_ ¡Talon, no me vencerás! ¡EXPLOSIÓN DE GALAXIAS!

_ ¡LLUVIA DE ESTRELLAS!

Géminis desapareció de su mira, causando una ilusión. Todo se quemaba, el fuego ardía como si fuese real.

_ ¡EQUINOCCIO! – un sol rodeó por encima de aquel fuego.

Las estrellas creadas por Talon se volvieron copos de nieve que enfriaron todo, hasta congelar los pies de Kanon.

_ ¿Qué?

_ ¡EQUINOCCIO!

Unas ramas aparecieron y agarraron sus brazos, pegándolos a la pared.

El herrero se colocó las tekko y se impuso a darle golpes muy violentos en el estómago, haciéndolo sangrar por la boca.

_ "No tengo de otra, volaré a este joven junto a mí".


_ ¡Te venceremos, Micenas! – gritó June.

_ Aunque sea lo último que hagamos.

_ Esa posición… - se preguntó. - ¿Creen que unos debiluchos como ustedes son capaces de dañarme solo con ese ataque?

Las consecuencias de una guerra sangrienta.

Hefesto cargando el cuerpo herido de Seiya en sus brazos.

Aquiles lanzándose a matar a Helén con su sarisa.

Hari arrastrándose por las escaleras, sujetando a Shiryu en su hombro derecho.

Hyoga tirando su ejecución aurora a la vez del castigo divino de Promet.

Helena acariciando a un Shun desmayado.

Ikki corriendo por las escaleras junto a Bía.

Los alumnos de los caballeros dorados tirados en el suelo.

Los alumnos de Albiore de Cefeo tirando una fusión nuclear.

Paris corriendo desesperado hacia la cámara del patriarca.

Kanon lanzando su ataque suicida hacia Talon.

Kiki velando por Alec, tratando de curarlo.

El pequeño Eric, en la cabaña del bosque, sentado esperando.

Los caballeros de plata en la casa de piscis despertando.

Para después enfocar los rostros de sufrimiento de ambos Dioses.


_ No te preocupes, princesa Saori, no me dejaré vencer…

_ ¡Levántate, Helén! – lo apuntó Aquiles con su Sarisa.

_ Aún recuerdo cuando llegaste con nosotros… Parecías un ave herida, tímida, que deseaba ser amada.

_ ¡Cállate! – de una patada en el pecho lo hizo volar lejos.

_ ¡Todos te apreciamos, a pesar de tu carácter explosivo y violento! Pero tú… - lagrimeaba el rubio platinado. – No puedes ver a través de nosotros, de nuestros sentimientos.

El herrero de la sarisa se sorprendió, incluso mostró arrepentimiento.

_ No, el único que siempre ha velado por mí es Hefesto, con su magnánima nobleza…

*flashback*

_ ¡Bien, el día de hoy vamos a ver pelear al grande guerrero griego, embarcado de la misma Atenas!

Los gritos de aquellos sanguinarios llenaban todo el estadio, el dolor y la resignación eran la clara muestra en el rostro del joven de hermosa cabellera rubia.

_ Bien Aquiles, debes vencer a Cicno como prueba final de que eres el más grande guerrero entrenado en las artes de batalla antiguas.

_ ¿Con eso seré libre, Quirón?

_ Por supuesto, irás por donde tú quieras, tu vida será solo tuya… ¡Serás el más grande héroe de la historia!

Llegó el momento en que las rejas subieron, la luz del sol lo cegó, pero no se dejó vencer por esta y caminó decidido. Ansiaba más que nada poder ser como las otras personas, ni tener que ensuciarse las manos…

Siempre estaba en juego su vida contra la de su oponente, ya que eran peleas mortales.

_ Lamento acabar con esta persona hoy… - miró al cielo.

_ ¡Tú, mocoso, no me subestimes!

Cicno era un hombre corpulento, como diez años mayor que el ojiazul, terriblemente peludo, con cabellera ondulada negra.

_ ¡¿Pero por qué me hacen pelear con un niño?! – masajeó la cabeza de Aquiles. – Será fácil quebrar tus huesos.

_ No me toques. – dijo furioso.

En eso con una veloz patada lo mandó lejos. Se movía a mucha velocidad de un lado a otro, sus pies eran muy ligeros. La gente frenética le tiró una barra de madera, él clavó rápidamente una piedra y apuntó al hombre.

_ ¿Crees que me impresionas?

Con aquella sarisa improvisada le clavó en sus extremidades varias veces.

_ ¡Dios, ese niño no puede ser humano!

_ ¡Tiene mucho potencial!

_ Te has divertido suficiente. – Cicno se levantó y corrió hacia él directamente.

El brazo de Aquiles se movió a la velocidad de la luz, rebasando límites naturales, esto causó que se llevara la cabeza de su oponente y se bañara en sangre.

Hubo un silencio infernal para después oír aplausos y alaridos. Después de eso, el joven fue llevado a su celda.

_ ¡Ahora seré rico!

_ Dijiste que podría irme después de matar a ese hombre.

_ ¿Irte? ¡Eres mi esclavo, tenemos mucho camino por delante!

_ ¿Por qué me mientes? ¡Tú! – se abalanzó furioso sobre Quirón, pero este rio. – No puedes hacer nada mientras tenga este hechizo sobre ti.

Sin embargo, unos sonidos se escucharon por afuera de la puerta, era gente siendo golpeada o asesinada.

_ ¿¡Quién anda ahí!?

De una patada tiró la puerta abajo, quedando un hombre trigueño de hermosos ojos.

_ ¡Ah… Aquiles atácalo! – gritó asustado su dueño.

_ He visto la batalla del día de hoy como una referencia a qué tan podrida está la humanidad. Sin embargo…

Se acercó el Dios a un esclavo sorprendido.

_ Tú miraste hacia el cielo, maldiciendo tu destino, apenado por ensuciar tus manos con sangre. No puedo dejarte aquí, no de esta manera.

_ ¡¿Qué estás esperando Aquiles?!

Del cosmos del herrero brotó una sarisa y la clavó en el cuello de Quirón, matándolo instantáneamente. El joven se asustó demasiado y cayó al suelo de la impresión. Después, Hefesto derritió la cerradura de aquella celda, haciendo que se abra.

_ ¿Por qué me liberas?

_ ¿No ansias tomar tus propias decisiones? – lo miró desafiante.

_ ¿Quién eres?

_ Soy un Dios.

_ ¿Un Dios generoso? – el trigueño sonrió. - ¿Esperas algo de mí?, ¿cómo puedo devolverte el favor?

_ Con una promesa.

_ ¿Una promesa?

_ No ensucies tus manos con sangre inocente, no uses tu poder para el mal.

_ Yo… - el rubio se arrodilló. – Gracias…

Lágrimas de felicidad, de gran emoción brotaron por sus mejillas.

_ Gracias… gracias…

El Dios se agachó a su altura, secó el rostro del joven y lo miró cálidamente.

_ Pero no tengo a dónde ir… No tengo familia… no soy nada.

_ Puedes venir conmigo, somos todos una familia.

*fin flashback*

_ En ese momento me di cuenta que mi decisión, mi camino, mi todo sería él.

_ Esto no es sano.

_ Probablemente. – sonrió. – He perdido la cabeza por amor. Pero morir así, está bien.

Aquellas palabras sonaron tan llenas de tranquilidad, Helén lo miró confundido y Saori completamente anonadada.

_ ¡Es el momento, Helén!

_ ¡CÚMULO ESTELAR!

El ataque final del rubio platinado, volaban miles de diferentes armas cual estrellas en el cielo, mientras en su martillo concentraba todo su poder. Pero Aquiles se adelantó a lo que sabía iba a pasar, se tiró hacia el suelo con el pie adelante, deslizándose hasta quedar debajo del joven. Entonces alzó su sarisa, le daría en el pecho…

_ ¡No, Helén! – Saori corrió a atacar al herrero con su cetro.

Varios impactos de esas armas se escucharon, el golpe del oro una y otra vez. Él le atinaría a la joven el golpe final. Helén no iba a poder detenerlo por lo que a velocidad agarró el brazo de la Diosa y la lanzó lejos, para él recibirlo.

Sin embargo, el cúmulo que había juntado en una energía esférica cayó hacia el rubio platinado quien por defensa lo lanzó con su martillo, apuntando mal. El herrero del fuego caminó hacia la pareja herida, completamente ileso.

_ Vaya Helén, parece que no soy el único loco. Mira que haber perdido tu última oportunidad por defender a esta mujer. Ahora me llevaré a dos pájaros de un tiro… A la amada esposa y al mejor amigo. Y Hefesto solo me amará a mí.

Aquella lanza los amenazó nuevamente.

_ Todo está bien, princesa Atenea. – el guerrero del martillo se colocó delante de ella.

Sangraba, jadeaba de cansancio, sabía que era su final. Ella lo miró temerosa, pero él le sonrió. Colocó un escudo alrededor de Saori, tal como aquella vez en el bosque…

_ Helén, tú…

_ Quédate detrás de mí.

Sujetó su amada arma apuntando al rubio, recordó a su Dios y cerró los ojos.

_ Púlsar…

Aquella técnica sería suficiente para acabar con Aquiles y con él mismo, pero así todo terminaría.

_ ¡BÓLIDO DE…! – entonces su voz se apagó.

Todos se sorprendieron, el rubio estaba completamente sorprendido.

_ Ahhh… - exclamó cayendo al suelo.

Tenía una flecha clavada en su talón.

_ Paris… - llegó a decir completamente agonizante. – Yo… tomé venganza por ti… ¿por qué me haces esto?

El joven de ojos verdes y cabello castaño se acercó totalmente inexpresivo.

_ Has llegado muy lejos, Aquiles.

_ ¿Así muero yo? ¿El gran Aquiles? ¿Con una flecha en el talón? – su boca sangraba.

_ Paris… - miró sorprendido Helén aquella frialdad en sus ojos.

_ Cuando el Dios Hefesto te hizo esa armadura, pensó cuidadosamente tus debilidades, sabía que eras impulsivo y a veces incontrolable. Pero yo era el único que conocía tu verdadero punto débil. No morirías de solo una flecha de oro, mi ataque… consta de un veneno poderoso, incurable incluso para un Dios.

_ ¿Hefesto me hizo vulnerable? – sonrió. – Ya veo…

Se imaginó a su Dios sonriéndole.

_ ¿Aun así quisiste amarme? ¿Yo estoy muriendo en tu ley, mi Dios? – miró hacia el cielo. – Gracias… Paris…

En ese momento, Aquiles cayó al suelo como un cuerpo inerte. Unos segundos después, Paris se desplomó en el suelo de la impresión.

_ Yo nunca había asesinado a nadie… yo…

_ Hiciste lo correcto, hasta él mismo sabía que era una amenaza… Diosa Atenea, ¿estás bien?

_ Sí, Helén, muchas gracias…

_ Lamento decirte esto, pero debemos llevarte con el Dios Hefesto. – le dijo serio.

_ Helén…

Pero en ese momento un poderoso cosmos hizo presencia en el santuario…

_ ¡Ese es…!


_ ¡No, no puede ser! – sintió Hefesto.


_ ¡Maldita sea! – gritó Ikki.


_ Hari…

_ Shiryu, ¿sientes eso?


_ ¡SAL AHORA, DIOSA DE LA GUERRA! – la tierra comenzó a moverse, el viento se volvió pesado.

_ ¿Quién es él? – salió Kiki a responderle.

_ ¿Dónde está tu Diosa? Enclenque. – le lanzó un ataque que lo mandó volando lejos.


Paris clavó una flecha por las montañas, de estas salieron unas cuerdas que permitieron el desplazamiento rumbo abajo. Los tres se transportaron.

En las doce casas la batalla paró deliberadamente, no habían ni aliados ni enemigos, solo fieles guerreros buscando una explicación a la intervención.

Sobrepasando la velocidad de la luz, el Dios de la Herrería hizo su presencia en las afueras del santuario.

_ ¡Ares! – lo apuntó con el martillo. - ¡¿A qué haces acto de presencia aquí?!

_ ¿No puedo venir a ver a mi hermanito?

_ ¡Este es mi problema!

_ Como sea… Hefesto, ¿dónde está tu mujer? ¿Ya tienes problemas maritales tan pronto? ¿Si quiera llegaste a la luna de miel? – comenzó a reír.

_ ¡Basta! – convirtió su arma en una sarisa y la tiró hacia Ares, que con su escudo la mandó lejos.

Ésta regresó a manos de su Dios dueño.

_ ¡Aquí me tienes, Ares! – gritó Saori.

_ Saori… - dijo un débil Seiya que se levantaba de los suelos.

_ Atenea…

El Dios del fuego la observó bañada en sangre, el corazón se le hizo pedazos.

_ ¡No paras de causar problemas, aquí, en el Olimpo!

_ ¿Si quiera nuestro padre sabe que estás presente, Ares? – cuestionó ella. – Es más, ¿si quiera piensas que puedes vencerme?

_ ¡Tú…! – dijo furioso.

_ ¡Nunca me derrotarás, no importa cuántas veces trates, no has podido conmigo ni lo harás nunca!

_ ¿Dices que no puedo vencerte? – expresó con odio.

_ ¡Porque yo peleo al lado de la justicia, Ares!, ¡al lado del amor de las personas!

_ ¿Este es tu amor por la humanidad? ¿Toda esta gente herida?

_ Soy una Diosa, pero cometo errores tal como un humano, nosotros… no somos perfectos, estamos aprendiendo para dar todo lo posible por un futuro mejor.

_ ¡Tonterías! ¡Muere Atenea! – le lanzó su sarisa para un golpe mortal

Pero ella no poseía la velocidad de la luz, era una humana.

_ ¡No, Saori! – gritó Seiya levantándose.

La joven cogió su sagrado escudo.

_ "No, yo diseñé el arma de Ares para que fuese imposible frenarla, ni con el escudo de Atenea". – pensó el Dios aterrado.

Todo se volvió negro, el impacto del arma divina con un cuerpo fue el único ruido en todo el santuario. Pero, como una sonata de la muerte, se escuchó una respiración perecer.

_ ¡No… no no…! – gritó en pánico la Diosa, sujetando aquel cuerpo.

_ Yo… No me arrepiento de esto, Atenea…

_ Hefesto, por favor, no.

_ ¡Hermano! – gritó Ares desesperado.

_ Yo confío en que tú llegarás más alto que todos nuestros semejantes, tú vas a amar y proteger a la tierra con tu bondad, con tu poder. Has sido un haz de luz en esta oscuridad que me consumía, así como eres el fuego de la esperanza para tus caballeros, no te dejes vencer…

_ No puedes dejarme… no puedes… - empezó a llorar.

_ ¡Dios Hefesto! – corrieron sus herreros a su lado.

_ Mi familia… - los observó. – Ustedes son y serán lo más valioso que tengo… por favor sigan sus vidas como deseen, hagan el bien… Lamento todo esto que les he hecho, perdónenme.

_ Hefesto… - agarró su mano su mano derecha.

_ Helén… piensa en ti, vive por ti… Gracias por ser mi mejor amigo…

_ Mi esposo…

Seiya observaba apenado toda la situación, todos estaban conmovidos ante la heroica acción que había hecho el Dios.

_ Atenea, yo… te… amaré siempre… - el aire de su vida se fue.

En ese momento el anillo que demostraba su unión matrimonial comenzó a volverse cenizas que se esparcían con el viento. Aquel collar que Saori poseía en su cuello, se abrió y una energía comenzó a emerger lentamente en todo su cuerpo.


_ ¡Diosa Hera! – gritaba Cuco para avisarle, a la mujer se le cayó su taza de la impresión.


_ Apolo, hermano mío, esto no estaba planeado.

_ Las vueltas del destino suelen ser por una causa…


_ Ares… - dijo impasible.

Toda la tez de su delicada piel se rodeó en cosmos dorado, aura divina.

_ Has cometido un grave error.

Ella saltó con mucho poder, impulsándose varios metros hacia el cielo. Al quedar al alcance del Dios de la violencia, cruzaron su sarisa junto al cetro de ella, mientras ambas miradas estaban amenazantes.

_ ¡ACABARÉ CONTIGO, ARES!