Innumerables veces has intentado distraerte, viviendo en medio de un caos llamado orden.

Simulas bajo la coraza de serenidad que tu mente y cuerpo están en calma. Demuestras que no tienes nada que te mortifique, que estás bien, pero sabes que algo te inquieta y te está matando lentamente.

Tus dedos ansían tocar la piel que abrazaste durante tantos años. Tu voz desea recordar el sonido de las risas sinceras, esas que soltabas con tanta gracia y libertad. Esas sonrisas que no borrabas, donde tus hoyuelos ya eran marcas propias cosidas a tus mejillas; donde tu largo cabello negro conservaba el mismo brillo de tu alma pura y sana, donde todavía permanecías feliz.

Aquel sitio que se había vuelto tu hogar, aquella persona que infundía ese mismo calor de hogar.

Pero todo se perdió en el recuerdo, mientras tu rostro sonrosado se palidecía en una mueca inexpresiva y tu alma en llanto se ennegrecía por el gélido pesar.

Has querido reír sin parar, sin ningún tipo de remordimiento por lo que hayas pasado antes, o porque buscas en cada gesto una razón para no dejar de reír; ríes porque quieres encerrarte en esa ilusión, escuchar el sonido que parece utópico por casi rozar la felicidad, la dicha, la emoción.

Entonces llega el momento en el día en que te recuestas sobre tu cama, miras al techo y te quedas calma. Muy en el fondo, quieres gritar y por eso… por eso tratas de fingir que todo está bien.

Pero no es así, y lo sabes. Nada está bien contigo.

Estás sola.

Te guardas para ti misma kilos de frustración que van cayendo sobre tu espalda; sientes el dolor en la zona, te sientes cansada, quieres respirar profundo y liberarte de algo que casi forma parte de ti. Reprimes los sentimientos que estás empezando a sentir, te quedas muda ante un acto de gentileza, te da igual lo que las otras personas puedan infundirte.

Estás tan destruida y dañada por dentro, pero sigues manteniéndote firme.

Eres la mujer fuerte y franca, tan fácil de quebrar.

Y lo odias, lo odias en verdad. Odias tanto ser así porque quieres encontrar la manera de explotar y gritarle a todos que algo malo te pasa, pero no sabes cómo, no sabes de qué forma va a aliviarte. Es así como permaneces en el mismo sitio, pero avanzando a pasos de bebé hasta llegar al lugar tan deseado, aquel al que has ansiado, aquel por el cual luchas.

Pasan los kilómetros, la distancia ya no significa nada y el reloj marca la hora en la que el tiempo se congela.

Y ahí estás.

Has llegado.

Has alcanzado lo que nadie más pudo. La rozaste con tus dedos, la acariciaste con la mirada, saboreaste con la punta de tu lengua y no hubo necesidad de taparte los oídos para dejar de oír la bulla, porque no había ruido alguno. Era tu propia ataraxia.

Porque el dolor se había fusionado a tu alma, tanto que eras inmune a él. En un espejo donde solo reflejabas miradas, no dejándote engañar por las palabras.

El portarretrato no parece tener rostros en lo absoluto, y te preguntas ¿por qué alguien en el mundo haría algo así?

Y estabas ahí, en el límite. Ya no sentías nada más, porque no hay dolor en el abismo.

Hay que ser valiente en la vida, el amor y hasta en el dolor; no importa cuántas veces te traten de quebrar, o cuántas veces te sientas destruida. Pero que darte por vencida no sea la última de tus opciones.


Dєαя strαnger ×—EPÍLOGO
Ciertas cosas, como esa historia, no se alejaban de la realidad…

«Tarde o temprano la verdad saldrá a la luz y podrás darte cuenta de todo. Podrás entender por qué me esforcé tanto en advertirte de las personas malas a tu alrededor. Sabrás que tu malestar es diez veces el mío, que tus lágrimas son una lava que incinera en mi interior.

Lo que agradezco de la muerte temprana que me llama ahora, es que nunca dejaré de amarte. Mi memoria va a ser siempre eco de los latidos de corazón que me restan, que todavía bombean por ti. Mi anhelo más grande es que puedas darte cuenta, ahora más que nunca, que no estás solo, que nunca lo has estado. Acá hay una persona que te ama; allá fuera quedarán, incluso después de todo, personas que se preocupen por ti.

Probablemente, el día que leas esto ya no esté. Pero mi alma quedará grabada a este mundo, el que me permitió conocerte y darme el gusto de ser tu amiga.

Es tiempo de perdonar y pedir perdón, Carlos. Comienza primero por ti y algún día que vuelvas a ver a Heffron, perdónalo también. Él ha sufrido más que tú y que yo, se ha llevado la peor parte y lo sabes. No merecía, ni de lejos, estar encerrado. Pasará mucho tiempo para que deje de tener miedo y me preocupa no estar para apoyarlo. Dondequiera que me encuentre al morir, espero servir para darle algún tipo de aliento, igual que a ti.

Sal de ese abismo en el que te has hundido, Carlos. Libérate ahora, por favor. Tengo puesta toda mi fe en ti, que te conozco como a la palma de mi mano y puedo ver dentro de ti alguien bueno.

No te sientas solo otra vez. Siempre, aunque no me veas, voy a estar ahí. En la amistad, en el recuerdo, en el amor que te profiero.

Con mucho cariño para mi mejor amigo, te habla:

Tiffany.»

Y así fue como Carlos Hudson comprendió a Tiffany en su lecho de muerte, cuando ya era demasiado tarde para pedir perdón. Tarde para aceptar que ella había estado en cada momento de su martirio, apoyándolo para que fuera mejor persona, para que su negra alma conociera un poco de luz. Porque siempre había sido ella, la parte racional, el sentido común que lo mantenía a flote.

Ahora se había ido.

Solo quedaban evidencias de sus errores. Heffron aun clamaba en la mazmorra por un vaso de agua cuando la policía llegó en su rescate. Después de todo, nada volvería a ser lo mismo; Heffron viviría eternamente desconfiado, Tiffany había muerto y Carlos pasaría el resto de su vida en una celda, clamando silenciosamente perdón a todos.


¿Alguna vez te has sentido solo?

Esa fue la pregunta que lanzaron antes de contar una historia, una de esas que deja malestar, que siempre estará enredada, que no tiene solución, que nadie termina de comprender.

Y esta historia no ha acabado.

Como los dorados ojos de la fierecilla que antes irradiaban vida, calidez y entusiasmo, que luego de ser separados de su camada, conservan un dejo de lo anterior, pero con mayor madurez.

Solo hasta contemplar una mirada similar en la espera del autobús. Esa sonrisa acendrada y etérea que solo ha sido capaz de dirigir a una persona en el pasado, se ha deformado en una mueca de sorpresa. Había pasado un tiempo desde su expulsión y casi ni se había topado con él, firme ante su decisión de mejor separarse un tiempo para poder reconciliarse consigo misma.

Ese día lo miró con timidez, por primera vez en meses, y el príncipe de sus cuentos de hadas volvió a observarla como si fuera algo lejano, imposible e inefable.

¿Por qué de repente la mira así? Se pregunta.

Porque desde aquel día todo había sido distinto, porque ya la había perdido, ya no siguió presente en la continuidad de sus días ni volvió a enviarle esas sonrisas que tarde él se dio cuenta que eran sus favoritas.

Entre todas las chicas, ella era el sol de las mañanas que alimentaba la motivación. Desde que se fue, ya nadie volvió a ser el mismo sin ella, aunque lo intentaran.

La extrañaban en cada día que pasaba, en cada logro obtenido, en todas las derrotas acumuladas. La extrañaban entre los veintes de matemáticas, las reuniones por estudio y las horas de almuerzo. La extrañaban en las conversaciones grupales por teléfono, en las fiestas realizadas, en cada cumpleaños —aunque ella estuviera presente en los últimos.

Y la extrañaban tanto que el lazo se hizo más fuerte. Los unió más.

Incluso tú la extrañabas.

Y eso, pese a su soledad en el nuevo entorno, reafirmó su amistad y vuestra amistad. Nunca fue mala amiga, solo aprendió la valiosa lección de amarse a sí misma, apreciar lo que se tiene y cómo tratar de conservarlo.

Por esa razón, él y ella quisieron intentarlo. Aquella vez que se vieron en la parada de bus, terminó siendo el punto que marcó un nuevo inicio en su amistad.

Debido a eso, cuando él la miró como si estuviera perdido sin ella, su corazón se agitó y ella quiso volver a intentarlo, volver a sonreírle de la misma hermosa forma que antes lo hacía. Solo que ahora su sonrisa brillaba mucho más, porque la soledad le había servido para aprender a valorar muchas cosas.

Así como la culpa carcomió los sentidos de la rebelde leona, que poco a poco tuvo que aceptar su malestar e irse en busca de un nuevo rumbo. El más fuerte de los muchachos suspira aun dibujando su nombre en la empañadura del vidrio cuando la lluvia cae, justo cuando el de intimidante altura, pero tímida forma de ser, manifiesta haber superado que ella no haya sido para él.

Y no importaba eso, había alguien más en su mente durante la última temporada. Una flexible bailarina, con destreza y soltura; brillante y fuerte personalidad, fiel a sus principios. Ella había declarado ser amante de su propia libertad y él respetó por completo esa visión, pero ahora se la pasaban más tiempo juntos, como nunca nadie antes lo hubiera pensado. Ahora ella le pedía otro tipo de favores, unos que era mucho más incondicionales, y que él no temía cumplírselos; a veces, él también le pedía que lo hiciera o se tomaba el privilegio de acercarse a su rostro y reclamar lo que tácitamente ya era suyo.

La más joven de la camada suele hablar contigo. Sigue siendo tan sensible como de costumbre, solo que su mirada ahora, en vez de inocencia, demuestra algo de culpa cuando te mira a lo lejos, pero lo tapa demasiado bien con el cariño que siente por ti. Suelen decir la verdad los ojos antes que las bocas. Ella ha madurado mucho desde entonces y su voz se ha vuelto más firme ante las decisiones.

Mientras, el más ruidoso de todos ahora está más enfocado en perseguir metas en la vida en vez de pensar en las próximas fiestas salvajes que haría con sus amigos. Aunque esto último no es que lo haya dejado de hacer, solo lo había reducido. Siempre, desde entonces, te incluía en sus planes, como aquella vez que fueron todos juntos a la playa, una vez mejoraste.

En medio del calor de una hoguera esa misma noche, algo más te unió a ese grupo revoltoso que muchas veces dudaste si sería para ti, y fue el hecho de que estuvieran contigo en los buenos momentos, porque durante el peor de todos se habían encargado de hacerte reír.

Habían pasado dos años desde entonces. Dos años en los que la amistad se volvió tu mejor virtud y donde tus principales metas estaban por cumplirse en un día tan soleado como hoy.

Sólo te faltaba una cosa.

—Creo que con eso ya estoy bien, ¿no?

La muchacha pelirroja arrugó la cara.

—¿Bromeas? Te hace falta un poco más de contorno en esas mejillas, con lo pálida que eres.

—Sasha… en serio, siento que parezco un payaso con tanto maquillaje.

—Eres entonces el payaso más guapo que he visto en toda mi vida —sonrió y te tomó de los hombros, girándote ante el espejo—. Mírate. Mikasa Ackerman, futura bachiller del distrito, graduada con honores.

Sonreíste tiernamente. Tus mejillas se tornaron más rojas de lo que había cubierto el colorete.

—Tampoco es para tanto…

—Lo mismo habría dicho Armin. —Arrugó los labios—. Cómo odio que no esté para la graduación.

Una expresión triste colmó tu rostro.

—Hey, no quiero que llores justo ahora que acabo de terminar de maquillarte —Sasha te intentó animar—. El destino es muy incierto, Armin… sólo no pudo estar hoy y no pudimos hacer nada por eso.

—Igual será nombrado en la ceremonia y recibirá sus honores.

—Se esforzó mucho para ganárselos, me alegra que le hagan ese gesto.

Luego de quedarse mirándote unos segundos, Sasha soltó un suspiro y acomodó tu toga.

—Me pone triste… cuánto me hubiera gustado estar con ustedes hoy también, con todos, recibiendo el título de grado juntos…

—Sash. —Negaste con la cabeza—. Si me toca romper el protocolo en medio de mi discurso de honores para pedir que te incluyas en el lanzamiento de birretes, créeme, lo haré.

—¿Cómo es que te has vuelto tan rebelde, Ackerman? —En su rostro creció una sonrisa pícara—. Hay que ver que con esas malas juntas tuyas—

—¡Tonta! —Saltaste sobre ella, envolviéndola en un abrazo—. Mis «malas juntas» no han tenido nada que ver, yo quiero hacer esto por mi propia cuenta.

—Claro, claro. —Sasha chamulló en duda—. Tendré que hablar con Eren para que te baje un poco esos humos.

El baño de mujeres se llenó de carcajadas cómplices, no hasta que un mensaje entrante provocó que Sasha se fijara en el celular.

—Es Jean —avisó—. Parece que los visitantes ya están formando para entrar.

—Será mejor que vayas y obtengas un buen lugar.

—Jean se ha encargado de cubrirme un lugar, pero no creo que me espere mucho tiempo hasta que los llamen.

—Si te esperó por dos años te esperará ahí sentado el tiempo que sea necesario, Sasha.

La pelirroja sonrió, sus mejillas adquiriendo un tono rosado.

—Te veo al rato.

—No lo dudes.

Te volviste al espejo. Tu mirada se detuvo unos instantes sobre esa figura vestida con la toga ceremonial, hasta que cayó melancólicamente sobre el aparato encima de la mesa del lavabo.

Quien te conociera mejor sabría lo que estaba pasando tu mente en ese momento.

¿Seguro que no tienes que decirme nada más?

Armin tardó en dar una respuesta, porque justo cuando se decidió a abrir la boca, la puerta se abrió.

Después del accidente, tu tío había decidido regalarte un nuevo celular para reemplazar el otro, al que se le había arruinado la pantalla. Al momento de introducir tus datos, el celular te había pedido una confirmación para restaurar una copia de seguridad realizada previamente en el antiguo, así que habías decidido cargarla.

Ahí habían estado todos tus archivos, videos, documentos, fotografías, mensajes… todo lo que antes habías conocido.

Pero había algo más.

Algo que él nunca te explicó.

¿Quién tenía el teléfono luego de que todo ocurriera?

Tus cosas se las quedaron las enfermeras hasta que llegó Hannes.

Algo que ha estado matándote en el fondo, porque te ha costado asimilarlo.

Algo que puede acabar con toda la cordura que te ha costado recobrar, con las relaciones que habías construido sobre bases de confianza.

Algo que puede arruinarnos por completo…

—¿Qué haces aquí todavía, Mimi?

—¿No debería preguntar yo qué haces en el baño de chicas?

Me viste sonreír.

—¿Algún problema con que vea a mi novia antes de que salga a su lugar de honor?

Intentaste disimular una sonrisa.

—Probablemente el problema sería que llegara alguna otra persona y te encontrara aquí.

—Pero yo no sería el único culpable. —Me acerqué a ti. Nuestros rostros estaban muy cerca, temí porque vieras a través de mis orbes esmeraldas—. Si alguien me encontrara aquí, no dudaría en implicarte.

—Eres malo.

Pueda que sí.

—¿Nos vamos ya, Mimi? Dentro de poco llamarán a los graduandos y debemos estar ahí.

Asentiste y me diste la mano. Antes de salir juntos de ahí, guardaste tu celular y las otras cosas que Sasha había dejado sobre el mesón.

Esa nota… esa que estaba guardada en el fondo del archivero de tu celular…

Esa que aún te costaba comprender, esa por la que habías querido conocer respuesta, pero nunca recibiste…

Esa nota… que él te dejó…

«Fue él, Mikasa».

Si tuviera un reemplazo sería sencillo, pero no hay nadie más aparte de mí.

Hanji miró al grupo de chicos cerca de ellos. El mismo chico que se la pasaba con la media hermana de Levi estaba entre ellos.

¿Alguien no va a resistir el entrenamiento, eh Eren?

Tienes razón, Berth. Coach quiere a lo mejor de lo mejor —animó Eren.

Hanji frunció el ceño.

¿Qué tal si le dice a Levi, profesor?

«No fue una simple casualidad que esas personas resultaran
ser quienes te lastimaran»
.

Cuando Eren pasó cerca del capitán, solo pudo escucharlo refunfuñar:

¡Como jode Mikasa!

Y éste no pudo estar más de acuerdo.

«Él mismo se encargó de manipularlos a todos, uno por uno.
Todo para hacerte daño»
.

Mira lo que me haces en pleno cumpleaños —le escuchó decir hacia la chica apenas llegó.

El panorama a Levi le produjo malestar.

¿Todo bien? —Hanji lo sondeó con la mirada.

Casi —suspiró—. No soporto a esa niña —señaló hacia donde estaba Mikasa acostada—, todo lo que trae consigo son dramas.

«Yo sólo me di cuenta, quizás demasiado tarde, de cómo resultó ser».

Te dijera que cambiaras de lugar conmigo, pero no voy a ser tan mierda para hacerlo.

¿Por qué?

Eren se giró hacia ella.

Ah, porque entonces tú serías la que va a soportarlo ahora. —Soltó una risa—. No puedo permitir eso, ante todo soy un caballero.

«Por eso dije que te lo diría en su momento,
porque mientras estés recién del accidente
no me parece correcto»
.

¿Qué harás para evitar que se lo muestre a alguien? —retó la rubia.

Lo que tú quieras, pero déjala a ella. Que sea entre tú y yo.

«Y espero que me perdones
por no tener las agallas de decírtelo personalmente,
y por haberte mentido sobre quién tenía tu celular»
.

Armin. —La voz de Eren sonaba frenética—. ¿Has visto a Mikasa?

Hace rato que no la veo.

Eren se llevó una mano a la frente, exasperado. Armin pudo notar su inquietud, su estómago se revolvió.

Justo en ese momento, por encima de la música resonante, el sonido de una sirena de ambulancia se escuchó muy cerca.

Todo fue muy rápido, él aún recordaba el rostro de Eren en shock cuando se fueron.

Eren Jaeger —convocó Hanji agitada, llegando directamente adonde se encontraban ambos—. Es tu hermana, ha tenido un accidente.

«También espero que entiendas por qué, a partir de ahora, me alejaré de ustedes».

Ahora que lo pensaba… ¿quién les había avisado a los profesores de su accidente? ¿Quién habría llamado la ambulancia?

Lo viste —asimiló.

La respuesta muda de Eren se lo confirmó.

Desearía no haberlo hecho —comentó tras un tiempo de silencio.

«Y que entiendas, por favor, que eso no hará que te quiera menos».

Tú… accidente. Tal vez no fue un accidente… del todo…

Mikasa frunció el ceño.

No entiendo.

Mika… —Llevó una de sus manos a la que ella tenía libre—. Te tiraste a ese auto —meditó preocupado—, ¿o no?

«Antes de darte esto, te prometí estar ahí para ti.
Recuérdalo».

Ella va a morirse —dijo Eren. Su voz sonó rasposa, pero bastante afligida, como si diera por hecho lo que acababa de asumir.

Armin frunció el ceño.

No digas eso. Ella va a estar bien, Eren.

¿Por qué estás tan seguro? —bramó alzando la voz—. Mis padres también murieron en un accidente, seguro ella lo hará.

«Sé que encontrarás esto en algún momento y
probablemente me pidas explicaciones.
Con gusto te las daré».

¿Por qué lo hizo? —Eren volvió a inclinarse, llevándose las manos a la cara.

Armin lo miró consternado.

Fue un accidente —recalcó.

Eren se quedó callado, aún en la misma posición.

Sus propias manos temblaron, de repente su garganta se secó y el vacío en su estómago se intensificó.

Lo fue, ¿verdad? —soltó en un hilo quedo de voz.

«Te aprecio más que a nadie, Mikasa.
Eres mi mejor amiga, la única».

—Quisiera que Armin estuviera aquí —dijiste con melancolía.

Te miré sentada entre los graduandos, a mi lado. Tenías los ojos aguados mientras la coral entonaba el Himno del Distrito. A un lado de la tarima, la fotografía de nuestro amigo nos sonreía, rodeada de flores blancas. Tomé tu mano, me miraste.

—Donde quiera que esté, Mimi, está feliz de que estemos aquí logrando nuestra meta en su honor.

Asentiste. Frunciste los labios intentando evitar que las lágrimas salieran de tus cuencas. Sabía cuánto te había dolido, porque en ti existía la noble creencia de haberlo podido detener cuando él te lo advirtió.

Pero Armin y yo sabíamos que eso habría sido imposible.

Pues eso había dicho… la nota que leíste…

Porque tal vez aquélla otra en la que te habló de mí, nunca existió realmente…

—¿Por qué se tuvo que ir, Eren?

Tal vez todo este tiempo hice creer algo distinto de mí…

—Él vivirá para siempre en nuestra memoria.

O tal vez todos entendieron mal.

—Así será.

Incluso tú, Mikasa.

—Ha culminado la ceremonia del acto de graduación de los bachilleres del Distrito Trost. A continuación, el discurso de la bachiller, Mikasa Ackerman en honor al difunto estudiante y ahora bachiller, Armin Arlert.

Porque sí quería protegerte.

protegerte de mí mismo.

—Ella era una tonta —dijo Eren.

Las mejillas estaban húmedas. Lágrimas cayendo como cascadas silenciosas; abatimiento, rabia, tristeza. Porque él pudo detenerse, pudo haberse dado cuenta en un principio, pudo deducirla y fijarse que ella sufría.

—Era como si huyera de las personas que la amábamos.

Tanta presión, maldad y manipulación—

—Me alejó.

Él presumía conocerla, él presumía deducirla y notar lo que sentía. Y aunque sabía que algo ocurría, por su mente nunca pasó ese hecho. No el de que ella sufría, no ese en el que se encontraba tan inmersa en su propia burbuja de problemas, respirando su propia toxicidad, cerrándose a pedir ayuda…

—Como si no quisiera dejarse amar.

Y eso empeoró todo. La hizo llegar al más grave de todos los estados emocionales: el límite.

—Por eso lo hizo.

No. No fue así.

Nadie la llevó al borde, no hubo mano invisible—

¡Es falso!

Ella quería acabar con todo eso, pero en vez de gritar socorro, intentó solucionarlo—

¡No!

—Ella lo hizo. Me dejó solo otra vez.

La sonrisa en el rostro de Eren, cubierto de lágrimas y un par de ojeras oscuras, era irreconocible.

¿Por qué… por qué está sonriendo?

Mikasa… ella no lo hizo.

Ella no se lanzó al abismo.

Fue él quien la empujó.

Algo cayó al suelo provocando un ruido retumbante. Armin parpadeó, saliendo del nido de ratas que era su cabeza, volviendo su mirada al lado. Eren tenía la frente pegada al suelo, lágrimas gruesas saliendo de sus cuencas. Cada respiración entrecortada y dificultosa era un fuerte sollozo.

—Eren, levántate.

Pero él no le hacía caso, ¿por qué lo haría de todos modos? Su voz era incapaz de imponer una orden, demostrar autoridad o simplemente hacer notar seriedad. Él también lloraba, sollozaba por dentro. Por eso el reflejo que salía desde su garganta sonaba tembloroso y dolido. Él no estaba mejor que Eren, porque sabía de quién era la culpa y era incapaz de demostrarlo.

Tenía miedo. Por él, por ella, por Eren.

Porque Eren había sido el causante de todo ese dolor y estaba tan consciente de ello que le aterraba y no sabía cómo actuar.

—Eren…

Armin puso una mano encima de su hombro, Eren se la arrebató apenas sintió el contacto. Levantó el rostro, rojo como la grana y gritó.

Gritó como única forma de pedir ayuda, pero ésta nunca llegó.


Desconocido: "Es el fin".

Desconocido: "Ya no habrá dolor cada vez que mires el abismo otra vez".

Desconocido: "Gracias por haber confiado en mí".