Capítulo 23
(Traduccion del francés por mi muy estimada Anneth White)
- ¿Estás totalmente segura de que él está bien? – preguntó de nuevo Terry, aguantando la respiración.
- ¡Sí, sí lo estoy, no te preocupes!, se despertará con un bello chichón en la frente (y un diente menos desafortunadamente). ¡Vamos!, ¡ayúdame a ponerlo en la cama!. Es mejor que nos vayamos antes de que alguien nos sorprenda.
- No hay peligro, él se deshizo de todo su personal… - dijo Terry en un tono falsamente desentendido, mientras que difícilmente ponía sobre la cama el cuerpo inanimado de la estrella hollywoodense.
- ¡Ah Bien!, ¿Y por qué?, dijo Candy con su boca abierta por la impresión. Avergonzado el joven hombre la miró mordiendo su labio.
- No me creerías si te lo digo…
- ¡Honestamente Terry!, ¡No entiendo nada de esta historia! – le gritó disgustada - ¿Me vas a decir lo que ocurrió?, ¿sí o no?
Sus ojos se encontraron con un par de esposas de cuero colgadas sobre el respaldo de la cama. Ella frunció el ceño, con imágenes graciosas llenando su mente, alimentada por la decoración que la rodeaba, las sábanas de seda color púrpura, y el dulce perfume que flotaba en la habitación… ella no había puesto atención a todo eso cuando entró, demasiado absorta por tener que examinar al huésped del lugar, pero ahora que ya estaba calmada, no podía ignorar todas esas cosas extrañas del entorno.
- Esto se parece a una caja de dulces mezclada con un burdel… - se dijo interiormente, avergonzada por ser involuntariamente testigo de algo que no debía.
Un gruñido la interrumpió de sus pensamientos. Era el hombre desmayado que estaba emergiendo de su sueño forzado.
- ¡Vamos, vamos!, ¡no nos quedemos aquí! – dijo ella en voz baja, moviendo sus manos con pánico. Revisó sus pupilas y pulso una última vez, y luego con un movimiento de su mentón le indicó a Terry que salieran. De manera furtiva abandonaron la habitación, cerraron la puerta tan discretamente como pudieron y después desaparecieron, casi al límite de la teletransportación, ¡con el afán de volver a su habitación!
Terry no había cerrado aún la puerta de su cabina cuando sintió un fuerte empujón por detrás. Perdiendo el equilibrio se estrelló de manera ruidosa, unos metros adelante, con la mesa del café en la sala de estar. Sorprendido por la violencia del empujón se giró asombrado. Candy lo estaba observando, con sus brazos cruzados y mirada amenazante.
- Ahora, Terrence Grandchester, ¡Vas a soltarlo todo!, ¡O te prometo que te arrepentirás hasta el final de tus días!
Por la furiosa mirada que ella le lanzó, él comprendió que esta amenaza era real. En todo caso, retrasarlo no hacía más que posponer el ultimátum innecesariamente. ¡Era mejor enfrentar la navaja con valor!, con un poco de suerte ella sería magnánima…
- Siéntate por favor… - le dijo, señalándole el sofá. Después tomando un poco de aire, empezó a contarle lo ocurrido…
Enloquecido por la rabia, Terry estaba a punto de romper la puerta de su rival cuando una señal de lucidez le atravesó la mente. Si era Candy a la que estaba esperando este "bastardo", era mejor dejarlo creer que era ella quien lo iba a visitar… Así que tocó a la puerta muy suavemente, divirtiéndose a la vez mientras arañaba la puerta como lo hubiera hecho una joven impaciente. Sin sorpresa, la puerta fue abierta por el playboy engominado, ataviado con su más elegante vestimenta, dada la calidad del tipo de tela del kimono que llevaba puesto, ampliamente abierto sobre su pecho desnudo y sin vellos…
- ¡Ah, Terrence! ¡Qué apuro! – exclamó Rodolfo saltando de alegría, mientras lo invitó a pasar con un movimiento gracioso de su mano.
Debido a este extraño comportamiento, Terry hizo un movimiento de retroceso, pero más ansioso por tener una explicación, entró a la habitación en donde la tenue luz llamó su atención…
- Le he dado descanso a mi personal para poder estar más tranquilos… - le dijo con un guiño en el ojo, mientras le pasaba una copa de champaña.
- ¡No me asusta el enfrentar a tus guardaespaldas! ¿sabes? – le respondió Terry, rechazando la copa.
- Estoy seguro amigo mío, pero por mi parte prefiero hacer este tipo de cosas con discreción…
- Entiendo, no sería bien visto por todos el darse cuenta de tu actitud, en especial para los esposos o compañeros de quienes codicias…
Su interlocutor lo interrumpió agitando el aire con el dorso de su mano.
- ¡Ohhh! ¡por favor olvidemos esas historias buen hombre!... Lo importante es que tú has venido, Terrence, los otros no cuentan… O ya no cuentan más…
Frente a esta singular proposición, Terry frunció el ceño mientras su cuerpo entero se puso rígido y a la defensiva.
- ¿Qué está haciendo ese? – se dijo a sí mismo, mientras lo observaba con el rabillo del ojo, cantando mientras iba al gramófono. Con un gesto en el aire, colocó el brazo del equipo en un disco y una suave música empezó a sonar. Con su cabeza inclinada hacia un lado, los ojos cerrados, y sus brazos moviéndose con el ritmo de la melodía, regresó hacia donde estaba Terry moviéndose rítmicamente, y deslizando sus pantuflas de cuero sobre el piso.
- ¡Decididamente, este tipo es muy extraño! – se dijo él, desconcertado por la apariencia y el comportamiento cada vez más extraño de esta estrella americana. ¡Él se estaba burlando!, ¡No había duda!, ¿Cómo podía fanfarronear delante de él como un pavo real, ignorando la razón de su visita? Con su paciencia agotada, Terry lo agarró sobre la marcha y lo tomó de su kimono, presionando su nariz contra la de él.
- ¡Valentino, no vine aquí a recoger margaritas!, ¡Tenemos que hablar!
Terry vio entonces un brillo extraño en la mirada de este rompecorazones, quién aprovechándose de esta proximidad providencial, envalentonado dio un saltó y presionó su boca sobre la de Terry ¡dándole un beso! Como reacción el joven aristócrata lo apartó bruscamente y se tambaleó sobre sus pasos, cayendo sobre el sillón que estaba a su lado.
- ¿Qu… ¿Qué te pasa Rodolfo? – le gritó histéricamente. Trató de levantarse, pero ya éste estaba a su lado, con su pecho expandido y su cuello extendido hacia él.
- Discúlpame Terrence, pero fue más fuerte que yo. Estabas tan cerca de mí que no resistí la tentación de besarte. ¿Estás enojado conmigo?
Terry estaba tan confundido que nada entendible salió de su boca. Rodolfo frotó su cuerpo contra el de él y sin ningún temor empezó a jugar con los botones de su camisa, mientras que con la otra mano ascendió hacia sus bíceps (¡vendados y sobre todo listos para catapultar su poderosa fuerza!...)
- ¡Quitas tus manos de mí! – gruñó Terry, con las mandíbulas apretadas.
Su voz, esta vez, había mostrado un aspecto normal, firme y amenazante, pero visiblemente no lo suficientemente convincente para su interlocutor, quien persistió en su insistencia encantadora.
- ¡Ahhh, Terrence!, ¡Si supieras lo feliz que estoy!, en lo profundo de mí tenía dudas, pero ahora que estás aquí ya no tengo más…
- ¡M… ¿Me temo que no entiendo!... - tratando de zafarse de esta situación cada vez más embarazosa.
El deseo de enviar a bailar vals a Valentino en ese mismo punto le estaba generando picazón, pero paradójicamente, le daba pesar por todas las mujeres que languidecían por él. ¿Cómo podría habérselo imaginado? Esta no era la primera vez que un hombre se había enamorado de él. El teatro estaba lleno de actores sensibles al genero masculino y él estaba habituado a sus miradas enamoradas. Sin embargo, nunca se habría imaginado que el más grande seductor de Hollywood, aquél que todas las damas idolatraban, aquel que odiaban los esposos y los hacía sentir celosos, ¡pudiera preferir a los hombres! Ya se estaba imaginando cómo se vería Candy cuando se enterara de esto. Esta perspectiva lo deleitaba internamente…
Deseando deshacerse de esta incómoda situación lo más rápido posible, aferró fuertemente a su admirador por los hombros y lo alejó de él. Aquél, sorprendido por su repentino rechazo batió sus párpados con una mirada de incomprensión, mientras que el objeto de su deseo se dirigía a la puerta con grandes pasos. Cómo era de esperar, él se atravesó para impedirle el paso.
- ¿Por qué me evitas Terrence?, tenemos tantas cosas que hablar…
Irritado, Terry intentó sobrepasarlo, pero Rodolfo motivado por sus sentimientos, frenó cada uno de sus movimientos, por lo que giraban uno en torno del otro.
- ¡Por un demonio! – gimió Terry internamente - ¿cómo me zafaré de este desastre?
Se dirigió hacia la habitación con la esperanza de encontrar otra salida. Lamentablemente, como lo había imaginado, era una habitación sin salida. Se devolvió para encontrarse con Rodolfo, quien de ninguna manera se había desalentado, y se acercaba a él con una lentitud hipnótica…
- Escucha Rodolfo… - murmuró Terry avergonzado, mientras el otro ponía de nuevo sus manos en su pecho, con ojos implorantes buscando los suyos, por lo que él se apartó con un gesto de disgusto diciendo – Lo siento, pero me entendiste mal…
- ¡Tss… Tsss mi amigo!, he domado a otros más recalcitrantes que tú… admite que tú no estarías aquí si…
- ¡Yo no admito nada!, ¡Todo lo contrario! – gritó Terry, con mayor firmeza – Y para decir la verdad, ¡Encuentro que todo esto ha dado un giro bastante desagradable, señor!
- ¿Desagradable?, ¡pero yo no quiero ser desagradable para ti, Terrence! – gritó Rodolfo, aferrándose a él – mi corazón ha estado latiendo por ti desde que te vi en el teatro en Nueva York, ¡Tú eras Hamlet…!, las palabras me faltan para describir la emoción que sentí esta noche! Después cuando te vi en la cubierta del barco, el primer día que lo pisé, pensé que me iba a desmayar por la felicidad, por la sorpresa de tu presencia inesperada. Intenté disimular mi emoción ese día, pero mis ojos se encontraron con los tuyos y después me di cuenta de que tú me observabas… ¡Estuve tan molesto que no pude dormir toda la noche!... Desde ese día, no he dejado de tratar de acercarme a ti, de hablarte… y de seducirte… Y me lo confirmaste cuando moví mi pie buscando el tuyo bajo la mesa el otro día. ¡La mirada que me diste en respuesta fue muy elocuente!...
La mandíbula de Terry se cayó cuando escuchó esta improbable declaración. Con sus brazos caídos, no podía creer lo que escuchaba. Desde el comienzo del viaje, él había creído que era Candy el objeto de las atenciones de la estrella. ¿Cómo podría haber sido tan ingenuo y ciego?, a esta pregunta llegó de inmediato la respuesta: su amor por Candy, a la misma vez posesivo y adorador, obviamente le impedían discernir. Cada hombre se convertía de manera natural en una amenaza, un rival que solo la deseaba y la quería conquistar. Qué estúpido se sentía ahora frente a este hombre que suspiraba frente a él, con el dorso de su mano sobre la frente, como el hijo del jeque delante de la bella Yasmin.
Los dos se veían demasiado estúpidos…
Avergonzado por su falta de juicio, que lo había arrastrado a esta situación embarazosa, murmuró algunas palabras de disculpa y sin adicionar nada más se giró sobre sus tobillos para dirigirse a la puerta.
- Pero, ¿Qué ocurre Terrence, te vas ahora que te he abierto mi corazón? – gimió con emoción mientras suspiraba y lo agarraba con más delicadeza.
- Escucha Rodolfo – dijo Terry terriblemente avergonzado. Se dio cuenta de que estaba lidiando con un hombre terriblemente enamorado de él, y no sabía como deshacerse de él sin herirlo – todo esto es un malentendido desafortunado… resulta que yo estoy muy enamorado de mi futura esposa, y sinceramente me arrepiento de hacerte involuntariamente creer que sentía algo por ti. Si alguna vez te hice creer por la intensidad de mi mirada que me atraías es todo lo contrario, pues pensé que te estabas fijando en mi prometida…
- ¿La señorita Ardlay? – chilló Rodolfo, liberando a su presa – Ella es realmente una amorosa y encantadora persona, pero… yo te quería a ti permanentemente y no a ella…
- Lo siento Rodolfo – suspiró Terrence en frente de la cara desconcertada de su interlocutor – pero yo nunca he sentido atracción por los hombres…
- ¡Pero quizás es porque nunca lo has intentado! – dijo este, presionando su cuerpo contra él, en un último intento de seducción.
¡Esta vez fue demasiado¡, ya no podía soportar más de este encarnizado tipo, que movía sus párpados en frente de él, con sus manos deslizándose sobre él, tocándolo sin vergüenza, sordo a su rechazo y escuchando solo a su deseo. Lo agarró del cuello y lo empujó violentamente, quien por mantener el equilibrio se quedó con un pedazo de su camisa. Se cayó con un gran golpe sobre el piso, con las piernas abiertas, revelando un magnífico equipo perfectamente afeitado… ¡un gran momento de gracia!
- ¡Por Dios! – exclamó Terry con este desolador espectáculo. No sabía si reír o alarmarse, pero algo si era cierto, ¡tenía que escapar de esto lugar lo más rápido posible! Atravesó la sala de estar, pero tan pronto su mano tomó la perilla de la puerta de su libertad, escuchó detrás de él la voz histérica de Rodolfo llamándolo. Giró su cabeza para verlo correr hacia él, enredado en las largas mangas de su kimono.
- ¡Yo te prohíbo salir, Terrence! – gritó rojo de la ira, saltando sobre sus pies.
- ¡Sigue hablando! – pensó Terry, girando la perilla de la puerta, pero extrañamente no se movía…
- Si tu quieres salir, mi preciosura… - se rio Rodolfo agitando la llave de la puerta sobre su cabeza - ¡Tendrás que venir y obtenerlas!...
Lleno de ira, Terry se apresuró a perseguir a su carcelero, quien, como buen bailarín, esquivó con destreza cada uno de sus intentos de atraparlo. Luego siguió una persecución por toda la cabina hasta que su mano logró agarrar un extremo del cinturón de seda que sostenía el kimono. Terry tiró, con la esperanza de atraer al fugitivo hacia él, quien, detenido en seco, comenzó a patinar en el lugar que estaba, impulsado por el cuero de sus pantuflas que se deslizaban alegremente sobre el piso alfombrado. Sintiendo que este último estaba perdiendo el equilibrio, Terry soltó a su presa que tuvo el efecto, como una banda elástica que se estira demasiado, de impulsar al don Juan italiano hacia adelante, ¡estrellándose primero su cabeza de manera majestuosa sobre la gruesa alfombra! Expulsadas por la violencia de la conmoción, una de las pantuflas quedó clavada en el espejo de la cómoda, mientras la otra colgaba en el candelabro sobre ellos, meciéndose con este impacto final.
Terry se quedó por unos segundos paralizado sin reaccionar, aturdido. Rodolfo Valentino medio desnudo, en el piso, ya no se movía… la canción en el tocadiscos, aunque había terminado hacía rato, continuaba girando en el tornamesa, en una muerte silenciosa, con un sonido repetitivo de agrietamiento. Con su corazón palpitando se acercó al cuerpo y lo movió levemente con el pie… El ser inerte estaba irremediablemente inmóvil…
¡Por Dios, lo maté! – se dijo para sí, mientras se tomaba la cabeza con las manos. Empezó a dar vueltas en la habitación, imaginándose en prisón por el resto de su vida. No volvería a ver a Candy en su vida, quien por su parte sería el hazme reír del país ¡por haberse comprometido con un asesino!, ¡UN ASESINO!, en eso se había convertido ¡por sus estúpidos celos!
En esos momentos escuchó golpes en la puerta…
- ¡Maldición, ahora estoy definitivamente perdido! – murmuró, con gotas de sudor corriendo por su frente. Miró a su alrededor, el desorden que reinaba no ayudaría a su favor. Era fácilmente reconocible que había habido una confrontación. Valentino en el suelo, y su propia camisa descosida eran una flagrante evidencia.
Detrás de la puerta la persona era insistente.
¡- Terry?, Terry, ¡ábreme! – escuchó él. ¡Era la voz de Candy!, en el transcurso de un segundo se sintió aliviado, pero después se percató de que ella lo iba a encontrar en esta triste situación. ¿Cómo iba a reaccionar?, ella no le dio tiempo para reflexionar sobre esta inquietud, golpeando la puerta. Se decidió finalmente a abrir, antes de que despertara a los ocupantes de las otras habitaciones, y empezó a buscar las llaves. Recordó que Valentino las estaba sosteniendo antes de caerse. Por lo tanto, debería tenerlas aún en su posesión. Regresó hacia él, lo tocó con cierta reticencia y finalmente encontró la llave debajo de su pecho. Lo levantó levemente, recuperó el objeto de su mala fortuna y se dirigió hacia la puerta, con un lento y pesado paso, nublado por el shock emocional que había vivido.
- Y así fue como me encontraste… - suspiró Terry, con un dejo de tristeza, bajando su nariz.
Candy se levantó con aire pensativo. Él esperaba una nueva reprimenda de ella, pero lo que dijo lo dejó sin palabras:
- ¡A Rodolfo Valentino le gustan los hombres! – exclamó caminando de una lado para otro en la habitación - ¡A Rodolfo Valentino le gustan LOS HOMBRES!
El tono de su voz iba en aumento con el ritmo de su consciencia. Jamás hubiera imaginado que aquel que encarnaba a los más grandes héroes de la literatura, aquel por el cual había llorado cuando lo vio morir en los brazos de su amada en "Sangre y Arena", aquel al que ella había ido a ver varias veces al cinema de La Porte acompañada por la hermana María y la señorita Pony (sus más grandes admiradoras después de Terry), aquel que según esto ¡hubiera preferido caer en los brazos de Armando Duval más que en los de la Dama de las Camelias!
- ¡Rodolfo Valentino es gay! – no cesaba de repetir mientras agitaba sus manos, visiblemente absorta por la noticia.
- ¿Es todo lo que recuerdas de esta historia? ¿Qué Valentino es gay? – le replicó Terry - ¿Te olvidas de que estuve a punto de ir a prisión?, ¡Esto no parece afectarte demasiado!
La reflexión del joven hombre la trajo de vuelta a la realidad. Con celeridad y la nariz fruncida por la rabia le respondió:
- ¡No estuviste a punto de nada!, ¡Él se resbaló y se cayó, eso es todo!
- ¡Podría haber sido algo peor!
- ¡Pero no ocurrió!, y no te olvides de que tu éstas en esta situación porque ¡eres un HOMBRE ENFERMO DE CELOS Y PARANOICO!, y fuiste incapaz de darte cuenta de que el hombre iba tras de ti.
- ¡Por supuesto te burlas!, ¡No fuiste tú quien se encontró en esta situación problemática!, ¡Realmente me asustó! ¿sabes?
- ¡No tengo ningún problema en creerte! – respondió Candy – tú que querías aplastarle la cara, ¡te salió muy mal la acción! ¡ajá!
- Admito que estoy desilusionado por no tener la oportunidad de aplastar mi puño en su cara maquillada, ¿pero que querías que hiciera?, ¡no iba a golpear a alguien que estaba en una situación de desventaja! – dijo Terry con una leve sonrisa.
- ¡Estoy de acuerdo con eso! – dijo Candy sonriendo – desnudo bajo el kimono no es una situación adecuada para defenderse. Como prueba, ¡Se deslizó como el jabón!
Antes estas palabras, no pudieron contener una risa que rápidamente se volvió frenética, hasta el punto de obligarlos a sentarse. La tensión de la noche se liberó y brotó como un géiser en estallidos atronadores. Fue solo al final de largos minutos, (especialmente después de que su vecino de la habitación contigua les informó con unos pocos, pero firmes golpes contra la pared que los separaba, que eran demasiado ruidosos) que se calmaron, con la cara bañada por las lágrimas por tanto reír.
- Espero que se recupere pronto… - dijo Terry entre dos episodios de hipo.
- Es su dentista quien va a encontrar trabajo… Encontré un bello incisivo sobre la alfombra. Uno de los dientes delanteros, que no es perdonado para un actor famoso como él…
Terry sintió que la risa le volvía.
- Dejemos de hablar sobre eso o haremos ruido de nuevo y habrá quejas... - dijo, tratando de recuperar algo de control - Mejor nos vamos a la cama, ¿vamos?
- ¿A dónde? - respondió Candy inquisitivamente.
- Bueno, a la cama, conmigo, ¡vamos!
- ¿Estás bromeando?, ¿Después de la noche que me hiciste pasar? Imagínese señor Grandchester, ¡Que esto es lo último que quiero! Por una vez, encuentro que la idea de tener habitaciones separadas (para evitar las habladurías) es excelente ¡y me cae de maravilla esta noche! Dormirás en tu habitación y yo en la mía, ¡como es debido!
- ¡Por Dios! ¿Pero qué bicho te mordió? ¡Realmente tienes un maldito carácter!
- ¡Te devuelvo el cumplido!
Desestabilizado por tanto descaro, permaneció en silencio por unos momentos, luego se enderezó con orgullo, elevó su nariz, giró sobre sus talones mientras levantaba un brazo en el aire con indiferencia.
- ¡Está bien!... ¡Merezco este castigo...!, ¡Pero solo por una noche, señorita pecosa! ¡Escucha bien, solo por una noche!
Enfurecida, arrojó el primer cojín que tuvo al alcance hacia él, pero erró su objetivo, pues ya había desaparecido en su habitación, de donde salió esa burlona risa que tenía el don de irritarla. Llena de ira, abrió la puerta de conexión que la separaba de su propia habitación y la cerró de golpe, ¡decidida a no hablar con él durante varios días!
Ella se despertó en medio de la noche. A pesar de la admirable compostura que había mostrado frente a Terry, las emociones de la noche la habían afectado considerablemente. Como era de esperar, sus sueños rápidamente dieron paso a una terrible pesadilla en la que el hermano de Terry, Rodolfo, la atacaba de nuevo mientras asumía gradualmente la apariencia de Rudolph Valentino. A pesar de todos sus esfuerzos por parecer serena, todavía no se había recuperado bien de la agresión de su cuñado, cuyo recuerdo a veces la sorprendía furtivamente, mientras dormía. Con el corazón palpitante y el aliento jadeante, buscó el interruptor de la lámpara de la mesita de noche. Todo estaba tranquilo en la habitación y ella sacudió la cabeza, molesta porque no podía controlar su miedo. Se levantó, se sirvió un vaso de agua para limpiar la oscuridad de su interior, luego fue a la sala de estar en donde la luz nocturna se reflejaba en los muebles, ondulante. Un silencio pacífico reinaba en la habitación y, sin embargo, un deseo incontenible de unirse a Terry la invadió. Él solo tenía el poder de disipar sus miedos y suavizar su alma magullada.
Giró la manija de la puerta de conexión entre las habitaciones y, contra todo pronóstico, se encontró frente a él, vestido solo con sus pantalones de pijama. Sorprendida, se quedó unos segundos sin decir nada.
- ¿Tampoco puedes dormir? – le dijo finalmente, colocando una mano tiernamente en su mejilla. Ella asintió mientras hundía su mirada esmeralda en la de él. ¡Qué feliz estaba de verlo de nuevo! Olvidada la discusión, olvidada la rabia, solo quería una cosa, ser recibida en sus brazos protectores.
Ella se acurrucó contra él y puso su cabeza sobre su pecho. Él sintió que su corazón latía muy rápido, como un animal asustado, y la abrazó un poco más fuerte para tranquilizarla. ¡Dios!, odiaba sentirla en este estado, él que había jurado protegerla siempre.
Poco a poco, el calor de sus dos cuerpos los envolvió. El corazón de Candy se ralentizó y su respiración se volvió más regular. Sintió que el abrazo de Terry se hacía más fuerte y sus manos acariciaban su espalda. Levantó la vista y vio, a la tenue luz de la noche, sus ojos brillando con una exaltación que reconoció, la misma que se moría por compartir con él. De puntillas, le rodeó el cuello con los brazos y buscó su boca, que encontró en el camino, urgente y hambrienta. Arrastrados por en un beso ardiente, se sintieron atraídos por un voluptuoso vértigo que los aturdió. Rindiéndose sin restricciones a las caricias de Terry, sintió sus dedos correr sobre su pecho desnudo, que él, con un leve gesto, había liberado de cualquier restricción. Pegada a él, no podía ignorar la pasión que lo poseía, y respondió con un movimiento imperceptible de todo su cuerpo. De repente, se sintió levantada y transportada con entusiasmo a su habitación, luego fue recostada sin gran precaución sobre su cama donde él se unió a ella, liberándose a su vez de su ropa interior...
Ella languideció sobre la cama y esperó por él, sumisa ante la delicia de la respiración cortada que la acariciaba, impaciente por recibir este cuerpo que ahora pesaba sobre ella. Abrió sus labios y sintió el dulce contacto de su lengua sobre la de ella, mientras él hizo que sus delgadas piernas lo rodearan. Ella se levantó ligeramente cuando él la penetró, dejando salir un largo suspiro de éxtasis. Un violento placer, paralizante, tomó posesión de ella, un calor intenso y exquisito que penetraba cada uno de sus músculos, hasta deslumbrar. El movimiento sensual de sus cuerpos tensos se ajustaba a sus quejidos de deseo, excitando sus sentidos que vibraban bajo su piel.
Fue entonces cuando ella se atrevió y lo derribó por sorpresa, posicionándose a horcajadas para dominarlo mejor. Asombrado, temblando y jadeando, Terry la miró, dueña de su cuerpo con el que quería llenarse de él. Sentada sobre él, comenzó a estimularlo, moviéndose dentro de él, escuchando sus suspiros que aumentaban a medida que su mirada se hacía más febril. Sintiendo que perdía el equilibrio, él se enderezó, acariciando durante largo rato con una mano ardiente su pecho, para al final de toda resistencia, agarrar con avidez uno de sus pezones, jugando con su lengua, haciéndola sentir punzadas agudas y emocionantes, que ella alentaba con pequeños gritos de placer. Sus labios se apretaron y su respiración se volvió cada vez más jadeante, señales de advertencia de un próximo clímax. Luego él agarró sus caderas y comenzó a guiar sus movimientos, que ganaron fuerza y velocidad, impulsados por la prisa por alcanzar la satisfacción celestial. La respiración ronca y jadeante de Terry resonó en la cabeza de la joven, música intoxicante que la precipitó en caída libre hacia el máximo placer. El flujo violento e irresistible de liberación de repente los arrastró, con un grito de placer liberador, dejándolos sin aliento, medio inconscientes en la cama.
Jadeando, Terry se volvió hacia Candy, agotada junto a él. Los destellos de la noche jugaban en su rostro dulce, cuyas facciones relajadas por el amor siempre trastornaban tanto al joven. Le acarició la cara con ternura, trazando con la punta de los dedos la curva de la boca entreabierta, de la que escapó el apacible sonido de su respiración. Él entendió que ella ya estaba durmiendo y una sonrisa emotiva apareció en sus labios. Él colocó la sabana sobre su delicada piel y se acostó a su lado, con los ojos clavados en ella, largamente maravillados, con el espíritu desbordando palabras tiernas para ella, hasta que la fatiga se apoderó a su turno de él, arrastrándolo al mundo de los sueños, sin soñar, hasta las primeras horas de la mañana...
Fin del capítulo 23
