Aunque la guerra había terminado, había costumbres que permanecían. Una de ellas era la comida semanal en la Madriguera. Hermione y Harry acababan de aparecerse en las proximidades cuando vieron a los gemelos corriendo entre los campos cercanos. Segundos después, apareció Ron a la zaga blandiendo su varita con el rostro encolerizado. "¡OS MATO, OS JURO QUE OS MATO!" bramaba el pelirrojo. Los gemelos también alzaron sus armas. Antes de que pasaran a mayores -o de que escucharan los gritos dentro de la casa-, Harry detuvo a a su amigo y le exigió que le explicara qué sucedía.

-¡HE ENCONTRADO EL BORRADOR DEL ANUNCIO DEL PROFETA EN SU CUARTO, ESTOS DOS DESGRACIADOS FUERON LOS QUE LO ENVIARON A MI NOMBRE!

Ron había entrado al cuarto de los gemelos en busca de unas grajeas alucinógenas que estaban diseñando y en un cajón encontró un pergamino con varias pruebas de anuncios bochornosos. Al parecer los gemelos se enfadaron porque se burló de ellos alegando que "ser un simple dependiente no es comparable a ser un gran auror como yo". Y decidieron vengarse de forma creativa.

-¡Eso es repugnante además de un delito de suplantación de identidad! ¿¡Cómo pudisteis hacer algo así!? -les reprochó Hermione indignada.

-Como ya os hemos dicho: venganza. Y además, estos días no paras en casa, ¿eh, hermanito? -murmuró Fred.

-Cualquiera diría que el anuncio funcionó y has ligado... -se burló George.

Ron barbotó nuevos insultos y como parecía dispuesto a atacar, Harry y Hermione le propusieron ir a comer fuera. Le pidieron a los gemelos que los disculparan con sus padres y se llevaron al pelirrojo antes de que corriera la sangre. A la castaña apenas le afectó el drama. Esa noche tenía la fiesta en casa de Pansy y estaba bastante nerviosa. Pensó en ponerse un vestido de Bellatrix, pero decidió que no, que se aguantaran. No iba a fingir ser quien no era. Aún así eligió uno de sus vestidos más bonitos y se maquilló un poco. Cuando fue la hora, se apareció en el Callejón Diagon como le había indicado su compañera.

-¡Qué bien que hayas podido venir! -exclamó Pansy.

Su emoción se cortó al observar su atuendo, nada que ver con el diseño exclusivo que había lucido en la fiesta de Navidad. Puso cara de asco pero enseguida se encogió de hombros y lo dejó estar. La cogió del brazo y se aparecieron de nuevo a las puertas de un elegante edificio del centro. La slytherin le contó que todo el bloque pertenecía a su familia. Mientras entraban, le aconsejó que asintiera a todo y agasajara a sus padres, así se los ganaría. La castaña aceptó sin convicción. Accedieron a un amplio recibidor con candelabros, jarrones y armaduras que intentaban demostrar opulencia. Sin embargo, a la gryffindor le dio la impresión de que los Parkinson ya no eran tan ricos como antaño. Todo resultaba excesivo pero ninguna pieza parecía realmente valiosa y la decoración tampoco mostraba un gusto refinado. Se reunieron en el salón con el resto de los invitados y uno de ellos le llamó la atención.

-¡¿Ron?! -exclamó entre contenta y sorprendida- ¿¡Qué haces aquí!?

-Eh... -murmuró él algo nervioso- Me ha invitado mi novia...

A su lado apareció una sonriente Millicent, la mejor amiga de Pansy. Los gemelos tenían razón: la slytherin respondió al falso anuncio de Ron. Llevaban unas semanas viéndose a escondidas y esa era la noche que habían elegido para oficiliazarlo. Aunque le pareció una pareja extraña, Hermione se alegró porque su amigo parecía genuinamente feliz. Pansy murmuró que podrían salir juntos los cuatro y a todos les pareció bien.

-Ahí están mis padres, vamos a saludarlos -le indicó a Hermione.

Tras las cortesías de rigor, la castaña dedujo que el gusto que no tenía la señora Parkinson para la decoración lo tenía para el alcohol. La mujer llevaba a un camarero tres metros detrás de ella rellenándole la ginebra cada vez que vaciaba el vaso. Su marido sin embargo escrutó a Hermione como si fuese un duende que intentaba estafarle. Aún así, les dio las gracias por invitarla y alabó su casa. Ellos respondieron con educación pero no perdieron la mirada de suficiencia y ligero desprecio.

-El honor es todo nuestro, querida -sonrió la mujer-. No sabes cuánto me alegro de poder ser nosotros los que enseñemos por primera vez a la famosa chica dorada cómo es una fiesta de sangre pura.

Hermione apretó los puños y se mordió la lengua. Ya veía de dónde había heredado Pansy la capacidad de hacer un cumplido seguido de un insulto. La anfitriona no lo hacía con mala intención: lo pensaba de verdad. Su marido, sin embargo, sí que parecía estar poniendo a prueba a la pretendienta de su hija.

-Nunca habíamos recibido en nuestro hogar nada relacionado con muggles -comentó el hombre con una amplia sonrisa-, pero te aseguro que no tenemos ningún prejuicio. No somos mejores, simplemente más afortunados.

-¡Oh, no se preocupe! -respondió Hermione también sonriendo- Sé que lo son. Y supongo que se referirá a estas últimas décadas, porque de todos es sabido que previo al Estatuto del Secreto, los Parkinson fueron una de las familias que más se relacionó con los muggles. Seguramente la mitad de las obras de arte de esta sala las compraron sus nobles antepasados a artistas muggles. Es gratificante ver cómo las lucen con orgullo.

Tanto los dos adultos como Pansy se pusieron lívidos y se dirigieron miradas entre ellos. ¿Cómo podía saber eso una sangre sucia? Hermione sabía que no tendrían valor para preguntárselo y confirmar así que era verdad. Tampoco les hubiese confesado que a Bellatrix le encantaba cotillear sobre los Sagrados Veintiocho y constatar que todos eran inferiores a los Black. Tomó nota mental de darle las gracias por el dato. Y de preguntarle si los Parkinson se habían empobrecido tras la guerra. Obviamente el cariño de los padres de su novia ya no se lo ganó. La miraron con el mismo desprecio pero ahora con cierto temor. La gryffindor estaba segura de que consentirían su relación aunque solo fuese por la importancia de tener al enemigo cerca para vigilarlo.

El resto de la noche ella y la morena bailaron, bromearon y bebieron. Cuando los invitados empezaron a retirarse, se despidieron de Ron y Millicent y salieron al balcón. Hacía buena noche y las vistas de Londres eran bonitas. Se miraron a los ojos y con romanticismo, Pansy decidió:

-Vamos a morrearnos de una vez y acabamos con la tontería.

Hermione no puso objeciones. Acercaron sus rostros, abrieron la boca y... sus frentes se chocaron. Maldijeron. Ambas chicas se frotaron la zona doloridas, pero volvieron a internarlo. En ese momento, colisionaron sus narices.

-¡Joder! -maldijo Pansy- Con Draco era más fácil y agradable.

-¡Creéme que con Be... con mi exnovia también! -aseguró- Vamos a internarlo despacio y con suavidad.

Como dos caracoles aproximándose a una suculenta hoja de lechuga, lograron juntar sus labios por fin. El pintalabios mate de Pansy era muy seco y el brillo que había usado Hermione resultaba muy aceitoso. El resultado de la mezcla dio lugar a que a los tres segundos ambas se asemejaran al Joker. Ninguna le dijo nada a la otra. Siguieron juntando sus bocas y recorriendo con sus manos el cuerpo de la otra. Pansy mordió el labio de Hermione haciéndole daño, pero la chica aguantó. Abrió la boca e introdujo la lengua en la de la morena. Estuvieron así unos segundos mientras experimentaban un choque de sensaciones. Fue la slytherin quien echó el freno:

-Mira, Hermione, por favor, deja de meterme la lengua como si fuese un tentáculo, me vas a ahogar -protestó irritada.

-Lo hago para ver si así dejas de hacer ruidos de succión como si estuvieras sorbiendo espaguetis -informó la castaña.

De momento era un completo asco. Nada agradable. Pero aún así se miraron y se rieron. Las primeras veces solían ser desastrosas. Decidieron volver a intentarlo. La morena deslizó la mano por el pecho de Hermione y se lo acarició sobre la tela del vestido con lo que juzgó que era sensualidad. La castaña se revolvió nerviosa mientras pensaba que hasta su ginecólogo la excitaba más al examinarla. No se quejó porque en su intento por acariciar la espalda de la slytherin, se le había enganchado la pulsera en los flecos de su vestido. No lograba liberarse y se iba a cargar la prenda de su compañera, así que sacó su varita y murmuró casi sin abrir la boca: "Relashio". Creyó que pasaría inadvertido porque Pansy le estaba besando la mandíbula. No fue así.

-¿Qué acabas de decir? -preguntó extrañada la morena.

Hermione decidió mentir para que no viera el desgarrón en la tela.

-Es... un rollo muggle. Siempre que nos besamos por primera vez invocamos al dios Elasio para que bendiga la relación.

-¿Estás de coña?

-No, ya sabes, una superstición muggle, somos estúpidos.

-Eso es cierto -concedió Pansy-. Bueno, dejamos ya el besuqueo y coincidimos en que ha sido un asco, ¿verdad?

-Completo y absoluto, compañera -aseguró sin acritud-. Ya iremos mejorando... supongo... espero...

Salieron del balcón deseando olvidar que sus bocas no se complementaban en absoluto. Se lo tomaron a risa y estuvieron de acuerdo, decidieron que eso era lo importante. Mientras sus padres se despedían de los últimos invitados, Pansy le indicó que la acompañara a su habitación. Hermione se puso tremendamente nerviosa. No le apetecía nada acostarse con ella, era evidente que sus cuerpos todavía se repelían. Cuando llegaron al amplio dormitorio, la gryffindor decidió frenarla con suavidad:

-Mira, Pansy, me gustas, pero creo que debemos esperar. No creo que ninguna de las dos estemos preparadas para...

-¿Para qué? -preguntó extrañada- ¡¿Te refieres a acostarnos?! -inquirió sobresaltada- ¡Merlín, por supuesto que no! ¡Te traigo aquí para que uses la chimenea de mi cuarto, la de abajo estará ocupada! Si el beso ha sido como lamer al calamar gigante seguro que si intentamos intimar nos rompemos una pierna o nos contagiamos una ETS. Yo echaría de menos el micropene de Draco y tú a tu amante imaginaria...

Hermione entendió que estaba siendo completamente sincera y se sintió aliviada de poder hablar las cosas. Pero captó que intentaba enfurecerla con la última frase. Así que en lugar de defenderse, cogió un puñado de polvos flu y comentó:

-Sabes, el micropene de Draco es herencia de su padre. Al parecer Lucius dejó de acudir a las orgías de mortífagos en su juventud porque hasta Voldemort le hacía bulling por su tímido colibrí.

En el momento en que vio la expresión de repugnancia y sorpresa de Pansy, Hermione desapareció sonriente por la chimenea. Bellatrix también le había dado demasiada información sobre su cuñado. Estaba bastante segura de que la última parte se la había inventado, pero con ella nunca se podía descartar nada... Llegó a su casa, se limpió la cara y se durmió pensando en qué estaría haciendo su pirada favorita.


Un rayo de sol se coló entre las pesadas cortinas y le acarició la cara. La almohada olía a ámbar y jazmín y en el exterior solo se escuchaba el viento. Despertó desorientado, creyendo que se trataba de otro sueño. Se frotó los ojos y observó las sombras que se dibujaban en la semipenumbra: imágenes de dragones, orquídeas negras, serpientes y calaveras ornamentales (quiso creer que eran ornamentales) y cuchillos de plata. Solo podía ser el cuarto de Bellatrix. Se tranquilizó al ubicarse y comprobar que había sido real. Hasta que vio que la mortífaga no estaba entre sus brazos. ¿Y si se había ido? ¿Y si era su forma de vengarse por haberla dejado? ¿Y si...? Se giró y la encontró en el otro lado de la cama oculta bajo las sabanas. "Siri, tranquilízate, machote, que estás desquiciado" se reprendió internamente. "¡Eh, eh! ¡No te llames Siri, solo Trixie puede llamarte así!" se respondió a sí mismo. Igual sí que estaba peor de la cabeza que su prima... Se acercó a ella y la abrazó.

Aunque seguía sin ser su posición favorita, la slytherin se había acostumbrado y ya no le resultaba molesto dormir así. Cambió de postura y se giró hacia él, pero no abrió los ojos. Saiph también se reacomodó en su almohada. El cansancio de ambos tras sus múltiples viajes era más que evidente. El merodeador le acarició el pelo a una y las escamas al otro. Pasaron horas sin cambiar de posición. Se despertaron cerca del medio día. Bellatrix se desperezó y llamó a un elfo para que les subiera algo de comer. Mientras, Sirius comprobó discretamente su mano para asegurarse de que seguían prometidos. Así era, seguía llevando su anillo; de hecho, era el único que no se había quitado para dormir. Esa imagen le inspiró para empezar el día con un debate intelectual.

-¿Quién crees que ganaría en una pelea: un thestral o un hipogrifo? -preguntó el animago- Siempre tenía esa discusión con James y nunca llegamos a un acuerdo.

-Un thestral, evidentemente, el otro ni siquiera lo ve -murmuró ella adormilada.

-¡Eso decía yo! -exclamó el moreno satisfecho- Pero James replicaba que los hipogrifos matan para comer, entonces claro que lo vería.

-No basta con matar o ver cadáveres, hay que comprender la muerte. Un hipogrifo tiene hambre y lo soluciona, en absoluto entiende el acto de matar. No lo vería. Gana el thestral y Potter era medio lelo como lo es su hijo. Fin.

Sirius maldijo en voz alta porque no se le hubiese ocurrido a él veinte años atrás, hubiese ganado su eterna batalla contra James. Su segunda reflexión fue que cada día amaba más a esa mujer: no solo era la persona más inteligente que conocía, sino que entraba en sus conversaciones absurdas incluso medio dormida. Nunca había tenido ambas cosas con nadie. La bruja hizo ademán de levantarse para desayunar en el sofá, pero el moreno la atrajo hacía sí. "Eh, eh, dame los buenos días" protestó él. Ella puso los ojos en blanco pero se besaron mientras Sirius le acariciaba las costillas. No había perdido la extraña obsesión por el tacto de sus huesos. Después de unos minutos enroscados, la bruja le informó de que tenía hambre. Se desplazaron hasta el sofá y la mesita y comieron junto al dragón que ya se había abalanzado sobre la fruta con chocolate. El animago le preguntó cuándo querría casarse, si prefería un mes u otro. La bruja lo meditó durante unos segundos y con toda tranquilidad sentenció:

-Mañana.

-¿Cómo? -preguntó él sorprendido.

-Quiero casarme contigo y no me gusta tener cosas pendientes, mañana tengo hueco. La jueza que se encarga de eso me adora, vendrá encantada en cuanto se lo pida. Así que no veo ningún problema. ¿Tú quieres esperar?

-No... No, claro que no -respondió él-. Quiero ser tu marido cuanto antes pero ¿podríamos esperar una o dos semanas? Sé que preferirías que fuera algo íntimo solo nosotros, pero ¿te importaría si invitara a Harry, Hermione y Remus al menos? Puedo enviarles las cartas hoy mismo y como mucho tendríamos que esperar un par de semanas...

-No tengo problema en que vengan tus amigos, pero no querrán, te casas conmigo... Podemos esperar lo que quieras, les envío el traslador para que no les cueste nada y se pueden quedar en cualquiera de mis casas aquí. Pero aún así no vendrán, Sirius. Les escribirás, te dirán que a una boda conmigo no, te pondrás triste y ya no querrás estar conmigo.

-Eh, cielo, te lo he dicho mil veces: voy a querer estar contigo siempre, pase lo que pase -aseguró él abrazándola- Mira, yo les escribo y si vienen, genial y si no, también, ¿vale?

La bruja asintió pero le recordó que ella no era buena consolando gente y no sabría cómo hacerlo cuando le rechazaran. Él le aseguró que no haría falta, si eso sucedía, lo asumiría. Respecto al resto de detalles no les hizo falta hablar mucho. Bellatrix no quería nada que le recordase a su boda con Rodolphus, así que no se lo contarían a Narcissa hasta que hubiera sucedido. Ella jamás les permitiría casarse en secreto: organizaría una boda suntuosa y digna de la nobleza, quisiesen ellos o no. Lo harían en la ladera de la montaña, en uno de los bosques habitados por dragones y los elfos domésticos se encargarían de montar lo necesario. Saiph se ocuparía de llevar los anillos, era el único punto que a la mortífaga le hacía especial ilusión. Respecto a las fotos, uno de los dragonologistas que vivían en los terrenos era también fotógrafo y lo haría encantado. A Sirius le pareció todo estupendo, pero quedaba el tema de los padrinos.

-Si no quieres que tu hermana sea tu madrina, no sé a quien puedes pedírselo... Y lo mismo en mi caso si no vinieran Harry ni Remus -murmuró el animago.

-No, no quiero que venga Cissy. De hecho, la semana que viene se va con Lucius de viaje a Italia para visitar a los Malfoy de esa zona, así que podemos aprovechar. Seguramente si se lo pedimos, Hermione sí que vendrá y será mi madrina, pero igual es raro... Y si los tuyos no quieren, podría ser Draco, él no va de viaje con sus padres y no se chivará.

-Ni siquiera conozco a Draco -comentó el animago.

-Es el hijo de Cissy y el bobo de Malfoy -contestó la bruja extrañada.

-¡Ya sé quien es! -protestó Sirius- Me refiero a que no me lo han presentado nunca, como mucho nos vimos de lejos en la guerra. Y eso es todo.

-Ah... Claro. Te caerá bien, es un buen chico, es inteligente y a mí me quiere mucho -comentó orgullosa-. Podemos quedar esta tarde para tomar el té con ellos y así le conoces.

Al merodeador le pareció un buen plan, aunque no tuvo tan claro que el hijo de su prima menor fuese a acogerle con emoción... Como Bellatrix no quería moverse ni para enviar una lechuza, le mandó un patronus a Narcissa informándola de que esa tarde iba a tomar el té con ella. No le comentó nada de su futuro marido porque no quería renunciar a la sorpresa. Decidieron contarle que estaban juntos pero nada del compromiso, poco a poco para reducir el drama. Al rato el patronus águila de su hermana pequeña apareció con la confirmación de que la esperaban para el té. Tras cerrar eso, coincidieron que con esos cinco minutos de conversación ya habían organizado toda la ceremonia. Solo quedaba una cosa que a la mortífaga le inquietaba:

-Oye, Siri, ¿es importante para ti lo de que me vista de blanco y todo eso? -preguntó ella con poca seguridad.

-Trixie, quiero casarme contigo: como no vayas de negro, me negaré a hacerlo. Y con el pelo así, me encanta cuando te lo alisas, pero prefiero cuando pareces una loca que no se ha peinado en su vida porque está ocupada destruyendo el mundo.

La bruja se rió y se sentó sobre sus rodillas para poder besarle en condiciones. Después, ya que estaban, hicieron el amor con bastante más calma que la noche anterior. A la hora en punto, se aparecieron en la ladera de la montaña donde estaba la nueva Mansión de los Malfoy. Bellatrix le advirtió a Sirius que se pusiera elegante: una cosa era que la noche anterior le hubiese permitido su look desenfadado y otra muy diferente sería presentarse así en casa de su hermana. Temían a la rubia más que a cualquier mandatario internacional, así que ambos renunciaron a sus sempiternas botas de combate.

El animago, que solo había estado en la cima y en los bosques de alrededor, observó el lugar con curiosidad. Se hallaban en una zona de prados de hierba alta con brillantes amapolas por los que campaba una pintoresca familia de pavos reales. La temperatura era un poco más cálida que en la cumbre pero tampoco demasiado, la altura seguía siendo notable. La casa era más pequeña que la de Bellatrix pero igualmente elegante: de arquitectura moderna con pocos adornos, toda en blanco y colores fríos y con grandes cristaleras que reflejaban la luz. Todo lo contrario a la solariega Mansión Malfoy de Inglaterra. Era evidente que Narcissa -porque ella siempre era la dueña y señora- buscaba un cambio radical.

En cuanto Bellatrix se acercó a la elegante puerta principal, se abrió ante ella. La bruja entró con confianza mientras Sirius la seguía a cierta distancia, Narcissa Malfoy era de las pocas personas que le inspiraban temor. Un elfo salió a recibirlos y le indicó a la morena que su hermana la esperaba en el salón principal. En cuanto entró, la rubia se levantó para abrazarla y preguntarle por su gira. Su sonrisa se borró cuando se percató de que no estaba sola. Dirigió a Sirius una mirada glacial y durante unos segundos lo contempló en silencio. Su hermana mayor, que seguía sin saber interpretar las emociones humanas, exclamó alegremente:

-¡Siri ha vuelto y...!

-Bella -la cortó Narcissa con calma- ¿Puedes subir a saludar a Draco? Esta estudiando, pero tiene muchas ganas de verte y le he prometido que le avisaría en cuanto vinieras.

-Claro, pero ¿no puede bajar él? Quiero presentarle a...

-Sube tú primero, le hará ilusión verte a solas. Luego se lo presentas.

Su hermana se encogió de hombros y aceptó. Le dirigió una mirada a Sirius para confirmar que todo iba bien. El animago se esforzó por sonreír para que su prometida no notara que le daba pánico quedarse a solas con su prima menor. Así que la bruja se marchó a saludar a su sobrino. Con un gesto seco, la rubia le indicó a Sirius que se sentara en en sofá frente a ella. El animago obedeció sin rechistar. Se dio cuenta de que no había calibrado bien la situación. La última vez que vio a Narcissa fue cuando le pidió información sobre la Fiesta de la Ascendencia y le confesó que quería a su hermana. Ella le ayudó porque creyó que sería beneficioso para la mortífaga. Pero en Navidad, cuando Bellatrix le confesó su enamoramiento, Narcissa le advirtió que Sirius la dejaría al conocer sus planes. Y tuvo razón. Y probablemente se sentía responsable: de no ser por ella, el animago no habría podido localizarla en Estocolmo.

-¿Cómo estáis, Narcissa? -preguntó él con educación.

La única respuesta que obtuvo fue la hostilidad y el desprecio en los ojos azules de su anfitriona. Cuando habló, lo hizo con voz pausada, sin elevar el tono y con una perfecta frialdad.

-¿Qué sucede, te has quedado sin dinero por ser un miserable traidor a todos los niveles y vuelves a necesitar a mi hermana?

-¡Por supuesto que no! Lo último que...

-¿No es dinero? ¿Qué quieres entonces, cómo piensas aprovecharte de ella esta vez? -preguntó con calma.

De ser cualquier otra persona, Sirius habría recurrido a su varita y a varios insultos creativos. Pero era su prima, la hermana favorita de su futura mujer y deseaba llevarse bien con ella. Además, por desgracia, tenía parte de razón y solo pretendía proteger a Bellatrix. Así que esperó cinco segundos antes de contestar y procuró calmarse.

-Siento mucho lo que sucedió, Narcissa. Yo quiero a Bella y lo último que haría sería aprovecharme de ella. Cuando me contó sus planes de conquistar el mundo me asusté. Como comprenderás, cuando me nombraba sus negocios no pensé que consistieran en liberar dragones y presidiarios para imponer su propio orden mundial y armar una nueva guerra si fuese necesario...

-¿De verdad no previste algo así? Entonces no la conoces. Bella vive para ser la mejor, la más poderosa, nuestro padre la educó así. Además, ella te lo quiso contar desde el primer día, fuiste tú quien prefirió permanecer ajeno y la dejaste hacerse ilusiones... Lo que sí me sorprendió fue que el noble e íntegro Sirius Black hiciera creer a mi pobre hermana que por fin alguien la quería. Y cuando ella se ilusionó, tú la abandonaste. Eso sí que no lo preví, porque de haberlo hecho, jamás te habría permitido acercarte a ella, bastante ha sufrido ya.

Hasta ese momento Sirius no se había dado cuenta de que su ruptura debía haberle afectado a la duelista igual que a él. Y mientras él contó para recuperarse con el apoyo de Remus, Tonks, Harry, Hermione e incluso el pequeño Ted, Bellatrix solo tuvo a su hermana. La cual por cierto estaba logrando perfectamente el objetivo de hacerle sentir culpable. En voz baja y con cierta vergüenza le aseguró que se arrepentía, que ahora estaban bien, se querían y él jamás le haría daño. La expresión de su prima pequeña no cambió, e iba a responderle lo que probablemente hubiese sido otro comentario corrosivo, cuando la afectada y Draco entraron al salón.

-¡Mira lo que me ha traído tía Bella de su viaje! -exclamó el rubio enseñándole a su madre una snitch firmada por su jugador favorito.

El chico se cortó en seco al ver a su tío segundo al que ni siquiera conocía. La única que parecía feliz y ajena a todo era la mortífaga. Solo al ver las expresiones de su hermana y su prometido entendió que algo fallaba, pero no logró deducir qué. Le dirigió a Sirius una mirada interrogativa y él sacudió la cabeza discretamente intentando convencerla de que todo iba bien. Narcissa le contó a su hijo que el animago había ido a tratar unos asuntos con Bellatrix. Evidentemente él no sabía nada de la relación entre sus tíos. Draco se sentó junto a su madre y la duelista se acomodó junto a Sirius. Iba a cogerle la mano para contarle a su sobrino que estaban juntos pero el moreno la apartó y la miró dándole a entender que no era el momento. Ella no comprendió el motivo, pero lo respetó y cambió de tema.

-¿Y mi brillante cuñado? -preguntó con sorna la duelista.

-Tenía que ir al banco para sacar dinero para nuestro viaje a Italia -explicó Narcissa-. Me ha pedido que te diga que agradecerá enormemente si esta vez tu hijo no carboniza a ninguno de sus pavos reales.

Bellatrix iba a exclamar que Saiph era inocente de todos los cargos cuando echó un vistazo por la ventana. Los valiosos animales que tanto cuidaba Lucius Malfoy corrían espantados por toda la pradera intentando huir del dragoncito que los perseguía entusiasmado soltando llamaradas de varios metros. La morena cerró la boca, agradeció que Narcissa estuviera de espaldas al ventanal y modificó de nuevo el rumbo de la conversación.

-Draco me ha contado que no viaja con vosotros porque se queda a estudiar -comentó mirando al chico-. Si quieres venirte a casa para no estar solo, por ser tú, te dejo quedarte.

-Gracias, tía -respondió el rubio agradecido-. Pero prefiero quedarme aquí, tengo todas mis cosas. Iré a verte por las tardes para tomar el té.

"Té" era la palabra clave que ambos usaban para "whisky", pero por supuesto se lo ocultaban a la madre del chico. Bellatrix aceptó de inmediato y Narcissa le dio las gracias por cuidarlo en su ausencia. Después de varias conversaciones insustanciales, la mortífaga les informó de que volverían otra tarde y se despidieron. Para el animago la despedida fue igual de tensa que el saludo, pero tanto él como la rubia disimularon lo máximo posible. Hasta Draco se dio cuenta de que algo pasaba. Pero Bellatrix se hallaba ocupada intentando recuperar a su hijo que lo estaba pasando en grande con las aves exóticas. Cuando lo logró, agarró también a Sirius y volvieron a su casa en la cima.

-Ha ido bien, ¿no? -preguntó Bellatrix en su inocencia- ¿A que Draco es un sol? Mañana podemos contarles que estamos juntos, no sé porque no has querido hacerlo hoy...

-Bueno, supongo... -respondió él sin saber qué revelar- Sí, Draco parece... que te quiere mucho.

La bruja asintió orgullosa. No estaba acostumbrada a que la quisieran y ahora la querían tres personas contando a su hermana, ¡estaba en racha! A Sirius le dio pena sacarla de su fantasía, pero no quería mentirle. Tras debatirlo consigo mismo durante unos minutos se dio cuenta de que Bellatrix merecía saber que su hermana no estaba de acuerdo con su relación, no podían casarse a espaldas de Narcissa sin saber que ella no lo aprobaba. La bruja había desaparecido para darle la merienda al dragón. Cuando terminó, acudió alegremente. "Bella, en realidad no ha ido tan bien..." comentó. Le resumió la historia de forma suave intentando no hacer quedar mal a nadie. La sonrisa de la slytherin desapareció al instante.

-Vaya... Sois toda mi familia... -murmuró ella con tristeza- Estaba muy contenta porque creía que os habíais llevado bien, nunca me entero de estas cosas...

-No te preocupes, cuesta bastante entender los sentimientos humanos -contestó él con cariño-. Podemos retrasar la boda lo que haga falta para que Narcissa...

-¡No, no! -le interrumpió ella nerviosa- ¡Yo quiero casarme ya! Cissy lo entenderá, seguro que no se lo has explicado bien. ¿Le has dicho que vuelves a quererme?

Sirius sonrió enternecido. Le sorprendía inmensamente que quien había sido una asesina despiadada (y seguía siéndolo) pudiese ser tan inocente en los asuntos afectivos. Le acarició la mejilla con dulzura y murmuró: "Yo nunca he dejado de quererte, cielo, pero no es tan fácil. Narcissa se preocupa por ti y no se fía de mí". Bellatrix frunció los labios intentando comprenderlo. ¿Por qué había que darle tantas vueltas? Ahora era feliz con Sirius y su hermana siempre había querido que fuese feliz, así que ya estaba, todos felices. El animago decidió ayudarla con un ejemplo:

-Imagínate que alguien que quiere mucho a Saiph, aunque sea sin querer, le deja durante unos meses y eso le hace daño. ¿Tú le perdonarías inmediatamente o...?

-Le torturaría. Durante semanas -aseguró la bruja sin dudar-. Y luego lo mataría. Nadie hará nunca daño a mi pequeñín.

Le miró como esperando el resto de la alegoría, pero enseguida cayó en la cuenta: "¡Por Morgana, Cissy va a torturarte y matarte!" exclamó horrorizada. Sirius tuvo que tranquilizarla y explicarle que normalmente la gente no era tan extrema en sus pasiones. La bruja no estaba tan segura de la clemencia de su hermana, pero asintió y se tumbó junto a él en el sofá. El animago le pasó un brazo por la espalda y ella apoyó la cabeza en su hombro. "No creí que fuese a ser tan complicado..." murmuró la slytherin. Ella daba por sentado el rechazo a su relación por parte de los amigos de Sirius, pero creyó que al menos Narcissa se alegraría. Al parecer no era así, estaban solos. Aún así, Bellatrix le aseguró que lograría convencer a Cissy. Y Draco opinaría lo mismo que su madre. La opinión de Lucius le interesaba lo mismo que la de sus chamuscados pavos reales. El animago asintió y como ninguno de los dos tenía ganas de cenar, se quedaron un rato en silencio dormitando en el sofá.

Un par de horas después, la bruja comentó que tenía que preparar varios documentos para su nuevo puesto en la Comisión Europea de Magia y se iba a poner ya para quitárselo rápido. Le sugirió que aprovechara para escribir las cartas a quienes quisiera invitar a su boda. Ambos sabían que no era tan sencillo como eso, antes tenía que explicarles por qué había decidido pedirle matrimonio a su prima y fugarse con ella sin despedirse de nadie... Y no iba a ser fácil.

-Vale, de acuerdo -aceptó Sirius sin moverse.

"Siri, vas a tener que soltarme..." informó la bruja que seguía tumbada en el sofá entre sus brazos. Se revolvió intentando liberarse pero sin éxito. El animago la estrechó junto a su cuerpo con más fuerza y hundió la cara en su cuello.

-O...podemos quedarnos así para siempre, están ahí las dos opciones -respondió él.

Bellatrix sonrió y le acarició la melena oscura. Cuando se cansó, murmuró:

-Déjame que acabe con eso y así ya no tengo nada que hacer en toda la semana, podemos pasar el resto de días sin salir de la cama, ¿vale?

A regañadientes, al gryffindor no le quedó otra que aceptar. Antes de soltarla le hizo prometer que en cuanto acabara subiría a dormir con él. Ella aseguró que así lo haría. Liberó a su prometida que se marchó a su despacho para trabajar en la documentación para sus futuras tramas y él subió a su habitación. Como ya era casi de noche, decidió quitarse el mal trago de escribir las cartas para poder mandarlas a la mañana siguiente.

Empezó por la de su ahijado. Le describió sencillamente la realidad: siempre había estado enamorado de su prima y por mucho que hubiese intentado negar esos sentimientos, era la única persona a la que había querido. Era inmensamente feliz junto a ella y aunque sabía que no era la mujer más buena o estable del mundo, él no deseaba nada más. Esperaba que lo comprendiera y le hiciera el honor de ser su padrino de boda. Le costaba mostrarse tan vulnerable y abrirse así incluso con Harry, pero deseaba que acudiera y pensó que la sinceridad era el camino más eficaz. Menos sentimental pero de contenido similar fue la carta a Lupin. A él le comentó que su asistencia le haría muy feliz y que tenía razón en muchas de las cosas que predijo sobre su relación, pero no en que Bellatrix no pudiese amar, a él le quería. Y lo mismo con Hermione, le aseguró que ambos la apreciaban mucho y les haría ilusión contar con ella. También le escribió a Tonks porque sentía que le debía una explicación, aunque no la invitó porque sabía que entre cuidar a Ted y su dudosa relación con su tía, ni se plantearía el viaje.

Era casi la una de la madrugada cuando cerró el último sobre. Acabó agotado, más por el esfuerzo emocional que por el físico. Le angustiaba que Bellatrix tuviese razón y ninguno de sus amigos acudiera a su boda. Sabía que la mortífaga despertaba sentimientos encontrados y preferirían que estuviese con cualquier otra mujer, pero él no quería a ninguna otra, tendrían que aceptarlo... O eso esperaba él. ¿Y si sus amigos se enfadaban con él? ¿Tendría que elegir entre Harry y Bellatrix? Amaba a la bruja con locura (y quizá la locura era la clave), pero le daba miedo renunciar a todo por ella. Temía que su relación no tuviese futuro y al terminar, él se quedase solo otra vez. Desde que huyó de casa a los dieciséis la soledad era su mayor miedo. Tendría que esperar la respuesta para saberlo...

Llamó a uno de los elfos para que se encargara de mandar el correo a la mañana siguiente y volvió a su habitación. Le dio pereza hasta cerrar las cortinas. Sabía que los asuntos de su prometida eran importantes y no quería molestarla, así que se metió en la cama sin esperarla. Sería debido al desgaste emocional, pero se durmió enseguida. Dos horas después, se arrepintió de no haber cerrado las cortinas. Una fuerte tormenta empezó a descargar y al estar la mansión en una montaña, aún caía con más fuerza. El animago se despertó perturbado por el ruido. Con un gesto de su varita, cerró bien las ventanas y amortiguó el repiqueteo de las gruesas gotas que asediaban los cristales.

-Tranquilo, Sirius, es solo lluvia, estás a salvo... -se repitió mientras intentaba calmarse.

Para muchas personas, las noches de tormenta resultan agradables: acurrucarse y dormir relajado en el calor del hogar mientras el repiqueteo de la lluvia reconforta los sueños. Pero no los suyos. No los de alguien que pasó doce años en Azkaban donde el agua caía sin interrupción y marcaba el compás de los pensamientos obsesivos que le llevaron a volverse loco. Después de la soledad y la angustia de que le pasara algo a su familia, el líquido elemento suponía su mayor temor. Cuando escapó de la cárcel y tuvo que dormir al raso, en las noches de tormenta se convertía en su forma canina y se escondía en cualquier agujero hasta que amainaba. En Grimmauld Place tampoco dormía en esas ocasiones, bajaba a la biblioteca a emborracharse hasta perder la conciencia. Le daba miedo cerrar los ojos con aquella banda sonora que le había acompañado en su peor época, temía abrirlos y descubrir que seguía en su celda y la libertad había sido una quimera.

Sabía que era irracional, pero no podía evitarlo. Pensó en contárselo a sus amigos para que le ayudaran a sobrellevarlo, pero, en primer lugar, era demasiado orgulloso y le daba vergüenza reconocer su debilidad. Y además sabía que la solución que le darían sería un sanador de almas. No es que no valorara a los profesionales, pero nadie que no hubiese estado en Azkaban podía tener idea de lo que era. Con la destrucción de la prisión los sueños oscuros se disiparon, pero por desgracia las noches de lluvia estaban demasiado arraigadas en su psique. Las pesadillas son peores cuando las vives sin cerrar los ojos.

Solo en una ocasión había podido descansar con la lluvia de fondo. Sucedió en Grimmauld Place y fue porque su persona favorita -aún sin saberlo- estaba a su lado para protegerlo. Decidió que eso tenía solución. Se levantó de la cama con la varita firmemente agarrada en un gesto tranquilizador. Recorrió los oscuros pasillos ahogando gemidos de angustia cada vez que se escuchaba un trueno. Bajó al piso de abajo e intentó recordar cuál era el despacho de la bruja. Tras un par de fallos, llamó a la puerta correcta.

Esa habitación era, aunque no lo pareciera, un claro reflejo de la mente de su propietaria. De alguien tan trastornado el mundo hubiese esperado papeles revueltos, manchurrones de tinta por todas partes, montones de libros por el suelo... el caos en su misma esencia, en definitiva. Pero no era en absoluto así. Se trataba de un cuarto amplio, con grandes ventanales y varias librerías y estanterías. Los libros estaban ordenados por temática, los archivadores con documentos se almacenaban impolutos y no había una sola pluma fuera de sitio. Se notaba que la mortífaga pasaba ahí horas urdiendo sus tejemanejes. Ella era así: el caos por fuera y el orden absoluto por dentro. Se había encargado de transmitir una imagen de demente que facilitaba sus artes manipulativas y lo había logrado sin problema.

Bellatrix, absorta redactando un documento, levantó la vista al oír la puerta y miró el reloj. Casi las tres de la mañana.

-Perdona, Siri, se me ha hecho tarde, no me he dado cuenta de la hora que era. Termino esto y... ¿Te encuentras bien? No tienes buena cara... a pesar de tus maravillosos rasgos Black.

El animago sonrió. Le dio vergüenza confesar la realidad: por la forma en que la lluvia atacaba los grandes ventanales del despacho, era evidente que se trataba de un temor no compartido. La mortífaga adoraba la lluvia y la oscuridad, el clima era lo único que le había gustado de la prisión. Cada uno salía de Azkaban con sus propios traumas: el suyo era la lluvia; el de Bellatrix, la paranoia de que la vigilaban. Así que él simplemente respondió:

-Esta lloviendo.

Sabía que eso desencadenaría una decena de preguntas más que no estaba preparado para contestar, pero si no quedaba otra... Solo que no fue así. Bellatrix recogió lo que estaba haciendo con un gesto de su varita. Se levantó y murmuró: "Ven, vamos a dormir". Lo acompañó de vuelta a su habitación, adoptó una camisa suya como pijama (con la que en opinión de Sirius estaba maravillosamente sexy) y se metió a la cama con él. Le pasó un brazo por la cintura y comentó con voz suave:

-Siri, estás a salvo conmigo. Sé que no soy una novia, una mujer o incluso una persona demasiado funcional; pero si algo se me da bien es defenderme. Entiendo que en tus fantasías yo sea inocente y frágil y seas tú quien me proteja, pero si me dejas puedo...

-Te dejo completamente -la interrumpió él-, pero sigue hablando.

Ella sonrió mientras él la abrazaba con fuerza centrándose en el sonido de su voz y no en la tormenta.

-Mi casa es el lugar más seguro del mundo. Literalmente. Sabes que soy un pelín paranoica... Hay tantísimos hechizos protectores que a su lado Hogwarts y Gringotts parecen la cabaña del gigante ese; y de hecho, el asalto a Hogwarts lo diseñé yo, en Gringotts robé un horrocrux y liberé a un dragón y la choza esa la destruí en un segundo. Así que el mayor peligro del mundo mágico soy yo.

Él se relajó notablemente. No tanto por la idea de hallarse en un bastión inexpugnable sino simplemente por la calidez que le transmitía la bruja. Le fascinó pensar que los traumas paranoides que Azkaban había dejado en Bellatrix solucionaban los suyos propios. Estaban hechos el uno para el otro, no había duda. Cerró los ojos y siguió escuchándola.

-Se pasará, Sirius, haremos que se pase. Llegará un día en que oirás llover y será como cuando yo oigo a Cissy decirme que sea educada: te dará exactamente igual.

El merodeador no pudo evitar reírse, la adoraba más a cada minuto. Y realmente creyó en sus palabras. Le susurró que si estaba con él no dudaba que se le pasaría. Ella le acarició el pelo y murmuro:

-No consiento que nadie toque mis cosas. Nunca, bajo ningún concepto. Saiph y tú sois lo único que me importa y no voy a permitir que nada ni nadie os haga daño. ¡Porque te quiero, joder! Eres mío y de nadie más, solo yo puedo asustarte.

A Sirius Black nunca le habían dicho "te quiero" con tanta brusquedad; Sirius Black nunca había sido tan jodidamente feliz. La duda de a quién elegiría entre su prometida y sus amigos se disipó por completo.