CAPÍTULO XXV
MESSAGE IN A BOTTLE
«A year has passed since I wrote my note
I should have known this right from the start
Only hope can keep me together
Love can mend your life but love can break your heart»
No habíamos hablado en dos años y esa tarde recurrió a mí.
—Sirius, abre la puerta.
—Ni de coña.
Fue en 1979. Una fecha que no se me va de la cabeza, que me persigue en sueños y que, como tantos errores, no me deja dormir.
—No seas cabezota, por favor.
—Pírate.
Una conversación que repito en bucle, que me atormenta y me hace sentir jodidamente culpable, aun siendo consciente de que el final hubiera sido el mismo. O no.
—Es sobre «El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado».
—Me dan igual los jodidos fetiches que te traigas con él. Vete de mi casa.
Un golpe en la puerta. El timbre. Llamó diez veces.
—Sirius, necesito tu ayuda. Por favor.
—Es demasiado tarde, Regulus.
Y, por último, silencio. Un silencio roto, maldito.
Estaba enfadado, estaba rabioso. Un puñetazo en la pared, sangre en los nudillos, escupitajos en forma de palabras. Gritos, la lámpara luchando contra la gravedad, papeles en el suelo y yo.
Yo en medio de toda esa escena.
Yo. Con lágrimas en los ojos, discutiendo conmigo mismo en un debate que no era capaz de ganar. Y es que Regulus siempre fue mi talón de Aquiles.
Mi hermano.
Mi hermanito.
El niño enfadado porque yo me escondía debajo de la capa, porque siempre le hacía rabiar. El chiquillo que saltaba en brazos de mi madre buscando el consuelo, que gritaba mi nombre entre risas, que era tan fácil de picar que se convirtió en mi pasatiempo favorito. El joven que siempre confió en mí, que necesitaba mi aprobación en todas y cada una de sus acciones, que me daba los buenos días, que me buscaba cuando le atacaba un mal sueño. El muchacho brillante que tomó el camino equivocado, demasiado capaz, demasiado aplicado, demasiado inteligente. Demasiado cobarde. Y, sobre todo, el adulto que no fue capaz de enmendarlo.
Estuve tentado de escribir. Primero a Remus, después a James y por último a Andrómeda, pero podía adivinar lo que me dirían y, la verdad, había ciertas cosas que no me apetecía escuchar.
Siempre disfruté de la soledad. Mi vieja amiga, mi fiel compañera. Recurrí a ella una vez más. Agazapado en un rincón, abrazando mis rodillas, compadeciéndome de mí mismo. Dudando, retorciéndome, con un profundo ceño fruncido.
No habíamos hablado en dos años y esa tarde recurrió a mí.
No sé en qué momento me quedé dormido aquella noche. Quizás no dormí en absoluto.
—Sirius
Era la voz de Andrómeda al otro lado de la puerta. Después el timbre. Miré el reloj, iban a dar las tres de la tarde. ¿Acaso era la semana de las visitas inesperadas? ¿Era fiesta nacional y no me había enterado? Mi prima era siempre una grata sorpresa, pero aquella tarde me sacó de quicio.
—Ábreme, por favor.
Hice lo que me pedía sin contener un bufido de mala hostia.
—Mira, si es porque Regulus te ha ido lloriqueando no…
—Sirius —Sus manos sobre mis hombros—. Regulus ha muerto.
Quise decir algo, pero no tenía ni idea de qué. Quise sentir algo, pero no tenía ni idea de qué. Tenía un nudo en la garganta, la mandíbula desencajada y el corazón a punto de estallar dentro de mi pecho.
He cometido muchos errores en mi vida. No decirle adiós a mi hermano es uno de los pocos de los que me arrepiento.
—Vale.
—¿Vale? —Ahora era mi prima la que parecía descolocada y enfadada a partes iguales—. Sirius Black, ¿cómo que vale? ¡Tu hermano ha muerto!
—Andrómeda, no necesito una charla, ya no soy un crío y Regulus y yo hace mucho tiempo que dejamos de ser hemanos. Su muerte no me puede ser más indiferente.
La verdad es que no me esperaba la bofetada que ella me propinó.
—Eres idiota. Eres un crío. Y, sobre todo, no creo una palabra de lo que me dices. Deja de engañarte a ti mismo y asume que le querías. Te conozco, Sirius.
—¿Has terminado? Creo que es hora de que te marches.
—Los criticas y a la hora de la verdad eres exactamente igual que ellos.
Y se marchó.
Cerré la puerta tras de mí.
No habíamos hablado en dos años y esa tarde recurrió a mí.
«Sirius. Regulus ha muerto».
Un golpe en la puerta.
«Sirius, necesito tu ayuda, por favor».
El timbre. Llamó diez veces.
1-2-3-4-5-6-7-8-9-10.
