The Burning bush (Hans Zimmer)


Conozco los textos y la tradición oral sobre nosotros. No son extrañas para mí las especulaciones sobre nuestros orígenes, tan antiguos como el mundo.

Las hay que surgieron de la espuma del mar. De la verde hierba de una pradera. De la fría y pura nieve que cae del cielo. De un rayo de sol. Del barro.

Yo sé cuáles son mis orígenes. Los tenía delante de mí aquel día, pintados en las paredes.

Una mujer con los ojos de un color azul intenso y los atributos de Isis aparece de perfil, mostrando un vientre abultado. «La fértil alma de Egipto, que sin varón concibe», rezan las inscripciones. Una afirmación discutible. Ha llegado a mí un viejo rumor que dice que el imperio romano tuvo mucho que ver con su estado, al igual que se dice de Grecia, también con una historia común y nacido de mujer. Pero eso es otra historia que a mí realmente no me importa, ni siquiera a día de hoy. Ahí estaba mi madre, en un fresco de cuatro mil trescientos años de antigüedad. No podía dejar de mirarla. Aunque jamás la olvidé ni pienso hacerlo mientras viva, necesitaba verla.

Como un niño, busqué a mi madre en esos tiempos desesperados buscando consejo, guía, quizás el afecto que hace tiempo que no recibo de ella. Era un enterramiento demasiado ruinoso para ser turístico. Ningún arqueólogo entrometido la encontró. Era mi pequeño secreto. Mi santuario.

La vi morir hace más de mil años, cuando los últimos sacerdotes que mantenían su culto se pasaron al bando de quienes nos sometieron y se repartieron el reino de mi madre y renegaron de la diosa Isis para rendir culto a los paganos. Fue bella y fuerte hasta el final. El sol caía, lo recuerdo. Posó sus manos sobre mí para acariciarme por última vez, me dio un pequeño beso, me dijo: «sé fuerte, ten una larga y próspera vida, y no te olvides de que te quiero». Y se fundió con la arena del desierto, sin miedo, sin dolor. Tan serena como siempre.

No me permití estar triste. No era lo que ella habría querido. Además, no me había abandonado del todo. Aún podía oír su susurro en el viento.

Pero esos días fui al templo a visitar la tumba donde se conservaba su retrato y pensé en ella durante mucho tiempo.

«Es posible que me reúna contigo, madre».

Ni siquiera en esos momentos dejé que anidara en mí el miedo. Morir, al fin y al cabo, es solo un trámite.

Durante todo este tiempo había tratado de honrar su memoria, de proteger sus tesoros. Porque nadie muere realmente hasta que no se le olvida.

Entonces vinieron ellos, como las diez plagas.

Envenenaron con palabras las mentes de los desesperados. Usaron la violencia para traer el miedo a los corazones de los débiles. En su pretensión de crear un mundo nuevo trataron de destruir lo antiguo.

Primero fueron a por mis vecinos. Luego fui yo su víctima.

Aunque fue mi madre quien sufrió sus ataques.

Destruyeron museos. Quemaron papiros. Rompieron esculturas y tablillas. Pintaron murales en los que se representaban a los dioses y a los faraones.

No había cabida para la teocracia en el mundo nuevo. Ni siquiera como un recuerdo del pasado.

Me pillaron de improvisto. Encontraron la entrada y la destruyeron con explosivos. La estructura quedó tan dañada que no hizo falta que intervinieran más: ella misma se vino abajo.

«¡MADRE!».

...

Me arrastré entre piedras y arena hasta llegar a la superficie. Tomé una bocanada desesperada de aire. Hacía tiempo que se habían ido, dejándome bajo la oscuridad de un cielo sin estrellas.

...

Sí. Colaboré con el gigante del frío. De haber tenido sus recursos, habría sido yo quien los enterrara en la arena.

Solo hice lo que tenía que hacer por mantener la promesa que le hice a ella.