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Trescientos cuarenta y cinco días de marcha.
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Ni siquiera dios es omnipotente
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Hinata abrió los ojos. La habitación estaba en penumbras y en silencio. Un silencio frio y pesado, como la ventisca de una tormenta de nieve. La tinta de las paredes se había ido. Una luz azul marino lo cubría todo como si la habitación estuviera hundida en el océano.
Sus rodillas están en el suelo, su pecho recostado en la cama, a los pies de Toneri. No recuerda nada de lo que pasó la noche anterior.
Poco después de que le tendiera la mano a Ayumu, sintió un increíble dolor, intenso e increíble como si cristales de hielo crecieran en el interior de sus entrañas, cortándola, perforándola por dentro.
Un escalofrió le recorrió la espalda, sólo vestía su delgado camisón de algodón blanco, el mismo que uso cuando conoció a Toneri, siempre lo usaba debajo del kimono.
Un sudor frio y pegajoso le cubría toda la piel, el cabello se le pegaba a la cara. El aire le quemaba la garganta cada vez que respiraba. Tenía un frio terrible, sus los labios eran azules.
Se abrazó a sí misma, al hacerlo le dolió el cuerpo, los músculos le pesaron, las articulaciones le crujieron. De la cintura para abajo su camisón era un mar de sangre fría.
Su vientre ahora era plano.
Por instinto volteó a ver la cama.
Ahí estaba, viendo al vacío, respirando tan suave que su pecho no parecía moverse.
Hinata se lanzó sobre él y lo abrazó con desesperación, llevó su oído a su pecho y le escuchó latir, nunca un sonido le había parecido tan hermoso. Le cubrió de besos la cara.
Pero Toneri no respondió, no devolvió sus besos. Tomó sus mejillas entre sus manos, su piel estaba fría, lo miró a los ojos con desesperación. Toneri dirigió su vista hacia ella, pero no la miraba, no había nada en sus ojos. Estaban muertos.
—Toneri… —le habló Hinata— ¿Toneri?... ¡¿Toneri?! —le gritó, pero su esposo no pareció oírla, le agitó los hombros, le propinó una cachetada, no pareció sentirla, el golpe le volteó la cara a la derecha y su vista se quedó ahí, sin dejar de mirar el vacío.
Hinata se le quedó mirando, la respiración agitada, se llevó una mano al pecho, el dolor del cuerpo colándosele en el alma.
—Es inútil. No responderá, no importa lo que hagas —dijo Ayumu a su espalda, sentada en el suelo en posición seiza. Los ojos cerrados.
—¿A qué te refieres? —dijo Hinata volteándola a ver, intentó ponerse de pie, pero el cansancio la obligó a sentarse en la cama— ¡¿Qué es lo que ha pasado?! —exigió saber, llevándose el puño al vientre y estrujando la tela ensangrentada.
Ayumu abrió los ojos.
—Logre extraer el parasito. Como habrás visto sigue vivo.
Hinata volteó a ver a su esposo, en lugar de la herida negra, había una enorme cicatriz rosada, fresca como la piel de un lechón recién nacido.
—¡¿Y entonces porque no responde?! ¡¿Qué es lo que le has hecho a él y a mi hijo?! —le gritó Hinata con la voz quebrándosele como el sonido que hace el hielo al estallar.
—Por desgracia el veneno ya se había expandido demasiado, había cubierto sus órganos, llegado hasta su espina y su cerebro.
—Su cerebro… —susurró Hinata con un escalofrió.
—Así es como el parasito logra provocar tanto dolor sin importar los analgésicos que se le administren al paciente. Tuve que extraer y destruir todas las partes infectadas. 17 vertebras, un pulmón, la aorta, el ventrículo izquierdo, una aurícula, una parte del diafragma, la parte superior del estómago, la parte anterior del hígado y una porción importante del cerebro —dijo Ayumu, moviendo los dedos en el aire como si estuviera cortando los órganos de Toneri en ese mismo momento—. Necesite remplazar mucha más carne y sangre de la que pensé, así que no sólo tome tu sangre, tome la de tu hijo. —Hinata perdió el aliento, ya lo sabía, lo sabía desde el mismo momento en que despertó y se sintió terriblemente vacía, pero escucharlo en palabras cristalizaba el hecho—. Pero aun así no fue suficiente, —continuó diciendo Ayumu— tuve que tomarlo todo, no sólo al bebe de tu vientre, tuve que tomar tu vientre mismo. La placenta, el saco y el líquido amniótico, el cordón umbilical, tu útero. Lo tome todo y lo use para reconstruir a tu rey. Tu hijo está dentro de él.
Hinata volteó a ver la cicatriz de Toneri, la piel palpitante, frágil y húmeda como un papel mojado, le dio un vuelco al corazón cuando creyó ver el rostro de un bebe. Desvió la mirada horrorizada.
—Y entonces ¿Por qué no despierta? ¿Por qué a pesar de que lo has curado parece estar muerto?
—Puedo remplazar una vértebra, un pedazo de hígado, un pulmón entero, la simple carne puede ser destruida y remplazada sin problema. Pero el cerebro es muy distinto. Las neuronas en el cerebro se arreglan de una forma exquisitamente compleja. Y cada arreglo es único y diferente en cada persona. Forman conexiones que representan memorias, control de funciones corporales, capacidades, instintos. Cuando disuelves una parte del cerebro, todas esas conexiones quedan mutiladas o desaparecen para siempre, son tantas y se interconecta unas con otras de una forma tan intrincada que simplemente es imposible para la capacidad humana copiarlas y replicarlas todas. En su lugar queda una masa esponjosa de células cerebrales organizadas de forma ordenada y aburrida, como las células de un hígado. Es como intentar llenar los pedazos desaparecidos de una espada rota de acero con cobre. El cobre simplemente no se pegará al acero y la nueva espada se romperá al primer golpe. Las conexiones nerviosas mutiladas no pueden volver a regenerarse, lo único que puedo hacer es formar toscos caminos para que tu rey no pierda las suficientes funciones corporales y sobreviva. Pero incluso esos caminos son imperfectos, a veces llegan a fallar, así que el que sobreviva, sólo podremos saberlo con el tiempo. Un paciente con un procedimiento parecido actuaba con sorpresiva normalidad hasta que nos dimos cuenta de que sus intestinos no se movían, murió tres días después, otro paciente sólo perdió la capacidad de hablar y vivió una larga vida.
—¿Entonces es posible que Toneri vuelva a la normalidad, como esos pacientes que mencionas?
Ayumu cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Esos pacientes, sólo sufrieron accidentes, uno cayó de cabeza, al otro le atravesó un Kunai el cráneo. Pero sobre todo no perdieron tantas conexiones cerebrales. La porción de cerebro que perdió tu rey fue demasiado grande, más de la mitad. El parasito se expande demasiado rápido y lo primero que consume es el sistema nervioso. Es lo mismo que pasó con los otros infectados, se quedaron en ese estado durante meses, hasta que decidimos terminar con su sufrimiento.
—Pero tu dijiste que puedes formar nuevas conexiones. Lo hiciste con sus funciones vitales ¿No? ¿No puedes hacer lo mismo con el resto? ¿No puedes hacer que vuelva a ser una persona? —dijo Hinata atropelladamente, con la esperanza aferrándose al borde del acantilado.
Ayumu negó con la cabeza.
—Ya te lo dije, está más allá de la capacidad humana. Nuestro pueblo lleva más de un siglo estudiando estas técnicas, y sólo hemos podido rasgar la superficie. Esas conexiones son lo mejor que puede hacer la mayor experta en medicina de los samuráis. Y aun así son inestables, frágiles, simples líneas rectas. Son basura. Es como si me pidieras que desalara el mar, que derritiera la nieve de las montañas con mi aliento, que le insuflara vida a las raíces muertas del árbol dios. Cuando haya alguien que pueda hacer eso, tal vez ese alguien pueda salvar a tu rey. Y aunque algún día alguien así llegase a existir y le salvase la vida, no volvería a ser la misma persona, los recuerdos, lo que hacía a tu rey él mismo, se ha ido para siempre. Sería otra persona en el mismo cuerpo. Ni siquiera un dios puede recuperar eso.
A Hinata le temblaba todo el cuerpo, no sabía si era el frio o el dolor. Volteó a ver a Toneri.
Se había ido. Se había ido para siempre.
Le tomó la mano.
—Lo siento… —susurró—. Lo siento mucho…
La antigua Hinata se hubiera arrojado a su pecho y hubiera llorado mares, se hubiera dejado morir en esa cama, junto a él.
Pero la antigua Hinata murió la noche anterior. La había matado junto con su hijo.
Ya no tenía lágrimas, ni arrepentimiento. El vacío en su interior lo había devorado todo.
Esa era la última vez que pedía perdón. Había tomado su decisión y no podía, no debía arrepentirse de ella. Esto era su culpa y no huiría de sus consecuencias. No volvería a huir de ellas, culpando al mundo y a su alrededor. Las enfrentaría, las abrazaría y las haría suyas.
Beso a Toneri. Le soltó la mano y tomó aire intentando controlar sus temblores. Aun había muchas cosas que hacer.
—Así que esto es lo mismo que pasó con los otros infectados —dijo con voz fría—. Tú ya sabias que esto pasaría ¿No es cierto? —la volteó a ver.
Ayumu no dijo nada, al poco tiempo se le dibujo una sonrisa vacía en la cara.
—Lo sabias…
—Claro que lo sabía —dijo Ayumu con tristeza en la voz—. Soy médico, fui una de las que atendió a aquellos hombres.
—Lo sabias y aun así me dejaste hacer todo esto. Aun sabiendo lo que pasaría. Sabiendo como terminaría —dijo Hinata sintiendo como la furia crecía en su interior.
—Tú suplicaste por una forma de salvar su vida. Yo te ofrecí una.
—¡¿Qué clase de vida es esta?! —dijo poniéndose recta, alzando la barbilla, extendiendo su mano hacia Toneri— ¡No está más vivo que una planta! ¡Yo ofrecí salvar tu vida, darte tu libertad y tú me traicionaste!
—¿Qué clase de vida crees que es la mía ahora? —dijo mirándola fijamente, devolviéndole su furia—. Aun si tu rey hubiera tenido salvación ¿Qué es lo que crees que hubiera pasado conmigo? ¿Acaso crees que hubiera vuelto con mi familia y viviría feliz el resto de mis días? Yo ya no tengo familia. Tu rey mató a mi padre, su sirviente Niseshi mató a mi hermano y los que lo siguieron cuando se revelaron. El resto de mi familia y amigos murió cuando llegó Akatsuki. Mi pueblo hubiera preferido morir antes que obedecerlos y Akatsuki lo hubiera hecho, hubiera masacrado a todos en esta ciudad. No nos necesitaban, uno de los suyos tiene la habilidad de crear infinidad de clones e imitar a la perfección el chakra de cualquier persona. Cuando ustedes llegaron, pudieron haber sido recibidos por una ciudad llena de maniquíes. Pero hice un pacto con ellos. Logré convencer a algunos de los míos, tuve que engañar, traicionar y asesinar a otros. La vida de mi pueblo por las que se quedarían aquí. Y, aun así, no puedo volver con mi pueblo, me consideran una traidora; y lo soy.
—¿A pesar de que eres la heredera? ¿No eres tú la siguiente en gobernar?
—Ya se lo había dicho a tu hermana —dijo Ayumu con una sonrisa amarga—. El trono no se entrega por línea de sangre o divinidad. Se gana por fuerza. Porque crees que tu rey pudo hacerse con el trono cuando mató a mi padre. El que gobierna es siempre el más fuerte. Tengo una idea bastante clara de quien es el nuevo emperador, y él no tendrá compasión alguna por mí, al igual que mi padre no la tuvo por el suyo. No tengo a donde volver, no tengo a donde ir, ni razón para vivir. Ustedes ninjas me han quitado todo ¿Qué clase de vida crees que ofreciste salvar? No estoy más viva que tu esposo. Ya estaba muerta desde antes que ustedes llegaran aquí. Esa es la vida que ofreciste salvar, esa es la vida que te entregue.
El silencio volvió a la habitación, frio y pesado. Se miraron en silencio durante un momento, hasta que Hinata agachó la mirada, cerró los ojos.
"Sólo hay personas muertas en esta habitación"
Fue su primer pensamiento.
Con Toneri y su hijo muertos, no podían ir a la ciudad lunar ¿Los recibirían siquiera? A un montón de ninjas sin señor. Volver a las tierras centrales seria como entrar a una trampa llena de enemigos, un suicidio. Los samuráis nunca los aceptarían, si se quedaban aquí tendrían que pelear a muerte por territorio y recursos, pero en estas montañas los samuráis tienen una clara ventaja. Estaban igual que Ayumu, igual que al principio, sin lugar a donde volver, ni a donde ir, ni propósito ¿Acaso sólo les quedaba la muerte?
Miró a Toneri, recordó la primera vez que lo conoció, lo asustada y avergonzada que estaba. Se había casado con ella como último intento desesperado de cambiar su destino. Pero al final, su última esperanza lo había traicionado. No había logrado cambiar nada.
¿O acaso había logrado cambiar el suyo? En su visión había visto a su hijo, era de lo único que estaba segura sobre esa visión, pero ahora su hijo estaba muerto ¿O acaso aquel niño era el símbolo de alguna otra cosa? Hinata negó con la cabeza ¿Como saberlo?
Miró los ojos turquesas de su esposo, su mirada muerta. ¿No había nada que pudiera hacer? ¿Algo? ¿Lo que sea?
Una idea cruzó por su entumecida cabeza. Algo para devolverle la vida a esos ojos.
Pero ¿funcionaria? ¿Valia la pena si quiera intentarlo?
Suspiró.
Que importaban las posibilidades o lo factible que fuera. Tenía que hacer algo, lo que fuera. Si no lo intentaba nunca sabría el resultado.
Al final, es lo único que queda. Seguir tratando, seguir viviendo, seguir buscando.
Y quien sabe, tal vez en uno de esos intentos pueda desalar el mar, derretir la nieve de las montañas con su aliento, insuflar vida a las raíces muertas del árbol dios.
Esa es la esperanza.
