Yamato
Algo, en el fondo de su mente obnibulada, le dice que debe detenerse. Pero hay otras sensaciones, más urgentes, más directas, más fuertes, que no se lo permiten. Siente que fue en otra vida la última vez que sintió el calor de ahora, deliciosamente sofocante, y respira bocanadas de aire cuando separan sus labios, y aún así no es suficiente para apagar el fuego que le abrasa el vientre. Su vista se nubla, pero los sentidos del tacto y el oído se han triplicado en sensibilidad. La piel bajo sus dedos está igual de caliente y pegajosa que la suya. Los jadeos son incluso más intensos, más vocales. Sus dedos pasan por cabello, cabello castaño, y él quiere creer que es un castaño oscuro.
Cuando abre los ojos, no reconoce el techo, y se los restriega antes de intentar incorporarse, pero siente como si le estuviesen partiendo el cráneo, y desiste. Respira hondo y voltea el rostro, y hay otro cuerpo junto al suyo, cubierto por las mismas sábanas que le cubren a él. Siente un vacío en el pecho y en el estómago, no puede ver nada de la persona a su lado, pero él, simplemente, ya sabe quién es.
Se maldice mil veces, con el corazón lleno de desazón. Se levanta lentamente, coge la ropa que encuentra en el piso y se viste, coge los zapatos y sale de la habitación, sólo para escuchar como la persona dentro le llama con el nombre de su hermano. Y siente un tirón irritante de melancolía al pensar en otra persona que compartió un lecho más de una vez con él que también le llamó como su hermano y no con su nombre. Y se pregunta, nuevamente, si acaso él no es más que una sombra.
