Sora
Ella sabe que no debería estar en aquel lugar. Es decir, la gente de su edad suele reunirse en lugares así, a escuchar música en vivo, tomar algo o bailar, pero ella no se siente como la demás gente de su edad. Y algo dentro de ella le dice que se vaya, que regrese a su casa y se olvide del motivo por el que está allí. Aun así, entra, mientras sus oídos se acostumbran al sonido altísimo de la música, a la penumbra.
Sora recuerda que en algún momento de su vida quiso ser como el resto de las personas de su edad, recuerda haber ido a alguna fiesta cuando había terminado la escuela, recuerda, incluso, haber organizado algunas en su casa, y recuerda, con el pecho apretado, a los amigos a quienes había invitado y habían compartido con ella en esos momentos.
Entre toda la gente, se siente más sola que nunca. Se vuelve a preguntar si acaso debe llamar a Taichi o no, y luego se dice que debe enfretar aquello por sí misma. Pasea la mirada a su alrededor, y la sensación de soledad le amenaza nuevamente. Pero Sora tiene un objetivo, una determinación. No por nada se encuentra en ese lugar. Necesita centrarse en eso y dejar de lado su desdicha, porque en aquel momento de su vida, al fin había aparecido algo que podía distraerla de su rutinaria miseria: la curiosidad. Sora siente tanta curiosidad por saber qué hace Mimi en un lugar como este, que ha abandonado la comodidad de su cama, la solitud y melancolía de su alcoba, para aventurarse entre una multitud de personas desconocidas con vidas normales, con sueños y esperanza, llenos de vida, tan distintos a ella.
Hace algunos meses que Mimi ya puede caminar sola. De un día para otro, la castaña comenzó a mostrar avances con la terapia fisiológica, para recobrar una movilidad normal y fuerza en su casi inexistente musculatura.
Y hace exactamente cuatro semanas, que Mimi le pidió un favor que ella no pudo rechazar, porque en el fondo creyó que entendía los motivos de su amiga para algo así.
Mimi le había dicho que su madre y el resto de personas a su cuidado la agobiaban, y que algunas veces le gustaría estar sola. Sora se identificaba enormemente con el sentir de Mimi, y le invitó a quedarse a dormir en su casa, para salir de la propia y renovar aires. Mimi le agradeció la oferta, y estando en casa de Sora, fue que le pidió aquel favor.
-¿Puedo decir en mi casa que estoy aquí, pero irme a otro lugar?
A Sora le había sorprendido y hasta confundido la petición, y Mimi se explicó mejor.
-Sólo quiero estar tranquila -dijo.
Pero Sora no estaba convencida.
-Tengo las llaves del apartamento de mis tíos. Ellos están en Estados Unidos. Antes solía ir mucho a su departamento.
En los últimos meses, desde los acontecimientos de la ida a la playa, que habían descompensado a Yamato y traído de vuelta a Mimi, ésta nunca le había insistido tanto a Sora en algo.
Y Sora cedió, porque quiere ayudar a Mimi. Porque le debe meses de abandono, cuando Mimi se sumergió en la pena y se perdió a sí misma.
Descubrió que Mimi mentía hace una semana. Tampoco está segura que Mimi haya estado escapándose desde el principio. Hoy Mimi fue a su casa, e hicieron la farsa de siempre frente a los padres de Mimi. Sora también ha tenido que mentir a su madre. Más bien, omitir. Nunca permite que su madre y la madre de Mimi se vean, y cuando Mimi debe volver a casa, ella siempre le acompaña, para evitar que vayan a recogerla a su casa y que su madre se entere.
Sora se siente en deuda con Mimi por haberla abandonado, por lo mismo, quiere seguir ayudándola y no la ha delatado. Sólo quiere saber qué está pasando, quiere entenderla, quiere tener un motivo para justificar el porqué ha estado engañando a su madre y a los padres de Mimi.
La descubre a lo lejos, apoyada en un pilar. No puede ni siquiera imaginar qué está haciendo Mimi en ese lugar. La ve vestida con ropas que no imaginó que Mimi alguna vez usaría. Jeans, un camiseta crop blanca y encima una chaqueta de denim que le queda muy grande. Mimi le hace señas a alguien y Sora mira, intrigada. Y entonces lo ve.
Él camina como si estuviera emborrachado, y se ríe deshinibidamente, y Sora sabe que está ebrio, porque Matt nunca sonreiría así en sus cinco sentidos. Y Mimi le acaricia el rostro y él se deja y se acerca, apoya un brazo en la pared junto al rostro de Mimi, su otra mano la pone en su cintura y se apega a ella. Y ella le echa los brazos al cuello, y se besan.
Sora se queda con los pies pegados al suelo, sin poder moverse. Siente como si le acabasen de poner una capa, muy pesada e invisible, encima de sus hombros. Quiere moverse, pero no puede. Sólo cuando alguien choca con ella, logra despegar la vista de esos dos, y sus pies se despegan del piso. No les dedica una última mirada, y se da la vuelta, buscando salir de ese lugar. Cuando sale, le golpea el frío del aire nocturno exterior, y ella se siente agitada, tanto que se apoya en una pared. Alguien le pregunta si se encuentra bien, y ella no responde. Quiere pensar en algo, pero no puede dejar de verlos besándose. Ella siente con cada fibra de su ser que aquello está mal, pero no se atreve a nada más. Respira hondo, se yergue, y camina para alejarse del sitio e irse a su casa. Quiere alejar de su mente la imagen de Matt y Mimi, y la imagen de Hikari que amenaza con apoderarse de sus pensamientos. Esto no era lo mismo que aquello. Pero podría jurar que la amargura en su pecho se siente casi igual a cuando, nuevamente por culpa de su curiosidad, fue testigo de algo que no debía haber visto jamás.
Sora camina, firme, fingiendo serenidad. Fingir era lo suyo. Omitir, ocultar, evadir. Se repite en su fuero interno que no es su problema una y otra vez. Y se lo va a repetir hasta que lo crea.
