Midnight's call

―Creo lo único que me hace feliz de que estés aquí es que has hecho este pudin. ¡Nadie hace un pudin como el tuyo!―Regina bromeó con la madre.

Ya era víspera de Navidad y Cora Mills había llegado a Londres esa mañana. Todas las Mills estaban en la cocina preparando los platos para la cena que tendría lugar más tarde.

El ambiente era bueno y familiar, cosa que alegraba el corazón de todas las mujeres. Regina se marcharía después de Navidad y del cumpleaños de la hermana, así qué, el día de fiesta sería una especie de despedida.

Cora se rió de la broma de la hija, y manchó su nariz con un poco de harina.

No veían a la madre desde el evento benéfico.


Cora se había mudado a Italia tras el fallecimiento del marido, pretextando que de aquella manera estaría más cerca de él, ya que el hombre tenía descendencia italiana y amaba aquel país más que cualquier otro.

―Si vas a seguir con esas bromitas, me veré obligada a esconderte el pudin y no dejaré que comas ni un trocito―dijo riendo.

Fiona estaba cuidado del resto de comidas junto con Bella, y Katherine fingía que estaba ayudando, pero en realidad estaba allí solo para lamer la cuchara de los postres después de que estuvieran listos.

Regina aún no le había contado a su madre lo de Emma, y la mujer, obviamente, ni desconfiaba. Solo había visto a Emma una vez-en el evento- y ni siquiera se acordaría de ella, pensó Regina.

Siempre había tenido una fuerte relación con su madre, aunque estuviera más unida a su padre. Nunca había tenido una intimidad tal para contarle los hechos de su día a día, pero era su madre, y la morena se sentía en la obligación de contarle lo que viene atormentando, de la mejor manera posible, su vida en esos últimos meses.

―¿Sabes? Tengo que contarte una cosa―empezó a decir bajito, evitando captar la atención de las sobrinas y de la hermana. Estaba removiendo la masa de los biscochos mientras su madre los iba metiendo en los moldes. Cora arqueó una ceja en dirección a la hija, que tragó en seco ― Pues que estoy con alguien. Y enamorada.

La mujer frunció el ceño. Nunca, en su vida, había escuchado a su hija confesando que estaba enamorada de alguien.

―¿Lo estás eh?

―Sí…―Cora no sabía nada de su sexualidad. Ni podía pasársele por la cabeza que a su hija también le gustaban las mujeres ―Es una mujer.

Cora desorbitó los ojos, y su rostro adquirió una expresión de asombro.

―¿Una mujer? ¿Cómo es eso, Gina?

―No sé si este es el mejor momento para contarte esto, mamá. Pero de cierta manera siento que te lo debo. Sí, es una mujer. Y estoy con ella casi un año, para ser sincera. Y quizás te estés preguntando por qué no sabías que también me gustaban las mujeres, pero te puedo responder a eso. Infelizmente tú no estabas presente en mi vida en la época de descubrimientos, y yo nunca tuve la oportunidad para contártelo. Pero no te juzgo por eso, de verdad. Entiendo tus decisiones―dijo suavemente mientras miraba fijamente a su madre a los ojos ―Y como en dos días me mudo, si no te enterabas hoy, probablemente solo lo sabrías el día de la boda, así que…―sonrió tímidamente.

―Espera, ¿vais a casaros?―Cora preguntó sorprendida.

―¿Qué? ¡No!―rió―Es un modo de hablar. Ni siquiera estamos saliendo juntas ahora.

―Hija, ¿por qué no dejamos esto aquí…―señaló los moldes con la masa ―para después y vamos a la sala a conversar?

Regina asintió y caminó hasta la sala de estar con su madre. Cora parecía serena y no parecía estar enfadada o decepcionada con lo que la hija le acababa de contar.

Se sentaron lado a lado en el gran sofá de cuero blanco, girándose la una hacia la otra.

―Entonces, lo primero de todo, quiero que me cuentes quién es esa mujer que ha conseguido ablandar ese corazón de piedra―Cora pidió con una gran sonrisa en el rostro, y aquello hizo que Regina sintiera que un alivio repentino recorriera todo su cuerpo.

Cora había aceptado bien parte de la situación. Y eso era lo que importaba.

―Bueno, ahora es cuando tengo miedo de que te dé un ataque―dijo tranquila ―Es una de las alumnas que recibimos aquí. La alumna de este año. Emma. Emma Swan.

―¿La rubita?―preguntó sorprendida ―¿En serio?

―Sí, mamá. Es ella. Mira, sé que le saco varios años y ha sido ir contra las reglas del sistema, pero Emma…

―Hija―interrumpió poniendo su mano en el rostro de Regina―Deja que te explique una cosa sobre la diferencia de edad, ¿eh? He aquí un ejemplo. El gran problema no es que la persona sea, qué sé yo, quince años mayor que la otra. El problema es que una de veinte vea algo en una niña de cinco. Eso sí es problemático. Cuando esa niña pase a tener treinta y la otra persona, cuarenta y cinco, ahí ya la cosa es diferente. Los dos son adultos y capaces de saber qué pasa en cada situación. ¿Cuántos años tiene esa muchacha?

―Veintidós. Los cumplió hace poco―dijo algo cabizbaja

― ¿Lo ves? Las dos sois adultas, y sabéis lo que estáis haciendo y sintiendo. No hay motivos para que te preocupes por eso. Y en cuanto a las reglas del programa, mi amor…―Cora agarró el rostro de la hija entre sus manos ―Las palabras no son las que van a decir si vas a enamorarte o no de alguien. ¡No podemos escoger! Solo sucede. Yo no te voy a juzgar de ninguna manera.

―Mamá, no tienes ni idea de lo que esto significa para mí. Emma y yo hemos pasado y estamos pasando momentos difíciles y creo que lo que necesitaba en este momento era tu apoyo―agarró las manos de su madre que estaban en su rostro, acariciándolas.

―Lo tienes, mi amor―besó la cabeza de Regina, y ambas rieron―Solo hay una cosa que me indigna. Una cosa que no puedo aceptar.

―¿Qué?―preguntó, preocupada al mismo tiempo que empezó a revisar todo lo que había dicho buscando el error.

―¿Quieres mucho a esa muchacha?―Cora preguntó seria.

―Mucho. Mucho, de verdad―respondió sincera.

―Entonces, pídele la mano―Regina desorbitó los ojos ante las palabras de la madre. De primera, pensó que Cora podía estar bromeando, pero al ver su serio semblante, vio que no había ni una pizca de humor allí.

―¿Qué? ¡No, no puedo!―dijo

―¿Y por qué no? Tú misma me has dicho que tenéis una relación desde hace un año y que la quieres mucho. Hace mucho que debió haberse hecho oficial, Regina.

―Pero las cosas están muy difíciles ahora, mamá. Quiero llevar esa etiqueta, sobre todo con ella, pero…¿y todos los obstáculos? ¿Las dificultades?

Cora se levantó del sofá, le sonrió bobaliconamente a la hija-que siguió sentada-, le dio un beso lento en la cabeza y solo dijo, con la voz más tierna del mundo.

―No hay obstáculo que el amor no sea capaz de enfrentar, hija mía. Piensa en ello.

Y enseguida, salió de la estancia, dejando a una Regina completamente confusa y, ahora, reflexiva.


Una selección de canciones navideñas sonaba en casa de Emma. Lucecitas de colores adornaban el pasamanos de la escalera y todas, absolutamente todas las estancias de la casa tenía al menos algún adorno. La familia Swan se tomaba en serio la Navidad. Sobre todo la decoración, que era en lo que todos más se afanaban para crear el clima navideño perfecto.

La casa ya estaba llena con aquellos parientes que solo ves en las fechas señaladas. Reían y contaban las mismas historias de siempre, historias que Emma ya se sabía de memoria, pero siempre fingía que las encontraba divertidas para no pasar como la malhumorada de la familia.

El gran árbol de Navidad, en una esquina de la sala, estaba rodeado de regalos, Emma y Sarah tuvieron que llamar la atención de los gemelos varias veces porque intentaban espiar dentro de las cajas.

Emma no podía borrar la sonrisa del rostro. Llevaba puesto un suéter rojo con la cara de Papá Noel bordada, unos pantalones negros y botas marrones. En su cabeza, una diadema con unos cuernos de renos, que la hacía estar muy mona. Parecía una niña pequeña. Ni sus hermanos estaban vestidos de aquella manera.

Sonó el timbre, y Emma se excusó ante sus familiares y fue a abrir. Al hacerlo, vio a su prima Elsa-más conocida como esa primera favorita que todos tienen-y a sus tíos.

Infelizmente solo se veían en fiestas como Navidad, Acción de Gracias y a veces en los cumpleaños.

―¡Wow!―dijo pausadamente―¡Te tomas en serio la Navidad!―dijo Elsa bromeando al ver los cuernos de reno.

―¡Elsa!―Emma abrazó a la muchacha con tanta fuerza que por un segundo pensó que podría romperla ―Pensé que ya no vendríais.

―No íbamos a perdernos la Navidad en familia. Es tradición―dijo Alice, tía de Emma, madre de Elsa y hermana de Sarah ―Y estás muy graciosa con esa diadema.

―Ah, gracias tía. Os eché de menos―dijo abrazando a Alice y Robert, su marido, de una sola vez ―Vamos, entrad.


El resto de la noche pasó tranquilamente, y produjo una buena dosis de risas. Para Emma estar en familia era algo bueno, sobre todo estar en familia con derecho a un festín que solo ves una vez al año. No tiene precio, realmente.

El momento de emoción, gritos, silbidos e incluso lágrimas fue cuando Sarah y Archie decidieron desvelar a toda la familia que estaban juntos. Swan no pudo dejar de sentir algo de celos, ya que, de cierta forma, también deseaba eso para ella. Pero se puso muy feliz al ver a su madre asumiendo algo de lo que ya todos sospechaban, y de lo que solo esperaban la confirmación.

Cuando el reloj marcó las doce en punto de la noche, todos se abrazaron y se desearon una Feliz Navidad, y rápidamente se pusieron a cenar e intercambiaron los regalos.

En cierto momento, cuando terminó el intercambio de regalos, Emma y Elsa salieron al porche, y se sentaron en los bancos que allí había y se quedaron mirando caer la nieve del cielo.

—¿Entonces? ¿Ahora tenemos una escritora en la familia, eh?— preguntó Elsa sonriendo, pero recibió un ceño fruncido que demostraba confusión —Tu madre se lo contó a la mía, y ella me lo dijo a mí. Estoy loca por leerlo, y espero que tenga mucho éxito.

—Ah, gracias, Elsa—Emma sonrió y apoyó la cabeza en el hombro de la prima —¿Sabes? ¿Qué te parece si aprovechamos que nuestra familia está muy distraída compartiendo aquellas viejas historias, que los niños ya están durmiendo y…?

—Coger los vinos de la bodega de tu madre—interrumpió Elsa con una carcajada. Aquella era una tradición navideña que ambas tenían —¡Claro! Vamos.


Regina se despertó la mañana del 25 de diciembre sintiéndose con diez quilos de más. Había comido en una noche todo lo que no había comido en un año. Era para eso las Navidades, pensó.

Había dormido en el cuarto que antes era de Emma, porque en el suyo ya no había muebles, solo algunos estantes. Al abrir los ojos, se sintió extraña al buscar enseguida a Emma en la cama, como si fuera a estar ahí. Al darse cuenta de que aquello era imposible, hundió el rostro en la almohada, percibiendo el olor de Emma. Su olor aún estaba por todo el cuarto.

A diferencia de la familia Swan, las Mills tenían la tradición de en la noche del 24 hacer la cena de Nochebuena como si fuera una cena normal en familia, e irse a dormir antes de medianoche para poder celebrar la Navidad solo a la mañana siguiente.

—¡Feliz Navidad!—Katherine abrió la puerta del cuarto de la tía gritando escandalosamente, cosa que hizo que Regina saltara del susto —¡Vamos, levanta! ¡Tenemos dos cumpleaños que celebrar! ¡Jesús y mamá!— dijo sonriente saliendo saltando de la habitación.

"Buenos días para ti también, sobrina querida", pensó en alto Regina con una sonrisa en el rostro.

Se levantó, se cambió de ropa y bajó a la primera planta, donde, en la cocina, se encontró con una mesa del desayuno muy bien surtida. Había un pastel en el centro con "Feliz Cumpleaños, Fiona", escrito en él.

—¡Feliz Navidad!— dijo Bella abrazando a la tía

—Feliz Navidad a ti también, mi amor. Y Feliz Navidad, mamá— Regina dejó un beso en la cabeza de su sobrina y le dio un abrazo a Cora —¿Dónde está Fiona?

Terminando de decir la pregunta, Fiona entrando en el comedor con una sonrisa en el rostro. Estaba radiante como nunca.

—Aquí estoy. ¡Feliz Navidad!— respondió sonriente

—¡Feliz cumpleaños!— dijeron las cuatro al unísono saltando a los brazos de la mujer, llenándola de besos.

—¡Ok, ok! ¡Gracias!— agradeció Fiona sonriendo y dándoles un beso a cada una de ellas —Vamos a desayunar y entonces podremos abrir los regalos.


Tras intercambiarse los regalos, decidieron dar una vuelta por la ciudad para disfrutar del cumpleaños de Fiona. Mientras caminaban sobre aquella gruesa capa blanca, Regina empezó a pensar en lo feliz que Emma estaría al ver su ciudad favorita cubierta de nieve. Londres se ponía aún más hermosa de esta manera, y no pensar en Swan paseando por las calles del centro era prácticamente imposible.

Parecía que Emma había dejado un pedacito de ella en cada esquina de aquel lugar, incluso y sobre todo en el corazón de Regina.

Regresaron a casa cuando ya estaba casi oscureciendo, y pasaron el resto de la noche viendo películas navideñas, algo esencial para todas, como una tradición.

Cuando se fue acercando la medianoche, Regina miró a todas las mujeres de su lado, y todas ya dormían tiradas por la sala. Al ver la hora en su móvil, constató que aún eran las cinco de la tarde en Canadá y que no le había mandado un email de Feliz Navidad a Emma. Así que, abrió su bandeja de entrada y se sintió un poco triste al ver que no tenía ningún mensaje de la mujer, pero enseguida se le pasó. Escribió un sencillo Feliz Navidad acompañado de un emonji de un corazón, y lo mandó, y entonces la conversación que había tenido con su madre la noche anterior volvió a su cabeza.

¿Acaso las dificultades no serían tan grandes como para que Regina no le pidiese a Emma que fueran novias? Porque ella quería.

POV Regina, días después

Voy a evitar cada detalle de la despedida en el aeropuerto. Hubo mucho llanto y muchos abrazos. Eso es todo lo que hay que saber.

Mi casa no es muy grande, pero tiene toda la comodidad que necesito, y España es definitivamente un sueño. Desde que llegué, me he centrado en arreglar la casa, que está, ¿cómo decirlo? ¿Un desastre?

Visité la facultad donde daría clases, y mi corazón se aceleró con cada paso que daba en ese sitio. ¡Parecía cosa de película! Es muy diferente a todo lo que haya visto, ¿y sinceramente? Apenas puedo esperar para comenzar las clases.

Era víspera de Año Nuevo y yo estaba deshaciendo algunas de las maletas donde había metido libros y cosas de decoración que pude traer.

Le había adjuntado en un email a Emma algunas fotos de la casa, y ella me había respondido con entusiasmo cuánto le había gustado. Parecía feliz por mí, y también me había contado lo que yo ya sabía desde hacía tiempo: que Mary había conseguido contactar con una editorial, y que si todo ocurría bien en la reunión, su libro sería publicado.

Me sentía inmensamente feliz por Emma. Ver cómo estaba cumpliendo su gran sueño era maravilloso, y saber que ambas estábamos aprovechando el mejor momento de nuestras visas, aunque separadas, me hacía feliz.

Aquella tarde, después de terminar de recoger el cuarto y la cocina, salí de casa para comparar cosas que me faltaban. Hacía frío y tuve que abrigarme bastante.

En una tienda de utensilios domésticos que quedaba en el centro del barrio, compré lo necesario y rápidamente eché a andar camino a mi casa.

Tengo que confesar que a veces olvidaba que necesitaba hablar en español, y me estaba ganando frecuentes miradas raras.

Paseando por la calzada, no podía apartar los ojos de nada. No era mi primera vez en España. Pero sentía que sí. Todo parecía nuevo. Era una nueva vida.

Perdida en mis pensamientos admirando cada pedazo de aquellas calles, acabé chocando con una chica, que acabó cayendo al suelo.

—¡Ay, chica!— protestó restregándose el hombro, pues se lo había golpeado en el suelo —¿No eres de aquí, no?

—¡Perdóname!— extendí la mano hacia ella, y me di cuenta de que sostenía una pila de panfletos —Bueno, ahora lo soy. Me he mudado recientemente. ¿Tampoco eres de aquí, no?

—Irlanda. Y tú debes de ser…De algún país latino— respondió tras analizarme, levantarse y sonreírme. Tenía los cabellos pelirrojos largos y ondulados y ojos claros como el cielo —¿Necesitas ayuda? ¿Estás perdida?

—Ahm…Tengo descendencia latina, pero en realidad soy británica. Y no, no necesito ayuda. Solo estaba distraída— sonreí —Me llamo Regina

—¡Ah, claro que eres británica! ¿Cómo no reparé en el acento?— preguntó riendo —Mérida— extendió la mano hacia mí y yo se la estreché—¡Ah, toma!

Me entregó uno de los panfletos que sostenía, yo fruncí el ceño al cogerlo. No sabía de lo que se trataba y, bueno, encima tuve que salir hoy sin mis gafas ni mis lentillas.

—Tengo un refugio de perros, pero tengo que deshacerme de él, porque me mudo a Canadá en algunos meses—solo al escuchar "Canadá", mi corazón se aceleró —Así que tengo que dar en adopción a los perritos lo más rápido posible. No quiero tener que dejarlos solos de nuevo.

—Oh— pensé un momento en el tema mientras miraba fijamente a ningún lado, lo que hizo reír a Mérida —Ah, perdona. Otro de mis devaneos— reí tímida —¿Sabes? Creo que voy a necesitar una compañía. ¿Puedo pensar en ello?

—¡Claro!— Sonrió de oreja a oreja, e incluso pensé que me iba a abrazar —La dirección del refugio está en el panfleto. Puedes ir cuando quieras. Solo está cerrado los domingos y los días de fiesta.

—Está bien. Voy a pensar en ello. Ahora tengo que irme. Tengo una casa llena de cosas que tengo que terminar de recoger—Reviré los ojos de manera dramática, y la pelirroja sonrió —Ha sido un placer, Mérida.

—¡El placer ha sido mío! Espero verte en el refugio— dijo ella mientras se despedía y ya abordaba a otra mujer por la calle.


Amanecí el día siguiente sintiéndome más sola de lo normal. Miré alrededor, el cuarto a medio ordenar, y fruncí la nariz solo al pensar que faltaban algunos pequeños detalles que exigían paciencia y esfuerzo. Creo que nunca he sido tan holgazana.

Me levanté y me dirigí al baño, para mirarme en el gran espejo encima del lavabo. Me cepillé el pelo-ahora largos-mientras aún bostezaba.

Mientras me cepillaba los dientes, vi sobre el lavabo el panfleto que Mérida me había dado el día anterior. Al finalizar mi higiene personal, cogí el papel y me senté en mi cama, leyendo la información que contenía el pequeño panfleto.

Mi corazón gritaba por compañía. Estar sola en el apartamento del Soho era diferente. Podía conducir una hora y llegar a casa de mi hermana, pero no podía hacer eso de España a Inglaterra.

Cuando estaba abriendo la aplicación para llamar un coche para ir al refugio, me di cuenta de que era domingo y encima 31 de diciembre. ¡Qué mierda!

Protesté y tiré el papel con fuerza en la cama como una niña con una rabieta, pero no me resistí a mirarlo de nuevo, y entonces vi, en la esquina inferior del papel, el número personal de Mérida.

Sabía que podría ser algo inconveniente por mi parte llamarla en su día de descanso, sobre todo para pedirle que hiciera una excepción, pero lo que menos quería era partir el año sola.

Nunca sentí la necesidad de tener un animal de compañía. Ya tenía a mis sobrinas. Sé que es duro decir esto, pero es la verdad. Sin embargo, ahora, no tengo absolutamente a nadie, y necesito compañía que me alegre de vez en cuando.

Marqué el número de Mérida y los toques de llamada me parecieron una eternidad. Cuando pensé en colgar, escuché su voz al teléfono, y volví a ponerme el móvil en la oreja.

—¿Mérida? ¡Hola! Soy Regina. La que sin querer te tiró al suelo ayer— dije con naturalidad

—¡Ah, hola! Qué manera más común de recordarle a alguien quién eres— rió, y yo también —¿Todo bien?

—Sí, todo bien. Pero, ¿sabes una cosa, Mérida? Yo…Necesito un perrito. ¡Pero lo necesito ahora!


—Puedes entrar. Es por aquí— dijo Mérida al abrirme las puertas del refugio de animales.

No fue difícil convencerla. Creo que sintió pena por mí. Bueno, y con razón.

Abrió una pequeña puerta que separaba la recepción de la zona de refugio, y comenzamos a caminar por aquellos largos corredores donde se encontraban diferentes perros, de diferentes tamaños, colores y razas.

No podía dejar de sonreír. Todos saltaban hacia los cristales y ladraban, y mi corazón se encogía por no poder llevármelos a todos.

—Entonces, Regina…¿tu compañía de Año Nuevo sería un nuevo perrito?— preguntó Mérida mientras caminábamos.

—Y una buena botella de vino— dije sonriendo sin apartar los ojos de los cristales.

—Mira, sé que apenas nos conocemos, pero yo voy a pasarlo con mi prima y bueno, si quieres juntarte a nosotras…— sugirió, y la miré sorprendida —Puedes coger a tu perrito y llevarlo a mi casa. Yo tengo tres, y mi prima dos. Pueden ser amigos.

—Oh, Mérida, no puedo aceptar. Soy una extraña para ti— dije tímidamente.

—Todos somos extraños antes de comenzar una amistad— ella sonrió solidaria —Y parece que te encuentras en un infierno astral, con necesidad de desahogarte…¿Eres sagitario?

—Eh…Sí— respondí extrañada. No entendía nada de horóscopos y mucho menos de cómo había deducido que era sagitario.

Iba a seguir conversando, pero sentí que mi mundo se paraba cuando mis ojos recayeron sobre uno de los peluditos. Era de pelaje marrón, grande y jugaba con una zanahoria que hacía ruido cuando la apretabas. Era sencillamente la cosa más mona que había visto en toda mi vida.

—Quiero ese— dije agachándome frente al cristal y acaricié con mis dedos la superficie transparente. El perro se acercó a mí, y colocó su patita sobre mi mano a través del cristal, y en aquel momento, tuve la certeza de que era él —Lo necesito.

—Oh, en realidad, es un ella. ¡Es una hembra!— dijo Mérida agachándose a mi lado —Se llama Lola. Apenas tiene dos años y no tiene raza definida. Los dueños, infelizmente, murieron en un accidente de coche y los parientes no han querido cuidar a esta princesa. ¿No es verdad, mi amor?— dijo Mérida cariñosa, jugando con Lola aún a través del cristal. Ella saltaba, ladraba y se tiraba en el suelo con la barriga hacia arriba.

—Es perfecta— dije emocionada —¿Puedo llevármela ahora?

—¡Pues claro! Es todita tuya. Solo necesito que me acompañes a recepción para firmar algunos papeles, y ya puedes llevártela a casa.

—¡Perfecto!

Algunos minutos después, cuando todo estaba listo, Lola vino a mí. Mérida le había dado un rápido baño, y parecía estar muy feliz. Bueno, yo también lo estaría.

—¡Toda tuya! —dijo Mérida pasándome la correa de Lola—Cuida bien de esta princesa. Es demasiado especial.

—Lo haré— respondí boba acariciando su cabeza, y ella pareció delirar con la caricia, lo que me hizo sonreír aún más —Y…¿Mérida? —la llamé y ella me miró —Si tu propuesta aún está en pie, acepto pasar el Año Nuevo contigo, con tu prima y tus perros.

—¡Ah, genial! —se entusiasmó —Te pasó la dirección por mensaje. ¿Vale?

—¡Claro! ¡Hasta más tarde, Mérida!


Horas más tarde, estaba en la bañera aprovechando un baño de agua caliente y llena de espuma. A mi lado, observándome desde el suelo del baño, estaba Lola. Yo conversaba con ella como si me entendiese, y confieso que nunca, repito, nunca en toda mi vida pensé que me vería de esta manera.

—…La amo mucho, Lola. La echo tanto de menos. ¿Crees que debo seguir los consejos de mi madre? ¿Debo pedirle a Emma que sea mi novia?—le pregunté a Lola, y ella solo me miró con aquellos ojitos castaños y sacó la lengua —Sabía que dirías eso. Pues claro que es una pésima idea. Si quisiera ser mi novia en serio, ella habría sacado el tema antes, o incluso ya me lo habría pedido, ¿verdad?— pregunté de nuevo, creyendo que iba a obtener una respuesta —Tienes razón, Lola. Ella puede que esté pensando exactamente lo mismo que yo—refunfuñé —Sé que tengo que dejar de ser tan insegura y orgullosa, Lola. Solo que es difícil…

Fui interrumpida por el sonido de mi móvil. Me estiré un poco para cogerlo de encima de la taza del wáter, y lo desbloqueé, era de Mérida dándome la dirección de su casa.

—Bueno, Lola…¿Vamos a prepararnos para partir el año?— pregunté levantándome y enrollarme en una toalla.

Me puse una falda blanca, larga y ceñida, que iba a juego con una blusa sin asillas del mismo color. En los pies, apenas unos tacones color carne no muy altos. En el rostro el mínimo maquillaje posible. Ni siquiera esa noche tenía puesto mi clásico labial rojo. Me dejé los cabellos sueltos con la raya al medio, estaba feliz con lo que veía en el espejo. Me sentía radiante.


Llamé a un coche y le di la dirección que Mérida me había pasado. Fue muy difícil conseguir un chofer que no le importara llevar a Lola. Pero aún más difícil era no tener mi coche. Tardaría mucho en poder comprarme uno. La suerte que tenía era que la facultad estaba cerca de mi casa, así que podía ir caminando.

Ya en destino, fui recibida por una Mérida sonriente y rodeada de perros. Lola enseguida se estiró y ladró a sus nuevos amigos. Probablemente algún saludo entre perros.

—¡Wow! ¡Estás genial!— dijo Mérida mirándome de arriba abajo. Ella llevaba puesto un vestido azul de asillas y sandalias doradas en los pies.

—¡Ah, tú lo estás!— dije sonriendo y la mujer se hizo a un lado para dejarme entrar. Enseguida vi delante de mí a otra mujer también pelirroja, pero con los cabellos lisos —¡Debes ser la prima de Mérida!

—¡Sí! Soy Ana. Tú debes ser Regina, ¿hum?— dijo saludándome con un beso en la mejilla.

—La misma—dije con una tímida sonrisa

Las dos se parecían bastante, pero aparte de los cabellos lisos, Anna tenía un rostro más angelical, mientras que Mérida poseía trazos más marcados y fuertes.

—Bien, aún son las nueve— dijo Mérida mirando la hora en su reloj de muñeca —Creo que podemos beber mucho hasta que den las doce, ¿eh? Y mientras bebemos, podemos aprovechar para conocerte, Regina.

—¡Bien, me apunto!— dije entusiasmada y seguimos hacia la sala de estar.


Dos horas después, Anna y Mérida ya conocían prácticamente toda mi vida. Les conté sobre mi familia, sobre las peleas que tuve en la época de la escuela, sobre las desilusiones amorosas en la adolescencia e incluso las notas bajas en matemáticas. Les conté de viva voz mi biografía, y ellas amaban cada detalle que les contaba. Incluso, les hablé de Emma, y ambas me dijeron que era una historia digna de una novela, lo que me hizo sonrojarme y mi corazón ablandarse enseguida.

—Bueno, se ha convertido en libro. En realidad, está a punto de convertirse—dije dando el último sorbo de vino de la no sé qué copa ya de aquella noche.

—¿De verdad? ¿Quién lo ha escrito?—preguntó Anna con brillo en sus ojos

—Ella. Es una escritora increíble. Tiene que reunirse con la editorial, y va a firmar el contrato y todo eso— había una sonrisa tonta en mi rostro. Siempre era así cuando el tema era Emma.

—Eso es maravilloso. Voy a querer leerlo. Y quién sabe si Anna y yo conseguimos un autógrafo cuando nos mudemos a Canadá— dijo Mérida riendo.

—Bien que quisiera mudarme yo para allá— refunfuñé con expresión abatida.

—¡Regina, di la verdad! ¿La facultad te retiene tanto aquí? Tú misma has dicho que no necesitas el dinero que vas a ganar. ¿Por qué no sales atrás de tu amor en Canadá?— dijo Mérida con palabras algo arrastradas por culpa del alcohol.

—Y en cuanto al consejo de tu madre, creo que deberías seguirlo. Pídele a la muchacha que sea tu novia. Debe estar esperándolo tanto como tú— dijo Anna

Sin responder nada, miré hacia el gran balcón de la casa donde todos los perros estaban jugando y me quedé admirando el cielo estrellado, cosa rara al ser invierno.

Observé atentamente las estrellas en el cielo, y fue imposible no acordarme de Emma. Apenas podía esperar el momento de volver a estar a su lado de nuevo, uniendo con mis uñas las constelaciones de su espalda, constelaciones estas que, a mi parecer, eran las más hermosas de todas. Más hermosas que las del mismo cielo.

—¡La cuenta atrás!— dijo Mérida algunos minutos después levantándose eufórica.

"¡Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno! ¡Feliz Año Nuevo!", exclamamos a la vez y dimos el primer sorbo-ahora de champán-del año.

La felicidad en mi rostro era visible, aunque mi corazón pidiera por más.

Abracé a mis dos nuevas amigas y a cada uno de los perros.

Era un año nuevo. Era un año en que dejaría atrás algunas elecciones y las revisaría siempre pensando en lo que me sería mejor. Era un año de nuevos acontecimientos y más esperanza.

Se vieron fuegos artificiales por toda la ciudad, el cielo fue tomando diferentes colores y formas, y en aquel momento, deseé tener, aparte de mis amigas y a Lola, a mi familia, y Emma estaba incluida en ella, obviamente.

—Chicas, con permiso— dije educadamente antes de dejar la sala e ir hacia el baño.

Saqué el móvil, y busqué el contacto de Emma.

Mi corazón palpitaba muy rápido y jadeaba sin parar.

Apreté la pequeña tecla verde, llevándome el teléfono a la oreja.

Estaba decida a hacer lo que iba a hacer.

Diferentemente a la primera vez que llamé, esta vez Emma atendió al segundo toque, y una sensación de alivio me recorrió el pecho al escuchar su voz de nuevo, aunque irritada.

"Mire, no sé quién es, pero dígame, ¿por qué me llama? Primero fue cerca de Navidad, ahora en Año Nuevo…¿Es usted una especie de psicópata? ¡Voy a llamar al FBI!"

Me eché a reír e intenté mentalizar lo linda que estaría con esa carita de rabia.

"Aún no es medianoche en Vancouver, pero aquí ya estamos en 2019", dije suavemente con una sonrisa en el rostro.

Un absoluto silencio se hizo al teléfono por algunos segundos.

"¿Regina?", su voz salió trémula, y supuse que estaría llorando "Eres tú". Afirmó.

—Soy yo, mi amor— sonreí —Feliz Año Nuevo

—Fe…Feliz año Nuevo— dijo tartamudeando —Regina…cómo he echado de menos escuchar tu voz— confesó, arrancándome la mayor sonrisa del mundo.

—Emma, te he llamado para preguntarte una cosa. Mucha gente me ha aconsejado hacer esto, pero solo ahora, cuando el reloj ha marcado un nuevo año, que se me ha caído la ficha. Me he dado cuenta. Necesito preguntarte esto, Emma— dije más rápido de lo que esperaba.

—¿Qué ocurre, Gina?— había preocupación en su voz

—Mira, Emma, sé que en el aeropuerto nos dijimos una cosa, pero es que te amo mucho, de verdad, y…— está yéndome por las ramas, natural en mí, pero fui interrumpida.

—¡Regina! Estoy muriendo de curiosidad. Puedes soltarlo de una…

Esta vez fui yo la que la interrumpí.

—Emma, ¿quieres ser mi novia?


Disculpen la demora, pero he estado de evaluaciones y además he caído con un gripazo tremendo. Espero poder ir actualizando más seguido.