Bellatrix rellenó su vaso de whisky y dio un trago. Lo mantuvo un rato en la boca para disfrutar del profundo ardor. Amaba esa sensación. Después, continuó su relato.
-Hubiera muerto antes que dejarlos ahí... Soy una bruja excepcional, Sirius, desde pequeña renuncié a la cordura para fortalecer mi magia. Y Saiph también lo es, no por estar conmigo, sino porque es un privilegiado. Desde que nació en aquella cárcel buscó la forma de huir. A él no le dejaron en los sótanos por la importancia de preservar su raza (para aprovecharse luego de ellos, evidentemente) sino que lo llevaron al departamento de Weasley (no creo que él conozca la realidad del lugar donde trabaja) que es de los que están a la entrada. Fue lo suficientemente inteligente para no aceptar a ningún cuidador y causar tantos problemas que ansiaban deshacerse de él. Pero no podían matarlo: son una especie protegida y están vigilados a nivel mundial. Gracias a Granger se salvó. Aunque no creo que fuera suerte, creo que el mundo quería hacer justicia por una vez...
La expresión casi sádica de su prima hizo comprender al animago que lo mejor (o lo peor, según se mirara) estaba por llegar. La mortífaga siguió hablando con la mirada perdida, como si aún viese aquello perfectamente:
-Pensé que lo sensato sería trazar un plan, buscar ayuda y hacerlo con sentido común. Pero por un lado, yo no tengo de eso, y por otro, no podía vivir un minuto más sabiendo que todas esas criaturas estaba ahí muriendo en vida. Así que elaboré un plan sencillo y Saiph estuvo de acuerdo. Él puede comunicarse con cualquier dragón, evidentemente, y localizó a una docena de los más fuertes e inteligentes. Sabía que me arriesgaba a que me mataran (cualquiera lo haría en su situación) pero aún así, los liberé. Pasé varios minutos probando hechizos para devolverles la fuerza y la capacidad de hacer fuego. Cuando consiguieron recuperar una mínima energía, decidí que era el momento.
Bellatrix cerró los ojos perdida en sus recuerdos.
-Todo empezó con un fiendfyre. Al instante, Saiph me siguió y empezó a lanzar llamaradas también. A los pocos segundos, los dragones liberados se unieron a nosotros. Hacía un calor sofocante, el peor que he soportado en mi vida y varias veces estuve a punto de desmayarme. Pero me daba igual morir ahí. El techo fue cediendo poco a poco. Con un hechizo levitador evité que los escombros cayeran sobre nosotros, los dragones también ayudaron desplegando sus alas para apartarlos. Fui abriendo las jaulas que faltaban (muchas reventaron gracias al fuego y a las explosiones) y cada dragón liberado se unía a la causa. Fue alucinante, Sirius, no son criaturas egoístas y crueles como nosotros. A pesar de haber pasado su vida encerrados y ver por fin la libertad y el cielo sobre ellos, ni uno solo huyó. Todos se centraban en destruir los barrotes que apresaban a sus compañeros y en que todos pudieran escapar.
Sirius la miraba entre el horror y la fascinación.
-No sé cuánto tiempo pasó, no fue mucho porque cuando los refuerzos de seguridad aparecieron, poco podían hacer ya... No me fui de ahí hasta que el último dragón se marchó volando. Podría haberme aparecido sin más, pero preferí invocar la escoba de la cabina del vigilante y ver cómo ardía todo el santuario. Nunca he visto a Saiph tan contento y orgulloso... Fue él quien consiguió salvar a todos sus hermanitos, ¿verdad que sí, pequeñín? -murmuró rascándole la cabecita.
El dragón rugió satisfecho y frotó su cabeza contra la mano de Bellatrix. El hombre los miraba estupefacto, negándose a aceptar lo que habían hecho.
-Nos quedamos unos días en la ciudad para ver cómo trataban la noticia. Toda la atención la acaparó el incendio, provocó tantas nubes de humo negro que los dragones que cubrieron el cielo casi pasaron inadvertidos. Claro que hubo algunos avistamientos, pero habiendo un santuario de dragones ahí debería ser normal (aunque solo esa noche lo fue). La declaración oficial de los responsables del Santuario fue que se trataba de un incendio localizado y no sabían a cuántos animales había afectado porque vivían en libertad por el bosque. Los muy cabrones pedían al resto de refugios del mundo que se solidarizaran y mandaran ejemplares para ayudarles a repoblar... Me aseguré de que eso no pasara. Y a nivel internacional ni siquiera trascendió: el producto interior de Rumanía se basa principalmente en los ingresos de esa monstruosidad y el resto del mundo lo sabe, no les conviene que circule la noticia de que han perdido todo. Leí los informes y me aseguré de castigar a los responsables de toda esa trama. Nadie se enteró de que fui yo, nadie sabe siquiera qué paso. Y en eso invertí el primer mes.
Miró a Sirius dándole tiempo para procesar la información. El animago no sabía qué decir ni cómo reaccionar. Esa era la última historia que esperaba escuchar aquella mañana. Su prima le ofreció su vaso y él dio un trago de whisky, de repente su casi alcoholismo ya no parecía tan importante... Ni siquiera notó el ardor. Unos minutos después, se recompuso y miró a su prima estupefacto:
-¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿De que has destruido el mayor Santuario de Dragones de Europa?
-¡Era una puñetera cárcel! -exclamó ella con los ojos muy abiertos.
-De acuerdo, era horripilante, pero las cosas no se hacen así... Eran quienes se encargaban de ellos, de estudiarlos, de...
-De torturarlos -completó su prima.
-Tenías que haber pedido ayuda, Bellatrix. Podrías haber conseguido que convirtieran el lugar en un santuario de verdad, que los protegieran... Los condenaste a muerte, han vivido demasiado tiempo en cautividad, no sabrán cazar, ni protegerse. Muchos estarán enfermos... No tienen a dónde ir, pronto habrá dragones muertos por todo el continente.
-No, Sirius, no son estúpidos. Son las criaturas más nobles e inteligentes que existen. Igual les cuesta un poco adaptarse, pero se dividirán en grupos, buscarán bosques y lugares que les gusten y serán felices repoblando en libertad. Hablé con dragonologistas de Sudamérica, donde tienen el santuario más grande e importante del mundo. Me aseguraron que por desgracia eso pasaba en más sitios, pero no ahí y lo comprobé en persona. Esa sí era la imagen que yo tenía de un Santuario. Me comunicaron que sus instalaciones cuentan con hechizos para que los dragones sean capaces de encontrarlos si quieren quedarse ahí. Ese lugar sí le gustó a Saiph.
El hombre asintió con pesar, no tenía sentido llevarle la contraria. Había estudiado sobre dragones durante toda su vida, esperaba sinceramente que tuviera razón. Así que intentó apartar ese tema y le preguntó qué tenía eso que ver con Dolohov.
-Como te he dicho, los dragones son las criaturas más nobles que existen -repitió ella casi con emoción-. Yo creí que a pesar de haberlos liberado, no querrían saber nada de mí ni de nadie de mi raza. Desde luego yo en su lugar hubiese asesinado a cualquier humano... Una semana después, Saiph me hizo seguirle hasta un bosque cerca del hotel donde estábamos al que a veces íbamos a ver las estrellas. Ya era de noche cuando llegamos a un claro. Ahí estaban los doce dragones a los que liberé, los primeros, los que me ayudaron al empezar. No entendí qué pasaba. Parecía que se comunicaban con Saiph pero yo no captaba nada. Unos minutos después, Saiph me transmitió que estaban en deuda conmigo, que querían hacer algo por mí para agradecerme que los hubiese liberado. En cuanto lo entendí me negué, claro (y lloré de emoción como una niña), pero como ninguno se movía de ahí y sentí que les faltaba al respeto si no aceptaba su oferta... Les pedí ayuda con lo único que no podía hacer yo sola...
Sirius perdió el poco color que le quedaba en la tez. Comprendió qué fue lo que les pidió. Su prima no había liberado a un preso de Azkaban... había destruido Azkaban. Balbuceó un "¿Cómo?" con extrema dificultad.
-Shacklebolt me lo prometió, tú estabas ahí, tú lo oíste. Me juró que cerraría esa cárcel en cuanto llegara al poder. Le di la oportunidad y no lo hizo, no hizo nada. Así que tanto yo como esos dragones viajamos a Inglaterra. Cuando estuvieron todos, una noche, lo hicimos. No hubo ningún problema, los dementores resultan ridículos ante un dragón. Yo fui con mi escoba. Aunque hubiese podido, me niego a montar a un dragón, no son bestias de carga. Pero quería ver cómo ardía, cómo ese agujero infernal se reducía a cenizas. Y así fue. Hermoso y liberador.
La bruja había vuelto a cerrar los ojos, como recreándose en la imagen. Sirius le preguntó que cómo había sido capaz. Él odiaba ese lugar tanto como ella, pero había habido presos fugados y otros muertos; eso sin hablar de los vigilantes...
-Oh, me aseguré de que eso saliera bien. Yo misma destruí los muros de los presos que quería que huyeran, conocía a la mayoría. Muchos de esos mortífagos ni siquiera habían matado a nadie, solo estaban con Voldemort por miedo y coacciones. Deseaban empezar de cero, pero los condenaron a perpetua sin juicio. Me aseguré de que pudieran aparecerse y a los que realmente eran culpables de alguna atrocidad... bueno, también los liberé a su manera. Tú también preferirías estar muerto que en Azkaban. Y por supuesto asesiné a los guardias personalmente, muchos seguían ahí desde nuestra época y recuerdo cómo nos trataron -la bruja sintió un escalofrío-. Pocos placeres he sentido tan grandes como ese...
Sirius la miró, no sabía qué hacer, qué decir, ni cómo actuar. Se mareó con la sola idea de calcular a cuánta gente había asesinado la bruja en una noche. Bellatrix se había coronado "señora de la muerte" sin necesidad de reliquias. Entonces recordó la escena meses antes en Grimmauld Place: a todos los extrañó que a cambio de su colaboración la mortífaga pidiera a Shacklebolt que destruyera Azkaban. Creyeron que ella no obtenía ningún beneficio con eso. Pero sí que lo hizo, se garantizó un motivo para legitimar sus actos futuros. Aquel mismo día, la slytherin practicó legilimancia en Dolohov y nunca supieron qué le mostró. El animago sintió un escalofrío. Lo tenía planeado, lo tenía planeado desde hacía meses. Esperó a que ella continuara hablando, él ya no era capaz de seguir preguntando. Temía que hubiera más. Y así era.
-A los supervivientes no les pedí nada, solo que se fueran del país para que no descubrieran lo que había pasado e intentaran olvidar nuestra vida anterior. Pero no quisieron, me pasó lo mismo que con los dragones. Dolohov, en representación de todos, me aseguró que me iban a respaldar en lo que hiciera, que me apoyarían en cualquier causa que decidiera emprender, tanto ellos como el resto de mortífagos fugados. Les pasa como a nosotros, Sirius, ya no saben vivir sin guerra, es tarde para adaptarse a una vida normal. Les ofrecí venir a vivir aquí, a mi montaña, en las cientos de casas de las laderas. La mayoría aceptaron y vinieron con sus familias. En cuanto la exoneraron de todos los cargos y le devolvieron su libertad por su supuesta viudedad, Cissy vino también con Draco y Lucius.
-¿Lucius no murió? -preguntó Sirius.
-No -suspiró ella-. Yo lo hubiese dejado, pero... Me dio pena Cissy, así que le salvé a él también. Viven en una Mansión a una hora de aquí, también a mucha altura y separados de los demás mortífagos que están mucho más abajo. Ellos no pueden acceder a la cima, a mi casa, solo mi hermana y su familia. Fui a verlos el otro día y están muy contentos. Aunque hayan tenido que irse de su país, después de pensar que iban a estar toda la vida encerrados... Cissy está disfrutando organizando su nueva mansión y Draco dice que soy la mejor tía del mundo.
Comentó la última parte con orgullo, era evidente que nunca le habían otorgado un título así. Sirius no había hablado con su sobrino segundo en la vida. Pero la idea de haber estado tan cerca de ellos y haber vivido en la misma montaña que decenas de mortífagos, le desquició. Y así se lo hizo saber a su prima. Ella le volvió a explicar que los mortífagos vivían en las laderas de más abajo y de ninguna manera podían llegar a ellos, solo Dolohov la visitaba una vez a la semana para contarle cómo iban las cosas. Y le recordó que había querido contárselo desde el principio, fue él quien se negó. Al animago le dio igual.
-O sea, que yo estaba aquí esperándote mientras tu visitabas a tu hermana y os reíais de cómo me habíais engañado cuando yo te contaba que su marido había muerto y todo eso, ¿no? -preguntó con frialdad.
-¡No, claro que no! ¡He estado prácticamente todo el rato contigo! Solo fui a decirle una cosa, yo quería contarte que ella y su familia estaban bien, pero...
-¿Qué le contaste? -la cortó él- ¿Que Harry, Dora y sus compañeros aurores se están volviendo locos intentando resolver lo de Azkaban mientras vosotras dos tomáis el té tan tranquilas?
-No -respondió ella con frialdad-. Le conté que me habías dicho que me querías. Era la primera vez que alguien me lo decía y me hacía ilusión contárselo a mi hermana.
-Ah... -murmuró Sirius que no esperaba aquello- ¿Y qué te dijo?
-Al principio que era de mal gusto y no tenía que estar tan orgullosa... Pero luego se dio cuenta de que nunca había sido tan feliz y se alegró por nosotros. Le pedí que viniera a casa para contártelo todo, pero no quiso. Me dijo que no me doy cuenta de las cosas porque soy como una niña pequeña y nunca he estado enamorada, pero que en cuanto te enteraras de lo que había hecho, me dejarías. Yo le respondí sin dudar que no. Me has dicho muchas veces que me quieres y que estarás conmigo pase lo que pase -respondió ella casi avergonzada de su inocencia-. Pero Cissy contestó que eso son cosas que se dicen cuando estás enamorado y luego no son verdad... No tiene razón, ¿a que no? Tú me quieres de verdad, no eres como los demás. Vas a estar conmigo, ¿verdad, Siri?
Sirius vio la duda y el miedo en sus grandes ojos oscuros. Narcissa tenía razón, parecía una niña pequeña; aquella niña de cinco años que su padre dejaba en Grimmauld Place cuando se iba de viaje y siempre llevaba un dragón de peluche a juego con su camiseta. Alguna vez le invitó a pintar con ella. Le llamaba "Sidi" porque le costaba pronunciar la erre. ¿Qué había sido de ella, cómo se había convertido en una asesina psicótica? No supo qué responder, por mucho que toda la historia era demencial, de repente parecía tan vulnerable ante la idea de volver a quedarse sola... No sabía cómo explicárselo, no lo entendería. Conocía a su prima, sabía que sus negocios no iban a consistir en ayudar a los elfos domésticos pero creyó que serían delitos menores: compra-venta de bienes, alguna pequeña extorsión, chantajes... Desde luego no liberar dragones y criminales y asesinar a su libre albedrío como si nada. Intentó hacérselo entender:
-Por supuesto que te quiero, más que a mi propia vida, pero has dejado libres a cientos de asesinos, tanto dragones como humanos. Eso no está bien, Bellatrix, las cosas no se hacen así. Estoy cansado de todo eso, ya solo quiero una vida medianamente tranquila. Me agobia la idea de verme envuelto de nuevo en intrigas y tramas criminales. Y aunque ya hayas terminado con eso...
Ella le miró con el ceño fruncido.
-¿Cómo que terminado? No he terminado en absoluto. No me voy a quedar ahí, Sirius... El mundo mágico va a ser tal y como yo quiera. Me desharé de Shacklebolt, cambiaré el sistema de justicia, liberaré a todas las criaturas mágicas, me ocuparé de la preservación de la sangre pura... Y estoy harta de que tengamos que escondernos de los muggles, quiero un mundo en el que la magia sea normal, no es justo obligarnos a ocultar nuestro talento. No me conformaré con que me nombren Ministra de Magia o líder del Wizengamot, voy a ser la presidenta de la Unión Europea de Magia y probablemente luego del Consejo Mundial. Las cosas se harán como yo quiera o no se harán.
Sirius la miró horrorizado. El temor de su mirada había sido sustituido por una determinación absoluta, por un fervor enfermizo que le puso el vello de punta. Decidió centrarse en la parte de la sangre, por algún lado había que empezar. "¿Qué pretendes ser, la nueva Voldemort? ¿Eliminar a los sangre sucia y...?" preguntó el moreno.
-En absoluto. No eliminaré a nadie por su condición de sangre, solo pretendo modificar la mala prensa que hay sobre familias como la nuestra, los prejuicios y el desprecio. Objetivamente nuestra sangre es superior al resto: vivimos más años, nos mantenemos jóvenes siempre y somos más poderosos porque nos educan desde pequeños. Y eso no es malo como nos quieren hacer creer, es un sistema que ha funcionado muchos siglos y se quieren cargar. Por supuesto que no voy a negar la educación ni a discriminar a mestizos y sangre sucias, pero te repito que, objetivamente hablando, nuestra sangre tiene propiedades mucho más beneficiosas para el futuro de la magia.
-¿Qué supones que pensaría Hermione de todo eso? -preguntó él con mordacidad sabiendo que le tenía cariño a la sabelotodo.
-No tengo que suponer nada, sé lo que piensa y está de acuerdo. Hicimos pruebas en Grimmauld Place, pociones con mi sangre y con la suya y la mía era diez veces mejor. Eso no me hace superior a ella, lo sé. Por ejemplo, a la hora de crear la poción, Hermione es incluso más hábil que yo y se lo reconozco. Igual que ella reconoce que si la gente de familias mágicas donara sangre se podrían curar muchas más enfermedades. Esa chica es inteligente y su orgullo no distorsiona la realidad. Además, también está decepcionada: creyó que tras la guerra cambiaría algo y sin embargo, todo sigue igual. Yo me aseguraré de que cambie. Sé que mucha gente se opondrá gracias a propaganda como la de Dumbledore o la Orden, o simplemente por ser quien soy, pero te aseguro que lo conseguiré.
El merodeador entendió con terror que la bruja no tendría ningún problema en provocar una tercera guerra mágica. Respondió, intentando sonar firme, que era imposible lograr nada de eso con un centenar de mortífagos.
-No son un centenar, son muchos más. Son los que liberé de la cárcel, los que huyeron y los que nunca se atrevieron a unirse a Voldemort abiertamente. En mí sí que confiarán. Yo no estoy obsesionada con matar a un crío, veo las cosas a gran escala y tengo claros mis objetivos. No necesito torturar ni marcar a nadie para garantizar su lealtad, mi poder les atrae y confían en mí. He hablado con las familias de sangre pura de la mayor parte de Europa, todas me apoyarán. Con dinero, con magia, con lo que haga falta. Conozco a gente infiltrada en los gobiernos y tribunales de todas las capitales, somos muchos más de los que crees. Y habrá más. He escrito un libro para explicarlo -comentó ella con tranquilidad.
-Has escrito un libro -repitió su primo incrédulo y por completo sobrepasado.
-Sí, una especie de biografía. Desde mi infancia, para que la gente entienda como funcionan las familias de sangre pura, hasta mi juicio y estancia en Azkaban. Con todo tipo de detalles para que vean la realidad. Después he contado que traicioné a Voldemort, un mestizo cobarde, y ayudé a derrotarle -levantó la mano para evitar la bronca de su primo-. Tranquilo, no os he nombrado a nadie. Ni a ti, ni a Potter, ni a nadie, para que no os relacionen conmigo. He aportado todo tipo de pruebas y datos que obtuve del Ministerio y habilitaré un fondo de recuerdos con mis memorias para que la gente pueda verlo con sus propios ojos. Se publicará este mes, le mandé el borrador a Hermione y me ayudó a corregirlo, así que seguro que será un éxito.
-¿Y a ella le pareció bien publicar un libro para crear un culto a tu persona y preparar tu guerra?
-Lo que mas le dolió a Hermione fue darse cuenta de la realidad, de lo que Dumbledore y todos vosotros habéis ocultado. Ni los malos somos tan malos ni los buenos sois tan buenos. Cuando leyó cómo tratan los aurores a los sospechosos o incluso a los criminales, vomitó. Los métodos de Dumbledore para utilizar personas desde el inicio de los tiempos tampoco le hicieron mucha gracia... Y así con varios temas más. No le parece mal. Es mi biografía, lo que he vivido y tengo todo el derecho a contarlo. Bueno, y he de reconocer que Hermione no es objetiva conmigo: ambas nos tenemos un extraño cariño que hace que seamos más permisivas con nuestras locuras.
Eso no tranquilizó a Sirius en absoluto. Si había convencido a Hermione, poca gente se le resistiría... Aunque era cierto que la joven estaba casi obsesionada con Bellatrix y por eso era más laxa en su moralidad. Y era bidireccional: su prima jamás había confiado así en nadie y menos en una sangre sucia. Deseó que todo aquello fuese otra pesadilla.
-Pero lo que tú quieres no es la justicia en el mundo o el progreso de la magia, tú buscas solamente el poder.
-Busco el poder principalmente, no solamente. Lo demás también me importa. Y no pienso esconderlo en ningún momento. Quiero controlar el mundo mágico y lo haré.
Sirius cerró los ojos intentando calmarse y no marearse. Volvió a centrarse en los organismos en los que Bellatrix tenía gente infiltrada. Tenía que hacerle entender que no contaría con suficientes apoyos.
-También hay gente en los ministerios y tribunales que estará en tu contra. Muchos tratarán de detenerte y bastará con que uno lo consiga. Al final te quedarás sola, como Grindelwald y Voldemort. ¿Qué tienes tú para tener éxito donde ellos fallaron?
Creyó que con eso dudaría o al menos se ofendería, pero su sonrisa se hizo más amplia. Se levantó del sofá con Saiph en el hombro y le hizo un gesto a Sirius para que la siguiera. El animago, con ciertas dudas, obedeció. Sin decir nada, recorrieron la planta baja y salieron por una puerta trasera. Aparecieron en los exteriores de la parte trasera de la mansión. Aunque él no había visto esa zona, era muy similar a la parte delantera. A sus pies se veía toda la montaña y más allá, las frías aguas del Báltico. La única diferencia era que ahí los bosques, al recibir menos luz solar, eran más frescos y oscuros. Se distinguían en la lejanía todo tipo de árboles con ríos y lagos que corrían veloces, grandes rocas de colores brillantes, plantaciones de frutas e ingredientes mágicos y también algunas casitas en la lejanía. Nada de eso le pareció extraño. Su prima se detuvo cerca del borde y contemplando todo el terreno del que era dueña contestó:
-Lealtad, Sirius. Tengo la lealtad que ellos no tuvieron.
Sacó su varita y lanzó una lluvia de chispas de colores que ascendieron y estallaron en el aire. Al instante, lo que él había confundido con rocas de colores, empezaron a moverse y alzaron el vuelo. Decenas de dragones de todas las razas y tamaños sobrevolaron la montaña entre rugidos y llamaradas. Sirius lo contempló entre la fascinación y el terror. No era posible, no podía ser posible. Jamás había presenciado nada similar. Varios minutos de exhibición después, una de las criaturas más grandes, se acercó a la cima de la montaña y aterrizó donde ellos estaban. El animago retrocedió de forma inconsciente, Bellatrix no se movió. Levantó el brazo y acarició el descomunal lomo del dragón, que como respuesta, frotó la cabeza contra el cuerpo de la duelista y profirió un rugido de satisfacción. Escuchó como la mortífaga pronunciaba palabras de calma y alabanza y el animal parecía comprenderla. Finalmente, le dio las gracias y el dragón se retiró. Todos ellos volvieron a internarse en los bosques y desparecieron en las cuevas y laderas de la montaña. Bellatrix se giró hacia su primo con una sonrisa triunfal.
-Lucharán por mí. Si se lo pido, todos ellos lucharan por mí.
Él la miró boquiabierto, llevaba toda la mañana sin saber qué decir y con ese último despliegue había alcanzado ya el sumun. Como pudo, juntó las palabras necesarias para hacer una última pregunta:
-¿Los liberaste para usarlos en tu guerra?
-¡Por supuesto que no! -exclamó ella airada- ¿¡Quién te crees que soy!? Cuando los liberé, como ya te dije, fui a Sudamérica a conocer su santuario y como me gustó mucho, decidí que quería vivir en un sitio así. Conseguí esta montaña porque supone un hábitat perfecto para los dragones. Además de las características propicias, gracias a las protecciones de este lugar y todo su entorno, pueden volar libremente sin que nadie los vea. Pensé que igual de vez en cuando venía alguno y Saiph así vería a otros de su especie (aunque como todos los wiseshadow solo está interesado en pasar tiempo con su compañera, conmigo). Desde el primer día empezaron a llegar dragones. Muchos. Y me di cuenta de que no se limitaban a venir de caza o a confraternizar, sino que se adaptaban y formaban aquí sus hogares.
-Es imposible... -murmuró Sirius.
-Eso pensé yo, no lo entendía. Pero Saiph me lo explicó. Es mi magia, la forma en que la uso. Es lo que le expliqué a Hermione la primera vez que entrené con vosotros: como dejo que tome el control de mi cuerpo, es casi palpable para los demás. Y más para criaturas tan poderosas como los dragones. Desde que entré en aquellos sótanos, me sintieron, por eso no me atacaron. Supieron que no era una amenaza, que iba a ayudarlos y que yo también era un alma descarriada a la que habían confinado por ser demasiado violenta. Todo eso está en mi magia. Fue la técnica que usó Voldemort para poner de su parte a trolls y acromántulas... pero esos bichos no son nada comparados con un dragón.
Prácticamente se rió al pensar en cómo había superado a su maestro, después sacudió la cabeza y prosiguió la explicación:
-Como vi que querían quedarse aquí, contraté a dragonologistas del extranjero que vinieron encantados. Draco está aprendido mucho de ellos, ha decidido que quiere convertirlo en su profesión. Tengo a una docena viviendo en casas en los bosques, por si los animales necesitan cuidados o ayuda para adaptarse. Todo ha ido estupendamente, son felices aquí y me están muy agradecidos por salvarlos. Sé que lucharán por mí si se lo pido. Mi relación con ellos no es como con Saiph, él es parte de mí. Ellos lo harán como aliados y porque creen en mi magia. Y al fin y al cabo son salvajes e indómitos: también disfrutan con la destrucción. Además, a ellos apenas les afecta la magia. Tienen la piel tan gruesa que un avada no les causa ni un rasguño, tendrían que lanzarles diez a la vez y tener mucha suerte. Así que en respuesta a tu pregunta, sí, estoy bastante segura de poder triunfar donde Grindelwald y mi maestro fracasaron.
No sabía si llorar o gritar. Entonces el animago se dio cuenta. No pudo seguir viviendo con los ojos cerrados: Bellatrix Lestrange no era la loca, no era la mortífaga pirada y obsesionada con Voldemort que todos creían. El verdadero problema era Bellatrix Black, la original, la que siempre estuvo profundamente trastornada sin necesidad de influencias externas; la bruja a la que su padre crió para preocuparse por el poder y nada más. Esa noción le dio muchísimo miedo. Lupin tenía razón, Harry tenía razón, todo el mundo tenía razón. Y lo peor era que fue él quien le garantizó la libertad con el juramento. Lo único sensato que podía hacer para enmendar su error era detenerla en ese mismo momento. Sintió miedo, profundo y real. No se veía capaz de hacerla entrar en razón, pero aún así, lo intentó de nuevo:
-Se darán cuenta de que la clave eres tú, Bella, les bastará acabar contigo para eliminar el problema. Y por muy poderosa que seas, no puedes defenderte de todo el mundo ni ir siempre con una manada de dragones protegiéndote. No te saldrás con la tuya.
-No me hará falta. No sabrán quién mueve los hilos. Este mes se publica mi libro en el que cuento mi vida y mis ideas, pero nada relativo a mis planes. Servirá para que la gente sepa que estoy viva y el concepto que tienen de mí sea más favorable. Lo iré haciendo poco a poco, a través de mis contactos y la gente que tengo infiltrada. Llevo meses haciéndolo. Igual ni siquiera me hace falta otra guerra... Nadie sospechó de mí cuando estalló Azkaban, ni cuando exoneraron a mi hermana y a mi sobrino, ni cuando destruí el santuario de Rumanía... Ya me estoy saliendo con la mía.
Sirius la miró con el corazón destrozado, como si no conociera a esa mujer y sin poder evitarlo susurró: "Estás loca". Con esas dos palabras, le devolvió el golpe y la destrozó a ella también. Llevaba llamándola loca desde pequeño, pero esa vez, por primera vez, Bellatrix vio sinceridad en sus ojos. Y le dolió. Y entendió lo que era sufrir por amor. Comprendió que Narcissa tenía razón. Aún así, aguantando las lágrimas, miró a su primo y habló con la pasión que la caracterizaba:
-Quizá, quizá estoy loca. Pero quizá haya que estarlo para que te hagan caso. La gente que ha cambiado el mundo ha sido porque sus mentes eran diferentes, gente incomprendida como yo que tiene una visión y la fuerza para hacerlo.
La expresión del merodeador no varió un ápice, la presión que oprimía su garganta tampoco se aligeró. Sentía escalofríos y no debidos al clima. Toda la felicidad que habían compartido durante ese mes, la Navidad más maravillosa de su vida, parecía un espejismo, como si no hubiese sido real. Igual seguían en Grimmauld Place y ella estaba jugando con su mente para volverle loco. Ojalá... Con voz quebrada le preguntó: "¿Y me cambias por esto?". Ella le miró sorprendida y respondió con convicción:
-No, te quiero a mi lado.
-¿Cómo qué, como tu lugarteniente? -preguntó Sirius con amargura.
-No. Como mi compañero, mi amigo, mi pareja, mi... mi novio, supongo. ¡Lo que tú quieras ser, lo que queramos ser!
Lo dijo con vehemencia, cogiendo las manos del animago con fervor y mirándole con ojos brillantes. No podía perderla, la quería tanto... Ahora sí estaba seguro de que ella también le quería, de que le necesitaba en su vida y quería pasar sus días junto a él. Se dio cuenta justo en el momento en que sintió que no podía seguir a su lado. No podía volver a aquello, a la acechante oscuridad. Bellatrix estaba en guerra consigo misma, se destruiría ella sola y él no soportaría estar a su lado para presenciarlo. La quería demasiado para verla así.
-Tienes que pasar página, tienes que superarlo como hice yo -le aconsejó Sirius con pesar.
Ella retiró las manos de las suyas y se cruzó de brazos. Lo meditó por unos segundos, le miró a los ojos muy de cerca y respondió con serenidad:
-De acuerdo, lo dejaré -aseguró con calma-. Si me prometes que tú lo has superado, lo dejaré. Pero dime que ya no tienes pesadillas, que se han terminado las noches que te despiertas gritando, que no sientes escalofríos cada vez que escuchas el mar. Dime que ya nunca sientes que la magia se te descontrola por haber pasado años sin usarla. Júrame que no recuerdas las torturas, ni las burlas, ni la desesperación, ni el deseo de morir... Si me prometes que todo eso se va a pasar, renuncio a mis planes.
Sirius no le mintió: no podía concederle ninguno de sus ruegos. Paradójicamente, solo había olvidado esos temores los días que había pasado junto a ella. Pero en una mañana había cambiado todo, ya no era posible. Se miraron y ambos contuvieron las lágrimas. Eran demasiado orgullosos para llorar, aun sabiendo que su relación había terminado y nunca más encontrarían a alguien que los comprendiera tan bien. Eran como hermanos, la misma versión del otro en el sexo opuesto. Quizá por eso no podían estar juntos, demasiadas similitudes. Ambos estaban rotos desde hacía años.
-Te adoro, Bella, pero esta no es mi causa, no merece la pena morir por ello -suspiró él como un último consejo.
-De acuerdo -aceptó ella-. Busca otra causa, busca algo por lo que valga la pena morir. Porque si no tienes algo así de fuerte, tampoco la vida merece la pena.
No la iba a hacer cambiar de opinión, jamás lo haría. Bellatrix le amaba, pero amaba más el poder. Con un dolor que no había experimentado desde que su mejor amigo murió asesinado, se desató el colgante de la calavera de la muñeca y se lo devolvió. Ella lo aceptó y todo el frío del mundo pareció hacer cumbre en sus ojos.
-Prometiste que me protegerías... Supongo que era mentira, todo era mentira.
-Puedo protegerte de todo, Bella, menos de ti misma.
