Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.


BRIGHTER

Capítulo veintiochoCésped

En algún momento de la cena, Jess había ido de su lado de la mesa al de Jacob y, en ese momento, prácticamente estaba sentada en su regazo, mirándole con adoración mientras él le contaba historias sobre crecer como un cruzano. Estaba segura de que estaba dándole emoción a las cosas solo para ella, pero no podía culparle. Él había sacado de su cabeza a su ex-novio gilipollas y la sonrisa en la cara de ella era todo lo que me hacía falta.

Y, de todas formas, Edward se había llevado aparte a su amigo antes y le había dado la charla. Algo parecido a una advertencia. En plan, "si le haces daño a la amiga de Bella, no solo va a colgarte a ti de las pelotas, también me hará sufrir a mí por asociación". Tenía la sensación de que le había hablado de Cayo y de cómo se había portado, porque se estaba portando considerablemente bien.

Bueno, para ser Jacob. Le estaba costando mantener la mirada apartada del gran escote de Jess, pero... oye. Ella se lo estaba poniendo en la cara. Conocía la historia y... esos dos estaban cortados por el mismo patrón.

Habíamos pasado un par de días divertidos, yendo a diferentes playas por el día, y explorando varios restaurantes y bares por la noche. Todo había sido tranquilo, pero muy divertido, y Jessica no dejó de decirme que solo estar en St. Croix la estaba sanando de formas que nunca había esperado. No era solo Jacob, tampoco. Él había estado algunas veces -sobre todo por la noche- pero, además de un par de besos, no habían hecho mucho. Jess decía que era estar conmigo y en ese lugar idílico, sin tener que preocuparse por el trabajo y por quién hacía qué. Entendía porqué había dejado Seattle, bromeando con que se sentía medio tentada a seguir mis pasos.

Pero en ese momento era tarde e intenté sin éxito esconder un bostezo. Entre Jess y el trabajo, había estado muy ocupada. Me había cogido tiempo libre para estar con ella y, los días que trabajaba, normalmente ella daba una vuelta por el pueblo, pero no había tenido tiempo de descanso. Cada vez estaba más cerca de aceptar la oferta de Jake de "quitarme a Jess de encima" durante un día... sabiendo muy bien que lo único que él quería era tenerla a ella encima... salido.

―¿Cansada? ―preguntó Edward, apoyando la mano en mi muslo.

Le miré, notando que sus ojos estaban rojos de cansancio también. Los dos habíamos estado muy ocupados últimamente.

Asintiendo, me senté un poco más recta.

―Sí... pero estaré bien.

―Podemos irnos a casa si tienes sueño ―me ofreció Jessica―. O... no sé. Jake ha dicho que me llevaría a casa.

―Apuesto a que sí ―dije con una sonrisita.

Ella me hizo una mueca burlona, pero Jacob solo me devolvió la sonrisita, apoyando el brazo en el respaldo de la silla de Jessica.

―¡Oye! He prometido que sería un caballero. ¿De verdad puedes culparme por querer pasar más tiempo con tu preciosa amiga?

Oh Dios mío. Hasta Edward gimió al escucharlo.

Sin embargo, dejar que se fueran juntos tenía su atractivo. Porque, aunque estaba agotada, también estaba muy de humor. Edward y yo no habíamos pasado mucho tiempo a solas últimamente, no el suficiente para hacer más que besarnos. En general, podía con ello, pero estaba empezando a pesarme. Le echaba de menos.

―Así que, nosotros vamos a marcharnos ―decía Jessica, actuando toda tímida mientras se ponía de pie―. ¿Te veo en casa?

Miré a Jacob. Él me guiñó un ojo y se puso de pie, deslizando su mano en la de Jessica.

―Suena bien ―dijo Edward, poniéndose de pie. Oh Dios, suponía que todos estábamos listos para marcharnos.

Sonreí ampliamente, rodeando la mesa para darle un abrazo a mi amiga.

―Diviértete. Ten cuidado. ―Le di la antigua llave de Pete, solo por si iban muy tarde o algo.

―Lo haré ―me prometió, guardándose la llave. Jake me besó en la mejilla y luego se marcharon.

―Por fin ―murmuró Edward, dejando dinero sobre la mesa―. Vamos a mi casa.

―Suena bien. ―Había pasado por lo menos una semana desde la última vez que había estado allí, sin contar la noche en que Edward, Jess y yo cenamos en su patio. Lo echaba de menos. Echaba de menos esa ducha, esa cama.

Condujimos en silencio, con las ventanillas bajadas para que entrase la brisa.

―Estoy pensando en tener un perro ―dijo Edward cuando cogimos su largo y serpenteante camino de entrada.

―Deberías ―dije, pensando en las varias mascotas que había tenido a lo largo de los años.

―El Rottweiler de Marcus está a punto de tener cachorros.

―¡Ooh, definitivamente deberías quedarte uno! ―Aplaudí entusiasmada, pensando en lo adorables que eran. Ya podía imaginarnos rodando por el césped con él, jugando bajo el sol―. Me encantan los rotties.

―A mí también. Hablaré con él mañana.

Caímos en otro silencio, sonriendo, seguramente mientras ambos pensábamos en la belleza canina.

Bostecé de nuevo cuando aparcamos frente a la casa, agradecida por no tener que trabajar al día siguiente. Incluso cuando mi horario en el Pub me permitía dormir hasta tarde, solía levantarme temprano para aprovechar al máximo el tiempo con Jess. Pero en ese momento estábamos en casa de Edward y ella tenía llave de la mía. Tenía la sensación de que Jake y ella... aprovecharían el hecho de que la casa estuviera vacía cuando finalmente volvieran allí.

―¿Por qué esa cara? ―preguntó Edward, riendo. Entrelazó nuestros dedos mientras cruzábamos el iluminado pasillo hasta su habitación.

Sonreí, dándome cuenta de que mis pensamientos se reflejaban en mi cara.

―Es posible que Jake y Jess vayan a hacerlo. En mi casa.

―O en su coche ―dijo él, encogiéndose de hombros.

―Oh, Jesús ―dije, cubriéndome la cara.

―Sí, me sorprende que todavía no lo haya hecho.

―Edward.

―Solo lo digo, cariño. En esto están en el mismo punto...

―Lo sé, lo sé. Es solo... ugh. ―Le miré entre mis dedos―. Es raro pensar en otra gente teniendo sexo, ¿sabes?

Agarrando el borde de su camiseta, se la pasó por la cabeza y la tiró a un lado.

―Sip. Por eso solo pienso en nosotros teniendo sexo.

―Bien traído ―dije, quitándome los zapatos y tirándome sobre su cama.

―Eso creo yo también.

Se acercó lentamente, subiendo las manos por mis piernas hasta que llegó al borde de mi falda.

―Me gusta.

―¿Mi falda?

―Mhm.

Sonreí, besándole.

―Sabía que te gustaría.

―También me gustan esos pequeños pantalones cortos que llevas al trabajo ―añadió, ahuecando las manos en mi culo.

―Me mantienen fresca ―dije.

―Son muy cortos.

―Pero no demasiado cortos.

―Casi ―dijo, mordisqueándome el cuello.

Le rodeé con las piernas, adorando la forma en que se movía contra mí, cómo sus vaqueros me rozaban de la forma correcta. Podía hacerme sentir bien así, pero no se comparaba a cómo me sentía cuando le tenía dentro.

―Quítate los pantalones, ―susurré, besándole la oreja.

Él sonrió, levantándose para poder hacerlo.

Yo me quité la ropa y me reuní con él en medio de la cama, frotando con mis manos su cálida piel, uniendo nuestras lenguas. Él deslizó una mano entre mis piernas, tocándome hasta estar lista, y luego me atrajo hasta su regazo. Le monté lentamente, agarrándome a sus costados mientras él me sujetaba las caderas, respirando temblorosamente cuando él empujó hacia arriba con fuerza.

―Me encanta tenerte aquí ―dijo, con sus ojos fijos en los míos.

―¿Aquí... en esta casa?

―Aquí en esta cama... y en esta casa. Conmigo.

Asentí, gimiendo suavemente cuando él me tocó, moviendo sus dedos en pequeños círculos húmedos. Cerrando los ojos, me arqueé hacia atrás y me corrí, y me sobrepasó como la resaca del mar, llevándome hacia abajo hasta que apenas pude respirar. Edward detuvo mis movimientos y me tumbó, después me dio la vuelta, poniéndome boca abajo y levantando mis caderas para unirlas a las suyas mientras volvía a entrar. Sonreí contra las sábanas porque, podía ser cierto que él disfrutaba de lo lento y sexy, pero anhelaba ir duro y rápido.

―Si te... quedas ―jadeó y noté su voz, su cálido aliento, contra mi oreja―, si te quedas aquí, podemos hacer lo que quieras con esta casa. Hacerla nuestra.

Mi cabeza empezó a llenarse de posibilidades, cada una más loca y maravillosa que la anterior, pero entonces sus embestidas empezaron a sentirse tan bien que alejaron todo pensamiento y solo dejaron espacio para el placer más básico.

Sus dedos se hundieron en mi piel, advirtiéndome que iba a correrse. Y entonces lo hizo, con toda la fuerza de un huracán.

Me di la vuelta cuando él salió, tomando su cara para poder llenarla de besos en ese estado de felicidad postorgásmico.

―¿Me estás pidiendo que me mude aquí?

―Puede...

Le miré, esperando a que dijera lo que pensaba.

―¿Cuándo termina tu contrato de alquiler?

―En septiembre.

―Tres meses.

―Más o menos.

―Cerca. ―Su respiración era ya más lenta―. Sé que te encanta ese sitio.

―Me encanta, pero tú me gustas más ―admití, temblando cuando pasó sus suaves manos sobre el sudor acumulado entre mis pechos.

―Siempre he vivido solo ―dijo.

―¿Ningún compañero de piso? ¿Ni siquiera en la universidad?

―Me refería a chicas.

―Oh ―susurré―. Yo solo he vivido con Peter. ―Sin embargo, incluso mientras lo decía, sospeché que cohabitar con Edward no tendría nada que ver.

Nos miramos de reojo en la cama, sin más ruido que el callado zumbido del ventilador y de los árboles en el exterior que se movían con el viento.

―Te quiero cerca ―dijo―. Quiero volver a casa, a ti.

―Bueno, si seguimos trabajando en el mismo sitio, volverás a casa conmigo ―bromeé, apartándole el pelo de la cara.

Él no dijo nada, solo me miró. Ahí estaba el Edward intenso, el que me había intimidado y atraído al mismo tiempo hacía muchos meses ya. ¿De verdad había pasado casi un año desde que nos habíamos conocido?

―Yo también quiero eso ―dije finalmente―. Quiero que estemos cerca.

―Tendríamos un perro. ―Sonrió lentamente, como si la idea le atrajera más que ninguna otra. A mí también me gustaba y le devolví la sonrisa, asintiendo.

―Y amigos para cenar.

―Eso ya lo hacemos.

―Pero, aun así... ―Encogí un hombro―. Será diferente.

―Extrañarás tu árbol ―dijo, recordando mi flamboyán.

―Lo haré ―dije de acuerdo―. Aunque tu vista es mejor.

―Me aseguraré de tener reservas de spray anti mosquitos.

―Las velas de citronela son más bonitas.

Él resopló con una risa.

―Me pregunto qué dirán mis padres...

―¿Tu padre no es poli? ―preguntó de repente, frunciendo el ceño.

―Retirado ―dije, suspirando.

―A lo mejor debería preguntarle a él primero.

―¿Qué? Puff.

―¿Quieres decir que Peter Peter Pumpkin Eater no le preguntó?

Una expresión ocurrente cruzó su cara. Rodé los ojos.

―No.

―Entonces yo lo haré bien.

―Tampoco es que estés pidiendo mi mano, Edward.

―¿No?

Mi corazón dio un salto.

―No... yo...

―¿Debería hacerlo?

Estaba sonriendo satisfecho, de una forma enfurecedora, así que no supe si estaba bromeando o hablando en serio, aunque creí que podría ser un poco de las dos cosas. Mentiría si dijera que nunca había fantaseado con casarme con él -habíamos estado cerca de hablarlo a menudo. Pero hacer la pregunta era... diferente. Significante.

Y ni siquiera lo necesitaba, todavía no. Nos había ido bien dejando las cosas pasar, conociendo al otro. Sentía que... lo sabríamos.

―¿Edward?

―Hm. ―En ese momento estaba sentado, pasándose los dedos por el pelo.

―Te quiero.

―Yo también te quiero.

―Vamos a hacerlo en la ducha.

Él se echó a reír, pero no dijo que no.


¡Hola!

Bueno, definitivamente no voy a volver a decir cuando actualizo, porque está claro que no sé si lo voy a poder cumplir.

Lo siento mucho, pero espero que este capítulo compense la espera. Estamos ya en la recta final y parece que estos dos se están poniendo serios.

¿A vosotras qué os ha parecido el capítulo? Estoy deseando leer vuestras opiniones.

¡Hasta pronto!

-Bells :)