EN BUSCA DE LA FELICIDAD
CAPITULO XXVI
La navidad llegaba por fin y los Lawler habían decidido a quedarse a pasar la navidad en Lakewood junto a la familia, y todos podían ver que Eliza estaba cada vez más convencida de haber adoptado a esos niños, principalmente a Elizabeth, la cual era muy apegada a ella, con Louis era un poco más estricta pero lo hacía porque muy en el fondo de su corazón tenía miedo que saliera igual que ella y su hermano, y eso era algo que no le gustaría, analizando las cosas al verlo tratar mal a Elizabeth le había hecho ver que no era correcto hacer sufrir a los demás, comenzaba a amarlo y lo cuidaba igual que a Elizabeth, sin embargo el pequeño mostraba más apego con su padre.
Había llegado el día en el que Eliza y Michael tenían que partir rumbo a Nueva York, agradeciendo enormemente Michael a los Andrew su hospitalidad y a Candy y Anthony el haberlos ayudado a formar esa hermosa familia que ahora eran.
Eliza estaba más que contenta de irse de Chicago, aún le quedaba en su corazón la idea de que había adoptado y no quería dar explicaciones a sus amigas el porqué de pronto tenía dos hijos. En nueva York tendría la oportunidad de hacer nuevas amistades y así llegarían ambos ya como una familia establecida. Aún sentía ese miedo por el rechazo que había tenido Sara al avisarle por medio de una llamada lo que habían hecho, siendo únicamente su padre el único conforme con la decisión que había tomado su hija, le había emocionado bastante que su nieto se llamara igual que él.
-Candy, gracias por todo. – Dijo Eliza con dificultad, si bien ya no le hacía maldades aún le costaba tratarla de forma diferente, cosa que Candy entendía a la perfección ya que a ella también le costaba trabajo.
El automóvil se alejaba por el sendero de las rosas, atravesando el portal hasta que se perdió en el camino.
-Eliza será más feliz. –Dijo la tía abuela feliz.
-Eso espero tía. – Decía Albert confiando en que así sería. – Michael está muy feliz también.
-Sin duda. –Dijeron los Brower igual de felices.
Todos estaban muy enfrascados en su plática cuando cuestionaron que era lo que se haría para este fin de año, nadie había reparado que pronto llegaría otro año más y sería motivo para festejar. Albert propuso hacer una fiesta sencilla solo con la familia, emocionándose todos por tal sugerencia.
Llegó la celebración de año nuevo y con ello llegaron los nuevos propósitos y las promesas que se hacían unos a otros, ilusionados ante la espera del nuevo futuro que les esperaba, entre las noticias que sobresalieron una de lo más inesperada brotó de los labios del joven inventor quien ya no se aguantaba las ganas de decir lo que su pecho guardaba desde dos días atrás.
-¡Voy a ser papá! – Dijo emocionado ante la mirada de asombro de los demás, gritando todos de júbilo y entusiasmo al ver como el ahora Sr. Cornwell era felicitado por todos, especialmente por su hermano y sus padres quienes lo miraban de una forma que no supo descifrar bien.
-¿Qué sucede mamá? – Preguntó un poco intrigado. La mirada de Samantha era de lo más enternecedora, veía de pronto entre sus brazos a su pequeño hijo de cabellos tan negros como los de su padre, dormido entre sus brazos alimentándose de su seno, lo veía dando sus primeros pasos aferrándose de su mano por la inestabilidad que mostraba aún, después de eso lo veía como a un hombre hecho y derecho, ya todo un próximo padre de familia y ahí comprendió todo lo que había perdido en todos estos años que si bien para ella habían sido cortos, se daba cuenta que habían sido largos y eternos.
-¿Estás bien madre?- Dijo preocupado del semblante de su progenitora.
-No. – Dijo ahogando un susurro.
-¿No te alegra que seré padre? – Preguntó confundido ante la mirada de extrañeza de su esposa Patricia.
-No es eso. – Dijo con angustia. - ¿En qué momento ha pasado? –Preguntó parpadeando, así como se le había ido la vida. Su esposo la comprendía perfectamente él tenía el mismo sentimiento, apenas ayer jugaba a hacer invenciones con su primogénito y hoy le avisaba que sería abuelo, era una sensación que a pesar de llenarlo de alegría le provocaba una gran angustia por haber dejado escapar tantos años al lado de sus hijos. – Lo siento. – Dijo mientras las miradas seguían puestas en ella. – Estoy feliz por ustedes, muy feliz. – Dijo por fin. – Pero no dejo de pensar que todo ha sido tan rápido, aún eres mi pequeño. – Dijo con la voz quebrándose. Stear la abrazo con cariño y le beso su cabello.
-No te preocupes madre, aquí sigo. – Le dijo con ternura, no importándole ya aquellos años en los que había pasado en abandono junto a su hermano.
Después de esa breve momento familiar de los Cornwell estallaron las felicitaciones por parte de todos, sobre todo por parte de Archie y Anthony quienes eran lo más entusiasmados por saberse pronto tíos de otro pequeño inventor.
-¿Por qué no lo habían dicho? – Dijo con un deje de reproche el elegante hermano.
-Porque no estábamos del todo seguros. – Dijo Patricia tímidamente. – Apenas me lo indicó el doctor. – Dijo mirando a Anthony quien les sonreía sincero, él fue el primero en enterarse pero no podía decir nada porque aún no se lo había dicho a Stear y esa era una noticia que solo ellos dos tendrían que anunciar.
-¿Tu ya lo sabías? – Preguntó Archie ofendido.
-Deberías haber estudiado medicina. – Le contestó Anthony bromeando con él al darle a entender el por qué se había enterado.
Todos reían mientras se acercaban a ambos chicos a felicitarlos, Candy estaba muy emocionada al igual que Dorothy las hormonas las traían de cabeza y estaban más sensibles de lo normal. No cabía duda que ese año sería mucho mejor, la tía abuela sonreía viéndolos a cada uno de ellos, solo le faltaba Archie quien también pronto contraería nupcias, ya que le había avisado que habían decidido adelantar la boda para inicios de primavera, teniendo que apresurarse con sus planes ya que ella también tenía una noticia que darles.
-Bueno. – Dijo Albert entrando a la plática. – Al parecer este año ha comenzado con grandes noticias. – Los demás lo miraban intrigados mientras pedía el permiso de la tía abuela para compartir lo que ella callaba para sí misma. – En la primavera esperamos la llegada de nuestro primer hijo. – Dijo enfocando sus azules en los cafés de Dorothy. – También se espera la boda de Archie y Annie, quienes se han decidido a adelantarla un poco más. – Dijo ante la sorpresa de todos y la alegría de los implicados. – El nacimiento del bebé de Anthony y Candy, o sea mi nieto. – Dijo ante la risa de todos. – Y por último otra boda que tenemos en puerta. – Los presentes se voltearon a ver unos a otros, nadie comprendía quien se casaría, si según ellos el último en casarse sería Archie, no había nadie más en ese lugar que no estuviera casado a menos que… Anthony volteó a ver a la tía abuela por reflejo y la anciana estaba sonrojada en su lugar, viendo como un caballeroso Harold tomaba su mano y la mostraba ante todos con una sonrisa que le iluminaba a ambos el rostro.
Todos se emocionaron gritando por lo bajo emocionados por la noticia que les habían dado indirectamente viendo con agrado a esa pareja que aunque mayor se veían muy ilusionados por compartir el ocaso de su vida.
La boda de Elroy Andrew fue muy pequeña, solo los familiares fueron los invitados a tal acontecimiento, esta vez en la mansión de las rosas, no quería Elroy sentirse juzgada por la sociedad aunque bien sabía que pronto llegaría la noticia al verla acompañada del viejo Simmons. Decidieron quedarse a vivir en Lakewood en la mansión de Harold junto a David, quien ya tenía pensado comprometerse con Daysi, pero primero quería tratarla un poco más, así que él iba y venía a Chicago para lograr su cometido.
Llegó el turno de Annie de ser la novia, se encontraba en su elegante recámara siendo preparada por varias personas las cuales se encargaban de su arreglo personal, una maquillista, la estilista, la modista, la pedicurista, en fin un sinfín de personas que le ayudaban a formar ese estilo que decía su madre tendría que destacar ante todos. La señora Britter si bien no era una mala persona, si era una que se fijaba mucho en las apariencias y quería que la boda de su única hija fuera espectacular. Annie recordaba pasajes de su vida cuando pequeña añorando la presencia de sus dos madres, las buenas mujeres que le habían criado y quienes estuvieran muy emocionadas de compartir esa etapa de su vida, pero sabía bien que su madre no se lo permitiría.
El novio esperaba ansioso en el altar a su novia, a aquella tímida chica que poco a poco le había robado el corazón, no fue un torbellino que entró de golpe a su vida, más bien fue como una brisa que llegaba a diario a regar su corazón hasta que por fin se quedó ahí, recordaba todo lo que había padecido la pobre chica y todo lo que había tenido que soportar con tal de convertirse un día en su esposa, no es que hubiera sido malo, sino que sus sentimientos fueron bastante duros de corresponder. La vio entrar del brazo de su padre con el velo cubriendo su rostro a paso lento pero firme, se emocionó al verla entrar por ese largo pasillo resguardado de flores y de personas a los lados, ambas familias tenían muchos integrantes y todos lucían elegantes y emocionados, sobre todo la rubia que estaba del lado de la familia Andrew, ella veía caminar a su hermana y la recordaba toda miedosa y con los ojos llorosos ante una tormenta con su corazón acelerado y caminando hacia su cama para dormir juntas, así la veía caminando, nadie lo notó solo Candy supo que el modo de caminar de Annie era el de miedo e incertidumbre una que se le pasó únicamente hasta que tuvo entre sus manos las manos de Archie.
Los votos fueron dichos y las promesas elevadas al creador, las ovaciones no se hicieron esperar y pronto al salir de la iglesia ya como marido y mujer las felicitaciones llegaron y con ello las miles de fotos que se captaban por diferentes fotógrafos quienes se peleaban por obtener la mejor imagen para el diario siguiente.
El baile comenzaba con la nueva familia Cornwell Britter, quienes sin importar la presencia de nadie más destilaron amor y dulzura en la pista, haciendo ver a todos que eran el uno para el otro.
Candy estaba algo incómoda, su avanzado embarazo no le permitía disfrutar la fiesta como a ella le hubiera gustado, mientras las atenciones de su esposo no se hacían esperar quien se desvivía por hacer que se sintiera mejor. Otra que no la pasaba del todo bien era Dorothy quien ya en cualquier momento le daba el susto a Albert, ya que tenía días sintiendo las contracciones, pero los médicos le decían que aún no era el momento, regresándola más de una vez.
-¿Estás bien princesa? – Preguntaba Anthony a Candy quien la veía que se trataba de acomodar de un lado a otro en el amplio sofá en el cual se encontraba.
-Si amor, no te preocupes. – Le decía con una sonrisa sincera, la verdad era que ya no podía estar de pie así que optó por sentarse.
Paty y Stear la veían algo preocupados, ahora si entendían cuando les había dicho que si no se casaban cuanto antes no disfrutaría de la fiesta y era lo que había ocurrido con la boda de Archie. Dorothy decidió retirarse a sus habitaciones para poder descansar, ya había hecho acto de presencia y era más que suficiente. Albert la dejo encargada con una de las mucamas para que le informara si algún inconveniente se presentaba.
Archie llegó junto a Annie, para despedirse de su familia, le faltaban, su hermano, sus primos y Albert.
-Gatita, solo te pido que esperes a que lleguemos de la luna de miel para que nazca mi ahijada. – Le decía muy en serio su petición.
-Archie, lo siento pero al no esperar a que naciera nuestro bebé para casarte has perdido todo derecho a cualquier petición. – Dijo Candy risueña, ella sabía que no tardaría en dar a luz, cada vez sentía mucho más pesados los movimientos del pequeño el cual al parecer sería un bebé enorme ya que tenía el vientre mucho más voluminoso que Dorothy.
-Candy parces un patito rubio cuando caminas. – Dijo Stear risueño al ver a Candy caminar para despedirse de su hermana, ante la mirada matadora que le dirigió la rubia.
-No hagas caso princesa, te ves simplemente hermosa. – Dijo Anthony abrazando por la espalda a su esposa para acompañarla junto a la nueva pareja de esposos.
-Stear, como me digas eso te juro que dormirás en el sofá. – Le dijo Patty segura de sus palabras.
-Vamos querida, fue solo una pequeña broma para Candy, sabes que te ves hermosa. – Dijo Stear viendo como su esposa se volteaba ofendida.
-Creo que a Stear no le va muy bien con el embarazo. – Dijo Archie burlándose de todo lo que hacía su hermano para contentar a Patty con un comentario que ni siquiera había sido para ella.
-No digas nada Archie, que ahí te quiero ver cuando venga el primogénito. – Dijo feliz Anthony, quien ya estaba bastante emocionado por recibir a su heredero.
Los Cornwell-Britter se despidieron por fin de todos y se fueron al igual que los demás a media noche, e igual que los demás pasarían la noche en un lujoso hotel y de ahí se irían de luna de miel.
-¿Dónde está Albert? – Pregunto Candy, buscando por todo el salón.
-No lo sé hermosa, Archie me pidió que lo despidiera.
-Se me hace raro. – Dijo Stear quien ya había terminado la discusión con Patricia.
La fiesta siguió su curso, disfrutando todos los invitados con la maravillosa gala la cual había quedado muy lujosa, no cabía duda que los Britter no habían escatimado en gastos, todo había quedado excelente y solo quedaba esperar la noticia en los diarios para comprobar que había sido maravillosa.
Candy estaba en su habitación, descansando mientras los demás terminaban de despedir a los invitados, quedando solo la familia, ya estaba lista para retirarse con Anthony rumbo a su apartamento cuando se escuchó mucho ruido y escándalo en el pasillo.
-¿Qué sucede amor? – Le preguntó Anthony quien ya iba rumbo a su habitación para informarle a su esposa lo que estaba sucediendo.
-Es Dorothy mi vida, al parecer ahora si viene el bebé. – Dijo Anthony tranquilo. – Voy a acompañar a Albert al hospital.
-Ten cuidado amor. – Le dijo Candy dando un corto beso en los labios de su amado.
-No te preocupes hermosa, la mucama estará contigo por lo que se llegara a ofrecer. – Anthony ya había avisado a la tía abuela, así como a Patty y Stear para que estuvieran al pendiente de su esposa, él les llamaría desde el hospital para avisar como había salido todo.
Albert iba nervioso en el automóvil que era dirigido por un chofér, tomando la mano de Dorothy quien iba sudando por el dolor provocado por las contracciones que sentía las cuales eran cada vez más intensas y seguidas. En cuanto llegaron al hospital una camilla ya los esperaba ya que Anthony había avisado del ingreso de su tía.
-Por aquí doctor Brower. – Le decía el camillero quien lo conducía por el camino más rápido para llegar junto al médico que atendería a Dorothy.
Una vez que la ingresaron los dos rubios quedaron en la sala de espera pero uno de ellos estaba como fiera enjaulada caminando de un lado a otro.
-¿Tú no vas a entra Anthony? – Le preguntaba ansioso, mientras daba vueltas en la sala.
-No puedo tío, sigo siendo un simple residente.
-Pero yo estaría más seguro si tú estuvieras ahí.
-No te preocupes tío, si te hace sentir mejor el médico que está atendiendo a Dorothy es el mejor obstetra que hay en el país. – Le decía para infundirle confianza, pero la verdad nada lo calmaba sobre todo al recordar los gritos de dolor que pegaba Dorothy en el trayecto al hospital.
Después de unas horas el medico salió rumbo a la sala de espera acompañado por una enfermera.
-¿El señor William Andrew? – Preguntó con un sonrisa tranquila, le gustaba ver las reacciones de los padres cuando salía a darles la noticia.
-¿Qué sucede doctor? – Preguntó Albert nervioso.
-¿Es usted el señor William Andrew? – Le preguntó con tono burlón.
-Así es, ¿Ha ocurrido algo? – Volvió a insistir ansioso.
-Nada, solo que usted se acaba de convertir en padre de un robusto varón.
-¡Un niño! – Gritó volviéndose a ver a Anthony quien lo miraba igual de emocionado. -¡Un niño Anthony! – Le decía casi gritando de la emoción tanto que tuvo que pedirle que guardara un poco de silencio. El patriarca obedeció disculpándose con el médico por su reacción.
-No se preocupe señor Andrew, en este momento por la hora no tenemos muchos pacientes.
-¿Puedo ver a mi esposa? – Preguntó emocionado.
-Me temo que tendrá que esperar. – Dijo el médico ante la mirada de inconformidad del padre primerizo. – El personal está a punto de hacer el cambio de turno y me temo que le tocará esperar un poco más. – Al ver la decepción en los ojos de aquel importante hombre el médico le hizo una sugerencia al joven aspirante a médico.- Pero me parece que el doctor Brower sabe en dónde están los cuneros. – Le dijo guiñándole un ojo, cosa que Anthony agradeció con un movimiento de cabeza y una sonrisa.
-Me acompañas tío. – Albert lo siguió en silencio, iba tan emocionado que no había atinado a pensar en avisar a los demás lo que había pasado, quienes esperaban una llamada por teléfono ya que tenían más de cuatro horas que habían partido.
Una de las enfermeras tomo a un pequeño bebé que tenía los cabellos cobrizos y al parecer tenía los ojos verdes por lo que se podía apreciar, estaba muy grande ahora entendía por qué le habían dicho que era robusto, era de muy buen peso y gran tamaño. Anthony se adentró a los cuneros para obtener información de su pequeño primo y en donde le informaron que todo lo referente al nuevo integrante de los Andrew estaba en orden.
-Tiene los ojos como Rosemary. – Dijo Albert al tener a su pequeño en brazos. Anthony derramaba unas cuantas lágrimas al ver que era cierto, tenía los ojos verdes y los cabellos cobrizos, era un bebé muy blanco y muy hermoso.
-Tienes razón tío, tiene los ojos de mi madre. – Dijo emocionado.
-Anthony, ¿Me harías el favor de avisar a la mansión? Deben estar todos muy preocupados.
-Tienes razón tío, en un momento regreso. – Dijo Anthony perdiéndose de la vista de su tío para ir a informar a la familia que el nuevo integrante de los Andrew había sido un varoncito.
Todos en la mansión estallaron en júbilo al enterarse del nacimiento del heredero de patriarca que si bien Candy legalmente era la primogénita, este pequeño era el varón que todo hombre deseaba al nacer, principalmente la tía abuela que era la más entusiasmada quería conocer al pequeño inmediatamente y no dudó en prepararse para ir a conocerlo, Candy no se sentía del todo bien ya que su embarazo también estaba muy avanzado y no podía estarse moviendo de un lado a otro, así que le tocaba esperar a que dieran de alta a Dorothy y al bebé. Patty y Stear se quedaron a acompañar a Candy la cual les decía que no había ningún problema que ella se podía quedar esperando.
Anthony llegaba con Albert quien desde lejos lo veía ensimismado en su hijo, lo veía a los ojos enamorado de su pequeño, era una imagen muy tierna y conmovedora verlo en esa situación, se sintió feliz de que muy pronto él también estaría en esa situación.
-Señor William. – Dijo una enfermera que se acercaba al par de rubios. – Necesito alimentar al bebé, y me dice el doctor que ya puede pasar a ver a su esposa.
-Adelante tío ve con Dorothy. – Le dijo Anthony a su tío quien lo miraba como no queriendo dejarlo solo. – No te preocupes yo tengo que regresar por Candy. – Y era verdad ya casi daban las siete de la mañana y había pasado la madrugada inquieto, intranquilo, había dejado a Candy en la mansión y tenía que ir por ella para irse a su departamento.
La tía abuela llegaba en compañía de su esposo quien no la dejaba ni a sol ni a sombra.
-Anthony. – Decía agitada. - ¿Dónde está William?
-Acaba de entrar a ver a Dorothy, no le habían permitido verla.
-¿Y mi nieto? – Preguntó emocionada.
-Lo están alimentando, pero ven conmigo. – Le dijo aprovechándose de su lugar en el hospital y llevó a la vieja Elroy y a Harold a conocer al pequeño Andrew.
-¡Es hermoso! – Decía la anciana emocionada y veía como a su esposo le corrían las lágrimas de felicidad de ver a su pequeño nieto.
-¡Es un bebé muy apuesto! – Dijo emocionado. - ¡Es una combinación de William y mía! – Decía refiriéndose al cabello rojizo y los ojos verdes como su gran amigo. Y era verdad el abuelo de Anthony había tenido los ojos verdes como su madre y los ojos azules de Albert y de él mismo habían sido heredados por parte de la abuela.
Elroy no podía creer lo que veía, era maravilloso ver una parte de su hermano y de su ahora esposo en una diminuta criatura, un ser tan perfecto y tierno que no sabía que esas dos viejas personas que lo admiraban emocionados harían cualquier cosa por que él fuera feliz.
Anthony se despidió del matrimonio y se dirigió a la mansión, era domingo e iba a pasar el día completo con su esposa, no importaba que no hubiera dormido nada, necesitaba estar con ella, el haber visto al bebé de Albert lo había dejado muy sensible y necesitado de estar con ambos.
-¡Anthony! – Decía Stear alcanzándolo en la puerta de entrada. -¿Cómo está Dorothy? – Preguntó ansioso, él hubiera deseado acompañar también a su tío, pero sabía que tenía otras dos embarazadas que cuidar y que el más indicado para acompañarlo era Anthony ya que sabía muy bien como moverse en el hospital. -¿Y el bebé?
-Ambos están bien Stear, no te preocupes, el bebé es hermoso. – Dijo con una gran sonrisa. – Todo un Andrew, dijo la tía abuela, aunque el tío Harold dice que es un Simmons. – Dijo mientras Stear se reía.
-Sí, desde que salieron de aquí iban preguntándose a quien se parecería. – Decía animado su primo.
-¿Cómo esta Candy? - Preguntó de pronto, sabía que si Stear seguía hablando no lo dejaría preguntar por su princesa.
-Ella está bien, no te preocupes, está con Patty.
Mientras se dirigían hacía el salón iban platicando sobre la emoción que había tenido Albert al conocer a su bebé, sí Anthony se había emocionado no se podía imaginar que era lo que había sentido Albert al ver a ese ser tan pequeño y fruto de su amor.
-¡Anthony! - Dijo Candy enamorada al ver entrar a su adorado príncipe traspasar el gran portón que lo llevaba al salón de té.
-No te levantes princesa. – Le dijo rápidamente al verla querer ir hacia donde él estaba para ir a saludarlo, dirigiendo sus pasos sobre ella para alcanzar a detenerla.
-Sí Candy no te levantes, ya nos dimos cuenta que no te puedes. – Le decía Stear riéndose, ante la mirada de furia de Candy, Anthony y hasta de Patty. – Perdón, no dije nada. – Se excusó el inventor ya que sabía que saldría perdiendo de nuevo.
Albert entraba al cuarto de Dorothy ansioso y feliz de verla, entró con mucho cuidado temiendo despertarla, pero para su sorpresa ella estaba despierta esperándolo ansiosa, quería verlo y quería conocer a su bebé, solo le habían dicho que era un varoncito y no había podido verlo bien, solo sus cobrizos cabellos que resaltaban entre las sábana que lo habían envuelto.
-¡Amor! – Dijo emocionada con lágrimas en los ojos comenzando a derramarse por la emoción y alegría de verlo.
-¡Gracias, mi vida!.– Le dijo enamorado, Dorothy estaba cansada, desvelada porque no había dormido nada, el brillo de sus ojos se iluminó hasta que vio a su esposo delante de ella, pero unas prominentes ojeras restaban belleza a su rostro, le peinó los cabellos y le besó sus labios que aún lucían resecos por la pérdida de líquido, aun así para Albert Dorothy era la mujer más bella que existía, le había dado el maravilloso regalo de ser padre y estaba inmensamente feliz por ello.
-¿Ya lo viste? – Albert asintió. -¿Cómo es? ¿Cómo está?
-Está hermoso, tan hermoso como tú, tiene tus mismos cabellos y los ojos como mi padre y mi hermana Rosemary. – Dorothy no había conocido a ninguno de los dos cuando ella llegó a trabajar con los Leagan ya habían fallecido ambos, solo los conocía por las pinturas que colgaban de las paredes de la mansión, pero sabía que eran personas sumamente atractivas, sobre todo la señora Rosemary, quien se parecía mucho a Albert, solo tenían diferencia en sus ojos.
-¿Cómo te sientes? – Preguntó Albert a su esposa, la veía cansada, débil, se sintió responsable por haberle causado ese sufrimiento, pero la recompensa bien valía la pena. Un poco después llegaba la enfermera acompañada del médico para entregarles el bebé a los orgullosos padres.
-Aquí tienen a este jovencito, ya bañadito, alimentadito y bien cambiadito. – Dijo el médico quien le gustaba mucho ver la reacción de los padres al conocer a sus hijos.
Dorothy lo tomó entre sus brazos y no pudo evitar llorar de la felicidad al ver al pedacito de cielo que le había otorgado la vida, era sumamente hermoso, Albert se había quedado corto en la descripción del bebé, era un bebé muy grande para su edad y estaba bastante pesadito. Había medido 54 cm de largo y pesado 4.5 Kg era bastante peso para un bebé y no sabía ni el médico como lo traía acomodado la pequeña muchacha.
-¿Así que tú eras el que traía tanto alboroto dentro de mí? – Le preguntó hablándole con ternura y besando su frente mientras Albert los acobijaba a su lado.
Elroy y Harold entraban para ver la tierna escena y grabarla en su cabeza para el resto de sus días, eran una bella pareja y agradecían que estuvieran juntos y felices.
-¿Cómo le van a poner? – Preguntó la tía abuela quien no se andaba por las ramas.
-Es un Andrew-Simmons. – Dijo Harold. – Tienen que buscar un nombre digno de él. – Decía orgulloso deseando que se llamara como él o su viejo amigo, lo malo que en ese tiempo no era muy común repetir los nombres, solo a su amigo no le había importado repetir el propio en su ahora yerno.
-Alexander. – Dijo Dorothy y Albert sonreía ya habían preparado algunos nombres desde antes de que naciera el pequeño eligiendo Alexander si era niño e Isabella si era niña.
-¿Alexander? – Preguntaron los abuelos sorprendidos, ante la corroboración de los padres, no les desagradaba el nombre al contario les gustaba como sonaba.
-Alexander Andrew-Simmons.
Continuará…
Hola hermosas! ¿Cómo están? Yo aquí sigo con frío y de pilón aquí está nublado, pero tengo que aguantarme porque en esta parte del país rara vez hace frío el calor dura fácil cerca de 9 meses, casi un parto jajajaja, y cuando hace frío nos pega duro jajaja así que a cualquier temperatura es frío para nosotros, y mi casa parece témpano de hielo, va con el clima, es helada de frío y caliente de noche jajajajaja pero en fin, ya falta menos para que nazca el príncipe pecoso de las rosas jajaja Gracias por acompañarme hasta aquí en esta historia, espero hayan disfrutado el capítulo. Un beso y abrazo a cada una de ustedes.
Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, los he tomado prestados un poco para que puedan imaginar un escenario en donde mi rubio hermoso sigue con vida y la pecosa es feliz por fin, sin necesidad de tantas lágrimas y drama, es sin fines de lucro y no apto para menores de edad.
Saludos!
