Después de perder la guerra, los aliados se repartieron nuestros territorios...y a nosotros mismos. Durante veintiocho años un muro nos separó a mi hermano Prusia y a mí. Veintiocho años sin vernos, sin poder comunicarnos el uno con el otro. Hasta que nuestro pueblo, a uno y otro lado, tomaron sus herramientas y su valor y salieron a derribarlo. Era el nueve de noviembre de 1989 cuando Prusia y yo volvimos a abrazarnos. La fiesta duró días. No nos separamos en mucho tiempo. Pero desde mucho antes de que comenzara todo el asunto del One World Nation Movement no veía mucho a mi hermano.

Cuando volví a verlo, acompañaba a mis secuestradores.

— ¿Y qué ha venido a hacer aquí Blancanieves?

— Oh, vamos, G, eso es racista.

— Eh, él a mí me llama Hombre de Leche, ¿eso no es racista?

— Está aquí para decidir qué hacemos después de lo de América.

— ¿Qué ha pasado con América?

— Hemos perdido el continente. El yanqui ha entrado con sus hombres y ha tiroteado el lugar.

— ¿Qué? ¡Me cago en todo!

— Por eso hemos convocado a nuestros hermanos africanos y asiáticos. Para organizarnos y decidir nuestra respuesta.

— Mi respuesta sería una patada en los cojones a esos cerdos.

No podía ver nada. Me habían puesto una capucha negra por encima. Pero podía escuchar. Y no eran alucinaciones mías: una de las voces que oía, quizás la que más sobresalía, era la de mi hermano.

Estaba aún aturdido. Me habían movido con la delicadeza con que uno maneja un saco de patatas. Esa mujer judía aprovechaba cada ocasión para golpearme y pisotearme. El hombre con la máscara del Pato Donald...era evidente que estaba emocionado por estar tan cerca de una nación, porque no hacía más que tocarme y echar su aliento sobre mí. Terriblemente incómodo. Y Prusia...¿Qué demonios hacía Prusia con ellos?

Cesó el traqueteo. Me sacaron a la fuerza y entonces volví a ver. Solo una bombilla iluminaba el lugar donde nos encontrábamos, y me cegó.

— Míralo. Parece bueno, y todo.

Me costó un poco volver a ver. Para entonces, pude distinguir que la figura que tenía enfrente pertenecía a Prusia, que me miraba con las manos en las caderas, sonriendo con suficiencia.

— Id tranquilos, ya me encargo yo de éste.

— No te olvides de lo que te he dicho.

— Descuida.

Cerraron la puerta y yo me quedé a solas con él.

— ¡Prusia! ¡¿Qué te crees que estás...?!

Prusia se apresuró a hacerme callar con una serie de gestos exagerados.

— ¡Cállate! ¡Tú no me conoces, ¿vale?!

— ¿De qué va todo esto? ¡Como sea una de tus bromas pesadas con tus amigotes...!

— Esto no es una broma, es algo muy serio...Me he metido de lleno dentro del movimiento...

— ¿Qué?

— ¡Esta gente va de culta y de iluminada, pero no tienen ni idea de qué es Prusia! Estoy muerto para el mundo, ¡y he encontrado la forma de sacarle partido! No podía quedarme quieto, ¿vale? Esos hijos de puta han matado a Austria. Están a punto de hacerle lo mismo a España. No hacen más que joder a Francia y han conseguido hundirle el espíritu. Quiero la revancha...

— ¿Y por qué no me ha informado el gobierno sobre esto?

— ¡Pfft! ¡Pues porque no lo saben! No voy a implicar a ningún gobierno. Esto es asunto mío. Sin burócratas de por medio. Como en los viejos tiempos.

— Es una locura, ¿y si te descubren?

— Eso ya lo veremos. Mira, ¡e-estoy cerca de Liechtenstein! ¡Estamos de camino a Islandia! ¡Ahí es donde la tienen! ¡Llegaré hasta ella y la sacaré de donde la tienen! Tú solo...tienes que seguirme el rollo. Tienen pensado usarte para fastidiar a la Unión Europea. Te golpearán un poco más. Es posible que hasta te corten una oreja y se la manden al canciller por correo. Pero estamos cerca de acabar con estos tipos.

— Todo lo que estás diciendo es un delirio y va a acabar mal.

— Eso, tú dame ánimos—gruñó, y no pudo decir más porque entró una mujer a la habitación, de raza negra, que se me quedó mirando.

— Vaya bombón.

— Casi da pena cortarlo en trocitos, ¿eh? —sonrió Prusia, cambiando completamente de tono para dirigirse a ella.

— Sí. Si no fuera un país, podría hacer una bonita carrera de modelo.

La mujer se acercó a mí.

— ¿Sabes por qué estás aquí, República Federal de Alemania?

— Sí.

— Bien. Queremos que sepas que esto no es personal.

— No lo piensan así algunos de sus colaboradores.

La mujer sonrió.

— Uno no puede arrasar Europa y causar un genocidio sin grajearse unas pocas enemistades. Sé que has sido un niño buenos estos años. Una importante figura en la Unión Europea. Una buena influencia. Por eso me da un poco de pena que ahora tengas que desaparecer. Pero así es la vida. Para crear algo nuevo, hay que derribar lo viejo.

— Justo lo que le echan en cara a ciertos países y religiones.

— A nosotros no nos mueve la codicia ni el afán de supremacía. Solo queremos el progreso de la humanidad. Un mundo donde no haya diferencias, donde no haya razón por la que pelearse, donde el habitante de Uganda tenga las mismas oportunidades de progresar que el de Finlandia. No lo comprendes, claro, pero...

— Lo entiendo perfectamente. Esa historia la he oído muchas veces.

— Dime una cosa, ya que ha tenido una vida tan larga que ha tenido la oportunidad de oír tantas cosas: ¿ha pensado alguna vez en lo que te espera cuando termine? ¿Qué crees que ocurrirá contigo? ¿Te reencarnarás en un ser humano de verdad, en el mundo que crearemos? ¿Irás al cielo? ¿Al infierno? Me pregunto si las naciones como tú tenéis alma que alguien pueda juzgar. O quizás...la nada. El sueño eterno.

— Señora, pese a lo mucho que me gusta la filosofía, solo hay una pregunta que interesa: ¿qué han hecho con Liechtenstein?

— No te preocupes por ella. Está a buen recaudo.

— Ella no les ha hecho nada a ustedes. Es solo un principado. Métanse con alguien que realmente sea una amenaza.

— Esto no va de eliminar a los que hayan sido malos. Va de recoger las piezas y empezar de nuevo. La niña nos ha dado una información bastante útil: parece ser que las naciones tenéis un factor de curación que hace comprender por qué en otros tiempos más ingenuos se os consideraba dioses. Me han pasado vídeos y fotografías que me han dejado de piedra, francamente.

— Hacerle daño a una niña indefensa...

— Bueno. Míralo así: de niña solo tiene la apariencia. Igual que tú de hombre.

— Mierda, M...

La mujer se volvió hacia Prusia.

— ¿Qué ocurre?—le preguntó.

— Los de África. Rusia los ha cabreado mandando tropas a Senegal y Kenia. ¿Y qué han hecho ellos? ¡Están intentando asaltar el Kremlin!

Se olvidaron por un rato de mí mientras miraban absortos la pantalla del móvil de Prusia. Intenté captar algo, pero solo oía una cacofonía, un alboroto inmenso, con gritos y ¿disparos?

— ¡Los están disparando con fuego real!—exclamó la mujer.

— Bueno, los africanos tampoco se están andando con chiquitas, ¡joder, que ese cóctel ha explotado en la fachada de la catedral!

— Dios mío, no, todo está saliendo mal...

La mujer soltó un gruñido, apretando el puño cerrado contra su boca.

— Tengo que hablar de inmediato con C...—murmuró antes de salir corriendo.

Volvimos a quedarnos solos Prusia y yo.

— ¿Qué está ocurriendo?

— Sabes que el Triunvirato, América, Rusia y China, se han repartido el mundo como si fuera una tarta, ¿no?

— Solo eran rumores...

— De rumores nada: ya no se esconden. América se encarga de toda América del Norte y del Sur, incluyendo Groenlandia; China de Asia y Oceanía y Rusia de Europa y África. No sé qué coño pretenden, pero han hecho mucha pupita al movimiento y a todo el que se encuentran. Acabamos de enterarnos de que América ha acabado con el movimiento en su continente y que Rusia ha amenazado a África, y se ve que no les ha gustado. Han reunido un grupo bien grande y están intentando asaltar el Kremlin. Rusia ha sacado su ejército para reprimirlos, ¡está siendo brutal! ¡Ahí hay muertos, fijo! Mira, Rusia está hablando en directo...

Después de comprobar que no había moros a la vista, se acercó a mí para mirar la pantalla de su móvil juntos.

«No voy a decir nada». Decía Rusia. Sonreía. Dios mío, esa sonrisa, que vi mientras me destruía, mientras me desgarraba, mientras me masacraba. «Tan solo...que lo que nos den lo devolveremos multiplicado...Me parece una buena idea, ¿no creen ustedes?». Y con estas desapareció por un pasillo. Serbia estaba junto a él, y, a juzgar por la expresión de su cara, no parecía muy cómoda.

— Esto no va a acabar bien...—dijo Prusia.

Y quiso decir más, pero se oyeron pisadas y tuvo que volver a interpretar su papel de carcelero.

Me dio un puñetazo en toda la boca.

— ¡Eh!

— No te salgas del guión—me advirtió antes de decir en voz más alta, cuando ya estaba entrando gente—. ¡Toma esa, pedazo de mierda! ¡Así aprenderás a contestar!