Había estado descuidando mis labores aquellos días debido a la muerte de Sealand, pero me sentí con ánimos suficientes como para volver a la carga. Hice una llamada para convocar al Parlamento, para que me pusieran al corriente y decidiéramos juntos qué íbamos a hacer. No era el momento de tomar decisiones por uno mismo, me dije, como habían hecho otros.
— Os doy el día libre, Lance, Malcom—les dije a mis guardaespaldas.
— Señor, ahí afuera está peligroso para...—intentó decirme Malcom.
— He vivido casi mil años sin quien me llevara de la manita, creo que puedo llegar hasta Westminster—repliqué yo.
Eran solo diez minutos a pie. Menos, seguramente, pues yo tengo un paso rápido. Era de noche y por tanto no sería tan reconocible.
Pero al estar aislado no sabía de la gravedad de la situación.
Cuando los vi aparecer, creía que eran unos simples hooligans que celebraban alguna victoria o derrota deportiva. He de reconocer que me asustaron las bengalas que llevaban en las manos, los gritos que daban, y los pasamontañas, pero los humanos de hoy en día dan miedo en muchos sentidos. Fue entonces cuando vi que uno de ellos estaba quemando algo. Era mi bandera. Me detuve a escuchar lo que decían.
Aún hoy retumba en mi oído ese coro. «God kill the Queen».
Sí, correr parecía una buena idea.
Solo pude avanzar unos metros cuando alguien me agarró y me hizo entrar a un callejón estrecho. Creía que se trataba de uno de ellos y estuve a punto de hacerle probar mis puños.
— ¡Si me quieres, vas a tenerme!
— ¿Qué dices, tío? ¡Que soy yo!
— ¡Sarah! ¿Qué haces aquí?
Era ella. La jovencita que irrumpió en mi casa. Seguía vistiendo como una pordiosera. Miró hacia la calle que acabábamos de dejar antes de contestar.
— No deberías salir solo a la calle. Te están buscando. Si tuvieras Facebook sabrías que te buscan para colgarte boca abajo del Puente de Londres.
— Pero tú entraste a mi casa y me amenazaste con una pistola.
Sarah miró hacia otro lado mientras pasaba un mechón de cabello caoba por detrás de su oreja.
— ...No es por lo que hiciste, el truco ese de las manos. Aún me caes mal. Es...eh...bueno, resulta que tenías más razón de lo que yo creía...Esa gente está matando a otras personas, y no son ni siquiera militares ni políticos...Se están cargando joyas de cientos de años...Se suponía que éramos mejores que todos esos brutos que...
— Me alegra que hayas cambiado de opinión.
— Ya, bueno...Oye, hay una cosa que quizás deberías saber. Ven. Vamos a mi casa. Aquí no deberíamos estar.
Se quitó su gorro de lana, me lo puso y tras volver a vigilar que no hubiera nadie afuera, salimos. Me arrastró en dirección contraria a la que yo había pensado tomar. Caminamos a paso muy rápido durante bastante rato. Quizás hubiera sido mejor haber tomado el metro, pero ella evitaba los lugares concurridos. Nos movimos por la oscuridad, como sombras. Finalmente, llegamos a un barrio residencial. Ella se detuvo ante un edificio adosado de ladrillos. Sacó sus llaves del bolsillo trasero del pantalón y abrió. Entró primero, luego yo.
Me encontré en un entorno caliente, tanto que lo primero que hice fue quitarme el gorro de la cabeza, donde un olor a asado flotaba en el ambiente. Era un salón-comedor pequeño, donde un árbol de Navidad un poco viejo ocupaba un buen espacio. Un hombre veía la televisión en un sillón; al fondo se veía una cocina en la que una mujer con delantal iba de acá para allá.
— ¿Sarah?
La mujer salió limpiándose las manos y en cuanto me vio a mí se detuvo. El hombre volvió la cabeza y al verme su cuerpo pareció sufrir un espasmo. Ambos me habían reconocido nada más verme. Ella salió de su estado de estupefacción para arreglarse la melena tímidamente. Él intentó levantarse del sofá; al instante vi que no podía o le costaba mucho hacerlo.
— No, no. Por favor. No se moleste—lo detuve.
— ¡Mamá! ¿Has visto dónde está...?—un chico de unos diecisiete o dieciocho años, muy alto y delgado, bajaba las escaleras trotando y se detuvo cuando nos vio. Retrocedió como si acabara de ver al demonio y al poco otro muchacho de acaso trece años, con el pelo de punta, se asomó con él sin atreverse a bajar.
— B-Bienvenido a nuestra casa, señor Inglaterra. Es un...gran honor—tartamudeó el hombre.
— El placer es mío, señor...
— John Vaughan, señor.
— Señor Vaughan.
— Sarah, ¿qué...?—oí que la mujer le preguntaba a Sarah en voz baja, sin quitarme los ojos de encima.
— Lo seguían, mamá, querían hacerle daño—contestó ella.
Muy oportunamente, llamaron a la puerta. Se hizo un silencio tenso, en el que solo habló el presentador de un concurso de talentos de la televisión. La señora Vaughan murmuró algo y me animó a subir las escaleras (sin atreverse a tocarme, me di cuenta de ello). Así lo hice, me quedé detrás con los dos chicos, que se miraban el uno al otro como si no dieran crédito a lo que estaba pasando. La madre de Sarah tomó aire profundamente y abrió la puerta.
— ¿Sí?—dijo con voz desinflada.
— Buenas noches, señora. ¡Anglaterre, sal, te he visto entrar!
No podía creerlo. Me abrí paso entre los dos chicos y bajé las escaleras.
— ¡Francia!
¡Sí! ¡Era él! ¡Con su cara de payaso!
— ¿Qué demonios haces aquí?
— Estuve a punto de alcanzarte en tu camino al Parlamento, te llevo siguiendo un buen rato desde el coche, y tú no me hacías caso, ibais corriendo.
"¿Francia?". La entrada de otra nación causó aún más sensación en la familia. Tímidamente, la señora Vaughan lo hizo pasar, con aspecto de no creerse que estuviéramos allí.
— Muchas gracias, señora. Buenas noches tengan ustedes—Francia se volvió de nuevo hacia mí—. Empezaba a estar preocupado por ti. Después de lo de Sealand...Entiendo que hayas estado mal, pero...
— Gracias por tu interés, pero no hacía falta que me siguieras.
— ¿No has visto lo que pasa en la calle? ¡Te buscan! ¡Te quieren colgar o algo así! ¡Van con bengalas y quemando cosas, como una turba!
— Ya lo sé, me lo acaba de decir la señorita Vaughan, aquí presente.
Sarah alzó una mano a modo de saludo.
— Ah, bien hecho, señorita. Es usted muy valiente—le dijo Francia, sonriéndola, y a mí me hizo gracia ver cómo ella se ponía roja.
— Bueno...Es...lo que hay que hacer, ¿no?—luego miró a su madre, que la miraba con gran orgullo.
— Yo también he pasado unas semanas terribles. El movimiento tuvo mucho eco en mi casa. Creí que iba a palmarla. Pero nuestra suerte aún no está echada. Tengo ganas de pelea, y he venido para proponerte una colaboración.
— América, Rusia y China ya se han aliado para eso.
— Pero ambos sabemos que sus métodos no son los nuestros.
— Mpf...En eso tienes razón. Vendría bien poner un poco de cordura.
— Venid. Creo que os puedo ayudar—Sarah nos condujo escaleras arriba.
— Señor Inglaterra...
Me detuve para mirar a su padre.
— Oiga, señor Inglaterra...Sé que han estado diciendo cosas horribles sobre usted, pero...Pero yo estoy muy orgulloso de usted. Sé que todo son mentiras...Esto va también por usted, señor Francia...
Sonreí.
— Muchas gracias, caballero.
— Vamos—nos apremió Sarah. Nos hizo entrar a una habitación y cerró la puerta.
Tantos muebles para tenerlo todo encima de la cama y en el suelo, pensé cuando entré, sonriendo para mis adentros. Sarah volvió a tocarse el pelo avergonzada mientras cerraba la puerta para protegernos de los ojos y oídos curiosos de sus hermanos y tiraba al suelo la ropa que había encima de la cama.
— Conocí el movimiento por Internet. En redes sociales. Uhm, ¿sabéis qué son las...?
— Sí.
— Ah, vale. Pues...asistí a una de las asambleas que hacían, en Portobello. A los nuevos nos usaban para hacer virales los mensajes en redes, repartir panfletos. Había charlas. De vez en cuando venía un tío alemán, albino. Se llamaba Gilbert. Un apasionado. He apuntado el lugar exacto.
— Gracias, Sarah. Vamos a mandar gente para allá para que limpien la zona.
— Otra cosa. Estuve hablando con Gilbert. Como a los novatos no nos daban mucha información y yo quería hacer algo más que pegar voces delante de la casa del Primer Ministro, le doré la píldora, fingí que estaba coladita por él y que era como mi gran líder. No confió mucho en mí, pero, hablando, conseguí que me dijera que no iba a quedarse mucho tiempo en Londres, porque tenía que prepararse para un viaje. Comentó que habían sacado una nueva vacuna contra la meningitis y que odiaba esa mierda. No sé si eso os puede servir de algo, pero...
— Países que hayan introducido recientemente esa vacuna...—murmuré.
— África subsahariana—respondió de inmediato Francia—. Y creo haber oído que se acaba de hacer obligatorio en el Congo. No estoy seguro...
— Al menos así podemos descartar...
— ¿Qué vais a hacer con ellos cuando los encontréis? ¿Los dispararéis, como hacen vuestros amiguitos?—Sarah nos miró con el ceño fruncido.
— No—respondí yo—. Los enjuiciaremos. Vamos a hacer las cosas bien, acatando las normas.
— Vale. Porque ya que últimamente todo el mundo parece jugar sucio...Al menos vosotros haced lo correcto.
— ...Muchas gracias por todo, Sarah.
— Vale, pero no te creas que esto lo hago por ti, ¿eh? Que no se te suba a la cabeza. No eres tan importante.
— Llevo diciéndoselo mucho tiempo—asintió Francia.
Salimos de la habitación. Nos dimos cuenta de que la familia al completo estaba ahí, escuchando, y disimularon muy mal cuando salimos.
— Les agradezco mucho que nos hayan acogido, señores. No les molestamos más—les dije.
— Oh, no, no han sido ninguna molestia. Nuestras puertas siempre estarán abiertas a usted, ustedes—respondió la señora Vaughan.
— Greg, lleva en coche a estos señores donde quieran—dijo el padre al hijo mayor.
— ¿Yo?
— Sí. Tú tienes ya el carné de conducir.
El chico no parecía muy seguro, pero obedeció. Francia, él y yo salimos de la casa, dejando a Sarah con muchas cosas que explicarle a su familia. Me pregunto qué mentiras les habría dicho...o si fue valiente y les dijo la verdad.
El coche de los Vaughan no tenía nada que ver con los que suelo coger. Viejo, gastado, a un paso del desguace. Pero esa era su mayor virtud. No llamaba la atención. A nadie se le habría ocurrido pensar que en él viajaban unas potencias europeas.
— Vamos al Parlamento. Allí les contaremos lo que sabemos y elaboraremos una estrategia.
— Ah, como en los viejos tiempos, ¿eh, Anglaterre?
— Sí, yupi.
— Después de eso del Brexit creía que ibas a poner una muralla alrededor de tu isla, pero me alegra que estés abierto a la colaboración.
— Habría preferido que hubiera sido Alemania quien hubiera venido, pero qué le vamos a hacer.
— Oh, venga, a ti te encanta guerrear conmigo.
— Es mejor cuando es contra ti. Partirte esa cara de imbécil que tienes.
— Oye, una cosa. Vosotros dos sois gays, ¿no?
Francia y yo nos quedamos callados y miramos al joven Vaughan. Él nos miró a través del espejo retrovisor.
— No pasa nada si lo sois—añadió, encogiéndose de hombros.
