BAILANDO BAJO LAS ESTRELLAS

(To Dance Beneath the Diamond Sky)

Por Kristen Elizabeth

Traducido por Inuhanya

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28.- Esta noche morí en tus brazos

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"Bailar es la última palabra en la vida." -Jean Dubuffet

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"Bien, Relena. Ahora puedes moverte." El técnico de rayos X rodeó la división de vidrio mientras Relena se bajaba de la fría mesa metálica. "Los resultados deben estar en una hora. Los enviaré al piso de cirugía. Ahí es donde estarás, verdad? Hasta entonces…" Él le alcanzó las muletas que una enfermera le había dado en urgencias. "Pon tan poco presión en esa rodilla como sea posible."

Ella asintió y ajustó los cojines de las muletas bajo sus propios brazos. "Gracias."

Quatre y Trowa esperaban por ella. "Qué dijo el doctor?" preguntó Quatre mientras se dirigía hacia ellos.

"No veo la necesidad de estas." Relena le alcanzó a Trowa las muletas y trató de no hacer muecas mientras ponía su peso en la rodilla en cuestión. "Estoy bien."

Él se las regresó. "Sólo un tonto se lastimaría más por el bien de su orgullo. No eres una tonta."

Relena miró hacia el piso blanco. "Cómo es justo, Trowa? Las muletas pueden ayudarme. Pero Heero… podría nunca recuperarse."

"No es justo, cher." Quatre la haló en sus brazos para un consolador abrazo. Pero Relena no tenía más deseo de ser consolada. Tan gentil como pudo, se alejó de él.

"Necesito regresar arriba. La cirugía podría terminar en cualquier momento."

El elevador los regresó al décimo cuarto piso del St. Luke, donde Duo y Hilde estaban esperando, continuando una vigilia de ocho horas que Relena había sido obligada a interrumpir para atender sus propias lesiones. Esperaban con tan calmada paciencia como fuera posible por alguna noticia de la cirugía de Heero, buena o mala.

"Princesa." Duo corrió hacia ellos mientras el trío entraba en el área de cirugía. "Nadie ha salido para decir nada todavía. Pero tu hermano está buscándote."

"Milliardo está aquí?"

Él asintió y apuntó hacia los teléfonos a unas yardas. "Está por allá con la Sra. Noin."

Relena siguió su dedo hasta que pudo ver a su hermano y su prometida. Milliardo estaba agachado sobre una silla de plástico, su cabeza hundida en sus manos. Lucrezia tenía sus brazos a su alrededor, masajeando su espalda. Relena tragó. "Qué quería?" le preguntó a Duo.

"Hablar contigo," respondió Hilde por su novio. "No dijo sobre qué."

Cada voz interna que poseía le decía quedarse donde estaba, pero Relena se forzó a asentir de nuevo. Reajustando su agarre en sus muletas, avanzó hacia los miembros de su familia.

Duo la observó acercárceles. No podía escuchar nada; estaban muy lejos. Milliardo y Lucrezia miraron a Relena. Después de lo que Duo asumió fue un saludo, el director de la compañía comenzó a hablarle a su pequeña hermana.

Un minuto después, Relena se desmayó.

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Lo primero de lo que fue consciente fue del dolor. No era nada comparado al dolor inicial de ser apuñalado, pero era lo fuerte suficiente para despertarlo de la oscuridad. Toda su baja espalda punzaba con suficiente presión para humedecer sus ojos. Ojos que abrió un momento después.

Otro par de ojos lo miraban. Ellos, también, estaban humedecidos con lágrimas. Los ojos de Relena, lloraban por él. Trató de hablar, decir su nombre, pero había algo conectado a su garganta. Su entrecejo se arrugó.

"Heero." Sus dedos estaban fríos contra su mejilla; por un momento, se olvidó del dolor. "Está bien. Alguien viene para retirarte eso; estuvo ayudándote a respirar durante la cirugía."

Cirugía. Debió haber estado en la oscuridad por mucho tiempo. El último recuerdo claro que tenía era el de decirle no cerrar sus ojos. No había ganado esa pelea, aparentemente.

"Estás en el hospital," continuó, aunque su voz apenas salió por encima de un susurro. "Recuerdas… todo lo que pasó en el vestidor?"

Él asintió tanto como pudo. Relena se veía como si estuviera por continuar, pero justo entonces un doctor entró en la habitación.

"Heero," dijo el desconocido, inclinándose sobre él. "Que bueno ver que estás con nosotros. Tengo mucho que decirte, pero primero, vamos a deshacernos de esta cosa." Con rápidos y expertos movimientos, desprendió el tubo azul que conectaba el aparato de entubación de la boquilla. Hubo una corriente de aire. "Bien…" El hombre tomó la boquilla. "A la cuenta, exhala. Uno… dos… tres." Tiró del tubo, sacándolo de la garganta de Heero.

Relena mordió su labio mientras Heero tosía por un largo minuto. "Qué…" Su intento de hablar salió como un jadeo. "Qué pasó?"

"Ingresaste anoche con una herida muy profunda en tu baja espalda. Habías perdido mucha sangre. Afortunadamente, pudimos entrarte a cirugía a tiempo para reparar el daño a tu hígado. Pero…" El doctor titubeó. "Siento decir que no pudimos salvar tu bazo el cual recibió el peso del ataque."

Heero cerró sus ojos. "Relena… estás bien?"

Él pudo sentir sus dedos entrelazarse con los suyos. "Gracias a ti, estoy…" Su garganta se cerró. "… bien. Estoy bien. No te preocupes por mi."

"Vamos a mantenerte aquí en la UCI por otras veinticuatro horas, Heero." El doctor tomó su tabla que colgaba a los pies de la cama. "Y luego te moveremos a otra habitación por una semana, dependiendo de lo rápido que te cures. Tengo que decirte, hay una posibilidad de que hayan complicaciones de la cirugía. Embolismos, obstrucciones intestinales, hernias. Pero para eso es que vamos a monitorearte muy cuidadosamente por un tiempo."

"Gracias, doctor," dijo Relena. "Podemos tener unos minutos a solas?"

El hombre reubicó la tabla después de escribir algo en ella. "Eres afortunado, Heero. No muchos de mis pacientes tienen un angel guardián tan bonita como la tuya." Sonrió. "Regresaré para revisarte en unas horas."

Una vez se fue el doctor, Relena dejó caer sus lágrimas libremente. "Heero… estaba tan asustada de que fuera a perderte…"

Él quería poner sus brazos a su alrededor y abrazarla hasta el final del tiempo, pero el dolor era muy grande incluso para mover sus brazos. "Cuéntame… todo."

Cuando hubo terminado de recontar los hechos de las catorce horas que había perdido, Heero sólo tenía una pregunta. "El bastardo francés?"

"La policía lo tiene," dijo suavemente. "Él… no nos molestará nunca más."

Él frunció. "Hay algo… que no estás diciéndome."

Relena desvió su mirada por un largo minuto. "Mató a mi madre."

"Relena…" Ella lo miró al escuchar su nombre. Sus ojos, aunque cargados con su propio dolor, contenían tanta simpatía y compasión. "Lo siento."

"No hay razón para que lo sientas," susurró Relena, acariciando su mejilla. "Él pagará por todo. Por lo que le hizo a mi madre… por lo que casi te hizo a ti."

"Y lo que trató de hacerte a ti." Heero cerró sus ojos mientras el dolor dominaba su mente.

Ella buscó el botón de llamada en su cama. "Déjame llamar una enfermera para que te de más analgésicos." Él no rechazó la oferta. "Heero, hay una forma de contactar a tu padre?"

"Tengo… un número." Apretó sus dientes. "Él no vendrá."

"Heero…"

"No me importa," continuó su novio, abriendo sus ojos. "Te… tengo a ti."

Los ojos de Relena se aguaron. "Para siempre," susurró ella. "Casi te pierdo esta noche, Heero. Y casi muero imaginando mi vida sin ti."

"Yo nunca… te dejaré."

Ella sonrió a través de sus lágrimas. "Ahora lo sé." Relena se inclinó, rozando sus labios contra los suyos. "A propósito… entramos a la compañía."

Las apretadas comisuras de la boca de Heero se elevaron. "Por supuesto que… lo hicimos. Somos… los mejores."

La enfermera que entró un momento después con una inyección de Demerol tuvo que pausar un momento para asimilar la escena ante ella. La joven rubia con una venda en su rodilla estaba recostada tan gentilmente como fuera posible junto al paciente de cabello oscuro. Sus dedos estaban entrelazados, sus frentes se tocaban mientras ambos se entregaban a unos momentos de sueño después de su noche infernal. La mujer suspiró para sí. Haber encontrado tan jóvenes ese tipo de amor…

Algunas personas tenían mucha suerte.

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Después de una parada en la casa de Hilde en Brooklyn para recoger un cambio de ropa, ella y Duo llegaron al apartamento de sus padres. Su madre los recibió en la puerta en un estado cercano al pánico. Una vez que Duo les había asegurado a ambos que estaba bien, a pesar de los cuatro puntos en su brazo, los adolescentes tomaron turnos para contar toda la historia, tanto cuanto sabían.

Sarah, quien, por un lado, estaba aliviada al punto de lágrimas de que su hijo no estuviera herido, y por el otro, conmocionada por las tragedias que habían agobiada a sus amigos, inmediatamente se dispuso a preparar una gran cantidad de comida. Lo único que era capaz de controlar era asegurarse de que Duo y su novia fueran apropiadamente alimentados. Aunque eventualmente tendría que averiguar cómo había pasado que Hilde estuviera de nuevo en sus vidas, tomando la mano de Duo como si fuera su salvavidas. No es que a ella o a Robert les importara. A pesar de todo lo que había pasado, su hijo se veía más vivo que en semanas.

Duo y Hilde se escaparon a su habitación un par de horas después. Estaban solos en el apartamento; Robert había llevado a su esposa a una muy necesaria distracción. Había una exposición en Central Park, declaró. También, podía decir que lo que su hijo necesitaba era un momento a solas con su novia para llegar a términos con la noche pasada, no la bien intencionada asfixia que estaba recibiendo de su madre.

"Conociste a la madre de Relena?" preguntó Hilde, sentándose en la cama de Duo, obviamente hecha por su madre.

"Sólo la vi al otro lado del lobby en la gala," respondió con un suspiro. "Parece que fue hace mucho tiempo."

"Sí, es cierto." Ella miró sus manos. "Es tan triste. Y aún no entiendo por qué ese hombre… por qué trató de destruirlos… a todos!"

Duo se inclinó incómodo contra su escritorio. "Creo que ese hombre… violó a Relena. O lo intentó. Algo así. En París. Recuerdas cómo solía bloquearse cuando la tocaba?"

Hilde asintió. "Dios… fuimos tan malos con ella! Yo fui… una perra. No me di cuenta…"

"Supongo que Heero debió saberlo. Eso explica todo." Masajeó su frente. "El maldito vino aquí a Nueva York y supongo anoche que trató de hacerlo otra vez. Realmente debe odiar a Relena… cómo puede alguien odiar a Relena, tanto?! No lo entiendo!" Su puño se cerró; lo estrelló en una pila de libros.

"No creo que fuera odio," susurró Hilde, recordando los desesperados gritos del francés por Relena. "Amor, tal vez. Obsesión, definitivamente." Sacudió su cabeza. "Aterrador…"

"Sí." Duo relajó su puño. "Al menos Heero va a estar bien."

Hilde asintió. "Y tú…" Su sonrisa era suave. "Felicitaciones por entrar a la compañía."

Los esculpidos hombros de su novio se levantaron en casual indiferencia. "No parece importar mucho más. En realidad, nunca importó tanto. Para mi, de cualquier forma."

"Qué quieres decir?" Ella ladeó su cabeza. "Duo, bailar es una gran parte de tu vida. Es el futuro del que siempre hablamos tener juntos. Y ahora está aquí para ti. Cómo puedes decir que no importa?"

"Amo bailar, sí. Pero si piensas que he estado en eso todos estos años por la emoción de usar mallas, estás equivocada." Él encontró su mirada. "Hilde, bailaba porque tú bailabas. Fue lo que nos unió."

Hilde lamió sus labios. "Y ahora no puedo bailar. No como solía hacerlo. Mi terapista dice que mi tobillo se fortalece cada día, pero nunca podré apoyarme así otra vez." Se levantó. "Pero Duo… eso no debe detenerte."

"No tengo más el corazón para eso, nena." Sonrió brillantemente. "Sin ti, sólo es un pasatiempo."

"Entonces… vas a…"

"Rechazar la oferta."

Ella lo miró. "Sólo así?"

"Tengo un plan de contingencia," dijo él alcanzando en su cajón y sacando una hoja de papel plegada. "UNY, nena. Me quieren como un dragadicto quiere una dosis." Después de un momento de silencio, Hilde comenzó a reír. Duo frunció. "Qué? Es cierto! Me envían paquetes de orientación y mierda de alojamiento."

"No me río de ti, Duo," logró decir entre risas. "Es sólo…" Tomó un respiro para calmarse. "Que me quieren igual."

Él parpadeó. Dos veces. "Vas a ir a la UNY?"

Hilde asintió. "Debí haber recibido mi carta de admisión cuando tú recibiste la tuya. Tiene sentido. Aplicamos juntos, recuerdas?"

"Oh… sí! Lo recuerdo." Duo sonrió ampliamente. "Vamos a ir a la UNY, nena. Juntos!" En su excitación, la haló en sus brazos en un enorme abrazo.

Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello. "Te amo, Duo." Pensando en la vida de Heero pendiendo en un hilo y Relena a su lado durante todo eso, Hilde hundió su rostro en el hombro de su novio. "No voy a ser tan estúpida para alejarme de ti otra vez. Lo juro."

Duo cerró sus ojos, saboreando la sensación de su delgado cuerpo en sus brazos. Tenía que haber un dios en algún lugar y tenía que ser uno bueno. Era un milagro que estuviera de regreso en su vida. "Bien. Porque si hay una próxima vez, no planeo dejarte ir."

Hilde levantó su cabeza. "Por cuánto tiempo crees que vayan a estar fuera tus padres?"

"Un par de horas, supongo." Sus ojos se abrieron de la cantidad de sucias ideas que lo plagaron de repente. "Por qué?"

"No puedo hacer mucho hasta que me quiten este yeso." Ella lo miró desde tras espesas pestañas negras. "Pero he extrañado tocarte…"

Duo aclaró su garganta. "Y yo he extrañado… tocar… ser tocado… de una buena manera! También extrañé la mala…"

Ella ahogó una risita. "Cuando el yeso se vaya, quiero hacer el amor contigo, Duo. Hasta entonces…" Hilde bajó su cabeza para besar su manzana de Adán. "Malas caricias?"

"Malas caricias, bien," aceptó Duo, pausando momentáneamente para lamentar la devolución de sus habilidades linguísticas. "Tú… yo…"

"A la cama," terminó Hilde por él. "Pero lo de Tarzán es un poco retorcido para mi."

Duo la cargó en sus brazos. "No te preocupes, Jane. Mi guarida tiene sábanas de Bergdorf Goodman."

Ella rió mientras la depositaba en su "guarida." Un momento después, se le unió, cuidadoso de sostenerse sobre su cuerpo. Hilde pasó sus dedos por sus mechones. "Es algo bueno que te conociera primero, Duo. Una chica normal nunca podría manejarte."

Él bajó su boca a la suya. Separándose para respirar, le dio una sonrisa de puro amor. "Una chica normal nunca hubiese captado mi interés. Mucho menos robado todo mi corazón y alma."

"Eso es lo que he hecho?" Todo su cuerpo se estremeció, no sólo por las apasionadas palabras, sino del delicioso calor que irradiaba.

"Lo sabes." Duo la besó otra vez, tomándose su tiempo para disfrutar del cálido sabor de sus labios. "Qué tienes que decir por ti?"

Hilde cerró sus ojos; sus besos se deslizaban por su quijada hacia su garganta. "No me avergüences…"

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Había requerido un doctor, su hermano, una pareja gay francesa y Heero mismo para convencer a Relena de dejar la UCI para un muy necesario descanso y refrescamiento. No había podido soportar la idea de regresar al penthouse donde el cuerpo de su madre había sido encontrado, muerta por estrangulamiento. Quatre y Trowa la habían llevado a su suite en el Plaza; la elegante boutique del hotel le había enviado un simple vestido veraniego de su talla por requerimiento de Quatre.

Una vez bañada, vestida, y forzada a comer un poco de comida que no pudo saborear, Relena no quiso nada más que regresar al lado de Heero. Pero una llamada de Milliardo la retrasó; era requerida en la estación de policía para hacer una declaración contra Jean-Paul.

Sus amigos se quedaron con ella durante la diligencia en la estación. Cuando finalmente narró la historia completa del terror que había sufrido su vida en París, Relena pudo sentir el pasado liberándola. Con cada palabra, el poder de Jean-Paul sobre ella estaba roto. Había sobrevivido a él. Su madre no.

Su duelo parecía estar en una especie de dilación. Cada vez que imaginaba a Helen, el interior de Relena se retorcía. Había sido una alcohólica, obsesionada con recapturar un no-existente pasado a través de su hija, una caza-fortunas que había secado a los padres de Relena y Milliardo casi por completo. Y había sido una terrible juzgadora de carácter. Por eso, había pagado el último precio.

Relena no podía odiarla. Pero tampoco podía dejar de vivir en orden de llorarla.

Finalmente, las preguntas terminaron y era libre de irse, regresar al hospital. Heero la necesitaba y ella necesitaba verlo para convencerse de que realmente iba a estar bien. Zapateaba su pie con extrema impaciencia mientras el elevador la subía al piso de la UCI.

Sólo había hecho una parada entre la estación de policía y el hospital. El taxi había pasado una tienda de disfraces en el camino; había hecho esperar al taxista mientras entraba para hacer una compra rápida. Ahora, cargaba una bolsa con un falso bigote para Heero y una larga peluca negra para ella.

Si antes él pensaba que eran Gomez y Morticia, no podía esperar para ver su cara cuando los vistiera a ambos.

Se acercó al mostrador de la UCI y le sonrió a la enfermera. "Está bien si entro para ver a Heero Yuy?"

"Heero Yuy." La mujer miró sus registros. "Oh. Siento ser quien te diga esto."

Una fría mano apretó el corazón de Relena. "Decirme qué?"

"Hace como una hora… presentó un E.P. Embolismo Pulmonar. La sangre entró en sus pulmones," explicó ella. "Lo regresaron a cirugía para intentar solucionarlo."

Ella no pudo hacer funcionar sus propios pulmones por un largo momento. "Él… estará bien?"

"Desearía poder decirte," respondió la enfermera, apologéticamente. "Las complicaciones siempre son más difíciles de corregir que el problema inicial." Ella se levantó al ver la sangre drenarse literalmente del rostro de la joven rubia. "Déjame ayudarte a sentar."

Relena no protestó y dejó que la mujer la llevara hacia la fila de sillas donde había pasado catorce horas muriendo por dentro mientras Heero luchaba por su vida. Justo cuando había estado segura de haber ganado, la vida los había derribado de nuevo.

La bolsa plástica se deslizó de sus manos y aterrizó en el piso entre sus pies. El tranquilo murmullo del hospital fue roto por su repentino y ensordecedor grito.

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Continuará…