CAPÍTULO XXIV
STILL THE SAME
«You're still damn good
No one's gotten to you yet
Everytime they were sure they had you caught
You were quicker than they thought»
Humo, botellas vacías y decadencia era lo único que quedaba de aquel glorioso sábado. Hacía exactamente un año y tres meses, James lloraba la muerte de su padre. Tres meses era exactamente lo que faltaba para que yo perdiese al mío por segunda vez.
Hogwarts parecía un recuerdo lejano; ahora éramos adultos. Adultos borrachos a las tres de la mañana.
Peter hacía una hora que se había encerrado en el cuarto de baño y James dormitaba encima del sofá. Remus y yo mirábamos ensimismados el televisor; yo sin terminar de entenderlo, él preguntándose por qué coño nos habíamos gastado tanto dinero en esa supina tontería.
—¿Pete? —gritó Remus.
—¡Vivo! —se le escuchó responder.
James se despertó de un brinco por tercera vez.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Cinco minutos —contesté.
—¿Qué?
—Que solo han pasado cinco minutos… ¡Peter, sal de ahí! Tengo que echar un meo.
Me levanté, trastabillé y caminé hasta el baño haciendo eses.
—¿Cómo hemos acabado así, tío? Antes molábamos.
Quizás aquella no había sido la mejor forma de recordar aquellos gloriosos dieciséis años, quizás seguíamos siendo aquellos chavales estúpidos que un fatídico día de invierno juraron ser amigos para siempre.
—Joder, qué gusto —rumié a la vuelta—. Bueno, chavales, esto parece el funeral de mi abuela. O hacemos algo, o nos vamos a sobar.
—Yo voto sobar —se apresuró a contestar James.
No esperé invitación para abalanzarme encima de mi amigo.
—¡No! —consiguió articular el otro entre risas—. No, joder, eso no vale, cosquillas no. ¡Sé un buen chucho!
—Soy un chucho cojonudo.
—Voy a pedirle a Lily que se case conmigo.
Una bomba. Aquello había sido una puta bomba puesta en medio de la habitación.
—No creo que sea algo que debas decidir borracho, James —intervino Remus con un profundo ceño fruncido.
—Lo llevo pensando desde el momento en el que llegó la carta de la Orden —explicó—. No quiero morirme y no estar con ella, es simple.
Dumbledore nos había dejado disfrutar de nuestra última noche en Hogwarts siendo niños. A la mañana siguiente, se nos informó de que no volveríamos a Londres en el Expreso.
«No quiero que parezca que os estoy reclutando. No quiero que parezca que os espera una guerra, pero la Orden del Fénix os necesita».
Esas fueron sus palabras. Soy consciente de que la mayoría de mis compañeros se tomaban aquello como un halago. Sé que otros muchos temían por aquel compromiso. Yo me preguntaba cuánto tardaría en enfrentarme a alguien de mi familia.
«Pondremos fin a la guerra», había asegurado nuestro líder. Segundos después nos tomaríamos aquella foto, orgullosos de formar parte del bando correcto.
Faltaba un año para que los mortífagos convirtiesen a Frank y a Alice en las primeras víctimas. Ni siquiera les mataron. Bellatrix. Rodolphus. Rabastan. No me sorprendió escuchar aquellos nombres ligados al crimen.
En San Mungo descubrirían que Alice estaba embarazada.
—Sirius —prosiguió James—, quiero que seas nuestro Guardián Secreto. No quiero que nadie descubra dónde vivimos. Debemos proteger a Lily sobre todas las cosas, antes de que vayan a por todos los nacidos de muggles.
—Lily no te ha dicho que sí —dije encogiéndome de hombros.
—Pero lo hará. Y eres tú el que no me puede decir que no.
—Está bien —asentí.
—Puestos a hablar de la guerra —dijo Remus—, Greyback es un nombre que se empieza a hacer eco. Dicen que está formando un ejército de hombres lobo, así que es muy probable que en los próximos meses tenga al Ministerio siguiendo todos mis pasos.
—O sea, que tenemos al lobo, al traidor, al amante preocupado… ¿Peter? ¿Algo que quieras añadir? ¿Hay un ejército de ratas dispuestas a seguir a «Quien-tú-sabes»?
—Segurísimo —respondió.
—No es asunto para bromear —nos reprendió Remus.
—Sí, lo es. Todo lo es. ¿No has oído hablar de humor negro, Lunático? —me carcajeé.
»Sinceramente, teníais razón; lo mejor hubiera sido irse a dormir.
James se fue a la cama, Remus y yo nos acurrucamos en el sillón y Peter volvió a agazaparse en el baño.
Lily nos despertó al día siguiente.
—No se os puede dejar solos —dijo con los brazos en jarras y una sonrisa espléndida en el rostro—. Espero que conozcáis los suficientes hechizos de limpieza como para arreglar este desastre.
—James está arriba —parloteó Remus, más dormido que despierto.
—¡Arriba tú! —ordenó—. Venga, que hemos quedado.
Tiró de la manta que nos envolvía y la dejó en el suelo.
—Te odio —balbuceé, escondiéndome en el pecho del chico.
—Yo también te quiero, Bello Durmiente —se agachó, besó mi frente y volvió a su tarea—. ¿Y Peter?
—En el baño —Remus se incorporó y se frotó los ojos. Parecía que intentaba recordar quién era, dónde estaba y por qué coño éramos sus amigos—. Creo que va a tener el estómago para pocas apariciones.
Lily chasqueó la lengua y desapareció de allí.
—¿Con quién dices que hemos quedado?
Caminábamos por las calles de Londres. Lily en cabeza, James unos pasos por detrás.
—Con las chicas. Nos vamos de vacaciones, ¿no es genial? —preguntó ella, ilusionada—. Mary tiene una casita en Broadstairs. Es septiembre y no debería haber demasiada gente. ¡A la playa!
—Odio la playa.
—Cállate, Sirius.
Con lo que no contaba era con que mi mejor amiga, Marlene McKinnon, también estuviera invitada.
—¿Qué hacen aquí? —Se ve que ella tampoco había pensado en mí.
—Lo hablamos ayer —Dorcas salió como nuestra defensora.
—Tú lo dijiste. No preguntaste qué nos parecía al resto.
—¡Marlene! —Mary parecía enfadada—. Basta ya.
—O sea, que te parece bien.
—¡Claro que me parece bien! Son mis amigos.
—No los míos.
—Joder —Si algún día sentí pena por Marlene, ésta fue desapareciendo y convirtiéndose en rabia contenida—. Sinceramente, ¿cuándo piensas crecer? ¿Qué quieres del resto?
Ella guardó silencio.
—Genial, me piro. Así no debería haber ningún problema. Hasta luego, chicos. Avisadme cuando volváis.
Salí del piso de Dorcas sin esperar una contestación.
—¡Sirius! ¡Espera!
Remus corría escaleras abajo esperando alcanzarme.
—¿Y si me quedo contigo?
Una sonrisa surcó mi rostro. Ese chico era lo más bonito del mundo y nadie parecía darse cuenta de ese sutil detalle.
—No hace falta —Rodeé el cuerpo de Remus por debajo de la chaqueta vaquera, levanté su camiseta y acaricié la piel de su espalda. Se estremeció ante el roce de las uñas sobre su dermis—. Además, tengo que ir a Sheffield. Alphard me dejó varias cosas en herencia, entre ellas su casa, y todavía tengo papeleo por hacer.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Cien por cien?
—Mil. Además, no me gusta la playa, ¿recuerdas? Anda, pásatelo bien, ¿vale? Tomaos una cerveza en mi honor.
»Ah, y ahoga a Marlene de mi parte.
—Vale, pero dame un beso.
—Dos.
—Mil.
—Vale.
—Te quiero.
—Y yo a ti. Nos vemos a la vuelta.
