Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«24»
—Quizá no haya nadie en casa —dijo Kurenai cuando llamaron a la puerta por segunda vez.
—Oigo el llanto de bebés —insistió Mikoto—. No creo que los dejaran solos. La pareja a la que estaban buscando había obtenido un bebé el año pasado y poco después, otro.
Esperaban adoptar a un tercero porque querían convertirse en una familia numerosa, pero Kurenai solo puso los ojos en blanco y se negó a repetir por segunda vez lo que ya había pronosticado: que se verían decepcionadas porque incluso si el hijo de Ino era uno de los niños adoptados por los Turrill no podían demostrarlo, la abadesa no lo confirmaría y era indudable que la pareja lo negaría puesto que no querrían renunciar a ninguno de ambos niños por los cuales a esas alturas quizá ya sentían el mismo afecto que si fueran sus propios hijos.
Habían llegado a Sevenoaks el día anterior por la noche y se sintieron un tanto desalentadas porque la ciudad era más grande de lo esperado; se había extendido de manera considerable desde su fundación en 1605. Tomaron habitaciones en un pequeño hotel y Mikoto partió en busca de algunas iglesias, aunque dijo que una visita al alcalde podía esperar al día siguiente.
No tuvo suerte con las iglesias del centro de la ciudad, donde le indicaron que lo intentara en otras más alejadas, lo cual hicieron a la mañana siguiente.
El párroco de la primera les indicó el hogar de los Turrill, una casa bastante amplia situada al borde de la ciudad. Les informó que el señor Turrill era un experimentado relojero, que durante quince años él y su mujer trataron de engendrar un hijo antes de optar por la adopción.
Mientras Hinata y Mikoto aguardaban ansiosamente ante la entrada, Kurenai volvió a llamar. La puerta se abrió. La mujer en el umbral era demasiado joven para ser la señora Turrill: era pelirroja, de ojos castaños y de mirada curiosa, y llevaba un delantal blanco. Parecía una criada, tal vez una niñera, porque sostenía un niño pequeño en brazos del cual ambas mujeres no pudieron despegar la vista.
—¿En qué puedo ayudarlas, señoras?
Desde el interior de la casa una voz femenina preguntó:
—¿Ha llegado mi paquete, Bertha?
La criada se volvió para contestar y Hinata aprovechó para pasar junto a ella y enfrentarse a la mujer que acababa de hablar. Y allí estaba: cabellos rubios como los de Naruto sujetados en forma de moño, ojos verdes y vestida a la moda. Hinata nunca había esperado algo así, no cuando no existía una única tumba de Ino Uzumaki sino dos.
—Te conozco —dijo Hinata casi llorando, mientras se acercaba lentamente a la hermana de Naruto—. Lloré contigo cuando murió tu perro; reí contigo cuando le arrojaste una bola de nieve a tu hermano con doce años; sonreí contigo cuando me senté en tu banco donde pone «Yo gano», en el centro del laberinto de Konoha Park. ¡Dios mío, Ino, cuánto me alegro de que estés viva!
Con cada palabra de Hinata los ojos verdes se abrieron más y más, hasta que la mujer frunció las cejas y, en tono duro, dijo:
—Te equivocas. Soy Jane Croft y no esa persona a la que te refieres, quienquiera que sea.
—Cambiar de nombre no cambia quién eres —repuso Hinata con una amplia sonrisa
—. No lo niegues.
—Es evidente que te has equivocado de dirección —dijo la mujer en tono aún más duro—. Quienquiera que sea esa que estás buscando, ella no vive aquí. Y ahora debo pedirte que te marches.
Hinata aún no se dejaba intimidar, pero antes de que pudiera contestar Mikoto irrumpió en la conversación.
—¿Dónde está mi nieto?
—Discúlpeme —indicó la joven en tono brusco—, pero ¿quién demonios son?
—Aguarda, tía —advirtió Hinata—. Esta es Ino Uzumaki, la madre del niño.
—No, no lo soy —aseguró la joven. La mirada de sus ojos verdes se había vuelto muy airada—. Márchense, por favor.
—Soy la prometida... era la prometida de Naruto —se apresuró a decir Hinata—, pero espero volver a serlo. Amo a tu hermano. Él aún te ama profundamente y tu pérdida todavía supone un gran dolor para él. Tu madre sigue apenada y te echa muchísimo de menos. Las circunstancias de tu muerte son lo que se interpone entre tu hermano y yo. Pero una vez que sepa que estás viva...
—¡No puedes decírselo! —exclamó Ino, espantada, pero luego las lágrimas se derramaron por su rostro.
Obviamente, Mikoto sentía una gran desilusión por no poder llevarse un bebé a casa ese día, tal como había confiado, pero el tono de su voz no era acusatorio, solo curioso cuando preguntó:
—¿Sabes que tienes dos tumbas?
Ino se secó las lágrimas.
—Así lo espero. Yo misma dispuse que cavaran dos.
—¿Podemos ver al niño? —preguntó Mikoto, esperanzada.
—No —dijo Ino—. Ni siquiera sé quiénes son ni cómo me encontraron cuando tomé medidas muy extremas para asegurar que nadie lo hiciera jamás.
—No sabíamos que te encontraríamos —declaró Hinata—. No, dado que en tu diario escribiste que tu bebé no te dejaba otra opción que quitarte la vida.
—No, no es así. No me dejó otra opción que marcharme para dar a luz. Nunca pensé en matarme a mí misma y a mi pequeña.
—Pero Naruto dijo que escribiste que buscarías «paz y consuelo en el mar».
—Que deseaba hacerlo, no que lo haría; pero eso fue cuando estaba rota de dolor, solo fue una breve y melancólica idea. Pero debía evitar que Naruto supiera la verdad para que él no cometiera un asesinato y acabara en la cárcel durante el resto de su vida.
Y la única manera de hacerlo era desaparecer. No se me ocurrió fingir que el mar me había tragado hasta que mi velero pasó junto a esa pobre mujer tendida en la arena, y la que la descubrió fue Bertha, mi doncella. Nos detuvimos para investigar y fue entonces cuando se me ocurrió la idea de simular mi propia muerte. Le pedí a Bertha que le pusiera mi relicario al cadáver. Deberías haber oído sus protestas, estoy segura de que las oyeron hasta en Scarborough. Así que lo hice yo, por más desagradable que fuera, y le ordené a Bertha que regresara andando para recoger mis joyas, para que tuviéramos con que mantenernos, puesto que yo no podía retirar dinero de mi banco porque estaba «muerta». Pensaba dejar a mi pequeña en la casa de niños huérfanos pero en cuanto di a luz...
bueno, fue amor a primera vista. Para los Turrill supuso una desilusión que yo hubiera cambiado de parecer, pero me ofrecieron una alternativa: que fuese a vivir con ellos y criara a mi hija aquí. Supuso un arreglo satisfactorio para mí, puesto que en realidad no había decidido adónde ir después del parto. Y ellos han sido unos abuelos sustitutos maravillosos. Ahora insisto en que me digan cómo me encontraron. La abadesa juró...
—No fue ella. Hasta negó redactar esa carta suya que encontré en tu abanico, pero una de las monjas confesó que una dama había acudido al convento en otoño de aquel año. Yo solo confié en que fueras tú, pero la monja estaba segura de que no habías sobrevivido a las complicaciones del parto.
—Casi no lo hice. Fue horroroso —dijo Ino, estremeciéndose.
—La monja insinuó que tú y la niña podían haber muerto aquella noche, pero como no lo sabía con certeza mi tía estaba decidida a buscar hasta en el último rincón.
Así que vinimos aquí con la esperanza de encontrar al menos a tu bebé, si es que había logrado sobrevivir de algún modo y llevarlo a casa, donde debe estar.
—Me pertenece a mí.
—Sí, por supuesto que sí. Ahora eso no está en duda. Te prometo que no queremos hacerte daño.
Ino se relajó un poco, lo bastante como para admitir lo siguiente:
—Sabía cuáles serían las consecuencias de mis necias acciones y mi corazón temerario, pero estaba enamorada; incluso conocía sus defectos pero estaba convencida de que podía ayudarle a superarlos. Nos encontramos en secreto tantas veces que supuse que quedaría embarazada, así que no me sorprendí cuando ocurrió y estaba contentísima. Creí que eso nos llevaría al altar más rápidamente. Fui una estúpida. Pero a pesar de todo no soportaba la idea de que mi hermano lo matara, o lo que le pasaría a Naruto si lo mataba. Me siento muy culpable por el dolor que le causé a mi madre y a mi hermano, me angustia profundamente, pero la alternativa hubiese sido mucho peor.
—Pero lo que temiste que sucediera sucedió. Se libraron tres duelos a causa de tu muerte, si bien ninguno de los dos adversarios murió. Pero intervino el príncipe regente y tu hermano firmó un documento en el que juraba que abandonaba la vendetta para siempre. Lamento que mi primo se negara a casarse contigo. Es tan canalla... Pero la verdad es que ya no existe un motivo que te obligue a permanecer aquí. Regresa junto a tu familia, Ino. Para ellos será un sueño hecho realidad.
De repente Ino frunció el ceño.
—No sabía que Kiba tuviera una hermana. De hecho, estoy segura de que no tiene ninguna. ¿Quién eres, realmente?
Mientras esperaba en la salita de estar para ver si Naruto estaba dispuesto a recibirla, Hinata procuraba disimular su nerviosismo, pero sabía que él había regresado a Londres. La noche anterior, cuando volvieron a casa, había un mensaje de Chõji donde ponía que él y Naruto habían regresado de Yorkshire el día antes.
Tantas cosas dependían de ese encuentro: su futuro, el de Ino, incluso la felicidad del propio Naruto... y si no lo hacía correctamente, si no lograba devolverle a su hermana, quizás él la odiaría todavía más.
¿Por qué todo ese asunto no podía ser sencillo? ¿Por qué Ino quería proteger a un hombre que había traicionado no solo la confianza depositada en él sino también la de Naruto, su propio amigo? Pero el zorro que entró en la salita unos momentos después no era el que ella esperaba ver.
—¡Kitsune! —gritó Hinata, encantada. Se puso de pie de un brinco, abrazó al zorro y sumergió la cara en su rojizo pelaje.
—Estás besando al zorro equivocado —dijo Naruto, y se acercó.
No parecía enfadado, de hecho estaba sonriendo. ¿Acaso Ino había cambiado de idea y ya estaba en casa?
Pero, de pronto, Naruto la estaba besando y Hinata olvidó todo lo demás y lo estrechó entre sus brazos. No había olvidado sus músculos poderosos, su aroma, su sabor tentador, pero la emoción era nueva y sintió un enorme alivio: ¡él la deseaba!
Naruto la alzó en brazos, se dirigió al sofá, se sentó y la acomodó en su regazo sin dejar de besarla una y otra vez. El sombrero de Hinata cayó hacia atrás, sus cabellos se soltaron y se derramaron por los brazos de él. Alguien cerró la puerta: no estaba cerrada con llave pero ella se sentía demasiado dichosa como para que le importara.
—Cásate conmigo, Hinata. —Al oír eso ella se sintió tan desconcertada que lo apartó. Su incredulidad era tan evidente que él puso una sonrisa irónica—. Y yo que creí que tener a Kitsune a mi lado aumentaría mis posibilidades de convencerte. ¿Es que no ha funcionado?.
Hinata aún estaba desconcertada, pero le lanzó una profunda mirada a esos ojos azules.
—¿Así que ahora realmente quieres casarte conmigo?
Tras depositar un último tierno beso en sus labios, Naruto dijo:
—Quise casarme contigo desde la noche en la que hicimos el amor. Me has afectado de tantas maneras... tus cuidados, tu preocupación, tu coraje, tu determinación.
Superaste mis defensas con mucha facilidad, pese a la persona con la que estás emparentada. Nunca he conocido a nadie como tú, Hinata Hyuga, y quiero compartir el resto de mi vida contigo.
Ella se echó a llorar incluso mientras le sonreía.
Naruto puso los ojos en blanco y le secó las lágrimas que le mojaban las mejillas.
—Nunca deja de divertirme el modo en el que las mujeres pueden derramar lágrimas por el motivo equivocado.
Hinata rio y se secó el resto de las lágrimas.
—No tengo ni la menor idea del porqué. —Y añadió en tono sorprendido—: Pero dejaste que abandonara tu casa. ¿Por qué lo hiciste si ya lo sabías?
—Porque creí que sin el edicto del regente proyectando una sombra sobre nosotros podía pedirte que te casaras conmigo, y tú sabrías que eso era lo que yo quería, no lo que me obligaban a hacer. Y yo sabría que era lo que tú querías, si me aceptabas. No quería empezar nuestro matrimonio bajo esas circunstancias forzadas. Así que, si bien sigo enfadado con mi madre por entrometerse, si ahora dices que sí se lo agradeceré efusivamente.
—¡Por supuesto que quiero! —exclamó Hinata, y su sonrisa se volvió aún más amplia—. Quise casarme contigo en cuanto dejaste de gruñirme, pero el día que abandoné tu casa estaba muy enamorada de ti. ¿Por qué no viniste y me lo pediste antes?
—Porque te habían negado la posibilidad de elegirme. Quería que la recuperaras y también todas las demás opciones. Quería que tú me eligieras, que estuvieras absolutamente segura de tus sentimientos antes de pedirte que te casaras conmigo.
Hiciste que te amara y yo no estaba seguro de que tú sintieras lo mismo. Además, te merecías esa temporada social que esperabas con tanta impaciencia.
—¿La temporada social de la que no he disfrutado sin tenerte a mi lado? ¿Esa temporada?
Naruto parecía avergonzado.
—Yo también lo he pasado muy mal, lo pagué con todos los demás. Pero te amaba lo bastante como para esperar y dejar que disfrutaras un poco de la temporada. Bueno, creí que lo harías, me contaron que acabaste rodeada de pretendientes. Tal vez debería haberme quedado en Londres, mostrarles los dientes y gruñirles a algunos de ellos.
—Eso de tomar el pelo se te da muy bien —dijo ella, sonriendo—. ¿Siempre has sido así?
—Solo con mi hermana. Tomarle el pelo era fácil.
¡Ino! Hinata casi lo había olvidado y entonces tuvo ganas de soltar un gemido.
Naruto podía reaccionar de cualquier manera: puede que se negara a dar su palabra de que no mataría a Kiba. O quizá se enfadaría con su hermana por causarle semejante pena, y se preguntó si a lo mejor podrían casarse antes de decírselo...
Al ver su expresión preocupada él preguntó:
—¿Qué pasa? —Y después dijo—: Estás acordándote de aquel estúpido trato tuyo, ¿verdad? Y no se trataba de que dispusieras de algo con lo cual negociar.
—No, me lo dijiste cuando regresamos a casa de aquel baile, pero ¿por qué no me has preguntado qué me ha traído aquí hoy?
Él la abrazó más estrechamente.
—¿Algo que no sean tus sentimientos tácitos por mí?
—Sí, es verdad que esperaba que ocurriera lo que acaba de ocurrir. Quería poner fin a tu pena y ahora puedo hacerlo. Tu hermana no está muerta, está muy viva.
Naruto se levantó abruptamente del sofá. Al ver la angustia que crispaba su rostro, durante un instante Hinata creyó que la acusaría de ser una mentirosa.
—¿Cómo puede ser? ¡Encontraron su cadáver!
—No era ella —aclaró Hinata y se apresuró a añadir—: Y regresará a casa si juras que no matarás al padre de su hijo.
—Ya lo he jurado.
—Él no es el padre, y antes de que pueda decirte quién es, he de oírte jurar que no lo matarás. Ino fingió su muerte por temor a que lo hicieras, Naruto. No quiere que muera ni que tú vayas a la cárcel por ello. Así que jura: es ella quien impone esa condición, no yo.
—¿Realmente está viva? —preguntó él, incrédulo.
Hinata asintió con la cabeza.
—Tanto ella como tu sobrina lo están.
—¡Dios mío! ¿Cómo?
Ella le contó lo que pudo sobre las muertes simuladas sin revelar nombres ni lugares y le dijo cómo logró encontrar a Ino.
—Al principio esperaba encontrar pruebas de que la muerte de Ino había sido un accidente, no un suicidio. Después se puso de manifiesto que su bebé aún podría estar vivo, y albergué la esperanza de que al menos el niño pudiera mitigar tu dolor. No esperábamos encontrarlos juntos.
—¿Dónde está Ino?
—No puedo decírtelo.
—Maldita sea...
—No puedo. Ella me obligó a prometer que primero oiría que lo juras.
—Por todos los diablos...
Ella comprendía su frustración, y habría sonreído si no fuera tan inadecuado, dadas las emociones que lo martirizaban.
—Ino insistió en que lo juraras. —Se vio obligada a insistir.
Ay, Dios mío: ese brillo feroz volvía a aparecer en su mirada, pero Hinata no creyó que fuera dirigido contra ella. Naruto caminó de un lado a otro sin dejar de maldecir.
Ella aguardó pacientemente. Por fin él se detuvo y la miró fijamente.
—Juro que no lo mataré. Ya está, lo he dicho con claridad. ¡Ahora dime el nombre de ese al que solo le daré una paliza!
—Kiba Inuzuka.
Soltó un gruñido, se acercó a la pared más próxima y le pegó un puñetazo. Chasqueando la lengua, Hinata echó a correr hacia él para comprobar si se había lastimado los nudillos.
—Ten presente que ella no quiere que muera por lo que hizo, aunque tal vez no le importe que le den una buena paliza, pero tú y tu hermana pueden discutirlo más adelante.
—¿Por qué le echó la culpa a tu hermano en vez de a Kiba? ¿O solo se trataba de un ardid para despistarme?
—No, ella ignoraba que habías leído su diario, y de un modo indirecto fue culpa de Sasuke, si bien él solo creyó que estaba ayudando cuando se entrometió. Aquel verano Sasuke y Kiba se hicieron amigos, y él descubrió que Kiba estaba tan endeudado debido a su afición al juego que su padre amenazaba con desheredarlo. Así que propició un encuentro entre Kiba y la heredera de un ducado que estaría en edad de
casarse en un par de años para empezar por abajo, por así decirlo; una muchacha que podía resolver sus problemas actuales... y encargarse de pagar sus futuras y tal vez exorbitantes deudas con facilidad. Fue lo único que apaciguó al padre de la muchacha lo bastante como para pagar las deudas. Kiba estaba borracho cuando se rio de Ino, cuando ella le dijo que estaba embarazada, pero ya sabía que no podía casarse con ella incluso si la amaba. Rompió con ella de ese modo tan duro porque lo desheredarían si no lo hacía, lo cual haría que de todos modos él ya no fuera digno de ella. —¿Por qué tu primo no me dijo eso?
—Bueno, te lo dijo pero tú no le creíste. E Ino lo culpaba por estropear su vida porque fue él quien le dijo a Kiba que conocía un mejor partido para él, y también quién era. Sasuke se lo dijo antes de que ella abandonara Londres, y también lo mucho que Kiba estaba endeudado.
—Pero tres duelos... ¿Por qué diablos no me dio el nombre de Kiba?
—Porque le había dado su palabra de que no revelaría nada de lo sucedido aquel verano. ¿Quién hubiera pensado que mi primo conservaba una pizca de honor, el suficiente para guardar el secreto aunque su vida dependía de ello? Pero no lo averigüé hasta anoche, cuando regresamos a Londres y Sasuke me lo dijo. Y ser el responsable
de haberle brindado a Kiba esa opción ducal lo ha hecho sentir bastante culpable, sobre todo cuando tú lo acusaste de ser el responsable de la muerte de Ino. En realidad, reconoció que merecía un balazo por el papel que jugó... ¡pero no tres duelos!
—Hinata esbozó una sonrisa maliciosa al recordar la expresión frustrada de su primo, la noche antes, cuando hablaron de ello—. Estaba muy enfadado cuando tú exigiste aquel tercer duelo. Estaba dispuesto a ir en busca de Kiba y apalearlo hasta que te confesara la verdad cuando lo arrinconaste para forzar ese último duelo. Y cuando yo me vi envuelta en el asunto, en realidad intentaba salvarme provocándote e incitándote a que me enviaras a casa. Me alegro de que tú te dieses cuenta de ello antes de que lo hiciera yo.
—¿Y esa pócima que te dio?
Ella puso los ojos en blanco.
—Se suponía que debía hacerte ver algo grotesco y aterrador en cualquiera para que expulsaras a todos de tu casa, incluso a mí. No causaba otros efectos. Bien, ¿te gustaría ver a Ino hoy mismo?
—¿Tan cerca está?
Hinata sonrió.
—Sí. Así que tal vez deberías informar a tu madre. Ver a Ino sin previo aviso...
Naruto rio.
—Es verdad: los fantasmas tienden a causar toda suerte de estragos y desmayos.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Acabo de adivinarlo —dijo, estrechándola entre sus brazos—. No puedes imaginar lo que esto significa para mí, Hinata.
Sí que podía.
.
.
Continuará...
