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¿Cómo aceptar lo inaceptable?

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Nevaba y la nieve cubría su cabeza y sus hombros. En algún momento había perdido el abrigo y el frio le estaba congelando la piel y los dedos.

Pero estaba bien.

Caminaba rumbo al castillo, por el mismo camino por el que su clan entro la primera vez. No parecía muy diferente. Sólo había más nieve y uno que otro edificio estaba chamuscado, por lo demás seguía siendo la misma fría y solitaria ciudad que le pareció que era la primera vez que la vio.

Sus pies se hundían hasta las rodillas en nieve. Estaba demasiado exhausta como para correr y saltar por los tejados. En cada paso que daba tenía que empujar nieve, cada paso era un esfuerzo que le quitaba la respiración, pero debido a esa intensa caminata aún no se había muerto de frio…

Así que estaba bien.

Se había hecho un torniquete en el lugar donde la había atravesado la estaca de madera. El frio había congelado la sangre, la carne de alrededor se había puesto azul y le había adormecido todo el antebrazo izquierdo, pero gracias a eso la herida ya no le sangraba y no sentía dolor…

Así que estaba bien.

Su cabello estaba hecho nudos con polvo y astillas, le faltaba un enorme mechón del lado derecho donde se le había enredado con algo y se lo había arrancado.

Pero aparte de eso, estaba bien.

Todas esas heridas se las había hecho cuando su cara atravesó unas cuantas paredes. Durante la caída no se había hecho más que unos rasguños, una especie de campo invisible la había protegido, cortesía de Oshi, supuso Hanabi.

Finalmente logró regresar al castillo, se alzaba negro hacia las nubes grises pintadas de azul marino, señales del anochecer. Esa lanza atravesándole el pecho le daba un aire de ruinas antiguas. Hanabi tenía la sensación de haber descubierto los restos de una civilización extinta, perdida durante las eras, sobreviviente del tiempo y su indiferencia, esperando paciente a que sus secretos fueran redescubiertos por la humanidad.

Oshi estaba en lo alto de las escaleras que llevaban a la entrada principal. Mirando la nieve caer como una estatua de buda. El morado del Rinnegan en sus ojos como los de un ogro vigilando la entrada al inframundo.

Hanabi subió con dificultad las escaleras, se sentó al lado de Oshi y se desplomó en el suelo. Alzó el brazo izquierdo, presumiéndolo como la última bandera en pie de un ejército vencido.

—Me has herido —dijo con voz ronca.

—La orden había sido no herirte mucho —dijo Oshi hablándole al aire.

La cornisa los protegía de la nieve.

—Pues a mí me parece una herida muy grave —dijo bajando el brazo, dejándolo reposar en su vientre junto al otro—. Podría perderlo ¿Sabes?

—Lo dudo mucho pequeña princesa. Su clan tiene buenos doctores y, además, el frio evitara que se infecte.

Hanabi activó su Byakugan y dirigió su mirada al cuarto donde estaban Hinata y Ayumu. Torció la boca. Por más que acercaba su vista telescópica no podía ver nada. Una capa de chakra le impedía ver lo que ocurría en la habitación. Era como estar viendo un cubo de brillante luz plateada flotando en la vacía materia.

—¿Puedes ver lo que sucede ahí adentro?

—No, no puedo ver.

—Si pudieras ver ¿Me lo dirías? —dijo mirando la espalda de Oshi.

—Lo haría. No me prohibieron no hacerlo.

—¿De verdad estás de acuerdo con esto? ¿Qué vas a hacer si los tres se mueren? —dijo mirando la vertical del castillo, la nieve y el cielo pintado de grises y azules cada vez más oscuros.

—Regresaremos a la ciudad lunar y nos pondremos a las órdenes del gran señor Atsushi. Tal y como nos ordenaron.

—¿Es todo lo que te importa? ¿Tus ordenes? ¿Qué tu rey y tu príncipe no nato puedan morir, no te molesta en lo absoluto?

—Si me preguntas lo que siento. Me molesta. Toneri ha sido un buen amo, me entristecería mucho si sus planes no salen como él lo desea. Y no es que mis órdenes sean todo lo que me importa, pero, son lo único que importa. Si no las sigo, el sello en mis ojos se activará reduciendo el Rinnegan a cenizas y llevándose consigo mi cerebro ¿Entiendes pequeña princesa?

—No —Hanabi entendía.

—Así que en realidad no importa lo que yo sienta o que es lo que me importe, no puedo desobedecer mis órdenes. Son mi camino.

—Y qué pasa si un día te ordenan hacer algo horrible, como matar a tu familia ¿Aun seguirías tus estúpidas ordenes?

—Si algo así de horrible algún día llega a pasar. Los abrazaría, les diría cuanto los amo y… —Oshi tomó aire— lo haría, lo haría.

—Eres un monstruo.

—Ellos lo entenderían. Si me niego, además de morir frente a ellos, usarían a mi familia a modo de ejemplo, los torturarían frente a los otros reclutas para que vean el costo de la desobediencia. Al menos en mis manos me aseguro de que tengan una muerte rápida e indolora —el paisaje se volvía cada vez más blanco, el único sonido era el de la nieve caer—. Hay ciertas cosas que son inevitables. Son como el destino, ineludibles, brutales y sin piedad. Suceden lo quieras o no. Esta es una de esas cosas. Lo mejor es aceptarlas y seguir adelante. Tú, tienes suerte de que sólo te pasen de vez en cuando. Mi vida en cambio, es una serie de sucesos inevitables.

—Pues no lo acepto… —dijo Hanabi, negando con la cabeza, llevándose el antebrazo bueno a los ojos y cubriendo sus lágrimas— yo no lo acepto… no puedo… —golpeó la nieve con el brazo malo.

—Lo sé. Es lo que dice todo el mundo, pero al final, con tiempo y a su propia manera, todos terminan aceptándolo, no porque quieran, no por que puedan, no porque deban, sino porque no hay otra opción.