~ En tributo a Potya, una compañera leal.


Su primer recuerdo en ese mundo terrenal fue algo muy suave y un delicioso aroma a leche tibia. El pecho de una madre siempre era lugar de protección y amor.

Alguna vez fue la menor y la más débil de una camada de seis hermanos. Su madre, una gata callejera, los había dado a luz en un callejón oscuro y mohoso, lleno de basura y escombros de un pueblo desconocido en las faldas de la montaña.

Sus primeros días de vida se los pasó a rasguñones con sus hermanos para que le dejaran algún espacio libre para poder tomar leche, pero no se quejaba, porque cuando llegaba la noche ella era la que más calentita dormía acurrucada bajo su camada.

Todavía no abría los ojos, pero la que sería la futura Potya sabía que su madre era una preciosura. Entre sus patas podía sentir el largo pelaje aseado y suave, sus ronroneos eran canción de cuna, su paciencia para criarlos era de oro y su rasposa lengua era amable cada vez que los aseaba uno a uno.

Pero los pueblerinos odiaban los gatos oscuros, más si eran callejeros, por lo que el viejo de la casa contigua, aburrido de que la gata callejera de ese lugar diera a luz más y más camadas de mininos, un día no tuvo piedad y metió a todos en un saco oscuro y apretado.

Su madre maullaba desesperada y la sentía rasguñando su prisión, pero sus garras y gritos no eran suficiente ¡Potya no sabía qué pasaba! estaba muy asustada.

El desconocido caminó por largos minutos, cada vez el sonido del concurrido pueblo se hacía lejano y su madre respiraba agitada, manteniéndolos a ellos entre sus patas, calmando sus llantos a pequeños langüetazos.

Hubo un sonido, un sonido que alertó a su madre y que la hizo rasguñar y morder la tela del saco con más fuerza que antes.

Era un sonido fuerte y constante, como si cayera mucha leche de los cielos, solo que no olía a nada y mucho menos a sabrosa leche.

— ¡Ah! ¡hija de puta!

Gritó el señor y luego todos en el saco se sintieron volar por los aires y cayeron de golpe a algo que a ninguno le gustó.

El sonido ensordecedor y algo que los revolvió con fuerza, muy pronto todos estaban maullando, gritando, sus suaves pelajes comenzaron a pegárseles al cuerpo, ¡era desesperante! ¡no podían respirar! ¡¿por qué ese señor los había arrojado a un lugar lleno de leche sin sabor y tan cruel?!

...

La mujer de largos cabellos rubios tomó la cesta cargada con tres bidones de agua fresca y le hizo cariño en la cabeza a su hijo antes de pasar por su lado.

— De vuelta, tigrillo, está haciendo mal tiempo.

Dijo observando el mal clima mientras daba un par de pasos. Del cielo gris ya había comenzado a caer garúa y no dudaba en que muy pronto comenzaría a llover a cántaros.

No obstante, antes de llegar al bosque, notó que su hijo no la seguía.

— ¿Yuri? — el niño permanecía en la orilla del río — Yuri, hay que irnos, la abuela nos espera.

Pero los ojos perspicaces de Yuri habían notado algo extraño bajando con la corriente.

— ¡Mamá hay algo ahí!

Yarina volteó curiosa y forzó la vista. El agua en los bidones que llevaba temblaron como si aún se hallaran siendo parte de la corriente: era un aviso. Yarina sintió su pulso dispararse.

Tiró la cesta y corrió hacia la orilla de nueva cuenta.

— ¡Yuri quédate aquí! — dijo presurosa mientras se quitaba las botas y también el abrigo.

El saco marrón y desgastado bajaba a toda velocidad y su corazón acelerado deseó poder llegar a tiempo para cogerlo.

El río avisaba vida dentro de costal.

Yuri miró a su madre asustado cuando esta se tiró la río soltando un leve gemido por el cambio de temperatura. A esas alturas de invierno, el agua debía estar congelada.

Yarina sintió algunas ramas hacerle daño el los tobillos por la corriente del agua, pero se movió lo más rápido que pudo para dar justo a tiempo con la bolsa.

La llevó en alto una vez tuvo que devolverse a toda prisa, temiendo lo peor de lo que había dentro.

Salió apenas y con ayuda de las manitas de su hijo que la jalaron hacia arriba.

Las manos frías y trémulas de la mujer batallaron para abrir el nudo del saco.

— ¿Qué son? — preguntó Yuri, todavía asustado.

— Son gatos.

Yuri soltó un jadeo y se tapó la boca, sintiendo un nudo en la garganta y no pudiendo contener las lágrimas. Si ahí habían gatitos, ¿por qué no se estaban moviendo?

Cuando Yarina logró deshacer el nudo, sacó a todos y cada uno de los mininos de la bolsa a pesar de sentir su propio corazón oprimido.

Estaban inmóviles y fríos.

Yarina presionó el pecho de la que supuso era la madre de la camada. Una, dos, tres veces. Se echó el cabello tras las orejas y se inclinó para darle respiración boca a boca. Yuri seguía llorando, nervioso. Pero a pesar de todos sus intentos, la minina no dio reacción alguna.

Ella, sintiendo cada vez que su llanto se desbordaría, comenzó a presionar el pequeño pecho de los gatitos, repitiendo el mismo procedimiento.

Y finalmente rompió a llorar silenciosamente cuando ninguno reaccionó.

Oh, madre Yuriri, ¿cómo se atrevían esos sucios humanos a hacerle tal cosa a una criatura tan bella? a un ser vivo, a una criatura con tanta vida en su interior como cada árbol que los rodeaba ¿por qué los dañaban? ¿qué tan sucio debían tener el corazón como para dañarlos?

Yuriri recibió a su nieto y a su hija en el umbral del hogar, ambos llorando. La anciana revisó con una profunda pena el abrigo de su hija donde decidieron llevar a los felinos para posteriormente enterrarlos y sembrar flores sobre su tumba.

— ¡Pero este sigue vivo! — exclamó la viejecita de cabello canoso, tomando con cuidado a la más pequeña de la camada.

Madre e hijo se acercaron corriendo a la chimenea, donde Yuriri inclinaba a la gatita hacia el calor.

— Respira despacio, ¡pero sigue viva!

Yuri sintió que las lágrimas volvían a bajar por sus húmedas mejillas al ver a esa minina peluda luchando por vivir, ¿cómo algo tan pequeño podía tener tanta fuerza? era un milagro. Dejó que su madre lo abrazara y besara su cara con emoción.

Era una tremenda pena que los demás gatitos no hubieran sobrevivido, pero que al menos una de ellas estuviera dando la batalla por vivir les prendía fuego en el corazón y una pequeña luz se encendía con esperanza.

...

Alguna vez Yuriri tuvo a Daga y alguna vez Yarina tuvo a Tormenta, grandes gatos compañeros que acompañaron a ambas por longevos años. Esa vez, fue el turno de Yuri de tener a una fiel amiga a su lado; la nombró Puma Tiger Scorpion por su fiereza al aferrarse a la vida y de cariño la abrevió en Potya porque sus ojos azules eran muy tiernos y cuando lo miraba Yuri podía sentir la conexión de esa bola de pelos que, en cuanto pudo caminar, le maullaba y le seguía a todos lados de la casa.

— Tiene un lazo contigo, Yuratchka — le había dicho su abuelita — ella puede sentir que tú eres el indicado.

Y, en efecto, Potya sentía que quería estar con Yuri a cada segundo de su vida. Ella escuchó el llanto del niño cuando apenas y podía abrir los ojos y todo lo que sentía era dolor y agotamiento en su chiquito cuerpo. Sintió las manos de ese niño acariciarle las patas y la cabeza, sostener el pequeño biberón en el que la alimentaron, ¡él la había alimentado con leche! ¡ese niño le hablaba con dulzura mientras se recuperaba! le había dado apoyo, el cuidado y el cariño para abrir los ojos por primera vez y observarlo, reconocer que de él provenía ese aroma a flores y caramelo tan delicioso.

Desde lo vio, Potya lo supo: quería estar con él el resto de su vida. Aún cuando sus patitas tambalearan aprendiendo recién a caminar, ella quería seguir a Yuri hasta el final del mundo. Aún cuando su maullido era diminuto, ella se encargaría de que su voz llegara al corazón de Yuri.

También reconoció a la mujer alta y bonita que había llorado por ella cuando recién reaccionaba tras haber tragado tanta leche sin sabor. La humana de su humano, la señorita Yarina, había sido también muy amable, pero podía sentir que ella ya tenía un lazo con otro felino en el más allá.

Aún así, Potya quería a Yuri. Y no hubo duda de que Yuri también quería a Potya.

Así fue como su lazo se afianzó y sus rugidos conectaron con el corazón del otro.

...

Potya se acostumbró a ser la mimada de la casa. Había descubierto el placer de comer y el arte de no hacer nada, pasar las tardes tomando el sol y recibir las caricias de Yuri mientras conversaban largos ratos de todo y nada, ¡la vida era genial!

No obstante, también aprendió que no todos los días eran color a sabrosa leche. También habían días que olían mal.

Como fue cuando Yuriri nunca más despertó de su sueño, una mañana, y Yarina y Yuri lloraron mucho. Potya descubrió el olor a la tristeza y no le agradó.

Los acompañó a ambos cuando cavaron un hoyo en el bosque y pusieron el cuerpo dormido de la viejecilla allí, para seguido taparlo con tierra.

Potya maulló asustada, ¡¿por qué la cubrían?! ¡Yuriri podía ahogarse! ¡no hagan eso!

— Falleció, Potya — le explicó Yuri entre lágrimas — hay que cubrirla con tierra porque así su cuerpo se hará hojas y tierra y Madre Yuriri la recibirá en la eternidad de su bosque. Allí también están tu mamá y tus hermanos, ¿sabes? ahora mi abuelita va a descansar con ellos.

Eso apretó el corazón de Potya. Cuando menos lo previó, pestañeó con tristeza y dos lágrimas bajaron por sus ojos azules, recorriendo hasta la punta de su oscura nariz. Eso era muy triste, ahora comprendía todo. Ojalá Yuriri pudiera mandarle sus saludos a su mamá y decirle que ella estaba bien gracias a su nueva familia, que comía mucho y estaba gorda, que nunca le faltaba la leche y el cariño tras las orejas. Le deseaba toda la tranquilidad del mundo a Yuriri.

Cuando Yarina también cerró los ojos un día, fue mucho más triste. Yuri solo tenía trece años y se había deshecho en lágrimas y gritos. Ella también sintió su pecho doler y quebrarse al ver a la fuerte mujer recostada en su cama, con los ojos cerrados como un ángel, sus cabellos desordenados y largos, sus manos juntas bajo su cabeza como si aún durmiera. Intentó despertarla empujándola con sus patas, maulló con voz temblorosa, pero Yarina simplemente ya había abandonado ese mundo, se había ido en el sueño.

Su entierro fue muy doloroso, Yuri prácticamente no hablaba, solo sollozaba y cavaba, sollozaba y cavaba, sollozaba y cavaba. El niño era un desastre, tenía la cara mojada, el cabello desordenado y parecía que jamás terminaría. Le dolió ver como Yuri parecía a punto de romperse y colapsar.

Potya tomó aire y soltó un par de lágrimas en silencio mientras ayudaba a ahondar con sus patitas. En ese momento lo decidió. Yuriri y Yarina podían dormir en el bosque en paz porque ella cuidaría de Yuri, ella sería la fuerte allí para Yuri, dedicaría su vida entera a Yuri, todo su mundo sería Yuri y Yuri nada más.

Ese año fue muy triste en general. Yuri estuvo de luto muchos meses, comía poco, dormía poco y necesitaba tenerla cerca a cada momento. Había bajado mucho de peso y estaba más pálido que de costumbre, su cabello había perdido brillo y Potya se hallaba desesperada.

— No me gusta sentirme solo, Potya — sollozaba el chiquillo.

Ella en parte lo comprendía. Sabía que ella era importante para él, pero que su amo también había sido criado en un entorno con dos personas más, saberse el único humano de pronto en una casa debía ser muy solitario, un escenario muy chocante para Yuri.

Pero, aún así, hizo lo que pudo. Se quedaba con él a cada instante, ronroneaba para calmar su corazón, le dedicaba sus más cariñosos pestañeos para que sonriera aunque fuera una fugaz curva en su triste semblante.

Hasta que un día, Yuri llegó más agitado de lo normal a casa.

Potya se asustó.

¿Qué te pasa? ¿estás bien? ¿quieres agua? ¡no tengo pulgares oponibles, no puedo darte agua, pero si quieres te acompaño a buscar agua!

Yuri traía las mejillas coloradas y negó frenéticamente.

— Había un chico en el bosque, él c-casi me ve, Potya.

Oh, así que era eso.

La minina suspiró aliviada y se volvió a reclinar en su cojín favorito.

Supuso que sería algo casual, algo pasajero, por eso mismo se sorprendió cuando Yuri visitaba más y más seguido el bosque y llegaba agitado a la casa, relatándole cada cosa que hacía el supuesto humano al que iba a espiar.

Le preocupó en primera instancia esa rutina de ir a espiar a alguien desconocido, ¿y si le pasaba algo malo a su chico? pero también -por otra parte- agradecía que Yuri hallara un pasatiempo con el cual distraerse, había pasado mucho tiempo desde que lo había visto llorar y eso la calmaba.

— Entré al pueblo, el cazador se llama Otabek, Potya, ¡por fin sé su nombre! tengo que anotarlo.

¡El pueblo! ¿no es peligroso eso?

— Lo sé, pero me disfracé y salió bien, nadie me reconoció.

¿Allí hay mucha comida? preguntó emocionada.

— Ehh, digamos que sí, hay partes donde hay mucha comida, pero se debe pagar.

¿Pagar? ¿cómo se paga? ¿nosotros podemos pagar?

Yuri le sonrió divertido.

— No te emociones mucho, Potya, ayer te diseñé otra dieta. Si la sigues podrás bajar de peso.

Ella refunfuñó indignada, ¡no estaba gorda! y no le interesaba ser menos pesada, su pelaje se veía estupendo con su contextura actual.

Siguió a Yuri hasta llegar al estudio de Yuriri. Vio al chico coger un cuadernillo nuevo y comenzar a escribir. Saltó al escritorio y vio que su amo escribía con una bonita caligrafía en la primera plana.

¿Por qué te interesa tanto ese humano? ¿qué tiene de bueno? preguntó curiosa, sus ojos azules siguiendo la pluma que usaba Yuri.

— No lo sé, pero me gusta su cara, tiene los ojos así — miró a la minina y estiró despacio sus ojos de forma horizontal — me gusta eso y me gusta su voz, es rudo y caza muy bien a las brujas negras, ¿te dije que se llama Otabek? me gusta, ¿te dije que me gusta? me gusta, ¿ya te dije que me gusta, Potya? ¡me gusta mucho!

¡Sí, ya te oí, ya cállate! gruñó la minina, mareada por la voz rápida de Yuri típica de cuando se emocionaba demasiado.

Miró el rostro alegre de Yuri. Su cabello volvía a recobrar brillo y lo trenzaba tal como su madre, eso le parecía muy bonito. Sus mejillas volvían a tener el tinte rosa y bajo sus ojos ya no habían ojeras. Sus labios tenían una sonrisa.

A pesar de todo, Potya sintió alivio. Yuri volvía a ser feliz. Gracias humano desconocido y de ojos raros, pensó.

— ¡Hey! deja de arañar mi pluma, no es un enemigo mortal, Potya.

Oh, lo siento. El instinto de cazadora.

...

Potya recordaba lo emocionado que estaba Yuri cuando le dijo que por fin había tenido el primer acercamiento con él. La tomó y bailó con ella, ¡pero no le gustó nada no sentir el piso bajo sus patas! gruñó disgustada y mareada y seguido corrió a esconderse bajo el sofá mientras el rubio corría al estudio para escribir en su libreta.

Días después decidió por su cuenta acompañar a Yuri al pueblo. Ya habían pasado muchos años, ¡debía conocer al humano que tenía a su amigo flechado!

Ronroneó sintiéndose atractiva cuando Yuri le cambió su collar. El amarillo le sentaba fenomenal y ella lo sabía. Pero no a pesar de su inicial seguridad, no pudo evitar agazaparse con miedo cuando escuchó el sonido del río dentro de la canasta donde Yuri la cargaba.

— Tranquila, Potya, yo estoy aquí contigo, no te dejaré caer.

Cruzaron las aguas y el bosque y en pocos minutos ingresaron a un lugar bullicioso con muchas personas y casas. Eso le recordó un poco a cuando era una bebé.

Vieron al famoso Otabek sentado en las escaleras, ellos escondidos tras otra casa, Yuri con una capucha y ella asomando sus ojos por el resquicio de la canasta de mimbre. El chico de ojos rasgados abrazaba a una niña y a ratos miraba a otras dos que jugaba un poco más allá, cerca de la calle, con unas muñecas de trapo.

— La que está en sus brazos es Bibianca y la castaña de allá es Orieta, son sus hermanas pequeñas, ¿no es lindo? es tan lindo, ¿no te parece lindo, Potya?

Bueno, la verdad, sí. Potya no lo dijo, pero lo pensó. Otabek parecía buen chico, abrazaba con cariño a su hermana y no era nada feo. Yuri tenía buen ojo.

Pero las cosas no salieron tan bien cuando lo acompañó en su segundo encuentro y Otabek había levantado esa arma de palos y acero contra Yuri, ¡eso sí que no! Potya atacó como un látigo y le arrebató la ballesta al chico.

Con mi Yuri no.

Y le volvió a dar una mirada de alerta cuando Otabek miró su ballesta a los pies del rubio.

— No lo juzgues, Potya. Es desconfiado, pero no es mal chico — le dijo Yuri en cuanto quedaron solos.

Potya cargó la cesta con comida que Yuri había preparado con tanta dedicación a Otabek y se metió por la ventana para dejársela al chico en su hogar.

Sin querer, echó un vistazo a esa sala que supuso era la cocina. Fue cuando, de pronto, se encontró con unos ojos tan profundos como los de Otabek que la miraban desde la sala contigua.

Bibianca Altin observó curiosa a Potya y esta le devolvió la mirada unos segundos antes de saltar por la ventana y correr de vuelta a su hogar.

Ups.

...

Otro día, Yuri llegó llorando y eso la asustó muchísimo, puesto tenía algunas heridas en su rostro y parecía haberse revolcado en la tierra. Maulló desesperada por explicaciones y Yuri le contó lo que había sucedido mientras se ahogaba con sus propias palabras.

¡Infeliz!, había exclamado, ¡cómo se atreve! ya va a ver, le rasguñaré la cara tan fuerte que ni sus hermanas podrán reconocerlo.

— No hagas eso — había dicho Yuri lagrimeando cansado hasta lanzarse a su cama — ya acepté que no me quiere y nunca lo hará.

Potya soltó un quejido por lo bajo y corrió a lanzarse al lado de su chico favorito, frotando su mullida mejilla por toda la carita llorosa de Yuri.

No digas eso Yuri, yo te quiero.

Yuri también soltó un quejido lastimero.

— Te quiero, Potya — sollozó el muchacho, abrazándola — ¿sabías que eres muy linda?

Potya no se hizo de rogar, ¡por supuesto que sabía que era una chica linda!

Sí, tengo pelaje sedoso y ojos grandes... y patas limpias.

Sí que sí.

Sin embargo, y ante todo pronóstico, Yuri pareció ponerse en buenos términos con Otabek. Llegó contento a la casa y escribió mucho en su diario personal.

Fue cuando a Potya se le ocurrió comenzar a leer el dichoso cuaderno dedicado a Otabek y también el diario privado de Yuri para ponerse al día con todo lo sucedido ya que pasaba la mayor parte del día disfrutando del sol en la ventana y viendo los pajarillos volar entre los árboles, comiendo y deambulando por allí. Se enteró de muchas cosas que se perdía mientras pasaba el tiempo allí y Yuri reuniéndose con Otabek.

¡El diario de vida de Yuri era la mejor novela que había leído nunca! era ese momento en que agradecía a Yarina por haberle enseñado a leer.

Pero lo mejor -sin duda- era ver a Yuri llegar cada día más feliz a casa. Potya sentía su pecho caliente cada vez que veía la sonrisa de su persona favorita, eso era todo para ella. Yuri olía como a flores y a sol cuando estaba feliz y esa mezcla la hacía querer revolcarse en su pecho cada vez que lo tenía cerca, ¡ah, qué buena era la vida!

¿Por qué hueles así? le preguntó un día la minina a Yuri.

— ¿Así cómo?

Lo olisqueó nuevamente con su naricita y lo miró curiosa, algo confundida. Nunca había olido algo similar. No era malo, pero era extraño.

Hueles a Otabek y a césped y a sudor y algo más... algo raro, lo miró preocupada, ¿se golpearon otra vez?

La cara de Yuri se puso roja hasta las orejas y negó con la cabeza mientras terminaba de preparar su tostada. Potya no comprendió, ¿por qué Yuri se ponía así? mucho menos comprendió cuando el rubio cojeó hasta la sala y suspiró al sentarse en el sofá con una pequeña mueca ¿de veras no se habían golpeado?

— ¡Ya deja de mirarme así, Potya! — exclamó Yuri con la boca llena, nervioso y la cara aún roja.

...

El día en que Potya vio a Otabek llegar a la casa junto a un animado Yuri, dio un salto.

Estaba bien que ellos se reunieran en el río, pero, ¿qué hacía Otabek allí? ¿acaso Yuri lo había traído ahí para vivir juntos? ¡se negaba a compartir su cojín con Otabek!

— Otabek está de visita, no es malo.

Oh. Eso cambiaba un poco las cosas.

Y Potya supo que podía relajarse alrededor de él cuando no vio nada más que chocolate derretido en los ojos del muchacho cada que miraba a su Yuri.

Fue Potya la primera en enterarse que Otabek quería a Yuri cuando este comenzó a desprender ese dulce aroma que Yuri también desprendía cuando hablaba del muchacho que le robaba el sueño.

Ese era un buen aroma. Ese aroma le gustaba a Potya, suave, cálido y cariñoso; como a pradera y a rosas.

Por ese motivo aceptó a Altin como un visitante regular.

No obstante, como la vida de Yuri era una novela, ella no se sorprendió mucho cuando Otabek descubrió el cuaderno donde había información de él y se había enfadado por ello.

A Potya le habría gustado odiar a Otabek por hacer llorar nuevamente a su Yuri, pero sabía que su dueño tenía algo de culpa por no haberle dicho la verdad a Otabek y dejarse consumir en un pánico mudo cuando el chico le pidió explicaciones.

Le llevó un grillo para animarlo, pero Yuri gritó asustado cuando lo vio. Intentó hacerle el desayuno, pero solo hizo un desastre la cocina. Cuando Yuri le pidió ayuda para plantar su girasol, ella no se pudo resistir a comerse un pétalo.

— ¡No hagas eso, Potya! — le dijo Yuri.

Pero, en su defensa, ese amarillo pedía a gritos un mordisco.

Se sorprendió cuando vio a Otabek llegar hasta allí, traía un olor a preocupación que nunca antes Potya había olido, era demasiado pesado y le hizo daño en la nariz.

Lo que prosiguió fue realmente interesante. Yuri lloró, Otabek lo abrazó, hablaron y luego juntaron sus bocas. Como muchas otras cosas, Potya no comprendió ese gesto, ¿por qué unían sus bocas? ella no sabía que las bocas fueran comestibles, ¿no se hacían daño? ¿acaso no compartían babas? ¿eso era higiénico? ella usaba su lengua para limpiar su pelaje, ¿ellos se estaban limpiando la boca? ¡no lo entendía! esos dos eran tan raros.

Cuando Otabek volvió a proponer el plantar el girasol de Yuri, dijo algo que a Potya le agradó.

— Y ella ha estado cavando desde hace rato. — refiriéndose al hoyo que ella hizo con tanto esfuerzo.

¡Oh! ¡lo notó! pero qué agradable sujeto.

— Mira tus patas, Potya. Tendré que darte un baño.

¡Aish! ¡tonto Yuri! ¿es que no había visto su duro esfuerzo?

¡No me bañaré!

Y a pesar de que Yuri la bañó de todos modos con agua y jabón, muchos momentos en adelante fueron muy agradables tanto para Yuri como para ella.

No se cansaba de ver a Yuri feliz, hasta sentía ganas de que Yarina y Yuriri pudieran ver a su descendiente, ¡qué bonita era su sonrisa! Yuri era el chico más guapo de todos y Potya estaba orgullosa de ser su chica.

Otabek comenzó a agradarle mucho más, el chico era agradable con ella e incluso le había regalado un lindo cepillo para que Yuri pudiera cepillar su largo pelaje.

¡Gracias, Beka! purreó una tarde mientras Yuri la cepillaba y ella se deshacía en ronroneos.

Yuri había soltado una sonrisa y Otabek lo miró curioso.

— Potya acaba de agradecerte por el cepillo.

Otabek sonrió y le hizo cariño tras los bigotes. Potya se sintió en el cielo ese día.

Cuando conoció a Ori y a Bibi, fue flechazo instantáneo para ella. Qué niñas tan amables, siempre le hacían cariño cuando la veían, le encantaba eso (siempre y cuando no se hiciera mención de su ligero sobrepeso).

La vida no podía ser mejor. Yuri feliz, días soleados, muchas siestas, mucha comida, mucha alegría, muchas caricias para ella, ¡oh, qué lindo era ser un gato!

Por ello se sorprendió cuando una noche distinguió los olores de dos desconocidos. Un olor que no le agradó, olía a leche descompuesta y a malas intenciones; nunca había olido algo tan malo como eso, era como una estela negra de malos sentimientos.

Yuri, con su agudo instinto, también los había detectado y se había puesto en alerta.

Cuando Potya vio que la desconocida chica intentaba tocar a Yuri, ella no se lo permitió, ¡sobre su cadáver dejaría que la leche descompuesta tocara el olor a miel de Yuri! ese día luchó con toda su fiereza contra esa mujer, repartiendo rasguños y mordidas a diestra y siniestra.

¡Yuri, corre!

Pero Yuri fue testarudo y se negó a dejarla sola.

Recibió un empujón muy fuerte y fue azotada contra la pared con mucha fuerza. Sintió su cuerpo doler mucho y el aire se le fue de los pulmones asustándola mucho por unos instantes, ¡no! eso no podía estar pasando ¡ya no estaba en el río! y por sobre todo, ¡no podía perder! ¡tenía que proteger a Yuri!

Con dolor, volvió a lanzarse sobre la chica, pero esta volvió a tirarla lejos y poco a poco ella sintió que su cuerpo ya no tenía más energías. No quería, ¡de verdad no quería! pero terminó por desmayarse.

Potya razonó, mucho tiempo después, que ella hubiera muerto de no ser porque quiso quedarse con Yuri, porque quería asegurarse de que Yuri se había salvado, porque no quería que su corazón dejara de latir hasta ver a Yuri sonriendo nuevamente.

Yuri era su eterno sol y ella se rehusó a marcharse.

Potya estaría por siempre agradecida con Otabek por salvarlos de las manos de esos horribles cazadores con olor a leche descompuesta.

Lo que siguió fue muy confortable. Fue nuevamente el centro de atención mientras se recuperaba de sus heridas. Bibi y Ori siempre le decían "linda gatita" y le hacían mucho cariño en su suave pelaje, Yuri se recostaba con ella y tomaban siestas juntos y Otabek le daba raciones de pescado cocido ¡pescado cocido! ¿pueden creerlo? Potya no podía, ¡eso era casi tan bueno como la leche!

Si esos tres hermanos eran siempre tan amables con ella, entonces no tenía ningún inconveniente con compartir su cojín con ellos. Potya sentía que los quería. Siempre había pensado que serían Yuri y ella, pero ese cálido hogar con más personas no estaba nada mal.

Qué bueno era estar viva.


Su vida había sido buena. Como en todas las vidas, hubo tragedias y alegrías, y Potya era feliz de que en su vida hubieran existido más alegrías que penas.

Esos años viviendo con Otabek, Bibi, Ori y Yuri habían sido los mejores. Eran una gran familia y ella siempre estaba llena de mimos, atenciones y mucha comida. Gracias a ellos su vida había sido confortable y longeva.

Aquel día de junio se levantó un poco cansada de su cojín favorito. Se estiró con pereza y se sentó a observar la sala vacía. Miró por la ventana. Ya pronto sería verano.

Se paseó por la cocina a comer un poco de sus galletas y a tomar un poco de leche. Deliciosa leche. Se relamió y se volvió a estirar dando un gran bostezo.

El sol comenzaba a salir, pero todavía era muy temprano para todos en el hogar. Escuchó el sutil silbido de los árboles. Le gustaba ese sonido, el bosque siempre había sido un lugar tan lindo y relajante.

Su cuerpo pesaba, pero su corazón era como una pluma.

Había tenido una buena vida.

Pasó a la habitación de Bibi y Ori. Le lamió las manos a Ori.

Gracias por siempre hacerme cariño.

Chocó su nariz con la frente de Bibi.

Y gracias por siempre darme comida bajo la mesa.

Saltó, salió e ingresó a la habitación de Otabek y Yuri. Se recostó a un lado de Otabek unos minutos, mirando el semblante tranquilo del hombre al dormir.

Eres el porqué Yuri podrá sonreír hasta que se vaya en el sueño eterno y estoy tan agradecido por lo feliz que lo haces, que siento que te quiero, Beka.

Frotó su mejilla con el mentón de Otabek y le dedicó su más bonito ronroneo.

Seguido, se pasó al lado de Yuri y suspiró. Lamió la mejilla del muchacho y maulló bajito para que le hiciera lugar entre sus brazos.

— ¿Potya? — preguntó el chico con voz bajita, fregándose los ojos.

Yuri se demoró unos segundos en despertar del todo y hacerle un lugar entre sus brazos y la manta. La miró con curiosidad una vez ella se recostó, sus ojos verdes siempre tan bonitos.

Potya lo miró con paz y pestañeó lento.

No hubo palabras, ni maullidos. Solo una mirada.

Se entendieron a la perfección.

Yuri la observó fijamente y sus ojos se llenaron de lágrimas. Apretó los labios.

Me tengo que ir, Yuri. Me están llamando.

A Yuri se le escapó un sollozo de los labios y las lágrimas rodaron por su nariz hasta perderse entre sus desordenados cabellos. Su pecho ardió con tristeza. Comenzó a temblar y abrazó a su amiga firme contra su pecho.

— No te puedo retener, ¿cierto? — preguntó trémulo.

Potya lamió la punta de su nariz, sintiendo que las fuerzas la abandonaban poco a poco.

No. Yuri no podía retenerla. Era la ley de la vida.

Seré parte del bosque, ¿cierto, Yuri?

— S-sí, Madre Yuriri te recibirá en el bosque.

Eso suena bien. Me gusta el bosque.

— A mí también.

Se volvieron a mirar en silencio.

Yuri, ¿me sonríes? me gusta tanto cuando sonríes.

Eso apretó el corazón del rubio. Tragó el nudo en su garganta y sus ojos resplandecieron cuando curvó sus labios en una preciosa y triste sonrisa para Potya.

Ella suspiró. Sí. La sonrisa de Yuri era la más bonita del mundo.

— Potya, yo... yo te amo tanto — susurró el chico.

Yuri, ronroneó con sus últimas fuerzas, fui una gata muy afortunada.

— P-Potya...

Eres lo más bonito de mi vida...

— Tú también, gracias, Potya, por todo. E-Eres mi más leal amiga — sollozó el muchacho con el corazón pequeñito.

La respiración de Potya se hizo cada vez mas pausada y pestañeó cada vez más lento. Sus ojos azules apagándose. Y la minina suspiró por última vez, con Yuri siendo su última vista, su último pensamiento. Yuri siendo su todo hasta el final.

El pecho de alguien amado siempre sería lugar de protección y amor.

Otabek despertó alertado por los fuertes sollozos de Yuri. Se reincorporó asustado y miró al chico bañado en lágrimas, abrazando a Potya que parecía sonreír con su cabeza acurrucada bajo el mentón de su chico favorito.

Bibi y Ori lloraron mucho cuando se les dijo que Potya había abandonado ese mundo. Ni Otabek pudo contener un par de lágrimas que bajaron por sus mejillas mientras cavaba la tumba de la minina.

Las lágrimas no cesaban de bajar en el rostro del lazo más preciado para la minina.

Bibi entró a la casa y salió con un platillo de leche en las manos. Lo puso a los pies de la tumba de Potya.

— Para que pueda beber leche en el más allá — dijo mirando a Yuri.

Yuri soltó una pequeña sonrisa. Ambas niñas abrazaron al rubio y Otabek repasó sus brazos alrededor de sus hombros.

— No creo que lo necesite, a donde quiera que vaya de seguro tendrá toneladas de leche — dijo Otabek.

— Potya correrá por praderas llenas de vacas lecheras — añadió Ori.

Yuri volvió a soltar una sonrisa y apoyó su cabeza en el hombro de su pareja. Su corazón siendo acariciado por los brazos de su familia.

Cierto. Familia.

Yuri se enjugó las lágrimas y sonrió a la tumba de su compañera llena de bellas flores blancas.

Su cuerpo se haría tierra y hojas. El bosque la haría parte de él.

— Sí, mi chica va a reunirse con su familia.

Suspiró y pudo jurar escuchar un último maullido en lo profundo del bosque.

Potya fue su lazo más fuerte. Había sido su compañera y escudera. Era su amiga más preciada, como parte de su alma. Jamás olvidaría todo lo que había hecho por él y se sentía orgulloso de saberla su chica, su partidaria, su única y más amada gata. Potya había dedicado su vida a él y él la llevaría en el corazón hasta el final de sus días porque sus rugidos estaban unidos hasta el final de los tiempos.

Sería triste no verla nunca más en el hogar, pero ahora formaría parte de todo el bosque, junto con su madre, junto con su abuela, junto con todos sus antepasados y la propia familia de la minina. Y no había lugar más digno para ella que allí, con Madre Yuriri.

Fui una gata muy afortunada.

Y Yuri había sido un chico muy afortunado por tenerla en su vida. Potya sería por siempre su eterna compañera.

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Todo fue negro y de un segundo a otro todo volvía a ser blanco.

Fue extraño, se sintió volar por los aires, pero muy suavemente. Tenía paz en su corazón.

Cayó. Pegó los pies en el piso. Su nariz olía a bosque. Abrió los ojos.

Marrón y blanco, ojos azules y gentiles, un pelaje largo y bien aseado. Sus hermanitos más pequeños jugueteaban alrededor de su madre que la esperaba bajo un bello árbol de grandes hojas verdes.

Potya sintió su corazón acelerado.

¡Mamá!

¡Su madre estaba allí!

— Te has demorado mucho, Potya, ¿tú y mi hijo han tenido muchas aventuras?

Potya miró emocionada de dónde provenía esa voz. Yarina la miraba sonriendo a un lado del bosque, su cabello dorado largo y su porte alto, seguía tan bella como cuando la conoció. ¡y Yuriri estaba allí también!

— Vamos, nena, cuéntanos todo, tenemos mucho tiempo para ponernos al día. — la instó Yuriri, acercándose junto a su hija a su madre y a sus hermanos.

La alegría bañó su alma llena de tranquilidad y renovación, como si volviera a ser la misma chica joven de años atrás.

No te preocupes por mí, Yuri. No temas en demorarte, vive mucho. Nosotros tenemos todo el tiempo del mundo para esperarte.

Maulló emocionada y corrió a reencontrarse con sus más amados.

Madre Yuriri era bondadosa.


¡Muchas gracias por haber leído! espero que hayan disfrutado la lectura hasta el final =D