Domingo 20 de Marzo de 2016
Denver
Rachel Berry
29
Ni el sol, ni los casi 25 agradables grados que se dejaban sentir en aquel primer día de la primavera, lograron acabar con el temblor que me acusaba desde bien entrada la mañana. Temblor que lógicamente poco o nada tenía que ver con el clima que, por segundo año consecutivo, se esmeraba en cambiar el promedio habitual de aquella ciudad.
Había sido el invierno más cálido de cuántos se recordaban en Denver, aunque para mí no habían sido más que los meses más lúgubres y fríos de cuántos recordaba haber vivido a lo largo de mi vida. Sobre todo aquel día.
Tenía la esperanza de guardar un buen recuerdo de Denver, de llevarme conmigo para siempre esa sensación de saber que, durante muchos años, había sido mi hogar. Pero no. Después de lo acontecido aquella mañana, lo único que me obligaba a permanecer en aquella ciudad por algunas horas más no era otra cosa más que ella, y su insistencia por vernos en aquella situación. Situación que por supuesto no entraba en mis planes.
Lo único que me apetecía era tomar el primer tren de regreso a Oklahoma, y hacer de mi vida algo más interesante que pasarme las horas lamentándome y llorando, como había estado haciendo durante los últimos meses. Aunque lo cierto, y gracias a eso que dicen de que el tiempo lo cura todo, había empezado a asimilar ciertas etapas de mi vida que tenía que dar por finalizadas.
Etapas que podría equiparar a las tan manidas fases de asimilación que todo ser humano ha de superar cuando algo importante sacude su vida. En mi caso, una separación.
Me había visto superada por los acontecimientos que se habían ido sucediendo a lo largo de mi vida, de hecho, pasé años para lograr asimilar y superar el duelo por la muerte de mi padre. Pero separarme definitivamente de Jesse no fue fácil de digerir, mucho menos por las circunstancias en las que se dieron los acontecimientos.
Habían pasado seis meses y seis días exactamente desde el 1 de Septiembre, el día en el que Jesse me confesó que no podía, que se estaba volviendo loco por culpa del rencor, y decidió que lo mejor que podía hacer era concedernos un tiempo. O mejor dicho, concederse un tiempo, porque yo no necesitaba tiempo alguno para saber que quería estar a su lado. Aun así, lógicamente, se lo permití.
Supe que había estado tratando de asimilar mi historia con Quinn desde el día en el que se la confesé, pero la paciencia le duró apenas un mes. Yo, por supuesto, completamente destrozada, lo acepté. Acepté que se tomase ese tiempo con la esperanza de que la calma se apiadase de nosotros, con la certeza de saber que mi corazón solo le pertenecía a él y procurando demostrárselo cada vez que tenía oportunidad. Pero de poco sirvió. Cinco meses después de tomar esa decisión, llegó un día frente a mí y acabó con todo lo que nos unía. Cerró para siempre la puerta a una posible reconciliación como pareja, y me ofreció su apoyo como un amigo más en el futuro.
Su excusa, la peor de todas. La que más me dolió.
Rachel, me he dado cuenta de que yo nunca voy a poder hacerte feliz.
Con esas palabras se despidió de mí, con esas palabras rompió por completo mi corazón y me dejó. Me dejó después de meses en los que tristemente, fui tratando de asimilar lo que estaba por llegar. Y digo tristemente, no solo por lo que duele que la persona a la que amas te deje de esa forma, sino por todo lo que conllevaba en mi mundo tener que alejarme de él.
Había sido mi ancla, esa persona que lograba mantenerme en la tierra y no perdida en las estrellas. Había sido mi seguridad, la calma y mi paz. Esa paz que te hace dormir por las noches al saber que quien está a tu lado, está justamente ahí, a tu lado. Esa paz por saber, por creer estar convencida de que no solo tenía un amante, sino que también tenía un compañero y un amigo.
Jesse tiró por la borda seis años de amistad, cinco años de relación, y tres de matrimonio, por los celos, por una estúpida y rencorosa reacción hacia mi historia con Quinn, sin llegar a detenerse a pensar un solo minuto en que si después de todo lo que habíamos vivido yo seguía a su lado, era porque solo él estaba en mi corazón de esa manera. Porque era a él a quien quería, por mucho que el destino, que los astros o el dichoso hilo invisible de la leyenda me tuviese unida a ella. Nada tenía que ver una cosa con la otra, y de eso, me aseguré que fuese completamente consciente.
Pero tampoco sirvió de nada.
Jesse tomó la decisión, y yo, por mucho que me pesara, no tuve más remedio que aceptarlo. Y fue así como después de mucho tiempo sintiendo que caminaba por suelo firme, volvía el vértigo a mi vida, volvía ese camino convertido en cuerda de malabaristas que tanto miedo me daba cruzar. Y volvía la sensación de inseguridad que siempre tuve, que marcó mi vida desde pequeña, pero no por verme en soledad sin la compañía de un hombre, sino por volver a fracasar en algo que deseaba tener. Por no saber, por no tener capacidad de construir mi propia vida sin que terminase desmoronándose como un estúpido castillo de arena.
Dios sabe que lo intenté, que luché, pero no fue suficiente. Nunca lo fue, y nada quedó. Nada dejó más que un puñado de papeles que aquella mañana terminé firmando con lágrimas aún en mis ojos, aunque serena. Sabiendo lo que hacía y el motivo que me llevaba a hacerlo. Cumpliendo con escrupulosa exactitud las cinco fases que según los psicólogos, llegábamos a vivir en una situación como aquella.
Negación, rabia o enfado, negociación, tristeza, y por último, aceptación.
Sabía que estaba en esa última, que después de tantos meses había empezado a aceptarlo, pero nada ni nadie iba a lograr que la tristeza se volviese a adueñar de mí en aquel día, o eso quería creer.
Ni siquiera el saber que iba a verla a ella me hacía sentir diferente, e iba a eliminar la sensación de pena que me embargaba. Todo lo contrario, lograba que de nuevo, y a pesar de haber mantenido varias conversaciones telefónicas en los días anteriores, esa sensación extraña de no saber siquiera si mis pasos eran firmes o el gesto de mi cara normal, regresara a mí.
Por supuesto, en los escasos minutos que conversamos no hablamos de mi situación, simplemente tratamos de ponernos de acuerdo para coincidir y poder vernos, porque justamente estaba en esa fase de tristeza que no me dejaba aceptar que todo se había acabado entre Jesse y yo, y por supuesto porque no quería amargar su felicidad, porque no quería que uno de los momentos más felices de su vida, tuviese un punto negro por mi culpa.
Por eso acepté su invitación para vernos aprovechando que ambas teníamos asuntos que atender en Denver. Porque deseaba contribuir en esa felicidad aunque tuviese que fingir. Porque se lo debía, porque no fui capaz de levantar el teléfono para llamarla y confesarle que estaba destruida emocionalmente. De hecho, fue ella quien rompió nuestro pacto utilizando la excusa del nacimiento de su primer sobrino.
Y allí me presenté.
Frente a la coqueta y llamativa fachada del 5445 de Greenwood st, el hogar de Frannie y Trevor, con un ramo de flores en mi mano derecha y un regalo del que me iba a costar desprenderme en el interior del bolso. Tratando de serenar mi rostro, de asegurarme que las ojeras quedaban perfectamente camufladas por el maquillaje, y procurando sonreír lo suficiente como para que nadie se interesase demasiado por mi estado.
No me apetecía volver a derrumbarme, y menos frente a ellos.
El sonido del timbre logró que los nervios volvieran a incrementarse en mi estómago.
—Hola, hola…—Balbuceé como una niña que va vendiendo galletas de puerta en puerta.—Soy Rachel Berry. He venido…
—Oh… ¿Así que tú eres Rachel Berry?—musitó Trevor interrumpiéndome. Lógicamente yo a él si lo reconocí nada más abrir la puerta, pero él no debía tener tan buena memoria para reconocerme a mí. E intuí que ignoraba toda mi historia con Quinn.
—Sí, señor.
—Te estaban esperando—Me dijo amablemente al tiempo que me ofrecía su mano para saludarme—Es un placer conocerte. Frannie me ha hablado mucho de ti. Pasa… Vamos, entra.
—Gracias—balbuceé de nuevo abrumada por la cálida bienvenida que me ofreció, y que poco o nada tenía que ver con la que años atrás me regaló en su estudio de tatuajes. Aunque eso no me ayudó a calmarme.
Me colé en el interior de la casa de forma tan patética que a punto estuve de destruir el precioso ramo de flores golpeándolo con la puerta. –Enhorabuena—le dije procurando templar los nervios, y él me respondió con una sonrisa encantadora, completamente opuesta a la que imagen de tipo duro que solía aparentar. Tal vez el convertirse en padre lograba ese efecto repentino en los hombres, y a juzgar por como encontré a Frannie, también en las mujeres.
—¡Rachel!— escuché nada más acceder al salón, y la voz me llevó hacia el sofá, donde Frannie aparecía recostada y sonriente—Has venido. –Añadió con una familiaridad que me sorprendió.
—Hola. Pues claro que he venido. ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?—Balbuceé tratando de mostrarme natural.
—Te diría mejor que nunca, pero lo cierto es que he estado mejor en otras ocasiones…—Musitó tratando de reincorporarse, pero yo se lo evité al ver el dolor que se reflejaba en su rostro tras el más mínimo movimiento. –Siento recibirte así, pero Ethan ha venido al mundo dejándome unos cuántos puntos de sutura en el abdomen.
—No te preocupes… Quédate ahí y no te muevas. Tienes… Tienes que descansar.
—No me queda otra opción—sonrió divertida—¿Eso es para mí?—añadió señalando el ramo de flores que incluso había olvidado que portaba.
—Por supuesto, ¿para quién si no? Enhorabuena. También… También te he traído esto—balbuceé sacando del interior del bolso el único regalo que fui capaz de acertar a llevarle para una ocasión como aquella. –No sabía que cosas podrías necesitar y que no tuvieses ya, y le pregunté a Quinn pero ella me dijo que no tenía que traer nada… Así que no me ha ayudado en absoluto.
—No tenías que traer nada, Rachel—me dijo ella al tiempo que con curiosidad, aceptaba el regalo—Me alegra mucho volver a verte, y que quieras conocer a Ethan más aún. Es más que suficiente, te lo aseguro.
—Bueno, pero me apetecía entregarte un detalle… No sé, tal vez dentro de poco lo tengas que utilizar a menudo.—Insistí justo cuando sus ojos se sorprendían al descubrir el interior del paquete.—Es… Es una adaptación perfecta de Peter Pan en los Jardines de Kensington. Tiene casi 100 años, aunque el original se publicó en 1906 y lógicamente, es muy complicado hacerse con una copia. Éste fue editado en 1920, y te puedo asegurar que quedan muy pocas copias repartidas por el mundo. Lo, lo tenía guardado como un tesoro.
—Oh… Rachel, es una maravilla.
—Lo es. Espero, espero que lo disfrutéis muchísimo, y que puedas leérselo a Ethan.
—Pero… No puedo aceptar algo así, debe ser carísimo…
—Tiene el valor que tú quieras darle. Para mí es más importante el valor personal y emocional, que el metálico.
—Pues… Te aseguro que por mi parte es muchísimo. Rachel, no es necesario que…
—Estoy segura de que Ethan lo agradecerá cuando puedas leérselo. Acéptalo como el primer libro de su futura biblioteca.
—Oh dios…Lo haré, te lo aseguro… Muchas gracias, de verdad. Es… Es precioso. Gracias.—No dije nada, solo aguardé en silencio y le sonreí agradecida por el entusiasmo que me regaló al descubrir el libro. Eso sin duda, era el mejor de los regalos, y lo que más me gustaba cuando tenía que hacer algún tipo de presente. El entusiasmo, la felicidad y el valor que le daban a algo que cualquier otra persona, habría ignorado por completo. Dudo que haya muchas madres a las que les guste la idea de recibir como regalo para su bebé un simple libro, pero Frannie, por suerte, no era de esas.—Supongo que querrás conocerlo, ¿verdad?
—Pues… Sí, claro. Me encantaría conocerlo al fin—respondí sin poder evitar lanzar una mirada a mi alrededor buscando a Quinn, y lógicamente a quien iba a heredar aquel valioso ejemplar de Peter Pan que conseguí por pura cabezonería en una subasta. Ni siquiera me atrevía a recordar el precio del mismo, y no me importó en absoluto que terminase en sus manos.
Frannie había seguido acudiendo a la librería a menudo, y como siempre, me regalaba esas palabras que yo había estado necesitando sobre el paradero de Quinn. Y no solo eso, sino que en los últimos meses, los más complicados de sobrellevar para mí, se convirtió en un verdadero apoyo sin que siquiera consciente de ello. Verla aparecer por la librería mostrándome como su barriga iba creciendo semana a semana, me ayudó a no encerrarme por completo en mi ático, a disfrutar y alegrarme por ella cuando menos ganas tenía de sonreír.
—Supongo que también querrás ver a mi hermana…—Añadió esbozando una nueva sonrisa, y supe que me había leído la mente. Obviamente, una de las razones por la que me había trasladado hasta allí, era precisamente para verla. A ella, a Quinn.
Hacía apenas cinco minutos que recibí el último de sus mensajes avisándome que estaba allí, esperándome tras haberme convencido para que fuera a visitar a su hermana. Pero en aquel salón no había ni rastro de ella, ni tampoco del bebé, a pesar de todas las cosas que aparecían esparcidas y que, definitivamente te hacían ver que la llegada del más pequeño de los Fabray era toda una realidad. Una cuna, varias cestas con todo tipo de botes y productos para bebés, un par de osos gigantes de peluche y el olor, ese olor tan característico y especial que rodea la presencia de un pequeño. Toda la casa olía a eso que no se puede describir con palabras, pero que todo el mundo puede asociar e identificar con un nacimiento.
—No los busques aquí—me dijo sacándome de mi improvisado escrutinio—Está en el jardín trasero, aprovechando el perfecto sol que hace ahora mismo y que yo no puedo tomar porque me levantarme de aquí, es un suplicio.
—Oh…
—Vamos, ve. Solo tienes que cruzar ese pasillo—me indicó señalándome hacia uno de los extremos del salón—Te acompañaría gustosamente, pero me vas a tener que disculpar.—Añadió volviendo a recostarse sobre el sofá y señalándose hacia la barriga. Por lo que pude saber a través de Quinn no había sido un parto sencillo, de hecho, pasó por varios apuros que terminaron llevándola a una operación que no estaba prevista, y que la iba a dejar convaleciente durante varios días, o incluso semanas. Pero lo importante era que todo salió bien, y eso lo pude comprobar en su humor, en su peculiar manera de tratar a los demás.
Tal vez le dolía a rabiar con tan solo moverse un solo centímetro, pero la sonrisa no desapareció de su rostro ni un solo segundo. Y conociéndola, era de agradecer.
—No, no te preocupes. Quédate ahí tranquila, y si necesitas algo…
—Para eso está Trevor—me interrumpió con su ya familiar sentido del humor. Porque sí, porque hablar con Frannie había empezado a ser casi como una rutina para mí, y era capaz de reconocer todos y cada uno de sus tonos. Aquel sin duda era el divertido.—Tú no te preocupes y ve con ellos. Quinn lleva todo el día hablando de ti, y esperándote.
—¿Hablando de mí?
—Sí, o mejor dicho, avisándome… Frannie no vayas a molestar a Rachel con tus comentarios, Frannie ni se te ocurra bromear con Rachel sobre tal o cual asunto, Frannie… En fin, creo que deberías dejarle claro que eres una toda una mujer, porque mi hermana parece ser que piensa que eres una niña. Te protege más a ti que a mí—sentenció y yo no pude más que sonreírle, y por supuesto aceptar su petición de ir en su búsqueda sin retrasar más el momento.
Lo último que escuché de Frannie fue la orden que le dio a su marido para que dejase lo que estuviese haciendo, y le buscase rápidamente un jarrón donde colocar el ramo de flores, y lo hizo con tanta gracia que a punto estuve de soltar una carcajada en mitad de aquel pasillo que me llevaba hasta el jardín.
Por suerte no lo hice, y digo suerte porque de haberlo hecho, el sonido había roto por completo la maravillosa escena que estaba por contemplar.
La luz del día me guió hasta una puerta acristalada que interrumpía mi avance, y solo me bastó mirar a través de ella para saber que había llegado al lugar indicado. Un inmenso jardín que estallaba en verde, con varios y frondosos árboles rodeándolo me paralizó por completo frente a la puerta. A la derecha, como una escena sacada de cualquier cuadro o película de ensueño, el blanco radiante de un banco me obligaba a desviar la mirada y a descubrirla a ella, sentada cómodamente sobre él y con el pequeño de la familia entre sus brazos, permitiendo que el sol templara la escena con una calidez única.
Y el mismo estallido que me produjo el intenso color del jardín, se produjo en mi mente con los pensamientos, con la pena que venía arrastrando desde hacía meses. Como si una bomba aniquilara por completo cualquier pesar, aunque solo fuese momentáneamente. La tristeza estalló en mil pedazos que se disolvieron rápidamente, y dejaron paso a una calma que ya sentía como habitual cada vez que la veía, pero que siempre terminaba sorprendiéndome. Y paralizándome.
No sé cuántos minutos estuve allí, observándola desde la distancia hasta que decidí abrir aquella puerta, y presentarme ante ella. Su sonrisa, después de un leve escrutinio al escuchar el sonido de la misma, no tardó en recibirme. Y yo no pude más que agradecer. Que dar las gracias por seguir teniendo en mi vida esa sensación que ella lograba transmitirme. Por volver a sentir algo agradable después de tanto tiempo recibiendo golpes.
Mi debilidad se vio superada cuando la vi bajar la mirada hacia el pequeño, mientras caminaba hacia ellos, y pude oír su voz hablándole.
—Ethan, el afortunado—susurró—Viene a verte una estrella—añadió segundos antes de volver a buscarme con la mirada. Para entonces yo ya podía verlo. Podía descubrir el rostro más pequeño e inocente que había contemplado nunca, regalándome un pequeño bostezo a modo de saludo. –Hola, Rachel… Soy Ethan. Gracias por venir a verme—susurró de nuevo Quinn alzando con dulzura el pequeño brazo del bebé, y yo no pude más que dejarme caer de rodillas para quedar frente a él, y sostener esa diminuta mano que parecía querer atraparme.
—Hola Ethan, es un verdadero placer conocerte—le dije sin dejar de mirarlo, aunque mis ojos vagaran por el rostro del bebé, y el de ella, completamente obnubilada por el pequeño. –Eres el chico más guapo que he visto en mi vida—añadí.
—Menudo piropo para un recién nacido—musitó Quinn alzando al fin sus ojos hacia mí—¿No tienes nada para su tita?—me preguntó, y automáticamente reaccioné. Me reincorporé permitiendo que Ethan siguiera aferrándose a mi dedo, y fui directa, sin dudarlo un solo segundo, a besar su mejilla. Con todo el afecto que pude entregarle en ese momento, con toda la intención del mundo para que supiera que acababa de hacerme el mayor y más preciado regalo que podía recibir en aquellos días; Paz. —Ahora sí, ahora estamos satisfechos los dos.—Añadió sonriente, con un brillo en su mirada que pude asociar a la intensa claridad de aquel día y a la felicidad, por supuesto, de tener a aquella maravilla entre sus brazos. El orgullo parecía rebosar por cada poro de su piel, y yo me sentí realmente feliz por verla así.—¿Te ha costado mucho encontrar la casa?
—No… No para nada. He visitado éste barrio en muchas ocasiones.
—Bien, me alegro… Vamos, siéntate—me invitó dejándome espacio suficiente en el banco—¿Te ha dicho algo mi hermana?
—Me ha dado las gracias por venir a verla. Le, le he traído un ramo de flores… Y un libro de Peter Pan. No tenía ni idea de qué otra cosa podría traerle, y…
—¿Un libro de Peter Pan?
—Sí, ya sabes… A los niños se les leen cuentos, y seguro que… ¿Me he equivocado? ¿Crees que es una mala idea? Debería haberle traído algo más habitual para el bebé, ¿verdad? Ella, ella me ha dicho que le ha gustado, pero tal vez lo haya dicho solo para no…
—No, no Rachel, no pienso que sea una mala idea, es solo que me ha sorprendido. –Me interrumpió erradicando por completo la inseguridad que me asaltó en aquel instante—Ojalá se me hubiese ocurrido a mí.
—¿De veras?
—Sí, es genial… Solo a ti se te ocurre regalarle un libro a un recién nacido, y es genial. Me encanta…
—Bueno, llevo tres años trabajando con libros, no tenía muchas opciones donde elegir…
—Yo le he hecho un cuadro para su habitación—me interrumpió divertida.—Supongo que no somos originales, o tal vez demasiado.
—Supongo que todo depende del valor que le otorgues al regalo. Estoy segura de que cuando crezca y vea ese cuadro estará muy orgulloso de tenerlo.—Le respondí y la sonrisa volvió a ampliarse en su rostro a más no poder. –Y Frannie también estará orgullosa. Está radiante…
—Lógico, ¿no crees? Mira el regalo que nos ha hecho—dijo casi sin poder contener la emoción mientras observaba al pequeño Ethan.
—Es increíble, es… Es hermoso. Me alegro mucho por ti, me gusta verte así…
—¿Así como? ¿A punto de llorar?
—Emocionada y feliz…
—No te haces una idea de lo que llegué a llorar cuando lo vi por primera vez. Ni siquiera yo era capaz de reconocerme… Y Frannie se reía de mí.
—Es normal, eres un ser humano y tienes sentimientos, aunque muestres esa apariencia de chica dura continuamente—le dije buscando su sonrisa, algo que no tardó en regalarme—Y es imposible no emocionarse al verlo. Lo he hecho yo, ¿cómo no lo vas a hacer tú?
—Soy un poco idiota, pero no me importa en absoluto… —Concluyó sin perder de vista al pequeño, a quien había empezado a mecer con dulzura.
—Me alegra volver a verte, Quinn—Le dije sin pensar, después de varios segundos en silencio en los que simplemente la observé.
—Yo también me alegro que hayas decidido aceptar la invitación. Apuesto a que nunca antes nadie te ha ofrecido un plan como el mío.
—Pues la verdad es que no, pero supongo que para todo hay una primera vez.
—Totalmente de acuerdo, no obstante… Tampoco me has dado muchas opciones para verte en otra situación—me dijo y yo supe que había algo de réplica en su tono, aunque perfectamente camuflado por la sonrisa que seguía fija en su rostro.
—Quinn… He estado bastante ocupada en los últimos días—me excusé, y ella me sonrió aún más tras volver a mirar a Ethan con dulzura.
—Solo estaba bromeando, Rach…
—Sí, bueno… Pero no quiero que pienses no quería venir a verte. No he podido hasta hoy…
—Lo sé—musitó dejándome entrever que realmente me creía—Yo he tenido suerte de poder escaparme un fin de semana.
—¿Mucho trabajo? Espero que estés vendiendo muchos cuadros… Y que el asunto ese del que me hablaste la última vez, haya salido bien…
—Precisamente ese asunto es el que me ha tenido ocupada y casi no me permite venir ésta semana. Aunque habría venido de cualquier forma. No me habría perdido esto por nada del mundo.
—Lógico. Estoy segura de que habrías entrado a verlo nacer si te hubiesen dejado.
—Yo también estoy segura de ello—repitió divertida, y yo asentí sin poder contener la sonrisa.
—¿Y qué es lo que estás haciendo que te tiene tan ocupada? ¿Es algún proyecto que pueda saber o…?—Añadí recuperando la conversación.
—Un mural.
—¿Un mural? ¿Un mural dónde?
—Un mural en un edificio de diez plantas.
—¿Qué? No… Estás bromeando, ¿verdad?
—No, no lo estoy. Me han contratado para hacer un enorme mural en un edificio en pleno centro de Los Ángeles.
—¿De verdad?—insistí completamente incrédula, y de nuevo su sonrisa y esa mirada que cada vez parecía ser más transparente, me respondieron— Guau… Quinn, eso es genial. Quiero… Quiero decir, debe de ser impresionante. ¿Por qué no me lo has dicho?
—Bueno, no hemos hablado mucho—inquirió de nuevo.—Y lo poco que lo hemos hecho, no ha sido el tema de conversación.
—Sí, pero…
—Quería que fuese una sorpresa. Cuando supe lo que tenía que pintar creí que lo más conveniente era guardarlo para mí, y cuando esté terminado mostrarlo… Ni siquiera mi familia sabe lo que estoy haciendo.
—¿Y cómo se consigue mantener en secreto un mural en un edificio de diez plantas? Podrían hacerle una foto o…
—Tendrían que ir allí precisamente para verlo, pero está protegido. Llevo dos meses pintando anclada a un arnés y bajo una enorme lona que cubre la fachada. La única manera que tienes de averiguar lo que estoy haciendo, es que me robes el boceto original… O vayas el día de la presentación.
—¿Y cuándo será ese día?
—Aún falta para ello.
—Me gustaría verlo…
—Y a mí que fueses a verlo, te va a encantar...—Dijo mirándome de reojo, mientras la diminuta mano de Ethan buscaba de nuevo a alguien a quien aferrarse. Fue su dedo el que encontró, y yo no pude evitar quedarme completamente embelesada por la escena.
—¿Ha merecido la pena aceptar ese trabajo?—murmuré sin perder de vista al pequeño, tratando de comprender el por qué había sido una decisión tan importante como parecía haber sido.
—Absolutamente.
—¿De qué tenías miedo? Pintar es tu mundo.
—Tenía miedo de volver a fracasar, de dejar algo que me estaba permitiendo salir adelante por algo que no sabía si iba a poder llevar a cabo. No quería que me volviese a suceder lo de la editorial.
—¿Y justamente yo te hice cambiar de opinión al aparecer en el bar?—me atreví a preguntar recordando nuestro último encuentro.
—Mi hermana me recordó que nunca se fracasa cuando luchas por lo que deseas. Puede que no lo alcances, pero nunca sería un fracaso. Verte aparecer de nuevo sin que nos hubiésemos de puesto de acuerdo, me hizo comprender que era el momento de dar ese paso. Como siempre nos había sucedido antes. Recibí mi lección—añadió desviando de nuevo la mirada hacia Ethan, que había empezado a bostezar cada dos o tres minutos y presagiaba un sueño más que inminente— ¿Y tú?—me dijo rompiendo el breve silencio que nos embargó observándolo.—¿Qué tal tu lección?
Silencio.
Sabía perfectamente que ese momento llegaría, que al encontrarme con ella cara a cara no tendría excusa alguna para hablarle, para contarle toda la verdad que durante esos últimos tres meses le había ocultado.
Porque de nuevo no fui capaz de llamarla para confesarle que estaba mal. Porque de nuevo me guardé para mí todo lo que estaba viviendo con Jesse, y me limité a simplemente hacerle creer que seguía luchando. Porque de nuevo, no cumplí mi parte del trato que pactamos. Y lo peor de todo es que estaba convencida de que ella lo sabía, de que intuía perfectamente que mi vida había sido una tortura en aquellos meses, pero aun así se mantuvo firme.
Ella si cumplió el pacto. Ella no me llamó, excepto en aquella ocasión y lo hizo por fuerza mayor, porque era una buena ocasión para poder vernos sin tener que esperar a que el destino volviera a hacer de las suyas. Y no lo hizo, no me llamó directamente porque estaba bien, porque su vida iba como tenía que ir y no necesitaba ningún tipo de apoyo, y esperaba que yo lo hiciera en caso de necesitarlo.
Guardé silencio, y esperé a que aquellos segundos de espera en calma me llenasen de seguridad para poder hablarle con sinceridad, y no derrumbarme. Pero no tenía ni idea de que eso ya entraba en su mente, y que se iba a adelantar a los hechos de una manera casi magistral. Con la mejor estrategia para evitar que yo cayese y me sintiera abrumada por la situación.
Y ni siquiera me di cuenta de ello.
—Rach…—murmuró girándose un tanto hacia a mí, aprovechando aquellos segundos de silencio—Ayúdame un segundo…—Añadió acercándome a Ethan con delicadeza, y yo me desconecté por completo. Su gesto me sorprendió tanto que no supe cómo reaccionar—Vamos, necesito que lo sostengas un segundo—musitó.
—¿Yo? No, no Quinn.
—Sí, vamos…
—No, no… Jamás he cogido un bebé tan pequeño, le voy a hacer daño y…
—No le vas a hacer daño, vamos… Toma, es urgente—añadió y mis brazos, por inercia, reaccionaron al ver como se decidía a dejarme al pequeño sin dudar un solo segundo. Cuando quise darme cuenta lo tenía entre mis brazos, con un miedo atroz a que mis manos pudiesen provocarle algún tipo de daño en su delicada piel, y sobre todo, a que mis brazos no supieran acomodarlo y terminase escurriéndose entre ellos.
Nunca antes había tenido un bebé tan pequeño en mis brazos, ni siquiera los hijos de mis primos. Siempre me negué, siempre rechacé realizar ese gesto hasta que al menos no pudiesen casi mantenerse en pie. Era demasiado pequeño, demasiado frágil y yo un completo desastre. Ella lo sabía, Quinn me había visto estamparme con una bicicleta contra una boca de riego teniendo toda una calle libre de obstáculos frente a mí, es más, su propio cuñado acababa de contemplar como estuve a punto de destrozar el ramo de flores al golpearlo contra la puerta sin que siquiera me diese cuenta. Que me obligase a sostener al pequeño era probablemente la peor decisión que había tomado en su vida, y sin embargo, no le importó.
No le importó porque todo era una estrategia que le salió a la perfección.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué me dejas que lo…?
—¿Y por qué no?—me replicó sin dejar que continuase cuestionándola. Yo la miré completamente confusa por la situación, y ella parecía empezar a disfrutar teniéndome de aquella manera—Bien… ¿Me vas a contar si has llevado a cabo tu lección de nuestro encuentro?—añadió poniéndose cómoda, buscando el apoyo en el respaldo del banco con su brazo para poder quedar frente a mí, y mirarme a la cara en todo momento.
Y mientras yo la cuestionaba con la mirada, me preguntaba qué diablos estaba sucediendo y por qué Ethan estaba entre mis brazos, y no en los suyos.
—Pero…
—¿Qué ha sucedido con Jesse? No me has llamado, así que supongo que has seguido luchando y todo está bien…
—No, no está bien—la interrumpí al ver como simplemente pretendía hablar, mientras yo me esmeraba en evitar que Ethan estuviese incómodo.
—¿No está bien?
—No, Quinn—le repliqué sin siquiera mirarla, sabiendo que cuanto antes acabase con mi explicación, antes volvería a entregarle al pequeño. —Se ha acabado.
—¿Qué?
—Lo, lo que oyes… Jesse y yo estamos oficialmente divorciados, bueno… Aún no, porque he firmado ésta misma mañana, pero ya es un hecho.—Solté sin dudar un solo instante de lo que decía, y sin siquiera sentirme mal por recordarlo. De hecho, no lo hice hasta que por inercia alcé la mirada hacia ella después de asegurarme que Ethan estaba en perfecto estado, y la descubrí con el semblante serio, casi sin pestañear mientras me miraba. Solo entonces supe lo que pretendía al obligarme a sostener al pequeño, y se lo agradecí.
Era imposible sentirse mal teniendo a un bebé de 7 días en brazos. Era imposible pensar en otra cosa que no fuera que él estuviese bien, y a juzgar por el último bostezo que nos regaló, parecía realmente encantado de estar conmigo.
—Lo he intentado—le dije al ver que no reaccionaba, y su gesto seguía siendo preocupado. Yo diría que incluso apenado—Te juro que lo he intentado y he hecho todo lo que podía hacer, pero… No ha sido suficiente. Es, es por eso por lo que he podido venir hoy, porque me había citado para hablar junto a nuestros abogados… Bueno, en realidad son sus abogados. Yo simplemente me he limitado a escuchar lo que tenían que decir y aceptar.
—¿Aceptar?
—Claro… He luchado para que volviese conmigo, pero su decisión era firme y tenía una muy buena excusa… Equivocada, pero excusa al fin y al cabo. Y no voy a obligar a alguien a estar a mi lado sin querer negándome a firmar la separación.
—¿Y cuál es esa excusa?—me preguntó, y por el tono, por cómo le tembló la voz supe que temía escuchar algo en la que estuviese involucrada.
—Ha llegado a la conclusión de que nunca me hará feliz—le dije buscando suavizar su expresión con algo de humor en mis palabras. Pero no lo conseguí, y de nuevo me di cuenta de cómo había logrado algo completamente surrealista en mi situación; Que fuese yo quien bromease con lo que tanto daño me había hecho. –No, no estés tan seria… No voy a llorar más, si es lo que temes. Es imposible llorar teniendo a este pequeño en brazos. Las penas son menos pesadas mirándolo...—Añadí, pero Quinn no reaccionó de ninguna manera, simplemente me miraba con un halo de preocupación en su rostro capaz de traspasar muros. –Quinn, estoy bien… Ya he superado todas las fases, ya sabes… Ahora hay fases para todas las situaciones, y más aún si son tristes.
—¿Por qué no me has llamado, Rachel?
—¿Para qué? ¿Para qué te sientas peor de lo que ya te sientes? He estado bien, Quinn, he tenido a mi familia en todo momento a mi lado y sentía que no debía preocuparte más de lo que ya estás. No, no sé lo que ronda por tu cabeza ahora mismo, pero estoy convencida de que no es nada agradable…
—¿Le dijiste a Jesse que te besé antes de marcharme?—me preguntó sorprendiéndome por lo directo de su cuestión, y yo negué rápidamente. Pero ella no pareció creerme.
—Quinn, no soy tan estúpida como puedo aparentar… Si le llego a decir eso, no solo me habría dejado, sino que estoy convencida de que habría hecho cualquier cosa por perjudicarte. O tal vez habría ido a buscarte para culparte de nuestra ruptura, no lo sé… Creí que lo mejor era guardarme ese detalle. Al fin y al cabo, yo no hice nada… ¿no?
Volvió a guardar silencio, volvió a dejar que mis ojos vagaran entre los suyos y Ethan, y no me permitió intuir siquiera lo que merodeaba por su mente. Tal vez eso era lo único que había cambiado en ella desde la primera vez que la vi en el estudio de tatuaje; Ya no reflejaba sus emociones o sus pensamientos de forma tan clara con su rostro. Era capaz de camuflarlos, de esconderlos para que la gente como yo, que vivíamos de leer la mente de los demás en sus gestos, quedásemos completamente expuestas ante ella. Sin saber qué hacer o qué decir.
Y como no supe qué decir tampoco, también decidí guardar silencio y dejarme llevar por la agradable sensación y la calidez que desprendía Ethan. No sé si fue una señal, si ese silencio estaba predestinado a que ocurriese entre nosotras dos para que él encontrase al fin el sueño que tanto había demostrado tener con sus bostezos, pero fue casi mágico. Me sentí el ser más afortunado del universo al ver como su bracito derecho caía rendido sobre mi pecho, y sus ojos se cerraban tímidamente hasta dejarse vencer, y soltar un casi imperceptible suspiro que me hizo sonreír.
—¿Qué vas a hacer ahora?—me dijo ella rompiendo ese breve pero intenso momento de silencio.
—¿Qué voy a hacer? Pues regresar a Oklahoma… Y seguir con mi vida. Nadie muere por amor, y yo no voy a ser una excepción. Supongo que solo tengo que ir acostumbrándome—Le respondí con una seguridad abrumadora, que ni siquiera yo sabía que tenía. Mucho menos en aquella época.
—¿Qué pasará con las librerias?—volvió a preguntarme, ésta vez bajando el tono de su voz hasta convertirlo en casi un susurro.
—Hemos decidido que formen parte de la venta de la editorial. En cuanto esté hecha, tendré la parte que me corresponde…
—¿Y la casa?
—¿La casa? Ahora está en poder de Robert—le dije fingiendo una sonrisa que ella negó rápidamente. De hecho, fue mencionarle a su ex, y ver como su rostro se desfiguraba por completo—Él… él se va a encargar de venderla—añadí tratando de explicarle, pero no pareció dar resultado, y en vez de lograr que cambiase su pesar, conseguí que aumentase aún más. –Todo está bien, Quinn… Confía en mí.
—¿Por qué intentas animarme a mí?
—Porque tengo la sensación de que te sientes mal…
—No puedo estar feliz sabiendo que no eres feliz. Rachel… Es imposible que no sienta algo de culpa por todo lo que te ha sucedido, y…
—No, ni hablar—la interrumpí tratando de sonar contundente—Te prohíbo que te sientas culpable de nada, porque no lo eres. No es tu culpa que Jesse no haya sido capaz de confiar en mí, que no haya sido capaz de comprender que nuestra historia era eso… Historia. Que lo que pasó entre nosotras pasó hace años y que… Lógicamente, eres importante para mí, y siempre lo vas a ser… Pero él debería haber confiado en mí, él debería valorar que si estoy con él, si decidí compartir mi vida con él, es porque le amo… Pero no ha sido capaz de asimilarlo, y eso solo tiene una lectura… No me quiere como yo a él. No puede quererme como yo le quiero si no es capaz de apartar los celos o el rencor para poder estar conmigo. –Sentencié esperando al fin encontrar una reacción más tranquila en su rostro, pero lo único que percibí fue un suspiro repleto de resignación. Y eso que mi respuesta fue con total seguridad, la más sensata de cuántas habían llegado a dar durante aquellos meses a mis seres queridos.
No sé si había sido su estrategia para serenarme obligándome literalmente a sostener al pequeño entre mis brazos, no sé si era tenerla a ella frente a mí, con la culpa dibujando cada gesto de su rostro y martirizándola como lo hacía, o que quizás había logrado superar con creces todas y cada una de las fases, y la aceptación ya era un hecho más que consumado para mí. No lo sé, solo sé que por primera vez en meses me sentí liberada al hablar de lo que tanto daño me estaba y me había hecho, que por primera vez en meses, el nudo en mi garganta no era tan denso y mis palabras no se quedaban atoradas por su culpa. Sentí por primera vez que no me apetecía llorar por algo que yo no merecía. Y sí, por primera vez me sentí fuerte. Y todo gracias a ella. Todo gracias a la chica de ojos espectaculares que tenía frente a mí, y que tanta paz llegaba a regalarme cuando todo iba bien entre las dos, cuando no había restos de culpa alguna por el simple hecho de tenerla ahí, a escasos centímetros mientras hablábamos.
—Si sigues mirándome así, no voy a tener más remedio que marcharme ya—le dije tratando de hacerla reaccionar—No quiero que mi historia te fastidie.
—¿Por qué dices eso?
—Mírate… No tengo ni idea de lo que tienes en la mente ahora mismo, pero estoy segura de que te sientes mal. Pareces… Triste.
—¿Qué vas a hacer? ¿Vuelves a Oklahoma para quedarte allí?—me preguntó ignorando mi comentario, pero reaccionando al fin.
—Sí, allí está mi casa ahora. Quiero estar con mi familia, me apetece estar con mi madre…
—¿Y ya está?
—Por ahora sí. Creo que me merezco unos días en calma. En cuanto la venta de la editorial se haga tendré suficiente dinero para estar unos meses sin tener que preocuparme por nada. Más adelante me preocuparé de lo que me tenga que preocupar.
—No… No vas a hacer solo eso—me dijo mostrándose un poco más tranquila, o al menos el gesto serio de su rostro desapareció.
—Es lo que me apetece hacer.
—¿Solo eso?
—¿Solo eso? Quinn, te recuerdo que mis últimos seis meses no han sido nada agradables y que…
—¿Sabes lo que yo haría en tu lugar ahora mismo? Utilizar el teléfono que te dio la Señora Bell en Salt Lake, e ir a todas las conferencias que estén dentro de ese calendario astronómico que tanto te gusta.
—¿Qué? No… No creo que…
—¿No crees qué? Esa mujer te dio un número de teléfono y te dijo que llamases, seguro que ni siquiera lo recordabas…
—Claro que lo recuerdo, pero no es el momento para eso. No creo que sea lo más adecuado.
—¿Por? ¿Por qué motivo no es el momento para eso?
—Porque acabo de separarme, porque…
—Es hora de hacer algo por y para ti, Rachel—Me interrumpió acercándose un poco más para acariciar a Ethan, que de nuevo había vuelto a moverse hasta casi despertar del sueño—Tienes algo de dinero para poder tomarte un tiempo en calma, y para ti la calma no es otra cosa que lo que está allí arriba—señaló alzando la mirada hacia el cielo.—Aprovecha el momento, aprovecha la situación y lo que la señora Bell te ofreció. Yo en tu lugar ni lo dudaría. Es tu mundo, no dejes que nada ni nadie vuelva a separarte de él—soltó, y aunque pude intuí algo de temor en su gesto por no saber cuál iba a ser mi reacción, sobre todo porque en las otras veces que hablamos de ello no fue nada agradable, no me sentí mal. No sentí que estuviese invadiendo mi espacio ni que me estuviese obligando a hacer algo que no me apeteciese, sino que me estaba abriendo una puerta. Me estaba recordando que, efectivamente, si mi vida junto a Jesse se había acabado y pensaba volver a mi hogar en Oklahoma, también tenía que aceptar que regresaba a mi mundo. Y mi mundo, tal y como había dicho, era aquello que aguardaba sobre nuestras cabezas.
—Me dejas sin opción a réplica—le dije buscando su tranquilidad para que supiera que en ningún momento me había molestado. De hecho, creo que en aquel instante aceptaría cualquier petición u orden que me diese sin rechistar. Quinn había creado la atmósfera perfecta para mí, y me negaba rotundamente a romperla. Me hacía bien aquella calma, y tal y como ella acababa de decirme era hora de empezar a mirar por mí misma.
—No quiero que lo tomes como una orden, o que pienses que vuelvo a meterme donde no me llaman. Solo… Solo me pongo en tu posición y pienso en qué es lo que haría.
—Es lo que has hecho en tu situación, y veo que te ha sentado de maravilla—musité y su mirada me dejó completamente abrumada. Parecía querer darme las gracias, o quizás era tranquilidad por ver que, a diferencia de otras veces, no opté por cerrarme las puertas de mi propio mundo. –Quinn, no te prometo que haré eso que me dices, porque ni siquiera sé lo que voy a hacer mañana, pero te aseguro que… Que lo tengo muy en cuenta. Ahora mismo lo que necesito es tranquilidad y adaptarme. Necesito estar con mi familia hasta que todo pase.
—Me parece perfecto—me dijo dibujando una tímida sonrisa mientras se acercaba con la intención de calmar de nuevo a Ethan, acariciando su mejilla y susurrándole con dulzura para que no despertara como parecía que iba a hacer. –Pero recuerda que tienes en tus manos el poder hacer cosas que te gustan, y que te van a hacer bien.—Añadió, y yo sentí como todo mi cuerpo se estremecía como lo había hecho en otras ocasiones con ella. Estaba demasiado cerca de mí, y su olor, tenerla frente a frente hablándome de aquel modo, no hacía más que alimentar esas sensaciones que había logrado controlar en el pasado. Y supuse que ella se percató rápidamente, porque apenas perdimos dos o tres segundos de nuestra vida mirándonos hasta que reaccionó y se apartó con sutileza.
—No, no lo olvidaré—balbuceé y ella volvió a sonreír, ésta vez más desinhibida. Sonrisa que volvió a truncarse cuando Trevor nos interrumpía desde la puerta del pasillo.
—¡Quinn, tus padres vienen de camino…Ethan tiene que cenar ya!—nos dijo, y yo me dispuse a entregarle al pequeño a Quinn, pero ella ni siquiera me miró. Asintió a Trevor con un movimiento de su cabeza, y se puso de pie justo cuando el tatuador volvía a desaparecer en el interior de la casa.
—Supongo que se ha hecho tarde. Vamos toma… Ethan quiere estar con su…
—No, no Rachel—me interrumpió abortando mi plan por entregarle al pequeño, y mi confusión se reflejó rápidamente en mi gesto. O al menos eso supuse.—Verás… No te has enfadado conmigo por lo que te he dicho antes, pero me temo que ahora si lo vas a hacer…
—¿Qué?
—Le, le he dicho mi padre que vendrías a ver a Ethan y… Bueno, él ha insistido en que te quedes a cenar con nosotros. Mañana regreso a Los Ángeles y…
—¿Qué?—esa vez fui yo quien la interrumpió a ella, mientras los nervios volvieron a aparecer en mi estómago.
—Por favor...—Suplicó—Quédate a cenar. Le, le he dicho que te quedarías.
—Pero, Quinn tengo que regresar a Oklahoma, y antes me gustaría ver a mi tio Clarke, él…
—Son las 6, a las 8 como mucho habremos terminado… Por favor—volvió a insistir dejándome completamente a la deriva—Solo es una cena, mi hermana ya lo da por hecho también… Además, seguro que mi padre viene entusiasmado porque sabe que va a poder hablar contigo de todas esas cosas, de las estrellas… Ya sabes. No le puedes quitar la emoción.
—Pero… Quinn, yo…
—Por favor—volvió a insistir—Sé que te estoy poniendo entre la espada y la pared, sé que no te gustan estas cosas pero… No tienes que preocuparte de nada. Mi familia sabe que las cosas con Jesse no están bien, y van a omitir cualquier detalle respecto a eso. Simplemente es una cena, y te prometo que a las 9 estás con tu tío Clarke. Y a Ethan le gustas…—Sentenció y yo me volví a quedar en silencio, o mejor dicho sin palabras al escuchar aquella última expresión. Expresión que me llevó a mirar al bebé, a contemplarlo entre mis brazos mientras las dudas se disipaban rápidamente y arrastraban con ellas los nervios de mi estómago.
El verme rodeada por la familia Fabray no era algo que estuviese en mis planes, sin embargo, no me disgustó la idea en absoluto.
—¿Eso es un sí?—me cuestionó aprovechando como Ethan, que se había cansado de que nuestra conversación interrumpiese constantemente su sueño, me regalaba una extraña y sorprendente sonrisa que se formó en su rostro precedida por un nuevo bostezo, y que instintivamente me contagió y me hizo sonreír.
Rápida y perspicaz. Quinn había sido lista y aprovechó la ternura del momento que me regalaba Ethan, para dar por un hecho un sí que yo ni siquiera había pronunciado, pero que dadas las circunstancias, tampoco iba a rechazar.
Quizás aquel encuentro no había estado marcado por el destino, ya que fue ella, mi querida Sheliak quien hizo lo posible porque se llevase a cabo, pero sin duda, iba a ser una buena oportunidad de volver a una realidad que ya echaba de menos, y que necesitaba para volver a ser yo. Pero no solo eso. Aquella improvisada reunión familiar con la familia Fabray, aunque en aquel instante no fuese consciente de ello, me iba a regalar una de las mejores sensaciones que el ser humano puede llegar a tener. Una sensación que en los últimos meses había olvidado por completo, y que yo solo lograba sentir cuando estaba con mi familia en Oklahoma; No estaba sola.
