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Interludio
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Hinata besó a Toneri en la frente, se puso de pie y sin mirar a Ayumu se dirigió a la puerta.
Ahí, en el oscuro pasillo, estaban Hanabi, hecha un desastre, el brazo vendado y recogido en un cabestrillo, y Oshi a su lado, una torre impasible de ébano.
—¡Hinata! —gritó su hermana corriendo hacia ella, parecía que iba abrazarla, pero al verla bien se detuvo, para alivio de Hinata, estaba tan débil que la hubiera tirado al piso—¡Por todos los chakras! ¡¿Qué rayos te paso?! —dijo al ver toda la sangre en su camisón— ¡¿Estas bien?! Pareces un fantasma…
En cierta forma, eso era ahora.
—Estoy bien Hanabi —dijo con sorpresiva fuerza en la voz—. Sólo tengo un poco de frio. ¿Tu brazo está bien?
—Está bien. No importa ¡¿Qué es lo qu… —dijo avanzando, con la intención de entrar al cuarto.
—Podrías traerme abrigo y un té —le interrumpió, bloqueándola con el brazo.
—¡Pe…
—Me estoy muriendo de frio Hanabi —dijo cambiando el tono, mezclando la fuerza de su voz con un poco de autoridad y otro poco de severidad—. También necesito un baño caliente. Podrías encargarte de eso… Por favor —dijo volviendo su tono a la normalidad, bajando un poco la voz, mostrando un poco de humildad, mirándola a los ojos—. Te explicare todo después.
Hanabi miró los ojos de su hermana, no los reconoció. Torció los labios, se mordió la lengua. Giró a la izquierda y fue a buscar a los sirvientes, la nueva cabeza de la familia necesitaba un té, abrigo y un baño caliente.
—Gracias —dijo sin mirar cómo se marchaba—. Me alegra que tu brazo este bien —su hermana no le respondió. Se perdió en la penumbra de los pasillos del castillo.
—Oshi —dijo mirando al guardia Otsutsuki. Su piel negra y el contraste blanco de sus ojos le parecía extraño, era como ver algo que no debería existir, algo sobrenatural e inhumano, y aun así sus facciones eran tan calmas como las de un monje que ha alcanzado la iluminación rezando en las montañas, imperturbables. Un demonio atrapado en los fuertes barrotes de una voluntad de hierro.
Envidiaba la fuerza que desprendía.
—Mi señora —dijo Oshi hundiendo una rodilla en el piso.
—Necesito que hagas algo por mí.
—A sus órdenes.
