Becoming (Really Slow Motion)
Francia estaba sufriendo terriblemente y a nadie le importaba.
Sus amigos solo se preocupaban por sí mismos o los más cercanos a ellos, y los que quizás hubieran estado ahí por él o se estaban muriendo o desaparecidos. Tuve que ser yo quien fuera a ver cómo se encontraba. Recuerdo estar muy enfadada por Canadá por haberle dado la espalda...Por aquel entonces no sabía en qué estaba metido...
No di con Francia en su casa. Me dijeron que había salido por primera vez en mucho tiempo a dar un paseo. Se había dejado el móvil. Solo se me ocurrió visitar los lugares que frecuentaba, que eran queridos para él.
Y acerté. Tras varias horas de búsqueda, cuando se acercaba la hora de comer, me lo encontré en el Moulin Rouge.
El local aún no había abierto al público. Allí solo había personal que se encargaba de ciertas gestiones antes de que cayera la noche y empezaran los espectáculos. Pero en la cabeza de Francia el Moulin estaba rebosante de animación. Había luces, había música. A su alrededor la gente vitoreaba a las muchachas y los caballeros que hacían sus números sobre el escenario, había bebida, humo de tabaco en el aire, risas, exclamaciones de asombro y escándalo. Gente que hacía mucho tiempo que solo vivía en su recuerdo.
¿Buscaba consuelo Francia entre los muertos, ahí sentado en la penumbra de una enorme sala vacía? ¿Buscaba revivir la felicidad que sintió en otros tiempos?
Cuando me vio acercarme, se levantó del asiento, murmurando mi nombre, como si no se creyera que estuviera realmente allí.
— Hola, papa.
— ¿Qué haces aquí?—me preguntó mientras me abrazaba. Dios mío, me dije, parecía veinte años mayor.
— Vine a verte, papa. He oído que no estabas bien y quizás querrías algo de compañía.
— Estoy bien, pero ¿y tú cómo estás?
— Yo estoy bien.
— ¿Seguro?
— Sí.
Él me miró como no creyéndoselo. Su mano tocó mi mentón con cariño, con una inmensa tristeza.
— Ma petite Seychelles...Me alegro de que tú estés a salvo...
— ¿Qué haces aquí, papa? Está cerrado.
Francia miró a su alrededor y suspiró por la nariz.
— Me despedía.
— ¿Vas a alguna parte?
— Sí. No sé adónde. Pero definitivamente me iré...
— No digas eso.
— Ayer asaltaron el Panteón. No han respetado ni las tumbas de los muertos...estuvieron a punto de sacar de la suya a Voltaire. Echaron pintura sobre los frescos de Jeanne...No hago más que encontrarme carteles que dicen "Vendamos la Torre Eiffel en la chatarrería"...
— No eres tus monumentos. Eres algo más profundo que eso.
— Se empieza por ahí, Seychelles. Eliminando la historia, los recuerdos. Llegará un momento en que una generación reemplace a las que viven ahora, y no sabrán quién fue Napoleón Bonaparte, qué ocurrió en Verdún, qué significó la guillotina, la llama debajo del Arco del Triunfo, o la Marsellesa. Y como no recordarán, volverán a repetir los errores que cometí.
— Todo irá bien, ya lo verás.
Él trató de sonreírme. Me tocó el pelo con cariño, no como el sátiro que la gente decía que era (y que yo a veces creí), sino como un padre que tiene a su hija de nuevo en sus brazos. Esperé de veras que encontrara algo de consuelo en mí, aunque fuera solo un poco.
— Salgamos a dar un paseo, Francia. Sabes que me encanta venir a tu hermosa ciudad.
— Será un placer.
Aunque un poco reluctante, Francia llamó a sus guardaespaldas y juntos dejamos a los fantasmas del Moulin Rouge disfrutando de su fiesta sin fin.
Francia amaba su París. Siempre había estado orgullosa de ella, pero aquella vez...Comprendí su preocupación mientras caminábamos por la ciudad. Los carteles y pintadas del movimiento inundaban las fachadas, cada superficie, en realidad. Nos encontramos a quien le lanzó unas miradas que me asustaron hasta a mí.
— Cerdo—oí que murmuraba alguien a nuestro paso.
Incluso en compañía de los guardaespaldas de Francia no me sentía muy segura. No solté su brazo en ningún momento.
Al mirarlo, lo vi cabizbajo, serio. Ese no era Francia. No se parecía en nada al que conocía. Traté de hacerlo volver con una conversación que se apartara todo lo posible del estado de las cosas, pero no daba resultado. Cuando comenté algo sobre hice un comentario sobre el sol que hacía, suspiró por su amigo España.
Solo una cosa vino a sacarlo de su estado, y yo no la provoqué.
Se escuchó una explosión a nuestra espalda. No nos hizo el menor daño, pero los guardaespaldas de Francia nos apartaron de inmediato y él...
— ¡Papa! ¡Francia!
Se tocaba la frente. Yo creía que estaba herido, aunque no tuviera sangre. Se dio la vuelta con un tambaleo. Y entonces vio lo que ocurría.
El Puente de las Artes. El que por los miles de candados del amor tuvo que ser rediseñado. Patrimonio de la Humanidad. Ya no existía.
— ¡Una bomba!
— ¡Corre!
— ¡Todo el mundo fuera, aléjense de aquí!
Tiré de Francia, que seguía clavado en el sitio, mirando el vacío que ahora llenaba el humo. Nos apartamos de allí, no mucho, hasta un lugar seguro, y allí los guardaespaldas cuidaron de él.
Recuerdo haberme preguntado si había alguien allí, en el puente. Dios mío, ¿había alguien allí?
— ¿Señor Francia?—le preguntó una de ellos.
Él no reaccionaba. Me acerqué para tocarle las mejillas. Estaba tan pálido...
— Papa...—lo llamé.
Aparté la mirada de él para mirar a mi alrededor. Había mucha gente mirándonos. Los guardaespaldas hacían lo posible por cuidar de él y alejarlos.
Recuerdo haberlos odiado. A todos ellos. Mirando mientras su nación sufría enormemente. Olvidando todo lo que había hecho por ellos, igual que todos los demás. Eran cómplices de aquellos que estaban destruyendo las reliquias de su pasado, todo lo que era querido para él. Lo abracé y habría arrancado la cabeza a quien se hubiera acercado.
Alguien lo hizo. Un hombre calvo de color se acercó. Los guardaespaldas de Francia impidieron que diera más de tres pasos hacia nosotros. Pero él no quería hacerle daño. Me volví hacia él y vi que había lágrimas gruesas resbalando por sus mejillas.
El hombre, para mi sorpresa, comenzó a cantar en voz baja:
— Allons enfants de la Patrie...Le jour de gloire est arrivé...Contre nous de la tyrannie...
Una mujer pelirroja que había a nuestra izquierda, llevando de la mano a un niño de unos cinco años, lo siguió tan bien como su garganta tocada le permitió:
— L'étendard sanglant est levé...L'étendard sanglant est levé
Ahora eran cinco los que cantaban. Uno de ellos era un señor con bigote cuya voz destacaba entre la multitud. Cuando Francia parpadeó, comenzando a reaccionar, eran ya diez. Una mujer mayor cantaba también con lágrimas en los ojos. Había también un par de muchachos que, pese a su aspecto de hipsters, se unieron.
— Entendez-vous dans les campagnes mugir ces féroces soldats ? Ils viennent jusque dans vos bras égorger vos fils, vos compagnes!
¡Todos los que estaban allí cantaban! ¡Se acercaba cada vez más y más gente, solo para mirar a Francia a los ojos y sonreírle, compartir con él sus lágrimas y cantar! No puede evitar sonreír al ver a todas aquellas juntas, y tan diferentes entre sí: mujeres, hombres, jóvenes, adultos, ancianos, blancos, negros, asiáticos, de aspecto humilde, rico; ¡todos pendientes de Francia, cantándole, mostrándole su cariño!
— Aux armes, citoyens! Formez vos bataillons! Marchons, marchons! Qu'un sang impur abreuve nos sillons!
Terminaron con un aplauso y una enorme ovación.
— ¿Ha visto usted eso, señor Francia?—uno de sus guardaespaldas le estaba sonriendo como un niño pequeño.
— ...Sí, Bernard...Lo he visto...
Francia me miró de reojo. Sonreía. Por fin estaba sonriendo. Le hacía parecer más joven, como si ese velo se hubiera levantado, como si hubiera vuelto a la vida. Se levantó. La gente lo vitoreó. «Vive la France!», coreaban. Él saludó como el showman que finaliza su número. La gente lo aplaudió con mucho más entusiasmo. «¡Te queremos, Francia!», «¡Abajo los tiranos!», «¡Contigo hasta la muerte!».
— Mientras quede un solo francés...—le oí murmurar—. Mientras una sola persona crea en mí...No voy a dejar de pelear.
Alguien difundió el estúpido tópico de que Francia es un cobarde. Si el mundo entero hubiera visto lo que vi yo, ni se les habría pasado por la cabeza.
— Seychelles, querida...
— Ve. Encuentra a quienes han hecho esto y patéales el trasero.
— Que Bernard y Julie te lleven a casa y te preparen algo rico. Ya te lo compensaré cuando esto acabe. Tranquila, ¡no tardaré mucho!
Tomó mi cara en sus manos y me besó la frente. Luego echó a correr.
Por primera vez en semanas, no huía de las miradas acusatorias de nadie. A su paso, la gente le sonreía, le lanzaba cumplidos. Hartos del destrozo a su patrimonio, los franceses comenzaron a declarar su amor por él en voz alta y, sin saberlo, le devolvieron la vida y la juventud.
