Lunes 13 de Julio de 2015

Denver

Rachel Berry

27

Doce orquídeas rosas con algunos reflejos en morado y otras en blanco. Doce orquídeas formando el ramo de flores más hermoso que jamás había tenido el placer de recibir, y estaba allí, en la mesa principal del salón de mi casa y permitiéndome el lujo de contemplarlo embelesada mientras sostenía entre mis manos la pequeña nota que venía junto a él.

Para Rachel Berry.

Tu felicidad siempre será la mía, no lo olvides nunca. Disfruta de lo que está por llegar.

Sheliak.

Casi 30 minutos llevaba allí sentada sin lograr ordenar mi cabeza, con una confusión tan extraña que ni siquiera lograba pensar. Simplemente miraba aquel ramo de flores mientras las palabras de aquella nota, supuestamente escritas por Quinn, revoloteaban por mi mente sin cesar.

Ocho días completos llevaba sin saber absolutamente nada de ella. Ocho días en los que, por mi bienestar emocional, los pasé lejos de Denver. Cinco días en Nueva York con Jesse me ayudaron a recuperar su confianza tras confesarle la verdadera identidad de Quinn en mi vida. Y luego tres días más en Oklahoma con mi familia, encontrando el suficiente entretenimiento como para procurar no pensar demasiado en ella, y permitir que el tiempo y la distancia que le había pedido no fuese una pérdida de tiempo.

Teníamos un trato, una especie de código que debía ayudarnos a superar esa incesante curiosidad por saber la una de la otra en aquellas circunstancias. Mientras todo estuviese bien en nuestras vidas, no había motivo para ponernos en contacto, al menos hasta que todo se estabilizase entre las dos y en nuestras vidas por separado.

No recibir un mensaje, una llamada o cualquier otra noticia por su parte, me hizo afrontar aquellos días con total y absoluta tranquilidad. Dentro de lo que cabía, por supuesto. Supe de primera mano que Quinn había decidido pedirle un tiempo a Robert antes de dar el paso definitivo de unir sus vidas como habían planeado, y aunque confieso que cuando lo supe sentí que debía llamarla, que tenía que hablar con ella para asegurarme de que estaba bien, decidí darle el beneficio de la duda y dejar que fuese ella quien lo hiciera en caso de necesitarme. Al fin y al cabo, había tomado una decisión importante en su vida, y lo que menos deseaba era influenciarla de alguna manera, daba igual si positiva o negativamente.

Pero al llegar a Denver, como si el destino se volviese completamente en mi contra la confusión se apoderó de mí, y lo hizo por culpa de ese ramo de flores que llegó de la mano de un repartidor un par de minutos antes de mi intención de salir de casa, y hacer una visita relámpago a cada una de las librerías antes del cierre. Un ramo de flores al cual no encontraba sentido alguno, hasta que las respuestas estallaron directamente sobre mi cara.

Y lo hizo él. Fue él, mi propio marido, el portador de las noticias que terminaron por hundirme más de lo que ya estaba, por mucho que intentase mostrarme firme y capaz de sobrellevar la situación.

El sonido de la puerta no fue suficiente para sacarme de mi embelesamiento con el ramo de flores, y no fue hasta que escuché su voz ya dentro de la casa cuando reaccioné. Y lo hice con la suficiente rapidez como para no quedar en evidencia frente a él, y ocultando por inercia la nota de papel entre mis manos.

—Hola—balbuceé al verlo aparecer. La sorpresa en su cara no se hizo esperar.

—Hey… Estás aquí—me dijo quitándose la chaqueta y desanudando su corbata mientras se acercaba a mí—¿No ibas a salir?

—Sí… De hecho, voy a hacerlo en breve. Pero me he entretenido—le dije segundos antes de recibir su beso de saludo—¿Qué tal el día?

—Agotador. Muchos asuntos pendientes y otros atrasados. En cuanto firme el nuevo contrato, organizo las vacaciones.

—Me parece perfecto.

—Tú deberías organizar también tu agenda. Y decidir dónde quieres que nos vayamos éste año… Playa, montaña, oasis en mitad del desierto…—Bromeó y yo me limité a regalarle una media sonrisa.

—Lo del oasis suena bien.

—La verdad es que sí. O tal vez a alguna isla en la que no haya señal de teléfono. Donde pueda dormir hasta muy tarde y me levante solo para comer y volver a tumbarme en una hamaca al sol. Sí, eso es lo que necesitamos.

—Pues buscaremos una isla donde poder vararnos en la orilla como ballenas. Me parece un plan perfecto—añadí y su risa apareció llenando de encanto la estancia. Una risa que hacía ya tiempo que no escuchaba y que en aquel instante me hizo recordar que era una de las cosas por las que me había enamorado de él. Su naturalidad al reír, esa carcajada que le salía directamente del alma y de la que lograba contagiarte aún en los peores momentos.

—Recordaré esa expresión cuando estemos bajo el sol—añadió regalándome un guiño de ojos.

—Bien, pero para que ese momento pueda llegar a ser real, tengo que asegurarme de que todo va bien en el trabajo… Así que será mejor que me marche ya. Vuelvo en un par de horas, ¿Ok?—Le dije tras encontrar la ocasión de salir de allí sin ser cuestionada por el curioso detalle.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, no es necesario. Aprovecha para relajarte y darte una ducha tranquilo. Volveré lo antes posible.

—Ok… Avísame si necesitas algo—me dijo mientras ya dirigía mis pasos hacia la puerta, y le respondía con un simple movimiento de hombros. Pero no fueron sus últimas palabras. Fui bastante ilusa al creer que no se daría cuenta del detalle.— Rachel… —Me volvió a hablar—¿Y eso?—añadió obligándome a seguir la dirección de su mirada. Obviamente, yo ya sabía lo que le había llamado la atención —¿Las has comprado o te las han enviado?—me preguntó curioso.

—Eh… Pues me las han enviado. Estaba a punto de salir y había un chico en la puerta para entregármelo. –Le dije sabiendo que mentirle en aquello no tenía sentido alguno.

—¿Y quién te las envía?—cuestionó acercándose a ellas para verlas de cerca, y aspirar sutilmente el aroma que desprendían—O mejor dicho, ¿Por qué te las envían?

—Pues… No, no lo sé—mentí tras hacer una pequeña pelota con la nota entre mis manos.

—¿No lo sabes? ¿Es anónimo?

Eso parece.

Ya… Anónimo Quinn Fabray—soltó a consciencia y yo, viendo como empezaba a adquirir el semblante serio, me aparté de él dispuesta a recuperar mi bolso y prepararme para salir. Porque no me apetecía escuchar las continuas indirectas que había empezado a regalarme desde que supo la verdad, y porque no quería tener que darle la razón cuando me dijo que ella no tardaría en romper el pacto, en acabar con mi petición de que se alejase de mí.

—No creo que sea de ella. Y si lo es, tampoco sucede nada… Solo es un ramo de flores para adornar el salón.

Claro, solo es un estúpido ramo de flores para adornar el salón—repitió con sarcasmo— Quinn es tan inocente, es tan ingenua y buena persona, que envía ramos de flores sin motivo alguno, solo por enviarlos…

Jesse, deja de confabular, no tiene sentido nada de lo que dices. Quinn tendrá cosas más importantes en las que pensar ahora mismo, no en enviarme flores sin siquiera saber si me gustan o no.—Mascullé tratando de disuadirlo, pero mi marido no parecía querer que yo me quedase con la última palabra.

—¿Qué no tiene sentido?—volvió a hablar fingiendo calma— Tal y como está ahora mismo no me extraña que quiera gastar su última bala antes de marcharse.

—¿Qué?—balbuceé confusa sin dejar de seguirlo con la mirada por todo el salón. —¿Qué dices de marcharse? ¿A dónde va?

—Oh… Es cierto, que tú no sabes nada.

—¿Qué tengo que saber?

—Robert me llamó ésta mañana por un asunto de negocios, y terminó diciéndome que Quinn piensa volver a San Francisco.

—¿Qué? ¿Y por qué iba a hacer eso? ¿Le has dado vacaciones?

—Oh… Es cierto, que tú aún no lo sabes—volvió a repetir con el mismo tono de voz, pero ésta vez esbozando una sonrisa que me descompuso.

¿Qué no sé?

Quinn ya no trabaja más con nosotros.—Añadió tras mi silencio esperando su respuesta, logrando que un extraño nerviosismo se apoderase de mi estómago.

—¿Qué? ¿La has despedido? Me prometiste que no lo harías, que no lo pagarías con ella, Jesse… Fue mi decisión, fui yo quien te lo ocultó y ella simplemente hizo lo que yo le dije.

—Hey… Tranquila, relájate Rachel. Yo no he despedido a nadie, ha sido ella solita.

—¿Qué?

—Lo que oyes. El viernes me estaba esperando con una carta de dimisión. Te prometí que no la despediría pero siendo ella quien quería irse… No iba a ponerle trabas—musitó con tanto sarcasmo mis tripas se revolvieron. Aunque probablemente el motivo de tal descomposición no era otro más que el de asociar el dichoso ramo de rosas con aquella noticia que acababa de darme mi marido.—Hoy se ha hecho oficial. Es una chica sin trabajo—añadió.

—¿Por qué no me lo has dicho?

—Porque para mí no tiene importancia alguna. No es el primer trabajador que se va de esa manera, y nunca te lo suelo contar porque esas cosas no te interesan. ¿Debí suponer que ésta vez, por ser ella, iba a ser diferente?

—Jesse… Basta, por favor—le supliqué cansada de soportar el sarcasmo de sus palabras—Se supone que me has perdonado por mentirte como lo hice, y si me has perdonado no puedes estar constantemente poniéndome a prueba.

—No te pongo a prueba.

—¿Ah no? Si no me has dicho que Quinn ha dimitido es porque pensabas que ella me lo diría, y que yo me iba a callar de nuevo o… Qué se yo. ¿No es cierto?

—Pues la verdad es que no. Si no te lo he dicho es porque me importa una mierda lo que esa mujer haga con su vida. Y lo cierto es que me sorprende que tú sigas preocupándote por alguien que le ha jodido la vida a un buen amigo, y que a punto ha estado de hacerlo con nuestro matrimonio. ¿Sabes cómo está Robert? ¿Sabes la vergüenza que me da no poder decirle que tú y ella…? Porque eres mi mujer, que si no…

—¡Dios! Ok… ¿Sabes qué? Ojala se marche, ojala se vaya tan lejos y no te dé más motivos para odiarla como lo haces. Ojala pueda hacer su vida feliz, sin tener que hacer lo que los demás hacen o dicen que tiene que hacer. Ojala no vuelvas a verla y ni a escuchar su nombre, y así te quedas tranquilo de una maldita vez.

—¿De verdad quieres que se marche?

— Si de esa manera hace que te calmes de una vez, de que confíes en mí cuando te digo que en ningún momento me ha hecho dudar de nuestro compromiso o de que me creas cuando te digo que te quiero, pues sí. Ojala se marche. Quinn no ha jugado con nadie en ningún momento, y fui yo… Te lo he dicho una y otra vez, fui yo quien le pidió que no dijese nada.—Sentencié tratando de mostrar una contundencia que nunca antes había tenido, aunque por dentro estuviese a punto de llorar.

Ocho días sin verla. Ocho días sin saber nada de ella pensando que estaba bien, que estaba organizando su vida para mejorarla, y de repente descubro que no. Que no solo no debía estar bien emocionalmente por su separación de Robert, sino que también había tomado la decisión de abandonar su puesto de trabajo y marcharse a otra ciudad. Y todo por mi culpa, por supuesto.

Que Quinn diese un giro radical a su vida en aquel instante había sido en gran parte por mi historia con ella, por nuestra historia y por mi incapacidad de manejar la situación. Por eso me sentía culpable, por eso deseé que se marchase para siempre sin quererlo, sabiendo que tenerla lejos de mi vida me iba a doler mucho más de lo que podría llegar a imaginar.

—No estaré tranquilo hasta que no vuelva a saber nada más de ella—masculló desafiante, segundos antes de perderse hacia la cocina y dejarme completamente a solas en el salón, sintiendo como la bola de papel en la que había convertido la nota del ramo de flores quemaba en mis manos, y una fuerza interior me empujaba a ella.

Ni siquiera me despedí de él.

Me adueñé de las llaves del coche, y aun sabiendo que estaba a punto de cometer un nuevo error, no me lo pensé.

No la llamé, aunque podría haberlo hecho para averiguar su paradero. Y no lo hice porque no estaba segura de que me fuese a responder, o tal vez se negara a verme. Así que puse rumbo directamente hacia su casa, la casa de sus padres por supuesto, y guardé la esperanza de que estuviese allí a aquella hora. Pero los astros en aquel día no estaban a mi favor. No lo sé, tal vez era el escaso poder de la luna en su fase menguante, o quizás que fuese un día 13 con la supuesta superstición que solía acarrear consigo aquel número, pero estaba claro que no iba a ser mi día a pesar de estar a unas cinco horas de acabarlo.

Ni siquiera tuve que armarme de valor para llamar a la puerta de su casa, porque la aparición estelar de Russel Fabray justo cuando salía de mi coche, me ayudó a obtener una respuesta más rápida, pero también más dolorosa. Dolorosa porque a pesar de que nos saludamos como si nos conociéramos de toda la vida, y su sonrisa estuvo presente en todo momento de la breve conversación, no tardé en percibir un intenso brillo en sus ojos cuando la mencionamos a ella, a Quinn.

Fueron varios suspiros los que dejó escapar y comprendí que lo que me acababa de decir Jesse debía ser real. Russel estaba terriblemente afectado por los últimos acontecimientos en la vida de su hija, a pesar de que en ningún momento hablamos de ello, y yo no pude evitar que de nuevo el nudo se instalara en mi garganta y la congoja estuviese a punto de hacerme llorar.

Ya sentía demasiada culpa sobre mis hombros, y me dolía inmensamente saber que Quinn lo estaba pasando realmente mal, pero ver el gesto de su padre al indicarme que su hija no estaba en su hogar, sino en la casa que debía compartir con Robert aprovechando que él no estaba, para recoger algunas de sus cosas, me dejó caer el alma a los pies. Y lógicamente, aumentó la carga en mi consciencia, aunque él lo ignorase por completo.

Mentiría si dijera que no terminé dejando escapar varias lágrimas de absoluta impotencia cuando regresé al coche y me dispuse a seguir buscándola, ya sí con una dirección concreta donde encontrarla. Pero al igual que no pude evitar llorar en el camino, también me armé de valor al llegar a su casa, o la de Robert, ya ni siquiera lo sabía.

Me armé de un valor que no sabía que tenía, pero no lo hice por aparentar ser fuerte y que no me viese flaquear como lo hacía, sino porque me resultaba imposible caminar sin que las piernas me temblasen hasta casi dificultar mis pasos. Porque me resultaba una completa odisea recorrer los escasos metros que separaban mi coche de su puerta sin temer que detrás de ella, no estuviese quien yo esperaba que estuviera. Y no me refiero a Robert en lugar de Quinn, sino a una Quinn que no fuese mi Sheliak.

Tal vez estaba siendo egocéntrica al no pensar en lo que ella deseaba o quería hacer, pero el sentimiento de culpabilidad me tenía lo suficientemente aturdida como para actuar de aquella manera.

Tomé aire con varias bocanadas que a punto estuvieron de colapsar mis pulmones, y cuando logré serenarme y secar la última de las lágrimas que permití que se escapara de mí, me atreví a llamar a aquella puerta que apenas unas semanas atrás, debía dar la bienvenida a la felicidad, la ilusión de una pareja por emprender un verdadero proyecto juntos, como era el empezar una vida desde cero.

Supuse que mis dos golpes no fueron suficientes, y volví a insistir segundos antes de escuchar los pasos en el interior, y el crujir del picaporte después de otros más en silencio. Quise creer que aquellos segundos fueron simplemente el tiempo que dedicó en observar a través de la mirilla y asimilar mi presencia allí, porque cuando Quinn abrió la puerta, la más pura y radiante serenidad me recibió con una dulzura en su sonrisa difícil de creer para la escena.

—Hola—le dije tan nerviosa que creí que no me saldría la voz—He recibido tus flores, son… Son hermosas. ¿Puedo pasar?— Una nueva sonrisa, ni una sola palabra y su gesto al abrirme la puerta por completo para que entrase me dio la respuesta. Fue regresar, volver a pisar aquel salón en el que semanas atrás estuve, y sentir como la presión de mi cuerpo parecía descender hasta dejarme completamente indefensa.

—Me alegra volver a verte—me dijo ayudándome un poco a pasar aquel pequeño y extraño trance en el que simplemente nos mirábamos sin más—Aunque… Pareces preocupada. ¿Ocurre algo? ¿Cómo sabias que estaba aquí?

—Quinn, ¿qué has hecho?—solté sin pensar.

—¿Qué he hecho de qué?—musitó un tanto confusa.

—¿Has dejado la editorial?

—Oh… Es eso. Pues sí… Sí que la he dejado, pensé que ya lo sabrías.

—No, no lo sabía. Me acabo de enterar justamente hoy… ¿Por qué? Jesse dice que te piensas marchar a San Francisco, ¿Eso es verdad?—balbuceé

—Veo que las noticias vuelan rápido—sonrió con ironía—Sí, si es cierto, Rachel. Vuelvo a San Francisco, o tal vez a Los Ángeles. Allí está Chad y bueno, me invita a pasar todo el tiempo que necesite en su casa. La verdad es que es una oferta irrechazable, tal vez sea un poco cotilla y bastante maniático, pero conociéndolo estoy convencida de que su casa es perfecta, y seguro que me echa una mano para encontrar un lugar perfecto para mí y…

—¿Por qué?—le interrumpí aquel monologo que sabia que solo utilizaba para convencerme y convencerse ella misma, o eso creí. —¿Por qué te quieres ir? Es por mi culpa, ¿verdad?

—¿Qué? No, claro que no. ¿Cómo piensas eso?

Yo he sido la culpable de todo lo malo que te ha pasado recientemente. Si no fuese por mí, si no fuese porque le terminé confesando a Jesse lo nuestro, ahora no estarías así. Porque estoy segura de que te marchas de la editorial por eso, porque no…

Tenía pensando marcharme antes de saber que se lo habías dicho.

¿Qué?

Rachel, llevo toda la semana pensando qué es lo que quería hacer, lo que necesitaba hacer… Y tomé la decisión por mí misma, no por lo que pudiera o no saber Jesse.

No… No te creo—me excusé negándome a mí misma que tuviese tan claro aquella decisión en tan poco tiempo.

¿No me crees?

No, porque de no ser por todo lo que nos ha ocurrido, tu seguirías estando…

¿Dónde? ¿Dónde estaría, Rachel?—musitó alargando un silencio que me descompuso— Ya no tengo nada que me ate a ésta ciudad. Seguirá siendo mi ciudad, pero no donde quiero estar.

¿Y qué pasa con tu familia? ¿No piensas en ellos? ¿Qué sucede con Robert?

¿Robert? Rachel, estoy recogiendo mis cosas de ésta casa. Robert y yo no vamos a volver.

Eso nunca se sabe, se supone que os habéis dado un tiempo…

Robert me dijo que o estábamos o no. Que estaba cansado, que no podía esperar a que me decidiera por algo que sabía perfectamente que ya tenía decidido. Y se acabó. No hay nada más entre nosotros.

¿Y te vas por él?

Me voy por mí—sentenció tras dejar escapar un sonoro suspiro resignado, como si estuviese cansada de explicarlo—Me voy porque no quiero estar aquí, porque no me siento bien estando aquí.

No…

¿No qué?

No te creo. Te vas porque no estás bien, no me mientas… No trates de ocultarlo, y la culpable soy yo. Si, si no hubiéramos vuelto a encontrarnos ahora serias feliz… No he hecho más que meterte en problemas, que influenciarte para hacer cosas que ni siquiera habías llegado a pensar.

Te equivocas—me interrumpió contundente—Rachel, si no llega a ser por nuestro encuentro, probablemente ahora estaría cometiendo el mayor error de mi vida.—Añadió acercándose.—Escúchame, lo he pensado mucho, lo he meditado y sé que he hecho lo que tenía que hacer. Me he dado cuenta de que en todo éste tiempo he dejado de ser yo misma, y todo por dejarme llevar por los demás. Conozco a Robert desde los 15 o 16 años, y he estado con él cuatro años, con idas y venidas, con desencuentros y reconciliaciones de ensueño. Soy consciente de ello, él es una persona importante en mi vida, muy importante de hecho, pero no da para más. No importa cuánto le pueda querer entre nosotros ya no había nada… Y por eso he tomado ésa decisión. ¿Sabes?—susurró tras guardar varios segundos de silencio—No he podido dejar de pensar en el destino.

No vuelvas a excusarte con ese tema, esto no tiene nada que ver con el destino. Se trata de ti, de tu vida real, Quinn… No quiero que dejes atrás todo por lo que has luchado, y no, no me refiero a que construyas tu vida junto a Robert o trabajes en la editorial de mi marido. Hablo de ti, hablo de tu familia… Lo que haya sucedido entre nosotras, entre nuestras parejas no tiene por qué obligarte a marcharte lejos.

No lo entiendes, ¿verdad?—volvió a interrumpirme y yo me limité a negarle. Aunque mentía. Mentía y lo hacía a consciencia. Ya no solo era la culpa que sentía por estar convencida de haber tenido algo que ver en la ruptura de su relación, sino que además empecé a temer de verdad por su marcha, por no volverla a ver y que se olvidase de mí. Y no me importaba ser consciente de cuánto amaba a Jesse, en aquel instante Quinn era igual de importante para mí.—Rachel, he pasado tres de los últimos cuatro años tratando de hacer feliz a una persona que nunca lo fue a mi lado. Que nunca iba a encontrar la felicidad con lo que yo le ofrecía, y no era capaz de verlo. No era capaz de comprender que no había más hasta que regresé a Denver y sí, volvimos a encontrarnos. Por eso menciono al destino. Todas, absolutamente todas las veces que nos hemos encontrado a lo largo de nuestras vidas ha tenido un por qué, ha existido un motivo por el que era necesario que estuviésemos en contacto, y lo sabes. Sabes perfectamente que nuestros encuentros nunca fueron en vano, por mucho que ahora te empeñes en ignorarlo… Ésta vez tampoco lo ha sido, y me ha tocado a mí aprender la lección.

¿Qué lección has aprendido?

Que estaba obcecada por lograr que Robert fuera feliz ignorando mi propia felicidad, y verte a ti me ha ayudado a darme cuenta de ello. Tú y Jesse formáis un buen equipo, sois compañeros y amigos además de pareja, yo sin embargo no he tenido ese amigo, no he tenido ese compañero en Robert por mucho que quisiera creerlo, y sabía perfectamente que confesarle algo así acabaría con nuestra relación. No hemos sido cómplices, y él… Aunque ahora esté como loco y me culpe de todo, sabe que tengo razón. Y no, no creas que pienso que en eso del amor para siempre y todas esas cosas de las películas o las novelas. Sé que las relaciones se estabilizan, que con el paso del tiempo todo se ve desde otra perspectiva y se vuelve rutinario, pero se supone que debes disfrutar de eso. Se supone que no te ha de pesar ni te tiene que agobiar, y sin embargo, ninguno de los dos nos hemos acostumbrado a ello. –Confesó dejándome prácticamente sin excusas para debatirle y obligarla a que recapacitara. Porque tenía razón, porque por primera vez después de casi dos meses viéndola casi a diario pude ver en ella la mujer firme que siempre aparentaba ser. Y eso, lejos de alegrarme terminó por hundirme aún más. Tanto que de nuevo las lágrimas empezaron a aparecer por mis ojos y la congoja adueñándose de mi garganta. Estaba completamente descontrolada por el alud de emociones que me llegaron de repente, pillándome completamente desprevenidos después de auto convencerme durante una semana de que todo estaba bien.—Y no solo tú me has ayudado, Rachel. También lo ha hecho mi familia. Volver a Denver me ha hecho recordar que tengo una familia, que tengo una hermana que sabe aconsejarme mejor que nadie. Tenía que volver para aprender la lección.

Quinn…—Sollocé sin poder evitarlo, sabiendo que no tenía excusa alguna para evitar lo inevitable.

Mi chica galáctica…—Susurró acercándose aún más, destruyendo el semblante serio de su cara para sonreírme con dulzura mientras se atrevía a regalarme una caricia en la mejilla, y yo trataba de esquivar su mirada para evitar que me viese llorar como lo hacía.—Hey… Vamos, ¿qué sucede? No tienes que preocuparte por nada, estoy bien... Te lo juro. ¿Sabes? Mi hermana el otro día me dijo que es más fácil levantarte cuando sabes que vas a caer. Y yo ya lo sabía, lo sabía desde hace mucho tiempo, solo que no he querido verlo. No importa cuántas veces me caiga si sé que lo voy a hacer. No importa que me sacudan con fuerza, que me den golpes… Ahora me siento bien sé dónde quiero estar y por mucho que intenten bajarme de mi columpio, no lo van conseguir…

¿De tu columpio?

Es una larga historia…—Respondió sonriente—Solo quiero que comprendas que no pasa nada, que todo está bien. ¿Ok?

¿Y yo?—balbuceé casi sin voz—¿Qué hago yo? Me, me he acostumbrado a tenerte cerca, Quinn. Y siento muchísimo haberte pedido que te alejaras de mí cuando más necesitabas apoyarte en alguien. Siento muchísimo que hayas tenido que pasar por todo esto sola.

No tienes que sentir absolutamente nada—susurró con dulzura.— Necesitaba tomar esta decisión yo sola y tú sabias que era lo mejor. Y por lo demás… ¿Qué vas a hacer? Pues lo que has hecho siempre, seguir con tu vida.

Te voy a echar de menos…

No, no lo harás—me replicó con dulzura—O tal vez sí, los primeros días… Pero después todo será diferente, como siempre ha sido en nuestra historia. Tienes, tienes cosas importantes por hacer y otras mucho mejores por llegar. Cuando empieces a notar como esa personita crece en tu interior, no habrá nada ni nadie en tu mente, más que él… O ella—añadió deslizando su mano hasta mi vientre, gesto que casi acaba con mis lágrimas debido a la confusión que me transmitió.—Vas a ser muy feliz, Rachel. Y cuánto más lo seas, más lo seré yo…

¿Qué quieres decir con esa personita que…?—Balbuceé ignorando lo demás.

Jesse me lo dijo. Me dijo que ibais a ser tres y que…

¿Qué?—la interrumpí completamente incrédula—¿Cómo que Jesse te dijo que…? Oh Dios, ¿Por eso me has enviado las flores? ¿Creías que estaba embarazada?

¿Creía?—repitió igual de incrédula que yo—¿No lo estás? Jesse me dijo… Me dijo que quería que me alejase de ti, de él y de vuestro futuro hijo. Que no…

Oh Dios—mascullé procurando no estallar de la rabia que de nuevo, hacia acto de presencia en mi cuerpo.—No… No estoy embarazada, Quinn.

Pero…

Fue una falsa alarma… Estando en Nueva York me cuestionó porque… Bueno, porque tenía una falta y le dije que no había nada en lo que pensar, que no estaba embarazada… Solo que cuando me agobio, cuando no estoy en un buen momento pues no sé, mi cuerpo reacciona así y se atrasa. Pero él estaba convencido de que sí, o tal vez… Dios, a veces me pregunto cómo le quiero tanto—confesé sin percatarme de como el rostro de Quinn había cambiado por completo.—Ahora mismo lo odio por liar las cosas como lo hace.

¿Así que no estás embarazada?—musitó alejándose un tanto de mí.

No, no lo estoy. Ni tengo intención de estarlo a corto plazo… Ya sabes lo que opino sobre ese tema.

Lo sé, por eso me tomé la libertad de romper el trato y enviarte esas flores. Pensé que estarías asustada y solo quería que supieras que… Dios, lo siento. Siento haberme aventurado a hacer algo así.

No, no tiene importancia. No lo sabias, quiero decir, creías que lo estaba así que… Es lógico. Aunque no he parado de darle vueltas y preguntarme por qué me habías enviado el ramo—concluí sin saber muy bien el motivo del cambio radical en su gesto. Era como si toda la dulzura, toda la serenidad que me había regalado en aquellos minutos, se esfumara para dar paso a la tensión, a esa seriedad que tanto llegaba a asustarme por no ser capaz de intuir lo que rondaba por su mente. –Supongo que tienes razón, y es imposible contrarrestar los astros o el destino... Si Jesse no te llega a mentir no me habrías enviado ese ramo y yo no habría venido a verte, y probablemente… No me hubiese enterado que te marchabas. ¿Te habrías ido sin decirme nada?

No lo sé, supongo que… Que te habría escrito una nota.

Una nota—balbuceé y ella bajó la mirada mostrando algo de pena por primera vez en toda la conversación.

¿Cuándo te marchas?

Supongo que a final de semana, no lo sé. Aún tengo que arreglar algunos asuntos con Robert por la casa y demás. Pero espero que sea lo más pronto posible. De verdad necesito alejarme de todo esto, Rachel—respondió, y su voz, al igual que la mía, empezó a quebrarse.—A ti también te va a venir que yo esté lejos.

No digas tonterías…

Te va a hacer bien. Sé que Jesse no está en su mejor momento ahora mismo, y tú tampoco estas todo lo bien que quieres mostrar. Ambas necesitamos esto y lo sabes. Han sido dos meses bastante complejos. He descubierto lo realmente especial que eres, Rachel… Y te juro que me siento muy orgullosa de tenerte en mi vida, pero sabes que esto nos hará bien. Tú misma me lo dijiste, el tiempo nos aclarará las ideas.

Me siento tan egoísta. Me siento tan jodidamente egoísta, Quinn.

No lo hagas. Simplemente piensa en que las cosas suceden por algo, y tienes que dejar que sucedan.

Supongo que esto es una despedida.

Supones bien—me dijo, logrando que mi corazón en aquel instante se rompiese en mil pedazos.

Y es que tenía razón, y yo sabía que la tenía. Yo era consciente que estar lejos la una de la otra, nos ayudaría a recuperar la calma en nuestras vidas, y a que los acontecimientos sucederían como debían suceder.

Solo tenía que analizar mi reacción al saber que se marchaba, para darme cuenta de la repercusión de su influencia en mi vida. Había llegado a odiar a mi propio marido solo por un simple comentario, probablemente con la intención de hacerle daño, pero que él creía por completo. Porque Jesse estaba convencido de mi embarazo hasta que la evidencia le demostró lo contrario. ¿Qué no lograría hacerme pensar o sentir sobre él teniéndola más tiempo a mi lado? ¿Qué no haría Jesse por lograr que me olvidase de ella? Había sido claro y contundente; No estaré tranquilo hasta que la vea lejos de aquí. Y yo no quería que mi matrimonio se convirtiese en un nido de indirectas, de desconfianza o peleas cada vez que Quinn apareciera por mi vida. Yo no quería odiar a quien más había amado y amaba hasta ese instante, ella me estaba dando la oportunidad de que eso no sucediese, de que su persona no influenciara como yo lo había hecho en su relación. Aunque para ella, según decía, fue de manera positiva.

Yo solo quería que supiera que no quería perderla, que aquel encuentro que se alargó durante dos meses, no acabase en aquel instante.

—Estoy segura de que el destino volverá a juntarnos—dijo rompiendo el breve silencio que ambas guardamos, en el que simplemente nos miramos.—Estoy convencida de ello.

—¿Me lo prometes? ¿Me prometes que eso va a suceder?—le dije lanzándole la mano para que firmase ese pacto.

—Te lo prometo, y si no es así, crearé una quinta dimensión y manejaré las leyes del universo para que así suceda—me respondió recuperando la dulzura y la sonrisa, aunque las lágrimas parecía querer rebosar en sus ojos. –No dudes que lo haré—sentenció aferrándose a mi mano, momento que yo utilicé para impulsarme e ir más allá. Porque necesitaba volver a abrazarla, porque necesitaba que ella me abrazase y me hiciera comprender que no era un adiós, sino un hasta luego. Un hasta pronto.

Y lo hizo.

No sé cómo, tal vez porque cuando me impregné de su perfume, todas las escenas de nuestros encuentros a través de los años pasaron por mi mente, recordándome que habían sucedido porque tenían que hacerlo. Que aquella mujer siempre había estado presente en mi vida, sin importar la forma o el tiempo. Ella había estado y no me cabía duda alguna de que debía estar en el futuro.

—Rach…—susurró en mi oído mientras me hundía en su cuello y la abrazaba con más fuerza—Robert está a punto de llegar… No deberías estar aquí.—No pude hablar. Simplemente respiré con fuerza, guardé parte de su perfume en mi memoria y deshice el abrazo con dificultad, pero siendo consciente de que no había marcha atrás. –Tenemos un trato, ¿recuerdas? Si una de las dos está mal, podrá llamar a la otra. ¿De acuerdo?—asentí sabiendo que era lo único que podía hacer en aquel instante, porque el nudo en mi garganta volvía a colapsar mis cuerdas vocales y la presión en el pecho me dejaba sin aire.—Cuídate, por favor—susurró de nuevo, regalándome una última caricia en la mejilla mientras nos mirábamos, y ella sonreía por evitar que la pena se reflejara en su rostro.

Pena que por supuesto no oculté, y que arrastré conmigo en todo momento. Desde que la tuve a escasos centímetros mirándome fijamente a los ojos, hasta que regresé sobre mis pasos para llegar a la puerta, y salir de allí antes de que Robert nos encontrase juntas. Algo que indudablemente, ninguna de las dos queríamos que sucediese. Lo que no esperaba bajo ningún concepto es que, a pesar de la situación, fuese ella quien me abortase mi inminente salida por algunos minutos más. Fue buscar el picaporte de la puerta y escucharla de nuevo.

—Rachel…—Musitó y cuando me giré, la vi caminar con decisión hacia mí hasta volver a quedar a apenas un palmo—Sé que no debo, sé que te puede complicar las cosas pero… Lo siento, no me alejaré de ti sin llevarme tu recuerdo.

—¿Qué?—atiné a balbucear antes de sentir como sus labios bloquearon mis pensamientos y el calor, la suavidad de ellos regalándome un beso que nunca más iba a olvidar, y que me mantuvo a la deriva durante el tiempo que duró. Sin remordimientos de consciencia, sin pesar ni nada que pudiese echarme atrás y negarlo. No hice absolutamente nada más que disfrutarlo, más que sentirlo y vivirlo como lo que era. Y no me importó en absoluto. Solo me molestó que se acabase y me dejase con ganas de más.

—Lo siento—susurró sobre mis labios, apoyando su frente contra la mía mientras acariciaba mi cuello con sus manos—Puedes odiarme, y puedes decirle a Jesse que no te respeté, que he sido yo quien te ha besado. No me importa, mi chica galáctica. Necesitaba volverlo a sentir, y que te lleves el mejor recuerdo de mi—añadió antes de volver a posar un único y dulce beso más sobre mis labios, ésta vez sin dejar de mirarme, sin cerrar los ojos para permitirme ver a través de los suyos ese universo que tanto me había fascinado.

Y fue curioso, porque nada más distinguir mis estrellas favoritas en ellos, algo cambió en mi interior. Me resultaban tan familiares que supe que nunca me sentiría sola teniendo aquellos ojos mirándome.

Tenía razón, tal vez aquel beso iba a suponer un nuevo quebradero de cabeza para mí, y para mi relación con Jesse, porque mi personalidad, mi lealtad me iba a obligar a confesárselo, pero sería si acaso, mucho más adelante. Porque aquel momento ya era mío y quería disfrutarlo, quería guardarlo para mí y que no se convirtiera en la peor de mis pesadillas. Aquel beso ya era mío, y nada ni nadie me iba a hacer sentir culpable por ello.

No tenía ni idea de si volvería a verla, si volvería a disfrutar de su persona ni de si en caso afirmativo, sería dentro de poco o mucho tiempo. Pero aquella noche del lunes 13 de Julio de 2015, al igual que la noche del 18 de Diciembre o la del 6 de Junio de 2010, al igual que las otras muchas veces que nuestros encuentros fueron fugaces, volví a recuperar esa sensación de calma que me permitía alejarme de ella con total y absoluta tranquilidad, a pesar del llanto que seguía acusándome, y regresé a mi hogar tras despedirme de ella sabiendo que no importaba el cómo, el dónde ni el por qué, pero que volvería a verla, que volveríamos a encontrarnos en esa dichosa línea del espacio/tiempo que tanto juego nos había dado. Porque había una leyenda que a pesar de mi escepticismo, tenía que ser real, nos unía. Que no había distancia lo suficientemente larga para el hilo rojo del destino.

Quizás estaba loca, quizás me había convertido en una lunática y lo que es peor, había logrado que ella también lo fuese, pero no me importó en absoluto. Había algo dentro de mí que con el paso de los días me había obligado a ignorar por temor, por miedo a la repercusión que podía tener en mi vida real. Lo había tratado de camuflar con excusas, me había auto convencido de que podía sobrellevarlo sin sufrir consecuencias, y me equivoqué. Metí la pata de lleno al creerme capaz de manejar el dichoso destino a mi antojo y llevarlo hasta donde más me convenía, sin ser conscientes de como en todo momento, fuimos simples títeres bajo sus hilos. Quinn aquella noche me devolvió la cordura más absurda, por llamarlo de alguna forma, y me hizo abrir los ojos para ver que por mucho que lo intentase, poco o nada podíamos hacer por cambiar lo que estaba por llegar. Simplemente teníamos que seguir nuestros caminos, vivir nuestras vidas, y aguardar.