CAPÍTULO XXVI
DON'T BRING ME DOWN

«What happened to the girl I used to know?
You let your mind out somewhere down the road
I'll tell you once more before I get off the floor
Don't bring me down»


La boda de James y Lily se gestó en apenas unos meses, tal y como el resto de cosas importantes. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos cambiando el uniforme por el traje de gala.

—¿Dónde está el novio más guapo del mundo?

Entré en la habitación canturreando. Lo que encontré fue a un James con los ojos acuosos y lleno de mocos. El chico me miró a través del espejo; seguía en pijama.

—Jimmy, no es por meterte prisa, pero te casas en veinte minutos.

Se levantó del asiento y se lanzó a mis brazos.

—Ey —Correspondí al abrazo de la mejor manera que pude. Sinceramente, lo que menos me apetecía es que me manchase el traje nuevo con la vela que le caía de la nariz—. ¿Qué pasa, tío? No querrás que salga y cancele la boda o algo por el estilo, ¿no?

Negó con la cabeza.

—Quiero casarme —respondió, hiposo—, pero me hubiera gustado que mis padres estuvieran aquí, conmigo.

»Además, estoy de los putos nervios porque no entiendo las ceremonias muggles. La voy a cagar seguro; ¿qué chalado se inventó todo eso?

—Joder, tronco, ven aquí —Se me olvidó el traje, se me olvidaron los mocos y todo lo que no fuera abrazar a mi amigo hasta dejarle sin respiración—. Escucha, Cornamenta, iremos a ver a tu madre después, a San Mungo. Y tu padre… piensa en qué cara pondría si te viera así —James sonrió y eso me pareció suficiente incentivo para continuar—. Con respecto a la ceremonia… Son muggles —dije, como si eso lo explicase todo—, ¿qué esperabas?

—Yo qué sé.

—Mi madre me dijo una vez que no llorase en los momentos felices. ¿Sabes por qué?

»Porque si lloras no ves nada. Tus recuerdos estarán empañados en lágrimas.

—Vale —dijo—, vale —repitió, en un intento de convencerse a sí mismo—. Estoy listo.

—Venga, bribón, lávate esa cara y vamos a ponerte guapo.

—No, no te preocupes. Ve a ver a Lily, asegurate de que todo esté bien por allí.

—Pero no te hagas el remolón. Estaré aquí en diez minutos y te sacaré estés como estés.

—Que sí. Pírate.

Caminé hasta la otra punta de la casa pensando en la jodida viruela de dragón. No había peor maldición que esa. No sabían qué la causaba, no conocían la cura. Extremadamente contagiosa, se llevó a varios centenares de personas en el Londres Mágico de los años setenta.

Me obligué a alejar aquellos pensamientos fúnebres de mi cabeza. Desenvainé de nuevo mi mejor gesto de alegría y entré en la habitación más loca de toda la casa.

—¿Me dejarían ustedes unos minutos a solas con la novia? —pregunté. Las chicas se giraron y me miraron con ese gesto que indicaba que yo no debía de estar ahí. Lily me recibió con un abrazo.

Ellas se marcharon. Yo me tomé unos segundos para…

—Creo que se me va a caer la baba de lo guapa que estás.

Lily había decidido casarse con un vestido corto, por debajo de las rodillas. Sin velo, sin el pelo recogido, sin tacones. Sin nada que no fuera ella: preciosa.

Tomó mis manos, congeladas en comparación a las suyas, y me abrazó de nuevo.

—James es un tío con suerte.

—¿Le has visto? —preguntó, preocupada.

—Sí, está… —Suspiré intentando encontrar la palabra perfecta para definir el estado anímico de mi amigo. Tarea complicada—. En realidad, creo que está bastante eufórico. Ya sabes, muy loco. Supongo que tiene demasiadas cosas en la cabeza.

»Le he prometido que iríamos a ver a su madre después de la boda.

Ella asintió, conforme.

—En realidad, Lily, esto no es una visita de cortesía —Ella frunció el ceño y deslizó sus manos hasta las solapas de mi chaqueta—. Llevo mucho tiempo dándole vueltas al asunto de ser el Guardián de vuestra casa —suspiré—. Sinceramente, es una responsabilidad que nunca he querido, pero no es sólo eso.

»Irán a por mí en primer lugar. Se trata de vosotros dos; nombrarme a mí sería ponérselo en bandeja de plata.

—Por Dios, Sirius. Y si no eres tú, ¿quién? —preguntó—. Porque no hay mucha gente dispuesta a asumir ese tipo de responsabilidad.

—Peter. Peter haría cualquier cosa por James.

—¿No te parece demasiado para alguien como…? Bueno, ya sabes.

Podría haber dicho el nombre de Remus. Seguramente no hubiera nadie mejor que él; sin embargo, fui inconscientemente egoísta y ni siquiera apareció en mis cavilaciones.

—Lo es, pero para cuando piensen en su nombre ya os habrá dado tiempo a desaparecer. Tú, James, Peter y quien haga falta.

—Dame tiempo. Le daré vueltas.

—Vale.

—Sirius.

—¿Qué?

—No quiero empezar mi matrimonio con una mentira, pero no se lo cuentes.

—Si lo hiciera dejaría de ser nuestro secreto.

Entrelacé mi meñique con el suyo, después posé un beso en su frente.

Ese fue mi mayor crimen. Todavía me siento responsable. Por todo. Quizás tan solo por pensar demasiado en mis noches de insomne crónico.

James nunca lo supo.

Supongo que ya no hay forma de disculparse, pero no sé cómo vivir sabiendo que él murió pensando que le traicioné.

Que le vendí.

Que sucumbí a lo que hacía tantos años había fingido renegar.

—Creo que deberíamos dejar entrar a tus damas de honor antes de que hagan un agujero en la puerta y me saquen de aquí a rastras.

—Yo también lo creo.

—Me marcho —Crucé el umbral y me despedí desde el pasillo—. Por cierto, he leído que hay una tradición en las bodas muggles de llegar tarde, ¿cuánto te piensas demorar tú, Lily?

Ella se burló de mí y después se dió la vuelta, lista para continuar con sus preparativos.


Encontré a Remus al final del pasillo.

—Deberías estar con…

No pudo pronunciar el nombre del novio porque tenía mi lengua en su boca, mis dientes en sus labios y mi mano jugueteando con la bragueta de su traje.

Cuando dejé de besarlo, aquellos pensamientos se habían esfumado.

—Podríamos no ir a la boda y quedarnos haciendo el guarro por ahí.

—Suena tentador.

—Pues os jodéis, porque es mi boda y os toca obedecer todas y cada una de mis órdenes —James bajabas las escaleras, tan radiante como siempre.

—¡Mi señor! —exclamé. Remus metió las manos en los bolsillos y se apoyó contra la pared.

—Exacto.

—En ese caso, será mejor que bajemos ya al jardín, porque empieza la cuenta atrás.

Bajamos al jardín, sí, pero lo hicimos a nuestra manera: como los dos críos que éramos. James se subió a mi espalda y eché a correr hasta que mis piernas amenazaron con volverse gelatina. Remus nos siguió de cerca con la cámara de vídeo.

—Te estás volviendo viejo, Canuto.

—No, tú te estás volviendo gordo, Cornamenta.

—Pero lo de tontos del bote no cambia —comentó el tercero en discordia—. Por cierto, ¿dónde está Peter?

La cuestión se respondió por sí misma cuando apareció junto al tropel de invitados, listos para ocupar las sillas con su nombre.

Lily llegó tarde.

«Quince minutos», vocalizó al pasar por mi lado.


Promesas de amor y modestia aparte, lo mejor fue mi discurso durante el banquete.

—Que conste que yo no quería, pero James Charlus Potter me ha obligado —Estábamos usando microfonía muggle; era eso o que a la mitad de la familia de Lily le diese un infarto—. Para los que no me conozcáis, soy Sirius. Para los que sí, ¿qué pasa, troncos?

»Los libros dicen que ahora debería introducir el discurso con una frase o un poema de amor. Pero ¿sabéis qué? Ellos no lo necesitan.

»Lily se enamoró en invierno. James lo hizo sepultado en apuntes; supongo que visualizó un "No Apto" como el colegio de grande y pensó en buscar a una mujer que le mantuviese.

»Y ahora estamos aquí, en el día más importante de su vida… Esperemos. Eso dicen los libros.

»A riesgo de ponerme ñoño y derramar alguna lagrimita, que todos sabemos que lo haré, quiero dedicaros unas palabras de afecto. Prometo ser breve, la parte gruesa del discurso se sustenta en dejaros en ridículo.

Hice una pausa antes de continuar; siempre se me dio bien lo de tener público, pero aquel día estaba especialmente nervioso. Dejé olvidado el guión en el interior de la chaqueta y me permití improvisar, así que mi perorata fue más bien a trompicones.

—Os quiero tanto que me duele el pecho —suspiré—. Joder, no he empezado y ya se me aguan los ojos.

»Sois afortunados por haberos encontrado el uno al otro en este momento en el que todo grita lo contrario.

»Veo en vosotros el ejemplo perfecto de lo que significa la palabra amor. Veo en vosotros el ejemplo perfecto de lo que es la magia. Espero de corazón que ese amor y esa magia os ayuden a sortear todas las piedras que encontréis en el camino.

Tiré del cable del micrófono, bajé del escenario y me acerqué a ambos.

—James, eres como un hermano para mí. Lily, eres la chica más maravillosa que conozco.

»Gracias. Gracias por todo. Gracias por dejar que me suba aquí a hacer el paria. Gracias por hacerme un huequito a vuestro lado. Gracias por aceptarme, desde el principio, sin reparo, sin prejuicios.

»Gracias por ver la luz donde todo el mundo no veía nada. Ni siquiera yo.

Reprimí las ganas de correr a su lado. En su lugar, me dirigí de nuevo al escenario.

—Lo prometido es deuda —Mis caninos asomaron en aquel amago de sonrisa—. Espero que estéis preparados para lo que se os viene encima, chicos.

»¡Odiaba a James! Y os preguntaréis por qué, pero es que, os lo juro, no he conocido a un ser más coñazo que él con once años. Me llevaba las manos a la cabeza porque era incapaz de ser mínimamente civilizado para con los espacios comunes. Y, ¿sabéis qué? No conseguí cambiarle. En su lugar, él acabó contagiándome ese gran don de no deshacer la maleta hasta Navidad. O de acumular la ropa usada en una silla.

Los comensales rieron. James se levantó e hizo una reverencia.

—Sin él, nosotros cuatro: los legendarios Merodeadores, posiblemente no existiríamos. Y esto nos lleva a la pregunta de, ¿qué somos? Me temo que, al pronunciar ese «sí quiero», Lily se ha llevado el cuatro por uno, ¡la mejor oferta del mercado! «Compra uno y tendrás a los otros tres para toda la…»

Joder.

«Para toda la vida».

Lo siento. No puedo seguir.