicada a mano izquierda. Se trataba de un oscuro almacén que se iluminó tan pronto Goten encendió la luz, y estaba ocupado por al menos una docena de grandes tinajas de barro que le llegaban por la cintura, todas idénticas entre sí de no ser por los kanjis pintados en la superficie que especificaban el alimento que contenían: arroz, avena, legumbres varias, harina, centeno y otros tantos cereales. En las estanterías fijadas a la pared, había frascos con conservas de tomate, cebolla, alcaparras, frutos en almíbar como damascos, kiwis y ciruelas; otros contenían frutos secos tales como nueces, almendras, pistachos, avellanas y piñones; inclusive notó algunas botellas de vino y sake a medida que se acercaban al fondo del cuarto, donde los recibiría una formidable puerta doble de acero inoxidable incrustada en la pared, correspondiente a un refrigerador propio de restaurant donde se resguardaba el pescado, carne, pollo, leche, queso, huevos, verduras y demás alimentos perecederos que requerían estar bajo frío. Todo lo necesario para alimentarse por años.
Luego regresaron a la habitación principal, y tocó continuar el recorrido por la puerta del lado opuesto que les llevó a la cocina. Había un refrigerador casero, un lavaplatos y un horno de aspecto antiguo aunque en buen estado. Más al fondo una lavadora con secadora permanecían en la esquina, y a un lado de estas, había otra entrada sin puerta que daba acceso al dormitorio, dotado de una cama de plaza y media con un velador a cada lado. Al final, tras la última puerta, un baño común y corriente con ducha en lugar de bañera los recibía.
Lo que llamó poderosamente la atención de ella, es que la estancia no parecía abandonada. Todo estaba limpio y ordenado, como si una mucama hubiera dispuesto cada detalle ante la anunciada venida de ellos. Allí supo que a eso se refería el extraterrestre con "preparativos", y confirmó sus sospechas cuando abrió el armario del dormitorio y se encontró con una decena de dogi naranjas y atuendos como el que ella llevaba puesto, incluyendo guantes y botas de repuesto que, para su desconcierto, eran de su talla.
―Kami-sama utilizó su magia para dejar todo tal cual lo ves. ―Dijo Goten, por lo visto leyéndole los pensamientos a través de la estupefacción en su rostro―. Aquí no nos faltará nada. Tenemos comida y agua para dos años enteros, sin mencionar un baño y una cama disponibles para asearnos y descansar tras cada entrenamiento.
―Claro, lo sospeché. Aunque es un poco exagerado, ¿no crees? Digo, tan solo estaremos aquí por…
La kunoichi calló. Dos años se repitió en su mente mil veces, hasta que asumió que debió tratarse de un error del saiyajin que quiso decir dos días. El caso es que la idea dejó de atormentarla cuando volvieron a la habitación principal, y apenas vino a notar que al frente había una cortina, blanca como toda la maldita estancia, cortina que cuando Goten corrió, la dejó horrorizada con la visión que ofrecía: una infinita nada en la que se perdía la vista.
―Así es, aquí vamos a entrenar. Y no, la verdad no me parece exagerado contar con todo esto. Total, estaremos dos años enteros como bien dije.
Sakura no tuvo lugar a protestas, porque en cuanto puso un pie en ese campo abierto tapizado con las mismas cerámicas que había a las afueras de templo, cayó de rodillas con los ojos desorbitados, sintiéndose pesada a la vez que asfixiada por la falta de oxígeno y la insoportable temperatura de cincuenta grados.
―¿Qué-qué es este sitio? ―Titubeó, cubierta en sudor e incorporándose entre tambaleos, inhalando rápido para ingresar un poco del enrarecido aire a sus hambrientos pulmones.
―Es la habitación del tiempo, una dimensión donde tendremos el espacio suficiente para entrenar. Ofrece condiciones muy duras que acelerarán tus resultados, como la gravedad aumentada, una temperatura que varía entre los cincuenta grados centígrados y los cuarenta bajo cero, el oxígeno también es cuatro veces más escaso que en la superficie, y por supuesto, la posibilidad de entrenar durante dos años enteros mientas que afuera transcurren apenas dos días. Muy conveniente eso, ¿verdad?
Si el corazón de Sakura no se infartaba con esto último, no lo haría con nada más en lo que le restaba de vida. Eran demasiadas sorpresas de mal gusto, una tras otra, y no sabía con certeza si su desbocado corazón latía con tanta prisa por los nervios o porque en serio comenzaba a sentirse mal. Concluyó luego que era una mezcla de las dos cosas a medida que fue inspeccionando el lugar: interminable y vacío por donde se le viera, a excepción del edificio tras ella que contenía las instalaciones que Goten recién le había mostrado. Notó que algo andaba mal cuando comprobó que tras dicha construcción no había una pared, sino que continuaba la eterna e impoluta nada a sus anchas, es decir, la lógica no existía en tal dimensión, ingresaron por una puerta que detrás no tenía nada.
―Yo me voy de aquí. ―Gimió con acentuado agobio, poco menos que ahogada y con la cara congestionada en sangre. Apenas atravesó la cortina e ingresó a la edificación, desaparecieron todos los efectos secundarios de la gravedad aumenta y cayó de bruces al piso por el abrupto cambio de peso. Se levantó a trompicones, desesperada por alcanzar la puerta y escapar de ese endemoniado lugar… pero livideció de muerte cuando bajó el picaporte, la empujó, y no encontró más que el desierto de mármol blanco que se extendía hasta el fin.
―Cierto, olvidé decirlo. ―Sonó la apaciguada voz de Goten a sus espaldas―. Esta habitación funciona diferente a la del universo donde provengo. Una vez que entras aquí, no puedes salir hasta que se complete el tiempo acordado. No importa cuántas veces abras esa puerta, siempre encontrarás lo mismo si todavía no se han cumplido los dos años.
Y era verdad. En un desenfrenado e histérico intento de huida, Sakura abrió y cerró la puerta no menos de diez veces seguidas mientras el saiyajin hablaba, y dejó de hacerlo solo cuando alcanzó a explicar que deberían estar forzosamente durante el plazo estipulado: dos años.
―Entiendo. No hay remedio. ―Suspiró, hombros encogidos y cabeza a gachas. Con un andar derrotado se dirigió a la cocina, y Goten pensó que su amiga lo había asimilado bastante bien y rápido, hasta que la vio regresar con el cuchillo más inmenso que encontró en las gavetas.
―¡TE VOY A MATAR, MONO HIJO DE PUTA, Y NO PODRÁS EVITARLO PORQUE NO TIENES A DÓNDE ESCAPAR! ¡SHANNAROOO!―Con los ojos echando fuego y la boca repleta de colmillos en lugar de dientes, la desquiciada pelirrosa se abalanzó sobre él y consiguió tirarlo al suelo. Se sentó sobre su estómago y empezó a blandir peligrosamente el afilado cuchillo, amenazando con apuñalarlo.
―¡Qué demonios es lo que te sucede, contrólate, por favor! ―Chilló Goten en tanto la sostenía por las muñecas y forcejeaba con ella dramáticamente. Su ki disminuyó tanto que en serio la kunoichi suponía una fuerza de temer en ese preciso instante.
―¿Cómo te atreves a engañarme con algo tan serio? Dijiste que serían dos días, ¡DOS MALDITOS DÍAS!
―¿Y de habértelo dicho habrías aceptado entrenar? En dos días no se puede lograr una mierda.
―No, pe-pe-pero la mentira es lo que no me gusta, ¡LA MENTIRAAAA! ―Aprovechando el grito, con la boca abierta a todo lo que daba, Sakura mordió una de las manos de Goten para librarse del agarre. Él lloró de dolor, pero logró quitársela de encima empujándola con ambas piernas para después correr a esconderse en la cocina, el lugar más inseguro posible, pues allí la pelirrosa tenía a su disposición un arsenal de cuchillos y tenedores que no dudó en arrojar como kunais.
―No te mentí, simplemente no dije lo más importante para que decidieras venir. ―Goten se inclinaba y saltaba de un lado a otro para evadir los utensilios que terminaban clavados en el muro del fondo.
―¡Eso es mucho peor, eres un omisor, un desgraciado omisor! ¡SHANNAROOOOO! ―Ollas y sartenes continuaron la lista de proyectiles, componiendo una metálica cacofonía sin ton ni son cuando chocaban entre sí, con la pared o, en su defecto, la cabeza del temeroso saiyajin.
Sakura, jadeante y con los cabellos de punta, vino a parar solo cuando su mano no consiguió otra cosa que lanzar. Se dejó caer sentada, lamentándose con palabras ininteligibles a medida que concebía en toda su extensión lo que significaría estar dos años allí dentro, empezando porque no tuvo la ocasión de despedir a sus padres y amigos, en que saldría siendo más vieja, y finalmente, reparando luego en las crueles condiciones que ofrecía esa habitación. Estaba molesta con Goten. Cierto que si él le hubiera explicado con lujo de detalle las peculiaridades del entrenamiento, ella habría dudado, pero eso no justificaba que le ocultara tanta información hasta que no hubiera vuelta atrás.
Sabiamente, el saiyajin le dio su espacio y no le brindó ni una palabra. Pasó junto a ella sin siquiera mirarla, dispuesto a adentrarse en esa feroz infinidad para meditar y así contribuir a sus propios avances. Decidió que debía ser ella quien se le uniera cuando así lo decidiera, no insistiría más con el asunto.
Sakura, por su parte, abogó hacia la inmadurez, a declararse en huelga y no tener nada que ver con él hasta que se cumplieran los dos años si es que hacía falta. Se quedó sentada por varios minutos en el piso de la cocina, procesando de a poco los ajetreados aconteceres de esa mañana, después optó por ingresar al dormitorio y tirarse sobre la cama para continuar en ello, mirando al techo por lo que consideró horas hasta que se quedó dormida. Despertó algún tiempo después, sin manera de saber si era hoy, mañana o lo que fuera, lo cual la irritó considerablemente al recordar de nuevo todo lo ocurrido. Lo más probable es que estuvo así por bastante, pues se levantó con un hambre endemoniada. Lo pensó mucho antes de salir a la cocina, todavía hecha un desastre y sin señales de Goten. Abrió la nevera y la encontró vacía. Gruñó por lo bajo al comprender que tendría que dirigirse a la despensa a buscar suministros, y para ello tendría que pasar por la habitación con la pequeña mesa. Cuando lo hizo, notó que la cortina estaba puesta, y se vio tentada a correrla para ver qué hacía el mono tonto al no ser capaz de escuchar ni sentir nada, pero su orgullo resultó más fuerte y continuó su misión, que consistió en rebuscar algo de arroz, pollo y verduras para prepararse un almuerzo... entonces volvió a enfurruñarse al darse cuenta que no podía saber si tocaba almorzar, cenar o desayunar en ese maldito lugar que cada vez odiaba más. Era como para volverse loca.
Estaba negada a recoger un solo plato de la cocina. En su opinión, era Goten el que debía hacerlo por ser el responsable de ponerla así, hasta que, luego de su tercera rutina de comer y dormir, se vio en la necesidad de poner orden al lugar y guardó todas las cosas donde correspondía para preparar sus alimentos con mayor comodidad. En sus exasperantes ratos libres, revisó los muebles del dormitorio y el baño, donde encontró juegos de sábanas, toallas y artículos de limpieza personal que la motivaron a darse una buena ducha. Quedó entre fascinada y espantada cuando rebuscó en los cajones y encontró ropa interior de su talla, idéntica, por cierto, a la que llevaba puesta. Lo mismo aplicaba para una pila de calzones masculinos que asumió serían para el saiyajin.
No tenía cómo saber cuánto tiempo había transcurrido, pero supuso que habrían de ser al menos tres días al contar el número de comidas que ya había ingerido según el reloj de su apetito. No hubo rastro de Goten en todo ese lapso, y la kunoichi se comenzó a preguntar cómo era posible que no cumpliera con sus necesidades básicas después de tanto entrenar. Llegó a pensar que mientras dormía, él ingresaba a hurtadillas a las distintas estancias ya fuera para comer o entrar al baño, si bien no era el caso, porque Sakura puso mucho cuidado en los detalles y no encontró nada fuera de lugar o en una posición distinta a como ella lo dejaba. Incluso elaboró una trampa donde colocaba palillos mondadientes entre las puertas que hubiera para que se rompieran cuando estas se abrieran o cerraran, pero siempre los consiguió intactos. Sí, en efecto el saiyajin no había dejado de entrenar durante lo que ella creía ya eran cinco días.
―Suficiente. ―Bramó mientras se colocaba sus botas y guantes, harta de estar sin hacer nada y decidida a encontrar a Goten: se sentía inmensamente estúpida de tan siquiera haber pensado que en verdad podría soportar dos años sin dirigirle la palabra. Ahora moría por entablar contacto con el humano que fuera, y para ello inventó la excusa de que necesitaba oír sus disculpas por haberla metido en ese sitio sin darle detalles.
Pasó como cada tantas horas por la solitaria habitación con la mesa de madera, pero esta vez no siguió de largo hasta el almacén, sino que se quedó petrificada frente a la cortina blanca cuando ya la empuñaba para hacerla a un lado. Temía volver a repetir la misma desagradable sensación de la gravedad aumentada, porque pesar diez veces más era lo de menos, para Sakura pasar de cuarenta kilos a cuatrocientos era la nada misma considerando su descomunal fuerza física; lo terrible eran esos indeseables y a menudo olvidados efectos adversos como el hecho de que tus órganos internos, imposibles de entrenar, también pesaban diez veces más; que la sangre aumentaba su masa al punto que circulaba a través de las arterias como si fuera una densa jalea; que el diafragma descendía y comprimía el hígado y el estómago mientras los pulmones luchaban por exhalar aire; o que la presión intraocular y craneal ascendía hasta tantear con reventar los ojos y el cerebro.
Cogió una buena bocana de aire para ingresar oxígeno y valor a su cuerpo, corrió el telón, y se adentró a la nada sin titubeos para no tener de qué arrepentirse. Pero se arrepintió, pues la recibió un crudo ventarrón que cortaba la piel como un kunai a cuarenta grados bajo cero en la más absoluta oscuridad. Ya no era blanco el lugar, sino una interminable e incognoscible penumbra que estremeció su espíritu y la relegó al más desalmado ostracismo que podía castigar a un ser humano, a una angustiante despersonalización donde se concebía ínfima y abandonada dentro de la mayor de las tinieblas.
―Goten, ¿dónde estás? ¿Por qué tardas tanto en volver? ―Su voz era un hilo al que abrumaban los lamentos de la ventisca. No podía ver nada. Se asustó tanto, que se dio media vuelta para regresar a la seguridad del edificio, pero aunque solo se había adentrado unos pocos pasos, se encontró con que estaba perdida y ya no existía el camino por el que había venido―. Goten, ¿dónde estás? Ya no estoy molesta contigo. Ven conmigo, por favor. ―El aire le faltaba. El cuerpo, más allá de la gravedad, le pesaba un millón de toneladas. La esperanza le había sido robada por la tétrica y gélida inmaterialidad de esa dimensión. Se dejó caer, abrazándose sin consuelo para conservar una pizca de calor, y cuando estaba que se daba por vencida, vio un fuego a la distancia que nacía de repente y le regresaba la vida.
Con piernas trémulas y vacilantes, Sakura se puso en pie y renqueó hasta aquella llama, que era lo único que podía ver en medio de ese maldito lugar, y a medida que se aproximaba, pudo vislumbrar la figura del saiyajin sentado en posición de flor de loto dentro de ese danzante fuego que no crepitaba ni quemaba. Era su ki, aunque tuvo dudas de ello porque la energía tenía un aspecto etéreo e irreal que no se parecía a nada de lo que había visto jamás.
Goten también estaba diferente. Se le veía más pequeño, delgado aunque con la musculatura bien definida, y su cabello, que solo era sacudido por la incesante brisa, se alternaba entre el color negro y rojo.
Tanto se maravilló la kunoichi en su aspecto, que dejó de sentir frío por un momento. Su mirada esmeralda brilló al reflejar esa aura carmín surcada en destellos dorados que palpitaba con vida propia, que no emitía sonido ni transmitía sensaciones a su entorno inmediato, como si fuera algo que no existía aunque pudiera verse, demasiado frágil e inmaterial a la vez que, incompresiblemente, poderoso a un nivel que los humanos no podían imaginar. Pero el ki de los dioses comenzó a decrecer y titilar, hasta que se apagó y la oscuridad regresó en toda su mortuoria grandeza.
―¡Maldición, no de nuevo! ―Rugió Goten, exasperado por enfrentar una vez más el fracaso. Su ki estalló, y con su presión modificó el aspecto de la habitación, devorando en un instante con su rabiosa luz a toda la oscuridad que les arropaba. El desierto de baldosas de mármol estaba de regreso. El saiyajin, furioso, continuó elevando su poder, visible ahora como un aura blanca electrificada, violenta y revoltosa que estremecía el entorno. Se detuvo solo cuando escuchó a la pelirosa trastabillar y caer sentada a sus espaldas―. Sa-Sakura, ¿te encuentras bien? Lo lamento, no te sentí. ―Apagó su ki. La ayudó a levantarse. Notó que estaba muy agitada, en definitiva poco acostumbrada al crudo medio en que se hallaban.
La kunoichi se dejó guiar de regreso al edificio, y allí vino a notar que caminó más de cien metros a ciegas sin saber cómo. Al atravesar las cortinas, fue como si un par de tenazas la liberasen de un férreo apretón al pecho que la tenía sin aire, y cuando ingresó el oxígeno suficiente a su ajetreado organismo, dos cosas irrumpieron a su mente con la celeridad de un relámpago, que fueron la extraña transformación de Goten, y las palabras de Hanabi antes de retirarse de la mansión Hyuga:
―No tienes idea de cuan fuerte ha entrenado estos últimos años… sé que lo ha hecho para protegernos si la ocasión se presentara.
―Y bien, ¿estás lista para comenzar? ―Dijo él con su reconfortante sonrisa, haciéndole entrega de un vaso de agua que recién fue a buscar a la cocina―. Descuida, es normal que te sientas así. Empezaremos de a poco con ejercicios de respiración y meditación hasta que seas capaz de soportarlo. ―Puso una mano en el hombro de ella, haciendo que su nívea piel se erizara en un sentido satisfactorio―. Será difícil, pero lo lograrás, confía en mí.
Sí, Goten haría estupideces de vez en cuando, pese a ello, confianza era lo que más tenía Sakura en él. Moría por preguntarle qué fue lo que ocurrió hace unos instantes, si bien decidió que no era el momento, se vería imprudente y había un capítulo más importante que debía zanjar.
―Yo… quiero disculparme contigo. Fue tonto e infantil de mi parte hacer esa rabieta e ignorarte por días. Fue un completo error. ―Confesó con la vista clavada en el piso por la vergüenza.
―No del todo. Sí que tenías mucha razón en que debí ser sincero contigo desde el inicio. ―El saiyajin emprendió marcha nuevamente hacia la habitación―. No perdamos más tiempo. Vamos a comenzar. ―No pudo dar un paso más porque Sakura le tomó por la cola de forma gentil. Se asombró cuando se giró y vio una chispa de determinación pura iluminando el par de esmeraldas que ella tenía por ojos.
―Prometo que daré lo mejor de mí para ser lo más fuerte que pueda. ―Luego, con la cara encendida en rojo, añadió―. Y no creas que lo he olvidado. Todavía no me has dado una respuesta.
No diría más. En todo caso, jamás imaginó que Goten tendría la suspicacia para siquiera imaginar a qué se refería, pero se equivocó.
―Ya te lo dije. Tú también me gustas. ―Sakura pensó que el corazón se le saldría del pecho, por lo que, para calmarse, se recordó a sí misma que él solo hacía referencia en un sentido de amistad, pues no escuchó la frase con que Goten, a modo de susurro, cerró su declaración―. De verdad verdad.
##############################################
Desde aquella ocasión en que Blizzard mostró a Ino el recuerdo del día en que murió, acudió cada noche durante los sueños de ella para intercambiar este tipo de experiencias.
De a poco el aspecto de la mente de la kunoichi cambió para bien, lo que venía a suponer, más a allá de la simple estética, una genuina mejoría en el contenido de su pensamiento: el puente de piedra que conducía a su cerebro ya no lucía hecho trizas, de la misma manera en que la rugosa superficie del encéfalo se observaba más brillante y nítida, como si se tratase de un tejido nuevo pletórico en actividad.
Ambos comprobaron también que durante dichas experiencias se entremezclaban las sensaciones de ambos, como cuando Ino le enseñó el recuerdo donde instruía a Sakura en la elaboración de ramos de flores cuando cursaban la academia siendo apenas unas niñas, acontecimiento ajeno y raro por de más que en nada debía emocionar al alienígena, hasta que se encontró a sí mismo, ya de regreso en el planeta de Kaiō-sama, cavilando en lo gratificante que resultaba compartir la simplicidad de una tarea que inició a ambas chicas como mejores amigas. De la misma forma, la rubia se sorprendió en más de una ocasión rememorando el hecho de que aun a las puertas de la muerte, Blizzard fue feliz como nunca al presenciar una vez más la colorida aurora que tapizaba el cielo de su despiadado planeta natal, y por más extraordinario que pareciera, tal dicha pudo experimentarla ella misma de una manera tan vívida, que comprendió que podía sentir exactamente lo que él en ese momento. Las emociones se filtraban e impregnaban al contrario.
Resultaba terapéutico intercambiar recuerdos, si bien era Ino quien la mayoría de veces rebuscaba en su psique para reproducir vivencias junto a sus seres más queridos. Pero de Trunks aún no conseguía nada.
―Inténtalo una vez más. ―Dijo Blizzard. Estaban sentados uno frente al otro en postura de meditación―. Ya te lo dije, no intentes romper el sello, no busques en los rincones de más difícil acceso en tu mente. El recuerdo está allí, cerca. Lo único que debes hacer es pensar en algo que haya sido muy importante para ti y saldrá por sí solo.
―Es lo que trato de hacer. ―Replicó Ino, con los ojos cerrados y pausando su respiración―. El problema es que siempre sale otro recuerdo que no tiene que ver con él.
Era necesario que para seguir con su proceso de sanación, cerrara el capítulo relacionado a recuperar sus vivencias con Trunks, de lo contrario estaría incompleta. Para avanzar, debía hacerse con su carga emocional completa, lo que incluía aceptar y encarar la abominable experiencia que sufrió con Obito. Tal y como le dijo Blizzard, la luz tenía la capacidad de engullir la oscuridad, y la mejor manera de superar sus miedos era mediante la carga positiva que traían consigo sus más preciadas remembranzas, esas que le ayudarían a mitigar el dolor y las aprensiones disparadas por las malas vivencias.
Lo mismo ocurrió con Gaara cuando comprendió que no debía rehuir pero tampoco aquerenciarse en su dolor, sino compartirlo, al igual que la felicidad, con las personas que estaban a su alrededor para apoyarlo. Así, la carga sería más liviana. Aunque Ino no tenía conocimiento de los detalles por los que pasó el Kazekage, optó por conducirse bajo esa corriente, si bien era más difícil en su caso porque suponía un proceso abstracto, intangible, hasta el momento sin resultados en el mundo shinobi: recuperar la salud mental, superar la locura. Sabía, sin embargo, que era indispensable recuperar a su Trunks, pues la carga emocional que él venía a significar era grande, personificaba un inmenso pilar que la ayudaba a mantenerse en la lucha.
―Cuando ves a Trunks, ¿qué sentimientos despierta en ti?
―¿Pe-perdón? ―Tartamudeó la kunoichi con las mejillas rojas―. ¿Y eso a ti desde cuando te importa? No me interrumpas con esas tonterías ahora que trato de concentrarme.
―¿Eh? ―Blizzard no entendería nunca qué había de malo con su pregunta debido a su incapacidad para enamorarse―. No creo que sea una tontería. Verás, acabas de decir que al evocar algo importante obtenías un recuerdo al azar. No trabajamos con lo que está resguardado en tu memoria, de lo contrario nos veríamos obligados a encontrar la forma de disolver esos sellos, sino con tu alma, lugar donde tus recuerdos no pueden ser olvidados jamás. De allí mi pregunta, pues necesitas recurrir a emociones más precisas para llegar a él. ―Con una penetrante mirada dorada, repitió su pregunta―. ¿Qué sentimientos despierta Trunks en ti?
De nuevo Ino se ruborizó. Puso mucho de sí para mantenerse centrada, ya que no era nada fácil definirlo. Sí, Trunks le gustaba, pero no creía que esa fuera la impresión que debía abordar, porque si no recordaba las cosas que habían hecho juntos, no tendría ni idea de por qué le gustaba más allá de su apariencia, que debía admitir era la del chico más atractivo que hubiera conocido o imaginado.
―Seguridad, confianza, alegría. ―Susurró.
―Seguridad, pues quizá estuvo para ayudarte a ti y a los demás cuando estuvieron en aprietos. ―Dedujo él con una mano en su mentón y aire reflexivo―. Confianza, tal vez porque es alguien con quien siempre puedes contar. ¿Alegría? Claro, es alguien importante en tu vida, aunque no es de mucha ayuda, me parece algo vago.
―Creo que me entristeció tanto su partida, que cada vez que lo veo me alegra mucho tenerlo cerca. ―Ino suspiró, dispuesta a centrarse en la confianza―. Sí, es alguien de quien no dudaría nunca. Escuché que mi padre intentó defenderlo por mí en un momento que supuestamente traicionó a la aldea, pero ni con los hechos en contra fui capaz de aceptarlo, y parece que estuve en lo correcto. Su lealtad es inquebrantable.
―Con que lealtad. ―Sonrió Blizzard, impaciente por el resultado que esto podría traer―. Bien, concéntrate entonces en esa impresión de lealtad absoluta que él te transmite. Esperemos que con ello el próximo recuerdo guarde relación con Trunks.
Ya habían sido testigos de memorias protagonizadas por Sakura, Chōji, Shikamaru, Asuma sensei, Inoichi, Naruto, incluso Sasuke y varios de los mencionados juntos, pero nada del saiyajin.
Ino cerró los ojos. Su respiración se redujo en frecuencia y aumentó en profundidad. Su mente vino a ocuparla en su mayor extensión esa lealtad incorruptible que tanta estima y familiaridad le producía la presencia de Trunks.
Dio un fuerte respingo y abrió los ojos de golpe. Un espejo le devolvía su demacrada imagen. Era el baño de su casa. A juzgar por su pijama y ojeras, recién se había levantado, y había tenido una noche pésima. Estaba irritada, contrariada, pues debía asistir a un evento que alguna vez añoró más que nada, pero ahora venía a representarle una broma de mal gusto: la ceremonia de juramentación de los tres clanes.
Era un día especial, ya no solo por lo que significaba, esto era, la formalización de la decimosexta generación de relevo, sino porque tal fecha venía a coincidir con el trescientos aniversario desde la vez en que los clanes Nara, Akimichi y Yamanaka se juraron eterna lealtad, incluso antes de que Konoha fuera fundada y las distintas facciones ninjas peleaban a diestra y siniestra para imponer supremacía y prestigio. Tres siglos desde la época en que la guerra fue más negocio que nunca, donde la fidelidad, si acaso, se guardaba solo para quienes compartían linaje. Para sobrevivir en un mundo tan competitivo y feroz, era común que los clanes menores se aliaran con pares semejantes para presentarse como opciones de mayor valía ante los requerimientos de un señor feudal, por lo que la agrupación Ino-Shika-Chō, no fue la excepción dentro de este mezquino escenario bélico. Cierto era que la relación entre estos tres clanes evolucionó, porque ya no quedaban ejemplos de alianzas parecidas que perduraran trescientos años luego. Eran amigos, poco menos que hermanos. Atrás quedó el tiempo en que cooperaban únicamente porque descubrieron que sus jutsus funcionaban de maravilla en conjunto, mientras que por separados exhibían demasiados flancos débiles.
Este día lo esperó Ino desde que era una chiquilla. Su padre le explicó en reiteradas oportunidades lo mucho que simbolizaba la entrega de pendientes, pero esta vez era diferente, porque en ocasión de tan exclusiva fecha, la ceremonia se llevaría a cabo frente al resto de líderes de clan, Tsunade-sama, el consejo de ancianos y otras tantas figuras de peso en Konoha, es decir, algo sin precedentes.
Un evento tan sobrio y de carácter militar, no ameritaba mayor parafernalia para los tres chūnin involucrados que acudir vestidos con el monótono chaleco táctico verde oliva. El resto de espectadores asistió con su indumentaria típica de trabajo, y se dispusieron en sillas organizadas por filas y columnas frente al enmohecido pedrusco de tres metros de alto donde estaban grabados los emblemas de los clanes Nara, Akimichi y Yamanaka, mismo monolito que desde hace tres siglos hacía de testigo y juez ante sentidas palabras que de a poco se encargó de modificar el tiempo.
Las primeras filas fueron ocupadas, naturalmente, por Tsunade-sama, Danzō Shimura, el consejo de ancianos al que también pertenecía Hiruzen Sarutobi, y por supuesto, Asuma Sarutobi en calidad de sensei y guía del equipo Ino-Shika-Chō. Luego venían el resto de clanes, representados por sus líderes en compañía de sus herederos: Hiashi con Hanabi, ocupando el distinguido puesto que, quizá, en otra realidad habría reclamado con vehemencia Fugaku Uchiha para sí mismo e Itachi; Shibi Aburame con Shino, tan cubiertos de trapos como era habitual pese a lo soleado del día; Tsume Inuzuka al lado de Hana, componiendo una imagen que alguna vez habría sido graciosa para Ino porque Kiba no era el primero en la línea de sucesión, si bien ahora moría por estar en sus sandalias para ahorrarse tan amargo trago; y así sucesivamente hasta llegar al último puesto de la última fila, donde apenas se distinguía una mota de cabello rosa al lado del sonriente Kizashi Haruno.
Para más colmo el día era perfecto, radiante. No había probabilidad de lluvia que le diera a Ino la esperanza de postergar la culpabilidad y melancolía que la agobiaban, porque si Shikamaru estuviera resfriado o Chōji con indigestión, la ceremonia se aplazaría sin mayor inconveniente, entonces, ¿por qué debían hacerla si él no estaba presente? ¡Maldición, eran cuatro, no tres! Inconcebible que la juramentación tuviera lugar en ausencia de alguno de sus miembros.
―Juro solemnemente, como líder de esta decimosexta generación… ―Las palabras de Shikamaru frente a Shikaku la sacaron de su estupor. El evento había dado comienzo, y muy pronto sería el turno de ella para situarse delante de su padre y recitar frases que algunos años atrás ansiaba articular, pero que ahora le carcomían la consciencia por lucirle vanas, incompletas, exiguas.
Miró de derecha a izquierda, recorriendo los rostros de una corte shinobi que se enorgullecía con el expresivo cantar que enaltecía en toda su gloria la voluntad del fuego, todos con la vista puesta en Shikamaru, el genio intelectual de su generación que apuntaba con creces caminar sobre las huellas trazadas por Shikaku, líder de consejo jounin de Konohagakure y asesor de guerra de Hi no Kuni. No encontró sosiego, complicidad ni comprensión en ninguno de ellos, porque ninguno la veía a ella. Se sintió sola, huérfana en el ostracismo sentimental que debía pagar por entregarse al afecto de alguien que nunca compartiría su vida con ella por provenir de otro mundo, otra era, otra realidad.
― Juro solemnemente, como líder de esta decimosexta generación, mantener los votos pronunciados… ―Siguió Chōji, y el cuerpo de la rubia se tensó cuando vislumbró la cercanía de su turno. Buscó de nuevo conectar con los ojos de quien fuera en pos de una respuesta, un consentimiento, ¡lo que sea! Recurrió a Sakura, pero ella, muy al fondo, ni siquiera se apreciaba con la atención puesta en algo en particular, más ausente que nadie porque dicha ceremonia también la deprimía de sobremanera: le recordaba que jamás volvería a ver a Goten.
―Ino, ―habló su padre, sonriente mientras le colocaba una mano en el hombro―, nos toca.
El alma se le cayó al suelo. Lo previsible y cercano se antojó demasiado repentino e inconcebible a su parecer. Caminó con pies de plomo a la sombra del derruido monumento donde Inoichi ya la esperaba con el pecho henchido en vanidad, porque su amada niña, ya toda una mujer digna heredera de clan, sería protagonista de un importante acontecimiento que no tenía precedentes en la historia de los tres clanes más hermanos de Konoha, ya que cuando él pasó por lo mismo, recibió el pendiente en manos de su padre Inoshin a solas, tal y como siempre se estiló.
La rubia echó una última mirada de soslayo a la multitud que aclamaba en silencio sus palabras, pero de nuevo, no consiguió nada hasta el mismísimo punto en que les dio la espalda. Cerró los ojos. Exhaló larga y pesadamente. No sintió siquiera cuando su padre, con pulso firme, le colocó el pendiente en la oreja izquierda. Puso la mente en blanco y pronunció un discurso carente de alma, atenazada por la culpa hasta el segundo final:
―Juro solemnemente, como líder de esta decimosexta generación, mantener los votos pronunciados por nuestros ancestros, para proteger y guiar, hasta que la muerte desee alcanzarme o mi mente decida abandonarme, los futuros pasos de la decimoséptima generación. Entregaré corazón, cuerpo y alma en procurar amparo y enaltecer, siempre desde el honor, a los clanes Nara y Akimichi, a Konohagakure, y por sobre todas las cosas, a cada habitante de Hi no Kuni. Yo, Yamanaka Ino, por la presente surjo de mi capullo como una flor completamente desarrollada, y así mi mente emprende su guardia…
El armónico trinar de las aves, acompañado del suave y perenne canto de las cigarras, fue aplacado por una abrupta irrupción de aplausos y vítores dedicados a ella. Era su preciado momento, su coronación, su consolidación como heredera líder del clan Yamanaka. Los cálidos brazos de su padre la envolvieron, quien con genuina satisfacción, le susurró al oído lo inmensamente orgulloso que estaba de ella.
Se dio la vuelta para ver cómo la clase más alta de Konoha se desvivía en vítores y felicitaciones a ella y sus dos grandes amigos. Ino no recordaba lo vacía que podía llegar a sentirse tras esto, porque lo que debía llenarla de alegría pura, se convirtió en una desagradable desdicha que, a su juicio, la convertía en traidora por constituir una ceremonia que no debió tener lugar. No sin él. No sin su saiyajin. Ese no era el juramento, no decía así.
Entonces, cuando se cansó se observar el suelo, aplastada por la carga de esos aplausos que no cesaban, levantó la cabeza y lo vio. Escondido entre el follaje de la copa de un árbol, más al fondo que nadie, se cruzó con la tenaz mirada de Naruto Uzumaki, cuya presencia no fue requerida en el evento y asistió de incógnito. Naruto, con el destellante y fiero resplandor zafiro que tenía por ojos, apuñaló a Ino con una gama de intensas emociones que la estremecieron por dentro: decepción, culpa, aflicción, desamparo, pero también de fuerza, vitalidad y rebeldía.
Él lo sabía, sentía lo mismo que ella. Desde su pequeño y distante lugar, fue el único capaz de empatizar con ella y saber exactamente por lo que estaba pasando, el único capaz de darle esa bofetada de realidad para empujarla a hacer lo que siempre creyó justo y necesario. Naruto le dio a Ino la pizca de valor que necesitaba para sacar lo que llevaba por dentro, para clamar el resto del juramento que faltaba por pronunciar:
―Juro extender los propósitos de estas palabras, más allá de lo que la muerte pueda aguardarme, en gratitud a aquel que vio en mí y su gente razón suficiente para entregar la vida, fruto del amor y amistad que nos unió, sin compromisos ni deudas contrariadas con clanes, aldeas o naciones.
La multitud calló. Inoichi, que ya se estrechaba las manos entre sonrisas con Tsunade y los ancianos, giró sobre sus talones con la rigidez del monumento de piedra que atestiguó la ceremonia.
―Ino, ¿qué estás diciendo?
―Si en su destino está cruzarse nuevamente con el nuestro, las paredes de mi casa se mantendrán firmes y erguidas para acogerle en el seno de mi clan. En mi mesa siempre habrá lugar para él cuando el hambre le alcance, y un lecho cálido no habrá de faltarle cuando la fatiga lo doblegue o hagan mella en su cuerpo las heridas del combate.
―Basta, que me avergüenzas. ―Gruñó su padre, aproximándose a zancadas a la rubia ante la estupefacta mirada de los shinobis.
―No esperaré de él acción ni convicción que le conlleve deshonra o contra sus principios atente, sea para beneficio de nuestros clanes, aldea o nación, pues mi confianza en su fuerza y nobleza es absoluta. Porque, llegado el día en que el verdadero mal abrume a nuestro planeta con su perversa presencia, en defensa nuestra él entregará su vida, una vez más…
―¡Suficiente! ―Gritó, sacudiendo a su hija por el brazo con inusitada rudeza. No obstante, la vidriosa mirada de ella irradiaba una determinación y ferocidad tal, que fue Inoichi quien terminó por retroceder entre temblores.
―De la misma manera en que yo, Yamanaka Ino, juro entregar mi vida para proteger a Trunks si la oportunidad me alcanzase.
La kunoichi despertó con un salto impetuoso. Respiraba rápido y entrecortado. No había experimentado un recuerdo tan violento que la expulsara de golpe y directamente fuera de su mente y la presencia de Blizzard, pues se hallaba en su habitación, enrollada en sábanas empapadas de sudor bajo la tímida luz de un incipiente amanecer que se filtraba por su ventana. Ahora lo recordaba todo. Sabía quién era Trunks, lo que sentía por él con plenitud, lo que habían vivido y por lo que habían pasado. No pudo soportarlo más y rompió a llorar, feliz como no podía recordar, agradecida por renacer de entre las brumas y ser mucho más ella de lo que era antes.
Tardó una hora en dejar de sollozar, en parar de dar mil vueltas sobre la cama, por su pieza y a sus ideas. Ese día le tocaba abrir el local sola porque su madre tenía unas diligencias que cumplir y debía dejarla por su cuenta las primeras horas de la jornada. Con la cabeza en otra parte, Ino no estaba segura de poder atender al más simple pedido, tal y como corroboró luego cuando se pinchó hasta tres veces con las espinas de un ramo de rosas por culpa de sus temblorosas manos que, de repente, parecían haber olvidado su experticia en la manipulación de las pinzas, tijeras y demás herramientas de trabajo.
Sonó la campanilla. ¿El primer cliente? No, no lo era. El sonido de sus botas era inconfundible, tanto para ella como para quien la viera, pues inconscientemente se le iluminaban los ojos y una sonrisa estúpida le pintaba el rostro. Salió a trompicones de la trastienda, tirando a un lado su delantal a medio camino. Trunks la esperaba junto al mostrador de madera, con su chaqueta púrpura, los oscuros pantalones rotos, la espada ceñida a su espalda, y su rostro perfecto que la dejaba sin aliento. Considerando el tiempo que estuvo presa dentro de tan abominable tortura mental, tenía años sin verlo, razón por la que no pudo contenerse y se le abalanzó en veloz carrera.
El saiyajin amplió los ojos, paralizado ante la fuerza con que Ino lo abrazaba, con su llanto, con la emoción y calidez que le transmitía. Había algo diferente en ella, lo supo al instante. No pudo contenerse, y también la rodeó con sus brazos.
―Volviste. ―Aseveró él sin la menor duda, con la voz quebrada.
La rubia despegó la cabeza de su pecho, asintiendo y con la cara empapada en lágrimas.
―Discúlpame por la tardanza. Solo a una tonta como yo se le ocurriría la grandiosa idea de sacarte de su memoria.
―No seas tan vanidosa. ―Replicó, consiguiendo un poco de esa arrogancia que muy en el fondo, cortesía de Bulma, todavía guardaba―. Ni en mil años me podrías olvidar.
―Por una vez te concederé la razón.
Ambos rieron y se mantuvieron abrazados por minutos. Estaban a reventar de felicidad. Cuando finalmente se separaron, sus miradas azules se cruzaron, dando lugar a esa frenética descarga eléctrica que los removía con frecuencia porque siempre se gustaron mucho.
Ino resolvió que ya era suficiente. ¿Para cuándo lo iba a dejar? La experiencia le decía que de un día a otro uno de los dos podía morir, enloquecer o partir sin avisar a otra dimensión o lo que fuera. Se pasó una mano por el flequillo rubio, abanicó sus largas y voluminosas pestañas por instinto puro, se puso de puntillas y le echó los brazos al cuello a Trunks, quien conducido también por las mismas pasiones, la rodeó posesiva y bruscamente por la delgada cintura para besarla.
Fue mutuo, tácito, simultáneo. No se podía decir que uno se anticipó al otro, ya que llegaron a la misma conclusión en una inarticulada lengua descrita por movimientos corporales y ademanes ancestrales.
―Otro. ―Reclamó la rubia apenas sus torpes labios se despidieron del primer contacto. Se sentía genial―. Otro. ―Repitió luego del segundo intento, donde las tímidas lenguas se tanteaban de a poco con mayor confianza.
¡Ting!
La maldita campanilla de la puta puerta de la tienda se encargó de separarlos. Ni quince segundos llevaban en lo suyo cuando una vieja a la que Ino se prometió asesinar para después, entró a preguntar si tenían unos claveles que amenizaran con las nuevas cortinas que compró para la sala.
―¡Cerrado! – Farfulló la kunoichi, ojos en blanco y dientes pelados.
―Pero el letrero afuera pone que está…
―¡Pues ahora dice que no! ―Gruñó mientras caminaba a zancadas hasta la puerta y le daba vuelta al aviso con hosquedad―. Estoy esperando un gran pedido y hasta que no lo reciba y ordene, no atenderé a nadie.
―Uy, pero qué jovencita tan grosera. ―Masculló la señora al tiempo que iniciaba su retirada, y a buen momento, porque Ino se le habría echado encima de no ser por Trunks que la contuvo.
De una u otra forma, la interrupción les hizo caer en cuenta de lo que acababan de hacer. Ya en frío, sin la cabeza embotada en hormonas y apetitos reprimidos, la vergüenza se apoderó de ellos. ¿Y si en lugar de la señora hubiera ingresado la mamá de Ino? ¿O Inoichi? Menudo problema.
―Me-me tengo que retirar. ―Tartamudeó Trunks con la vista en dirección opuesta―. Debo ir a Kiri, tú sabes…
―Ah, claro, por supuesto. Será mejor que no llegues tardes. ―Contestó, frotando compulsivamente su nuca y evitando de igual manera el contacto visual.
―Por cierto, casi lo olvido. ―Dijo antes de poner un pie fuera de la tienda―. Te-te dejé algo en el mostrador. Nos ve-vemos mañana…
Ino tuvo que zarandear la cabeza y darse de bofetadas mentales para volver a la realidad. Su corazón latía a prisa. El rostro se le encendía. No podía creer que lo había hecho. Había besado al chico que amaba, y ahora no cabía de alegría y exaltación, quería saltar, gritar, trepar por las paredes, si bien se limitó a ahogar sus chillidos con las manos al tiempo que se tiraba de espaldas al suelo de la tienda. Se sentía acelerada, con energía como para trabajar mil horas consecutivas por la emoción. Decidió regresar a la trastienda para recoger su delantal e iniciar con entusiasmo la jornada, pero en el camino, pasó frente al mostrador y encontró sobre este un puñado de ramas mal cortadas salpicadas en hileras de flores púrpuras.
―Lespedezas violetas… ―Musitó con la garganta doblada y desorbitados ojos vidriosos al contemplar sus flores predilectas. Las lespedezas eran sencillas, servían para ornamentar y complementar casi cualquier ramo, crecían comúnmente de forma silvestre sin mayores exigencias ni reparos, al punto que a veces eran fastidiosa maleza. Pese a esto, la variante violeta siempre causó gran atracción en Ino, en parte porque eran de su color favorito. De niña pasaba por alto el resto de flores de su jardín y recortaba pequeñas lespedezas para componer sus primeros arreglos, incluso se ponía creativa y las colocaba sobre sus vestidos y cintillos. Eran el símbolo de su clan, y encerraban un significado especial que la cautivaría de por vida: amor positivo.
Cierto que incontables flores representaban al amor en sus distintas formas, ya fuera inocente, juvenil, puro, fraternal, carnal, incluso prohibido. Las lespedezas, no obstante, eran diferentes, simbolizaban un espectro de impresiones sujetas a la interpretación de la persona, y para Ino, el amor positivo era todo lo imaginablemente bueno y constructivo que podía llegar a sentir por alguien único e irrepetible en su vida, tal y lo que era Trunks para ella.
##############################################
Muy a su pesar, la visita a los Kaiō-shin del universo siete no dejó indiferente a Enki. Se suponía un asunto concretado, una breve espera de algunas semanas quizá que, para un ser de millones de años de edad, venía a figurar lo mismo que un suspiro. No dejaba, sin embargo, de sorprenderse a sí mismo pensando en la particular relación que un Dios del talante de Bills había construido alrededor de los saiyajins llamados Goku y Vegeta. Por consecuencia, vigilaba con aire curioso las andanzas de sus hijos en ese planeta de ninjas que jamás fue escenario de paz, aquerenciado ya en los abominables placeres humanos de la violencia. Esto, naturalmente, debía representar un medio propicio para sacar a relucir la verdadera naturaleza de Goten y Trunks, pero por más que se avocara en captar las señales, no pudo vislumbrar retazo alguno de maldad en ellos, si bien esto tampoco le quitaba un peso de encima, ya que su más grande error tampoco dio muestras de perversión hasta que perdió la razón y fue demasiado tarde.
No había día en que Enki no se atormentara con esto. Se aprende de las equivocaciones, pero la suya fue tal vez demasiado dura e inflexible a la hora de enseñarle que no se podía generar vida con una consciencia premeditada, tal y como el creador de todo, en aquella leyenda que le transmitió su maestro, no pudo dotar con su propio discernimiento al primer mortal de la historia. Tuvo que intervenir Caranoba-sama, Hakaishin del noveno universo, cuando el cosmos empezó a colapsar producto del ridículo poder de ese monstruo. Pero ella no estaba dispuesta a que semejante error quedara sepultado, ya fuese en el olvido de la inexistencia o entremezclado con el polvo de las estrellas, por lo que resolvió sellarlo como un pecado latente que recordara por siempre al imprudente Kaiō-shin su dolorosa equivocación.
Enki no podía evitar que sus desolados pasos le condujeran siempre a la habitación del templo donde el monstruo permanecía resguardado junto a los anillos del tiempo. Allí, encerrado como recordatorio dentro de una esfera de cristal que no era más que un universo de bolsillo, dormía el legendario Super Saiyajin que destruyó galaxias y arrasó con la corte de dioses supremos, incluyendo a su preciado maestro.
Se aproximó a una distancia segura de la translucida bola que levitaba en medio de la estancia. Estrechó su mirada, y pudo admirar un revoltijo de nebulosas y agrupaciones de coloridos cuerpos celestes en miniatura que giraban eternamente en un mismo sentido con perfecta y armónica sincronización. Caranoba, en contraposición a su labor destructora, creó un una dimensión para contener el ilimitado ki del saiyajin y después lo redujo al tamaño de un balón, como hiciera Bills, salvando la absurda diferencia, con el planeta de Kaiō-sama en el séptimo universo.
―Mi señor, ¿de nuevo por acá? ―La descompasada y sibilante vocecilla de Rou anunció su llegada―. Los anillos del tiempo están seguros en este recinto. No tiene por qué venir a verlos diariamente. ―Insinuó con malicia, porque era obvio para ambos que esas sortijas no eran la mayor preocupación dentro de la sala.
―Rou… ―Contestó en tono apagado, indiferente, como de costumbre, a sus palabras de mal gusto―. ¿Qué impresión te merece la Tierra? Sé que también la has vigilado. ―Inquirió con la intención de desviar el tema.
―Una muy mala. Nada que rescatar. ―Caminó con los brazos tras la espalda hasta ponerse a la par de su superior, justo frente a la bola de cristal que proximamente debía agrietar con el poder que reuniera de los saiyajins―. Los humanos de ese planeta son de lo más nefasto que he presenciado. Cómo quisiera que Hakaishin-sama despertara mañana mismo y borrara a esa escoria del mapa.
―En eso te doy la razón. ―Enki pasó una mano entre sus largos cabellos de plata, reticente a soltar la interrogante que tanto le atormentaba―. Sobre los saiyajins, ellos… ¿qué opinión tienes al respecto?
Rou levantó una ceja con desdén. Miró hacia arriba a Enki, mucho más alto que él.
―¿No me diga que ve algo que merezca la pena en esos dos? Jamás olvide que por sus venas corre la maldita sangre guerrera de una de las razas más violentas que han visto luz en nuestro universo. ―Rou giró sobre sus talones, dispuesto a partir a sus aposentos, soltando una última frase con gesto sombrío―. Jamás olvide su pecado, mi señor.
Por supuesto que nunca lo olvidaría. Tal cosa no le eximía, sin embargo, de vacilar con la idea de que quizá esos chicos sí eran diferentes. Así, prefirió convencerse de que lo más sensato era olvidarse de ello. Importaba poco cuál era la verdadera esencia de esos dos, dentro de poco vendrían Wiss y Bills-sama a llevárselos de vuelta a donde pertenecían.
Rou, por su parte, consideró que el tiempo se le hacía corto para concretar su cometido. Igual quería divertirse, por lo que tomar acciones de manera directa se le antojaba rústico y aburrido, sin mencionar que peligroso, así que permitió que el ambiente se apaciguara por unas semanas antes de entrar en contacto vía telepática con Obito. Ya que podía verlo todo, se encargaría de construir un pequeño escenario que le trajera un digno entretenimiento erigido en peleas y engaños.
―¿Quiere que haga qué? ―El enmascarado, desconcertado, no veía conexión entre un proceder y otro.
―Como lo dije. Quiero que Sasuke Uchiha encuentre a Danzō. Lo necesita para salvar a su hermano, es su carta para acceder a la confianza de la Hokage.
Tal panorama dificultaría la captura del Kyubi, ya que acercaría a Sasuke y a Konoha, y con ello, Naruto no tendría motivos para buscarlo fuera de la seguridad de su aldea. No convenía a Obito quien, además, sentía que Kaiō-shin escondía cosas, porque si de algo sabían los ninjas, era de mentiras.
―¿Qué tiene que ver esto con los saiyajins?
―Nada realmente. Es solo mi manera de agradecer que accedieras a ayudarme. Un favor por otro.
―Entonces mejor no me ayude. Que Sasuke encuentre a Danzō no es algo que me convenga.
―Ah, por el contrario. ―Carcajeó en forma aguda e irritante―. Sasuke planea tomarlo como rehén, llevarlo a su guarida y luego contactar con Tsunade. Matarás dos pájaros de un tiro cuando esto ocurra, pues atacarás su escondite por sorpresa y me traerás algo que es mío: el Kotoamatsukami en posesión de Itachi y Danzō. ―Tal declaración dejó a Uchiha ensimismado. Gotas de sudor corrían tras su máscara. Se preguntó si su clan tenía algo que ver con Kaiō-shin―. Como lo oyes. Cuando los dioses supremos creamos el árbol al que ustedes llaman Shinju, fue inevitable que parte de nuestra esencia divina impregnara la energía otorgada por su fruta. Como resultado, el chakra y algunos de los diversos jutsus que a partir de este fueron creados, son consecuencia indirecta de nuestras habilidades, siendo el Kotoamatsukami el más nefasto de todos ellos, pues representa el control absoluto, ese que ni siquiera yo me tengo permitido ejercer contra los mortales para dar cabida al libre albedrío. No por casualidad dicha técnica se llama "Dioses Celestiales Distinguidos", el Genjutusu definitivo: jugar a ser dioses.
Por lo que tenía entendido Obito, ni Kaiō-shin debía imponer su voluntad en el mundo de los humanos, de allí que Dios fuera tan ausente y permitiera que hubiera lugar tanto para lo bueno como para lo malo. Debía suponer una afrenta tremenda para Rou que hubiera mortales con técnica tan ruines y peligrosas que doblegasen por completo el espíritu de los hombres.
―¿Y qué harás con el Kotoamatsukami? ―Preguntó, no sin un dejo de desconfianza impregnando su tono.
―Destruirlo. Tal habilidad me es indiferente, porque yo también soy capaz de reproducirla. Lo que no puedo permitir es que tan dañino poder continúe pasando por las manos de los terrícolas. Ese jutsu es un error que no debió ocurrir.
Lo cierto es que Rou quedó fascinado con el Kotoamatsukami. Lo quería, lo necesitaba. Un ojo sería para controlar a Enki, y el otro al Legendario Super Saiyajin. Por un lado sería Dai Kaio-shin entre las sombras, como hiciera una vez Obito de Mizukage al manipular a Yagura, y por el otro tendría a su perro de ataque para proporcionarle diversión en la medida que considerase correcta. Lo mejor es que se trataba de un tipo de técnica donde el afectado no tenía consciencia de ser manipulado, era tan sutil como perfecto. Así, de una vez por todas, podría ser la máxima autoridad del universo nueve y no el desgraciado, débil y depresivo de Enki que no terminaba de superar la muerte de su también blandengue maestro.
Así fue como llegaron al acuerdo de informar a Sasuke sobre la ubicación de Danzō mediante una kunoichi que hicieron pasar por un ex-miembro de Raíz. El objetivo era montar una falsa escena del crimen donde se inculpara a Sasuke del asesinato de Danzō, de manera que no hubiera posible reconciliación entre él y el resto de aldeas que buscaban al viejo como locos para ajusticiarlo. Luego, Obito entregaría los ojos a Rou, quien supuestamente tenía ya planificado el resto de la operación para librar a su guardián y acabar con los saiyajins. Por último, con Goten y Trunks fuera del camino, no existiría ese elemento de discordia que jamás lograría la paz en el mundo ninja, y con ello vendría la solución mediante el plan "Ojo de Luna". La Tierra estaría a salvo, pues si bien los saiyajins componían una especie de defensa para el planeta contra alienígenas invasores, estaba más que comprobado que eran ellos quienes los atraían en primer lugar, tal y como quedó de manifiesto con los tres años de paz alienígena que gozaron los humanos en su ausencia.
El plan era sencillo, de pocos pasos, claro está, porque contaban ahora con la pseudo omnisciencia de Rou. A la final, la cuestión se definía en una clase de juego macabro, y esto no pasó desapercibido para Obito que, por primera vez, no dejaba de atormentarse y sobrepensar las consecuencias de cada acto y decisión que escogía, porque una frase no paraba de rebotarle dentro de las paredes del cráneo:
―"Ella te ha estado observando"
Podría sospechar sobre muchas de las cosas que envolvían a la persona de Kaiō-shin, pero si en algo confiaba ciegamente, sin saber el motivo exacto de ello, es que en verdad había un paraíso desde el que su querida Rin veía con recelo sus actos, algo que nunca habría imaginado al negarse a creer en la existencia de un ser superior desde el fatídico día en que sostuvo en brazos el cuerpo sin vida de la kunoichi que tanto había amado, porque si Dios existía y permitía ese tipo de atrocidades, es porque entonces era malvado, y si no era en absoluto malvado pero igual acontecían tantas barbaridades en el mundo, es que entonces no era lo suficientemente poderoso para impedirlo, ergo, un Dios que de Dios tenía poco.
Así se pasó Obito los días, pensando en Rin, en lo que ella opinaría de enterarse en lo que se había convertido, lo que había hecho y a donde pensaba llegar, porque consumar el Plan Ojo de Luna, simbolizaba un noble destino que se alcanzaba a través de un camino empedrado en sacrificios, huesos y carne.
Así se pasó Obito los días, cuestionándose por primera vez en años la moralidad de sus acciones, si ciertamente el fin justificaba los medios, porque comprender la insignificancia de su posición al conocer la existencia de Rou, le hizo replantearse asuntos que ya daba por hechos. ¿Qué sentido tenía lo que hacía si al final no eran más que un escenario de títeres fabricado como objeto de entretención para los dioses?
Así se pasó Obito los días, apenas viniendo a notar que sus pasos le conducían a la entrada de la guarida de Sasuke, quien junto a su equipo, capturó sin contratiempos a Danzō Shimura hace unas horas.
El viento silbaba una melodía dolorosa, anticipando desastre, llorando temor. La atmósfera se tornaba pesada, irrespirable. Era de noche, pero no parecía, porque el despejado cielo negro se coronaba de una hermosa y gigantesca luna llena que daría luz a un monstruo proveniente de épocas oscuras y primigenias.
##############################################
Fin del capítulo.
Recuerden, tengo pendiente contestar los reviews, y lo haré durante el fin de semana, ya que mañana trabajaré literalmente todo el día (hasta las 00:00).
Como siempre, un millón de gracias por el apoyo y cariño de todos ustedes. Déjenme saber su opinión con un review, se los agradecería mucho ;)
¡Saludos!
―Taro
