Los personajes, lugares y hechizos son propiedad de J.K Rowling a menos que se especifique lo contrario. Esta obra está finalizada y publicada en Wattpad bajo el user drarrymood
Cementerio de Pequeño Hangleton
De la varita de Voldemort brotó un rayo de luz verde en el preciso momento en que de la de Harry salía uno de luz roja; ambos rayos se encontraron en medio del aire.
Harry sintió cómo la varita vibraba en sus manos como si a esta le recorriera una descarga eléctrica. La mano se le había agarrotado, y no habría podido soltarla aunque hubiera querido. Un estrecho rayo de luz que no era de color rojo ni verde, sino de un naranja intenso y brillante, conectó las dos varitas, y Harry, mirando el rayo con asombro, vio que también los largos dedos de Voldemort aferraban una varita que no dejaba de moverse.
Harry, aún con su mano en el bolsillo, apretó fuertemente la capa y el amuleto, sintiéndolos calentarse contra su mano, haciéndole apretar los dientes. Aun así, no bajó la varita. El hilo naranja seguía firme y refulgiendo como lenguas de fuego con pequeñas chispas a su alrededor. Harry atribuyó el calor en su bolsillo con el fuego conector.
El Lord veía pasmado cómo su varita temblaba incontrolablemente, haciendo que todo su brazo hormigueara de forma angustiante. No conocía qué clase de conexión estaban haciendo las varitas; no era un priori incantatem, de eso estaba seguro. Había atisbado que Potter tenía una varita muy conocida para él, la varita que él siempre había querido poseer después del desplante de Albus Dumbledore hacia él, en su juventud.
Los mortífagos empezaron a gritar y a intentar acercarse.
— ¡No se muevan! —rugió él Lord enojado— ¡No intervengan! ¡Él es mío!
Los mortífagos retrocedieron asustados. Cedric miraba todo con una morbosa fascinación; había estado muy asustado por Harry al inicio, pero ahora, al ver lo que estaba pasando, tenía una ridícula esperanza. Pero su juicio se estaba nublando, su brazo ardía como el infierno y la sangre no paraba de brotar; se sintió desfallecer y deseó no morir desangrándose. Quería luchar pero no tenía su varita y su visión se tornaba borrosa.
De repente, todos en el cementerio sintieron cómo una presencia mortífera y pestilente llenaba el lugar. Una forma oscura y muy alta apareció en medio de Harry Potter y el Lord Tenebroso. El tiempo se ralentizó.
Harry vio cómo Voldemort abría mucho los ojos y cómo su agarre en la varita se debilitaba. Harry no quería ver a lo que fuera que hubiera aparecido frente a él, pero una voz en su cabeza hablaba con voz aguda y susurrante; Harry podría decir que prefería la de Voldemort.
—Mis Reliquias… dámelas, muchacho.
La voz hacía que su cabeza doliera levemente. Harry sacó la mano del bolsillo; sangraba y estaba quemada.
—Mis Reliquias. —repitió la voz.
Harry oyó gritos. Por un momento pensó que la figura era un dementor, pero no sentía el frío o la desolación que debería sentir.
— ¡Mi Señor! —gritaba uno de los mortífagos— Haga que pare, mi señor. ¡Piedad!
Cedric mientras veía cómo los mortífagos caían al suelo, se dio cuenta que su brazo ya no dolía. Lo inspeccionó rápidamente, reparando en que su piel estaba grisácea y quebradiza. Ya no sentía el peso de su brazo derecho.
Otro grito desgarrador se dejó escuchar. El Lord identificó a Carrow en medio de su aturdimiento, mas no le importó. Ahora sólo tenía ojos para la Muerte; su mayor miedo y pesadilla. La había identificado al fin, nada podía ser más aterrador o imponer una presencia tan poderosa.
Seguramente sus mortífagos estaban sintiendo cómo la Marca Tenebrosa les dolía hasta querer arrancarse la piel. La magia oscura que el Lord había creado para marcar a sus súbditos, provocaba una reacción violenta cuando el Lord estaba en peligro de muerte. Una reacción que de nada le serviría ahora. Vio cómo cada uno de ellos se daba a la fuga, desapareciendo como ráfagas de oscuridad.
La figura se acercó más a Harry, haciéndole temblar.
—Dame lo que di a aquellos insensatos. Dame el regalo del Poder, dame el regalo de la Resurrección, dame el regalo de evadirme con la Invisibilidad.
Harry sólo entendió la última palabra. Así que desesperado, buscó en su bolsillo y sacó rápidamente su Capa de Invisibilidad. No sabía si serviría de algo, pero quería que esa cosa desapareciera de su vista. Pero no recordó que allí estaba el amuleto que le había regalado Draco; de ser así, lo hubiera pensado mejor. La Capa se le cayó de la mano adolorida, haciendo rodar el amuleto de Draco. La figura soltó un grito agudo e hizo aparecer en una mano huesuda, una vara larga de hierro, con una cuchilla en su punta en forma de media luna.
Una hoz y se hizo la luz en la mente de Harry; recordó cómo era representada la Muerte en los cuentos muggles.
— ¡El regalo del Poder! ¡Dámelo! —urgía la voz susurrante en su cabeza.
La Muerte señaló a la mano de Harry y este lo comprendió. La varita de Dumbledore. El director era poderoso, eso tenía que significar algo. Iba a morir, así que no se preocupó porque el director perdiera su varita.
—Te ayudaré. —prometió la Muerte.
El lazo de fuego estaba perdiendo su luminosidad en dirección al otro extremo de Harry. Voldemort parecía darse cuenta de todo y se le veía aterrorizado.
Pero Harry no creyó que la Muerte le ayudaría, y si al fin de cuentas, Voldemort no lo mataba, lo haría la misma Muerte. Su destino parecía ser morir ahí, en ese cementerio desconocido, así que se resignó a morir. Cerró los ojos y recordó la sonrisa de Hermione, las bromas de Ron y las caricias en su cabeza por parte de la Señora Weasley. Recordó la voz paternal de Sirius y los besos y abrazos de Draco.
Dejó caer la varita y esperó algún dolor en su pecho, pero este no llegó.
Cedric vio cómo Harry dejaba caer la varita y cómo una luz cegadora iluminaba todo su cuerpo. El rayo naranja que había unido a las varitas desapareció para dar paso a uno rojo. El Expelliarmus de Harry.
La Muerte blandió su hoz y cortó el rayo rojo, haciendo que se tornara verde; Voldemort no pudo defenderse y fue alcanzado por un Avada Kedrava en su pecho. Tanto fue el impacto producido por el ataque de la Muerte que desintegró el cuerpo del mago oscuro en millones de partículas, que se desvanecieron en el aire como ceniza. Un grito agudo y estremecedor quedó resonando en el ambiente.
La luz que había salido del cuerpo de Harry se extinguió; el chico cayó desmayado muy cerca de la Muerte, quien le miraba de manera contemplativa, al tiempo que bajaba su hoz. Cedric se alarmó, así que se puso de pie, tambaleándose.
Cuando llegó a Harry, observó cómo el rostro del chico estaba pálido y sudoroso. Buscó con la mirada a la Muerte y con una valentía muy contraria a las pocas fuerzas que le quedaban, dijo:
— ¡Aléjese de él! Él no va a morir ahora, ¿me entiende? Tenemos que volver a Hogwarts.
La Muerte se inclinó un poco, estirando un largo brazo huesudo para recoger algo del suelo. Cedric vio una piedra pequeña y una capa, no sabía que podían significar esas cosas para ese ser, ya que adivinaba que se las había pedido a Harry. La Muerte también recogió una varita.
— ¡Es la varita de Harry! ¡Devuélvala! —Cedric sintió cómo su voz iba perdiendo consistencia, su garganta estaba ardiendo y se creyó a sí mismo un estúpido por reclamar cosas a la misma Muerte. Aun así no desistió. Miró de nuevo a Harry; el Gryffindor no despertaba y su piel seguía con una pronunciada palidez— Haga algo con Harry, por favor —rogó casi sin voz—. Hágalo vivir.
La Muerte le ignoró y dio la vuelta alejándose. Cedric contuvo las lágrimas y trató de pensar. No tenía su varita, y de tenerla, no habría sido capaz de usarla; su brazo derecho no servía para nada, sólo le colgaba como si fuera de trapo.
La Copa.
Cedric la buscó con ansias y cuando la atisbó, rogó a Merlín para que esta funcionara para volver. Se agachó y con su brazo izquierdo, tiró del cuerpo inerte de Harry. Su garganta ardía en carne viva y estaba muy cansado, pero no desistió. Siguió halando del otro chico, casi arrastrándose en el cruel suelo de gravilla del cementerio.
Pareció una eternidad cuando al fin llegó a la Copa. Cedric trató de acomodarse mejor y sosteniendo lo más firme que pudo a Harry, estiró una pierna, enganchando un pie en una de las asas de la Copa, pues su otro brazo no serviría de nada.
Cedric Diggory sintió los siguientes tres segundos, como los más largos de su vida. La Muerte había reparado en ellos y se había lanzado en su dirección con la hoz en alto. El Hufflepuff cerró fuertemente los ojos y esperó lo peor.
Un suave plop se escuchó y la Muerte paró en seco. Los chicos habían desaparecido. Era una lástima, había querido divertirse con aquel osado joven que le había gritado anteriormente. Pero pronto dejó de importarle, hoy se había llevado con él a alguien más importante.
Miró sus tres regalos.
Había surgido un nuevo Maestro de la Muerte.
