El caballo que Naruto eligió para ella no era exactamente un viejo pony, sino una hermosa yegua que hacía tiempo que había dejado atrás sus años como caballo de carreras.
Mucho más grande que el dulce animal que ella había imaginado, era más alta que Naruto y tenía unas pezuñas enormes.
—Es casi un caballo de tiro —explicó Naruto—. La monto en algunas ocasiones para saltar y cabalgar. Es muy tranquila. Venga, arriba.
La silla se veía diminuta en el inmenso lomo de la yegua.
Había un estribo y un surco en el que Sakura debía poner la pierna derecha.
—¿Por qué las mujeres no pueden montar como los hombres? murmuró ella mientras Naruto la ayudaba a subir.
Perdió el equilibrio y soltó un pequeño chillido cuando se cayó por el otro lado, pero Sasuke la atrapó entre sus brazos.
—¿Quieres cabalgar con un caballo entre las piernas? —Los ojos de
Naruto la miraron con diversión antes de cubrirse los labios con los dedos como si fuera una horrorizada y anciana damisela—. ¿Con qué clase de mujer te has casado, Sasuke?
—Con una práctica —respondió Sakura.
Luchó contra la falda de su nuevo traje de montar y estiró el pie para volver a subir.
Sasuke le sujetó la espalda con mano firme mientras Naruto le cogía el tobillo y lo colocaba en el estribo.
—Así. ¿Preparada?
—Oh, por supuesto. Vayamos al Derby. —Sakura intentó coger las riendas pero su cuñado no se las dio.
—Hoy no llevarás tú las riendas, sino yo.
Sakura le miró horrorizada.
Sasuke estaba a su lado, una reconfortante presencia, pero ella estaba sentada por encima de su cabeza.
—Me caeré si no sujeto las riendas —protestó—. ¿Dónde me agarro?
—No puedes sujetarte ni siquiera a la cabeza del caballo —aclaró Sasuke—. Tienes que aprender a mantener el equilibrio en el animal. A balancearte.
—Algo que jamás se me ha dado bien.
—Pues ahora aprenderás —dijo Naruto.
Sin esperar más, Naruto hizo que la yegua comenzara a andar lentamente.
Sakura se deslizó al instante hacia un lado, pero Sasuke la atrapó y la empujó de nuevo a la silla.
Tenía una amplia sonrisa.
Se reía de su pobre esposa.
Un montón de mozos de cuadra y criados de la mansión pululaban a su alrededor.
Algunos fingían atravesar los jardines en dirección a alguna parte y otros
se habían subido a la valla que separaba los jardines de los establos para mirar descaradamente.
Animaron a su nueva señora con consejos y palabras de aliento y
aplaudieron cuando logró mantenerse sobre la yegua al comenzar a trotar.
Al final de la lección, Sakura había aprendido al menos a balancearse sobre la silla y a utilizar las piernas para sostenerse.
Los criados la ovacionaron cuando Sasuke la bajó del caballo.
Sus afectuosas muestras de cariño fueron un sombrío contraste con la frialdad que reinó más tarde en el comedor.
Itachi se mantuvo sentado en un gélido silencio.
Los lacayos que habían jaleado a Sakura con entusiasmo escocés, ahora parecían sometidos y acobardados.
A Sakura le dolían los músculos de las piernas, no acostumbrados a tal ejercicio.
Cuando se dejó caer en la silla que Sasuke se le ofreció en el comedor, dio un brinco al tiempo que emitía un leve gemido.
Las firmes manos de su marido la sostuvieron cuando se volvió a poner de pie.
—¿Te encuentras bien?
—Perfectamente. —Sakura se mordió los labios—. Creo que Naruto debería buscar un caballo más suave para mí.
Sasuke sonrió y luego no pudo contener una carcajada.
Su risa era cálida y aterciopelada, tan maravillosa que ella se quedó quieta para disfrutarla.
Sakura le sonrió y volvió a intentar sentarse con cuidado.
—Ya puedes ir dejando de reírte de mí, Sasuke Uchiha. Sólo ha sido la primera lección.
Él se inclinó sobre ella.
—Ya tienes un buen asiento, Sakura.
—Espero que te estés refiriendo a la silla de montar.
Sasuke la besó en la mejilla y se acercó a su lugar, todavía con una sonrisa en la cara.
Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y se sentó.
—A Sakura le gustan las bromas —aclaró sin mirar a los demás.
Sakura sintió el hielo de la penetrante mirada de Itachi.
Daniel tenía la boca abierta
por la sorpresa y Naruto parecía paralizado.
Había ocurrido algo y Sakura no sabía lo que era.
El resto de la cena resultó tenso, aunque Sasuke no se dio cuenta.
Comió lentamente, casi olvidándose de hacerlo.
En ocasiones miraba a Sakura con una sonrisa feliz y, una vez, cuando los demás no miraban, le sacó la lengua.
Sakura se puso roja como una remolacha y bajó la mirada a la comida.
Cuando los lacayos retiraron por fin el último plato, Itachi se puso en pie y lanzó la servilleta sobre la mesa.
—Sasuke, te necesito —dijo antes de salir del comedor.
Naruto cogió una botella del aparador.
Daniel le siguió ni se sorprendió
por la brusca salida de Itachi.
Cuando Sasuke se levantó para seguir a su hermano mayor, Sakura saltó de su silla y fue tras éste a toda velocidad.
—Sakura… —escuchó que la llamaba Sasuke, pero ella corrió por el pasillo muy por delante de él y entró en el estudio privado del duque.
Itachi se giró en mitad de la
estancia.
—Sasuke no es su criado —explicó Sakura precipitadamente.
Itachi la inmovilizó con su aguda mirada.
—¿Qué demonios…?
—Se dirige a él de la misma manera en que llamaría a un lacayo para que le limpiara las botas.
A Itachi le palpitó un músculo en la mejilla.
—Señora Haruno, lleva en nuestra familia apenas una semana. Sasuke y yo trabajamos juntos en amor y compañía desde mucho antes de que usted apareciera en el horizonte.
—Es su hermano, no su secretario.
—Está acabando con mi paciencia.
—Le quiere, ¿por qué no se lo demuestra?
Itachi se acercó a ella con los labios apretados y la agarró por los hombros.
Era muy fuerte.
—Señora Haruno…
—Me llamo Sakura.
La puerta se abrió bruscamente y Sasuke entró en tromba.
Se acercó a Itachi y le empujó lejos de Sakura.
—No la toques.
Itachi se zafó de su hermano.
—¿Qué demonios te pasa?
—Sakura, aléjate de él.
A Sakura se le había acelerado el corazón.
—Sasuke, lo siento, sólo quería… —Sasuke le hizo un gesto con la cabeza pero no la miró.
—¡Vete!
Sakura se entretuvo, aturdida durante un instante más, antes de salir corriendo del estudio.
Naruto pareció alarmarse cuando la vio en el pasillo.
—¡Demonios! —dijo, antes de dirigirse hacia el estudio de Itachi.
El portazo resonó en todo el corredor.
Sakura logró llegar a la escalinata antes de que le diera un vahído por culpa del ardor que notaba en los pulmones.
Apenas podía respirar; llevaba el corsé muy apretado.
Alguien se acercó a ella.
—¿Te encuentras bien, tía Sakura? ¿Quieres una copa o alguna otra cosa?
Ella quiso reírse de puro histerismo al oír que la llamaba «tía Sakura», pero se contuvo.
—Sí, gracias, Daniel. Una copa me sentará bien.
—De acuerdo. ¡Angus, trae una copa de… whisky! —gritó por encima del
pasamanos.
El corpulento lacayo que atravesaba el vestíbulo en ese momento, se dio la vuelta y volvió al comedor.
—¿Siempre se portan así? —preguntó Sakura, respirando todo lo hondo que podía.
—¿Te refieres a si se lanzan a la garganta del otro? Oh, sí. Siempre están gritando y peleándose. Ya te acostumbrarás.
—¿De veras?
—Tendrás que hacerlo, ¿no? Pero han sido muy infelices.
Sakura parpadeó para hacer desaparecer las lágrimas.
—¿A qué te refieres? ¿Tú eres infeliz?
—¿Lo dices porque mi madre intentó asesinarnos a mi padre y a mí y luego se suicidó? —Daniel encogió los delgados hombros—. No la conocí y mi padre ya lo ha superado.
Aquella despreocupada aceptación de la violencia de su madre oprimió el
corazón de Sakura.
Había visto la misma actitud en algunas niñas de diez años del East
End, cuyas madres, prostitutas, desaparecían sin más.
Ellas también se encogían de
hombros y decían sin inmutarse: «Era una puta. ¿Qué esperabas?»
Sin percibir su piedad, Daniel cogió el vaso corto que trajo Angus y se lo ofreció.
Sakura bebió y el agradable sabor acre del whisky inundó su boca.
Escuchó la voz de la señora Barrington en su mente: «las damas no beben licores».
Pero sabía que la anciana guardaba una botella de brandy escondida en la mesilla.
—Explícame una cosa, Daniel —dijo Sakura con aire cansado—. Cuando
estábamos en el comedor, Sasuke se rio de mí y todos nos mirasteis como si se hubiera caído el cielo. ¿Por qué?
Daniel arrugó la nariz.
—¿Que por qué? Porque Sasuke se rio. No creo que ninguno hayamos oído reírse a carcajadas al tío Sasuke. Al menos, no desde que salió del sanatorio.
Sakura hizo muchos progresos en las lecciones de equitación hasta que, al final de la semana, podía montar sin ayuda siempre y cuando Naruto o Sasuke fueran a su lado.
Aprendió a usar las piernas para guiar al caballo y a no agitar o tirar demasiado fuerte de las riendas para mantener el equilibrio.
Las agujetas comenzaron a desaparecer cuando sus músculos se acostumbraron al ejercicio.
Al principio de la segunda semana de entrenamiento, pudo subirse a la
cama con sólo un leve gemido de dolor.
Sasuke resultó ser un masajista muy capaz para hacer desaparecer la rigidez.
Acabó tomándole cariño a la yegua que montaba.
El animal tenía un larguísimo
nombre, según rezaba en su pedigrí, pero los mozos de cuadras la llamaban simplemente Emmie.
Mientras ella y Emmie recorrían a paso lento las vastas tierras de
Kilmorgan, Sasuke y Naruto galopaban a toda velocidad y saltaban las vallas que se encontraban a su paso.
Sasuke era un excelente jinete, pero Naruto era todavía mejor, parecía formar parte del caballo.
Cuando no le daba lecciones, se dedicaba a entrenar a la potrilla que había traído consigo, permitiendo que el animal corriera a placer bajo sus competentes manos.
—Es un don —le dijo Sasuke una mañana mientras le observaban—. Naruto es capaz de lograr cualquier cosa de un caballo. Los animales le adoran.
Con las personas, sin embargo, Naruto era rudo y a menudo brusco y no
hacía más que soltar maldiciones.
Al principio se disculpaba por ello ante Sakura, pero al poco tiempo dejó de hacerlo.
Sakura recordó lo que Ino le había comentado en una ocasión: los Uchiha habían vivido solos durante tanto tiempo que no se les ocurría suavizar los modales delante de las damas.
Sakura, acostumbrada a las frases
malsonantes del East End, decidió que podía soportarlo.
Como le había dicho al inspector Inuzuka, no era una dulce flor de invernadero que debiera ser protegida.
Aprendió a atesorar las conversaciones que mantenía con Sasuke, como ésa sobre Naruto, porque apenas le veía fuera del dormitorio.
Durante las dos semanas siguientes él estuvo encerrado con Itachi; cuando no salían los dos solos de la casa sin
decir a nadie adonde iban.
Naruto continuó con las lecciones sin mostrar ninguna señal de que hubiera algo inusual.
Sakura intentó preguntarle a Sasuke en una ocasión qué era lo que hacía con Itachi.
—Negocios —había respondido lacónicamente, antes de sumirse en uno de sus ensimismados silencios.
Le volvía loca no saber a qué se dedicaban, pero odiaba curiosear.
Itachi tenía razón al menos en una cosa: apenas conocía a Sasuke, y quizá fuera así como se comportaban siempre.
«No puedes esperar que cambie su vida por ti —se recriminó a sí misma, aunque por otro lado se decía—, pero es mi marido».
Las cosas continuaron así hasta que una tarde Naruto le dijo que irían con los caballos más allá del parque, a las colinas.
Era un hermoso día y una suave brisa veraniega bailaba entre los árboles.
Las cimas de las montañas continuaban nevadas, como siempre; parecía que el sol jamás calentaba lo suficiente para derretir aquellos blancos picos.
—Hay un capricho en medio del bosque —dijo Naruto, cabalgando a su lado.
Montaba un lustroso garañón negro.
A los mozos de cuadras les daba miedo aquella bestia, pero el animal obedecía a Naruto sin rechistar.
—. Mi padre lo construyó para mi
madre. Al parecer no había suficientes castillos en ruinas en las Highlands, así que decidió edificar uno de mentira.
Ninguno de los hermanos hablaba demasiado de su madre, aunque tampoco lo hacían de su padre.
El retrato del anterior y barbado duque la observaba cada día
desde el segundo rellano de la escalera, pero Sakura jamás había visto un cuadro de la madre.
Le indicó a Emmie que acelerara el paso, interesada.
A su espalda, el caballo de Naruto tropezó.
Sakura giró la cabeza alarmada y se
encontró con que su cuñado ya se había bajado del garañón y le examinaba la pezuña.
—¿Está herido? —preguntó a la amplia espalda de Naruto.
—No, está bien. Se le ha caído una herradura, ¿no es cierto, viejo amigo?
—Palmeó el cuello del caballo—. Sigue hasta el capricho. Emmie conoce el camino.
Sakura tragó saliva.
Nunca se había aventurado sola tan lejos, pero decidió que aquélla era una ocasión tan buena como cualquier otra.
Sacudió las riendas de Emmie
para continuar, y la yegua siguió el camino hasta la cima de la colina a paso lento.
Hacía calor a pesar de la brisa entre los árboles.
Se le había humedecido la cara
de sudor mientras cabalgaba.
Esperaba que en el capricho hiciera más fresco.
Lo vio mucho antes de llegar.
Era una pintoresca edificación de piedra cubierta de musgo.
Las fachadas laterales tenían diminutas ventanas con ladrillos
artísticamente desmoronados.
Se dio cuenta al instante de por qué lo habían levantado en aquel lugar en particular.
La vista era impresionante.
Ante sus pies se extendían kilómetros y kilómetros de ondulaciones verdes que se alejaban hacia el mar grisáceo que se intuía a lo lejos.
Había un riachuelo saltarín justo al lado, que caía en cascada junto a la fachada principal.
—¿Estás seguro de que Inuzuka no tiene nada nuevo? —La voz de Itachi resonó en el interior del capricho, y Sakura se quedó paralizada.
—Ya te lo he dicho —respondió Sasuke.
—No has dicho nada de nada. Tenemos que hablar de esto. ¿Por qué no me contaste nada sobre Lily Martin?
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
