Viernes 18 de Diciembre de 2015
Denver
Quinn Fabray
28
Me iba a matar.
Lo sabía, estaba convencida de ello. En cuanto la tuviese frente a mí me echaría la mayor bronca habida y por haber, sin importar que hubiese alguien de testigo. Porque cuando se trataba de comer no había paciencia alguna para ella, menos aun teniendo que llenar dos estómagos de una sola vez. Por eso ni siquiera entré en la casa de mis padres cuando aparqué el coche y dejé que mi madre regresara sola.
Apenas me separaban unos 100 metros del bar, y juro que los recorrí con tanta rapidez que de haber competido en aquel instante con el mismísimo Usain Bolt, el oro de los 100 metros lisos habría sido mío. O bueno, tal vez exagere un poco, sobre todo porque ni siquiera en el instituto llegaba a correr una millonésima parte de como lo hace ese tipo, pero dadas las circunstancias, puedo jurar que mi carrera fue más rápida que cualquier otra que hubiese tenido que llevar a en toda mi vida. De hecho, de no haber sido así, no habría tenido el monumental susto y posterior golpe para el que no estaba preparada, aunque dudo que alguien esté preparado para una situación así, tan surrealista y de película. Porque sí, porque lo que me hizo detener la carrera no fue la puerta del bar, precisamente, sino la aparición estelar e improvisada de un tipo que llegaba a medir casi 190 centímetros, que portaba unos músculos para los que mi delicado rostro no estaba preparado justo en la puerta del bar, logrando que por primera vez en mi vida viviese una de esas típicas escenas de las películas en las que dos desconocidos se chocan en un momento culmen de la historia, y hacen desear al espectador estar en ese preciso lugar viviéndolo. Con la diferencia abismal de que a mi choque frontal con el increíble Hulk, o mejor dicho, el Capitán América con su escudo protector incluido, no le acompañó ninguna banda sonora ni ningún juego de miradas que cautivasen a los protagonistas, sino todo lo contrario. Lo único que escuché fue un intenso zumbido en mí oído al estamparme literalmente con su hombro y el vaivén de mi cuerpo procurando no caer de espaldas.
Justo en la puerta del bar.
—¡Hey!—Mascullé tratando de recuperar la visión, porque incluso noté como se volvía borrosa.
—Oh Dios, perdona… Perdón, no te he visto.—Se disculpó el Capitán América, aunque no era tan guapo como el original, por supuesto.
—Ya, ya veo…
—¿Estas bien? ¿Te he hecho daño?—Se apresuró en intentar ayudarme, pero yo no se lo permití. Había salido despedida un par de metros, pero por suerte mantuve la compostura y permanecí firme.
—No… No, estoy bien.
—Lo siento, no te he visto. Estaba mirando hacia el otro lado y no te he visto. Lo, lo siento—volvió a disculparse realmente preocupado, y yo bajé la guardia. Lo último que me apetecía era armar un revuelo a las puertas del bar de mi padre, y mucho menos con mi hermana esperándome en el interior. —¿Estás bien?—insistió y yo traté de mostrarme cordial, a pesar del resquemor que sentía en mi mandíbula tras el encontronazo con su hombro.
—Sí, todo bien—repetí tratando de esquivarlo para que me dejase paso, y fue en ese instante cuando algo sucedió entre nosotros, o mejor dicho algo le sucedió.
Yo nunca he creído en eso de los flechazos a primera vista, pero por la mirada que me regaló y el extraño titubeo de su cuerpo para permitirme el paso, supe que solo en ese instante se había percatado de mi rostro, y que aunque pudiese parecer narcisista o presuntuosa, le gustó. O eso quise creer al vislumbrar una incipiente sonrisa que parecía preceder a la típica invitación con la correspondiente pregunta sobre mi nombre o si solía ir mucho por aquel bar, y que si se podía asociar más a esa escena tan peliculera que todo el mundo ansía vivir.
Pero como no estaba en mi mente el iniciar ningún tipo de contacto con nadie, mucho menos en aquel momento de mi vida, fui rápida y evité que se adelantase a los hechos, excusándome sin palabras y dejándolo allí plantado, junto a la puerta, mientras yo me colaba en el interior del bar e iba rápidamente hacia la mesa donde mi hermana, que ni siquiera se había percatado de mi presencia, devoraba uno de los famosos tacos que ahora servían en el bar.
—Veo que no me has esperado para comer—le dije llamando su atención al llegar junto a ella, acariciándome la mandíbula como si aquel gesto fuese a aliviarme el dolor del choque. Pero lo único que recibí fue un extraño gemido de placer mientras daba un nuevo mordisco—Madre mía, como sigas comiendo así vas a tener problemas.
—Te recuerdo que ahora como para dos—me replicó aún con la boca llena—Y no te haces una idea del hambre que tenía.
—No es necesario que lo jures, me basta ver como comes… ¿Has ido a tu médico?
—Ajam…
—¿Y qué tal? ¿Todo bien? Mamá me ha dicho que tienes que ir casi todas las semanas… ¿Es verdad?
—Controles y cosas, que se yo… Es la primera vez que estoy embarazada, ¿Recuerdas? Y sí, todo perfecto. Éste campeón empieza a ponerse grande y a moverse cada día más.
—¿Se mueve?—pregunté completamente ingenua. Era lógico que mi futuro sobrino se moviese en el sexto mes de embarazo, pero mi desconocimiento con ese tema seguía jugándome malas pasadas. –Ok, soy estúpida por preguntar esas cosas.
—Sí, lo eres… Aunque intuyo que todo es una maniobra de distracción para que no te recrimine tus 20 minutos de impuntualidad, ¿Dónde diablos estabas?
—Con mamá, se empeñó en que la acompañase a hacer unas compras. Está deseando que venga a visitarla para que sea su chófer.
—¿Y dónde está ahora?
—En casa, con papá… Imagino. He aparcado el coche en la puerta y me he venido directamente hasta aquí, para comer con mi hermana la devora tacos y mi sobrino—le dije tomándome la libertad de tocar su barriga, aunque el jersey que llevaba puesto no me dejó sentir nada más que el calor que desprendía la lana.
—Podríamos haber quedado otro día si no te venía bien ahora.
—No, no, si ya no tengo nada más que hacer. Además, necesito hablar contigo y que me aconsejes bien.
—¿Consejos? Guau hermanita, veo que California vuelve a liberarte—musitó divertida, segundos antes de volver a atacar el taco. Hecho que me hizo reaccionar para con un simple gesto de manos avisar a Nick, el camarero, y que me pusiera uno exactamente igual al de ella.
—Es importante y estoy un poco asustada—le dije sin saber que aquellas palabras pudiesen tener tanta repercusión en ella. Tanto que soltó el taco y me miró mientras se limpiaba la boca con una de las servilletas.
—¿Cómo que asustada e importante? ¿Qué has hecho? ¿Estás en problemas? ¿Qué te ha pasado en la cara?—cuestionó con su habitual escrutinio, ese que tanto odiaba y que tanto echaba de menos cuando no lo sufría—¿Por qué tienes media cara roja?
—Porque me acabo de estampar contra una mole humana justo en la puerta.
—¿Qué?
—Lo que oyes… Venía corriendo porque sabía que llegaba tarde, y justo al entrar salía un tipo y hemos chocado. He llegado a creer que me había roto la mandíbula.
—¿Te acabas de chocar con un tipo en la puerta del bar?—repitió incrédula, aunque por como empezaba a sonreír sabía que era simplemente para asegurarse y reírse a consciencia.—¿Y ha surgido el flechazo como en las películas? Dios, tienes toda la cara enrojecida…
—Tal vez porque casi me la rompe—repliqué con sarcasmo procurando mostrarme seria, aunque la situación había sido tan ridícula que me resultaba complicado hacerlo.—Ni siquiera sé cómo no te has enterado, el golpe lo ha debido oír incluso mamá.
—Pues no he visto ni oído nada. ¿Quién era el tipo?
—No lo sé, pero justo salía del bar…
—¿No me digas que ha sido con el tipo que estaba en la barra?—preguntó tras lanzar una mirada hacia la misma.
—No sé, no lo conozco.
—Yo tampoco, pero justo en la barra había un tipo de casi dos metros que me ha mirado fatal al entrar, con desprecio. Debe ser un capullo… Oh, mira… Ahí vuelve, ¿Es ese… Oh Dios?—musitó tan rápido que ni siquiera me dio tiempo a girarme y mirar a través del ventanal por donde, según Frannie, había vuelto a aparecer el tipo. Así que automáticamente lancé la mirada hacia la entrada y aguardé un par de segundos a que volviese a aparecer, sin percatarme de como Frannie se había quedado en completo silencio, y probablemente no me quitaba ojo de encima.
En ese momento no supe el motivo que la había llevado a actuar así, pero me bastó ver como el tipo entraba en el bar y saber la respuesta rápidamente. Y no por él, precisamente, porque seguía siendo un completo desconocido, sino por quien seguía sus pasos hacia el interior del bar completamente sumida en una conversación telefónica.
Tal vez palidecí o quizás el color rojo de mi cara por culpa del golpe aumentó. No lo puedo saber porque me resultaba imposible saber lo que me estaba ocurriendo, pero de que me quedé paralizada por completo como una idiota sí que me percaté, y supuse que ella también.
Habían pasado cinco meses desde la última vez que la vi, desde que la vi salir de la casa de Robert envuelta en lágrimas por cargar su delicada consciencia con la mayor de las culpas tras mis desastrosa manera de afrontar mis relaciones. Cinco meses sin saber prácticamente nada de ella, excepto que estaba bien, que seguía llevando su vida tal y como quería, detalles que pude averiguar gracias a las varias visitas que mi hermana le hacía en la librería.
¿Curioso, verdad? Mi propia hermana se había convertido en mi único nexo de unión con Rachel, o mejor dicho en nuestro mensajero, en quien con una sutileza casi exquisita y sin levantar sospechas, se encargaba de informarnos de nuestras vidas sin que ni siquiera ambas lo pretendiésemos.
Era ella quien cada dos o tres semanas, en alguna de nuestras tantas conversaciones por teléfono, me dejaba caer que había ido a comprar algún libro y que había visto a Rachel. Yo me limitaba a preguntarle si la había visto bien o no, y ella, conectando con mis sentimientos, sabiendo que lo mejor para mí era simplemente saber ese pequeño detalle, me respondía con dos simples palabras que me hacían sonreír, unas veces de alegría y otras con resignación, por supuesto.
Como siempre.
Nunca antes dos palabras me habían dicho tanto, y nunca antes había necesitado tan poco para centrarme en mi vida y no en la de los demás.
Rachel estaba como siempre, esa era la respuesta de mi hermana cada vez que le preguntaba por ella, y en aquel instante cuando la vi entrar en el bar supe que no mentía. Al menos no en apariencia, porque seguía exactamente igual, y me hizo saber al verla que yo también seguía igual. Que tras cinco meses alejada de Denver, ayudándome de la vorágine que supone empezar de nuevo una vida desde cero al instalarme en Los Ángeles para no dejar que nuestra despedida siguiera doliéndome, seguía igual. Seguía sintiendo lo mismo que sentía cuando la besé por última vez, o tal vez incluso algo más. Seguía sintiendo lo mismo que cuando me auto convencí de que alejarme de ella era lo mejor para ambas, pero sobre todo para ella. Porque era real, porque lo que más deseaba era que fuese feliz y sabía que bajo mi influencia, no la ayudaría a ello. Porque me estaba metiendo en su vida y las circunstancias hacían más factible que se pusiera de mi lado, aun estando enamorada de su marido como lo estaba.
Ni en el más remoto de los casos me habría aventurado a romper su matrimonio, por mucho que me hubiera empezado a doler no estar cerca de ella. Y si para ello, para que la culpa y la influencia no le pesara tenía que alejarme como lo hice, e instalar un muro entre las dos con aquel pacto de no ponernos en contacto, lo haría como lo hice una mil veces.
Habría hecho cualquier cosa si el resultado me llevaba a verla como lo hice en aquel instante. Y a pesar de que por algunos momentos durante nuestra despedida intuí que incluso había llegado a odiarme, supe en aquel preciso instante que todo fue producto de mi imaginación. Su sorpresa y la sonrisa que dibujó al verme bien me lo hizo saber.
Una sonrisa que a mí, al igual que a ella al quedarse completamente paralizada en mitad del salón del bar, me dejó suspendida en el aire, como si esa gravedad de la que tanto solía hablar dejase de existir para mí y mi cuerpo flotara. Y volvió. Volvieron a mí los pensamientos, las escenas, las imágenes de Saturno y sus anillos. El cometa Lovejoy y lo bien que se sentía dormir junto a ella. Volvió a mí su tatuaje, su planisferio y el brillo de sus ojos recordando a su padre. Volvieron tantas cosas que había mantenido guardado con firmeza durante estos meses, que perdí el habla, y la capacidad de reacción, por supuesto. Y si no llega a ser por mi hermana y la patada que me dio bajo la mesa, habría mantenido el shock incluso cuando se presentó frente a nosotras y se disponía a saludarme como lo había hecho siempre, aunque mi reacción la llevó a dudar hasta tal punto de ni siquiera intentarlo.
—Quinn…—La escuché decir después de que el dolor del puntapié me despertara del letargo, y automáticamente me puse de pie—Oh Dios, Quinn… —Susurró sin borrar la sonrisa de su rostro.
—Hey… Hola—musité sintiendo como me costaba hablar.
—¿Cómo…? ¿Cómo estás? No sabía que estuvieses en Denver—añadió mirando de soslayo a mi hermana—Hey… Hola ¿Cómo estás, Frannie?
—Mejor que nunca—le respondió mi hermana con la boca llena, o eso supuse al escuchar su voz. Ni siquiera me molesté en mirarla, mis ojos estaba fijos en ella. En Rachel, en mi chica galáctica.
—Me alegro—musitó regresando a mí—¿Y tú? Te veo… Te veo muy bien.
—Gracias, estoy bien—le dije tan patéticamente que creí que mi hermana estaría riéndose de mí hasta el día del juicio final—¿Y tú?
—Bien, muy bien… He, he venido a comer algo con mi hermano—soltó señalando hacia el tipo que, segundos antes, curiosamente, también me había hecho ver las estrellas, pero no como ella solía hacer.
No fui yo quien reaccionó, sino mi hermana que rápidamente se giró para contemplar al Capitán América, como yo lo había bautizado.
—¿Tú hermano?—masculló tras aclararse la garganta con un sorbo de agua—¿Ese es tu hermano?—añadió señalándolo sin más.—¿Tu hermano el que…?
—El mismo—intervino Rachel mientras yo vagaba con la mirada entre él, que esperaba pacientemente en una de las mesas más alejadas y mirándonos curioso, y ella, que seguía allí, a apenas un par de palmos de mí.
—Oh Dios mío. Pero si… ¿Cómo ha crecido tanto? Era un mocoso cuando…
—Ya ves…—La interrumpió Rachel, que de nuevo volvió a mirarme y a hablarme sin palabras. Lo hizo para avisarme de que su hermano no estaba al corriente de nuestros encuentros como mi hermana le dejó entrever que si estaba. Y eso me hizo reaccionar al fin.
—Te veo muy bien—le dije evitando que mi hermana volviera a cuestionarla.
—Tú también lo estás. ¿Has…? ¿Has vuelto para..?
—Solo unos días, para celebrar Navidad y poco más.
—Oh, bien… Me, me alegro mucho. Hace unos días me encontré con tu padre, pero no me dijo nada de que fueses a venir.
—Ni siquiera yo lo sabía. Ha surgido a última hora.
—Oh… Bueno, pues… Espero, espero que te lo pases bien. Eh… ¿Todo bien en Los Ángeles?
—Sí, todo muy bien. ¿Y en la librería? ¿La editorial?
—Eh… Como siempre—respondió escuetamente—Todo bien—añadió y yo supe que no quería hablar demasiado de ello. Al menos, la mirada de soslayo hacia su hermano y hacia Frannie así me lo hizo saber. –Ya sabes, es un mundo tranquilo…
—Ya, imagino—balbuceé perdiéndome en sus ojos, y provocando un silencio incómodo que ella supo aniquilar lo más rápido que pudo con la cordura lógica y necesaria en esas situaciones.
—Bueno, será mejor que vaya con mi hermano, lleva una media hora esperándome—se excusó algo forzada—. En dos horas nos marchamos y no quiere salir de viaje sin comer.
—¿Os marcháis?
—Eh… Sí, voy, voy a Oklahoma a pasar unos días con mi familia.
—Oh… Ok, entonces vamos… Ve, no lo hagas esperar.—Solté sin más, siendo consciente de como aquellas palabras salieron de mi por pura inercia, pero no porque deseara decirlas.
De todos los encuentros que habíamos tenido, de todas las veces que nos habíamos visto, aquella sin duda fue la más extraña de todas. Y no precisamente por las circunstancias, ni porque estuviésemos en presencia de nuestros propios hermanos, de hecho, yo me olvidé por completo de Frannie, sino porque su gesto dejaba entrever que había algo más. Algo que nos mantuvo allí, la una frente a la otra sin dar un paso más para romper una barrera invisible que en ningún momento habíamos decidido instalar. Al menos no estando cerca, claro. Porque no llamarnos, el no ponernos en contacto mientras estuviésemos lejos, solo era una manera de no influenciarnos hasta poner en orden nuestras vidas. Saludarnos después de cinco meses sin vernos no debía cohibirnos como lo hizo en aquel instante.
—Tú tampoco deberías esperar para comerte eso, se te va a enfriar—dijo señalando hacia el plato que Nick había dejado frente a mi hermana, y que yo ni siquiera había visto poner.
—No dejaré que se enfríe, antes me lo como yo—intervino Frannie provocando su sonrisa.
—En ese caso, más vale que te des prisa antes de que se lo coma—añadió ella mirándome de nuevo.—Me alegra volver a verte, Quinn.
—Yo, yo también me alegro—balbuceé sabiendo que deseaba alejarse, que sentía esa necesidad. Y no volví a oír nada más, ni siquiera recuerdo si le dije algo, solo sé que Rachel se limitó a sonreírme y que cuando quise darme cuenta estaba sentada frente a un taco, con mi hermana sin quitarme el ojo de encima mientras ella regresaba junto al Capitán América y tomaba asiento frente a él, que al igual que mi hermana, no perdía detalle de nuestros gestos.
—Un espejismo, pensé que volvías a ser la misma después de estar en Los Ángeles pero me acabas de demostrar que no—dijo mi hermana tras varios segundos en silencio en los que había regresado a su comida.
—¿Qué?
—Nada… Las cosas del destino, ¿verdad?
—¿Destino?—mascullé y ella sonrió.
—Me refiero a que 20 años después, ese tipo siga haciéndole daño a mi hermana pequeña.—Me replicó divertida—Si hubieses sido la misma que entonces, ahora habrías ido a decirle cuatro cosas a ese mastodonte que Rachel tiene como hermano, por cierto… ¿Qué clase de genes son esos? Él es un gigante y ella es tan pequeña que da miedo. Ahí hay algo raro… ¿No será adoptada?—inquirió y yo la miré realmente confusa por la cantidad de hipótesis que estaba soltando en apenas un minuto. –Ok, déjalo porque veo que tus neuronas están prácticamente desconectadas. ¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿Cómo qué y bien qué?—repitió armándose de paciencia ante mi incongruencia mental—¿Para qué se supone que hemos quedado? ¿Para comer y que se te caiga la baba con esa mujer? No me apetece verte así de idiota.
—¿Qué? No digas estupideces.
—Quinn, a estas alturas de mi vida no me voy a escandalizar porque se te caiga la baba por una mujer, de hecho, ni me importa… Aunque lógicamente, que esa mujer esté casada no es lo más adecuado, pero estaba convencida de que me habías dicho que querías un consejo y hablar de algo importante… ¿Me lo vas a decir o vas a dejar que por su culpa me quede con la curiosidad?—me recriminó con tanto sarcasmo, que ni siquiera tuve tiempo a ruborizarme o sentirme mal por lo que me había dicho, porque me dejase entrever que mi debilidad por Rachel era ya un hecho para ella, y no una simple intuición como meses atrás. Así que ni siquiera le reproché sus palabras y fui directamente a centrarme en lo que me había llevado hasta allí, aunque fuese toda una odisea teniéndola a la vista. —¿Y bien?—insistió tras mi última mirada fugaz hacia Rachel.
—Es… Es un asunto de trabajo—le dije tomando la comida de mi plato como referencia para evitar descentrarme. Comida que por culpa de los nervios, dejó de apetecerme.
—¿Trabajo?
—Sí, me, me han ofrecido un trabajo nuevo y no sé qué hacer.
—¿Un nuevo trabajo de qué? ¿No tenías muchos encargos de esa tienda de decoración?
—Sí, de hecho ese es el problema. Hace unos días vino un empresario a visitarme al estudio dispuesto a contratarme para que decore con un mural mío uno de los edificios de su empresa, situado en pleno downtown de los Ángeles.
—¿Un mural en un edificio?
—Así es. Ni siquiera sé la temática ni nada, porque no sé de qué es la empresa… Solo sé que es uno que casi alberga 10 plantas, por lo que se supone que el mural tiene que ser estratosférico.
—Pero… Eso es genial, ¿No? Quiero decir, es un proyecto bastante interesante…
—Lo es, claro que lo es—repetí sin poder evitar desviar mi mirada hacia Rachel, que justo en ese instante era atendida por Nick—Es algo espectacular si se lleva a cabo.
—¿Y cuál es el problema? ¿El dinero?
—No, para nada… El problema es que me da miedo lanzarme. Si, si acepto esa propuesta voy a estar durante muchos meses ocupada, y no podré atender los encargos de la tienda. No podré hacer tantos cuadros como vengo haciendo y…
—¿Y?
—¿Y si sale mal? Ya, ya he pasado por eso, ya sé lo que es dejar un buen trabajo para aventurarte en otro, y tener que dejarlo. Ahora mismo estoy bien en Los Ángeles, lo que hago me gusta y me alcanza para vivir bien dentro de lo que cabe, las chicas de la tienda de decoración están encantadas con mis cuadros y venden muchos. No sé, he tenido suerte de que Chad me consiguiera ese trabajo, de no ser por él ahora mismo estaría vendiendo dibujos en algún parque. ¿Qué pasa si vuelvo a equivocarme?
—No puedes comparar eso con lo que te pasó en la editorial, Quinn. No tiene nada que ver…
—Es dejar una cosa para emprender otra más grande.
—Tú hiciste lo contrario, dejaste algo grande para meterte en un lugar más pequeño. Además, no lo hiciste por ti, lo hiciste por Robert.
—Eso da igual, la situación es la misma.
—No, no es la misma, Quinn. No es lo mismo equivocarte por ti misma, que equivocarte por los demás. No es lo mismo arriesgarte por ti misma, que arriesgarse por los demás. No es lo mismo y lo sabes. Es tu vida, y tú eres la que valoras si quieres, puedes y debes dar esos pasos y arriesgarte. Nadie te obliga a nada. –Me dijo recuperando esa seriedad tan suya que tanto me imponía.
—No es fácil.
—Nadie ha dicho que lo sea, pero tienes algo realmente importante en lo que asentarte al tomar una decisión, y es que nadie depende de ella, más que tú. –Sentenció segundos antes de apurar el último trozo de su taco, permitiéndome ese valioso tiempo para pensar, o mejor dicho, para hacer lo que intentaba evitar a toda costa desde que le expuse mi situación; Mirar a Rachel.
Imagino lo que debe ser luchar contra la fuerza gravitatoria de un agujero negro, y me rio al compararlo con el esfuerzo sobre humano que tenía que hacer por evitar que mis ojos se desviasen hacia ella mientras hablaba con mi hermana. Cuando llegaba un receso de la conversación como aquel, me era prácticamente imposible y terminaba centrando mi mirada sobre ella, sobre sus gestos mientras Nick les atendía en la mesa y su sonrisa al darle las gracias por la amabilidad. Y de nuevo me perdía, y de nuevo era mi hermana quien tenía que sacarme de mi embelesamiento a base de puntapiés bajo la mesa.
—Ups… Perdón—se excusó antes de que pudiese recriminarle su nueva patada—¿Se lo has comentado a las chicas de la tienda?—añadió recuperando la conversación.
—No… Claro que no.
—¿Y crees que se molestarán?
—Pues no lo sé. Pero que no podré atender todos los pedidos es evidente. Pintar un mural en un edificio no se hace en un par de días.
—Y también te da repercusión.
—¿Qué?
—Puedes planteárselo de esa manera, Quinn. Ahora mismo haces cuadros para varias tiendas de decoración, y yo cuando voy a comprar un cuadro en algún lugar así, simplemente lo compro porque me gusta y no tengo ni idea de quien lo ha pintado. Si haces ese mural, estoy convencida de que te va a dar más repercusión, de que la gente empezará a conocerte y entonces… Vender cuadros en esas tiendas será diferente. La gente no mirará solo que el cuadro combine con sus paredes o sus muebles, sino que verán su firma y sabrán que eres una artista reconocida.
—Claro… Como Diego Rivera o Picasso, ¿no?—me burlé, pero ella parecía hablar completamente en serio.
—Quinn, que un edificio en pleno centro de Los Ángeles lleve un mural tuyo, te va a dar fama sí o sí, no importa si a gran escala o solo en tu mundo profesional, y de ambas maneras te conviene. Si después de ello tienes que volver a pintar cuadros para tiendas de decoración, estoy convencida de que no muchos artistas llevaran en su portafolios una obra como esa… ¿O sí?
—No… Claro que no—balbuceé siendo consciente de la situación, y de cómo sus conclusiones podrían ser perfectamente lógicas.
—¿Entonces? ¿Dónde está el problema?—insistió completamente convencida—Mira Quinn, hay días en la vida de las personas que marcan un antes y un después en tu mundo, y estoy convencida de que hoy es uno de esos días para ti. Es una oportunidad genial, es una prueba de fuego perfecta para ver donde está tu límite. El miedo no sirve de nada… —Añadió, pero mi mente se había detenido en un pequeño detalle de su sermón, a priori sin importancia para ella, pero que rápidamente me llevó a quien me miraba a tres o cuatro metros de mi mesa.
Hoy es uno de esos días que marcan un antes y un después en tu mundo, escuché repetir en mi mente y rápidamente fui consciente de la certeza de aquella expresión. 18 de Diciembre, ese era el día, su día, el cumpleaños de quien había vuelto a aparecer después de cinco meses.
Rachel y yo volvíamos a encontrarnos en el día de su cumpleaños, y me había olvidado por completo hasta ese preciso instante. Y contenta con volver en esa fecha tan señalada y especial para nosotras, lo hizo acompañada de quien hacía 20 años me unió a ella.
Tan surrealista como real. Una completa locura que no tardó en adueñarse de mi mente y provocar que frente a mi hermana, conectase el modo automático de respuestas.
—Si es por dinero, si necesitas algo ya sabes que puedes pedírmelo… —La escuché continuar después de un nuevo sermón al que ni siquiera presté atención.
—No se trata de dinero, ya te he dicho que por ahora…—Balbuceé procurando no perder el hilo de la conversación de nuevo.
—Lo sé, pero no me importa nada repetírtelo por si acaso lo olvidas—me interrumpió contundente—No seas idiota, Quinn. Piénsatelo, pero no tengas miedo. Recuerda, caer sabiendo que vas a caer, no es tan malo como caer desprevenida y las cosas suceden porque tienen que suceder…—Añadió dejándome pensativa, y sin ser consciente de como había empezado a recoger sus cosas y parecía dar por finalizado nuestro almuerzo. De hecho, no me di cuenta de lo que pretendía hasta que vi cómo se colgaba el bolso y hacía ademan de levantarse de la mesa. Yo ni siquiera había probado mi taco.
—¿Qué haces? ¿Dónde vas?
—A mi casa, o probablemente a casa de mamá y papá, depende del tiempo.
—¿Qué? ¿Nos vamos? Si ni siquiera me ha dado tiempo a…
—Quinn, ésta noche si quieres te vienes a casa y hablamos con más calma, pero ahora mismo me voy a marchar por dos motivos: Una, que después de comer como lo he hecho, me entran unas ganas horribles de vomitar por culpa del olor del bar y tengo que salir de aquí cuanto antes. Además me duele el trasero de estar sentada en esta silla y tengo los pies hinchados con éstos zapatos. Y dos, creo que tienes algo más importante que aclarar o solucionar, o lo que sea… Y no es conmigo—susurró antes de levantarse por completo. –Así que disfruta de tu taco… Y de tu… Bueno, de lo que quiera que seáis.
—¿Qué? No, espera Frannie… Ni se te ocurra dejarme sola, yo me marcho contigo…
—Tú te quedas. Te vas a comer ese taco y vas a esperar a tener tu oportunidad de hablar con ella… O tal vez a vengarte de él—concluyó regalándome un guiño de ojos antes de besar mi cabeza para despedirse—Avísame si vienes a casa, te estaré esperando—añadió dejándome completamente en silencio mientras la veía buscar con la mirada a Rachel, y despedirse de ella con un simple gesto de su mano y una sonrisa que Rachel emitió a la perfección. Segundos después, y tras volverme a mirar me dejaba allí completamente a solas con mi taco, sabiendo que odiaba verme en una situación como aquella y que por mucha hambre que tuviera, los nervios no me iban a dejar comer un solo bocado. Mucho menos si mi visión quedaba completamente abierta hacia ella. Sin mi hermana frente a mí, mis ojos no tenían otro lugar hacia el que dirigirse que no fuese ella y su hermano, y eso convertía la escena en un imposible para mí.
Ni siquiera el día de la despedida estuve tan nerviosa como en aquel instante, o tal vez sí, pero tenía la certeza de poder camuflarlo con soltura para evitar que ella se sintiera peor aún de lo que ya lo hacía. Sin embargo en aquel momento no sabía cómo actuar, no tenía ni idea de lo que podía rondar por su mente, más la extraña sensación que me había invadido al ser consciente de día concreto que era.
Verme completamente expuesta tampoco me ayudó demasiado. La sorpresa en Rachel no se hizo esperar al ver como mi hermana se marchaba, y su mirada confusa sobre mí tampoco. Aunque supuse que la comida intacta sobre mi mesa le hizo creer que no tenía más remedio que quedarme allí, aunque fuese sin compañía. Lo único que yo deseaba era que no se sintiera en la obligación de invitarme a que les acompañara, porque de tener que hacerlo no estaba segura de poder comportarme como una persona normal frente a su hermano.
Por si acaso, ni me lo pensé.
Apenas había un par de clientes en la barra y solo dos mesas más aparte de las nuestras ocupadas, así que tomé mi plato con el taco, mi cerveza y me fui directamente hacia uno de los rincones de la barra, donde siempre solía ponerme cuando acudía al bar, y acompañada con la presencia de Nick, que aprovechaba cualquier momento de tranquilidad para acercarse y contarme sus historias.
Y esa fue mi excusa.
No es que le prestase demasiada atención al bueno de Nick, pero dadas las circunstancias, escucharlo me ayudó al menos a centrarme un poco más en lo que quería y debía hacer en aquel momento. Y no me refería a comerme el dichoso taco, sino a Rachel.
Mi hermana me había dejado a solas con la intención de que pudiese hablar con ella, porque sabía y había sido testigo de nuestra estupidez cuando lo hacíamos en presencia de alguien, pero junto a Rachel estaba su hermano. Y cuando acabasen de comer, lo lógico es que se marchara junto a él tal y como había dejado entrever cuando nos saludamos. Así que tenía que pensar, buscar una idea para poder al menos tener un par de minutos con ella a solas.
30 minutos perdidos en pensamientos que no sirvieron para nada. 30 minutos en los que lo único provechoso que hice fue dar un par de bocados al taco, y beberme media cerveza. Cerveza que estuve a punto de escupir cuando noté el movimiento en la mesa, sin siquiera mirar directamente, y supe que había llegado el momento.
Para mi sorpresa, el único que pasó a escasos metros de mí fue el Capitán América, y lo hizo regalándome una sonrisa mientras se acomodaba la chaqueta y se dirigía hacia la puerta. Detrás de él, aún en la mesa, Rachel permanecía sentada sin dejar de mirarme, con una media sonrisa que me contagió acabando con todos y cada uno de los nervios y las dudas que me habían mantenido bloqueada en aquellos minutos.
Me estaba esperando, al igual que yo la había estado esperando a ella. Y ni siquiera me lo pensé. Le pedí a Nick un par de copas de vino y deseché el resto del taco excusándome en la falta de apetito. Cuando tuve las copas frente a mí, las tomé y fui directamente hacia su mesa, asegurándome con la mirada que aquel asiento que había dejado libre su hermano, me esperaba a mí.
De nuevo su sonrisa me respondió, más aún cuando llegué junto a ella y me invitó a que tomara asiento con tímido y sutil gesto de su mano, sin dejar de sonreír y por supuesto, sin apartar la mirada de mis ojos.
—No tengo mucho tiempo, le he pedido a mi hermano que fuese a echar gasolina al coche y regresara a por mí—me dijo rápidamente, y yo noté como mi seguridad fingida sacó a relucir sus adorables nervios. No dije nada. Me limité a sonreírle mientras me sentaba y le ofrecía la copa.—¿Esto es para mí?
—Feliz cumpleaños—le respondí y el brillo en sus ojos acabó con todo vestigio de duda o miedo por enfrentarme a ella. Incluidos los nervios.
Mi sedante natural, mi calma, el único ser en el mundo, en mi universo, capaz de provocarme esa sensación cuando estaba a punto de colapsar. Mi chica galáctica.
—Lo has recordado…
—Te confieso que por pura casualidad. Llevo unos meses con tantas cosas en mi cabeza, que…
—No es necesario que te excuses—musitó ofreciéndome la copa para que brindase con ella.
—No ninguna excusa, es la verdad.
—Bueno… Pero te has acordado, eso es lo importante. Y que me vas a regalar un brindis—dijo alzando su copa y yo procedí a rozar la mía con ella.
—Por los encuentros—susurré complacida.
—Por las promesas que se cumplen—añadió ella segundos antes de dar el primero de los sorbos. Al igual que hice yo, sin apartar la mirada de sus ojos. De hecho, puedo jurar que no dejamos de mirarnos en ningún momento mientras estuvimos allí, frente a frente.—No sé si preguntarte cómo estás—dijo tras varios segundos en silencio—No quiero quedar como una hipócrita.
—¿Cómo? ¿A qué te refieres?
—Veo que tu hermana no te ha contado nada.
—¿Mi hermana? No entiendo, ¿Qué me tiene que contar?
—Que no he podido resistir la tentación de preguntarle cada vez que nos hemos visto en la librería. Qué sé más de tu vida que probablemente tú de la mía.
—Oh… Es eso.
—No lo sabías, ¿verdad?
—Y concretamente, ¿qué es lo que te ha dicho de mí?
—Pues… Que estás haciendo exactamente lo que tenías que hacer. Que has vuelto a empezar desde cero en Los Ángeles, que unas tiendas están comprándote cuadros para venderlos y que… Tienes incluso un pequeño estudio—sonrió feliz, sabiendo que ese detalle era algo que a ella le fascinaba.
—Veo que te ha informado bien.
—Bueno, solo son pequeños detalles… Pero para mí han sido suficientes.
—En realidad creo que te lo ha puesto todo más bonito de lo que es. No vendo mis cuadros a varias tiendas, en realidad ellas me los venden al público. Y más que un estudio, lo que tengo es un pequeño trastero que he podido alquilar a un amigo de Chad. Apenas me caben unos cuantos lienzos y un caballete.
—Oh… Bueno, pero es tu estudio, y haces lo que quieres, ¿no?
—Sí, en eso sí que te ha dicho la verdad.—Le dije sin dejar de mirarla— Aunque era eso o no poder vivir con Chad. Su apartamento es tan perfecto que no me habría permitido meter un solo bote de pintura.—Añadí encontrándome con su sonrisa de nuevo, aunque mucho más tímida de lo habitual. —¿Y tú? ¿Qué tal te ha ido? Frannie solo me ha dicho que sigues igual, como siempre…
—Es la mejor respuesta que puede darte.
—¿Por qué?
—Porque eso significa que todo está como debería estar, ¿no?
—Eh… Sí, pero también me hubiera gustado escuchar que todo va a mejor. ¿No ha cambiado nada en tu vida en todo éste tiempo?
—Algunas cosas sí, pero supongo que no son temas para hablar con tu hermana—me respondió eliminando por completo la sonrisa que había mantenido durante toda la conversación. Y eso me puso en alerta.
—Tienes razón—le dije sintiendo como la preocupación volvía a instalarse en mí, tanto que no dejé pasar un solo segundo en intentar desviar la conversación hacia otro punto más agradable para ella. –Así que vas a pasar las navidades en Oklahoma…
—Ajam…
—¿Y Jesse? ¿Cómo está?
—Bien… Supongo—balbuceó y definitivamente supe que algo estaba sucediendo.
—¿Supones?
—Jesse está en Chicago, así que supongo que sí, que estará bien.
—¿Chicago? ¿Mucho trabajo con la editorial?
—No… Con la editorial precisamente no—murmuró tras varios segundos en silencio en los que intuí que ordenaba sus pensamientos y buscaba las palabras adecuadas. Más tarde supe que simplemente hacía un esfuerzo sobre humano por no derrumbarse—Está, está con su padre. Ha tomado una nueva decisión para su futuro profesional y ahora quiere… Quiere seguir los pasos de su padre y meterse en la industria de la música. Está allí teniendo reuniones y demás…
—¿En el mundo de la música? ¿Quiere ser productor?
—Así es… Y probablemente representante de artistas. –Respondió completamente resignada.
—Pero… ¿Y la editorial?
—La va a vender al mejor postor—soltó y las palabras de mi padre no tardaron en rondar por mi mente. –Se ha cansado de los libros, dice que ese no es su mundo y no puede seguir fingiendo que le gusta.
—Pero… ¿Y tus librerías?
—Por ahora seguirán abiertas, pero de manera individual. No tendrá nada que ver con la editorial, y yo seguiré a cargo de ellas—Dijo sin poder evitar que la voz se le quebrase por momentos. Y un suspiro se escapó de ella helándome.
Un suspiro que me demostraba una nueva cara, o tal vez la que había estado ocultando durante éstos meses. Rachel parecía completamente abatida, tanto que incluso empecé a notarle unas intensas ojeras que no había logrado percibir hasta ese instante. Estaba triste, demasiado o yo me estaba volviendo paranoica.
Por desgracia no era esa la excusa. No eran paranoias mías, ni era una percepción influenciada por el malestar que Jesse me produjo al cumplir todas y cada una de las previsiones que mi padre me dio de él. Rachel había ensombrecido, había bajado la guardia hasta casi no poder evitar que las lágrimas empezaran a abordar sus ojos, y la comisura de sus labios cayesen destruyendo la gravedad de su sonrisa, y regalándome un gesto que me hizo temer lo peor.
—Rach…—Susurré, y supuse que mi sutileza no quebró por completo su firmeza.
—Lo, lo siento… Tengo que ir al baño—se excusó adueñándose de su bolso tan rápido como su voz salía acompañada por el primero de los sollozos, y una lágrima cruzaba su mejilla dejándome completamente en shock. Por suerte, apenas me duró un par de segundos. Justo el tiempo que tardé en reaccionar al verla desaparecer en el interior del baño, y comprender que yo tenía que seguirla.
Y eso hice. Me levanté de la mesa dejando todo sobre ella, y avisé a Nick para que se mantuviera alerta. Supuse que el gesto serio de mi cara y la rapidez con la que Rachel se precipitó sobre el baño, fue suficiente para él y supo que algo le sucedía. Se limitó a asentirme antes de que yo siguiera los mismos pasos de Rachel, y me colase en el interior del baño. Nada más verla frente a uno de los espejos cubriéndose el rostro con las manos, y un llanto que se intuia mas que escuchar, supe que mi corazón se había roto de nuevo.
—Rachel…—Susurré acercándome a ella hasta acariciar su espalda y buscar algún resquicio entre sus manos para ver su cara.
—Lo, lo siento Quinn—balbuceó tratando de serenar la respiración—Sabes que no me gusta llorar en público.
—Y yo me empeño en hacerte llorar en público—musité tratando de aliviarla al menos con algo de humor.
—No, no me has hecho llorar tú, Quinn. Es, es que ya no puedo más… He intentado ser fuerte pero contigo… Me es imposible.
—¿Ser fuerte? Eres la mujer más fuerte que he conocido en mi vida, y te recuerdo que soy hermana de Frannie Fabray.
—No, no lo soy, Quinn. Ni soy fuerte ni inteligente, ni capaz…
—¿De qué hablas? ¿Por qué dices esas cosas?—la interrogué sin temor alguno al lanzarme a secar una a una todas las lágrimas que iban cayendo por sus mejillas.
—Jesse, Jesse no está bien—susurró conmovida—Él no está bien, no estamos bien, Quinn… Y yo no sé qué más hacer, yo no sé cómo retenerlo.—No dije nada. Preferí guardar silencio y regalarle algunos segundos en los que pudiese ordenar las palabras y contener la respiración agitada de su pecho.—No ha sabido olvidar, no es capaz de olvidar nuestra historia—prosiguió sin mirarme a los ojos—Él no puede, el rencor es superior y hace un par de meses que me dijo que necesitaba tiempo, que tenía que alejarse de todo lo que le recordaba a lo nuestro y meditar. Y le estoy perdiendo, Quinn. Sé que le estoy perdiendo y no sé qué hacer. Nunca debí ocultarle quien eras, tal vez si se lo hubiese dicho desde el principio…
Destruida.
Destrozada.
Jamás, nunca jamás en mi vida había tenido una sensación tan dolorosa como la que tuve en aquel instante al escucharla, al ser consciente de lo que mi presencia había logrado provocar en alguien tan bello, en alguien tan especial como ella. Juro que jamás me sentí tan jodidamente mal, y si a ello le sumabas el ser consciente de como su corazón se rompía por no tenerlo a él cerca, la devastación en mi interior fue brutal. Y aun así, aun viendo como su propia vida se derrumbada, no me acusó en ningún momento, no me culpó ni un solo segundo de todo lo que le estaba sucediendo. Sino todo lo contrario, se empeñaba en hacerme ver que yo solo había sido una bendición para ella, y necesitaba en todo momento saber cómo era mi vida, como había sabido salir adelante.
—¿Por qué no me has llamado, Rachel? ¿Por qué no…?
—Porque no quería romper el pacto que hicimos.—Balbuceó—Porque tú también necesitas tu espacio, yo precisamente te lo pedí… Cada una arregla su mundo a su manera, ¿no es cierto? Además, guardo la esperanza de lograr que todo vuelva a ser como antes. Sé, sé que él me quiere, y el amor todo lo puede… ¿verdad? ¿Cuánto tiempo puede estar una persona alejada de quien ama solo por rencor?—me preguntó como si tuviera la respuesta acertada, como si creyese firmemente en que el amor era lo único que dos personas necesitaban para estar juntas.
Obviamente no lo creía, porque la experiencia me lo había demostrado con creces, y fueron muchas las noches que terminé llorando, aferrada a la almohada y acordándome de Robert. De hecho, aún rondaba por mi mente de vez en cuando. Pero no quería acabar con aquella esperanza que guardaba, no quería romper aún más su corazón y que aquel encuentro fuese para ella un completo horror.
Fui paciente, porque necesitaba encontrar las palabras adecuadas para no convertirme en una hipócrita, pero tampoco en darle falsas esperanzas. Y aproveché ese momento para hacer lo que no había sido capaz de hacer cuando estaba Frannie presente. Abrazarla. Tirar de ella con sutileza y cobijarla entre mis brazos, permitiendo que siguiera desahogándose como tanto parecía necesitar. Y fue en ese instante, cuando fui consciente de que una vez más la tenía entre mis brazos, cuando encontré la respuesta perfecta.
—¿Sabes qué?—susurré buscando su rostro, adentrándome de nuevo en la tarea de secar sus lágrimas mientras la miraba, y procuraba sonreírle. –Había quedado hoy con mi hermana para pedirle consejo. Tenía una duda enorme por un tema laboral… Y pensé que ella era la única que iba a poder ayudarme a decidirme. En cuanto te he visto entrar por la puerta, supe qué decisión tomar.
—¿Qué decisión?—me preguntó tranquilizándose por segundos.
—La única que hace sentirme viva. La única que me va a dar la oportunidad de no tener miedo y seguir hacia adelante. Un nuevo encuentro y una nueva lección aprendida: Nunca te rindas, Quinn—dije mencionándome a mí misma y ampliando mi sonrisa para intentar contagiarla, aunque el gesto apenado de su rostro pareciera pétreo, casi eterno.—Tal vez también sea tu lección. Que yo te diga que nunca te rindas, que nunca te des por vencida si luchas por lo que más quieres. Tal vez hoy estemos destinadas a encontrarnos para recordar que no debemos rendirnos y seguir adelante sin miedo. Luchando por lo que queremos y deseamos. Por lo que nos hace felices.
—Sigues… Sigues creyendo en el destino—balbuceó esbozando una tímida sonrisa que terminó por conquistarme más aún, y eso que ya sentía que me tenía en la palma de su mano.
—Nunca dejaré de creer, mi chica galáctica.
—Oh… Dios, hace tanto que no me llamas así…
—Bueno, tienes mi permiso para escucharlo cuando lo necesites. Sé que lo que peor puedo hacer ahora mismo es pedirte que me llames, no invitarte a que lo hagas si te sientes mal, porque es evidente que ya lo estás, sino pedirte, suplicarte que lo hagas cuando lo desees de veras. Aunque sea para escucharte, prometo no hacer ni decir nada que pueda influenciarte o perjudicarte, solo escucharte… Incluso, si quieres llorar estaré ahí.
—¿Quieres que te llame para que me escuches llorar?
—Quiero que me llames si me necesitas, Rachel. Yo, yo no puedo hacerlo. Yo no puedo llamarte y cuestionarte cada día si estás o no estás bien, pero tú si puedes hacerlo cuando lo desees. Y te pido que lo hagas sin dudarlo.—Le dije justo cuando precisamente, el sonido de su teléfono móvil nos interrumpía. Rachel sacó el mismo del interior del bolso y lo miró por algunos segundos en los que al fin, logró controlar la congoja del llanto, y secar sus lágrimas, con mi ayuda, por completo. —¿Tu hermano?—le pregunté al ver de soslayo una imagen de ambos juntos en la pantalla.
—Sí, está… Está llegando. Me tengo que marchar, Quinn. Tenemos que salir ya para Oklahoma y evitar que la noche se nos eche encima.
—Me parece perfecto. ¿Estás más calmada?
—No, pero supongo que lograré estarlo en unos minutos.
—Bien… Te dejaré a solas para que lo hagas. No te preocupes por tu hermano, yo le digo que ya sales…
—Gracias. Gracias por todo, Quinn. No sabes el bien que me hace volver a verte y saber que estás… Que estás así—añadió dibujando una sonrisa completamente sincera, desde el corazón. Y yo simplemente me limité a acariciar su mejilla, sabiendo que era lo más sensato y lo único que podía hacer para que supiera que estaba a su lado, y no romper la complicidad del momento. Porque en lo más profundo de mí ser y aunque luchase por ignorarlo, solo deseaba besarla.
—Recuerda, puedes llamarme cuando lo desees—le dije segundos antes de permitirle esos minutos a solas que sabía que necesitaba para recomponerse, aunque no fue lo último que le dije. Porque no pude evitarlo, porque sentía que tenía que decírselo a pesar de lo que pudiese llegar a entender. –Rachel…—susurré al llegar a la puerta y girándome de nuevo hacia ella—¿Me aceptas un consejo?—le pregunté y ella asintió sin más. Tragué saliva, y procurando que mi voz sonara con la mayor dulzura posible, me lancé—Si realmente quieres y deseas ser feliz, aléjate de lo que no te hace feliz.
Nada más. No dije una sola palabra más, porque eso era todo lo que tenía que decirle. Exactamente lo que me dijo mi hermana cinco meses atrás. Exactamente el mismo consejo que me repetí una y mil veces hasta tomar la decisión más importante de mi vida, y ser consciente de que no había otra manera de lograr esa felicidad.
Al igual que quien le tiene miedo a los acantilados, nunca se asoma al abismo. Quien quiere ser feliz, no debe acercarse a lo que no te otorga tal felicidad. Era el mensaje más claro, y siendo consciente de su situación, el más devastador para ella. Pero tenía que decírselo, tenía que ser sincera al igual que la insté a luchar.
Rachel, como era de esperar, tampoco me dijo nada más. Simplemente me miró. Cuando abandoné el servicio y salí al exterior, supe que lo había entendido, y que no le había molestado en absoluto que fuera así de honesta con ella. Pero antes de saberlo, tuve que enfrentarme a él, a su hermano, quien ya esperaba junto al coche, aparcado a escasos metros del bar.
Me apresuré en avisar a Nick para informarle que aquella cuenta que debían pagar, era cosa mía. Que yo me encargaba de ello, y después no dudé en salir a su encuentro. Y por el gesto sorprendido de su rostro, supuse que no lo esperaba en absoluto.
—Tu hermana está en el baño, no tardará en salir—le dije acercándome a él.
—Ok. Gracias por avisarme. ¿Estás mejor? Me refiero a… Bueno, al golpe.
—Sí, no te preocupes. No es la primera vez que alguien me golpea con esa fuerza—le dije con doble sentido, aunque lógicamente él no llegó a comprender.
—No, no tenía ni idea de que fueses amiga de Rachel. No sabía que tuviese amigas en Denver, pero ya me ha dicho que vives en California.
—Así es…
—Me alegro de que así sea, quiero decir no de que vivas en California, sino de que tenga a alguien aquí. No me gusta verla sola, y menos ahora.
—Ya… De todos modos, estoy convencida de que tú le puedes ayudar mucho más que cualquier amiga. Es tu hermana pequeña, y a las hermanas pequeñas siempre hay que protegerlas.
—Por eso estoy aquí—soltó contundente, provocándome una sensación de bienestar que no sabía que podría llegar a tener después de lo vivido. Fue certeza, fue esa seguridad que solo un hermano era capaz de transmitir lo que me tranquilizó, y lo que me hizo saber que a pesar de todo, Rachel estaba en las mejores manos.
—Cuídala, por favor…—Susurré intuyendo que se acercaba el final de aquel encuentro tan especial. Y no me equivoqué. Sus ojos, tan idénticos a los de Rachel que no llegué a comprender como no lo había reconocido cuando me choqué contra él, se desviaron por encima de mis hombros y supe que ella ya estaba allí. Que Rachel había abandonado el bar y se dirigía hacia nosotros.
Lo hacía con el paso firme y con serenidad, aunque sabía que la estaba forzando por el gesto tenso que aún seguía vistiendo su rostro. Pero sus ojos brillaban, y esa vez no lo hacían por la pena o las lágrimas, sino por algo que no supe ver en aquel instante, pero que me fascinó.
—El camarero se ha negado a cobrarme—me dijo nada más llegar junto a nosotros—Dice que lo has pagado tú.
—Privilegios de ser la hija del dueño—le respondí sonriéndole.
—Ya… Te debo una cena—musitó y yo me limité a guiñarle el ojo sin que su hermano pudiese percatarse de ello.
—¿Nos vamos? Empieza a hacerse tarde—dijo él y Rachel asintió.—Ha sido un placer—me dijo a mí, lanzándome la mano para saludarme. Gesto que yo acepté con agrado, a pesar de que aquellas manos fueron las que un día, me lanzaron al suelo desde mi columpio—Espero volver a verte pronto.
—Yo también—le dije segundos antes de que tomase la decisión, acertada por supuesto, de regresar al coche y dejarnos a solas para que pudiésemos despedirnos. Rachel aguardaba un tanto dudosa, sin saber muy bien cómo afrontar ese último momento en el que, una vez más, volvíamos a separarnos sin saber cuándo ni cómo volveríamos a vernos. Porque de eso, de que volveríamos a encontrarnos, ya ambas estábamos completamente convencidas.
—Gracias por todo, Quinn—volvió a decir, y a mí me sobraron las palabras. No lo dudé. Di un paso hacia ella y la abracé como tendría que haberlo hecho al saludarnos. Y no solo la abracé, sino que me atreví a besar su mejilla y llevarme conmigo ese olor que solía desprender tan alentador. Ese olor que siempre estuvo en mí, pero que necesitaba disfrutar cada cierto tiempo para recordarlo, y vivirlo. –Cuídate—me susurró, y ese fue su adiós.
Rachel se deshizo de mi abrazo y yo me permití el lujo de dejarla ir. Un lujo que no me supo mal porque me quedé tranquila, me quedé con la sensación de saber que no le mentí al decirle lo que le dije entre las cuatro paredes del baño del bar, porque en ésta vida no se puede hacer otra cosa más que luchar por lo que deseas, por lo que te hace feliz, y ella me supo entender. Supo comprender que solo así se consiguen los propósitos, y que si estos no llegan, es simplemente porque no están para ti.
Y me quedé tranquila no solo por ver como mi aliento parecía haberle ayudado, sino porque en mi corazón, a pesar de los golpes que habían terminado por destrozarlo, empezó a recuperarse en aquel preciso instante gracias a una promesa que me hice a mí misma, y que ella no sabría nunca. Ni siquiera si llegaba a cumplirla.
Si ella, si mi chica galáctica no lograba recomponer su corazón con Jesse, si quien debía estar a su lado no regresaba por culpa del rencor que seguía cegándolo, yo misma me encargaría de cuidarla, yo misma me encargaría de sanar ese corazón y que volviese a vibrar, que volviese a latir, que pudiera volver a enamorarse, y a ser posible… De mí.
