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Un nuevo comienzo
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De nuevo atardecer, pero esta vez se sentía distinto, más melancólico, inmenso. Las nubes se habían disipado, dejando sobre el rojo colinas de nubes aquí y allá. Aves volando por el horizonte. El mar, un espejo negro de obsidiana tallada a mano con reflejos rojos, calmo como un niño que se ha quedado dormido después de un largo berrinche.
La flota de barcos samuráis estaban a su derecha, castillos móviles de piedra negra, flotando suavemente junto con las olas. El aire olía a sal y ha frio. La brisa era como la caricia de una mano cariñosa que te peina el cabello detrás de la oreja.
La playa no era de arena blanca como había escuchado que eran las playas del sur. Estaba hecha de piedras, diminutas piedras negras de bordes afilados.
Pequeños cangrejos de conchas vestidas con las mismas piedras, escarbaban en la playa, escondiéndose de la noche.
Sentía las piedrecillas en las palmas de los pies, intentando aferrarse a su piel con su filo y su frio. Ir descalza le había parecido lo más apropiado, una forma de aferrarse a la realidad. Su cabello suelto, vestida con un kimono negro, sin maquillaje.
Después de que el agua caliente se llevara la sangre y el frio, sentía que su piel se quebraría en cualquier momento como un cascaron, quebrándose poco a poco, cayendo pedazo a pedazo, dejando a tras sólo aire, vacío, nada.
Tenía los ojos vendados con un velo negro. Su hermana la llevaba del brazo, guiándola por la playa rumbo al bote.
Después de que Oshi terminara, le dijo que tenía que descansar, que su cuerpo tenía que asimilarlo, que podría haber un rechazo, que sus ojos y su cerebro podrían arder en un tormento de fuego y chakra. No lo escuchó, sólo le importaba que estuviera hecho. No dejaría que el legado de Toneri muriera. Había venido aquí para unir a sus dos clanes y ella lo había hecho, no de la forma en la que a él le hubiera gustado, pero era la única forma que había visto para que sus ojos volvieran a vivir. Iba a insuflarles vida con su propio cuerpo.
Ella se quedaba con los suyos y Toneri se llevaba los de ella. Seguirían estando unidos aun después de la muerte.
Hinata sintió la madera del bote, olió su aroma a pino y piedra, acarició la madera barnizada. Sobre proa, Toneri, bañado y vestido con ropas negras, sencillas, no le hubiera gustado nada fastuoso. Tendido sobre una cama de ramas de pino. Los ojos vendados con un velo negro, aun respiraba, aunque no lo pareciera, su pecho aun emitía calor, aunque no era más que un cascaron.
A sus pies Ayumu, sentada sobre popa, atada de pies y manos, encadena al bote. Una precaución que parecía innecesaria, en ningún momento se resistió, no volvió a decir una palabra. Hinata podía sentirla a pesar de no verla, miraba en silencio el mar y su horizonte, emanando una extraña paz, como la nieve acumulada sobre las ramas de los pinos, aceptando la caída por el inevitable peso. La nube no puede quejarse cuando la arrastra el viento, es su naturaleza, es la forma en que debe ser, es inevitable, es lo que es. Los muertos deben ir al lugar a donde pertenecen.
Dio la orden y dos sirvientes comenzaron a empujar el bote, las olas negras con crestas color atardecer se resistieron. Los hombres empujaron hasta que el agua les llego a la cintura, el mar abrazó el bote y lo atrajo hacia su seno.
Todo el clan Hyuga observaba el suave andar del bote. En silencio, cargando antorchas a varios metros detrás de Hinata. Los dos últimos guardias de Toneri también estaban ahí. Oshi con las manos recogidas en la espalda, una estatua respetuosa de mármol negro, y Oba a su lado, su brazo derecho era un muñón, su cabello rojizo surfeando en la brisa.
Hinata sentía como el bote se alejaba. Ya no sentía el peso de ser madre, ni de ser esposa, amante o consejera, ni de ser hermana, ni hija, ni heredera, ni de ser líder, ya no sentía el peso de la tristeza, ni de la debilidad, ni de la desesperación. Todo había sido cambiando por algo igual de pesado, el peso del poder.
Lo había sentido pocas horas después de que Oshi hubiera terminado. Le había estallado en la cabeza infringiéndole un inmenso dolor, como si algo escarbara en su cerebro, buscando, absorbiendo, adaptándose. Era algo vivo, fluido, maleable, un rio de metal fundido. El dolor aun la afligía en espasmos, pero podía caminar. Cada que la cabeza le estallaba de dolor, se detenía y hundía los pies en la arena de piedras y dejaba que las piedrecitas se clavaran en su piel. Justo como estaba haciendo ahora. Las rodillas le temblaron, sus pies flaquearon…
—¿Estas bien? —dijo su hermana pasando su brazo sobre su hombro para sostenerla.
—Sí, estoy bien —dijo Hinata en un susurro—. Estoy bien. Sólo un poco más… —recuperó la compostura y se apartó de Hanabi. Caminó hacia las olas. El agua negra lamió sus tobillos, la pinchó con su frio.
Abrió lentamente los ojos, a pesar de que aun los tenia vendados, la luz del atardecer hizo que le ardieran, los mantuvo abiertos con dificultad y los activo. Las venas de alrededor de sus ojos no se hincharon, pero aun así sintió que se activaban, sintió el chakra moverse y estallar en sus ojos con una claridad espantosa. El mundo se iluminó con luz enceguecedora. Nunca había visto con tanta claridad, nunca los colores le habían parecido tan intensos, nunca había visto el fluir del mundo con tanta nitidez, tanta que dolía.
El fuego de las antorchas a su espalda, el cabello al viento, el parpadear de los ojos, el movimiento del pecho al respirar, las patas de los cangrejos escarbando, podía ver todo a su alrededor moviéndose a cámara lenta, todo superpuesto en un fractal de imágenes tridimensionales. No entendía cómo era capaz de discernir algo ante el caleidoscopio de imágenes que eran sus ojos, pero su cerebro se las arreglaba, podía sentirlo estrujarse, moverse, absorbiendo chakra.
El dolor le volvió a lacerar la cabeza, pero esta vez la hipnosis del flujo de imágenes le permitió soportarlo. Había entrado en un trance como si la estuviera atravesando el universo mismo y le estuviera mostrando sus secretos.
No era nada comparado a cuando utilizaba el Byakugan. Sí, con el podía ver a su alrededor, pero había sombras, no podía ver lo que había detrás de las cosas o mirar la espalda de las personas. Ahora podía contar los bellos en la nuca de cualquiera que la rodease, podía ver la sangre palpitar en las venas de sus cuellos.
Cuando usaba su mirada telescópica para enfocar algo todo a su alrededor se borraba, no es que no pudiera verlo, era sólo que lo demás se difuminaba, borrones blancos que se movían al fondo. Esto era infinitamente superior, el mundo ya no era blanco con flamas de chakra corriendo de aquí para allá. Ahora todo era una explosión de colores vivos. Sus ojos se enfocaban telescópicamente a todo a su alrededor al mismo tiempo.
Podía ver a las escamas de los cangrejos escarbando en las piedras y al mismo tiempo ver el cabello de Ayumu moverse con la brisa. Podía ver su piel enchinándose en el frio. Podía ver todo. La mugre bajo las uñas. A su espalda, el aceite y la madera ardiendo en las antorchas, el humo alzándose y desapareciendo en el aire. Las burbujas de la espuma de las olas. La nieve acumulándose en la cima de las montañas, los zorros escondiéndose en sus madrigueras. Los samuráis cenando en sus cuevas, marchando sobre la nieve, recorriendo los pueblos escondidos entre las montañas. Las nubes congeladas en el cielo, las plumas de las aves que surcaban el mar.
El bote, ya estaba lejos de la playa, para los demás sería una mancha del tamaño de su puño que navegaba hacia el norte, pero Hinata veía el vapor de la respiración de Toneri, las gotas de agua aferrándose a la madera, los rayos de luz roja reflejándose en los ojos de Ayumu, sus labios moviéndose, no podía oírla, pero estaba diciendo algo, rezando, podía ver sus palabras sin sonido salir de su boca.
—Tú, que viste mi sufrimiento, que fuiste causa y origen de mi final. Tú que me viste crecer y aprender. Que me viste amar y odiar. Tú que viste mis errores y mis arrepentimientos. Que viste mis sueños y esperanzas. Tú que viste lo mejor y lo peor de mí…Tú ¿Alguna vez viste mis suplicas? ¿Alguna vez viste mis ruegos? ¿Alguna vez viste dolor? ¿Alguna vez viste mis lágrimas? ¿Alguna vez viste los de alguien? Tú… ¿Me ves ahora?
El bote fue envuelto por una llamarada de furioso fuego verde, lo devoró con hambre y desapareció tan rápido como apareció, dejando en su lugar llamas naranjas y amarillas flotando en la deriva.
Hinata llegó a su límite, cerró sus ojos, la luz la abandonó, dejando un ardor insoportable en sus globos oculares, un azote de dolor en su cabeza, un zumbido agudo en sus oídos y un frio de debilidad atravesándole el alma. Se derrumbó sobre el agua salada.
—¡Hinata! —gritó Hanabi corriendo a su lado, chapoteando en el agua, arrodillándose junto a ella, sosteniéndola en su regazo a pesar de su cabestrillo— ¡¿Estas bien?!
Hinata asintió en silencio, sus ojos no habían estallado en llamas de chakra verde, su cerebro seguía en su sitio. Así que estaba bien, iba a estar bien.
Pronto llegaría Oshi a su lado y la cargaría en brazos, la llevaría hasta el campamento en el castillo. Sus sirvientes la alimentarían con té caliente endulzado con miel, puré de manzana, papa y avena. La dejarían descansar y ella dormiría durante días, se despertaría con hambre y después del desayuno, subiría hasta la punta del castillo y miraría el horizonte con su cielo azul celeste. Vería el mundo y comprobaría el alcance de sus ojos.
Sonrió ante la idea.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Hanabi aliviada.
—Creo, que al final, haremos lo que tu decidiste.
—No creo que haya decidido nada en todo este maldito viaje.
—No volveremos a ser sirvientes de nadie, Hanabi —dijo Hinata acariciando el rostro de su hermana—. Buscaremos nuestro lugar, conquistaremos nuestra propia tierra y gobernaremos sobre ella como amos y señores. Confiaremos nuestro destino sólo a nosotros mismos, a la fuerza de nuestro clan y nuestra voluntad.
Hanabi la miró en silencio, intentando ver que había detrás de aquella venda negra. Pronto sabría que no era ni el Byakugan ni el Rinnegan. Era algo más, algo sólo conocido en las leyendas de los Otsutsuki, algo creado a partir de lo perdido, algo que nació volviendo a unir lo que había sido separado.
El Tenseigan había vuelto al mundo.
