Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.


Recomiendo: Turning Page – Sleeping Al Last

Capítulo 31:

Un escudo entre tus brazos

"He esperado cien años, pero esperaría un millón más por ti

Nadie me preparó para el privilegio que significa ser tuyo

Sin tan solo hubiera sentido tu calor tras mi toque

Si tan solo hubiera visto el color de tus mejillas

O cómo se curvan tus labios cuando te concentras lo suficiente

Hubiera sabido para qué estaba viviendo todo este tiempo

(…) Nada me hace más fuerte que tu frágil corazón

Si tan solo hubiera sabido lo que se siente ser tuyo

Hubiera sabido para qué estaba viviendo todo este tiempo…"

No, era imposible…

Miré una vez más la alerta en mi móvil y pensé en lo que pasaría si aquello era…

Me mordí el labio y apreté los párpados.

Hace siete años no pasaba por algo como esto, ya nada recordaba de las sensaciones de un embarazo. ¿Habré pasado algo por alto? ¿Habré olvidado lo que eso significaba? Me sentía a punto de gritar, quizá de la incertidumbre, pero también de saber que podría estar…

No, no era algo por lo que iba a pasar tiempo pensando ahora. Quizá… quizá solo se trataba de un retraso. Pero tú eres como un reloj, pensé.

Miré a Edward, que seguía durmiendo sobre la cama. Me llevé la mano al vientre, imaginándome lo que significaría que él y yo…

Una sonrisa se me dibujó. Pero luego recordé que no estábamos en el mejor lugar, que las cosas aún eran frescas y que… Uff, ¿y si realmente lo estaba? ¿Y si de verdad esto significaba lo que estaba pensando? A veces, los métodos fallaban, ¿no?

Me acomodé a su lado y miré al hombre que hasta hace muy poco me había contado todo aquello. La sinceridad en su relato seguía calándome los huesos. Imaginarme su sufrimiento y lo que tuvo que pasar para proteger a su hija seguía dándome escalofríos. Junté mi nariz con la suya y cerré los ojos, a lo que Edward no tardó en reaccionar y abrazarme desde la cintura, todavía dormido, pero inherente a su naturaleza, tomándome con fuerza, como si buscara protegerme incluso cuando él lo necesitaba también.

Lo amaba más, mucho, mucho más. Me parecía un hombre tan fuerte y valiente como ninguno. Solo aún sentía el dolor de saber que había pasado tanto tiempo sin saber la verdad, y aquello iba a estar conmigo durante algunos días. Solo… no iba a dejar de amarlo ni de querer protegerlo también, ni a él ni a mi nena, mi Agatha.

Suspiré.

.

Desperté en medio de una odisea de emociones en medio de mis sueños. Edward no estaba a mi lado y me sentí contrariada.

Me levanté y me estiré, recordando mi sospecha de anoche, y como si mi cerebro se acordara de ello, volví a mirar al calendario, casi como si buscara la manera de confirmarme una vez más cuán atrasado estaba mi periodo.

Miré el reloj y me di cuenta de que pasaba de las once, ¡por Dios! ¿Cuánto había dormido? Los pequeños debieron irse muy temprano al taller con los Cullen.

Me acerqué a la cocina y lo vi silbando mientras sonaba una canción de INXS. El ver el movimiento de sus caderas a la par del movimiento del sartén mientras hacía panqueques, hizo que sonriera a pesar de que sí, estaba algo sentida con él. Caminé hacia su dirección y me puse de puntillas para poder besarle el cuello desde la parte trasera. Cuando sentí su olor, fue inevitable que mi hombre se tensara y dejara su quehacer de lado, girándose para mirarme. Nos quedamos mirando y yo acaricié su mejilla, a lo que él respondió poniendo su mano sobre la mía mientras mantenía aquel iris verde frente a los míos.

—¿No me odias, nena? —inquirió, atreviéndose a abrazarme desde la cintura.

Tragué.

—Dime por qué debería odiarte.

Cerré aún más mis ojos cuando sentí sus labios en mi hombro, besándome con fervor.

—Por ser Botas Rojas, por ser ambicioso y no pensar en las consecuencias de someterme a los designios de ese hombre, por haber hecho daño a cambio de dinero, por no poder haber cuidado como correspondía a Agatha en el momento correcto, por no haberme alejado de esa mujer y… por no haberte podido decir antes.

Me separé un poco para poder mirarlo y Edward tenía el labio inferior temblándole con temor.

—Te amo —contesté.

Pestañeó de forma lenta.

—Te amo —repetí—. No voy a odiarte, no podría. Y si hay algo que debo perdonarte es el que hayas evitado decírmelo cuando lo necesitaba. Sentí que no confiaste en mí…

—Confío mi vida en ti, nena…

—Pero no pudiste decirme. —Bajé la mirada.

Tomó mi barbilla y levantó mi rostro hacia él.

—Estaba aterrado de que tú pensaras que yo…

—¿No te he demostrado suficiente lo que significas para mí?

Sus ojos brillaron.

—Quizá no estoy acostumbrado a que una mujer me ame como tú lo haces, sobre todo si ella es la chica que ha hecho de mi mundo algo completamente diferente.

Tragué.

—Nunca pensaría que tú eres una mala persona. Fuiste ambicioso, lo sé, pero también eras joven y todos cometemos errores. Quisiste luchar con gente manipuladora y, cuando pudiste hacerlo, llegó a tu vida Agatha, y necesitas estar con ella, quizá, si hubieras actuado solo por ti, el destino habría sido diferente para ella. —Mi voz se quebró de solo pensarlo—. Eres todo para mí junto con ellos, Fred y Agatha, sería inconcebible odiarte, Edward, te amo hasta los huesos.

Sonrió con lentitud mientras veía el brillo de las lágrimas acumuladas en sus ojos.

—Abrázame —le pedí—, hazlo hasta que olvides que yo voy juzgarte por ser quién eres.

Edward me sujetó de los hombros y me besó el cuello, hundiendo luego sus dedos en mis cabellos. Yo oculté mi rostro en su pectoral, escuchando el latido de su corazón.

—Te amo, mi Rompecoches —me susurró al oído—, te amo y siempre lo haré.

Dejé ir el aire al escucharlo y me acomodé mejor entre sus brazos, sintiendo su inherente sentido de la protección. Me hacía sentir tantas cosas a la vez.

Sentí ganas de clavarme sus dedos en la piel y tomé la iniciativa, buscando sus labios. Nos besamos de forma apasionada, calándonos los huesos como bien sabíamos. Cuando la respiración nos costó, él bajó por mi cuello, parando justo entre mis senos.

—Confío en ti, más que nadie en el mundo. Pondría mi vida en tus manos, recuérdalo —susurró.

Acaricié sus cabellos.

—Digo lo mismo de ti… mi Bestia.

Sonrió y mordió mi barbilla.

—¿Quieres panqueques? —inquirió, devolviéndose para depositar un beso suave en mi frente.

—Sí, estoy hambrienta.

—Ponte cómoda.

Me senté en el taburete de la isla y miré hacia el dibujo que habían colgado Fred y Agatha, justo en la parte más alta de la nevera. Edward me encontró en ello y se rio.

—Te lo dejaron esta mañana. Lo hicieron con Sophie —me contó.

Él lo quitó del imán y me lo pasó entre las manos, para luego poner los panqueques con crema sobre el plato. Yo me quedé contemplando el dibujo, sintiendo cómo este crecía poco a poco. Éramos los cuatro junto a los perros, sonriendo con un sol esplendoroso en el cielo y una casita de colores a un lado de todos. Detrás decía "te amamos, mamá".

Me escocieron los ojos.

—Es… inevitable que me ponga a pensar en Agatha de bebé… Yo… —Exploté en un llanto intenso, como si tuviera una bomba en el pecho. Edward arqueó las cejas y vino a mi encuentro—. Lo siento, es que…

—No, tranquila, ella es feliz ahora.

—Es que… Pienso en lo chiquita que era y se me aprieta el corazón —gemí.

Me besó y me limpió las mejillas.

—Contigo tuvo lo que no pude darle —susurró.

—No, Edward, contigo lo tuvo todo.

—Pero siempre pensó en mamá y… esa mujer solo le dio la vida. Ahora te tiene a ti, tú eres su mamá.

Boté el aire al sentir la inestable sensación de querer regresar el tiempo y ser yo quien hubiera estado con ella cuando tenía esos poquitos días de nacida.

—Si tan solo hubiera sido yo —mascullé—. Habría dado todo por haberla cobijado yo en mi interior, es tan injusto.

Los ojos de Edward también brillaban por el llanto acumulado.

—Pero a pesar del tiempo, sí llegaste a mi vida y a la de Agatha. No sabes cuánto nos ha cambiado nuestra vida desde que tú y mi pequeño Saltarín llegaron.

Sonreí.

—Es mi hija, y Fred tuyo, nunca lo olvides —insistí.

Me tomó las mejillas.

—Jamás. Tú y yo tenemos dos pequeños que nos necesitan.

Me toqué el vientre al recordar lo que sospeché la noche anterior. Sentía un acúmulo de sensaciones, pero la que más primaba era la dicha de imaginar lo que significaría para nosotros.

—Te amo, Edward.

Sonrió.

—Ahora a comer —añadió—. Están calientes.

Me reí.

—Solo comeré si te quedas conmigo.

—No hay duda de ello.

Edward se acomodó a mi lado y yo aproveché de subirme a sus piernas y abrazarlo desde el cuello.

—Hey —llamó mi atención.

—Lo siento, pero nunca estoy conforme, siempre quiero más de ti.

Me sonrió.

—¿Y qué quieres esta vez?

Le miré la barba y sentí que el fuego me crecía desde la pelvis.

—Un poco de esto —le susurré, pasando mi mano por el creciente y duro vello facial.

Edward no me dio tiempo de respirar, tomándome desde las caderas y poniéndome sobre la isla. En un segundo sentí sus manos en mis rodillas mientras me miraba, nada temeroso, usando el potencial de su mirar en cada fibra que existía de mí.

—Lo que quiera mi nena se lo daré —masculló, entrecerrando sus ojos.

Me abrió la bata, destapando la desnudez que había debajo de mí.

Me reí.

—Cada vez que te miro es como si lo hiciera por primera vez —confesó.

Se acercó, rozándome con su pelvis mientras pasaba su nariz por mi cuello, tomando mis pechos con cuidado entre sus grandes manos. Yo me arqueé al sentir el tacto de sus palmas con mis pezones, que se endurecieron con rapidez.

—Nunca es suficiente para mí. Tocarte es tan placentero, tan magnífico —decía en mi oído y, en un mero segundo, sentí el pellizco en ambas cuentas.

Gemí.

—Y no sabes el efecto que me produce el escucharte —añadió.

Sus labios fueron recorriendo mis clavículas, mi esternón, mi vientre, mi ombligo… Era una odisea invaluable de gemidos y quejidos de excitación, el roce de su barba endurecida me clavaba en la piel de tal manera que yo quería arañar lo que fuera.

—¿Estás bien? —inquirió, con el rostro frente a mi intimidad cubierta por mis bragas.

No sabía qué responder. Mi respiración estaba alocada y mi pecho subía y bajaba.

—¿Quieres que siga, nena?

Me reí y asentí mientras me mordía un dedo.

Abrió mis piernas con más amplitud y tiró de las orillas de mis bragas mientras besaba mi monte al descubierto. Yo me volví a arquear mientras lo miraba y le ayudaba estirando mis piernas para él. Cuando me desnudó, Edward se lamió los labios y cerró sus ojos para besarme los labios, como si estuviera besándome. Fue tan placentero que acabé dejando escapar un quejido más fuerte, llevando mi mano a sus cabellos.

—Oh, Dios, Edward, cómo me encanta —gemí.

Sentí la suavidad de su lengua, que primero recorrió esos mismos labios, pasando desde el inicio, bajando hasta el perineo y luego volviendo a subir hasta depositar un último beso en mi monte. En el instante en que esa misma lengua cobijó mi clítoris, yo di un brinco sobre la isla.

—No te rías —le dije—. Mierda —me quejé cuando aquella lengua hizo vibrar todo de mí.

Ver su rostro excitado, como si estuviera probando un manjar suculento y delicioso como ninguno, hizo que rozara las paredes del orgasmo.

—Edward… Voy a correrme —chillé.

Él no se detuvo y siguió dándome placer, con esa barba picándome con dureza. Puse los ojos en blanco mientras arqueaba las cejas, mirando su cabello, su rostro que me contemplaba con deseo y entonces sentí cómo el fuego explotaba dentro de mí, con mis paredes palpitando como toda mi intimidad. Sentía que temblaba y que dejaba escapar toda mi humedad para él.

—Dios, Bella, mira qué mojada estás —susurró, pasando su dedo por toda mi extensión.

Yo seguía respirando de manera enloquecida, incapaz de contenerme.

—Creo que yo fui tu desayuno —murmuré, mordiéndome el labio.

—Qué mañana tan mágica, ¿no crees? —Tiró de mi mano y me levantó para besarme. Yo rodeé su cintura con mis piernas y pasé mis dedos por su pecho—. ¿Sabes qué más es bueno para un correcto despertar además del desayuno? —Yo negué mientras me reía—. Una ducha.

Me mordí el labio y con una sola mirada fue suficiente para que siguiéramos besándonos.

Edward me llevó hasta el baño mientras yo le quitaba la camiseta. Podía sentir el roce de su erección en mí. Él dejó caer el agua de la regadera y acabó quitándose rápidamente el pantalón.

—Me pones tan duro, nena —me dijo al oído.

Entre besos nos dejamos someter al agua de la ducha y yo medio grité cuando sentí el agua sobre mí. Él se rio y volvió a besarme mientras dejábamos que la regadera nos llenara de vitalidad. Finalmente lo miré a los ojos y lo abracé desde el cuello, con Edward entrando poco a poco en mí. Aquel roce tan vivo de su piel con mi piel hizo que sintiera el acúmulo de lágrimas en mis orbes, hasta el punto de temblar ante el calor que significaba estar unidos de esta manera. Sentí los azulejos en mi espalda y me arqueé, sacándole una sonrisa.

—¿Cómo lo quieres? —inquirió.

—Como lo quieras tú.

Me quedó mirando un largo momento, haciéndome sentir nuestra intimidad.

—Quiero disfrutar cada espacio de ti.

—Entonces que así sea.

Asintió y me besó la frente.

Entonces, entró, poco a poco hasta sacarme un quejido de dolor y placer, volviendo a salir de la misma manera. Todo era lento, con el sentir de su piel en mi interior. Hasta podía saborear su calor.

—Carajo, Edward —gemí.

Nos besamos mientras aumentó el ritmo de sus estocadas y luego nos bañamos bajo el agua. Fue tan magnífico que me sentí volar.

—Por Dios, cuánto te amo —gruñó.

Me reí y lo acompañé con mis quejidos.

—Te amo, Bestia —ronroneé.

Jadeamos en medio de nuestra locura y yo acabé agarrándome de la puerta de la ducha.

—No hay mejor momento que estar contigo —añadió.

—De eso no tengo dudas —finalicé, arañando la pared con la desesperación en mis entrañas.

.

Me acomodé los anteojos mientras finalizaba el capítulo veinticuatro de mi novela. Vaya que había costado, sobre todo porque no dejaba de darle vueltas a la idea de hacerme ese test de embarazo pronto.

Miré a James, quien no dejaba de mensajearse con alguien al igual que Victoria. Los dos habían venido a ayudarme con algo de inspiración, ya que Edward había aprovechado de ir a arreglar algunos asuntos en el cuartel y luego ir a por los pequeños al taller de los Cullen. Pero vaya que su ayuda valía mierda, ¡los dos estaban pegados a la pantalla!

Tomé un popote de papel, arrugué las puntas de una servilleta, metí las bolitas y soplé, golpeando a uno primero y luego al otro, directo en la mejilla. Ambos dieron un brinco.

—Oigan, par de inútiles, ¡no me ayudaron! —exclamé—. ¿Qué tanto hacen?

—¡Trabajo! —dijeron al unísono.

Puse los ojos en blanco.

—No estarán en algo que no me han contado.

Los dos se miraron y luego se hicieron los desentendidos.

—¿Y tú? —espetó James, apoyándose de manera exagerada en la mesa—. ¿Qué secreto te guardas? ¿Eh? Porque estás muy pensativa.

Bufé.

—Ya cállate. —Le lancé el popote a la cabeza.

Aún tenía que reordenar mi cabeza con mis sospechas antes de decírselo a mis amigos… sabiendo que primero tenía que hacerlo con Edward. ¿Qué iba a pensar ante mis sospechas? Ay, la idea me estremecía.

—Oye, ¿y qué va a pasar con Rose? —preguntó Victoria, bebiéndose el jugo—. Estoy preocupada.

—Ya, estoy de acuerdo —respondí, suspirando—. Tiene que enfrentar a Royce.

—Sí, pero no saben de lo que me enteré —murmuró, bajando la voz.

Me preocupé.

—¿Qué ocurre? —inquirió Vicky, frunciendo el ceño.

Ambas nos miramos, inquietas, mientras James suspiraba.

—Ese imbécil de Royce estuvo haciendo negocios sucios a espaldas del otro tonto de Jasper —comentó.

—¿Qué negocios sucios? —inquirí.

—Miren, soy abogado y toda la mierda, me enteré que intentó contratar a uno en el buffet. Cuando supe por qué, casi me caigo de culo. —Tragó—. Royce tiene una deuda con un importante mafioso del que no conozco su nombre. Le debe tanto que posiblemente lo tenga en la palma de su mano.

Me tapé la boca con mi mano.

—Siempre supe que era una basura.

—Solo sé que le han perdonado la vida porque Royce tiene algo que le importa a esta mala persona, y solo por eso está a salvo. Pero necesita al abogado antes que acabe en la cárcel por fraude.

—Válgame. De la que se ha salvado Rose —exclamó Vicky.

—No lo sé, tengo una mala sensación de todo esto. Rose está esperando un bebé, me aterra que él sepa y…

—Ni Dios te oiga, amiga, ni Dios te oiga —añadió James.

Edward POV

Me acomodé en la moto y dejé el casco a un lado. Bajé el soporte y me di la vuelta hacia el bar. Cuando entré, los chicos ya estaban acomodando las cosas sobre la barra. Sam secaba los vasos mientras preparaba algo fuerte para mi amigo Emmett, que parecía algo inquieto en el taburete. En cuanto me vio sonrió, pero la alegría no llegó a sus ojos como otras veces.

—Hey —exclamé, saludándolo de la mano y luego palpándole la espalda.

—Necesitaba verte, amigo.

—Lo sé. Cuéntame qué mierda ocurre con ese imbécil. ¿Los está acechando?

Se pasó una mano por el cabello.

—Sí, hombre. Estoy buscando la manera de joderlo, pero el tipo es peligroso. Ha llamado a Rose y la última vez le dejó un mensaje de voz amenazándola, ¿sabes lo mucho que me preocupa?

—Si necesitas a la banda, sabes que…

—No, no, hombre, no quiero que nos ensuciemos las manos.

—Con esos imbéciles que amenazan a las chicas no se les debe tratar con ningún respeto —insistí.

—Sí, tienes razón, pero temo que con ello le haga daño a mi chica. ¿Sabes cuánto temo que eso ocurra? No puedo ni dormir. Quiero protegerla, la amo, amo a mi Fresita, pero ese imbécil no se va a cansar hasta que logre asustarla…

—No olvides que me tienes a mí, amigo —respondí, palpándole el hombro con fuerza—. No te dejaré a solas. Además, ella es la mejor amiga de mi nena, y eso es suficiente para que tome el asunto con mis manos. Esto ya es personal, por ti y por ella.

Emmett sonrió, ahora más tranquilo.

—Mi brabucón —jugueteó.

Me reí.

.

Llevé a Fred en mis brazos mientras Agatha me tomaba la mano. Caminábamos por el paseo más importante de Chicago, buscando el regalo perfecto para la mujer más importante para nosotros.

—¿Mami está triste contigo? —preguntó mi hija, que cuando Bella estaba pensativa y silenciosa, ella parecía sentirlo en carne propia, como si pudiera meterse en sus huesos.

Ella no sabía que mamá estaba triste porque, aunque no quisiera, no dejaba de pensar en Pulgarcita cuando era una bebé. Bella creía que no me daba cuenta en cómo la miraba y la abrazaba en las noches, mirando al vacío con los ojos llorosos, como si pudiera vivir en carne viva lo que me atreví a contarle. Tampoco imaginaba, quizá, que me daba cuenta de cuán dolida estaba por haberme callado tanto tiempo lo que era parte de mi pasado.

Yo estaba inquieto, y aunque quería darle su espacio para digerir todo lo que le había dicho, sabía que, de alguna forma, debía enmendar mi cagada, porque claro que lo había hecho, aunque le dijera cientos de veces que era por el terror que me provocaba generar su rechazo, Bella sentía que no había confiado suficientemente en ella. No encontraba manera de recordarle que mis miedos podían paralizarme, pero que, sobre todo, la amaba demasiado para siquiera solventar la idea de perderla. Si tan solo se diera cuenta de lo que significaba para mí.

—Ella… merece una sorpresa, ¿no creen? —les dije, mirando primero a mi pequeño en mis brazos y luego a Agatha, que se había puesto un vestido que, según ella, le hacía parecerse a su mamá.

Cuánto amaba a Bella.

Yo tomé aire, algo emocionado por lo que planeaba comprar. Agatha y Fred miraron el escaparate de la tienda, algo asombrados.

—¿Esas son joyas? —preguntó mi hija, pegando la cara al vidrio.

—Sí. —Bajé a Fred y los junté para mirarlos a los ojos—. Vamos a preparar muchas sorpresas para mamá hoy, pero deben prometerme que esto sí o sí será un secreto, el único, ¿bien?

Ellos asintieron y se taparon la boca con las manos.

Sonreí.

—Buenas tardes, señor, ¿busca algo en especial? —preguntó el vendedor, muy elegante y sofisticado.

Yo suspiré y miré lo que había detrás de los vidrios, ansioso por encontrar aquel que vi la última vez en mi soledad. Lo había reservado para cuando tuviera el impulso de llevármelo, sabiendo que estaría ansioso por proponérselo, y ahora era el momento de comenzar a gestar mi plan.

—Vine a buscar un anillo que reservé hace unas semanas —respondí.

Fred y Agatha se acercaron, asomando sus ojos por encima del muestrario.

—¿Qué es, papá? —preguntó Fred.

El vendedor sonrió y me pidió un momento para buscar lo que había enviado a hacer para ella, mi preciosa Rompecoches. Cuando regresó, venía con la elegante caja, la cual depositó sobre el vidrio, sacando finalmente el pequeño cubo de terciopelo. Al momento de abrirlo y mostrármelo, con el diámetro diminuto como sus ya delicados dedos, vi las piedras brillantes de intenso rojo pasión, como ella, como nosotros, como lo que teníamos.

Ya nada iba a impedirme que se lo pidiera, y aunque a ratos me ganaba la inseguridad de pensar que podría decirme que no, iba a crear la sorpresa perfecta para pedirle que fuera mi esposa. De solo imaginarlo sonreía como un bobo.

—Papi, ¿ese es el anillo de mamá? —preguntó Agatha, mirándome con los ojos brillantes y llorosos.

Yo asentí mientras sonreía. Fred acabó haciendo un puchero mientras se frotaba los ojos con los puños. Yo me agaché para preguntarle qué le pasaba, pero enseguida me abrazó.

Pestañeé, sin saber qué decirle.

—Fred…

—Te amo, papá —susurró, comenzando a llorar.

—Yo también, pero, hey, ¿qué pasa? —Le acaricié la espalda mientras se aferraba a mi cuello con su pequeños bracitos.

Se separó un poco para mirarme mientras lloraba.

—Mami es muy feliz contigo. —Se pasó la mano por la nariz, limpiándose los mocos—. Yo también soy muy feliz contigo. Mami siempre dice que eres su héroe, que papi es el mejor, y lo eres, papá, eres el mejor.

Yo arqueé las cejas y tragué audiblemente, sintiendo también los brazos de Agatha a mi alrededor.

—¿Ella te dijo eso? —pregunté, acariciándole la mejilla.

Asintió.

—Ayer, cuando nos hacía dormir —susurró.

Su héroe… ¿De verdad lo era?

—Quiero vivir contigo siempre, siempre, porque mami y yo somos felices contigo —añadió, apretándose fuertemente a mí—. Te amo, papá, gracias por hacer feliz a mi mami.

Tenía un nudo en la garganta ante sus palabras. Fred nunca dejaba de sorprenderme con su sensibilidad y eterno agradecimiento hacia lo que yo hacía por ellos. Era solo un pequeño de siete, pero parecía entender tantas cosas que yo creía que pasaba por alto.

—¿Quieren ver la sorpresa que le daremos a mamá hoy? ¿Eh? Para que se ponga a sonreír. ¿Me acompañarán?

Los dos asintieron y luego se tomaron de la mano para mirar las demás joyas.

Cuando regresamos a casa, ya pasaba de las cuatro. Estaba un poco nervioso y no sabía de qué manera iba a salir nuestra sorpresa para sacarle una sonrisa, pero tanto Agatha como Fred estaban muy entusiasmados. Al menos habíamos hecho el pacto de que íbamos a seguir dándole sorpresas, una por una, hasta que me tocara entregarle el anillo muy pronto.

Los perros ladraron cuando sintieron que habíamos llegado, pero Bella estaba mirando al vacío, muy pensativa, sin darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Cuando me acerqué más, vi que estaba mirando un calendario, tocándose la barriga con la mirada ensoñadora, como si estuviera añorando algo desde sus entrañas. Yo le di un susto, uniendo mis manos a su vientre, y ella dio un grito junto con un salto, dándose la vuelta para ver de quién se trataba.

—Dios santo, ¡me asustaste! —gimió, mirándome con los ojos brillantes.

¿Qué pasaba? Parecía emocionada.

—Hey, ¿te duele ahí? —le pregunté, haciéndole cosquillas en la barriga.

Bella pestañeó y abrió los labios, comenzando a tener los ojos con lágrimas. Sin embargo, tanto Agatha como Fred vinieron canturreando la canción que nos habíamos venido aprendiendo. Los dos me obligaron a aprenderla, en realidad. Nunca pensé que iba a hacer una serenata para la mujer de mi vida con la música de una canción de Disney, a la que, bueno, ni recordaba su nombre.

Ella miró a los pequeños, que venían con flores en sus manos, mientras seguían cantando con sus vocecitas dulces. Yo tomé aire y esperé a que fuera mi turno, mirándola a los ojos mientras me alejaba para cantarle yo también.

—Ella aquí, luce como estrella, ella aquí, todo es claridad —le canté, sacándole una risotada dulce—. Es real brillando así, ya cambió la vida entera, esta vez todo es diferente, veo en ti la luz.

Le tomé el rostro y le besé la frente, cerrando mis ojos mientras me consumía en su aroma. Bella se limpió bajo los ojos y siguió viendo cómo los pequeños hacían un coro con las flores en sus manos. Yo suspiré y le tomé la mano con suavidad.

—Veo en ti la luz —finalicé, juntando mi nariz con la suya.

El labio inferior de Bella temblaba y a los segundos se puso a llorar.

—Nena, sé que para ti ha sido todo esto último muy difícil…

Negó y me besó, abrazándome fuerte desde el cuello.

—Eres el hombre más fuerte que conozco —susurró—. El mejor padre que podrían tener mis hijos, el mejor…

Su voz se perdió, tocándose el vientre. Yo pestañeé y tragué. ¿Qué estaba queriendo decirme?

—¡Regálaselo, papi! —nos interrumpió Agatha con una sonrisa entusiasta.

Pestañeé y me reí.

Toqué mi bolsillo y encontré el regalo que Fred, Agatha y yo habíamos elegido para ella.

Jadeó.

Bella POV

Miré cuán entusiasmados estaban y por un segundo no supe qué pensar. El calibre de mi respiración fue en aumento, tanto que sentía que iba a hiperventilar. Cuando Edward puso la rodilla en el césped yo sentí que mi garganta se cerró por el llanto que iba a salir. Él sonrió en el instante en que sacó el pequeño cubito de terciopelo rojo, mientras yo arqueaba las cejas ante la inmensa emoción que sentía.

—Bella, sé que pensarás mil cosas a la vez, de hecho, yo no sé cómo comenzar —susurró, mirándome a los ojos.

—Dios, Edward —gemí.

Volvió a sonreír.

—Mi Rompecoches. ¿Qué sería de mí si no te hubiera encontrado justo cuando saltabas sobre mi Mustang? —Me tapé la cara ante la vergüenza, pero a él no le importaba—. Fue maravilloso en el primer instante, aunque estaba enojado, perdóname por haberte enviado al calabozo, pero eso selló lo que sentíamos el uno del otro, ¿no? Y luego hiciste la locura de incendiar tu cocina. —Se rio y yo lo acompañé—. Gracias a nuestros pequeños, todo fue más fácil, ¿no? —Agatha y Fred dieron un brinquito mientras nos escuchaban—, porque todo hizo que sellara el inmenso amor que siento por ti. Eres mi nena, la única mujer a la que he amado de la forma en la que hago y junto a Agatha, son mis chicas, a quienes quiero proteger y cuidar con mi vida. Por eso, desde que desperté un día y vi la vida que tengo contigo, supe que tenía que hacerlo, que tenía que llamarte mi esposa y que, de alguna forma, moría por vivir esa experiencia contigo y compartir mi vida contigo el resto de mis días.

Apreté los labios ante el alero de mi llanto, lo que aumentó su intensidad cuando abrió la cajita, mostrándome un precioso anillo de oro blanco, con pequeños brillos diamantinos en él, que hacían la antesala de una preciosa piedra roja, tan roja como lo que sentíamos él y yo: amor junto a una pasión desbordante que nunca iba a terminar. Era inmensamente precioso, el más lindo que había visto en mi vida.

—Isabella Swan, mi chica, mi nena —susurró y luego tragó—. ¿Quieres casarte conmigo?

—¡Di que sí, mami! ¡Di que sí! —repetían Fred y Agatha a la vez mientras daban brincos y aplaudían.

Yo me sorbí los mocos mientras me reía y a la vez me ponía la mano en el pecho.

—Claro que sí, Edward, claro que sí —respondí de inmediato.

Él pestañeó y se levantó para darme un jugoso beso lleno de vida. Cerré mis ojos mientras acariciaba sus mejillas y luego lo abrazaba desde el cuello mientras levantaba mis piernas ante sus brazos a mi alrededor. Cuando nos separamos, tomó mi mano y se preparó para introducir el anillo en mi dedo anular, todo esto mientras acariciaba el dorso de mi mano. En cuanto sentí cómo pasaba por la extensión hasta quedarse ahí, brillante y precioso, sentí mi corazón vibrar con cada rayo de luz que emitía, como si, de alguna forma, este emitiera los sentimientos que juntos teníamos, como una esperanza.

—Te queda perfecto —añadió, mirándome a los ojos.

—Te amo tanto —le dije, sin poder callarme.

Me besó la frente esta vez, manteniéndose un largo momento ahí.

—Y yo te amo a ti, como un demente.

Reí.

—Voy a ser tu esposa —gemí, sin poder creerlo.

Me abrazó con más fuerza.

—Soy el hombre más afortunado del mundo.

Sentí cuatro manos a nuestro alrededor, lo que nos trajo devuelta a la realidad. Bajamos la mirada y los vimos, aquellos retoños que, si bien compartían orígenes diferentes, se amaban y nos amaban como si siempre hubieran pertenecido al corazón.

—¡Se van a casar! —gritaron.

Los abrazamos, yo a Agatha y Edward a Fred. Yo me agaché frente a mi pequeña y, casi por instinto, sentí el impulso de acariciarle el rostro con amor.

—Prometo cuidar a tu papi y a ti —susurré.

Sus ojitos brillaban como los de su papá.

—No tienes que decírmelo, ya lo sé —respondió.

Aquello caló tan hondo en mí que solo pude seguir abrazándola mientras me sumergía en su aroma a inocencia.

—¿Saben qué podemos hacer? —inquirió Edward—. ¡Celebrar!

Me reí mientras los pequeños saltaban. Él los tomó en sus brazos, uno en cada uno, y se fue corriendo con ellos adentro, ya con la idea lista de qué darme de comer. Yo carcajeé en la medida que lo veía juguetear con ellos, sintiéndome llena, claro, porque era un hombre con distintas facetas que me volvía completamente loca.

.

Se acomodó a mi lado mientras yo pensaba en cuán cambiada estaba mi vida ahora. Sentir su olor me hizo sonreír, así como los besos en mi hombro y luego en mi cuello. El fuego delante de nosotros era como la imagen de lo que significábamos. Fue instantáneo que mirara a mi anillo, sintiéndome feliz con él.

—Estás sonriendo —destacó.

—¿Cómo quieres que no lo esté? —inquirí—. Si tendré al esposo más guapo que podría imaginar.

Me siguió besando, esta vez en la mejilla, haciendo acelerar mi corazón con el roce de su barba picándome. Cerré mis ojos, con cada fibra electrificada en mí. Estaba inmensamente feliz, era mágico.

—¿Qué quieres que diga yo? Posiblemente saltaría en un pie si no me diera vergüenza parecer un bobo enamorado hasta el interior.

Me eché sobre su pecho, acostándolo en el césped, con la noche sobre nosotros.

—Ser la esposa del jefe debe ser fascinante, a que sí.

Apretó los labios ante la risa a punto de salir.

—Intocable, respetada, la más hermosa.

Carcajeé mientras volví a sentir sus besos en mi cuello. Luego tomó mi mano y nos miramos el anillo, aquel que sellaba una aventura que apenas comenzaría.

—Eres absolutamente hermosa —añadió, contemplándome.

Suspiré y me acomodé sobre él.

—Abrázame hasta el dolor, mi Bestia, quiero sentir lo que somos, uno solo —susurré.

Cuando lo hizo, sonreí y me mordí el labio inferior, siendo esto: la futura esposa de la Bestia.

.

Desperté sintiendo un fuerte dolor en el pecho. ¿Cuándo me quedé dormida? Lo último que recordaba era que los dos hicimos el amor en la intimidad del césped y la fogata a nuestro lado. Tuve que hacer memoria, y cuando recobré el sentido de mi pesadilla, supe por qué estaba tan asustada. Era uno en donde Edward quedaba atrapado entre las llamas mientras hacía su trabajo. Me había parecido tan real.

Caminé por el pasillo, algo intrigada de que Edward no estuviera en mi cama. Luego de ese sueño tan horrible, lo que menos quería estar lejos de él.

Me sacudí el pijama, sintiendo el sudor del terror que me produjo soñarlo en medio de las llamas. Hasta quería llorar, pero me aguantaba.

Desde el fondo vi una luz tenue y una ligera conversación, así que caminé hacia allá para averiguar qué ocurría. Era en la habitación de Fred. Me apoyé en el umbral de la puerta, viendo la espalda ancha de mi Bestia mientras tapaba a mi pequeño, que aún parecía estar inquieto por el dolor de barriga.

—¿Se ha dormido, papi? —preguntó Agatha, gateando por la cama mientras usaba su pijama de mameluco.

Ella abrió un hueco al lado de él, se metió entre las sábanas y lo abrazó mientras le daba besitos en los cabellos. Me enternecí tanto de verlos que me mordí el labio mientras arqueaba las cejas.

—Creo que sí. Tendremos que quedarnos en silencio un momento, ¿bueno? No hay que tocarle la barriga, aún le duele —dijo Edward, acercándose para darle un beso a ambos.

—Papi —llamó ella, quien aún tenía abrazado a Fred—. Yo quiero mucho a Fred.

Edward sonrió.

—Lo sé. Y él a ti.

—Es mi hermanito —le aclaró con seriedad.

Él rio.

—¿Por qué me lo dices? —preguntó.

Suspiró.

—Hoy nos encontramos a un señor mientras Nana compraba frutas cerca de la casa de los abuelitos. Me preguntó si éramos hermanos y él puso cara rara, ¿es porque Fred tiene el cabello oscuro como mami y yo más claro?

Mi Bestia suspiró y los tapó.

—Hay personas muy cerradas en este mundo, no ven el amor sino la sangre.

—¿Por qué la sangre, papi?

—Porque… las familias tienden a compartir eso, como la mamá con sus hijos o el papá.

—Pero… yo quiero mucho a abuelita Renée y mami, pero mami no me tuvo en la panza.

Edward sonrió.

—Exacto. Ella tuvo la dicha de elegirte a ti, aunque no compartan sangre, así como yo tengo la dicha de haber elegido a Fred, y tus abuelitos lo quieren tanto como si la compartiéramos, ¿te das cuenta? Las familias no son sangre, son amor, y yo los amo a ustedes, así como mamá los ama también.

Me pasé la mano por la barriga mientras sentía cada palabra rozarme el alma de una manera indescriptible.

—¿Y qué pasará cuando mami y tú tengan un bebé? ¿Nos querrán menos? —preguntó, poniéndose un dedo en los labios, mirándolo con inocencia.

Su papá se rio y yo me oculté un poco para seguir escuchando, sintiendo el nerviosismo de aquello.

—En realidad… eso no pasaría jamás. Aunque no hay planes aún de tener un bebé.

—¿Y si mami tuviera un bebé ahora?

Vi que Edward fruncía el ceño.

—Seguiría amándolos como siempre lo he hecho, y sé que a mamá se le agrandaría el corazón aún más para albergar todo lo que siente por ustedes.

—Ahora duérmete, ¿sí? Mañana hay primer día de escuela.

Asintió y se acomodó, cerrando los ojos mientras abrazaba a Fred con cariño.

Me acerqué a mi Bestia y le acaricié la nuca con suavidad, llamando su atención.

—Hey, nena, creí que dormías.

Me acarició el muslo y me besó el hombro mientras me sentaba sobre su regazo.

—Tuve una pesadilla.

Frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Suspiré.

—Estabas en las llamas… Lo siento, sabes que me asusta.

Arqueó las cejas y me besó y abrazó.

—¿No confías en mí? Soy un bombero experimentado.

Él se tomaba la situación con humor, pero me asustaba quedarme sin el hombre que amaba por algo tan riesgoso como lo que hacía.

—Hey, ya te dije, no los dejaré nunca.

Tragué y sentí el escozor de las lágrimas.

—Oye, cariño, ¿qué pasa?

Me levanté y bajé las escaleras para poder respirar mejor. Edward me siguió y me abrazó, sacándome un sollozo.

—Tengo miedo de que algún día me dejes aquí —susurré, mirándolo a los ojos.

Sonrió con las cejas arqueadas.

—Que me dejes con Fred y con Agatha extrañándote… —Dejé de hablar y me puse la mano en el vientre.

Me miró y se quedó un momento paralizado.

—Yo no los dejaré. Nunca.

Me mordí una uña mientras me daba la vuelta para sopesar el nerviosismo.

—¿Qué pasa, nena? Hoy estás más sensible, más…

Me giré y él dejó de hablar.

—Tengo miedo —susurré—, porque de solo imaginar que me dejas a solas con los tres…

—No, no, Bella, no pienses eso… —insistió—. ¿Tres?

—Edward —lo llamé.

Tragué.

—Creo que estoy embarazada —murmuré.

Su expresión pasó por varios estados, como si primero pensara que estaba bromeando, que estaba soñando, luego resultaba sorprendido, perplejo… y entonces una inmensa sonrisa emergió mientras sus ojos brillaban con profunda intensidad.

—Embarazada —añadió, acercándose a mí.

Asentí mientras me mordía el labio.

—Tú y yo… tendremos un bebé…

—¿Estás contento?

Su barbilla tembló y no tardó en abrazarme con inmensa fuerza.

—Bella, por Dios… Oh Dios, ¡oh Dios! ¡Claro que sí!

Me tomó las mejillas y me besó mientras comenzaba a llorar. Ver a mi Bestia así ante una noticia que podría cambiarnos todo era inigualable.

—Oh no, Edward, me harás llorar a mí —gemí.

—Estoy feliz, ¡estoy feliz! Tú y yo podríamos tener un bebé, imagínatelo… —Se rio, acariciándome el rostro con sus pulgares.

Me abracé a él mientras cerraba mis ojos.

—Te amo, Bella, no puedo creer que vamos a tener un hijo —exclamó, juntando su frente con la mía.

—Un bomberito —susurré con un nudo de emoción en la garganta.

—O una bestiecilla como tú —añadió.

Apreté los párpados mientras me reía y sentía sus brazos tan fuertes a mi alrededor.

—Tengo que hacerme el examen —murmuré, mirándolo a los ojos.

—Iremos los dos, ¡yo me tomaré el día mañana mismo! Estaremos juntos, ¿bien?

Me seguí mordiendo el labio mientras sentía el llanto en la garganta. Era tan diferente a lo que sucedió con Dimitri, tanto que no podía creerlo.

—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? —inquirió, arqueando las cejas.

—Es que… pienso en la vez que le comenté mis sospechas…

No tuve que seguir hablando, él lo entendía perfectamente.

—Nunca actuaría así, jamás te haría daño ni a mi… hijo —susurró, pasando su mano por mi vientre.

Mi barbilla tembló.

—Oh, Edward, imagínate si… si estoy embarazada.

Sonrió con los ojos muy brillantes.

—Sería tan feliz, tan feliz —enfatizó.

Puse mi rostro en su pecho, sintiendo su piel junto a la de mi rostro. Sus manos grandes pasaban por mi espalda, delineando mi columna con lentitud.

Y sí, yo también sería muy feliz.

.

Sentía unas manitos en mi cara, palpándola lentamente mientras se acomodaba cerca de mi barriga.

—Mami —me llamaron.

Abrí un ojo primero y vi a mi pequeña, metida entre su papá y yo. Tenía los cabellos revueltos y los ojitos hinchados luego de despertar.

—Hola —saludó, contenta de verme.

Sonreí y en un rápido instante recordé lo que había significado su pasado siendo solo un bebé de pocos días, por lo que instintivamente le besé la frente y luego las mejillas regordetas.

—Hola, preciosa —saludé.

Ella se acomodó más y me abrazó, juntando su carita en mi pecho. Hundí mi rostro en sus cabellos y cerré mis ojos mientras sentía su aroma a inocencia. Fue inevitable imaginármela siendo aquella pequeñita frágil y vulnerable, quien solo tenía a papá. Se me erizaban los vellos del cuerpo al pensar en todas las veces que debió quedar a solas con esa mujer. Qué ganas tenía de devolver el tiempo y ser yo esa persona, haber podido cuidarla y protegerla, a él y a su papá.

—¿Qué pasa, mami? —inquirió, alzando la carita para contemplarme.

—Nada, solo… —Suspiré—. Estoy muy feliz de ser tu mamá.

Agatha se rio y acabó ahuecándose junto a mí.

—Siempre quise tener una mami como tú.

Pasé mi mano por sus cabellos y tiré de estos con suavidad.

—¿Cómo yo? ¿Y eso?

—Bonita, muy bonita.

Reí.

—Cariñosa y que me ame. Mi antigua mamá nunca me quiso. —Bajó la mirada—. Pero sé que tú sí… ¿no?

Sonreí y le regué besos por su carita.

—Te amo, Agatha. Nunca dudes que en mí tienes una mamá.

—Te amo, mamá —respondió, con el sentimiento en su mirar y la ilusión de tener en quien confiar además de su papá.

Miré a mi prometido, que dormía plácidamente sobre la cama. Era tan guapo y varonil. Agatha lo miró con tanto amor que me hizo sentir aquello en la panza. Definitivamente, mi Bestia había hecho todo lo que un buen padre necesitaba. Su pequeña lo adoraba con todas sus fuerzas.

—Vamos a despertarlo con muchos besos, ¿qué me dices? —inquirí.

Asintió y se acomodó para hacerlo.

—A la cuenta de tres.

Levanté mis dedos, uno por uno, y cuando llegué al tres, las dos le besamos el rostro, despertándolo entre risas.

—Por Dios, qué besos tan deliciosos —dijo, estirándose con una inmensa sonrisa en los labios.

Pasó su brazo por detrás de mis hombros y me acercó a él para darme un jugoso beso. A Agatha la cobijó y le dio un beso suave en la coronilla.

—¿Creen que Fred se ponga celoso? —preguntó mi pequeña, mirándonos.

Nos reímos.

—Ya tendrá su turno —respondí—, ya lo verás.

.

Edward se había ido a su guardia de veinticuatro horas, una excepción debido a la baja de uno de los bomberos del cuartel. Sí, estaba de mal humor porque no me gustaba imaginármelo tanto tiempo allá, pero ¿qué podía hacer? Me había enamorado de él siendo un héroe.

Durante la tarde, recibí el llamado de Rose mientras intentaba escribir. Se escuchaba agitada, por lo que dejé todo para poder preguntarle qué ocurría.

—Bells, amiga, qué bueno que te encuentro.

—¿Qué pasa? Me asustas.

Tragó.

—Es Royce, no deja de llamar —gimió.

—Mierda —fue lo único que pude decir.

—Tengo que irme de aquí, Emmett y yo estamos en peligro.

—¿Qué? ¿Por qué lo dices?

Hizo una pausa.

—Es que… unos hombres no dejan de acechar el barrio y creo que son parte de él.

Me mordí el labio inferior.

—Rose, me asustas.

—No quiero que le suceda nada a mi hijo, sabes el terror que tengo de que él lo sepa y…

—Tranquila. Descuida.

De pronto, sentí que alguien se acercaba a la casa.

Me asusté.

Dejé a Rose en medio de la llamada y me acomodé mientras contemplaba la sombra detrás de la ventana.

Fue inquietante.

A los segundos, alguien tocó a la puerta y yo jadeé.

—Espérame, Rose, creo que alguien está tocando —le susurré.

—¿Crees que sea él?

—Sí.

—Espera. ¿Edward está contigo?

—No, tiene guardia de veinticuatro.

—Entonces no le abras, los pequeños…

—Descuida. Si no lo hago, insistirá y eso no es bueno.

Suspiró.

—Llámame enseguida, ¿sí?

—Claro que sí.

Cuando corté, dejé el móvil en mi bolsillo y caminé como si nada pasara hacia la puerta principal. Royce seguía tocando sin parar y tanto a Fred como a Agatha aquello los puso muy inquietos.

—¿Quién es, mami? —preguntó mi Pulgarcita, dejando a un lado su tarea.

—Voy a ver, sigan en lo suyo.

Tomé aire y abrí la puerta, actuando con naturalidad.

—Hola, Royce —saludé.

Él se veía molesto y enseguida se puso a mirar por detrás de mí.

—Hola —repetí.

—¿Dónde tienes a Rosalie? —Su voz sonaba déspota y algo violenta.

Fruncí el ceño.

—No está aquí.

—Entonces dime dónde está.

Cerré un poco la puerta y saqué la mitad de mi tronco.

—Si lo supiera no te diría dónde está, Royce. Asume que ella no quiere verte.

Tensó su mandíbula.

—No estoy jugando, Isabella Swan. Dime dónde está Rosalie.

—Por favor, vete.

Iba a cerrar la puerta, pero él empujó la puerta, haciendo que ésta chocara con mi brazo, causándome dolor.

—Acuérdate de mí, Isabella. Si llego a saber que tú escondes a mi esposa, te las verás conmigo, ¿entendiste?

—No puedo creer que estés amenazándome, Royce.

Sonrió.

—No es una amenaza, es algo que haré de cualquier forma porque sé que la estás escondiendo.

Me protegí detrás de la puerta, sintiendo el miedo de lo que implicaba él. Royce parecía fuera de los cabales al imaginarse sin Rose.

—Voy a llegar hasta las últimas consecuencias, tenlo por seguro —afirmó—. Sé que mi esposa está con otro hombre y sé que es amigo del imbécil de Edward…

—No te atrevas a hacer algo, porque juro que te caerá lo peor —espeté—. Ahora vete antes que llame a la policía.

Cuando cerré la puerta, sentí el imponente sentimiento de peligro, pero decidí tragármelo para que Rose no se alterara. Tenía un bebé que proteger también.

.

Eran cerca de las diez de la mañana cuando llegué al laboratorio. Sentía el corazón en la boca, la verdad.

—Isabella Swan —dije.

La chica imprimió los resultados mientras yo me mordía el labio inferior para calmar mi ansiedad.

—Aquí tiene —susurró.

Dije un gracias que apenas se escuchó, porque la incertidumbre de los resultados me tenía con mil sentimientos a la vez.

Edward salía en una hora del trabajo.

Salí a paso rápido del laboratorio y miré el sobre con los dedos temblorosos. Era un positivo o un negativo, nada más, así que tomé aire y lo abrí, dispuesta a saber los resultados. Estiré el papel frente a mí y busqué rápidamente la parte en donde decía "respuesta".

Por poco grité.


Buenos días, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Sí, ellos viven su amor sin miedo a nada a pesar de lo que Edward contó, y si bien él sabía que había arruinado parte de la confianza que se tenían, tenía razones para temer, porque sí, era solo temor. Los pequeños fueron los cómplices de la sorpresa de amor de nuestra Bestia, y es que en medio de todo él ya solicita gritar cuánto quiere a su familia, ¡y Bella claro que dijo que sí! Y, dentro de toda esa alegría, también existe la increíble ilusión de lo que significan las sospechas de Bella, ¿qué creen que digan los resultados? Y claro, no olvidemos lo que ocurre con Royce, que quizá tiene algo más entrelazado con ellos de lo que creen. Y en definitiva, es un peligro. ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas

Agradezco los comentarios de nataliastewart, DanitLuna, catableu (eso fue precisamente lo que quería destacar), danielapavezparedes, Pam Malfoy Black, Milacaceres11039 (claro que estaría feliz), Brenda Cullenn, Pancardo, lindys ortiz, Poppy, VeroPB97, blueorchid02, Hanna D. L (exacto, Agatha le cambió la vida), Bell Cullen Hall, SeguidoradeChile (gracias por tus palabras), Ana, Dania, Melina, cavendano13, micalu (gracias, yo le digo muchas locuras jaja), Nataly, Conni Stew (por supuesto que sí, muchísima), Jenni98isa (los Denali son de cuidado), Claudia, anamel, Isabelfromnowon, glow0718, Lizdayanna, Mss Brightside, Belli swan dwyer, miop, MaleCullen, Liz Vidal, valentinadelafuente (me emociona mucho que sea tu historia favorita de fanfiction, uau), krisr0405 (me sonrojas), florcitacullen1 (me sonrojas, cuando me dicen que soy la autora favorita es... francamente emocionante), ariyasy, Mar91, Mela Masen, Rero96, BellaWoods13, Nelly McCarthy, sheep0294, Nat Cullen, CeCiegarcia, Josi, AnabellaCS, natuchis2011b, piligm (muchas gracias por tus palabras), Kamile PattzCullen, Jocelyn, selenne88, PanchiiM, jupy, Iza, Joa Venezuela, Alejandra, Fernanda21, aliciagonzakezsalazar, Dominic Muoz Leiva, Tereyasha Mooz, Ilucena928, Twilightsecretlove, Lupita Valente, Nati98, Yoliki, caritofornasier, NarMaVeg, saraipineda44, Tina Lightwood, A karina, AstridCP, patymdn, CazaDragones (ay, tú también me sonrojas), Valevalverde57, Ceci Machin, lauritacullenswan, Retia, ELIZABETH, camilitha Cullen, marite88, debynoe12, Mayraargo25, PameHart, DannyVasquezP, Reva4, freedom2604, Luna, Tata XOXO, ManitoIzquierdaxd, carlita16, Luisa huiniguir, Yesenia Tovar, Ronnie86, JMMA, Bitah, maricarmen92, Elizabeth Marie Cullen, FlorVillu, Flor Santana, Salveelatun, Gladys Nilda, maidely34, Liliana Macias, Bookaholicreader, Esal, Abigail, Elejandra Solis, twilightter, calia19,Noriitha, Dani Arango, hanna1441, Damaris14, Alimrobsten, amedina6887, Elmi, GigiBelMC, VeroG, alejandra1987, almacullenmasen, Miranda24, Gabi, marieisahale, Andre22twi, michi'cullen, Santa, sueosliterarios, Diana, Sabrina, Duniis, Ella Rose McCarty, Vanina Iliana, Robaddict18, keyra100, somas, Diana2GT, paz15, beatrizalejandrabecerraespinoza, Cecy Dilo, PEYCI CULLEN, LuAnka, keith86, LicetSalvatore, tamarafala, isbella cullen's swan, BellaNympha (me sorprendes con tus palabras, pero gracias), nelithaabella, Claurebel, Naara Selene, Domi, seelie lune, Diana Marie,YessyVL13, BellyBells, gloriamguevaraz, LoreVab, sool21, jhanulita, Car Cullen Stewart Pattinson, kathlenayala, Roxy de roca, rosycanul10, Carodi, katyta94, BreezeCullenSwan, MariaL8, Smedina, rjnavajas, Gibel, Srita Cullen Brandon, joabruno, liduvina, Johanna22, Olga Javier Hdez, Adriu, Annie Cullen Massen, AndreaSL, AniluBelikov, Belen ObsessedReader, Amy, kaja0507, cary, MarielOb, LizMaratzza, Jeli, Keniie Masen, Moni Cullen Swan, roberouge, nicomartin, micalu, bealnum, Maca Ugarte Diaz, Angelus285, Tereyasha Mooz, Chiqui Covet, NadiaGarcia, Coni, Jade HSos, Tecupi, Angie Mellark, DIMancilla, lunadragneel15, torrespera172, vaneleyes, MasenSwan, morenita88, Techu y Guest, espero volver a leerlas a todas nuevamente por aquí, cada gracias que ustedes me dejan es infinito, no saben cuánto me alegra y me instan a seguir, es invaluable

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