Quería protegerla. —Hubo un silencio—. Pero no lo conseguí.
Sakura recordó que Lily Martin era el nombre de la mujer que asesinaron en Covent Garden la noche que Sasuke había salido con destino a París.
Inuzuka estaba convencido de que fue Sasuke quien la mató.
—¿Por qué no me lo has dicho? —repitió Itachi.
—Tenía que protegerla —contestó Sasuke con énfasis.
—¿De Inuzuka?
—En parte.
—¿De quien la mató? —tanteó Itachi
con voz aguda.
Hubo otro silencio en el que se escuchó el alegre barboteo ahogado del riachuelo.
—Sasuke, ¿qué es lo que sabes? —La voz de Itachi era ahora más calmada, más suave.
—Sé lo que vi.
—¿Qué viste? —preguntó el duque, impaciente.
—Sangre. Estaba cubierta de sangre. Me manché las manos; intenté limpiarlas en las paredes, en las sábanas. Era como pintura…
—Sasuke. Concéntrate en mí.
Sasuke se cerró en sí mismo mientras las palabras se desvanecían.
—Sé lo que vi —dijo en voz baja.
—Pero ¿lo sabe Inuzuka?
Sasuke volvió a quedarse callado y, cuando habló, su voz era más estable.
—No.
—Entonces, ¿por qué quiere a Sakura?
—No lo sé. Pero no la tendrá, no le dejaré tenerla.
—Muy noble por tu parte. —El tono de Itachi era ahora cortante.
—Si está casada conmigo, tu nombre la protege a ella también. Kiba Inuzuka no puede acercarse a la familia del duque de Kilmorgan.
—Lo sé.
—Intentó obligarla a espiarme —continuó Sasuke.
—¿En serio? —La voz de Itachi era más aguda.
—Sakura se negó. —Sasuke parecía feliz—. Le despidió con cajas destempladas. A mi Sakura no le da miedo.
—¿Estás seguro de que ella se negó?
—Estaba allí. Pero por si acaso… —Otra pausa más, y Sakura contuvo el aliento.
—¿Por si acaso qué? —le apremió Itachi.
—Una esposa no puede testificar contra su marido, ¿verdad?
Itachi se mantuvo callado durante un momento.
—Debo inclinarme ante ti, Sasuke. Algunas veces se me olvida lo inteligente que eres.
Sasuke no respondió.
—Tienes razón, Sasuke —continuó Itachi—. Es mucho más conveniente que ella esté de nuestra parte. Pero en el momento en que te haga infeliz, me ocuparé de anular el matrimonio. Podemos obligarla a mantener la boca cerrada si le ofrecemos el dinero
necesario. Todo el mundo tiene su precio.
Sakura contuvo el aliento al notar que el mundo parecía moverse a su alrededor.
Le indicó a Emmie que diera la vuelta casi a ciegas, agradeciendo que las pezuñas de la yegua no hicieran ruido sobre la húmeda hojarasca.
Notó que le entraban náuseas y se aferró a las crines rojizas de Emmie, dejando que el animal encontrara solo el camino de vuelta.
Sakura apenas recordó después
cómo había regresado a Kilmorgan.
Sólo supo que, de repente, estaba delante de la alargada mansión que se extendía hacia el valle, con sus ventanas brillando como ojos vigilantes.
Naruto no estaba a la vista, probablemente estuviera entretenido con la herradura perdida del garañón, lo que a ella le vino muy bien.
Apareció ante ella un mozo alto y pelirrojo, que sujetó las riendas de Emmie, y se escuchó darle las gracias.
Los perros se acercaron para reclamar su atención, pero no estaba de humor para hacerles carantoñas, así que se dieron la vuelta y trotaron de regreso a los establos.
Sakura logró llegar hasta la casa y se dirigió a la cámara que compartía con Sasuke.
Cerró la puerta ante las narices de la doncella que había llegado para ayudarla, se desnudó hasta quedar en camisola y se tumbó en la cama.
Era tarde, pero el sol todavía brillaba al otro lado de las ventanas con todo su esplendor.
Ella se quedó inmóvil, con un brazo cruzado sobre el abdomen.
Se había quitado el corsé y por fin podía respirar.
Comenzaron a deslizársele lágrimas por las mejillas, pero las contuvo con rapidez a pesar del ardor que sentía en los ojos.
Creyó escuchar el eco del burlón cacareo de la señora Barrington.
Se quedó inmóvil hasta que oyó llegar a Sasuke.
Entonces cerró los ojos; no quería
verle.
Sakura yacía entre las sombras que arrojaba el dosel de la cama, su pelo rosa cubría la almohada.
Sasuke paseó la mirada por los largos mechones, sedosos hilos rosas sobre la funda blanca.
Había seis sobre la tela, siete sobre ellos formando extraños ángulos y siete más sobre el pálido camisón.
Le gustó el dibujo que hacían.
Lo estudió durante largo rato.
A Sakura se le había subido y retorcido el camisón, dejando al descubierto sus pantorrillas, más tonificadas ahora tras las lecciones de equitación.
Se inclinó y rozó su piel.
Al momento comenzó a preocuparse cuando la encontró húmeda, pegajosa y fría.
—Sakura, ¿te encuentras bien?
Sakura parpadeó, pero no le miró.
—Sí.
Sasuke se quedó quieto.
Comenzaba a dolerle la cabeza.
Siempre tenía dificultades para descifrar los sentimientos de otra persona, pero el desasosiego que percibió en ella traspasó incluso la neblina de su mente.
—¿Te has caído? —Se sentó en la cama, junto a ella—. ¿Te has asustado? Dime.
Sakura se sentó en la cama y el hermoso pelo cayó sobre sus generosos pechos.
—Sasuke, por favor, cuéntame lo que ocurrió esa noche en High Holborn.
Él había comenzado a negar con la cabeza antes de que terminara de hablar.
Demasiada gente quería saberlo… Inuzuka, Itachi, Sakura.
Su hermano le había vuelto a
preguntar sobre lo que él había hecho allí aquella noche, reclamando una parte de los recuerdos que él quería mantener bajo llave para siempre.
«No me hagas recordar…»
Sakura deslizó los dedos bajo los suyos.
—Por favor. Necesito saber qué ocurrió.
—No es cierto.
—Sí. Necesito entender.
—Olvídalo. —Sus palabras resonaron en el silencio—. Quiero que me mires como hiciste cuando me conociste, antes de saber nada.
—¿Cómo podría? ¿Por qué no puedo saberlo? Soy tu mujer. —Sakura le soltó la mano—. No me lo contarás ¿verdad? ¿Y si Inuzuka lo descubre? ¿Cuánto tiempo seguirás entonces guardando silencio?
—Tanto como pueda.
—¿No confías en mí?
Sasuke apartó la mirada cuando las angulosas sombras de las hojas de los árboles que se dibujaban contra la persiana atraparon su atención.
—En este tema, no confío en nadie.
—Salvo en Itachi.
—Sobre todo, no confío en Itachi. —Las palabras eran siniestras.
—¿Crees que le repetiría a alguien lo que me contaras?
Él la miró por un instante y luego apartó la vista antes de poder darse cuenta de que ella tenía los ojos llenos de lágrimas no derramadas.
—Inuzuka te preguntará.
—¿Y crees que se lo contaría? Sé que lo crees. Pero Inuzuka no puede obligarme a testificar, ¿verdad? Una esposa no puede declarar contra su marido. Te escuché explicárselo a Itachi.
A Sasuke se le aceleró el corazón, repasó mentalmente cada palabra que había intercambiado con Itachi en el capricho.
Ella había estado allí; debía de haberse acercado a caballo y les había escuchado hablar.
—¿Dónde estaba Naruto? ¿Te acompañaba? ¿También me escuchó él?
Sakura agrandó los ojos.
—No, su caballo perdió una herradura. Sólo os he oído yo. Te escuché hablar de sangre. Que le decías a Itachi que te habías casado conmigo para que Inuzuka no
pudiera utilizarme en tu contra. ¿Es verdad? —Ella emitió una amarga risa—. Por supuesto que es verdad. No sabes mentir.
Los recuerdos se abalanzaron sobre él, horriblemente vívidos.
Volvió a estar en aquella habitación, con el cuerpo de Sally pálido contra las sábanas.
La sorpresa en la cara de la mujer, la sangre que cubría sus extremidades, el pelo teñido de rojo cubriendo la almohada con un dibujo similar al que había formado el de Sakura hacía sólo un momento.
—No pude ayudarla. Le fallé.
Le había fallado también a Lily Martin, la mujer que había estado en el pasillo, junto a la puerta de la habitación con los ojos llenos de terror.
Ella lo había visto.
Ella lo había sabido.
Ella no se lo había contado al oficial de policía.
Había ocultado a Lily durante casi cinco años, pero al final, también estaba muerta.
Y ahora Sakura… Si ella conociera la realidad también correría peligro.
—Ayúdame a entenderlo —imploró Sakura—. Cuéntame por qué estás tan asustado, por qué me haces esto.
—Debería haberlo sabido. Debería haberlo detenido.
—¿Detener a quién? ¿Saber el qué?
Sasuke le puso las manos en los hombros y apretó hasta que ella dio un respingo.
Entonces él la soltó y se puso en pie.
—Deja de hacerme preguntas.
—Sasuke, soy tu mujer.Te prometo que no iré corriendo junto al inspector Inuzuka para contarle lo que sabes. Ya se lo dije a él el día que me lo pidió.
—Me importa un bledo el inspector Inuzuka.
Ella se rio y él no pudo comprender qué era lo que le hacía tanta gracia.
—Pero sin embargo, te casaste conmigo para que no le contara tus secretos. ¿Por qué otra razón te habrías casado con una vieja e ingenua viuda?
Sasuke no sabía de qué estaba hablando.
—Me casé contigo para protegerte. Para alejarte de idiotas como Mather. El nombre de Itachi nos protege a todos, así que te convertí en parte de la familia. En una Uchiha. Nadie toca a los Uchiha.
—¿Porque el poderoso duque de Kilmorgan tiene línea directa con el Ministerio del Interior?
—Sí.
Los ojos de Sakura eran muy verdes.
Las lágrimas hacían que adquirieran una tonalidad jade, todavía más verde si cabe.
La migraña le atravesó las sienes y se las frotó.
—Quiero ayudarte a averiguar lo que ocurrió —dijo Sakura—. Ayudarte a
enterrarlo todo.¡Oh, Santo Dios!
—No, no, no. Déjalo estar.
—¿Cómo puedo hacer tal cosa? Te destroza a ti, me destroza a mí. Si me cuentas lo que ocurrió, si pensamos juntos sobre ello, quizá podamos deducir qué pasó realmente.
Sasuke se apartó.
—Esto no es una maldita novela policíaca.
Sakura se mordió el labio; sus dientes eran muy blancos en contraste con el rojo y su deseo por ella creció rápida e inconvenientemente.
Si hacía el amor con ella, si la
poseía hasta que ya no pudiera respirar, Sakura dejaría de hacerle preguntas, dejaría de pensar, de estar pendiente de él.
—He vivido en el East End —estaba diciendo Sakura; su voz flotaba hasta él—. Conocí a muchas chicas de la calle y me llevo bien con ellas, no tienen resentimiento hacia mí, al menos eso creo. Quizá alguna conociera a Sally Tate, quizá sepan quién la siguió y la golpeó, quizá fuera por celos y…
Sasuke centró finalmente la atención en sus palabras.
La cogió de las muñecas.
—¡No! —Miró ensimismado sus pupilas.
Eran tan verdes, tan hermosas como las praderas del verano…
Sasuke cerró los ojos de golpe.
—Mantente apartada de todo eso. Olvídalo. ¿Por qué crees que murió Lily Martin?
Silencio.
Por fin Sasuke alzó los párpados y se encontró a Sakura frente a él con los labios entreabiertos.
Sus pechos asomaban por el escote del camisón, suaves y blancos, reclamándole.
—Murió porque vio demasiado —continuó—. No la pude salvar. No quiero que a ti te ocurra lo mismo.
Sakura abrió los ojos como platos.
—Entonces, ¿piensas que volverá a ocurrir?
La respiración de Sasuke era jadeante.
Se alejó de ella apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.
—Olvídalo. Esto no tiene nada que ver contigo.
—Me convertiste en tu esposa. Claro que tiene que ver conmigo.
—Y como mi esposa, tienes que obedecerme.
Sakura puso los brazos en jarras y arqueó las cejas.
—No sabes demasiado sobre el matrimonio, ¿verdad?
—No sé nada.
—Se comparten las cargas. Las esposas apoyan a sus maridos. Y los maridos a las esposas…
—¡Oh, por el amor de Dios! —Sasuke se dio la vuelta, incapaz de quedarse quieto—. Yo no soy Thomas. Jamás seré como él. Y sé que tú nunca me mirarás de la manera en la que le mirabas a él.
Sakura le observó fijamente con la cara pálida.
—¿Qué quieres decir?
Sasuke se volvió hacia ella.
—Me miras como al Loco Uchiha. Es algo que ronda tu mente todo el rato. —Se dio un toquecito con el dedo en la sien—. No puedes olvidarte nunca de mi locura y me compadeces por ello.
Sakura parpadeó varias veces pero guardó silencio.
Su Sakura, que podía charlar sin
parar sobre cualquier cosa, se había quedado sin palabras.
Porque él decía la verdad.
Ella había perdido a su primer marido.
Sasuke sabía mucho sobre el amor aunque no pudiera sentirlo.
Había visto la desolación de sus
hermanos por culpa de ese sentimiento, la pena que les provocó, y sabía que Sakura también había pasado por lo mismo.
—Jamás podré darte lo que él te dio.
—Notó un intenso dolor en el pecho—. Tú le amabas y sé que nunca sentirás eso por mí.
—Estás equivocado —susurró ella—. Yo te amo, Sasuke.
Él apretó los puños contra el pecho.
—Aquí dentro no hay nada que amar. Nada. Estoy loco. Mi padre lo sabía. Itachi lo sabe. No esperes que recobre la cordura. Tengo los mismos ataques de ira que mi padre y jamás podrás estar segura de lo que voy a hacer… —
Se interrumpió.
La jaqueca hacía que le latiera la cabeza.
Se frotó con furia la sien, enfadado por el dolor.
—Sasuke…
El resto de su cuerpo deseaba a Sakura y no podía comprender por qué aquella cólera le detenía.
Quería poner fin a aquella estúpida discusión y tumbarla sobre la
cama.
Los pechos de Sakura se agitaban al compás de su agitada respiración y el pelo se le había desparramado por los pálidos hombros.
Si la tomaba, ella dejaría de hablar
sobre el asesinato y el amor.
Sólo sería suya.
«No es una prostituta —susurró una voz en su cabeza—. No puedes usarla. Es Sakura».
Sasuke la agarró por los hombros y la apretó con fuerza contra su cuerpo a la vez que inclinaba la cabeza hacia ella.
La forzó a separar los labios con un beso salvaje y brutal.
Los puños de Sakura se relajaron contra su pecho, pero siguió agitándose.
Él apresó su boca con avidez, queriendo metérsela dentro, o entrar él dentro de ella.
Si podía formar parte de Sakura, todo estaría bien.
Él estaría bien.
El horror que su secreto le provocaba se desvanecería.
Pero sabía que no pasaría eso.
Su condenada memoria seguiría tan nítida como si hubiera ocurrido ayer.
Y Sakura todavía le miraría como si fuera un ser patético al que hubiera encontrado en una cuneta del East End.
El calor de Sakura le cubrió como si fuera agua hirviendo, como los baños calientes de su infancia.
Nadie le había creído cuando gritaba que se quemaba…
Lo metían a la fuerza en el agua y él gritaba hasta que se quedaba sin voz, con la garganta en carne viva.
La apartó con fuerza.
Ella levantó la mirada hacia él con los labios hinchados y rojos, con los ojos abiertos como platos.
Se alejó de ella.
Su mundo se volvió muy concreto, incluso el dibujo de la alfombra señalaba el camino hacia la puerta.
Le resultó una agonía mover los pies hacia allí, pero tenía que salir de esa habitación y escapar de la cólera y el dolor.
Vio a Curry en el pasillo; sin duda se había apresurado al oír el griterío.
Todos se preocupaban por él: Curry, Sakura, Itachi, Naruto… Todos le protegían, le acosaban, le encarcelaban.
Pasó junto al ayuda de cámara sin decir nada y siguió andando.
—¿Adónde va, jefe? —le preguntó, pero Sasuke no respondió.
Siguió caminando por el pasillo colocando los pies con precisión en el borde de la alfombra.
Al llegar a las escaleras, giró noventa grados y siguió la línea hacia abajo.
Curry se puso a su par jadeante.
—Iré con usted. —Sasuke le ignoró.
Cruzó el suelo ajedrezado del vestíbulo de mármol pisando sólo las baldosas blancas y salió por la puerta trasera en dirección a los jardines.
Caminó y caminó hasta la casa del administrador y entró en la caseta donde se guardaban las armas para cazar faisanes y las pistolas.
Sabía dónde estaba la llave y cogió dos revólveres antes de que Curry, de piernas más cortas, pudiera darle
alcance.
—Jefe…
—Llévame esto.
Curry alzó las manos.
—No.
Sasuke se volvió.
Buscó la munición y, cuando la encontró, se metió una caja en el bolsillo antes de salir de allí.
En su recorrido por los jardines se tropezó con un joven jardinero podando un rosal que se le quedó mirando con la boca abierta.
Sasuke le agarró por el hombro y le
arrastró consigo.
El joven dejó caer las tijeras y corrió obedientemente a su lado.
Curry les siguió, jadeando.
—Déjalo —dijo el ayuda de cámara al jardinero—. Regresa al trabajo, venga.
Sasuke no sabía con quién hablaba Curry, pero no soltó el brazo del joven trabajador.
Era un muchacho joven, fuerte como un buey.
Al llegar al fondo del jardín, Sasuke tendió al jardinero uno de los revólveres descargado.
Sacó la caja de balas, la abrió y dejó caer un montoncito en la palma del
muchacho.
Las balas eran brillantes y reflejaban la luz del sol.
Sasuke admiró su forma perfecta, su punta afilada, la base recta.
La manera en que ocupaban el lugar en el tambor de la pistola.
—Cárgalo —ordenó al sirviente.
El chico comenzó a obedecerle con dedos temblorosos.
—Para —indicó Curry—. No hagas lo que te dice.
Sasuke apartó la mano del joven para colocar él mismo la bala en la recámara.
Se trataba de un Webleys, un revólver de apertura vertical con extracción automática.
—Cuidado —dijo Sasuke—. No se te vaya a disparar.
—Deja esa cosa en el suelo, muchacho, o te harás daño.
El joven lanzó a Curry una mirada llena de terror.
—Haz lo que te digo —ordenó Sasuke.
El joven tragó saliva.
—Sí, milord.
Sasuke cerró el revolver e hizo girar el tambor, luego apuntó y disparó a una roca pequeña que había sobre otra más grande, a unos veinte metros.
Disparó una y otra vez hasta que sonó el clic que avisaba que se habían terminado las balas.
Tiró el revolver al suelo y cogió el otro.
—Cárgalo —ordenó, clavando la mirada en el arma.
Sasuke disparó seis veces más, haciendo añicos la roca.
Tomó la primera arma y apuntó a otra piedra mientras el joven cargaba la segunda.
Oyó débilmente que Curry le gritaba, que gritaba al jardinero; pero no le encontraba sentido a las palabras.
Oyó más voces detrás de él.
Naruto.
Itachi.
Su mundo se redujo al brillante acero del cañón de la pistola, a las diminutas explosiones de la roca, al ruido del gatillo.
Sintió la sólida cacha del revólver contra la palma y el acre olor a pólvora quemada le irritó los ojos.
Cambió el peso de pierna.
Disparó, apuntó.
Disparó otra vez.
Una y otra vez.
Le dolían las manos, le lloraban los ojos, pero siguió disparando.
—Jefe —gritó Curry—. ¡Deténgase, por el amor de Dios!
Sasuke apuntó y apretó el gatillo.
Le temblaba el brazo, lo afianzó y disparó otra vez.
Unas manos fuertes le agarraron por los hombros.
La voz de Itachi, atronadora y
furiosa.
Sasuke se zafó de él y siguió disparando.
Bala, mano en el revolver, otro
revolver, apuntar, fuego.
—Sasuke.
El tono afectuoso de Sakura atravesó la neblina que le envolvía.
La fría mano de su esposa cubrió la suya.
El mundo comenzó a regresar.
Ahora era casi de noche, el crepúsculo había sustituido a la tarde brillante.
El joven jardinero sollozaba a su lado.
Dejó caer el revolver descargado y se apretó la cara entre las manos.
Le dolían los brazos.
Soltó lentamente el arma cuando Curry se la quitó de la mano y observó que tenía las palmas llenas de ampollas y en carne viva.
Sakura le acarició la cara.
—Sasuke…
Adoraba cómo decía su nombre.
Susurraba las sílabas con suavidad; su voz siempre era tierna, envolvente.
Itachi surgió amenazadoramente tras ella, pero Sasuke se derrumbó sobre Sakura.
Le deslizó los brazos alrededor de la cintura y enterró la cara en su cuello.
—Cuando vuelva y no la encuentre, me estrangulará a mí —gimió Curry
—. Eso hará.
Sakura le tendió a Katie la maleta de mano y se ajustó los guantes.
—Tú mismo me has dicho que cuando desaparece de esta manera, a menudo es por varios días. Regresaré antes que él.
La mirada testaruda de Curry decía que no lo creía.
Sasuke había dormido con Sakura.
Habían hecho el amor después de que el ayuda de cámara le vendara las manos heridas, pero cuando Sakura despertó, Sasuke se había ido; no sólo del dormitorio, sino que había abandonado la casa e incluso los jardines.
No faltaba ninguno de los caballos; nadie le había visto marchar.
Itachi palideció al saberlo y quiso disponer una partida de búsqueda.
Naruto y Curry le persuadieron para que le dejara en paz.
Regresaría cuando estuviera
preparado.
¿Acaso no era eso lo que hacía siempre?
La mirada que el duque dirigió a
Sakura decía que ella tenía la culpa de todo.
—Hace usted bien, milady —le murmuró Katie al oído cuando se subían al carruaje—. Siempre he pensado que está chiflado.
—No le estoy abandonando —dijo Sakura al instante, con la voz lo
suficientemente alta para que la oyera el cochero—. Sólo voy a Londres a encargarme de unos asuntos.
Katie lanzó una mirada al cochero y guiñó el ojo a su ama.
—Tiene razón, milady.
Sakura cerró la boca a la vez que el cochero ponía en movimiento a los caballos.
Sintió una punzada de nostalgia.
Ya añoraba Kilmorgan.
El trayecto hasta la estación del ferrocarril se desarrolló sin incidentes.
Cuando el cochero descargó las maletas, Daniel, el hijo de Naruto, apareció repentinamente del fondo del maletero, donde se había escondido.
—Llévame contigo —farfulló.
Sakura todavía no había catalogado Daniel.
Evidentemente era un Uchiha,
tenía el pelo negro y los ojos oscuros que les caracterizaban, pero la forma de su cara era diferente.
La barbilla y los ojos eran más suaves, lo que le hacía más apuesto y menos duro.
Según le había contado Curry, su madre había sido famosa por su belleza, muy celebre en su época.
«Típico de nuestro lord Naruto casarse con una mujer salvaje como ella —había reflexionado Curry—. Cualquier cosa que irritara a su padre».
La manera en que Daniel intentaba imitar a Naruto en todos los aspectos le oprimía el corazón.
El chico quería la atención y aprobación de su padre, era
evidente, y Naruto no siempre respondía cómo debía.
—No estoy segura de que a tu padre le gustara —intentó Sakura.
Daniel torció el gesto.
—Por favor. Me resultará deprimente quedarme aquí habiéndose marchado Sasuke, con Itachi volviendo loco a todo el mundo y papá gruñendo como una tormenta. Cuando tú no estés, será todavía peor.
Sakura sospechó que Daniel se encontraría en medio de todo.
Se mostraría irritable y rebelde, lo que haría que Itachi y Naruto fueran más duros con él.
—De acuerdo —capituló Sakura—. No habrás tenido la precaución de traer una maleta ¿verdad?
—No, pero tengo ropa en la casa de Londres. —Daniel corrió unos pasos e hizo una pirueta—. Me portaré bien, te lo prometo.
—¿Se ha vuelto loca? —siseó Katie
cuando Sakura se volvió hacia la taquilla—. ¿Por qué quiere verse con las manos atadas por culpa de este demonio?
—Me será útil y siento lástima por él.
Katie puso los ojos en blanco.
—Será una molestia, se lo aseguro. Su padre debería usar el látigo con él.
—Es muy complicado ser padre.
—Oh, ¿de veras? ¿Ha tenido usted algún hijo?
Sakura ocultó con rapidez el dolor de su corazón.
—No, pero he conocido a muchos padres. —Sonrió al jefe de estación cuando se acercó al mostrador.
El hombre apuntó el billete de Daniel en la cuenta de Kilmorgan, pareciendo algo sorprendido de que fuera Sakura la que lo comprara en lugar de enviar a un criado.
La idea de que una dama adquiriera algo por sí misma parecía horrorizar a todo el mundo.
—También me gustaría enviar un telegrama —dijo con rapidez.
Esperó a que el complaciente jefe de estación fuera a por lápiz y papel.
—¿A quién irá dirigido, milady?
—Al inspector Inuzuka—respondió—. De Scotland Yard, Londres.
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
