Crowley gruñó con molestia al sentir los pocos, pero potentes rayos de luz chocar contra su cara. Trata de despabilarse, desperezarse un poco cuando una sensación de pánico lo invade al caer en cuenta de que no reconoce aquel lugar, ni aquellas son sus sábanas, ni esas sus cortinas, y por supuesta que aquella no podía ser su cama.
Por reacción instintiva, voltea con rapidez a su lado derecho y lo que ve hace que se le salga el corazón del pecho y que una gran sensación de calma lo invada.
—"Otra vez este maldito sueño" —piensa con frustración antes de dejarse llevar por lo sublime del ambiente.
La belleza etérea de Aziraphale es algo que su corazón apenas resiste. El rubio permanece sereno con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa en su rostro. El pelirrojo no hace más que recostarse a su lado para admirar con más comodidad al rubio quien con gesto de perenne imperturbabilidad, siguen durmiendo.
El tiempo no pasa para el demonio en aquella escena que se le antoja perfecta, eterna, un sueño traído a la realidad. Con total fascinación, cae en cuenta que ahí es donde debe estar y donde quiera pasar el resto de los siglos.
Una sonrisa cruza por su cara ante aquellos pensamientos, sabiéndose condenado, una condena que aceptaba felizmente. Entre los brazos de Aziraphale, besando con ansias y cariño sus labios, entre suspiros, toques y gemidos deseosos de más, encontraba su paraíso. Y la noche anterior no hizo más que confirmar todo aquello.
Con un deslumbramiento que ningún demonio hubiera considerado propio, acerca su mano hacia la mejilla del ángel y la acaricia con cuidado y dulzura, como si estuviera tocando una obra de arte que no merecía se mancillada por sus sucias manos.
Los ojos del rubio se abren con lentitud acostumbrándose a luz de su alrededor. Sus orbes azules chocan con los ambarinos del pelirrojo y aquel gesto fue suficiente para realizar lo que había pasado ayer.
—Crowley… —murmura Aziraphale, aun con el embriago recorriendo sus venas.
—Buenos días —responde con voz ronca el demonio, aun embelesado como para decir más de dos palabras con sentido alguno.
Sigue acariciando su rostro y con su mano libre toma la del rubio, sujetándola con fuerza, confirmándose que aquello no era otro de los sueños con los que se atrevía a fantasear en las noches, sino la inenarrable y ahora tangible realidad.
Le da un beso en los labios que a él le sabe a miel pura. Y se deleita ante la gloriosa sensación que recorre su cuerpo.
—Voy a hacer el desayuno, ¿Está bien? —le susurra casi al oído.
—Pero tú no desayunas, querido… —farfulla aletargado el ángel.
—Pero tú sí —responde lacónicamente y le da otro beso en los labios que adormece al rubio y hace que su deseo de quedarse junto a él sea más fuerte.
Se desliza fuera de la cama casi sin querer hacerlo y se dirige hacia la cocina arrastrando los pies, pero ni siquiera llega a entrar al lugar cuando ve una hoja y una pluma abandonadas por ahí y de repente se le ocurre que tiene una mejor idea.
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Londres, 2017
Querido ángel:
Esto. Es esto lo que he querido toda mi maldita vida.
No, tener sexo no, hacerte el amor, eso es lo que quiero. Sexo romántico mientras nos besamos y acurrucamos hasta caer dormidos, y despertar a la mañana siguiente en los brazos del otro, y repetirlo cada día por el resto de la eternidad. Todo eso es lo que quiero.
Y no solo por un día o una noche, ¡Eh! Quiero más de ti, todo de ti por el resto de mi vida.
Aziraphale, te amo e incluso ahora aún no sé qué hacer con todo lo que siento cuando estamos juntos, y quiero ver si puedo resolver todo este embrollo en mi cabeza… junto a ti.
Porque, cuando estoy contigo, bueno, cuando te toco hace sentir todo más real, me recuerda que esto es real ahora, eso me hace sentir como si fuera el bastardo más afortunado que haya caminado por la tierra.
Supongo que estas cosas están destinadas a ser.
Es extraño que todas las maravillas en este mundo, las que he visto y las que veré algún día, no signifiquen nada para mi cada vez que sostengo tu mano. Juro que veo todo mi universo dentro de tus ojos: Hermoso e infinito.
Y sé que temes, sé que sufres cada vez que te beso, que te miro o que te toco porque crees que en cualquier momento te dejare, que te abandonare y te dejare solo, como si no valieras la pena. Pero déjame decirte que no será así.
Carajo, Aziraphale, ¿Cómo podría hacerlo? Si me tienes enamorado desde hace 6000 años, yo que tanto he esperado, tanto que luchado, sufrido y llorado por ti. ¿Dejarte? Simplemente una tontería. Eres el amor de mi vida, jamás podría hacerlo.
Todo, significas todo para mí, ángel.
Así que deja de besarme como si estuvieras diciendo adiós. Este es el inicio de nuestra historia, no el final.
Aziraphale Z. Fell, te amo y no hay nada en todo este mundo que pudiera hacerte que te dejara. Nunca huiría de ti. Te amo.
Te amo. Siempre te he amado desde el primer momento. Y siempre, siempre te amare. Siempre, te lo prometo.
Amándote siempre,
Anthony J. Crowley
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Aziraphale no había esperado nada más en la vida que imperturbable y casi aburrida cotidianidad de un ángel quien vivía solo para hacer milagros, pero ahora, después de un fallido fin del mundo, no sabía que esperar.
Se despabila por completo y abre los ojos cuando siente un nuevo peso sobre él. Una bandeja con desayuno recién hecho se muestra frente a él y la emoción que siente no le permite ni hablar.
Mira hacia el demonio pelirrojo, quien, sin gafas, con expresión algo somnolienta y con el cabello completamente revuelto, no hace más que parecerle aún más guapo que de costumbre. Sin decir ni una palabra, deja encima de la bandeja un sobre donde se puede leer, con caligrafía pulcra, la simple dedicatoria: "Para Aziraphale"
—Una carta… —susurra como si jamás hubiera visto una en su vida.
—Te escribiré una carta todos los días, ángel, desde hoy hasta la eternidad —respondió, mirándolo en un estado de embeleso propio de un ser completa e indudablemente enamorado de su pareja. No se lo está preguntando, le está informando que cada día, habrá una carta diferente, con miles de cosas que decir y que aún no han sido expresadas, con la promesa tacita de declarar amor eterno en cada una de ellas.
Su gesto debía haber sido estupefacto porque poco después del demonio agregó simplemente:
—Te dije que recuperaríamos todo lo perdido, empezando desde ahora.
Aziraphale no sabe que decir y tan solo baja la mirada, casi avergonzada de tanta declaración abierta de amor. Alza su vista con un sonrojo significativo en sus mejillas y ve como el demonio sigue firme junto a él, observándolo fijamente, como si estuviera estudiando arduamente todos y cada uno de los detalles de su rostro.
—¿Qué pasa, querido? —le inquiere, soltando pequeñas risas nerviosas.
Crowley suelta un suspiro y sin dejar de mirarlo le dice con voz ronca pero llena de expresivo cariño:
—Tus ojos son los más hermosos que haya visto.
Aziraphale ríe y Crowley se le une. El rubio lo toma del mentón lo acerca hacia su rostro hasta que finalmente sus frentes quedan unidas. Ahí, siendo la respiración del demonio siendo lo único que escucha, se da cuenta que estar ahí es lo mejor que ha soñado.
Quizás fue la serenidad de su alrededor, quizás fue la mirada de completa devoción que el demonio le dedicaba, o quizás fue la enorme sensación de paz y seguridad que se asentó en su pecho, haciéndole saber que en mejor lugar no podía estar. Y no es como si quisiera estar en otro lugar que no fuera ahí.
