EN BUSCA DE LA FELICIDAD

CAPITULO XXV

Unos pocos copos de nieve caían en Lakewood cuando un automóvil entró a la mansión de las rosas, era un automóvil muy elegante igual al de los Andrew, pero venía conducido por Michael Lawler quien con las indicaciones que le había dado Anthony y las que Eliza pudo darle había llegado sin mayores contratiempos.

El elegante portón se abría majestuoso ante el automóvil que se desplazaba por el inmenso jardín llegando hasta la puerta de la mansión.

-Bienvenidos doctor Michael. – Decía Anthony dando un amable recibimiento a la pareja, Eliza bajó del auto una vez que su esposo abría la puerta y la ayudaba a bajar. – Eliza. – La saludó cortés, una Eliza algo incómoda saludó a Anthony y a los demás incluida Candy, quien no pudo evitar ver su vientre, Candy se sintió incómoda con el gesto y bajo si mirada apenada, Eliza vio lo que ella hacía y no queriendo que le tuvieran lástima por su situación la cual intuía ya todos sabían, solo atinó a decir.

-Felicidades Candy, Anthony. –Lo había dicho sinceramente, aunque nadie le creyera, ella no tenía nada en contra de ese bebé y menos si era parte de su familia y de su adorado Anthony, Candy le sonrió tímidamente agradeciendo el gesto e invitándolos a pasar a la mansión como toda una verdadera anfitriona quien recibe a sus visitas con agrado.

-¡Que hermoso lugar! – Dijo Michael maravillado del jardín que aunque nevado se veía hermoso.

-Deberías verlo en primavera. – Dijo con una sonrisa Eliza, rememorando las bellas rosas que pertenecían a Anthony, quisiera o no tenía que reconocer que el lugar era más bello en primavera.

-Pueden venir cuando gusten. – Dijo amable Anthony dándoles el pase a la gran mansión.

Una vez dentro Eliza saludó a todos, menos a Dorothy quien decidió quedarse dentro de su habitación porque no quería que la señorita Eliza la reconociera y le hiciera alguna maldad, Albert había estado de acuerdo, no le daba vergüenza su esposa, al contrario se sentía orgulloso de ella, pero no confiaba del todo en Eliza.

-¿Y su esposa tío abuelo? – Le preguntó amable, pero la forma en que lo llamó hizo que Albert riera divertido.

-Lo siento Eliza. –Dijo excusándose ante la mirada de asombro de Eliza al verlo reír con tantas ganas. – Dorothy se encuentra en la habitación indispuesta, pero no me llames tío abuelo, sería mejor para mí si me llamas Albert o simplemente tío, como tú decidas. – Dijo amablemente a su sobrina, no era santo de su devoción pero por la situación que atravesaba le hacía sentir pena por ella y algo de congoja, Eliza asintió únicamente.

-Ya veo. – Dijo Eliza tranquila. - ¿Achaques del embarazo? – Dijo simplemente y Albert asintió, ella sabía bien por sus amigas que el embarazo las cansaba mucho e incluso les daba mucho sueño, así que no indagó más, le daba igual si la veía o no.

Habían llegado algo tarde a Lakewood, así que decidieron pasar la noche ahí y mañana dirigirse temprano rumbo al hogar de Ponny, Candy estaba en la habitación que ahora les habían asignado como matrimonio, estaba ubicada en el tercer piso del otro extremo a la del patriarca, ahí estaban las habitaciones para las parejas y en el segundo piso se encontraban las habitaciones para los solteros y las visitas, siendo Archie y los Lawler los únicos que habitaban ese piso, la tía abuela estaba en el primer piso ya que por su edad no quería ni subir escaleras ni andar en el elevador.

Candy observaba desde su ventana el hermoso jardín nevado, maravillada por cómo se veía desde esa altura, nunca lo había observado desde ahí, cuando fue encerrada en aquel cuarto por los hermanos Leagan, no podía ver nada más que ratones, fantasmas y el reloj de la torre sur. La habitación había sido acondicionada para ellos dos, era muy amplia y tenía su propia estancia, una pequeña sala, su baño-vestidor y por supuesto la amplia cama que era lo principal de dicha habitación. Anthony se acercó por su espalda y la abrazó sorprendiéndola gratamente por estar ahí, perdida en sus pensamientos.

-¿En qué piensas hermosa?

-En lo bello que se ve el jardín desde esta vista Anthony.

-No es tan bello como tú, princesa.

-Después de que nazca nuestro hijo quiero volver. – Dijo Candy volteándose mimosa para abrazarlo por el cuello, ya no podía estar tan cerca de su cuerpo porque su vientre se lo impedía pero aun así el sentir las formas de su bella esposa lo hacían perder la razón. – ¡Quiero regresar en mi cumpleaños! – Dijo emocionada como niña chiquita.

-Sabes que tus deseos son órdenes princesa, una vez que haya nacido nuestro hijo, vendremos a Lakewood para que mi madre lo conozca. – Dijo con un poco de tristeza en sus palabras. Candy lo besó tiernamente para tratar de aliviar un poco el dolor que sentía el rubio aún por la pérdida de su madre.

Se dedicaron a amarse apasionadamente esa noche, ni los meses de embarazo habían logrado mitigar la pasión que había entre ellos, habían buscado la manera de complacerse sin la necesidad de incomodar a su pequeño y cada noche buscaban la manera de hacerlo, era una necesidad que ambos tenían y sabían aprovechar muy bien.

La mañana amaneció muy fría habiendo nevado un poco más por la noche y muy temprano los mozos de la mansión se encargaban de limpiar la entrada y los caminos de la mansión así como los techos y los jardines.

-Buenos días princesa. – Dijo Anthony regalándole una sonrisa a su dormilona esposa quien ya comenzaba a abrir los ojos con algo de trabajo.

-Buenos días mi príncipe. – Le respondía gustosa, removiéndose entre las sábanas donde aún se encontraba su cuerpo cubierto solo por los cobertores de la cama. En aquella época no existía calefacción que los ayudara a mantener el calor dentro del hogar, pero lo grueso de las paredes de las casas ayudaban a que el frío se mantuviera más tiempo fuera de ellas y los cobertores de lana ayudaban a mantener el calor que proporcionaba el cuerpo humano, y a pesar de la desnudez de ambos rubios el calor que sus cuerpos provocaban los mantenía con la temperatura ideal para dormir sin frío.

Ambos bajaron ya con las ropas necesarias para emprender su viaje al orfanato, ya todos estaban listos sorprendiendo a Michael del acompañamiento que llevarían más no a Eliza, quien sabía bien que iban sus primos para asegurarse que ella no intentara alguna fechoría en contra de la huérfana, pero esta vez estaban equivocados Eliza no tenía el ánimo de molestar a la rubia, ella solo iba a ese lugar por complacer a Michael y nada más por eso, aunque no tenía ni la más mínima intención de llevarse a algún andrajoso de ese lugar.

Comenzaron el viaje muy tranquilos, la limusina de los Andrew iba con mucha precaución atravesando los caminos nevados, pasaron cerca de la antigua residencia de los Leagan, la cual a lo lejos lucía abandonada, un dejo de tristeza apareció en el rostro de Eliza quien se mantenía muy callada durante todo el camino, expectante de llegar a su destino.

Los demás iniciaban una plática a la cual ella no encontraba mucho interés pensando en mil y un formas de decirle a Michael que buscaran si quería un hijo en otro lugar que no fuera precisamente ese orfanato. La necedad y testarudez de su esposo había hecho que fueran a ese lugar, al decirle Anthony que ahí había sido educada su esposa los primeros doce años, y que además conocía a otro muchacho que también había sido educado ahí y que era un joven bueno y muy trabajador, eso había hecho que Michael pensara en que las personas que educaban en ese lugar hacían un excelente trabajo, y por ello comenzó ahí la búsqueda del que pensaba él sería su próximo hijo.

Llegaron al hogar a media mañana, ayudando Anthony a bajar a su esposa de la limusina y conducirla con cuidado a la entrada de su hogar.

-¡Señorita Ponny, hermana María! – Llamó con su ya acostumbrada alegría, las dos buenas mujeres salieron al encuentro de su hija al momento de que escucharon su voz, alrededor del orfanato estaba un grupo de niños que jugaban aventándose bolas de nieve, muy cubiertos con sus abrigos, pero eso sí sin importarles el frío que hacía jugaban como si fuera pleno verano. Los Cornwell se encargaban de bajar un buen número de cajas que llevaban para cada uno de los niños, eran los regalos de navidad que ellos mismos habían elegido para cada uno de ellos, todos recibirían por lo menos un pequeño presente esa navidad, así como ropa y algunos adornos que llevaban para poner el árbol de navidad. Candy recordaba las navidades que ella había pasado en ese lugar y a pesar de ser muy humildes eran llenas de amor y calidez, nunca deseo nada gracias a ese par de maravillosas mujeres.

-¡Candy, jóvenes Andrew! ¡Bienvenidos! – Dijo la señorita Ponny emocionada de ver todo lo que llevaban pero principalmente de ver a su hija ese día, y más en su estado.

-¡Te ves hermosa Candy! – Dijeron ambas emocionadas tocando el vientre de Candy e invitándolos a pasar.

Anthony fue el encargado de presentar al Doctor Michael a las madres de Candy, diciéndole que ellas eran las mujeres encargadas de tan maravillosos niños, saludando Michael encantado a las dos buenas mujeres. Eliza se había quedado al pie del cerco que había en el hogar, observando a los niños que estaban jugando con las bolas de nieve, perdida en sus pensamientos, observando ese lugar que si bien era muy humilde no lo parecía por la felicidad que tenían esos niños, no les veía el motivo para serlo, sin embargo la sonrisa que despedían sus rostros era mayor a la que ella con todo y sus lujos alguna vez mostró, no entendía el por qué eran tan felices y ella fue tan infeliz de niña.

Michael observaba a su esposa quien miraba más allá del hogar, rumbo hacia una colina a lejos, estaba perdida en algún punto de esta, quería hablarle cuando de pronto vio que se dirigía presurosa a ese lugar ante el asombro de los presentes quienes no comprendían el proceder de la pelirroja, los que la conocían creían que huía de ese lugar.

Eliza había fijado su vista hacia un par de niños que jugaban al pie de la colina no muy lejos de los demás, pero si estaban un poco más retirados, y alcanzó a ver que uno de ellos molestaba a una pequeña niña de cabello rubio oscuro y ojos cafés, de una tez apiñonada muy parecida a los rasgos de su esposo, el niño en cuestión era un pequeño de unos cuatro años que se veía era muy travieso y sin saber por qué Eliza recordó a su hermano Neal al verlo pelear con la pequeña rubia de tan solo unos dos años, si su intuición no le fallaba. No supo que había pasado, no se detuvo a pensar solo corrió hacia ella al escucharla llorar y verla que con su bracito cubría su rostro para que la nieve no le cayera encima. Sin pensar se colocó entre el niño y la pequeña y le lanzó una mirada de "quédate quieto" que asustó al niño y lo hizo rectificar su conducta, mientras volteaba a ver a la pequeña quien seguía llorando y la tomó en brazos, a lo lejos Anthony, Candy y Michael veía la escena sorprendidos, no esperaban eso de Eliza, pero a la vez temían por lo que le diría o haría al niño.

La hermana María y la señorita Ponny ya iban al lugar para ver qué había sucedido.

-¡Elizabeth! – Gritó la señorita Ponny mientras se acercaba a la joven que la traía en brazos. - ¿Estás bien? – Decía preocupada, mientras dirigía una mirada retadora al otro niño.

La hermana María había llegado al lado del pequeño, mientras Eliza se sorprendía del nombre por el cual era llamada la pequeña.

-¿Elizabeth? – Preguntó confusa sintiendo algo en su frío corazón, algo que lo había traspasado sin proponérselo.

-¡Louis! ¿Cuántas veces tengo que decirte que dejes en paz a Elizabeth? – Dijo la hermana María, tomando del brazo al niño y llevándolo para el hogar.

Eliza pidió a la Señorita Ponny ser ella la que llevara al hogar a la pequeña, aceptando de buena gana la buena mujer, total ella no sabía cómo era esa muchacha, la única que la conocía en sus desplantes era la hermana María quien la reconoció desde que se bajó del automóvil junto a Michael.

Eliza sintió un cariño hacia esa pequeña, no sabía si era amor u otra cosa, solo sabía que le había caído bien y era algo que hasta a ella misma extrañaba.

Michael la veía con una sonrisa en sus labios cuando la vio acercarse con la pequeña, viendo que la niña se acurrucaba en su regazo.

-Se llama Elizabeth. – Fue lo único que le dijo a su esposo, quien solo atinó a sonreírle emocionado y volteando a ver a Candy y Anthony quienes la miraban sorprendidos y a la vez emocionados.

Se adentraron al hogar, mientras Anthony y Michael les explicaban a lo que habían ido, Candy y la hermana María iban a la cocina a preparar un chocolate caliente, Eliza seguía con la niña en brazos.

-¿Ya estás mejor? – Le preguntó Eliza a la pequeña, asintiendo ella pero aún no se quería desprender de su lado.

-Elizabeth es una pequeña que acaba de llegar al hogar. – Dijo la señorita Ponny, aceptando con gusto a lo que iban y esperanzada por que alguno de sus hijos encontrara un lugar donde le dieran mucho amor. – Tiene unos meses con nosotros, la trajo su mamá porque ya no podía cuidar de ella. – Dijo con tristeza. – Ha batallado en acercarse a los demás niños, se siente sola y extraña a su mamá por las noches, llora asustada buscándola. – Dijo derramando unas lágrimas. Eliza escuchaba la historia y hasta ella misma se sentía indignada de que la hubieran abandonado tan pequeña.

-¿Cuántos años tiene? – Preguntó únicamente, nadie sabía que era lo que pasaba por la mente de esa muchacha, solo ella sabía la indignación que sentía en su mente y el estrujamiento que sentía su corazón.

-Su madre nos dijo que tenía un año y dos meses, así que tiene un año 8 meses, el 21 de abril cumplirá los dos años.

-Es muy pequeña. – Le dijo Eliza, quien seguía con la niña aferrada en sus brazos.

-Tal vez le recuerdas a su mamá. – Le dijo la hermana María quien venía con las tazas de chocolate para ofrecer a los demás junto con Candy. Eliza se sorprendió por el comentario que la religiosa hacía y sin saber porque le estrujó el corazón. – La mamá de Elizabeth era más o menos como tú, solo que era muy humilde, hay algo en ti que tal vez se lo recuerde a la pequeña. – Mientras seguían en la pláticas la señorita Ponny y Michael hablaban sobre los requisitos para poder adoptar a uno de sus niños, mientras Eliza no perdía detalle en los demás niños y en la pequeña que poco a poco se fue durmiendo en sus brazos, después de haber dejado de llorar.

Pasaron una tarde muy tranquila, en donde los Cornwell no dejaban de ver curiosos a las reacciones de Eliza, ya que ella permanecía de lo más callada.

-¿Crees que Eliza adopte a un niño?

-No lo sé Archie, no ha visto a los demás niños, solo a Elizabeth y ya se me hace bastante extraño que no la deje un rato.

-Eso ha de ser porque la pequeña llora cada vez que la separan de ella.

Los cuatro chicos habían decidido ir al bosque junto a los pequeños más grandes quienes los guiaban por el camino en busca de un árbol de navidad para poderlo adornar, todos iban muy emocionados y sin saber por qué el pequeño Louis había insistido en ir junto a Michael a la búsqueda del árbol navideño.

-¿Qué se siente? – Dijo Eliza de pronto dirigiéndose a Candy, quien no entendía bien la pregunta de la pelirroja.

-¿Perdón? – Preguntó indecisa.

-¿Qué se siente no tener padres? – Le dijo aclarando las dudas a la rubia.

-Yo nunca me detuve a pensar en ello, hasta que tenía seis años, ahí fue cuando comprendí que me hubiera gustado tener una mamá, pero yo nunca conocí a una yo conocí a dos. - Dijo fijando la vista en las dos mujeres que habían dedicado sus años de juventud a criar a tantos niños. - Así que no entiendo cómo se siente la pequeña Elizabeth, ella sí conoció el calor de una madre y al parecer aún lo recuerda. Yo nunca tuve ese recuerdo, pero si al ir creciendo y comprender que no tenía padres te sientes rechazada, que no perteneces a ningún lugar, es por eso que siempre regreso aquí, porque aquí siento que pertenezco.

-No deberías sentirte así, ahora tienes una familia. – Dijo secamente Eliza.

-Tienes razón, ahora tengo mi propia familia. – Dijo Candy feliz. – Eliza tú también puedes tener una familia más grande.

-Yo no soy como tú Candy.

-Eres mujer, tienes instinto maternal, sino Elizabeth no se hubiera acercado a ti. – Le dijo sorprendiendo a la testaruda mujer.

-Candy tiene razón señora. – Le decía la hermana María mientras llegaba por Elizabeth para llevarla a dormir a su cama. Eliza sintió un frío en sus brazos al sentir que ese frágil y pequeño cuerpo era alejado de sus brazos, sintiendo un vacío en el corazón. – Disculpe que me la lleve señora Lawler, pero no sería justo para ella que piense que su madre regresó por ella, apenas tiene tiempo que comienza a dormir por las noches, poco a poco se ha ido olvidando de ella. – Eliza asintió pero seguía con esa sensación de pérdida.

-Eliza, ¿Estás bien? – Preguntó Candy al verla que sus ojos se llenaban de lágrimas al ser retirada de la pequeña, Eliza solo asintió poniendo su dura expresión nuevamente.

Cuando regresaron los caballeros, Michael iba con el pequeño Louis en brazos el cual se había cansado de tan largo viaje, una vez que pudieron meter entre todos el árbol lo colocaron en la esquina de la estancia, ahí se colocarían los juguetes y regalos que habían llevado los chicos Andrew.

Había llegado la hora de despedirse y Eliza seguía igual de seria, sentía un nudo en su garganta que le impedía hablar o siquiera respirar, Michael estaba triste porque pensaba que no había conseguido nada de su caprichosa esposa y él sentía tener más ganas de un hijo con quien hacer todo lo que habían hecho ese día, salir a pasear, arreglar el árbol navideño, o simplemente que se durmiera en su regazo.

Eliza observaba a todos los pequeños, en especial a Louis quien seguía recordándole a su hermano y por si fuera poco tenía el mismo nombre que su padre "Louis", Elizabeth tenía el nombre muy parecido al suyo, pero había algo en esos niños que la hacía recordar un pasaje de su vida.

-¿Cómo llegó Louis? – Pregunto de repente.

-Louis llegó como quien dice solo al hogar. – Dijo la hermana María. – Un día fuimos al pueblo y encontramos a Louis llorando cerca de los juegos, me acerqué a él y estaba muy asustado, me dijo que había perdido a su abuela y que no la encontraba por ningún lado, nos pusimos a buscar a su abuela y al no encontrarla lo trajimos al hogar, duramos días buscando en el pueblo a su abuela o algún familiar, más sin embargo no tuvimos éxito, nadie parecía conocerlo.

-¿Desde cuándo está aquí? – Pregunto Michael.

-Desde que tenía un poco más de dos años. – Dijo Eliza quien al escuchar la historia recordó el pasaje de su vida que había sido bloqueado hace muchos años, uno que por su corta edad había olvidado, recordaba que Neal su hermano se había perdido un día que fue con su madre de compras y ella estaba muy asustada porque no lo veía, más sin embargo su madre con toda la calma del mundo mandó a buscarlo y se retiró a su casa, encontrando al pobre de su hermano hasta otro día y mientras ella estaba angustiada por él su madre no se inmutaba mucho que digamos, una vez que apareció su madre solo se limitó a decir que no le comentara nada a su padre, al ser ella la mayor le pedía que guardara silencio. Sara desde ese entonces hizo lo posible por complacer a sus hijos, por el miedo que sentía que la descubrieran ante su esposo.

Estaban a punto de abordar la limusina para regresar cuando Eliza vuelve la vista al hogar mirando detenidamente el lugar.

-¿Qué sucede Eliza? – Le preguntó su esposo viéndola aún triste por su fallido intento de adopción. Candy la veía expectante sabía que algo sucedía en ella y era algo que solo ellas como mujeres que eran habían sabido descifrar.

-Quiero adoptar a Elizabeth. – Dijo simplemente.

-¿De verdad? – Dijo Michael emocionado, aunque él hubiera esperado que fuera Louis ya que había sentido una conexión con ese inquieto niño que no había parado de hacer travesuras en todo el tiempo que habían estado ahí, los cuatro años eran por los que pasaba el pequeño y eso lo hacía ser curioso e inquieto. Eliza solo asintió y los demás sonrieron, los ojos de Eliza voltearon a ver a Louis quien la miraba serio, aún recordaba la mirada de la pelirroja cuando defendió a Elizabeth, Eliza se dio cuenta de ello y sin decir nada se separó de su esposo quien no cabía de la felicidad que lo embargaba.

Se dirigió a Louis poniéndose a la misma altura de él y le dedicó unas palabras.

-De ahora en adelante, tú vas a ser el hermano mayor de Elizabeth, ahora tendrás que cuidarla y protegerla de quien quiera hacerle daño, no la molestarás, no volverás a hacerla llorar y no volverás a arrojarle cosas ¿De acuerdo? – Le dijo en un tono firme, decidido, cosa que el pequeño solo asintió con un poco de temor, pero al verla a los ojos supo que se lo decía con ternura, que esas palabras si bien no eran la de una madre amorosa y cariñosa, si serían la de una madre protectora y sobre todo que sería la mejor madre y el mejor padre que pudiera tener. Le tomó de la mano y lo guió hacía Michael quien la veía con lágrimas en los ojos por la acción que había hecho su esposa. Candy se abrazó conmovida a Anthony y los Cornwell no podían pensar más que compadecer a los pobres chicos.

-¡Mamá! – Gritó la pequeña Elizabeth quien ya había despertado ante el asombro de todos ya que desde que había llegado al hogar no había vuelto a pronunciar una palabra y al ver a Eliza efectivamente le había recordado a su madre.

Eliza la tomó en sus brazos a la pequeña quien se arrojó a su cuello y no quería soltarse de ella. Eso hizo que el corazón de Eliza se acelerara después de eso la acercó a su rostro y le habló solo a la pequeña unas palabras que aunque pudieron escuchar los demás ninguno atinó a decir nada.

-No te preocupes Elizabeth, vine por ti y te prometo que nunca más te dejaré sola. – Le dijo besando su frente ocasionando que a los demás se les hiciera un nudo en su estómago. Eliza había decidido que la pequeña siguiera con la creencia que ella era su verdadera madre y nadie discutió eso. – Gracias por cuidarla. – Fue lo que les dijo a las dos buenas mujeres quienes tenían los ojos inundados de lágrimas.

-¡Mami! – Volvió a decir con inocencia la pequeña, quien al igual que el pequeño Louis la acercaban a Michael.

-Elizabeth, él es Michael tu papá. – Le dijo viendo como la pequeña veía con curiosidad al joven que tenía los rasgos muy parecidos a los de ella. – Y de ahora en adelante Louis será tu hermano mayor. – Le dijo ante la carita de asombro de la niña, no pudiendo evitar hacer una cara de desagrado porque ese pequeño siempre la había molestado, la verdad era que el pequeño Louis al ser el más chico de los niños y ser siempre el perdedor con los demás lo hacía desquitarse con los más pequeños, encontrando en Elizabeth la víctima perfecta para sus travesuras, no lo hacía con mala intención, más sin embargo la molestaba bastante.

-Louis, ¿Me prometes que ya no volverás a pelear con Elizabeth? – Preguntó Michael conmovido por los hijos que le había regalado su esposa. El niño asintió y volteo a ver a Eliza quien era la que más temor le causaba.

-¿Mamá? - Le dijo con nerviosismo. Eliza le dedicó una sonrisa de medio lado.

-Sí Louis, de ahora en adelante yo seré tu mamá y Michael mi esposo, será tu papá. – El niño vio en los ojos de Eliza cierto amor hacia él, tal vez no sería tan malo que esa señora tan estricta fuera su mamá, por lo pronto tendría que portarse bien con Elizabeth ya que ahora él era un hermano mayor y ella su pequeña hermanita. - ¿Sabes Louis? – Dijo Eliza viendo hacia el niño. – Te llamas igual que tu abuelo. – El niño sonrió emocionado, ahora tenía padres, una hermana y por lo que escuchaba un abuelo.

-Señorita Ponny, ¿Estaría bien si usted envía los papeles de la adopción a esta dirección? – Preguntó Michael extendiendo una tarjeta a la mujer, ya que quería llevarse a ambos niños ese mismo día y no esperar a que se arrepintiera su esposa.

-No hay problema. – Dijo la señorita Ponny, feliz por sus dos niños. – Cuídenlos y quiéranlos mucho, Louis es muy inquieto pero es buen niño, ténganle paciencia. – Dijo a la señora Lawler ya que ella era la que se veía que tenía menos paciencia de los dos.

-No se preocupe señorita Ponny. – Dijo la morena. – Louis prometió portarse bien. – Dijo volteando a ver al niño quien se volteaba a ver a las mujeres que lo habían cuidado los dos últimos años, asintiendo emocionado.

-¡Lo prometo señorita Ponny y hermana María! – Dijo emocionado.

Se subieron a la limusina ahora si todos los visitantes, viendo con sus ojos tristes a los demás niños quienes corrían alrededor del automóvil, un nudo se acentuó en el corazón de Candy.

-No podemos adoptar a todos. – Le dijo Anthony comprendiendo el pesar de su esposa, mientras se sujetaba su vientre con fuerza.

-Lo sé amor. – Le dijo comprendiendo lo que había dicho. – Pero me es difícil ver como no todos encuentran un hogar.

-Creo que podremos hacer algo al respecto ¿No te parece? – Le preguntó a Candy, mientras ella se emocionaba por lo dicho.

-¿En verdad? – Anthony asintió feliz, le gustaba verla sonreír y ese era uno más de los detalles que Candy amaba de él. Anthony había convivido con todos los pequeños y sabía que no había ningún bebé en el hogar, la más pequeña era Elizabeth y ahora tenía una familia, los Cornwell escuchaban la conversación de sus primos y sentían la misma necesidad de hacer algo con aquellos niños.

Anthony había pensado muy en serio en la posibilidad de adoptar un pequeño, pero sabía que primero tendrían que estabilizarse bien con el embarazo de Candy y esperar al nacimiento de su pequeño y después proponérselo a su esposa era algo que no dejaría pasar y más al ver la carita de decepción por parte de los niños que se despedían de ellos cada vez que los visitaban. Decidió hacer algo al respecto para que por lo menos los niños que llegaban a ese lugar encontraran a una persona que se quisiera hacer cargo de ellos, no podían adoptarlos a todos, como bien lo había dicho, pero si podía conseguir que más de uno adoptara a alguno de ellos.

-Por la educación que nos dan nos hacen ver que es malo no tener padres o que son personas inferiores. – Dijo Eliza entrando a la plática que mantenían sus familiares.

-Eso no está bien. – Dijo Anthony. – Todo niño merece un hogar, lamentablemente no todas las personas pensamos igual.

-¿Tu adoptarías? – Preguntó Eliza.

-Claro que sí, es lo que venía hablando con Candy, pero esperaremos a que nazca nuestro bebé. Lo malo que hay otros niños, tendremos que ver como ayudamos hermanos. – Les dijo a los Cornwell, los cuales asintieron decididos.

-Cuenten conmigo. – Dijo Michael, quien ya se había unido al grupo.

-Eliza ¿Crees que tu madre esté de acuerdo con tu decisión? – Preguntó Stear, viendo el miedo reflejado en los ojos de Eliza, pero cuando su esposo sintió como se tensaba fue él, el que tomó la palabra.

-La señora Leagan tendrá que respetar la decisión que hemos tomado como pareja, ella no tiene voto en nuestra familia. – Dijo decidido. Eliza volteó a verlo y después vio a sus ahora hijos que dormían a su lado, ambos abrazados a ella y se sintió segura con las palabras de su esposo.

-Si mi madre no quiere reconocer a mis hijos como sus nietos, tendrá que acostumbrarse a no verme. – Dijo Eliza decidida.

El camino lo transcurrieron en silencio, ya nadie dijo nada, Candy iba ilusionada pensando que pronto tendría otro hijo y Anthony estaba feliz de verla tan ilusionada, tendrían que pensar muy seriamente en cambiarse de casa ya que al llegar el bebé, el departamento de pronto les quedaba muy pequeño.

Continuará…

Creo que ha quedado bastante largo, pensé que no lo iba a terminar, pero lo terminé así que lo comparto de una vez. Muchas gracias por los comentarios que me hacen me halagan de verdad, sé que la historia es muy sencilla y melosa, y cuando leo las otras que han salido hacen que me de vergüenza con publicarla, pero después de leer sus comentarios se me quita y me animo a hacerlo jajajajaja, Gracias por leerla y sobre todo por comentar, les mando un fuerte abrazo lleno de cariño y agradecimiento para cada una de ustedes.

Saludos!

Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, solo los tomé prestados un ratito para hacerlos felices, lo hago solo por diversión no por obtener algún beneficio económico, no es apto para menores de edad, espero sigan al pendiente.