BAILANDO BAJO LAS ESTRELLAS
(To Dance Beneath the Diamond Sky)
Por Kristen Elizabeth
Traducido por Inuhanya
26.- Pase lo que pase
"Baila cada presentación como si fuera la última." -Erik Bruhn
"Sr. Peacecraft! Jake Manheim del Times Arts and Entertainment. Qué piensa del taller de esta noche como un ejemplo de la academia de baile de la compañía?"
Milliardo ignoró los flashes destellando en su cara mientras respondía la pregunta del reportero. "Mi alguna vez buen amigo, Treize, ha probado que es el instructor de baile más prominente en esta ciudad. Su trabajo con los estudiantes ha sido inspirador, como lo hemos visto en las increíbles presentaciones de esta noche. Como un ejemplo del trabajo de mi compañía, no podría estar más orgulloso."
"Sr. Peacecraft, es verdad que su media hermana bailó el papel de Odette esta noche?"
"Sí, lo es."
A su lado, Lucrezia habló donde él no podía. "Ella es una bailarina excepcional, como lo son todos nuestros estudiantes avanzados."
"Entonces…" se les dirigió de nuevo el reportero del Times. "Ella y su compañero están dentro para los roles del próximo año en la compañía?"
"Los nuevos miembros de la compañía serán informados más tarde esta noche." Milliardo sonrió apretadamente. "Eso será todo por ahora, damas y caballeros."
Mientras los reporteros le permitía a la pareja alejarse de su alcance, Lucrezia apretó su mano. "Lo manejaste muy bien."
"No deberían preguntar así sobre Relena," frunció él. "Como si sólo la seleccionara porque es mi hermana."
"La gente siempre sospecha lo peor, querido. Es la naturaleza humana." Ella besó su mejilla dulcemente. "Treize amará lo que dijiste de él."
Milliardo levantó un hombro. "A él le gusta ver su nombre en el Times. Y a mamá le gustará el de Relena. Al menos, le gustará ver 'Darlian' en blanco y negro." Frunció. "Dónde demonios está esa mujer?"
"Probablemente en algún lugar entre su décimo cuarto coctel y el inodoro," respondió Lucrezia. "No puedo creer que después de todo lo que declara haber hecho en el nombre de la carrera de Relena, que estaría tan fuera de control como para perderse de la noche más grande de todas."
Su frunce no se disipó. "No es de ella." Alcanzando en su bolsillo, sacó su celular. "Llamaré al penthouse; tal vez Magda pueda despertarla y traerla aquí antes que salga Relena."
Lucrezia suspiró suavemente, pero no dijo nada más mientras reajustaba el chal alrededor de sus brazos mientras marcaba.
Un minuto después, Milliardo retiró el celular de su oído. "No responden."
"Tal vez envió a Madga a casa esta noche."
Milliardo guardó su celular en su chaqueta. "Tal vez. Yo…"
"Tú qué?" Deslizó su mano en la suya. "Qué pasa, amor?"
"No sé." Él sacudió su cabeza. "No puedo ubicarlo. Sólo siento como si algo no…" Se detuvo, obligándose a sonreír. "Probablemente no es nada." Milliardo miró su Rolex. "Espero que Relena no tome su usual ducha de media hora. Me gustaría salir de esto."
Lucrezia sonrió detrás de su mano. "Tal vez ella y Heero están ayudando a conservar agua…"
Afortunadamente, o tal vez desafortunadamente, no hubo fotógrafos alrededor para capturar la mirada en el rostro del Director del Conservatorio de Ballet.
Relena estaba, sin duda, tomándose su tiempo en la ducha; la cálida presión se sentía muy bien en sus sobre trabajados músculos. Cuando el agua había desaparecido cada dolor, enjabonó su largo cabello con el champú de vainilla favorito de Heero.
Ella cerró sus ojos mientras masajeaba su cuero cabelludo, recordando la vez que había descubierto esa pequeña información. Acostada en sus brazos, la noche después de su cena con Trowa, Quatre y Duo… no pudo dejar de tocar su cabello, hundir su rostro en él, inhalando como si fuera el único aire que podía respirar.
El recuerdo del resto de los eventos de esa noche la acaloró más que el agua enjuagando su cabello. Cerró la llave y alcanzó por su toalla. Envolviéndola alrededor de su húmedo cabello, Relena salió del cubículo, refrescada y más que lista para estar con Heero otra vez.
Sus compañeras ya se habían aseado, obviamente ansiosas por llegar al lobby y esperar el anuncio de Milliardo sobre sus elecciones para los puestos de la compañía. Sonrió. Realmente no importaba más si lo lograba o no. Gracias a Heero, se había probado que era una buena bailarina, tal vez aún mejor que sólo buena. Eso fue todo lo que había necesitado realmente.
Temblando en el frío aire del silencioso vestidor, Relena se secó rápidamente y envolvió su cabello en la toalla. Después de sacar su bolsa de su casillero, se vistió rápido, con un corto vestido Versace unos minutos después. Sus brazos se flexionaron hacia su espalda tan como pudieron para subir el cierre.
Una mano se cerró alrededor de su muñeca. Relena saltó, pero antes de poder hacer algo más, sintió el cierre moverse, cerrando la espalda de su vestido. "Heero?" supuso ella, más que una pequeña esperanza en su voz.
"Te maté," dijo la persona tras ella en plano francés. "Te maté, cher."
Sus ojos se abrieron en completo terror. "Jean-Paul!" El instintó la empujó hacia adelante, lejos de él. Se giró, cerrando una mano en su desnuda garganta. "Oh dios mío…"
"Te maté," dijo de nuevo, sus ojos completamente glazeados. "Puse mis manos justo ahí…" Señaló a donde ella estaba cubiendo su propio cuello. "Y cerraste tus ojos… para siempre."
"Qué estás… de qué estás hablando?" Ella tragó fuertemente. Su temor era tan grande que las palabras del francés apenas era audibles. "Te dije… déjame en paz, o le diré a todos que tú…"
Los ojos de Jean-Paul se cerraron brevemente y cuando los abrió de nuevo, la mirada distante había sido reemplazada con una perpleja, de cierta forma más aterradora. "Pero esta noche estuviste en el escenario. Bailando. Bailando para mi…" Una lenta sonrisa se extendió por su rostro. "Regresaste a mi, cher."
"Estás loco," susurró ella en inglés.
Él sacudió su cabeza, claramente aún más confundido por sus palabras. "Pero lo estás. Estás justo aquí, ma cher. Ma belle…" Jean-Paul dio un paso hacia ella.
"Atrás!" gritó ella. "Hay muchas personas en este edificio…" *Heero está por el corredor,* añadió para sí. "Todo lo que tengo que hacer es gritar y cada una de ellas sabrán qué pervertido y loco eres realmente!"
"Te observé esta tarde, ma petit Relena," continuó, acercándose más. Por cada paso que tomaba, ella daba otro atrás. "Incluso bailando con él, estuviste magnifique! Te observé…" lamió sus labios. "Te ves tan hermosa cuando estás mojada, cher."
"Oh dios…" Su próximo paso fue tan lejano como podría ir; su espalda ahora estaba presionada contra el frío metal de los casilleros. "Heero…"
Los ojos de Jean-Paul destellaron. "No lo llames. Tú eres mía. Regresaste a mi! Sólo a mi!"
Ella cerró sus temblorosas manos mientras cálidas lágrimas descendían por sus mejillas. "Alto! Vete! Por favor… déjame en paz!"
"Ma cher… no podrías dejarme. Incluso en tu muerte." Él estrelló una mano contra un casillero junto a su cabeza. "Eres mía para siempre."
Heero cerró su casillero y alcanzó en su bolsa por un par de medias negras. Sentándose en la banca que se extendía entre las filas, se las puso, sacudiendo su recién lavado y secado cabello. Estaba quemando tiempo, dándole a Relena el amplio tiempo que había pedido para ponerse lo que ella llamada "presentable." Muy francamente, le gustaba como estuviera en cualquier momento particular, perfumada y arreglada o desaliñada y saciada… envuelta en sus sábanas después de…
Ese tipo de celebración vendría más tarde, se recordó, si ella estaba tan inclinada, a lo cual tenía la sensación de que sí. Sólo que esa noche, no iba a dejarla irse antes que saliera el sol.
Después de ponerse sus zapatos, Heero se levantó y tiró de la corbata alrededor de su cuello. Fue un gesto de pura impaciencia; los cuarenta y cinco minutos que había pasado lejos de Relena fueron suficientes. Cerró su bolsa y revisó para asegurarse que su traje estuviera colgado en el lugar apropiado en las perchas del vestidor de hombres, antes de dirigirse hacia las puertas de los casilleros.
Al momento que su mano tocó la barra metálica, la puerta se vino hacia él, abierta desde el otro lado. Heero logró saltar a tiempo antes de que la puerta pudiera entregarle un poderoso golpe a su nariz. Duo y Hilde aparecieron del corredor, tomados de las manos y riendo por algo.
"Oh cielos!" exclamó Duo cuando se dio cuenta de lo que casi había pasado. "Lo siento!"
Los ojos de Heero se fruncieron levemente. "Seguro que sí." Le parpadeó a Hilde. "Ha pasado mucho tiempo." Vieja culpa se renovó en su pecho. "Cómo estás?"
"Estoy bien," dijo ella, sonriendo brillantemente. "Bueno, mucho mejor al menos." Hubo una pausa. "Estuviste maravilloso esta noche, Heero. Tú y Relena."
Él inclinó su cabeza, aceptando el cumplido. "Estaría honrada de escuchar eso de ti."
"Primero le debo algunas disculpas." Hilde aclaró su garganta. "He estado alejada… pero ustedes dos…?"
"Sí!" exclamó Duo, animado. "Y nunca tuve que recurrir al plan C."
"Plan C?" Heero levantó una ceja.
"No deberías estar recogiendo a Relena en este momento?" Continuó el bailarín rápidamente. "Apuesto que está esperando por ti."
Heero asintió, moviendo la tira de su bolsa que descansaba sobre su hombro. "Todos ya se fueron de aquí, así que ustedes dos pueden hacer todo el ruido que quieran. Las paredes son a prueba de ruido."
Un sonrojo encendió las mejillas de Hilde; Duo simplemente giró sus ojos. "No es como si podamos hacer algo que humedezca su yeso." Su avergonzada mirada se desvió hacia él. Captando las furiosas notas en ella, Duo intentó reír. "Me daré mi ducha ahora…"
Su mano hizo fuerte contacto con su firme trasero después de plantarle un beso en su mejilla en su camino hacia las duchas. Heero ya estaba afuera de la puerta, dirigiéndose hacia los vestidores de las chicas.
Trowa pasó sus dedos por los sedosos rizos de su novio mientras descendía de la cima a la cual lo había enviado la talentosa boca del joven. "Quatre…" murmuró. "Je t'aime."
"Y yo, a ti," respondió Quatre, levantándose y sacudiendo sus rodillas mientras Trowa se acomodaba. El oscuro rincón del área de bastidores era el lugar perfecto para una rápida cita, pero la naturaleza remilgada de Quatre había comenzado a dominar, y el temor de ser atrapados no pareció más tan excitante. "Debemos irnos, mon'aime. Quiero ver a nuestra Relena."
Después de reajustar todas las prendas de ropa en las que Quatre había hecho un buen trabajo en desabrochar, Trowa tomó la mano de su novio y besó su revés apasionadamente. "Pero no te he hecho gritar mi nombre, Pequeño."
Quatre tomó la mejilla de Trowa. "Despues. Prometo que…" Él se detuvo de repente al escuchar pasos detrás. Ambos jóvenes miraron justo cuando Heero salía a la luz de la puerta cercana que conducía a las alas.
"Pensé escuchar voces." Heero se movió hacia ellos. "Están perdidos?"
"No estamos perdidos," respondió Quatre, pasando una mano rápidamente por su boca para borrar cualquier posible evidencia de su acto sexual. "Pero gracias."
"Quatre, cierto?" Heero le asintió a la pareja. "Si están esperando por Relena, justo iba a recogerla."
La mano de Trowa se presionó en la suya. "Entonces esperamos en el lobby." Le sonrió al novio de su amiga. "Trowa y yo disfrutamos de tu baile esta noche."
Heero asintió. "Lo aprecio." Retrocedió un paso. "Los veo luego entonces."
Una vez que el bailarín americano se fue, Quatre dejó escapar un respiro contenido. "Creo que mi inglés está mejorando mucho," le dijo a Trowa, sonriendo.
Su novio lo besó de repente. "Todo lo que haces es perfecto, Pequeño."
Miedo, frío e intenso, golpeó a Heero cuando se detuvo en frente de las puertas del vestidor de chicas. Se paralizó por un momento, gotas de sudor se formaron a lo largo de su línea de cabello. El corredor de bastidores estaba vacío y en silencio, pero dentro de su cabeza, miles de voces le gritaban por razones que no podían entender.
"Relena," dijo de la nada. Heero tragó y cerró su mano alrededor del pomo metálico de una puerta. Con un fluido movimiento, la abrió. "Relena!"
Lo primero que escuchó fue un amortiguado gimoteo y el sonido de algo golpeando un casillero en el lejano costado de la habitación. El sonido se hizo más fuerte.
Entró en el salón con pies adormecidos. "Relena! Dónde estás?"
Hubo otro gimoteo, incluso más fuerte y más extenso; un escalofrío bajó por su espina. Pero no fue nada comparado a la sensación en su estómago un momento después cuando su voz llamó por él. "Heero! Ayúdam…" Fue callada abruptamente.
Su bolsa golpeó el piso y él arrancó a correr por la masa de casilleros. "Relena!" Su grito hizo eco por las paredes. "Voy, Relena!" Ella había resbalado y caido. Se había lastimado. Estaba adolorida. Estaba muriendo. Demasiadas visiones de la forma en que podría encontrarla lo golpeaban desde cada oscuro rincón de su mente.
Con ninguna de esas imágenes habría sido más fácil tratar que lo que vio al girar en la esquina final.
Él la tenía en el piso, su cabeza levantada con la pata de la larga banca de madera. Aunque Heero podía ver mucho alrededor del cuerpo de su atacante, pudo ver que el vestido de Relena había sido rasgado por el frente. Un seno yacía expuesto. El hombre sobre ella mantenía sus muñecas cautivas debajo de la banca. Eran sus piernas las que habían logrado separar las piernas de Relena; ahora yacía entre ellas, su mano libre trabajaba en la cremallera de sus pantalones.
La cabeza del hombre se giró al sentir la repentina presencia de Heero, su rostro muy reconocible. Gruñó como un animal asustado. "Vete!" ordenó en francés. "Queremos estar solos."
Heero no hablaba una palabra de la lengua, pero entonces su comprensión del inglés no era así de grande en el momento. Todo su cuerpo de seis pies de jóvenes músculos temblaban incontrolables. "Aléjate de ella," dijo él, su voz punzaba con rabia. "Antes de que te mate."
"Heero…" susurró Relena, lágrimas caían en los enredados y húmedos mechones extendidos alrededor de su cabeza.
Jean-Paul pareció entender las palabras del joven; removió su mano de entre sus cuerpos, pero no liberó sus muñecas. "Ella es mía," dijo en inglés. "Regresó a mi!"
Sin desperdiciar otro segundo en palabras o ideas, Heero se precipitó, agarrando al francés por la chaqueta negra en su espalda. Como si pesara no más que un simple ladrillo, Heero lanzó a Jean-Paul del cuerpo de su novia, tomando mucha satisfacción cuando el hombre golpeó el estante de casilleros y aterrizaba en el piso.
Su rabia cambió a preocupación en cuestión de segundos. Heero se agachó para levantar a Relena. "Estás bien?"
Sus piernas estaban muy inestables para sostenerse sin su apoyo. No podía hablar a través de sus sollozos; sólo podía recostarse contra él y llorar. Mientras la sostenía, tiró de su vestido sobre su seno descubierto. "Shh…" alivió él, lo mejor que pudo. Por el rabillo de su ojo pudo ver a Jean-Paul levantándose lentamente. "Espera, linda." Guió a Relena al lejano extremo de la banca. Ella se aferró a él frenéticamente. "Tengo que ocuparme de algo."
Cuando había retiro gentilmente sus brazos de su cuello, Heero se giró hacia su casi violador. "Debí haberte matado cuando tuve la oportunidad, en vez de romperte la nariz."
Jean-Paul rotó el hombro que había golpeado los casilleros. "Ella no te ama," espetó él. "Ella es mi Relena. Mi Belle. Yo la maté y regresó a mi!"
Heero sacudió su cabeza. "Mierda. Estás loco."
En los segundos que siguieron a su declaración, Jean-Paul voló hacia él, puños arriba. Heero estaba más que preparado; esquivó el primer puño y entregó un poderoso golpe al riñón con su codo mientras el hombre lo pasaba tambaleándose. Jean-Paul gritó de dolor y cayó de manos y rodillas.
Midiendo la oportunidad, Heero agarró el cabello del hombro y lo puso de rodillas por los delgados mechones. "Si sales de aquí," siseó. "Nunca pienses en ella otra vez. Te vas, desaparece, olvida que la conociste. No existirás más para nosotros y juro por dios, nosotros nunca, jamás nos arrepentiremos."
"Relena," murmuró Jean-Paul entre dientes, alcanzando por ella. En la banca, Relena cruzó sus brazos aún más fuerte alrededor de su violado cuerpo.
"No!" Aún sosteniéndolo por su cabello, Heero lo golpeó duro y rápido y diez veces peor que en la oficina de Treize. "No digas su nombre. No puedes decir su nombre. Entendido?!" Sangre brotaba de la nariz del hombre. "Entendido?!" Repitió Heero. Cuando el hombre aún no dijo nada, de nuevo levantó su puño como advertencia.
"Oui," concedió Jean-Paul finalmente. Heero soltó su cabello y el hombre cayó al suelo.
Retrocediendo un paso, Heero inhalaba y exhalaba. Subió su tembloroso puño para frotar su boca. "Fuera de aquí mientras puedas." Un momento pasó antes de girarse, de regreso con Relena. Sus ojos estaban enrojecidos y húmedos; había estado observando todo.
Estaba arrodillado junto a ella antes de que pudiera parpadear. Alisó su húmedo cabello lejos de su rostro, sus propios ojos enrojecidos con la extremidad de sus emociones. "Relena… lo siento mucho. Lo siento mucho… no llegué antes."
"Estoy bien," mintió por su bienestar. Él la miró por un momento antes de rodear su delgado cuerpo con sus brazos. Su mejilla se presionó contra la rasgada tela de su vestido; cuando ella tocó su espalda, pudo sentir las contracciones de sus silenciosas lágrimas. "Heero…" Cerró sus ojos por un momento, abrazándolo tanto como él a ella. "Yo…"
Ella se detuvo de repente cuando se abrieron sus ojos. El fuerte resplandor de algo plateado la cegó por un segundo. Su bolsa, abierta en la banca a unos pies. Una mano buscando en ella. Relena parpadeó.
Jean-Paul sacó el cuchillo, el mismo cuchillo que había pensado lo podría borrar de sus vidas para siempre, lo sacó de su bolsa con fría facilidad. Ella tomó manotadas de la camisa de Heero. "No…" El francés le sonrió.
Heero levanto su cabeza de su pecho. "Qué pasa?" El fresco terror en sus ojos lo obligó a girar su cabeza para ver lo que lo inspiraba. Pero fue muy tarde.
La hoja se deslizó en el costado de Heero como si fuera un trozo de mantequilla. Sus rápidos movimientos sólo le tomó segundos, aunque no había tratado de moverse para evitar el ataque de Jean-Paul, el cuchillo habría sido enterrado en su espina dorsal. Heero miró su cuerpo; su blanca camisa absorbía mucha de la sangre, pero algo de ella tocó a Relena, bajando por sus piernas desnudas.
Él la miró mientras Jean-Paul se alejaba, habiendo retirando el cuchillo de su cuerpo. "Relena." Su rostro se retorció de dolor mientras se desplomaba hacia adelante, sujetando su herida. "Lo siento…"
Fue Hilde quien los encontró unos minutos después, respirando fuertemente del doloroso trabajo de correr con su lesión. Lo que vio en el vestidor hizo que su sangre se drenara de su rostro. "Oh dios mío…"
Relena estaba doblada sobre Heero, acunando su cabeza con su brazo, su otra mano manchada de sangre presionada contra sus costillas como si lo mantuviera unido. Estaba temblando, pero hablándole con una calmada voz como Hilde nunca la había escuchado. "Sigue mirándome, Heero… no te atrevas a cerrar tus ojos… estoy aquí y todo… todo va a estar… bien. Heero… Heero… no, no desvíes la mirada!" Se dirigió a Hilde de repente. "Llama al 911. Mi celular está en mi bolsa."
Hilde la alcanzó y marcó el número con dedos temblorosos. Parpadeó conteniendo sus lágrimas. Duo estaba corriendo tras el hombre quien había salido del vestidor justo cuando se dirigían hacia él, un cuchillo ensangrentado en su mano. Tanto como sólo quisiera estar pensando en las heridas de Heero, no podía evitar preocuparse por la seguridad de su impetuoso novio.
"Puedes escuchar?" le preguntó Relena a Heero. "Hilde está aquí y está llamando por ayuda. Ahora vas a estar bien." Una lágrima goteó de su nariz y aterrizó en su pálida mejilla. "Sólo resiste, Heero. Por favor… resiste."
Él trató de lamer sus labios, pero su lengua estaba completamente seca. "Relena…"
"No hables. Guarda tu energía," indicó ella.
"Sé quienes somos."
Relena sacudió su cabeza. "Qué quieres decir?"
"Sé… con quien compararnos." Su voz apenas era un susurro, pero continuó, determinado a expresar su idea mientras pudiera. "Gomez… y Morticia Addams."
A pesar de la horrible situación, Relena dejó escapar una rápida carcajada. "Qué? Por qué?"
"Porque…" Heero tragó; el fuerte sabor de la sangre era intenso en su garganta. "Él la amaba tanto… habria hecho cualquier cosa por ella." Sus párpados cayeron. "Moriría por ella…"
"Heero." Ella sacudió su cabeza gentilmente. "Mírame." Pero sus ojos no se abrieron. "Heero…" Lo sacudió con más fuerza. "Heero! Por favor, Heero… por favor. Abre tus ojos!" Una almádena se estrelló en su pecho. "Heero!"
"Por favor, dense prisa," Hilde le susurró al operador del 911. "No creo que vaya a lograrlo."
Continuará…
