CAPÍTULO 26

Una ligera niebla flotaba sobre el río y daba a la superficie del agua un tono marrón grisáceo, atenuando los colores otoñales de los densos bosques. Candy estaba apoyada en la barandilla delantera de la cubierta superior y dejaba que sus ojos rozaran el panorama de esta tierra norteña mientras el barco deslizábase a través de un trecho de agua lleno de islas. Bajos acantilados de piedra caliza empezaban a crecer a ambos lados. Después, una corriente más oscura sobre la orilla oriental se expandió lentamente hasta que, debajo de un alto barranco, se convirtió en otro río que volcaba sus aguas más claras en el Misisipí. El tributario era el Saint Croix, le dijeron, y en aproximadamente una hora más llegarían a destino.

Una vez más un barco fluvial la alejaba del olor a cenizas y la acercaba a una nueva fase de su vida. Candy no podía negar una sensación de expectativa, aunque en su interior se movía inquieta una impresión de extranjería. El saber que ahora era la esposa de Albert Andrew la acosaba continuamente, y sólo le dejaba una delgada fachada para ocultar su inquietud. Cuanto más cerca estaba de su destino, más veloces giraban sus pensamientos. Esta mañana se había levantado antes del amanecer, en seguida empaquetó sus pertenencias y metió su maleta de mimbre, junto con la de cuero, en el gran baúl dentro del cual había iniciado su viaje.

Debido a la ligera llovizna que amenazaba continuar, no quiso ponerse uno de sus vestidos mejores por temor a arruinárselos en la lluvia y el barro. En cambio, se puso su viejo vestido negro con su recientemente añadido adorno de encaje. Su prisa por estar lista de nada le valió, porque tuvo que esperar afuera el resto de la mañana, entregada a sus pensamientos y contemplando el monótono paisaje de la campiña.

Los tonos dorados y castaños de los robles de otoño dejaron gradualmente lugar a casas ocasionales que se erigían en las orillas del río. El barco dobló un recodo y adelante, más allá de una isla pequeña, una punta de tierra separaba los ríos como la proa de un enorme barco. Arriba, en la cima del acantilado, había un fuerte de murallas de piedra donde ondeaba la bandera federal. Un camino empinado descendía del lado izquierdo de la colina hasta la orilla, donde se amontonaban una cantidad de bajos edificios de madera a lo largo de un desembarcadero de piedra. Cuando se acercaban a la orilla, el capitán salió del puente de mando y dirigió al timonel hasta que el barco quedó junto al muelle.

Varios carros esperaban la llegada del barco y a corta distancia era visible una gran berlina cerrada. Un par de figuras estaban junto a ella y con la seguridad de una mujer, Candy reconoció que la más alta era su marido. A su alrededor, los pasajeros se apartaban de la barandilla, pero ella permaneció allí como si sus piernas fueran de plomo, incapaz de apartar la mirada del hombre que se apoyaba en un delgado bastón negro.

El señor George salió de su cabina, que estaba más a popa, con un paquete de papeles en una mano y su maleta en la otra. Cuando vio a Candy, el pequeño y atildado abogado se le acercó. Dejó su maleta entre sus rodillas y la barandilla y guardó un discreto silencio.

Una súbita ráfaga de viento frío barrió la cubierta y salpicó a Candy con heladas gotas de lluvia. Ella se abrigó con los tibios pliegues de su capa y pensó en los acontecimientos que habían hecho de una pareja tan dispar como ella y Albert, marido y mujer. El esperaba en el muelle como un sombrío señor teutónico, aparentemente muy en armonía con el melancólico paisaje.

El señor George agitó la mano hasta que atrajo la atención de su cliente. Albert levantó la cabeza y respondió al gesto. Casi inmediatamente su mirada se posó en la esbelta figura de la mujer que estaba junto al abogado. Las rodillas de Candy tuvieron un momento de debilidad mientras ella esperaba alguna señal de reconocimiento. Entre las familias del Sur, una leve demostración de afecto o un saludo habrían sido adecuados, pero él no hizo ninguna señal de bienvenida y ni siquiera se movió.

El señor George se tocó respetuosamente el sombrero.

—Si está lista, señora, ahora bajaremos a tierra.

Candy asintió, reunió coraje y siguió al abogado por la escalerilla. En la cubierta inferior se les unió Saul, quien se había echado al hombro la manta raída que contenía sus pertenencias. El negro cargó al hombro el gran baúl de Candy y los siguió.

Albert dijo una palabra a su cochero y apoyándose en su bastón caminó cuidadosamente hacia el barco. Desde su salida del hospital la pierna se le había endurecido por el frío y la inactividad y le daba ahora motivos para lamentar que el barco hubiera atracado aquí en el embarcadero de Fort Snelling y no en el más cómodo de Saint Anthony, pero la nave traía provisiones y correo para el fuerte y después de una escala aquí tenía que seguir remontando el río Minnesota.

Cuando Albert se acercaba para recibir a su esposa y sus acompañantes, su mirada encontró al enorme negro que venía tras ella y eso le produjo alivio, porque a menudo se había preguntado si Saul había sobrevivido a la guerra y a las conmociones que siguieron. Pero la atención de Albert volvió de inmediato a Candy y sus cejas se fruncieron debajo del ala de un sombrero negro de copa chata. Estaba ansioso por conocer el humor que ella traía, pero donde antes había una jovencita de genio vivo y muy imprevisible, ahora vio un aire de seriedad.

Candy no exhibía nada de la frivolidad que era común en las jóvenes de su edad. Se movía con una gracia fluida, pero con una seguridad de propósito que resultaba al mismo tiempo agradable y desconcertante. Era como si ella hubiese considerado cuidadosamente todas las alternativas y, tomada su decisión, no se dejaría apartar de sus objetivos. Quizá las durezas y tribulaciones de la guerra le habían quitado todo el humor.

Candy estudió subrepticiamente a su marido cuando él llegó al extremo de la pasarela. Debajo del grueso abrigo que llevaba sobre los hombros, parecía algo más delgado. Su cuerpo largo y musculoso estaba completamente envuelto en negro, color que sólo cambiaba en el chaleco de brocado plateado y en una impecable camisa de seda blanca. Tenía el aspecto de un tahúr de barco de río y se le veía muy mundano. Era la primera vez que ella lo veía con ropas civiles y le parecía hallarse ante un extraño. Ello la asustó, especialmente cuando esos ojos azules se posaron en ella y la recorrieron lentamente.

Sintió que el cambio era más profundo que las ropas. Lentamente, comprendió que este hombre era alguien distinto al que había conocido. El había sido un intruso en su vida y Karen, desesperada, aprovechó la oportunidad que creyó podría salvarla de las desgracias del Sur. Ahora los modales de Albert tenían un extraño toque de amenazante atrevimiento. Parecía capaz de mantenerse apartado del mundo y sin embargo, con su mera presencia, dominaba la escena que lo rodeaba. Albert se quitó el sombrero y Candy casi esperó que uniera los talones en una burlona reverencia. Pero el trozo de metal que tenía incrustado en la pierna lo había vuelto menos ágil.

—Espero que hayas tenido un viaje cómodo. — Su voz tenía el mismo timbre rico y profundo que Candy recordaba. — ¿Ropas de duelo, Candy? — Sonrió levemente y dijo: — Habitualmente un casamiento es más ocasión para risas y alegría.

Ella abrió la boca para responder, pero otra ráfaga helada los rocío con gotas de lluvia y a ella la dejó sin aliento. Candy se volvió para protegerse de las gotas y Albert se acercó pero se abstuvo de tocarla recordando muy bien que a Can no le gustaban las caricias.

Saul dejó el baúl en el suelo, se subió el cuello de su delgada chaqueta de algodón y empezó a golpear la tierra con los pies en un esfuerzo de combatir el frío.

—¡Santo Dios, hombre! — Albert tendió una mano como bienvenido y el otro la estrechó. — ¿Nadie te advirtió sobre el clima de aquí?

—¡No, señor! — La cara de Saul se iluminó con una amplio sonrisa. — Pero estoy aprendiendo muy de prisa.

Candy creyó necesario explicar la presencia del hombre.

—Tuve que traerlo conmigo… por la misma razón que tuve que venir — dijo al principio disculpándose, pero en seguida comprendió que en este asunto no tenía motivos para estar arrepentida—. Te aseguro que no estamos pidiendo más caridad. Yo pagué su pasaje y Saul puede buscar trabajo. Si no es contigo, será con algún otro.

—¿Con algún otro? — El tono de Albert fue de incredulidad. — No quiero ni oír semejante cosa. El me salvó la vida. — Miró a Saul.— Necesito un nuevo capataz para los peones del campo. ¿Tienes alguna experiencia en ese trabajo? — Cuando Saul asintió con energía, agregó: — El puesto es tuyo si lo deseas.

Saul sonrió, levantó otra vez el baúl y se dirigió a la berlina en cuya parte posterior depositó su carga.

Albert rechazó los agradecimientos de Candy y le hizo una seña al cochero, quien se acercó corriendo.

—Olie, lleva a la señora Latimer al carruaje. Yo iré en seguida.

—Sí, doctor Andrew. — El hombre, que tenía más de cuarenta años y era musculoso, de pelo claro, levantó su curiosa gorra de tela y saludó a Csndy. — Olie la sacará de este frío, ¿está bien?

Candy sonrió levemente y dejó que el cochero la acompañara hasta la berlina.

Albert, ahora solo con el señor George, se volvió al abogado con una pregunta en los ojos, y cuando el hombre empezó su relato no pudo dejar de mirar a Candy que se alejaba hacia el carruaje.

Candy se detuvo antes de aceptar la ayuda de Olie para subir y miró hacia atrás. La sorprendió comprobar que los ojos azules seguían fijos en ella con ceñuda intensidad. Devolvió la mirada con sus orgullosos ojos verdes y subió. Sabía muy bien qué le estaba contando el abogado a su marido.

El asiento trasero estaba cubierto con una gran manta de pieles, y aunque la misma parecía abrigada y confortable, Candy se acomodó en el asiento delantero.

El señor George entregó los documentos matrimoniales a Albert y le dijo:

—Una vez fuera de Nueva Orleáns el resto del viaje fue tranquilo.

—¿Dice usted que ella no quería aceptar el contrato matrimonial por representación hasta que Jacques la secuestró?

—Ciertamente, doctor Andrew. Cuando se enteró de que usted no estaría presente se puso furiosa. — El hombre se aclaró la garganta como para disculparse. — Creo que sus palabras fueron que usted podría pudrirse en un lugar muy caliente antes que ella se casara con usted.

Albert se frotó inconscientemente la pierna dolorida y juró entre dientes. ¡La pequeña bruja! Siempre había sido demasiado terca y orgullosa para su propio bien y como si eso no fuera suficiente, tenía una facilidad especial para buscarse dificultades.

—Los hombres de Jacques estaban decididos a encontrarla, señor— siguió informando George—. Tuvimos que esconder a su esposa dentro de un baúl para ponerla a salvo a bordo del vapor. Por cierto, ella causó una gran conmoción en Nueva Orleáns, considerando que una buena parte de los muelles se quemó junto con el depósito de DuBonné. Imagino que este señor se ha escondido en alguna parte después que el sheriff contó las balas de algodón que el hombre tenía en su depósito.

Albert señaló de pronto uno de los carros.

—Murphy vino con nosotros para recoger unas provisiones. Si usted lo desea puede viajar a casa con él. La señora Andrew y yo iremos al hotel y no estoy seguro de cuándo seguiremos viaje. De otra manera lo invitaría a que se reuniera con nosotros.

—Nada de eso será necesario, señor. Dejé mi carreta y mi caballo en un establo cercano. Si Murphy puede llevarme hasta allí, le estaré muy agradecido.

Albert sacó una cartera del interior de su chaqueta y dio varios billetes al abogado.

—¡Tenga! Déle esto a Murphy y pídale que le compre a Saul ropas abrigadas antes que el hombre muera de frío.

—Por supuesto, doctor Andrew. — El señor George aceptó el dinero y fue hacia el carro. Albert quedó pensativo, mirando la berlina donde aguardaba su flamante esposa.

Cuando llegó al carruaje arrojó su abrigo y su sombrero sobre el asiento frente a Candy y subió para instalarse junto a ella. Tomó la manta de piel, la extendió sobre el regazo de Candy y se inclinó para meterla debajo del asiento a fin de que ella estuviera más abrigada. Aunque Candy evitó mirarlo a los ojos, sintió intensamente el aroma limpio y fresco del agua de colonia de él.

El cochero gritó y la berlina empezó a moverse. Albert se agarró de la correa de la ventanilla de su lado. Candy notó que la única concesión de Albert al frío fue envolver un ángulo de la piel sobre su pierna derecha, como si la herida la hiciera más sensible. Fuera de eso, la baja temperatura no parecía afectarlo. Cuando terminaron de subir la parte empinada del camino y los movimientos de la berlina se hicieron más violentos, Albert se instaló en el asiento del frente desde donde podía mirar a gusto a su esposa. Candy sintió que los ojos azules la estudiaban con lentitud y atención.

¡Que mire! — pensó indignada y volvió el rostro hacia la ventanilla—. Por lo menos, ha comprado el derecho a mirar.

De pronto el interior del carruaje se oscureció cuando entraron en un bosque de olmos, y un poco más adelante el camino descendía hacia un valle. Pronto la berlina se sacudió sobre el lecho sembrado de rocas de un pequeño arroyo. A oídos de Candy llegó el grave murmullo del agua, pero no vio señales de cascadas. De pronto comprendió que Albert le había hablado y se volvió. El tenía un cigarro en una mano y una cerilla en la otra, y aparentemente esperaba su consentimiento.

—¿Te molesta? — Levantó el cigarro.

—No, claro que no. — Lo miró rápidamente a los ojos. — Siento mucho no haber oído que me hablaras.

—¿Te importaría quitarte ese tonto sombrero? — dijo él, acercando la cerilla al cigarro y abriendo un agujerito en la punta—. Me gustaría poder mirarte mejor.

Candy se quitó el sombrero y arregló un rizo del moño que tenía en la nuca. Como a bordo del barco sólo había dispuesto de un pequeño espejo de mano, pensó que su aspecto dejaba mucho que desear. El ceño de Albert la hizo sentirse incómoda. El seguía sosteniendo el cigarro sin encender.

—¿Asusta a los niños con ese ceño adusto, mayor?

Irritado, Albert se metió el cigarro en la boca y lo encendió. Candy señaló con la mano la ventanilla.

—He oído muchas historias de indios salvajes — dijo, deseosa de cambiar de conversación —, de nieve profunda hasta la cabeza y de grandes lobos merodeando por las calles. No veo nada de eso. En cambio, veo una ciudad que crece en medio de una tierra arbolada.

—Esas historias no carecen de fundamento. Esta manta está hecha con las pieles de varios lobos invernales.

Candy pasó la mano por la piel suave y sedosa.

—Hubiera creído que eran bestias horribles con pelambre áspera.

Albert dio un respingo cuando la berlina saltó sobre un bache. Estaban llegando a centro de la metrópoli donde se veían algunos edificios de piedra o ladrillo entre otros más pequeños. Algunos eran de madera con altas fachadas falsas, otros monolíticos edificios de piedra de dos, tres y a veces cuatro plantas de alto. Unas aceras elevadas, de tablas, proporcionaban el medio de paso de un edificio al siguiente, pues las calles estaban sin pavimentar y algunas eran verdaderos lodazales.

Albert sacó un frasco de un bolsillo que había en la portezuela de la berlina y después de beber un largo sorbo, respondió a la pregunta no dicha de Candy.

—Ese trozo de metal me hace daño. Tiene una forma muy molesta de recordarme su presencia.

—El mayor Magruder creía tener una solución mejor — murmuró Candy—. ¿Has cambiado de opinión?

Albert soltó un resoplido y bebió otra vez del frasco de plata antes de volver a guardarlo.

—Prefiero tener el dolor que me recuerde que la pierna sigue aquí a sentir la comezón de un muñón vacío. ¿Por qué no usas las ropas que te envié?

Candy recordó la primera vez que vio al señor George y la maleta de cuero. Había sido necesario un secuestro para convencerla de que tenía que casarse y no enviar de vuelta al abogado a su cliente con una serie de palabras fuertes. Hubiera querido pronunciar ahora esas palabras, pero sabía por experiencia que desafiar de ese modo a Albert llevaría a peleas y discusiones. Era mejor, por lo menos por el momento, evitar cualquier confrontación que pudiera terminar como su último encuentro.

Tan gentilmente como pudo, habló de un tema que hería profundamente su orgullo.

—Me has hecho un gran servicio al casarte conmigo por poder y permitirme de ese modo escapar a una situación intolerable. Por eso te debo mucho. Mucho más de lo que podré pagarte. Parece que continuamente tengo que recordarte que no soy rica…

—Eres mi esposa. — Su voz sonó suave aunque su sonrisa tuvo un asomo de provocación.

Candy meneó la cabeza, rechazando esa afirmación. Enrojeció de frustración por tener que explicar su situación.

—Repito que no soy rica, pero que tengo deseos de pagar todas las deudas en que he incurrido conscientemente. Unos pocos meses deberían darles a los federales tiempo para atrapar a Jacques, ahora que ha sido descubierto. Quizá para la primavera yo pueda regresar y ocuparme de limpiar mi nombre. Debes saber que me resulta muy duro tener que aceptar tu indulgencia hasta entonces. Por lo tanto, si aceptara las ropas, finas y caras como son, sólo aumentaría la obligación que tengo que pagar. Soy muy capaz, fuera de ello, de cuidarme sola.

Albert se inclinó y la miró con una sonrisa burlona.

—Si fueras capaz de cuidarte sola, Candy Andrew, ahora no estarías aquí.

Candy enrojeció ante la veracidad de la afirmación. Poco tenía de qué enorgullecerse. Había perdido hasta su independencia y le dolía ahora tener que apoyarse en él. Pero estaba decidida a no convertirse en una carga para Albert, social o financieramente. Por lo menos, de ese modo podría conservar un poco de su propia estimación.

Albert se apoyó en el respaldo del asiento y chupó pensativo su cigarro.

—Las ropas fueron un regalo de bodas, Candy, y no me gusta que andes con el aspecto de una huérfana sin hogar.

—¿Boda? — Candy rió desdeñosamente. — ¿Así lo llamas?

El rostro de él siguió inescrutable detrás de las volutas de humo.

—Ah, sí. El señor George me habló de tu renuencia a casarte.

—Perdóname, mayor, si yo no me siento casada. Si hubiera podido elegir no lo estaría. Pero el señor DuBonné no me dejó alternativa.

—Muy amable de su parte, señora — Albert sonrió con ironía —, al considerarme de dos males el menor.

—El menor de dos males sigue siendo un mal, mayor Andrew. — Candy bajó la vista y continuó, con calma: — Pensé que era lo mejor que podía hacer en su momento. Podría cambiar de opinión.

—¿Y te sacrificaste, accediste a casarte conmigo pese a que soy todavía el enemigo? — Su voz reveló un tono de sarcasmo.

—No fue un sacrificio. — La voz de Candy sonó seca y cortante. — El casamiento puede ser anulado y declarado sin valor. En cuanto a lo otro, no te considero un enemigo. La guerra ha terminado.

Albert sacudió la ceniza de su cigarro y la miró con expresión de duda.

—Se diría, señora, que esta guerra apenas está comenzando.

CONTINUARA