No pretendo justificarme. Solamente quiero que se entienda por qué hice lo que hice.
España estaba cada vez peor. Se pasaba el día delirando. No paró hasta que lo hicieron llevar al monasterio de El Escorial para morir allí, entre relicarios, tumbas de antiguos reyes que conoció, en la sala donde se encontraba hace siglos el dormitorio en el que murió Felipe II, a quien quiso mucho. Lo peor es que no podía decirle que estaba exagerando. Su gente parecía querer verlo muerto, y los que lo defendían lo hacían con la boca chica. Nuestra gente convocaba manifestaciones frente a nuestra casa para echarnos en cara cosas que habían decidido nuestros gobiernos. Nos metieron en el buzón una foto de los cadáveres vapuleados de Mussolini y Petacci colgados boca abajo en Loreto, acompañados de un mensaje amenazante. Veneziano estaba insoportable. Aunque Austria lo había tratado como el culo de pequeño, cuando murió lo sintió como si hubiera sido su padre. No pudo encontrar consuelo en su amiguito del alma, el macho patatas, porque hacía tiempo que nadie sabía de él, y lo único que se sabía era que habían encontrado su coche destrozado y a su guardaespaldas fiambre. Tampoco su amiguito Francia parecía estar disponible: lo llamaba a todas horas y no contestaba. El gabacho parecía haber muerto también, porque nadie era capaz de ponerse en contacto con él. Estaba ansioso, hundido, y solo había una cosa que lo calmaba y no era precisamente la pasta. Era su novieta. Estaba todo el tiempo con él, acariciándole el pelo, abrazándolo, diciéndole que todo iría bien. ¡No era así, demonios! ¡Las cosas estaban en la mayor de las mierdas!
Salí al mercado a pasear. Veneziano insistió en venir conmigo y no pude detenerlo. Él hablaba y hablaba; yo no le hice el menor caso. Era cosa de su novia escuchar sus tonterías, no mía. Me limité a mirar los escaparates de las tiendas en busca de algún capricho que me hiciera sentir un poco mejor. Me estaba tentando la idea de pillarme una botella de vino y ventilármelo en la bañera. Solo. Con un CD de Rafaella Carrà sonando de fondo.
Pero tenían que aparecer esos stronzi y fastidiarlo todo.
— Eh, vosotros dos—les dije a la Fanelli y a Veneziano—. Cortaos un poco, que la gente nos está mirando.
— ¡Hola!—fue lo que respondió mi hermano, saludando, el muy capullo. Tan solo Fanelli se avergonzó. Se puso roja.
— Lo cierto es, Feli—¡Feli! Lo que me faltaba por oír—, que tiene razón, me da un poco de apuro ir en público...
— A mí me gusta que todo el mundo vea la ragazza tan guapa que tengo—contestó Veneziano, y con eso la derritió.
Asqueroso. Aunque lo cierto era que no estaban mirando por eso.
— ¡Eh, vosotros!
Era un hombre que nos miraba desde la salida de un bar, donde se estaba fumando un cigarrillo.
— Ya podríais estar echando a todos los corruptos que tenéis en el gobierno, en lugar de andar por ahí con las chiquillas, como los sátiros.
La Fanelli se dio aludida y se sonrojó aún más.
— ¿Cuánto te pagan por acostarte con ellos dos?—le preguntó él.
— Por favor, signor, se está equivocando usted—le dijo Veneziano, con mucho tacto, pero interponiéndose entre él y Fanelli.
— Ya. Ya. Eso es lo que decís siempre. Es un error. No es más que un error. Sois muy buenos, es la prensa, que manipula. Soy ya viejo y me las sé todas. Nosotros nos partimos la espalda trabajando para pagaros a vosotros las putas.
Aquello dolió a Veneziano. No entendía que hablaran así de su prometida. Se bloqueó. Creo que no sabía si reaccionar con tristeza o enfurecido. La Fanelli quiso apartarnos de allí. Rocco quiso decirle algo. Pero tuve que ser yo quien reaccionara.
— Escucha, payaso, déjanos tranquilos, ¿quieres?—le dije.
— ¿O qué vas a hacer?—ese barrigón se me puso gallito, se acercó a mí y me dio golpecitos en el pecho con sus dedos de salchicha—. Tú aparte de un golfo eres un despreocupado que no tiene ni media hostia. A saber si tú y tus amiguitos llegáis vivos al año que viene.
Que no tenía ni media hostia, decía. Sí que tenía. A pares. Y se las di una a una.
Todo el mundo a mi alrededor comenzó a gritar. Salió gente de las tiendas y de los bares para mirar. Me grabaron con el móvil. Los que me acompañaban trataron de sujetarme y de hacerme entrar en razón, pero...ya lo he dicho, estaba hasta las mismas narices, y aquel imbécil terminó de sacarme de mis casillas. Rocco me apartó y algunos amigotes del tipo ese se lo llevaron para otro lado.
El tipo sangraba por la nariz. Me miró enfurecido.
— Fligio di un cane!—exclamó.
— ¡Tú eres un fligio di un cane!—repliqué.
— ¡Fratello!—me dijo Veneziano.
— ¡Señor Romano, por favor!—dijo Rocco.
— ¡Déjalos, que pronto se volverán polvo que pisotear!—gruñó uno de los amigos del hombre.
— ¡No merecen la pena, estos mierdas!—dijo otro.
— ¡Puede que sí, pero me sobra tiempo para daros p'al pelo, desgraciados!—chillé.
Me arrastraron lejos de allí. Toda la calle nos estaba mirando, y no había una sola mirada simpática.
— ¡Qué vergüenza!
— ¿Y vosotros nos representáis?
— ¡Mermaos!
— ¡Moríos!
— Tranquilo, tranquilo—oí que le decía la Fanelli a mi hermano—. ¡Apártense! ¡Dejen paso!
— Será mejor que volvamos a casa—dijo Rocco. Fanelli estuvo conforme.
Me arrepiento solo a medias de lo que hice. Es verdad que no debí haberlo pegado. Pero el imbécil se lo había ganado, insultándonos.
Aun así, no había necesidad de seguirnos hasta el coche.
Nos acabábamos de montar cuando golpearon el cristal. Eran unos chiquillos que ni siquiera habían estado involucrados. No sé si serían familiares, o qué. Pero estaban cabreados como monas.
— ¡Vais a arder, cerdos!
— ¡Hijos de puta!
Rocco salió para ahuyentarlos. Yo de nuevo me calenté e hice lo que me pareció mejor entonces. Salté hasta el asiento delantero, me puse al volante y arranqué. Me llevé a esa pandilla de desgraciados por delante.
— ¡Romano!—exclamó Veneziano.
— ¡A tomar por saco!—dije yo.
Los dejamos a ellos y a Rocco detrás. Tiempo más tarde supe que, al hacerlo, la tomaron con Rocco y terminó en el hospital con ocho puntos en la cabeza. Lo siento mucho por él. Era un mal día. Tomé muchas decisiones poco acertadas.
La gente que estaba delante no hacía más que chillar. Algunos nos insultaron. No hizo más que aumentar mi mal genio.
— Espera, ¿adónde...?—me quiso preguntar la Fanelli, y no le respondí.
No tenía ni idea de adónde iba, pero era lejos de allí, muy lejos. Ninguno de los dos me dijo nada hasta que paré, a casi una hora de viaje. Ni siquiera yo sabía dónde estábamos. Era el pleno campo, plagado de olivares, donde los caminos eran de tierra. Tranquilo, pero por estar en el culo de la provincia. Salí del coche y respiré hondo. Veneziano y Fanelli también salieron. Me quedé ahí de pie, simplemente respirando hondo, mirando el atardecer con las manos detrás de la cabeza.
— Tú no eres eso que te han llamado, Carlotta. Te quiero.
— Gracias, Feliciano. Tú tampoco los escuches.
— No estoy enfadado con ellos, ¿sabes? Seguro que solo es un mal día.
— Sí, seguramente sea eso.
Sonó el teléfono de Veneziano.
— Oh. Es un mensaje de ¿Canadá?
— ¿Canadá? ¿Qué es eso?—pregunté mientras me volvía.
— Es una foto. Oye, Romano, ¿nosotros jugamos a la lotería, en la ONU?
— ¿Qué dices?
— No son números de lotería, son coordenadas—dijo Fanelli—. 63º 36' 13.99'' latitud norte, 19º 45' 38.538'' Longitud Oeste.
— ¿Y eso qué quiere decir?—preguntó Veneziano.
— No estoy segura. ¿No viene mensaje?
— Solo un emoji. Dos manos juntas.
— No entiendo nada—dije.
— Parece una...¿petición?—conjeturó Fanelli.
Veneziano respondió al mensaje preguntando qué quería decir Canadá, pero no recibió respuesta. Parecía que ni siquiera recibió el mensaje.
— ¿Y si vamos para allá?
Fanelli y yo por fin coincidimos en algo: ambos miramos a Veneziano como si hubiera perdido la cabeza.
— Parece que nos está pidiendo ir para allá.
— Espera un momento—Fanelli consultó su móvil—. ¡Feli! ¡Es Islandia! ¡Esas coordenadas corresponden a algún lugar al oeste de la isla!
— Sea lo que sea, parece importante.
— O quizás se hayan equivocado—dije yo—. Vamos, hombre. Tenemos cosas más importantes en las que pensar.
— Bueno, pues voy yo. A ti siempre se te ha dado mejor lo de pensar.
— ¡Feli! ¡Pero ni siquiera sabes de qué va esto!—la Fanelli le tomó las manos.
— Aquí está claro que no hago ningún bien. Seguramente sea mejor que me vaya por un tiempo, ¿no? No hace falta que vengáis. El mensaje lo he recibido yo.
— ¿Y crees que voy a dejar que hagas esta locura—sonrió Fanelli—tú solo? Eres mi prometido. Y mi protegido. No te dejaré solo.
— Oh, Carlota...¡Eh! ¡Podría ser nuestra pre-luna de miel!
— ¡Sí!
— Y tú, Romano...
— ¡Sí, hombre! ¡Me voy a quedar yo a que me tiren piedras a la cabeza! Lo que estás a punto de hacer es una locura...Pero es más loco aún quedarse aquí con la que está cayendo. Vale. De acuerdo. Iremos. Quizás estemos a tiempo de tomar un avión.
De haber sabido en la que me estaba metiendo, habría vuelto pitando a la ciudad a enfrentarme a la turba y no habría dejado que Veneziano y Fanelli fueran para allá. Joder, me habría metido en el tanque de los tiburones del aquarium.
