— Al cabo de un tiempo llegamos al lugar convenido, Islandia. Cómo lamentaba no tener el móvil a mano. Al llegar, Greszczyszyn alquiló un coche y condujimos hasta Rangárþing Eystra, un municipio diminuto al sur de Islandia. Tan diminuto que allí cualquiera podría haber pasado inadvertido. Es comprensible que hubieran elegido Islandia. En su casa apenas ven el sol en invierno y todo el mundo está en su casa, caliente, y no metiéndose en los asuntos de los demás. Entramos a una casa de Skógar, con tan solo veinticinco habitantes, y ninguno de ellos pareció molestarse en mirar por la ventana. En la casa había un chico con gafas al que llamaban G, una mujer referida como M, y otro al que llamaban GB. A ése yo lo conocía. Era Prusia.

— ¡Prusia! Me suena haberlo estudiado en el instituto.

— Sí. Era una nación.

— ¡Vaya! ¿Y qué hacía allí, con esos tipos? ¿Estaba infiltrado, también?

— Eso parece, pero entonces yo no tenía ni idea. Me quedé de piedra al verlo. No hacía más que preguntarme si mis ojos no me estarían engañando. Había oído rumores de que Prusia había sido olvidado y había muerto. Hacía algún tiempo que no se le veía. Oí que algunos lo consideraban la primera víctima del One World Nation Movement. Y en esos momentos lo tenía delante y yo me preguntaba a mí mismo: ¿era Prusia de verdad o estaba alucinando por el jetlag? Él también se me quedó mirando, pero se puso a interpretar pronto su papel. "¿Recogiste a este pescadito del mar, IG?", preguntó con una sonrisa, señalándome. "Éste es JC. Chaval, este es GB. La G es de gili(...) y la B de bastardo.", respondió él. Era coña. Se abrazaron, como buenos colegas. Greszczyszyn habló muy bien de mí. Les contó todo lo referente a nuestro incidente con América. Prusia y sus acompañantes alabaron que hubiéramos salido vivos.

»Esperamos a que llegaran más. Al cabo de un cuarto de hora o así, aparecieron dos hombres de aspecto oriental. Uno de ellos se llamaba Kazuki Ogura, japonés, y el otro se llamaba Yao Da, chino. "¿Y los demás?", preguntó la mujer que se hacía llamar M (luego supimos que su nombre era Martinez y que venía de España). "Detenidos. Muertos", contestó Ogura con seriedad. Y así como una hora después aparecieron los representantes del grupo africano. Eran cuatro: Dejen Kirabo, de Zimbabwe; Adisa Cabdiraxman, de Madagascar; Idur Wafula, de Mozambique, y Kagiso Kato, de Sudán del Sur. Las cosas andaban un poco mejor por África. Nos contaron con un entusiasmo que a mí me dio escalofríos cómo estaban centrando sus esfuerzos en destruir el legado antiguo de Egipto y derrocar al rey de Marruecos.

»Fue entonces cuando apareció Ughetti. Fue...un poco como si Darth Vader hubiera entrado en la Estrella de la Muerte, no sé si se me entiende...Era una mujer de aspecto muy...moderno. No sé cómo describirlo. Punk, ¿quizás? Era bajita en persona, la más bajita de cuantos nos encontrábamos allí, pero su presencia hizo que todo el mundo se callara. Incluso vi a quien se puso incómodo. Yo mismo me sentí así.

»"Buenas noches", nos saludó. "Creo que todos sabemos por qué estamos aquí, ¿no es cierto? Por el Triunvirato". La sola mención de aquel nombre provocó una sensación en el ambiente. Ahora, pensé, si descubrían que no solo era un país sino encima el hermano de América, me harían pedazos con sus propias manos. "Intentamos asaltar el Kremlin y el maldito ruso mandó que sus tropas abrieran fuego contra nosotros", nos contó Wafula. "No debisteis haberlo hecho", intervino M. Y la miraron como si estuviera loca. "¿Por qué no? Ha intervenido en países de nuestro continente para desarticular nuestra red.", le contestaron. "Colabora con China, que ha matado a los nuestros", añadió Da. "Y América nos ha estado dando por el (...) y no tardará en venir aquí, y Rusia le pondrá una alfombra" dijo Greszczyszyn a mi lado, mientras se encendía un cigarrillo, que compartió con Prusia. "Habéis puesto en peligro vidas inocentes", insistió M, y le repitieron lo mismo, que aquella gente se lo merecía. "Algunas bajas colaterales son inevitables", dijo Greszczyzyn con frialdad. "¡Comprendo que queramos enfrentarnos a Rusia, China y América, pero ayer volaron el Puente de las Artes de París! ¡Hubo cinco heridos! ¡Inocentes!".

»Fue entonces cuando Ughetti dio su parecer y me provocó un escalofrío. "Por lo que hemos visto, solo con argumentos no hemos cumplido con los objetivos previstos. La idea del nacionalismo está aún demasiado arraigada en las mentes de la gente. Lo mismo ocurre con la religión. Hemos intentado hacer esto por las buenas. Intentamos llegar a las elecciones en Japón y nos silenciaron. Demandamos atención en los medios y la conseguimos, pero la gran mayoría están de parte de su respectiva nación y nos han ridiculizado. Si queremos lograr algo, si de verdad queremos cambios, se ve que no podemos confiar en los de abajo. Tenemos que empezar desde arriba, llegar a las altas esferas. ¿Y cómo se llega a las altas esferas? Quitando a los que están ahora. ¿Y cómo se les quita...?". "Está proponiendo, U", le dijo Ogura, "una serie de golpes de estado. Como lo del Kremlin." "Muy perspicaz", contestó ella. "Pero más organizado, claro está." "Claro", entonces habló Prusia. "No perder el tiempo destruyendo antigüedades. Ya habrá tiempo de hacer limpieza cuando estemos todos unidos en un solo pueblo. Ahora toca hacerse con el control. Lo veo". No me podía creer que estuviera diciendo eso. Prusia es un gran actor, te lo digo, Phil. Hizo que se me pusieran los pelos de punta, al oírlo hablar con ese convencimiento.

»M estaba indignada. Los golpes de estado implican una violencia desmesurada. El grupo no tenía fuerzas armadas, tan solo voluntarios armados con lo que podían fabricar ellos mismos o comprar siempre que podían burlar la ley. Era una locura. No era la única que lo veía así. Kato también creía que lo primero era educar a la juventud en los valores del movimiento, y así la misma población derrocaría a reyes y presidentes. Más lento, pero efectivo. En cuanto a G (Paul Grech, maltés), decía que no tenía sentido querer detener las muertes por razones políticas y llevar a cabo una lucha armada, pero discutió consigo mismo y terminó uniéndose a Ughetti. "Si quieres, M, podemos hacer una votación entre todos los miembros, pero déjame decirte una cosa", le dijo Greszczyszyn, "para hacer una hamburguesa tienes que matar a la vaca".

»Yo evité pronunciarme todo lo que pude. Nos separamos. Al parecer, M quería supervisar cómo iban otros dos miembros con Alemania. Así me enteré de que lo tenían prisionero a él también. Tuve algún tiempo para hablar a solas con Prusia. Le pregunté qué demonios hacía ahí y él me hizo la misma pregunta. Creo que le costó un poco recordar quién era, solo sabía que era un país. Cuando le dije que era Canadá, sacudió la cabeza. "Perfecto, el hermanito modosín de América. Como sepan quién eres, te van a destrozar. ¿En qué estabas pensando, metiéndote en este fregado?", me dijo. ¿Y él, que permitía que tuvieran preso a su hermano menor?, repliqué. "Él puede cuidar de sí mismo perfectamente. Y estoy en ello, ¿vale? Mira, vamos a hacer esto: tú que tienes a tu gobierno cubriéndote las espaldas, buscaré cualquier excusa para que tengas acceso a un teléfono y los llames. Yo me encargo de Liechtenstein y Alemania. Estos tipos confían en mí. Puedo acercarme a ellos con cualquier excusa. Los sacaremos juntos de aquí".

— ¿Y entonces, qué pasó?

— Greszczyszyn me llevó aparte, para hablar mientras nos tomábamos algo antes de irnos a dormir. "Primero lo quieren consultar con Tero. Es pequeña, pero debería ser capaz de decidir qué hacer." Quise preguntarle quién era Tero, pero entonces me habló en voz un poco más baja: "Oye, W y yo hemos estado hablando. Sobre GB. Mañana temprano intenta tener un momento de intimidad con él, ¿quieres?". Le dije que de acuerdo. Esa noche dormimos en la casa y a la mañana siguiente, nada más levantarme, vi que Prusia y Ogura estaban desayunando juntos. "Oye, GB, ¿puedes venir un momento? Creo que le pasó algo al tejado anoche". Era una excusa muy tonta, pero me valía para acercarme a él. Nos abrigamos y salimos. "¿Pasa algo?", me preguntó Prusia. Yo lo conduje a la parte trasera de la casa, un poco apartados. Allí esperaban Wafula y Greszczyszyn. "Dice JC que hay un problema con el tejado", les comentó. Greszczyszyn habló después de un momento de silencio. "¿Sabíais que O trabajó para el gabinete de prensa de la nación japonesa? Se lo contó a Wafula, y le enseñó fotos de su casa". "Ah, así que sabe cómo es por dentro la casa de Japón. Eso es una ventaja, ¿no? De alguna forma" dijo Prusia. Había algo en la cara de Greszczyszyn que no me gustó nada. Siguió fumando tranquilo, mientras Wafula nos miraba fijamente. "En una de esas fotos aparecía esto". Wafula se adelantó y nos enseñó una fotografía de un salón en el que aparecía Japón utilizando un ordenador portátil. Su dedo señalaba una de las pinturas que colgaba de las paredes. Sentí que el estómago caía a mis pies.

»"El tío que sale en ese retrato del siglo XIX es clavadito a ti, ¿no te parece?". Miré a Prusia. Parecía que no había ningún cambio en su expresión, incluso sonrió. "Yo soy más guapo", rió. Greszczyszyn sonrió. Y entonces Wafula y él lo agarraron con violencia. Me pidieron que los ayudara, que lo hiciera callar. No me quedó más remedio que hacerlo...