Viernes 10 de Julio de 2015
Denver
Quinn Fabray
26
Dicen que cuando vas a trabajar y tu jefe no está presente, pendiente del trabajo que debes realizar o merodeando por tu puesto o lugar de trabajo, pueden suceder dos cosas; Una, que rindas más que nunca por la falta de presión, por la tranquilidad que supone el no sentirte observada continuamente y que examinen tu trabajo al más mínimo detalle.O que te relajes tanto que el esfuerzo se reduzca hasta no tener el más mínimo interés por llevar a cabo tu trabajo.
Cuando esa ausencia dura cinco días, las dos opciones adquieren puntos que las diferencian entre ellas aún más, y que hacen que el trabajo llegue a un punto de no retorno y prácticamente la semana sea de absoluto relax. Excepto si te llamas Quinn Fabray y has tomado la decisión de decirle adiós a todo lo que no te hace feliz.
Una decisión que de no haberla tomado, habría supuesto mi pasaje directo a odiar mi trabajo aun siendo todo lo que tenía en mi vida. A detestar hacer algo que había amado hacer desde pequeña, a perder el interés por lo que más me gustaba. Lógicamente no iba a permitirlo, aunque las dudas me tenían tan ciega que no fui capaz de verlo hasta que ella me lo hizo comprender con claridad, como siempre solía hacer cuando se sentaba a hablar conmigo y lo hacía con el corazón. Al fin y al cabo, ella llevaba mi propia sangre, y sabia mejor que nadie lo que realmente me hacía feliz.
Que aquel viernes 10 de Julio tuviese los nervios a flor de piel a escasas dos horas de terminar mi turno de trabajo, no era porque al fin iba a disfrutar de un par de días de descanso después de una semana en la que hice, prácticamente, todo el trabajo que tenía que hacer en las siguientes tres semanas, sino porque mi jefe acababa de regresar de su nuevo e improvisado viaje a Nueva York para atender varios asuntos profesionales, y yo estaba esperándolo.
Fue ver a Jesse cruzando el pasillo con sus andares de alto ejecutivo, y la confusa y desconfiada mirada que me regaló al pasar junto a mi despacho, que a pesar de haber tenido casi una semana para asimilar mi decisión, sentí que las piernas me temblaban y una extraña sensación de fatiga se apoderaba de mi estómago. La misma fatiga que sentí tres días atrás, cuando fui plenamente consciente del rumbo que estaba tomando mi vida, y decidí enfrentarme a ello sin perder un solo día más. Aunque lo cierto es que de no haber sido por su ayuda, por su complicidad y el amor que, a pesar de nunca confesarlo, me profesaba como hermana, no habría sido capaz de afrontarlo.
Sucedió el martes anterior, después de la media tarde, cuando ya había acabado mi día de trabajo y esperaba a que Robert me recogiese después de dos días sin verlo, concretamente desde que nos despedimos el domingo anterior tras el viaje a Salt Lake City. Fueron dos días de absoluta confusión mental y miles de contradicciones sentimentales, en los que sabía que no estaba viviendo como realmente deseaba vivir. Dos días en los que no tuve más remedio que hacer uso de esa balanza emocional para intentar llegar a una conclusión, que ya sabía de antemano pero que me negaba a aceptar. Dos días en los que, por supuesto, respeté la decisión y no me puse en contacto con ella, con Rachel, a pesar de no tener el valor suficiente para sacarla de mi mente.
Cuando volví al trabajo el lunes por la mañana, supe que Jesse tenía que viajar urgentemente de nuevo a Nueva York, para concretar los detalles de ese contrato que probablemente, lo haría más rico de lo que ya era, y gracias al señor Dumas, su mano derecha en la dirección de la editorial, supe que en ese viaje en vez de él, lo acompañaba Rachel.
Mentiría si dijese que me alegró la idea de saber que estaban juntos en la ciudad de los rascacielos, pero el simple hecho de creer que eso le haría bien a ella, después de todo lo que sucedió durante el fin de semana en Salt Lake, y sobre todo sabiendo que la culpa aún seguía martirizándola, comprendí que había hecho bien al decidir hacer ese viaje con su marido.
No la llamé, ni siquiera le mandé algún mensaje, a pesar de mirar su nombre en la pantalla de mi teléfono en más de una ocasión, sobre todo la madrugada de aquel martes, cuando sentí que el mundo se derrumbaba bajo mis pies, y que empezó con la visita de quien más y mejor me conocía cuando yo simplemente, dejaba que el tiempo pasase sin más, observando como el destino había estado jugando conmigo durante toda mi vida.
Pensé que eran mis padres los que llegaron a casa, pero el inconfundible sonido de las llaves me hizo saber que era mi hermana quien entraba en escena. Escuché su ¿Hay alguien en casa? E instintivamente le respondí alzando la voz para que acudiese hasta mi posición, en la cocina.
—¿Qué haces aquí a ésta hora? Creía que estarías en tu casa.—Me dijo nada más colarse en la cocina y encontrarme allí. Ni siquiera se detuvo a saludarme, fue directa hasta el frigorífico y buscó algo en su interior. –Dios, ¿Por qué hace tanto calor?
—Tal vez porque en verano es cuando hace calor.
—Bien hermanita, veo que tu cerebro no se ha derretido aún… ¿Qué haces aquí?—Insistió.
—Estoy esperando a Robert. Viene a recogerme.
—Ajam… ¿Mamá y papá no han vuelto aún?
—No. Tienen que estar al llegar, supongo que se habrán entretenido en el bar.
—Ok… Le dije a mamá que vendría a ésta hora. Espero que no tarden demasiado, Trévor quiere salir a cenar.
—¿Estáis de celebración?
—Mmm… Aún no.
—¿Cómo que aún no? ¿Sucede algo?
—No, nada—musitó tratando de contener una sonrisa traviesa que me puso en alerta—¿Qué haces? ¿Qué es todo esto?
—Las fotos que guardaba papá del viaje a Aspen. Quiero tener algunas copias y estoy decidiendo de cuáles.
—¡Qué divertido! Me encantan tus planes para un martes—se burló tomando asiento frente a mí—¿Qué tal el fin de semana? ¿Cómo es que te has ido a una convención astronómica?
—¿Por qué no puedo ir a una convención astronómica?
—Porque no te gusta ese tema… O eso es lo que les has dicho siempre a papá cada vez que querían ir a algún sitio de esos.
—Nunca le he dicho a papá nada de eso.
—¿Qué no? Será que no lo recuerdas, pero de pequeña eras una pesada de mil demonios. Cada vez que salíamos de viaje, te enfadabas y decías que no querías ir.
—¿De veras? No recuerdo nada de eso.
—Pues yo sí. Y tenía que ser yo quien te convenciera para que no llorases o gritases en el coche. No he visto una niña más pesada que tú—se quejó dándole un sorbo al vaso de agua que acababa de servirse—Veo que a tu jefe no le puedes replicar como una mocosa—se burló, y yo inevitablemente lancé la mirada hacia una de las fotos en las que aparecía Rachel de pequeña.
—Jesse no me ha obligado a ir a esa convención.
—Me dijiste que estabais los cuatro juntos, ¿no?
—Sí, pero eso solo fue el sábado y el domingo a la vuelta, yo fui el jueves con Rachel—confesé dejándome llevar. Sin pensar en nada, y sintiendo que ya no podía seguir ocultándole nada más. Y mucho menos mintiéndole.
—¿Con su mujer?
—Ajam… Es astrónoma. Tenía acreditaciones y fuimos.
—¿Las dos solas?
—Jesse no podía ir porque tenía que viajar a Nueva York, así que me dijo si yo quería ir y fui. Me apetecía pasar un fin de semana lejos de aquí, del trabajo…
—¿Y te vas con la mujer de tu jefe?—insistió, y yo supe que ya no podía contener más la curiosidad. O eso creí. –No es una buena manera de desconectar, ¿no crees?
—Rachel no tiene nada que ver con la editorial. Es la única amiga que tengo en Denver ahora mismo, así que…
—¿La única amiga?—me interrumpió sin perderme de vista—¿Desde cuándo es tu amiga? O mejor dicho, ¿desde cuándo haces amistades con tanta facilidad?
—Pues sigo sin tener esa habilidad, pero con Rachel es diferente.
—¿Por qué es diferente?
—Ya es mi amiga desde hace años—solté sintiendo por primera vez como hablar de ello, en vez de ponerme nerviosa, me relajaba. Ni siquiera la mirada confusa que me regaló Frannie me hizo dudar un solo instante de mis palabras, menos aun teniendo entre mis manos las fotos que me iban a servir de demostración.
—¿Qué?—masculló segundos antes de que yo le deslizara la fotografía en la que aparecíamos ambas, y Rachel justo detrás de mí. Frannie dudó un par de segundos ya con la imagen entre sus manos, y vagó varias veces entre mis ojos y la escena.—¿Qué diablos…?
—Es ella—le dije—Esa niña que está detrás de mí es ella es Rachel.
—¡No! –Negó incrédula volviendo a centrarse en la imagen tras cuestionarme con la mirada—¿De veras? ¡Es ella!
—Sí.
—No me lo puedo creer. ¿Y ella lo sabe? ¿Por qué no me lo has dicho antes? Me acuerdo de éste viaje, recuerdo que un chico… El hermano de ésta niña que dices que es Rachel, te dejó caer de un columpio y te rompiste la cabeza, bueno, no literalmente pero sí te hiciste daño. Y recuerdo que le pegué. Yo le pegué a ese niño por lo que te hizo.
—Lo sé. Mamá me lo recordó el otro día cuando descubrí la foto. Y sí, Rachel ya sabe que de pequeña estuvimos juntas en Aspen.
—Pero… ¿Tenías contacto con ella? ¿Cómo diablos…?
—No, de hecho, si no llega a ser porque papá sacó todo el álbum, no me habría dado cuenta nunca. Ella no me recordaba, o mejor dicho, no sabía que yo era esa niña. Y yo tampoco que era ella, por supuesto.
—No me lo puedo creer… 20, 21 años después y aparece la mocosa ésta. Increíble, menuda casualidad, ¿No?—me dijo y yo no pude evitar sonreír ante la afirmación.
Casualidad. Ojala todo hubiese sido casualidad, ojala nuestros encuentros solo hubiesen sido un cúmulo de situaciones casuales y nada más. Porque ello me habría evitado muchas noches de lágrimas, muchas dudas y una culpabilidad difícil de soportar sin rendirse por completo. Pero no. Ya no había marcha atrás, ni había dudas acerca de lo que supuso la irrupción de Rachel en mi vida, no solo en aquel instante, sino todas las veces anteriores en las que estuvo.
—Lo cierto es que han pasado menos años desde que volví a encontrarme con ella—solté buscando de nuevo su atención.
—¿Cómo? ¿De qué hablas?
—¿Recuerdas la noche de mi primer tatuaje? ¿Cuándo Trevor me hizo ir corriendo hasta el estudio antiguo y me dejó que hiciera mi primer tatuaje, que no era más que una serie de números y letras?
—Sí, sí que lo recuerdo. Aún se sigue burlando de ti por ello.
—Pues la chica que estaba allí para tatuarse era Rachel.
—¿Qué?—musitó eliminando la leve sonrisa que había aparecido en su rostro al recordar la cantidad de veces que su marido me había ridiculizado por aquel simple tatuaje, sin saber que probablemente era el más importante de mi vida.
—Y luego, dos años después también volví a encontrármela en un bar, con los chicos… Justo el día antes de irme a San Francisco. Y más tarde, 6 o 7 meses depués cuando volví para celebrar mi cumpleaños, la encontré en una fiesta de cumpleaños… Precisamente de Jesse. A Robert lo invitaron y ella estaba allí.
—Estás bromeando, ¿no?
—Pues no… Pero eso no es todo. Unos meses después coincidí con ella en Los Ángeles. Y cinco años después… En su librería, contigo de testigo.
—¿Qué?—balbuceó con los ojos abiertos como platos—No me jodas, ¿por eso tenías esa cara de idiota cuando hablábamos con ella? Si la conocías, ¿por qué no la saludaste? ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Estabais jugando a algo o…?
—No… No jugábamos a nada, al menos yo no. Todas las veces que nos vimos antes de ese día hablamos un par de minutos, nos saludábamos y poco más. No éramos amigas, ni siquiera tenía su teléfono o sabía dónde estaba. Simplemente me encontraba con ella y después cada una seguía su camino. Así de sencillo y surrealista.
—Espera… Espera… Me estás diciendo que llevas encontrándote con ésta chica desde hace años, después de coincidir de pequeñas en éste viaje—señaló hacia la fotografía— ¿Y cuándo os volvéis a encontrar ni siquiera os saludáis?
—En la librería fue diferente a las veces anteriores.
—¿Diferente por qué?
—Porque nos pilló aún más de sorpresa, porque no tenía ni idea de que me la iba a volver a encontrar después de 5 años. Y porque estabas tú y…
—¿Qué pasó en Los Ángeles?—me interrumpió, y no solo de palabra sino que también lo hizo con mi mente, que se quedó completamente bloqueada en ese instante.
—Nada—balbuceé como pude—Solo nos volvimos a encontrar.
—No… Nada no. Si no hubiese sucedido nada, no te habrías puesto como te pusiste el día de la librería. Ni me habrías tenido que ocultar que la conocías. ¿Qué pasó?—insistió y yo temí porque mi cara reflejase los nervios que de repente me asolaron. Porque una cosa era compartir con ella aquella historia sobre las casualidades de nuestros encuentros, y otra bien distinta hablarle de sentimientos. Porque ya no tenía dudas de que aquella noche en Los Ángeles fuera esencial para poder albergar los sentimientos que en aquel martes 7 de Julio, tenía por ella. —¿Quinn?—añadió al notar mi mutismo y yo bajé la mirada completamente avergonzada por no saber cómo responderle sin quedar expuesta.—Lo sabía—soltó tras varios segundos en silencio, obligándome a alzar la mirada hacia ella un tanto confusa.
—¿Qué sabías qué?
—Que entre esa chica y tú había algo. Y no algo casual.
—¿Qué?
—Vamos Quinn, soy tu hermana. Te conozco, sé cuándo te encuentras mal o bien, sé cuándo te comen las dudas o guardas algún secreto, y era evidente que algo te estaba sucediendo en éstas semanas. He querido creerte, pensar que tenía algo que ver con tu decisión estúpida de dejar todo en San Francisco y empezar desde cero aquí, pero ahora que me cuentas esto está claro que no. Algo sucede entre esa chica y tú, y no son solo encuentros casuales.
—No… No…
—Quinn—volvió a interrumpirme—Mira, no tengo ni idea de por qué me lo has contado ahora y no cuando entramos en su librería y te quedaste con cara de idiota al verla. Y no solo ese día, también lo hiciste cuando la vimos estamparse contra la boca de riego en la calle, o cuando casualmente la encontré en tu casa después de decirme que era Robert quien iba a ir. Oh dios…—Balbuceó después de unos segundos pensativa—No me jodas, Quinn. No habrás cometido una locura, ¿no? ¿No te habrás ido con ella a Salt Lake city para…?
—¡No!—exclamé rápidamente, leyendo su mente como si fuese un libro abierto de par en par. –Si he ido a ese viaje con ella es porque me apetecía alejarme de todo esto, y sí… Es cierto que me gusta estar con ella porque es una buena chica, porque me llevo muy bien y porque me siento cómoda. Pero el principal motivo era apartarme de todo esto, apartarme del trabajo, de las obras en la casa y de Robert. Necesitaba estar a solas y ella me ha dado esa oportunidad, hasta que el sábado aparecieron por sorpresa los dos.—Solté sin pensar, dejando escapar con aquel alud de palabras varios y sonoros rebufos repletos de resignación al recordar la aparición estelar de Jesse y de Robert en la habitación del hotel, y ser consciente de como por culpa de aquello, me sentía en la obligación de alejarme de ella. De Rachel.
Pero supuse que mi respuesta no fue todo lo convincente que quise que fuera, aunque mi primer objetivo era evitar que mi hermana creyese que había tenido relaciones íntimas con Rachel. No estaba dispuesta a pasar por eso porque la vergüenza me podía, y ella seguía siendo mi hermana mayor. Lógicamente, su capacidad intuitiva iba mucho más allá de lo que yo creía que tenía, o tal vez fue demasiado evidente para alguien como ella.
—Quinn—murmuró mostrándome un gesto de absoluta preocupación, y temblé al mirarla directamente a los ojos—¿Qué diablos está pasando con Robert?—dijo y yo sentí como el mundo entero se me derrumbaba ante los ojos. Quise mostrarme firme, pero me fue imposible y simplemente bajé la mirada sin saber qué decir.
Para mi sorpresa, ella tampoco me dijo nada que pudiera hacerme más daño del que ya sentía cada vez que pensaba en él. Frannie tomó un nuevo sorbo de su vaso de agua, guardó silencio por algunos segundos, o tal vez minutos en los que no dejó de mirarme, y habló. Habló para convertirse en el mejor apoyo que iba a tener y tenía en mi vida. Para cumplir su función de hermana mayor y protegerme como lo hizo desde que nací. Para hacerme ver que además de hermana, era mi mejor amiga.
—¿Sabes lo que sucedió éste día? ¿Sabes por qué te caíste del columpio y te hiciste daño?—me dijo recuperando la fotografía y yo la miré confusa. Sabía que no lo recordaba, excepto por lo que me habían contado.—Eras la más pequeña de todos los niños que había en el parque, y no te dejaban jugar prácticamente con nada, primero porque mamá pensaba que te harían daño y segundo porque los niños no querían que alguien tan pequeño jugase con ellos. Éste coche en el que ibas subida era del chico con el que yo me peleé, el hermano de Rachel… Tú te subiste y Rachel estaba a tu lado porque era ella quien lo había estado utilizando hasta entonces. Fue la única que accedió a jugar contigo de todos los niños que había allí. Pero entonces, el hermano te vio y te obligó a que dejases de jugar con su coche. Fue entonces cuando yo discutí con él, pero no sirvió de nada. Tú empezaste a llorar desconsolada y papá te llevó junto a él. Más tarde, creo… No sé, sé que te fuiste para uno de los columpios que habían quedado libres, sin decir nada a nadie, y yo me quedé mirándote para ver como reaccionabas cuando alguno de los chicos se acercara a ti. De nuevo volvió a aparecer el idiota ese, y empezó a molestarte para que le dejases el columpio libre. Estuve a punto de ir a por él y apartarlo de allí yo misma, por los pelos si hacía falta, sin embargo me quedé mirándote y esperé a tu reacción cuando te pidió que te bajases. ¿Sabes cuál fue tu respuesta?—me preguntó y yo negué—Le dijiste; el coche es tuyo, el columpio no. Yo quiero jugar aquí porque me gusta mucho y me hace feliz. Y a continuación le diste la espalda para seguir balanceándote. Entonces el chico empezó a empujarte, tratando de asustarte aunque lo camuflase para hacernos creer que simplemente jugaba contigo. Te empujaba cada vez más fuerte, con más rabia, y tú seguías aferrada al columpio sin mostrar ni una pizca de miedo, sin dudar de que aquel lugar no le pertenecía a nadie, y que por eso podías jugar hasta que quisieras. Hasta que te engañó…
—¿Me engañó?—balbuceé curiosa, rememorando algunas escenas conforme lo iba explicando.
—Sí. El chico detuvo el balanceo y te dijo que una de las cadenas se había roto. Tú le creíste, miraste hacia arriba y dejaste de aferrarte a él. Y entonces te volvió a empujar con tanta fuerza que saliste despedida, chocaste contra el suelo y te hiciste daño en la cabeza. Demás está decir que cuando lo vi me fui directamente hacia él, y le di tal paliza que dudo que nunca más haya vuelto a hacerle algo así a una niña, de hecho, deberías preguntarle si tienes la oportunidad de volver a verlo. Estoy convencida de que aún me recuerda—sonrió orgullosa—De cualquier forma, eso no es lo importante. Lo importante es que aquel día, y con apena años, me diste la lección de mi vida. Supe que cuando te hicieras mayor serías lo suficientemente fuerte como para afrontar cualquier situación complicada, y no te vendrías abajo, ni aunque te hicieran daño.
Defendiste aquel columpio como si fuese tuyo porque te hacía feliz estar allí, no tuviste miedo en ningún momento, y solo dudaste cuando te hicieron creer que corrías peligro de hacerte daño. Hoy en día sigues siendo esa chica. Yo sigo viéndote igual, Quinn. He visto cómo eres capaz de aferrarte a lo que consideras que es justo que disfrutes. Como has luchado por llegar a ese columpio que te da lo que deseabas, sin importar que algunos intentasen evitarlo. Solo, solo en estos días, en estas semanas te he visto dudar. Y por lo poco que me cuentas, por lo que puedo ver a tu alrededor, todo hace indicar que están tratando de engañarte con estrategias. Que te están haciendo creer que te bajes de ese columpio sabiendo perfectamente que no es lo que quieres hacer. –Inquirió logrando dejarme sin palabras—¿Sabes? No tengo ni idea de qué se trata, pero es evidente que ahora mismo están golpeando con tanta fuerza tu columpio que no sabes cómo aferrarte para no caer. Yo, yo no quiero decirte nada, yo no quiero darte una respuesta si es que tienes preguntas sin responder, pero quiero recordarte que al igual que hiciste aquella tarde en Aspen, debes hacer ahora y siempre. No te sueltes de tu columpio si alguien te dice que lo haga. No te sueltes ni siquiera para comprobar si está o no está bien. Si te caes y lo haces sabiendo que te vas a caer, será más fácil levantarse, y la herida mucho menos profunda.
Si te caes sabiendo que te vas a caer, es más fácil levantarse.
Fueron más sus palabras, fueron más sus miradas y la complicidad que aquella tarde me regaló mi hermana, antes de que Robert reclamase mi presencia y me obligase a salir de mi casa, pero aquella frase ya nunca más se apartó de mi mente, ni de mi corazón. Aquella noche, cuando se suponía que iba a comprobar y ver en primera persona como el arreglo de la tubería principal de la que iba a ser mi casa estaba perfectamente reparado, terminó convirtiéndose en la peor partida de juegos de mi vida, en el viaje más difícil en columpio que había dado hasta entonces, y probablemente daría en mi vida.
Por suerte no sentí que me cayese porque era consciente de que lo que hacía, era lo que debía de hacer, pero me tuve que aferrar con tanta fuerza para evitar caer, que el dolor fue inmenso en la sacudida. Un dolor que no me iba a abandonar en mucho tiempo, y al que no me iba a acostumbrar por supuesto, a pesar de mi nefasto intento por distraerlo.
Lo hice esmerándome por ser una buena profesional, dando lo mejor de mí en ese aspecto antes de volver a sufrir una nueva sacudida, aunque en aquella ocasión tenía la esperanza de que fuese menos violenta.
Por eso, aquel viernes 10 de Julio, después de una semana horrible emocionalmente y colapsada de trabajo, temblé al ver aparecer a Jesse St. James en su oficina. Temblé al saber que había llegado el momento de acabar con lo que había empezado tres días atrás, pero no lo dudé ni un solo segundo aun teniendo aquel ataque de nervios.
Di los últimos retoques a uno de los dibujos que ya estaba a punto de acabar, busqué la carta que tanto me había costado escribir el día anterior, y aproveché que no había nadie en su despacho, excepto él, para hacer lo que tenía que hacer.
Tuve que llamar a su puerta aun sabiendo que me había visto llegar, y ni siquiera apartó la mirada de su ordenador cuando me invitó a entrar.
—Hola, Jesse.
—Hola, Quinn—me respondió secamente—Estoy un poco ocupado, ¿qué quieres?
—Pues… Necesito hablar contigo un par de minutos. Es importante.—Le dije notando como su actitud no era la más agradable.
—Acabo de llegar de viaje, tengo mucho pendiente… ¿No puede esperar al lunes?
—Eh… Pues no. Jesse es algo personal—insistí realmente confusa por cómo me hablaba. Algo que empezó a alertarme, sobre todo cuando nada más pronunciar la palabra personal, una sarcástica sonrisa se adueñó de su rostro.
—¿Algo personal?—repitió lanzándome una mirada con tanto orgullo, que empecé a creer que desechar la idea de hablar con él aquel día habría sido la mejor opción.—Si me vas a decir lo que le has hecho a Robert, no es necesario. Ya hablé con él directamente por teléfono y me lo explicó todo muy, muy claro. Como comprenderás, en éste caso concreto estoy más del lado de mi amigo.
—Lo entiendo—balbuceé tratando de mantener la compostura—Pero no es de él de quien quiero hablarte, es de mí.
—¿De ti?—me cuestionó—¿Y qué me quieres contar de ti?
—Pues que he tomado una decisión—musité acercándole el sobre con la carta.
—Una decisión…—Murmuró al tiempo que se hacía con ella, y no dudaba en abrirla para leerla con plena atención.
—No tienes que preocuparte por el trabajo. He adelantado prácticamente un mes ésta semana, y también le he echado una mano a Francesco. Vas a tener tiempo de…
—¿Dimites?—me interrumpió aún con la sonrisa repleta de sarcasmo en su cara—¿Es una carta de dimisión?
—Así es. Me ha costado tomar la decisión por la confianza que pusiste en mí, pero dadas las circunstancias, no puedo seguir trabajando aquí. De hecho, no creo que siga viviendo en Denver.
—Oh… Vaya, así que… Al final resulta que sí tienes un poco de decencia y algo de vergüenza—soltó desconcertándome por completo. Estaba viendo venir por su actitud que no le agradaba demasiado mi presencia, pero de ahí a hablarme de aquella manera había un abismo.
Llegaba a comprender que me decisión de pedirle a Robert un tiempo, no le gustase por ser él su amigo, a pesar de que hubiese sido él quien me pusiera un ultimátum y me obligase a elegir. Llegaba a comprender que se sintiera mal por Robert, por haber tomado esta decisión justo cuando estábamos a punto de emprender una vida juntos. Pero mi relación con él siempre había sido educada y en ningún momento lo traté mal, por lo que aquello estaba completamente fuera de lugar. Evidentemente, desconocía el motivo real de su monumental enfado.
—¿Por quién lo haces, Quinn?—añadió antes de que pudiese siquiera cuestionarlo con la mirada—¿Dejas la editorial por Robert? ¿Por qué estar aquí te recuerda a él y necesitas alejarte? ¿Por qué estás agobiada y necesitas un cambio? ¿O lo haces simplemente porque te jode en lo más profundo que Rachel sea mi mujer?—espetó dejándome completamente en shock—¿Te vas porque ya te has reído lo suficiente de mí, y de Robert? ¿Te vas porque el juego de intentar volver loca a mi mujer ya no te hace gracia?
—No… No entiendo de qué hablas—mascullé tratando de seguir firme.
—¿Qué no lo entiendes? ¿Qué no entiendes, Quinn? Si te estás preguntando como diablos sé todo esto, me lo dijo ella… Me lo dijo mi mujer, Rachel St. James Berry. La misma con la que has estado jugando todo éste tiempo. Oh Dios… Qué idiota he sido, ¿verdad? Yo pidiéndote que le dieses una oportunidad como amiga, y resulta que te la habías…
—Cuidado con lo que vas a decir—lo interrumpí envalentonada, recordando mi odisea con el columpio y el hermano de Rachel que Frannie atinó a rememorar días atrás—No tengo ni idea de lo que sabes o no, pero no voy a consentir que me hables así. Seas quien sea…
—Lo que me faltaba—masculló levantándose de su silla, y caminando hacia mí con el orgullo y el odio escapando de su mirada—¿Sabes? El lunes, Rachel, mi mujer… Estaba destrozada. Me confesó absolutamente todo. Me confesó que tú fuiste quien la dejó en Los Ángeles después de acostarse con ella, y es curioso, porque ha habido momentos en los que llegué a pensar que tú eras esa chica, pero quise darte un plus de confianza, a ti y a Rachel, por supuesto. Quise creer que me estaba volviendo paranoico, así que decidí no prestarle atención… Pero cuando me lo confesó… Te juro, te juro por lo más sagrado que me entraron unas ganas terribles de ir a buscarte y decirte todo lo que te quería decir… Pensé en lo estúpido que he sido, en cómo te la he puesto en bandeja para hagas y deshagas a tu antojo, y no podía creérmelo. Hasta has dormido con ella… Dios, tenía tantas ganas de tenerte frente a frente y decirte todo lo que eres… Pero no. No lo hice. No salí a buscarte para ponerte en tu sitio porque ella me detuvo. Porque ella me pidió que no te involucrase y dejase que arreglases tus asuntos personales con Robert. Porque ella asumía toda la culpa y las consecuencias por haberme mentido. Así de buena persona es Rachel, y yo, porque la amo, porque daría mi vida por ella y porque creo que Robert no merece algo así, acepté su petición. Pero ya no… Ya se acabaron las contemplaciones. Eres tú la que dimite, eres tú la que huye porque sabes que eres la culpable de todo. Eres tú la que has roto lo que tenías con Robert, y te aseguro que no sabes cuánto me alegro que haya sido así. Porque una vez más, otra vez, vuelves a demostrarle a Rachel que no vales absolutamente nada. Que solo apareces en su vida para joderla de alguna forma, y luego… Huyes. Al igual que haces con Robert. ¿Pero sabes cuál es la diferencia de entonces a ahora? Que Robert no va a estar solo, y que ahora Rachel tiene a alguien que la va a cuidar con su vida, si es necesario. Que ahora Rachel no siente nada por ti, más que pena por ver como pasarás el resto de tu vida dando tumbos, sin saber lo que quieres y haciéndole daño a quienes más te han dado.
No te haces una idea de la alegría que me supone esta carta, porque por Rachel yo habría sido capaz de aguantarte aquí día a día, semana tras semana. Ahora ya no. Ya no quiero volver a verte por aquí, ni por mi casa, y mucho menos te quiero ver cerca de Rachel.
—Puedes estar tranquilo—me atreví a hablar, aun sintiendo como el nudo en mi garganta se hacía más y más grande—Esa decisión la ha tomado ella, y yo… Al igual que tú, acepto su petición.
Una sonora carcajada con más sarcasmo aún del que cabía en su cuerpo interrumpió la conversación, y yo volví a tensarme. A mantenerle la mirada con firmeza y no caer en su juego, por ella. Por Rachel, porque estaba convencida de que su confesión no había sido como él trataba de hacerme ver. Y porque a pesar de que probablemente nunca conocería mi verdad de los hechos en aquella discusión, quería creer que nuestra complicidad la llevaría a saber de mi lealtad hacia ella.
—¿Aceptas su petición al igual que yo?—repitió—¿Me estás dejando entrever que amas a mi mujer como yo lo hago?
—La respeto como tú lo haces. No vas a escuchar otra cosa de mí, no te voy a dar ese placer. He presentado mi dimisión, y eso es todo lo que tengo que decirte—me mostré contundente—Te estaré agradecida por la oportunidad que me has dado, y he hecho mi trabajo como buena profesional que soy. Pienso marcharme de aquí sin enemigos. Quieras o no.
—¿Me estás retando? ¿Te atreves a plantarme cara después de la sarta de mentiras que has estado diciéndome a la cara? ¿Te atreves a mostrar orgullo después de hacerles daño a tres personas que se han preocupado por ti?
—Solo estoy siendo lo más respetuosa posible tras cómo me estas tratando sin tener ni idea de nada. Que Rachel te haya confesado lo que sucedió entre nosotras, me parece perfecto. Demuestra la gran persona que es, pero no te da derecho a tratarme como lo estás haciendo, porque no tienes ni puta idea de lo que ha sido y es mi vida. Porque no tienes ni puta idea de lo que yo he podido hacer y no he hecho, por educación, por valores y principios. Así que te pido que me trates con respeto. Que aceptes esa dimisión y me dejes irme por la misma puerta por la que un día entré. Te aseguro que no vas a volver a saber nada de mí, y si lo haces no será por mí misma.
—Eso te lo puedo asegurar yo mismo—espetó regresando a su asiento detrás del escritorio—No voy a saber nada de ti, te lo aseguro. Y no voy a permitir que te vuelvas a acercar a mi familia. No voy a consentir que manipules la mente de Rachel, ni que la hagas sentirse culpable por algo que está fuera de su alcance. Menos aún en su estado… —Matizó logrando que toda mi serenidad, aun estar en plena tensión, se esfumase al oír aquella expresión. Jesse tomó la carta entre sus manos y plantó una firma en el reverso para certificar mi dimisión del puesto de trabajo, pero yo casi ni le di importancia. De hecho, me atreví a cuestionarlo.
—¿De qué hablas? ¿En qué estado se encuentra Rachel?
—Si te vuelvo a ver cerca de ella, te juro que no volverás a trabajar en ésta ciudad en la vida—me dijo ignorando mi pregunta, aunque no iba a tardar en darme una respuesta para la que yo no estaba preparada. –No voy a consentir que nada ni nadie haga daño a mi mujer, y a mi futuro hijo.
No dije nada, de hecho, creo que ni siquiera respiré al escucharlo. Me mantuve por varios segundos mirándolo, tratando de asimilar aquella respuesta hasta que supe que había llegado el momento de salir de allí. Pero no porque no tuviese nada más que hablar, sino porque si aguantaba un minuto más, o un simple segundo, terminaría derrumbándome.
No fui consciente hasta aquel instante, cuando abandoné el despacho de Jesse y fui directa a recoger mis cosas sin dar explicación alguna a mis compañeros, de lo que suponía para mí corazón que Rachel fuese una mujer casada que, al parecer, estaba a punto de formar una familia. No fui consciente de lo que realmente sentía por ella hasta ese preciso instante, en el que sabía que ya nada volvería a ser igual. Porque, aunque no quisiera pensarlo, guardaba la esperanza de volver a encontrarme con ella, y que todo volviese a ser lo que siempre tuvo que ser. Pero saber que se lo había confesado, y que había decidido dar ese paso de formar una familia para asentar aún más su amor por Jesse, me lanzó contra las cuerdas, y me hizo comprender que se había acabado para siempre. Me hizo comprender que el destino había estado dándome una oportunidad durante muchos años que no supe ver o aprovechar, y ya era tarde.
En una sola semana había perdido mi trabajo, mi futura casa y el amor de Robert, sin embargo, nada me dolió tanto como sentir que ese hilo rojo invisible del destino ya no estaba atado a mis pies.
Se había roto. Se había tensado tanto que ni los astros habían logrado que se mantuviera firme. Había desaparecido por completo. O eso quise creer.
