¡Holi!
¡Wicked Game ha vuelto! Increíble, pero cierto. Feliz año nuevo, por cierto. Para lxs que no habéis estado al tanto de mi actividad, en realidad, no me había marchado del todo, sino que he dedicado parte de mi tiempo a escribir otro fanfic que ya está completo en mi perfil llamado "I'll be home for Christmas". Un Modern AU, que como su nombre indica, es un fanfic de Navidad de HTTYD. Si aún no lo habéis leído, os invito a hacerlo, pues es muy diferente a lo que estáis acostumbradxs a leer de mí y si os va el rollo Modern AU, salud mental, la Navidad y demás clichés os gustará.
Estoy contenta con este capítulo, pues aún siendo más corto de lo que en su momento dije que sería, creo que está bastante bien a nivel de escritura (o quizás es solo percepción mía). De igual manera, pasan cosas polémicas que no haré mención de momento. La actualización seguirá siendo lenta, puesto que me han cambiado de puesto de trabajo y ando agobiadísima intento adaptarme a un puesto de tal responsabilidad (y que no me gusta nada de nada), por lo que os pido ante todo paciencia.
También avisaros que este jueves, 16 de enero, Poppy (poppy.p_draws en instagram) sacará por fin el AU en el que hemos estado trabajando juntas que hemos titulado con el nombre de "I heard you in the wind" (Te oí en el viento), coincidiendo con el gran acontecimiento de que vamos a conocernos en persona por fin. De momento, solo se publicará en inglés y en francés y lo publicará Poppy, pues ella es la autora. Yo colaboro a nivel argumentativo y en el desarrollo de los personajes. La trama es la siguiente: "Tras muchos años envuelta en una interminable guerra entre vikingos y dragones, Astrid Hofferson emprende una cruzada para encontrar a aquel que le enseñó la verdad de los dragones hace diez años, pero él es el criminal más buscado de todo el Archipiélago. Sin embargo, él es la única esperanza para terminar esta guerra. ¿Podrá Astrid encontrar a la misma persona tras haber pasado tanto tiempo?". Ya os digo, tiene amor, drama, muchísimo angst, unos personajes secundarios maravillosos y un desarrollo de los personajes de Astrid e Hipo que me quitan el aire. Así que el jueves atentas en el perfil de instagram de Poppy y el mío (itsasumbrellasart) donde os pondremos los enlaces para que podáis leerlo.
Por último y no menos importante: por favor, recordad lo importante que son los reviews para esta pobre autora que nada más pide que le comenteis que os está pareciendo la historia. No tenéis que hacer una disertación ni os sintáis obligadxs si no os apetece, pero os prometo que una review puede hacer que mis lúgubres días se aclaren. A mí y a cualquier persona que escriba fanfiction. Así que mil gracias si os animáis hacerlo.
Espero de corazón que os guste el capítulo.
Fira apestaba a muerte.
Las calles, antes pobladas de ruido y actividad de sus gentes, ahora sólo parecían haber conocido el silencio. Los primeros días del año nuevo seguían siendo cortos y aún más fríos que el periodo de la Natividad, y parecía que el sol hubiera querido ocultarse entre las grises nubes que cubrían el cielo, poco dispuesto a ser testigo de los desoladores acontecimientos sucedidos en la aldea de Fira.
Tal era el silencio en aquel lugar que el eco del paso metálico de Hipo retumbaba contra sus propios oídos. Su caminar era apurado y constante, aunque sin llegar a correr. Llevaba puesto una capa que realmente no necesitaba y que le estaba haciendo sudar como un pollo; sin embargo, parecía hacer tanto frío que se había obligado a ponérsela para no llamar la atención. Pasó junto a la iglesia de Fira, donde Hipo podía escuchar los bisbiseos de las oraciones de los pocos residentes que aún no había caído bajo las garras de la peste. En otro tiempo, Hipo habría entrado en aquel edificio y gritar a todas aquellas personas que se marcharan de aquella isla, pero siguió con su camino.
En lugar de bajar calle abajo, hacia la herrería y el mercado, Hipo torció por una de las callejuelas que llevaba a las afueras del pueblo, hacia las ruinas de un antiguo palacete que se encontraban hacia el interior de la isla. Hipo visualizó enseguida las lonas blancas que se agitaban con violencia a causa del torrente de aire que se esforzaba en hacerlas volar. Apretó el paso, con cuidado de no estropear las hierbas que había ido a recoger a Therasia y procuró no mirar hacia su lado izquierdo, donde los cadáveres se acumulaban a la espera de que se hicieran algo con ellos. Dio una fuerte bocanada de aire antes de apartar una de las lonas y entrar en el improvisado hospital de campaña que Astrid se había visto obligada a organizar en tiempo récord.
La peste a heces, vómito, sangre y enfermedad inundaba el lugar donde los ciudadanos de Fira agonizaban por la fiebre y los dolores. Los pocos sanos del lugar, a los que apenas podía contar con los dedos de sus dos manos e iban cubiertos de arriba abajo para tener el mínimo contacto humano con los enfermos, corrían de un lado a otro desesperados por atender a todos los que suplicaban su ayuda. Procurando en no detenerse a escuchar los lamentos febriles de aquellas personas, Hipo buscó a Astrid por las ruinas donde no solo hallaba más y más enfermos.
¿Podía ser que en la última hora en la que había estado ausente hubieran aparecido más?
No tardó en encontrar a su novia atendiendo a una mujer enferma que parecía más muerta que viva. Se había quitado todos los ropajes que ella misma había obligado a los voluntarios ponerse para evitar el contagio y también había vestido para no levantar sospechas de que no podía contagiarse aunque se pegara desnuda a uno de los enfermos. Su novia no reaccionó cuando Hipo se arrodilló junto a ella, más concentrada en tomar el pulso de aquella mujer que en lo que pasaba a su alrededor. La mano de la enferma estaba negra por la gangrena y no había que ser un experto para adivinar que le quedaban horas de vida. Hipo la recordaba de haberla visto en el mercado, pero nunca había cruzado palabra con ella. Es más, por saber, no sabía ni su nombre.
—¿Has traído las hierbas? —preguntó Astrid en nórdico dejando la mano de la mujer sobre su propio vientre.
—Sí.
La bruja suspiró cansada antes de coger los ropajes.
—Ven, vamos a prepararlas.
—¿No quieres…?
—No —le interrumpió ella—. Sus hijos y su marido ya están muertos, ella no tardará en unirse a ellos.
Hipo le echó un último vistazo antes de levantarse y seguir a su novia, quien arrastraba los pies y se pasaba la mano por su corto cabello para apartárselo de la cara.
—¿Dónde están tus ropajes? —preguntó Astrid con tono vagamente recriminatorio cuando entraron a una pequeña sala sin techo, vacía de enfermos donde habían varios calderos llenos de agua calentándose al fuego.
—¡Mierda! ¡Me los he dejado donde Desdentao! —exclamó él frustrado.
Astrid tiró los suyos junto a un banco y echó las hierbas que Hipo le había traído en un caldero lleno de agua. Solo entonces se dejó caer en el asiento de madera mientras estiraba su agarrotado cuerpo. Hipo sabía bien la necesidad de Astrid por dormir y descansar, pero su novia era lo bastante cabezona como para anteponer sus responsabilidades a sus propias necesidades.
—Da igual —dijo ella sacudiendo los hombros—. Total, a este paso casi nadie vivirá para contar que nos vio sin vestir y que no nos contagiamos —Astrid se frotó los ojos—. ¿Has visto al párroco?
—Hoy no —respondió él preocupado—, pero sabes bien que aquí no vendrá.
—Claro que no lo hará —afirmó ella irritada—, pero tengo una cantidad desmesurada de cadáveres que hay que quemar y que los familiares se niegan hacerlo porque el párroco no para de repetir en misa que no deben cremarse. Por culpa de ese hijo de puta toda Thera será víctima de la peste.
—Eso si no anima al resto de la población a que nos lleve a la hoguera —añadió él sentándose a su lado.
Astrid no respondió. Sencillamente se tumbó en el banco y apoyó su cabeza en sus piernas para descansar cinco minutos. Hipo acarició su cabello para ayudarla a relajarse mientras se preguntaba cómo demonios habían terminado en una situación como aquella.
No hacía ni una semana que habían vuelto del antiguo hogar de Astrid y de su encuentro con la sirena. Había llegado tarde a su isla, en lugar de meterse a la cama, se quedaron hablando sobre lo que debían hacer a partir de ahora. Ninguno parecía estar seguro de si volver a Isla Mema sería lo correcto, de si Elea realmente les había contado la verdad o no, más tras haber lanzado aquella última profecía que no habían sido capaces de interpretar. ¿Ganar a Le Fey conllevaba la destrucción de Isla Mema? ¿Cómo podía ser? Además, la sirena había añadido todos aquellos quehaceres que no había ni por donde cogerlos, pero que, según ella, resultaban imprescindibles para enfrentarse a la reina bruja. Tenían que adivinar qué ocultaba el guardián… ¿Guardián de qué? ¿De una fortaleza? ¿De un secreto? ¡¿Qué?! Restaurar una línea de sangre perdida, ¿de quién? ¿Cómo? Astrid había teorizado de que tal vez fuera o bien la suya o la de ella, pero que era imposible saberlo sin más pistas. Ambos también habían conocido a varios hombres tuertos, en Isla Mema habían habido varios a causa de la guerra contra los dragones y otras tribus; pero Hipo no entendía a qué se había referido con "amansarlo". Luego estaba lo de encontrar el perdón, probablemente la más sencilla, dado que probablemente se refería a que debían ganar el perdón de su pueblo. Y, por último y el más desconcertante: tres debían sacrificar lo imposible. ¿Imposible de qué? ¿Y qué tres? Cabía la gran probabilidad de que Astrid y él fueran dos, ¿pero quién era la tercera persona?
Había discutido toda la noche sobre qué debían hacer. Astrid se mantuvo firme ante la idea de regresar a Isla Mema lo antes posible, pero el miedo había invadido a Hipo. Volver a su antiguo mundo, en el que su padre ya no formaba parte, suponía enfrentarse a una realidad a la que no estaba seguro de que estuviera preparado. Además, cada vez era más y más difícil ocultar su propia identidad mágica y, tras lo acontecido en su boda, ¿cómo podían esperar que Mema les recibiera con los brazos abiertos? Hipo temía que su pueblo lo rechazara y, en lugar de dejarse ayudar, más bien prefirieran ahogarlos en el mar.
No obstante, si había una resistencia contra la reina, debían volver. No creía en las palabras de Elea cuando le había explicado que él representaba una esperanza para ganar la guerra, pero no iba abandonar a su pueblo, más sabiendo que sufría bajo la tiranía de Le Fey. Además, había hecho la promesa de ayudar a Astrid a encontrar a sus padres y ello conllevaba regresar a Isla Mema sí o sí. La única pregunta que quedaba en el aire era quién era Astrid y cómo era posible que ella, habiendo vivido en Mema durante meses, nadie hubiera caído quién era o hubieran encontrado una sola alusión de su familia allí. De igual forma, Hipo conocía bien las familias que conformaban su tribu y no recordaba de haber escuchado nunca de ningún caso de bebés robados salvo el de Rosethorn Gormdsen, aunque este último caso, siendo honestos, lo había descubierto gracias a Astrid y no por su propio conocimiento.
Decidieron partir al día siguiente al anochecer, tras haber descansado debidamente y cerrar los pocos asuntos que les quedaba pendientes en Fira. Hipo no iba a echar en falta su trabajo en la herrería de Tadd y seguramente a Astrid tampoco le apenería en exceso abandonar su labor como curandera. No obstante, cuando llegaron a la aldea, se encontraron con un pueblo sembrado por el caos y el pánico. Al parecer, dos días después de su marcha, apareció en el puerto un cadáver que los pescadores tuvieron el detalle de sacar y que varias personas del pueblo habían preparado para dar sepultura. Al día siguiente, casi todos los que habían tocado al cuerpo y parte de sus familiares habían caído presos de una enfermedad que estaba extendiéndose con rapidez por el pueblo. Astrid, sumamente preocupada, pidió ver a uno de los enfermos y tanto ella como Hipo se horrorizaron al encontrarse a uno de los pescadores moribundo, con los dedos en gangrena, con el cuerpo ardiendo tanto como el de Hipo y con la respiración tan débil que apenas era perceptible. Astrid salió de aquella casa pálida como una muerta e Hipo le preguntó en nórdico si sabía lo que padecía.
—Es la peste —respondió ella en voz de hilo.
—¿La peste? —preguntó él sin comprender—. Bueno, esto no es algo que no hayamos hecho ya, ¿no? Podemos repetir la dinámica a cuando la epidemia en Mema y…
—No —le cortó ella de inmediato—. Lo de Mema fue una epidemia de gripe, esto… esto es muy diferente. Si solo fuera un caso que tiene los miembros en gangrena, me preocuparía mucho menos y obligaría a todo el mundo a bañarse para evitar los contagios. Sin embargo, habiendo aparecido tantos casos de la noche a la mañana me da que pensar que esta es una peste que se contagia por el aire.
—Pero habrá cura, ¿no? —insistió él angustiado.
Astrid sostuvo su mirada e Hipo entendió rápidamente la situación. La bruja, al igual que él, no contaba con poder y conocimiento suficiente para curar a tantos enfermos. Con el corazón en un puño, preguntó qué necesitaba.
—Hay que poner hoy mismo a todos los enfermos en cuarentena.
Hipo y Astrid se pusieron manos a la obra, pero se encontraron con la desagradable sorpresa de que no todo el mundo parecía dispuesto en acatar las órdenes de unos forasteros. Es más, hubo algunos incluso que, para su enorme desconcierto, escupieron a Astrid o directamente no les abrían la puerta. Extrañado por la repentina actitud reticente de los aldeanos, Hipo acudió a Tadd para preguntar qué demonios estaba pasando, aunque el herrero se redujo a decir:
—No acudisteis a la misa de la Natividad, ¿qué esperabais? No nos gustan los herejes.
Hipo tuvo que contener su propia magia para que no explotara dentro de la herrería de la mala hostia que se estaba generando dentro de él.
—Tadd. Esto no va de religiones, ¿vale? Esta no es una enfermedad que deba tomarse a la ligera, Astrid dice…
—¿Desde cuando debemos obedecer a tu esposa, chico? Puede que tú estés sometido a tu esposa, pero no por ello los demás nos vamos a dejar engañar.
—¿Engañar? —cuestionó Hipo furioso—. ¿Qué motivos os hemos dado para que no confiéis en nosotros? Te recuerdo que si tu hermana y tu sobrino están vivos es por la labor de mi mujer, no por la voluntad de ningún Dios.
Tadd golpeó la mesa furioso y se levantó con tanta rapidez que volcó la silla en la que estaba trabajando.
—Tu mujer es una hereje, chico, y estoy seguro de que no eres mal chaval, pero si estás casado con ella me hace pensar que tú también lo eres —condenó el herrero colérico—. La gente habla, ¿sabes? ¿Piensas que es normal que una mujer sepa de medicina? ¿Que corte sus cabellos como los de un hombre? ¿O piensas que el pueblo no está hablando de eso? ¿O la forma tan obscena con la que ella muestra su afecto hacia ti en público? ¿Vuestro desprecio hacia la idea de tener hijos que…?
—Mi esposa no puede tener hijos, Tadd —le cortó Hipo con fastidio, causando que el herrero se quedara mudo—. ¿Estás contento ahora? Mi mujer se dedica a sanar a los demás y a traer niños al mundo cuando ella no puede, así que no me vengas con gilipolleces, ¿quieres? —Hipo estaba tan furioso que no tenía control sobre su propio discurso—. ¿Así tratabas también a tu mujer, Tadd?
El hombre abrió mucho los ojos, sorprendido porque Hipo supiera de su esposa.
—No metas a mi Helena en esto, Hipo. No te atrevas —le advirtió Tadd con voz temblorosa.
—Entonces cierra la puta boca, Tadd —escupió el vikingo rabioso—. Tu esposa merece tanto respeto como la mía.
Tadd parecía un poco avergonzado de su propio comportamiento, aunque no formuló disculpa alguna y prefirió volver a su trabajo, decidido a ignorar su presencia por completo. Hipo estaba tan enfadado que no pudo controlar que el fuego del horno se avivara más de lo debido, tanto que consumió sus brasas en pocos segundos.
Fue finalmente Ilia, la madre de Tadd, quién reaccionó respecto a la cuarentena cuando Filippa y el bebé que Hipo y Astrid trajeron al mundo cayeron enfermos al día siguiente. Esperanzada de que aislando a su hija y a su nieto pudieran salvarse tanto ellos como el resto de su familia, movilizó a las mujeres de la aldea para levantar un hospital de campaña en las viejas ruinas de las afueras. Astrid había sugerido primero la iglesia, debido a que era un espacio aislado y mucho más recogido que aquellas ruinas, pero el párroco puso el grito en el cielo ante la sugerencia, alegando que aquello no era más que una treta de Astrid para arruinar la casa de Dios. La bruja, aún tentada a partirle la cara, optó por pasar de él y centrarse en su trabajo.
No fue tarea sencilla. A pesar de las insistencias de Ilia, pocas personas atendieron a sus súplicas y muchos de los familiares de los que cayeron enfermos optaron por dejarlos en sus casas para cuidarles en casa. Astrid les advirtió una y otra vez que aquello no iba causar más que contagios, teniendo en cuenta además de que nadie atendía a las instrucciones que ella había dado para que todo aquel que tocara a los enfermos debía hacerlo siempre cubierto, asegurándose de tapar su rostro para evitar respirar el mismo aire. Ni Astrid ni Hipo comprendían a qué venía el repentino rechazo del pueblo hacia ellos. Fira siempre les había acogido con los brazos abiertos, mostrándose amable y curiosos ante ellos. Ahora, sin embargo, parecía que fueran unos apestados y a Hipo no le habían pasado por alto los murmullos que escuchaba por el pueblo cada vez que iba a recoger y comprar cosas que Astrid le pedía para tratar a los enfermos.
—He oído que han visto a la curandera bailar desnuda bajo la luna cantando en una lengua extranjera —escuchó decir una vez.
—¿Y has visto como tiene el pelo? ¡Increíble que su esposo tenga ahora el cabello más largo que ella! Parece un hombre…
—Bueno, es que fíjate en su marido. Muy guapo, muy simpático y todo lo exótico que quieras, pero dicen que él tiene tan poco carácter que acata a todo lo que su esposa dice y le permite hacer lo que le plazca.
—Por no mencionar los rumores que aseguran que ella no puede concebir hijos ¡Y no me extraña! Dios castiga a las que no cumplen con sus mandatos, ya lo dice el párroco Pancras…
Aunque tanto su novia como él realmente podían considerarse herejes dada su naturaleza mágica y sus creencias, a Hipo le enfureció todas aquellas habladurías que le desacreditaban a él y sobretodo a Astrid. Sabía bien que Pancras debía estar detrás de todo aquello, ofendido aún por la insolencia con la que Astrid le trató tras el parto del bebé de Filippa. Sin embargo, tal era el trabajo que debía hacer, que Hipo no se detuvo a investigar, enfocando sus energías en ayudar a su novia y al creciente número de enfermos que en calmar su propia ira.
Para cuando el pueblo quiso darse cuenta de que la cuarentena era precisamente necesaria para evitar los contagios, ya era demasiado tarde. Prácticamente todos los que enfermaron ante el contacto con el cadáver infectado murieron y una buena parte de sus familiares agonizaban entre la vida y la muerte. Ninguno de los niños que enfermaron sobrevivieron al tercer día de contraer la enfermedad, entre ellos el bebé de Filippa, quien murió en brazos del vikingo. Aquello fue descorazonador para ambos, pues tras haber hecho un esfuerzo incalculable para salvar la vida del pequeño y de su madre, ahora todo quedaba en nada. Astrid, más pálida y seria que nunca cogió al bebé muerto de sus brazos y, acariciando su mejilla, susurró:
—No te vengas abajo aquí, por favor. Que no te vean llorar.
—¿Por qué? —preguntó en voz hilo.
—A nadie le gusta ser consciente de la presencia de la muerte cuando ésta va a tocar pronto a su puerta.
Aunque la mayoría de los enfermos no parecían conscientes de lo que pasaba a su alrededor, Hipo comprendió enseguida a qué se refería. Filippa, en un estado de delirio, demandó tener a su hijo a su lado, aterrada de que le pudiera haber pasado algo. Ilia, ignorando las órdenes de Astrid, se había quitado los guantes y quitado la tela que cubría su boca para coger de la mano de su hija y mentirle con voz suave:
—Está bien, mi niña, ahora duerme con los otros niños.
Filippa murió ese mismo día y su madre ocupó su cama no mucho tiempo después. Lalita se unió a los voluntarios para estar más cerca de su madre, aunque cuando su marido y dos de sus sobrinos se contagiaron, la joven se vino abajo, como otros muchos de los voluntarios que habían visto a sus familiares morir.
—¿No puedes hacer nada? —preguntó Lalita a Astrid entre lágrimas—. Lo que sea.
Hipo observó en el gesto de su novia la impotencia.
—Me temo que no.
Para el mayor de los colmos, los cadáveres se acumulaban con suma rapidez junto a las ruinas y Astrid andaba desesperada por quitárselos de en medio. Los familiares querían celebrar funerales por sus muertos, pero Astrid había prohibido el contacto con los mismos por miedo a que la peste se extendiera aún más rápido. Por esa razón, se presentaron en la iglesia para reclamar al párroco que hiciera su trabajo y que diera su visto bueno para cremar los cadáveres. Pancras, por supuesto, se negó.
—Estamos recibiendo el castigo divino de Dios por nuestros pecados, ¿y encima venís a reclamarme que celebre funerales fuera de la casa del señor?
—¡¿Cuántas veces se lo tengo que decir?! —chilló Astrid desesperada—. ¡Meter los cuerpos en el pueblo supondría extender más rápido la enfermedad! ¡Es obligatorio quemarlos y nadie cederá a menos que usted lidere los funerales!
—¡No voy a permitir que una chiquilla como tú me dé órdenes! —clamó el párroco furioso—. ¡Vosotros sois la causa de todo el mal que nos azota! ¡Hay quienes hablan de la existencia de monstruos en el camino y que os han visto tratar con ellos! ¡Brujería! ¡Eso es lo que sois! ¡Pura brujería!
Hipo tragó saliva, aunque se esforzó en no parecer excesivamente nervioso. No obstante, la magia de su novia manaba dentro de ella rabiosa, deseosa de salir de ella para carbonizar a aquel cretino. Astrid apretó los puños con tanta fuerza que sus manos se quedaron blancas y visualizó a la electricidad esforzándose en salir de ellas.
—¿Va hacer algo por la gente de Fira? —repitió ella con lentitud, para asegurarse de que el cura comprendía bien sus palabras.
—No soy quien para ir contra la voluntad del Señor. Si él considera que han de morir que mueran, pero yo no cumpliré con ningún funeral fuera de esta iglesia y mucho menos pienso dar mi bendición para que se quemen los cuerpos sin haber hecho el responso antes.
—¿Pero se está escuchando? —replicó Hipo escandalizado—. ¿Piensa anteponer su propio orgullo al bienestar de sus feligreses? ¿No se da cuenta de lo grave que es esta situación?
—¡Lo único que sé es que no voy a permitir que una mujer y el sumiso de su marido se pongan por encima de mí! ¡Yo soy la ley de Dios! —clamó el párroco—. ¡Y ahora fuera de mi vista!
La falta de colaboración por parte del párroco generó mucho malestar entre los familiares de los enfermos. Hipo y Astrid se vieron superados por la situación, aunque la bruja no dio su brazo a torcer ante las súplicas de los familiares para llevarse los cuerpos a la iglesia. Ambos sufrían enormemente al ser testigos imponentes de tanta desolación, ira y dolor, siendo incapaces de contener sus llantos causados por el agotamiento mental que todo ello les estaba trayendo cuando estaban a solas. Hipo, además, sentía una enorme frustración con la gente de Fira, quienes en lugar de tomarlo con el párroco, quién lo tenía todo fácil encerrado entre sus cuatro paredes de piedra, lo tomaban con su novia como si ella fuera la causante del mal que azotaba a la isla.
El vikingo salió de su ensoñación cuando alguien gritó de dolor desde una de las salas contiguas y Astrid se incorporó con lentitud, desfallecida por no tener unos meros minutos de descanso. La bruja se masajeó su cuello ahora despejado de pelo y gimió de dolor por el agarrotamiento de sus cervicales. Ambos estaban hechos polvo, deseosos de largarse de allí cuanto antes, pero de alguna manera atados por un compromiso moral con la gente de aquel lugar. Hipo acarició la parte alta de su espalda y su novia pareció agradecer el agradable cosquilleo que generaba el contacto del vínculo.
—Lo siento —dijo ella de repente.
—¿Por qué te disculpas? —preguntó él confundido.
—Nos hemos retrasado en todos nuestros planes —explicó Astrid con tristeza.
—Bueno, plan lo que es un plan tampoco teníamos —bromeó él sin gracia—, pero tú no tienes culpa de nada de esto, amor.
—Podríamos habernos marchado y hacer como si esto no fuera con nosotros —replicó ella.
Hipo chasqueó con la lengua.
—Hace más de un año habrías hecho eso sin dudarlo, pero hace tiempo que me demostraste que no eras así para nada —apuntó él apartando un mechón largo de su cara.
Astrid sonrió con cierta vagancia.
—Hace más de un año no hubiera pensado que acabaría en las islas griegas vinculada con un humano, organizando una cuarentena para la peste y montando un dragón —Astrid se movió para descansar su cabeza contra su hombro—. La de vueltas que puede dar la vida, tengo la sensación de que he vivido más de una y no ha pasado más de año y medio desde que te conocí.
—¿Y eso es malo? —preguntó él preocupado.
—No —respondió ella con rapidez—, pero espero que algún día podamos encontrar cierta estabilidad, eso si…
La bruja se quedó de repente muy callada, como si no quisiera decir en voz alta lo que se le había pasado por la cabeza, pero Hipo supuso a qué se estaba refiriendo. Ninguno sabía qué se iba a encontrar una vez que volvieran al Archipiélago y las posibilidades de supervivencia no tendían a su favor. Le Fey contaba, no solo con una magia extraordinariamente poderosa que le daba varias vueltas a la de los dos, sino que además cabía la muy probable opción de que todas las tribus hubieran jurado lealtad a su nueva reina disfrazada con el rostro de Kateriina Noldor. Si Thuggory, uno de los Jefes con cabeza más fría y prudente de entre los vikingos le había rendido pleitesía, ¿quién decía que los demás no lo hubieran hecho por solo salvaguardar la seguridad de su gente o sencillamente porque habían caído víctimas del hechizo influyente de la reina? La sirena les había dicho que Isla Mema resistía e interpretaban que la dicha "resistencia" era un grupo de gente que se estaba preparando para enfrentarse a la reina, pero era imposible saber quiénes eran, cómo se habían organizado y de sus planes. Astrid alzó la mirada para regalarle una sonrisa cansada.
—Lo único que debe importarnos es que ahora estamos juntos en esto, no importa lo que venga después.
Hipo inclinó su cabeza para rozar su frente con la suya y sintió como el cosquilleo del vínculo se extendía cálido por todo su cuerpo. Sin embargo, su mágica y agradable conexión se vio interrumpida cuando alguien carraspeó a su espalda. Ambos alzaron la mirada para encontrarse a una persona totalmente cubierta hasta la cabeza observándolos a través de una estrecha rendija de entre los ropajes.
—Necesito tu ayuda para lavar a mi madre, Astrid —dijo la voz de una mujer que Hipo reconoció como la de Lalita.
—Voy —respondió ella dándole un apretón en su mano.
Se levantó y se dirigió a la puerta cuando Lalita, muy seria, preguntó:
—¿No vas a vestirte?
—¡Ah! Sí, perdona, estoy en la inopia —se excusó Astrid cogiendo la ropa que había tirado al suelo—. Hipo, ¿puedes encargarte tú de dar agua a los enfermos?
—Sí, claro.
Era difícil interpretar el gesto de Lalita bajo tantísima ropa, pero Hipo percibía su claro malestar. Aunque su marido parecía haber dado muestras de mejoría, sus sobrinos seguían tan enfermos que Astrid le había comentado en privado que las posibilidades de supervivencia eran mínimas. Hipo encontró unos ropajes sobrantes y se vistió como el resto de los voluntarios para pasear entre los enfermos y brindar agua a aquellos que se sintieran capaces de tragar. Lo más descorazonador de todas aquellas rondas era visitar a los niños, cuyos lloros ya ni siquiera se escuchaban de lo mucho que agonizaban. El vikingo observó cómo algunas madres que, ignorando las órdenes de su novia, iban a rostro descubierto con esperanza de que sus pequeños las reconocieran y se sintieran más aliviados mientras los atendían y limpiaban el sudor febril de sus rostros. En algún punto de aquella larguísima tarde, Hipo terminó quitándose los guantes y los ropajes de la cara porque estaba sudando. Su magia reaccionaba contra la enfermedad con fiereza, causando que tuviera que ser mucho más cauteloso respecto al control de la misma. Una anciana, alarmada por su aspecto de cansancio y que anduviera tan destapado tocó su rostro con su mano cubierto.
—¡Joven, estás ardiendo!
Hipo se apartó de una manera que no le hiciera parecer un maleducado.
—No… no se preocupe, estoy bien. Solo tengo calor, nada más.
—Hace calor, pero no lo suficiente como para que estés así —comentó la mujer—. ¡Que alguien llame a la curandera! ¡Me temo que este joven se ha contagiado!
Hipo no sabía donde meterse cuando le arrastraron hacia Astrid, cuyas mejillas también estaban sonrojadas por el exceso de ropa y la protección de su magia. Calmó a los voluntarios y arrastró de nuevo a Hipo hasta la sala de los calderos, regañándole por su descuido de haberse quitado las escafandras.
—¿No ves que van a sospechar si ven que no te contagias? ¡Tienes que tener más cuidado! —le advirtió ella con impaciencia.
—Pero muchas de ellas se mueven por aquí sin muchos ropajes y, en serio, es incomodísimo trabajar con tantísima ropa, no paro de sudar…
—Al menos a ti el calor no te molesta —apuntó Astrid con envidia—. Yo estoy sudando y al borde de una hipertermia, así que, por favor, sé paciente o...
—Astrid.
Vikingo y bruja miraron hacia Lalita, quien les observaba ahora a cara descubierta desde la puerta. Hipo se sintió aliviado de que la mujer no entendiera nórdico, aunque no parecía en absoluto contenta.
—¿Qué pasa, Lalita? —preguntó Astrid esforzándose en no mostrar su impaciencia.
—Tadd está fuera con un grupo de gente, quieren hablar contigo —respondió Lalita con frialdad.
—¿Para qué? —cuestionó ella extrañada.
—Me imagino que para que comentes las novedades —explicó Lalita poniendo los ojos en blanco—. Todo el mundo está esperando que la enfermedad remita de un momento a otro.
Astrid intentó por todos los medios que la actitud borde de la mujer no la enfadara todavía más, aunque Lalita, quien siempre se había mostrado amable y encantadora con ellos, no lo estaba poniendo nada fácil. Tanto la bruja como él se esforzaban en ser comprensivos con todos los ciudadanos de Fira, por muy desagradables que se mostraron algunos con ellos, seguramente por la oratoria del párroco durante las misas donde echaba mierda contra ellos. Ambos apreciaban enormemente a Lalita y comprendían que las circunstancias de la mujer no era fácil visto que su madre, su marido y sus sobrinos se debatían entre la vida y la muerte.
—Voy ahora —terminó accediendo la bruja, aunque Lalita no se movió—. ¿Puedo tener dos minutos a solas con mi marido, por favor?
Lalita arrugó el gesto, pero se marchó de allí sin discutir. Astrid se pasó agotada las manos por su rostro e Hipo la estrechó entre sus brazos para animarla. La bruja apoyó su cabeza contra su hombro mientras procuraba controlar su propia respiración para no perder los nervios e Hipo acariciaba su espalda y besaba su coronilla mientras le susurraba palabras de amor en la lengua de las brujas. Astrid terminó rompiendo el abrazo e hizo un gesto inconsciente de querer recogerse el pelo en una coleta, cosa que la frustró todavía más al darse cuenta de que ahora apenas podía recogerse media melena en un pequeñísimo moño. Hipo la acompañó en su camino entre los moribundos pacientes hasta la entrada de las ruinas, donde un grupo de gente los esperaban con expresiones de ira y desesperación. Lalita y algunos de los voluntarios también habían salido de la zona restringida para escuchar lo que Astrid tenía que contar a los familiares. Tadd encabezaba el grupo con rostro serio y con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué queréis? —preguntó Astrid tal vez con demasiado rudeza.
—¿Cuando levantarás la cuarentena? —dijo alguien desde atrás que ni él ni su novia pudieron ver.
—No tengo intención de hacerlo por el momento —aclaró la bruja desconcertada—. Ya os advertí que la cuarentena podría durar semanas.
—¡Queremos ver a nuestros familiares! —chilló una mujer—. ¿Por qué no se nos permite entrar?
—¡Porque es una cuarentena! —exclamó Astrid con impaciencia—. ¡Ya os lo he explicado un montón de veces! Si permito que entréis, aislar a los enfermos de la población sana no habrá servido para nada. ¡Esta es una enfermedad que se transmite por el aire y por el contacto! Tenéis que tener paciencia…
—¿Y qué nos dices de nuestros muertos? ¿Cuándo podremos darles sepultura? —cuestionó Tadd de repente.
—Eso depende únicamente del párroco Pancras —explicó Astrid irritada—. Lo que el señor cura no puede esperar es que metamos al pueblo cadáveres infectados por la peste, inutilizando una vez más la cuarentena. De celebrarse funerales ha de ser aquí, a una distancia prudencial y quemando los cuerpos.
La gente empezó a chillar y a removerse, aunque Astrid se mantuvo firme en sus palabras.
—¡Un funeral fuera de la iglesia es herejía! —chilló una mujer.
—¿Por qué tenemos que hacer caso a una forastera? ¿Cómo sabemos que realmente está sanando a nuestras familias? ¡Cada día hay más muertos!
—¡Porque esta es la puta peste! —replicó Astrid con las mejillas encendidas—. ¡No hay cura! Os insistí con la cuarentena, de matar a los animales que podían haberse infectado también y solo cuando me hicisteis caso han empezado a reducirse los contagios, aún ya siendo demasiado tarde para erradicar la enfermedad. Si esos cadáveres siguen ahí en los próximos días, no dudéis que la enfermedad volverá a extenderse por el pueblo. Hay que quemarlos, lo siento, es la única solución que hay para dar fin a todo esto.
—¡No vamos a quemar a nuestros muertos sin recibir un funeral! —clamó alguien del grupo.
—¡Y queremos a nuestros enfermos en casa, no en las manos de una zorra extranjera! —chilló una mujer.
Un relámpago sonó a lo lejos. El corazón de Hipo dio un vuelco al percibir la magia de Astrid manar rabiosa dentro de ella y observó que la bruja estaba tan tensa, hasta tal punto de que estaba seguro de que si la tocaba le daría un chispazo. Nadie pareció darse cuenta de lo que estaba pasando y, convencido de que Astrid no fuera a perder el control, decidió dar un paso enfrente.
—Si un enfermo sale de este lugar, moriréis también a causa de la enfermedad —advirtió Hipo con voz calmada—. Hasta ahora no habéis tenido problemas con que os tratara Astrid, ¿qué es lo que os ha hecho dudar de que esta vez fuera lo contrario? Si vuestro problema es que nosotros nos implicamos para vuestro bien, podemos irnos hoy mismo, me imagino que vosotros podéis asumir el tiempo y los gastos para traer hasta aquí a un médico capaz de tratar a tantos enfermos. Eso si está dispuesto a tratarlos, lo cual lo dudo por lo rápido y fácil que es contagiarse.
Los vecinos de Fira se sintieron un tanto contrariados por su comentario. Hipo se sintió aliviado de que nadie tuviera argumentos contra los suyos y Astrid le lanzó una mirada de complicidad.
—Vosotros habéis estado en contacto piel con piel con los enfermos y no os habéis contagiado, así que tal vez no sea tan grave como decís —señaló Lalita de repente.
—No digas sandeces, Lalita —replicó Astrid consternada—. ¿Acaso lo de tu madre no fue prueba suficiente de lo fácil que es contagiarse? Muchos voluntarios han caído enfermos precisamente por no cumplir el protocolo que yo misma marqué.
—Y que tampoco sigues —le achacó Lalita—. Ni tampoco tu marido, aunque hay quienes dicen que él ya sufre de fiebres y solo hay que mirarte que tú también das muestras de calentura, ¿quién dice que no seáis vosotros los que habéis traído la enfermedad de vuestro viaje y estéis extendiéndola por el pueblo? Tal vez queráis enriqueceros de…
—¡Ya basta! —rugió Astrid furiosa—. ¿Cómo te atreves, Lalita? ¿Cómo os atrevéis todos vosotros a acusarnos de nada? En esta última semana no habré dormido más de cuatro horas, he limpiado mierda, vómito y roña de cada uno de vuestros enfermos, he preparado a cada fallecido de la forma más digna posible, exponiéndome no solo yo, sino mi marido también a contagiarnos… ¿y venís a decir ahora que la causa de la enfermedad somo nosotros? ¿Que queremos aprovecharnos de vosotros para enriquecernos? ¿Acaso he pedido algún tipo de salario por mi trabajo? ¿Y qué clase de desagradecidos de mierda sois que ni siquiera podéis reconocer que una mujer extranjera puede tener razón por encima de un cura ignorante y de vosotros? Sí, vale, no soy perfecta. Hipo y yo somos raros de cojones, no nos gusta ir a misa, exponemos nuestro amor con total libertad y no tenemos hijos, ¿y qué coño afecta eso en todo lo demás? ¿Acaso Hipo no ha dedicado su tiempo en ayudar a Tadd en la herrería? ¿A haceros chapuzas en vuestras casas sin pediros nada a cambio? ¿Y qué hay de mí? Lalita, no te vi tan antagónica cuando traje a tu hijo al mundo y al de tu hermana —Astrid miró al grupo de gente—. He tratado a muchos de los que estáis aquí y otros muchos que siguen ahí dentro agonizando o que ya han muerto, ¿creeis que soy de piedra? ¿Creeis que esto tampoco me afecta a mí? Daría lo que fuera porque pudierais dar sepultura de manera digna a vuestros padres, hermanos, amigos, hijos… pero si no lo he permitido es porque, a pesar de todo, todavía me importa vuestro bienestar, aunque claramente no os lo merecéis.
Se hizo un profundo silencio que solamente fue interrumpido por los relámpagos que rugían hacia el interior del mar. La respiración de Astrid era acelerada e Hipo percibía el enorme sobreesfuerzo que su novia estaba realizando para no perder el control sobre su magia. Hipo tenía esperanzas que tras el discurso de su novia nadie se atreviera a replicar; sin embargo, alguien optó tirar una bola de barro a su novia, quien apenas tuvo tiempo para reaccionar y esquivar el ataque. Hipo ahogó un grito de dolor al sentir a través del vínculo el impacto contra su cara. Se llevó su mano contra su ojo y consiguió abrir el otro para ver que Astrid estaba realizando el mismo gesto para apartarse la tierra de su cara. La gente comenzó a gritar toda clase de insultos contra ellos, algunos de los voluntarios intentaron interceder sin éxito para que detuvieran aquella locura, pero eso sólo pareció alentar aún más la ira de aquel grupo de vecinos. Hipo se arrodilló para socorrerla, pero Astrid se zafó de su agarre furiosa. Ignorando sus evasivas, el vikingo quitó todo el barro de su cara y vio la rojez del impacto en torno a su ojo entrecerrado.
La ira de su magia azotó su columna vertebral como un látigo. El fuego que vivía dentro de él se incendió por todo su cuerpo, dispuesto a salir como una onda expansiva que acabaría con cada una de aquellas personas que habían levantado la mano contra la mujer que amaba. Astrid se zafó de él cuando el calor de su piel empezó a sentirse demasiado caliente contra la suya y podía oler la tela que su túnica quemarse a su espalda.
—Hipo, no, por favor. Contrólate —susurró ella con los ojos marcados por el terror.
La marabunta de gente parecía más preocupada en apartar a los voluntarios que querían impedir que entraran a las ruinas que en ellos, pero Hipo no escuchaba nada de lo que pasaba a su alrededor. Sólo oía esa voz otra vez.
Mátalos. Total, van a morir todos igual.
De repente, un chillido de Astrid que sonó por encima de la voz de su cabeza le trajo de vuelta a la realidad, causando que el fuego volviera a replegarse dentro de él. Hipo no tuvo tiempo para procesar el motivo por el que Astrid se había puesto delante de él; sin embargo, el grupo de gente se quedó mudo de la impresión al ver que Astrid había atrapado al vuelo una piedra del tamaño de una manzana que había ido directo a Hipo, habiendo demostrado sus magníficos reflejos desarrollados por sus largos años de entrenamiento en el ejército de le Fey.
—Se acabó —sentenció ella en la lengua de las brujas—. Voy a matarlos.
El corazón de Hipo dio un vuelco, pues lo que antes le parecía una idea maravillosa, ahora le parecía una atrocidad.
—Astrid, no —le suplicó él cogiendo de su brazo—. No saben lo que hacen, por favor, no hagas nada de lo que vayas a arrepentirte.
—¡Han intentado matarte! ¿Pretendes que les perdone por ello? —chilló ella echando chispas—. ¿Quieres impedirme lo que un minuto tú también estabas dispuesto hacer?
—¿Qué… qué idioma hablan? —dijo alguien de repente—. ¿Cuántas lenguas hablan esos dos?
—¡Herejes! —clamó otro hombre.
—¡El párroco tenía toda la razón! —cuestionó una mujer—. ¡Son enviados de Satanás! ¡Habéis visto cómo ha cogido la piedra como si nada! ¡Herejes! ¡Han traído la desgracia a nuestra tierra!
Astrid hizo un amago de querer tirar la piedra hacia el grupo de gente y Tadd dio un paso hacia delante extendiendo sus brazos para detenerla; sin embargo, la bruja terminó lanzándola hacia otro extremo, lejos de intentar dañar a nadie. Tiró de su brazo para levantarle del suelo y con voz helada dijo:
—Haced lo que os dé la gana, os quedáis solos. Yo estoy hasta el coño de esto.
La bruja caminó hacia el grupo mientras sacudía su mano para que la siguiera. La gente, casi como si ellos cargaran con la enfermedad, les hicieron pasillo espantados, aunque algunos corrieron hacia las ruinas, ansiosos por reencontrarse con sus familiares enfermos, inconscientes de que la mayoría ya no les reconocerían por la fiebre.
Fira era ahora un pueblo fantasma. Ambos llegaron a la plaza de la iglesia donde el viento tormentoso que la ira de Astrid había convocado golpeaba contra la piedra y su campana no con fuerza, pero sí con resentimiento. A Hipo le supuso un sobreesfuerzo seguir el paso acelerado de su novia, quien aún no había soltado de su mano.
—Astrid, frena por favor, no puedo seguir este ritmo.
La bruja se detuvo al instante y se giró preocupada, aunque su gesto continuaba siendo molesto. Hipo cojeó hasta un banco de piedra que había junto a la iglesia y se masajeó la pierna mientras Astrid se sentaba con la piernas cruzadas a su lado. Se quedó un rato observándole hasta que dijo:
—Trae, levanta la pierna.
Hipo obedeció y puso su pierna sobre las suyas para que la bruja pudiera quitarle la prótesis. Agradeció el gustoso tacto de sus dedos tibios contra su piel, los cuales calmaron la irritación y la tirantez de su piel. Escucharon los gritos y los lamentos de la gente de Fira a lo lejos en las ruinas, pero era imposible adivinar a quién pertenecían esas voces, si a los enfermos o a sus familiares que seguramente caerían pronto también víctimas de la enfermedad. El corazón de Hipo aún latía fuerte contra su pecho por la reacción de su magia ante el ataque que había recibido Astrid por parte de los vecinos de Fira. Había estado a punto de perder el control otra vez y no podía quitarse de la cabeza los ojos aterrorizados de Astrid. ¡Dioses! ¿Qué había estado a punto de hacer? Había deseado matar a esa gente. ¿En qué se estaba convirtiendo? ¿En qué…?
—Hipo, ¿estás bien? —preguntó Astrid de repente.
El vikingo parpadeó.
—S-sí, ¿por qué lo preguntas? —balbuceó él.
Astrid sostuvo su mirada por unos segundos e Hipo se preguntó si la bruja iba a sacar el tema de sus respectivas reacciones ante el ataque del peublo. No obstante, terminó sacudiendo la cabeza y negó con la cabeza para darle entender que no pasaba nada. Para asegurarse de que fuera así, Hipo cambió radicalmente de tema.
—¿Qué vamos hacer ahora? —preguntó Hipo nervioso.
—Abandonar este lugar de mala muerte —respondió Astrid de mala gana sin apartar la vista de su muñón—. Nada hay que nos fuerce a quedarnos aquí.
Hipo asintió con la cabeza con lentitud.
—¿Vamos abandonarlos sin más? —cuestionó él con voz de hilo.
—Hipo, me han tirado barro a la cara y te han lanzado una piedra a la cabeza, ¿y tú me preguntas de si vamos abandonarlos? La respuesta claramente es sí —replicó Astrid con las mejillas encendidas mientras le hacía demasiada presión en su pierna.
—Están ciegos por el dolor —explicó Hipo preocupado mientras hacía una mueca de dolor—. Nadie es consciente de sus propios actos cuando está a punto de perder lo que más quiere. Lo que no entiendo es porque esta vez no han confiado en nosotros, cuando siempre hemos velado por ellos.
La campaña de la iglesia repicó de repente, como si quisiera entrometerse en una conversación en la que no pintaba nada. La pareja observó en silencio el sobrio edificio de piedra que, aún austero, era más alto y estaba construido con mayor esmero que las casas que lo rodeaban. Se quedaron un rato así, sumidos en sus pensamientos y recuerdos sobre su estancia en aquel lugar, hasta que Astrid confesó:
—Hay algo que quiero hacer, pero no te va a gustar.
—¿El qué?
Ella suspiró.
—Quiero vengarme del cura —respondió ella con voz cansada—. Usar el dolor de sus feligreses a través de mentiras y manipulaciones para quitarnos de en medio es jugar sucio.
Hipo torció el gesto.
—¿Y qué vas hacer? ¿Matarle?
—¡No! —se apresuró a decir ella con los ojos en blanco—, pero… he visto algún que otro hechizo en el grimorio que nos ayudaría a… ya sabes, despejarle las ideas.
Astrid sacó el libro que ya acostumbraba siempre a llevar en su alforja y lo abrió por una página que ya tenía abierta para mostrárselo a Hipo. El vikingo leyó el hechizo con atención y, lo que quizás hacía meses le hubiera horrorizado, ahora lo veía adecuado e incluso divertido. Además, estaba cansado de ser siempre amable con quienes no se merecían y el párroco iba a pagar por su discurso de odio que probablemente causaría la extinción de todo el pueblo de Fira. Su inconsciente sonrisa hizo que Astrid se entusiasmara todavía más y llevó las manos a su rostro.
—¿Estás dentro entonces?
Hipo observó cierta malicia e ira en sus hermosos ojos azules como el cielo en verano.
—¿Contigo, mi amor? Siempre.
Astrid sonrió y le besó sin vergüenza alguna antes de coger la ruta que los llevaba a los dragones y esperar a que cayera sol para ejecutar el plan. Desdentao y Tormenta escucharon horrorizados el relato de Hipo y Astrid sobre lo que había acontecido ese mismo día, aunque los dragones no parecieron aprobar la idea de Astrid para vengarse del párroco.
—Esa magia es muy peligrosa y oscura, tú no eres una bruja que haga ese tipo de hechizos.
—Es una magia sencilla de hacer e Hipo me brindará apoyo con la suya. Ese cabrón merece un castigo y bastante estoy haciendo que no lo he matado todavía —señaló Astrid con impaciencia.
—¿Por qué tiene que hacerlo Hipo también? —preguntó Desdentao desconcertado—. Me sorprende que ni siquiera te opongas a tal salvajada.
Hipo sacudió los hombros.
—Estoy cansado de que ser cortés con quien no lo merece, más con alguien que utiliza el dolor de los demás para su propio beneficio —explicó el vikingo con voz cansada—. Si Fira muere, será solo por su culpa, así que sí, me apunto.
Desdentao parecía decepcionado por sus palabras, pero no replicó, probablemente por respetar su voluntad. Bastante se había contenido Hipo en los últimos meses como para que ahora fuera a detenerlo. Decidieron esperar hasta bien entrada la noche y aprovecharon para dormir para recuperar algo de sueño de los últimos días. Hipo, sin embargo, se despertó rápido cuando Desdentao le dio con la cola para despertarle porque estaba quemando su túnica.
—¡Mierda! —farfulló él frustrado mientras apagaba con sus manos la mecha que se había encendido sobre la tela de su costado—. ¿Te he hecho daño?
El dragón negó con la cabeza.
—Mis escamas me protegen del fuego, ¿recuerdas? Pero creo que deberíamos hablar de lo que te pasa.
—Desdentao…
—Por favor, Hipo, no puedes seguir así —insistió el Furia Nocturna preocupado—. No puedes estar escondiéndote cada vez que pierdes el control…
Hipo se sintió de repente como un niño pequeño que había sido pillado haciendo una trastada.
—Tengo mucho miedo de hacer daño a alguien—explicó Hipo avergonzado y alzó sus manos llenas de cicatrices para observarlas—. Cada día es más difícil porque mi magia no para de crecer, temo que se imponga sobre mí.
—Escucha, Hipo —Desdentao se incorporó para sentarse sobre sus patas—. Yo no sé mucho de magia, pero creo que he pasado tiempo suficiente con la bruja para saber que no es un juego de niños controlarla, ya ves los estragos que la propia Astrid sufre últimamente cuando la usa. Eso no quiere decir que tu magia vaya a manipularte.
Hipo se mordió el labio.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el fuego, amigo mío, es letal, destructivo y vengativo, pero también da vida, es cálido y proporciona seguridad —explicó Desdentao—. Ya te digo, no sé nada de magia, pero… tú eres fuego, Hipo. Tu magia no deja de ser una parte de ti mismo que tanto tiempo has reprimido: eres apasionado, enérgico y fuerte de carácter. Así te conocí yo y así te has mostrado siempre cuando estábamos solos los dos; además, cuando apareció Astrid…
—Ya me fue imposible retener toda esa energía que se acumulaba dentro de mí —dijo él desconcertado—. Al principio, ella conseguía sacarme de mis casillas con suma facilidad y estaba siempre enfadado con todo el mundo. Pero también me di cuenta que podía ser yo mismo estando con ella y tras confesar nuestros sentimientos supongo que ya todo me daba igual si ello significaba que podíamos estar juntos. Aún así, no entiendo por qué ahora y no antes estoy perdiendo tantísimo el control…
—¿Cómo te sientes, Hipo?
—¿Que cómo me siento? No sé, cansado sobre todo por…
—No, Hipo, ¿cómo te sientes de verdad? ¿Qué es lo que guardas dentro de ti que te da tanto tiempo miedo a sacarlo?
Hipo sintió que la sangre abandonaba su rostro y sus manos temblaban por la repentina tensión de su cuerpo. Miró a Astrid, quién dormía dándole la espalda y estaba acurrucada contra el vientre de una dormida Tormenta. Hipo se levantó tambaleante del suelo y caminó en silencio hasta el acantilado que no se encontraba muy lejos de su situación para que la bruja y la Nadder no les escucharan. Desdentao le siguió de cerca y le rodeó con su cuerpo cuando Hipo se sentó en el borde del barranco. El sonido de las olas golpeando la roca y el suave viento marino que jugaba con su pelo medio suelto fueron lo bastante agradables como para calmarle un poco. Desdentao esperó pacientemente a su respuesta, dejándose acariciar por él mientras encontraba las fuerzas para contestar a su pregunta.
—Llevo meses furioso, Desdentao. Enfadado por lo sucedido en Isla Mema: con Thuggory por traicionarnos; con mi padre por haberme obligado a marcharme y haberse dejado matar; con la panda por haber arriesgado sus vidas para salvarme; con Bocón por haberse entrometido entre Astrid y yo y… con Astrid, pero sobre todo conmigo mismo, por haber cruzado todos los límites que nos impusimos. A veces tengo miedo de mis propios sentimientos hacia ella, Desdentao —Hipo se llevó las manos a su rostros—. Me enfermo ante la sola idea de que pueda sucederle algo, me enfurece cualquier amenaza que pueda cernirse sobre ella. Hoy… hoy casi mato a toda esa gente que nos había atacado, Desdentao, mi magia me lo estaba pidiendo, en un susurro viperino contra mi oído, y yo le habría hecho caso de no ser porque Astrid me protegió de aquel ataque con la piedra. Yo… yo no soy así, no me reconozco, no… no me gusta esta faceta de mí mismo —extendió sus manos sobre sus piernas y una pequeña llama se formaron sobre sus palmas—. A veces, tengo este pensamiento cruel e inconfesable en el que me pregunto si de no ser por ella yo estaría hoy en mi casa con mi padre vivo y no en mitad de ninguna parte, perdido, desamparado y con una magia que no quiero. Odio esta existencia, Desdentao, la odio.
La llama se avivó aún más en sus manos y Desdentao la estudió en silencio mientras pensaba qué decir.
—Que yo recuerde, tampoco te gustaba tu vida anterior, Hipo. Odiabas tener que fingir ser alguien que no eras y puede que estuvieras tan acostumbrado a ser ese alguien que lo que ahora te estás encontrando... este humano con magia, enfadado y apasionado es tu verdadero yo. Y, honestamente Hipo, Astrid no tiene la culpa de que estemos aquí ni todo lo sucedido a Mema y a tu padre.
—Yo no he dicho nada de eso, es solo que...
—Sí, sí, aunque no lo sientas así, se te ha pasado por la cabeza más de una vez, ¿verdad? —Hipo necesitó un rato hasta que afirmó con la cabeza mientras se le escapaba un sollozo—. ¡Ay, Hipo! No deberías torturarte por haber pensado así alguna vez, ¿quién no lo hace de vez en cuando? Incluso los dragones actuamos así a veces, ¿sabes? ¿O piensas que al principio no me sentía resentido contigo por lo de la cola?
—¿Lo estás? —preguntó él con angustia.
—¡Claro que no! —se apresuró en responder el dragón apurado—, pero a veces, quizás en los momentos que me he sentido más solo, quizás porque tú estabas demasiado ocupado como para salir a volar o pasando más tiempo con Astrid que conmigo, los celos me llevaban a pensar cosas horribles de ti que realmente no siento.
—¡Ay, Desdentao! —se lamentó Hipo abrazándose a él—. No te juzgo por eso en absoluto. Para mí, siempre serás lo mejor que me ha pasado nunca.
El Furia Nocturna ronroneó y restregó su cabeza contra su estómago hasta que la apoyó sobre sus piernas.
—El miedo te humaniza, Hipo, aunque te adviertan de que ya no seas del todo humano —el dragón le miró directamente a sus ojos llorosos—. Da igual que seas humano, bruja, sirena o dragón, tú seguirás siendo Hipo y todos los que estamos aquí ahora contigo lo sabemos y te queremos por quién eres, no por lo que dicen que eres. Yo el primero y probablemente Astrid compita por el puesto también.
Hipo no encontró su voz para darle las gracias, así que se redujo en rodear su cuello entre sus brazos y en llorar en silencio mientras lo estrechaba con fuerza contra él. Sus escamas olían a humo, pescado y sal marina y su cuerpo se sentía más caliente que el suyo, lo cual era sumamente agradable. Estuvieron un rato así hasta que, de repente, escuchó unos pasos a su espalda. Hipo y Desdentao giraron la cabeza para encontrarse con Astrid con el ceño fruncido.
—¿Estáis bien?
Hipo parpadeó un poco confundido por su pregunta, pero asintió mientras formulaba una sonrisa tímida y se limpiaba el rastro de lágrimas de sus mejillas.
—Estábamos charlando, nada más.
Astrid se acercó hacia ellos y Desdentao apartó su cola para que Astrid también se sentara junto con Hipo. La bruja cogió de su mano preocupada y la llevó a su labios para después acariciarla con mimo. Estuvieron un rato callados, tal vez Astrid estuviera expectante de escuchar lo que habían estado hablando, pero su novia era una mujer lo bastante prudente y respetuosa como para entender que Hipo también merecía su espacio y compartir confidencias con su mejor amigo.
—¿Estás preparado? —se limitó a preguntar.
—¿A dar el castigo divino a nuestro querido párroco? Por supuesto.
Era plena madrugada cuando por fin entraron a la iglesia. Al parecer, el párroco había cerrado la parroquia desde dentro, probablemente ante la visita de varias decenas de feligreses cargados de cadáveres y de enfermos ansiosos porque el cura los bendijera y facilitara su camino hacia su dios. No fue difícil para alguien como Astrid formular un conjuro que abriera con un pequeña chasquido el candado que bloqueaba la puerta. Cuando escucharon el tintineo de la cadena impactar contra el suelo empujaron la puerta hacia adentro, causando que la madera crujiera levemente.
Hipo nunca había estado en una iglesia y no pudo ocultar su enorme decepción tras haber escuchado tantas maravillas de la supuesta casa de Dios. El lugar era pequeño, frío y oscuro, cargado con un desagradable olor a incienso e iluminado levemente por unas pocas velas que se habían quedado prendidas. Las paredes eran de la misma piedra que la fachada y el techo era de madera, y el lugar no contaba con más decoración que la del altar. Sin embargo, caminando hacia el centro de la iglesia, observó la cúpula que lo coronaba, aunque apenas podía definirse los dibujos —si es que los hubiera— de lo oscuro que estaba. Al fondo, se hallaba la pequeña escalinata que llevaba al altar con una cruz colgada a la pared. Subiendo dichas escaleras, a mano izquierda, había una puerta que conducía a las habitaciones del párroco. Ambos se alarmaron al ver que la luz de una vela estaba encendida en uno de los cuartos, aunque cuando escucharon los ronquidos del párroco soltaron un suspiro de alivio.
Astrid llevó su dedo a los labios para que permaneciera en silencio y registró las otras estancias para encontrar algo que le fuera de utilidad para el hechizo. Encontraron una despensa llena de toda clase de ricas viandas y vinos, intactas y bien protegidas de la peste, mientras que la comida del resto del pueblo se había tenido que desechar y quemar por temor a que se hubiera contaminado. Astrid cogió un tarro de cristal lleno de huevos metidos en vinagre y lo vació con cara de asco en el suelo de pasillo. Hipo, de mientras, cogió vísceras de cerdo conteniendo la respiración y las tiró al tarro junto a las orejas y los ojos de la cabeza del animal. La bruja cerró el tarro y le hizo una seña hacia el dormitorio iluminado.
La escena que se encontraron no fue lo que realmente esperaban. El párroco dormía sonoramente desnudo compartiendo la cama con un niño de tez morena, también desnudo, que no tendría más de doce años. El niño estaba despierto, con la cara empapada por las lágrimas y con la mirada vacía hasta que reparó en ellos dos. Se asustó e hizo la tentativa de despertar al párroco cuando Astrid alzó su mano negando enérgicamente la cabeza.
—Estamos para ayudar —susurró ella con voz temblorosa—. No te haremos ningún daño.
El niño volvió a mirar el cura, quién seguía roncando y ajeno a todo, y posó sus ojos llenos de sospecha de nuevo en ellos. Astrid buscó algo por la habitación, pero Hipo lo encontró antes: una pequeña túnica rasgada y unos pantalones raídos. Consciente de que su presencia pudiera resultar intimidante para el pequeño, tendió la ropa y una manta a Astrid en movimientos silenciosos y lentos para que el niño pudiera ver en todo momento qué estaba haciendo.
Astrid extendió su mano para animar al niño a que saliera de la cama. Éste pareció tener un serio debate mental hasta convencerse que era o los extraños desconocidos con un tarro lleno de vísceras o el hombre que lo había usado de maneras que Hipo no se atrevía ni a imaginar. Bajó de la cama con cuidado de no hacer ruido y, con las piernas temblorosas y andando con dificultad, se acercó a Astrid para dejarse envolver por la manta. Sin hacer ruido, salieron del cuarto para ir hacia el otro extremo del pasillo, a una estancia con una chimenea apagada. Astrid encendió una vela sin que el niño se diera cuenta de que estaba empleando magia y se arrodilló para ponerse a su altura; Hipo, de mientras, mantuvo cierta distancia al darse cuenta que el niño no se sentía en absoluto cómodo con su presencia y se quedó pendiente de si el párroco salía de su cuarto.
La bruja habló bajito con el niño, tanto que apenas pudo escuchar lo que le estaba diciendo, pero el pequeño asentía y negaba con la cabeza como respuesta a las posibles preguntas de Astrid. De vez en cuando, el niño le miraba de reojo, intimidado, aunque no hizo ningún aspaviento extraño. Entonces, Astrid le preguntó algo al niño que hizo que diera un paso hacia atrás del horror, aunque la bruja cogió suavemente para calmarlo y acarició su pelo con suma delicadeza y ternura. El niño esta vez le miró a él y Astrid se giró como si se hubiera dado cuenta de algo.
—Hipo, amor, ¿te importa darte la vuelta?
El vikingo asintió y miró hacia el fondo del pasillo mientras escuchaba los susurros de ánimo de Astrid y al pequeño lamentarse en bajito cuando la bruja revisó sus heridas. Su corazón se contrajo cuando le escuchó sollozar de dolor y vergüenza. Hipo no era una persona para nada violenta, pero nunca, en toda su vida, se había sentido con tantas ganas de matar a alguien como ahora con el párroco. Su magia se removía nerviosa, amenazante dentro de él, sugiriendo a su oído formas dolorosas y lentas con las que podría asesinar al cura. No obstante, sintió la magia de Astrid y no pudo evitar girarse levemente para admirar cómo las manos de su novia emitían una hermosa luz cálida para curar los hematomas del pequeño, quién incrédulo, se había quedado muy quieto y sorprendido.
—¿Q-qué eres? —preguntó el niño muy bajito cuando Astrid terminó y volvió a envolverle con la manta—. Ya… ya no me duele. ¿Eres un ángel?
—No —contestó Astrid con calidez—. No soy… somos gente que puede ayudarte. ¿Cuánto tiempo lleva el párroco haciéndote esto?
El niño sorbió la nariz.
—Mamá y papá fueron de los primeros en morir por la enfermedad y el señor cura dijo que podría quedarme con él si era bueno y obedecía en todo lo que me decía —explicó en susurros el niño—. Pensé que estaría bien, porque quizás sería solo ayudar en la misa y a limpiar su casa, y tampoco tenía más opción porque era eso o la calle, así que… acepté. Sin embargo, la primera noche, cuando pregunté dónde iba a dormir, me contestó que lo haríamos juntos porque hacía mucho frío y, aunque creí que era un poco raro, me parecía de mala educación decirle que no. Esa noche fue la primera vez que… que…
El niño se puso a llorar en bajito y Astrid acarició su espalda a la vez que le animaba diciéndole que estaba todo bien, que no se forzara en dar los detalles.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la bruja.
—Theo —respondió el niño.
—Vale, Theo, ¿te importa si hablo un momento con Hipo? No te preocupes, no dejaremos que ese hombre vuelva hacerte nada —le aseguró ella con ternura—. Estarás a salvo, te lo prometo.
El niño asintió un tanto desconfiado y Astrid se levantó de un salto para guiarle hasta el pasillo.
—¿Qué piensas hacer con el niño? —preguntó Hipo angustiado—. No tiene adonde ir, pero tampoco podemos llevárnoslo a Isla Mema.
—No —concordó Astrid rabiosa—. El niño se queda aquí.
—¿Expuesto al párroco? —cuestionó el vikingo horrorizado.
—Ese hijo de los mil perros no volverá a ser un problema una vez que apliquemos el hechizo —explicó Astrid—. No, ese niño necesita una familia.
—¿Con toda la peste extendida? Será un milagro que sobreviva alguien.
Astrid cogió de sus manos y le miró a los ojos.
—Tú puedes saber quién sobrevivirá —dijo convencida—. Tienes el don de la premonición.
Hipo abrió los ojos escandalizado.
—Sabes que no puedo controlar ese poder y solo tengo visiones estando dormido.
La bruja apretó su agarre.
—Nunca hemos intentado controlar este poder ante mi desconocimiento, pero algunos videntes pueden tener visiones a su antojo. ¿Por qué no probar? Yo estaré aquí para asegurarme de que no te pase nada.
—Astrid…
—Por favor —le suplicó ella—. Ese niño necesita protección. Quiero abandonar Fira sabiendo que al menos salvamos una vida.
Hipo sostuvo sus ojos suplicantes unos segundos antes de tomar aire profundamente.
—Está bien.
Ella sonrió conmovida y le dio un suave beso en los labios.
—Gracias. Ahora cierra los ojos y concéntrate.
—¿En qué? —cuestionó él con recelo.
Astrid reflexionó un momento.
—Intenta convocar esa magia y preguntar sobre el destino de ese niño.
Hipo resopló, pero obedeció a su mandato. Durante los primeros minutos no sucedió nada, todo lo que veía era negro y no tardó en irritarse consigo mismo por ser tan inútil. Su magia se agitó dentro de él, molesta por su llamada, pero más sumisa de lo habitual, como si comprendiera que esta vez había de colaborar. De repente, su mente se adentró en un foco de luz que le mostraba imágenes difusas y mezcladas. Había mucha gente que se entremezclaban con muchos escenarios y ruidos: voces, gritos, tormentas, choques de acero contra acero, el silbido de un Furia Nocturna, los rugidos de muchos dragones, el mar golpeando rabioso contra algo que parecía madera…
—Concéntrate, Hipo —escuchó decir a Astrid en un eco del fondo de su cabeza—. Busca a ese niño.
Hipo intentó encauzar su mente hacia el destino de aquel niño y, de repente, se vio a sí rodeado de gente, cuyas caras apenas podía definir, aunque el entorno olía a pescado y el barullo del lugar le reventaba los tímpanos. Hipo tuvo que parpadear varias veces para acostumbrarse al exceso de luz y fue entonces cuando consiguió advertir entre el gentío a Theo, algo más crecido, hablando con alguien algo más alto que él. El niño, rondando ya la adolescencia, sonreía algo nervioso al hombre con el que estaba, quien acarició su cabeza con tosca ternura. Hipo apenas pudo ver el perfil de aquel hombre antes de ser expulsado de la visión por su propia magia y regresar al oscuro pasillo de la casa del párroco. Astrid le sostuvo mientras caía suavemente sobre sus rodillas y recuperaba el aire. La bruja acarició su pelo y le besó en la cara hasta que consiguió calmarse y preguntó si había conseguido ver algo:
—Es Tadd —dijo él con voz temblorosa—. El niño estaba con Tadd.
—¿Tadd? —cuestionó Astrid consternada—. ¿Estás seguro?
—Sí.
Astrid vaciló hasta que, de repente, el niño se asomó para ver lo que hacían. Escondió la cabeza tras la puerta con rapidez cuando ambos levantaron la vista hacia él, aterrado de que tal vez pudieran hacerle algo por espiarlos. Astrid se mordió el labio.
—Se le veía feliz —le aseguró Hipo—. Tadd no es tan mal tipo como pinta, es solo que…
—Está lleno de dolor —acabó ella por él.
Hipo asintió con la cabeza preocupado.
—No sé qué destino depara al resto de su familia, pero Tadd necesita apoyarse en alguien para seguir adelante, quizás empezando en algún lugar nuevo.
—Con Theo —concordó la bruja—. Está bien, si tú has visto que eso va a ser así… le diré que acuda a él, aunque dudo que le cuente la verdad. Theo está demasiado avergonzado y traumatizado.
—¿Tal vez si se lo contáramos nosotros?
—¿Y nos creerá? —cuestionó Astrid con amargura—. Tadd es un cristiano devoto y muy cercano a Pancras, temo que rechace a Theo si viene de nuestra parte contando la salvajada que el párroco le ha estado haciendo.
—Entonces hagamos que Theo vaya por sí mismo a pedirle ayuda a Tadd —sugirió Hipo—. No tiene que contarle la verdad si no se ve preparado, pero si mi visión es real, es probable que le acoja como su hijo.
Astrid ladeó la cabeza poco convencida hasta que su rostro pareció marcarse por otra idea, aunque no especialmente de su agrado.
—Hay algo que pueda convencer a Tadd para acoger a Theo. ¿Y si lo acogiera porque su tutor actual acabó muy mal parado a causa de dos criminales que ya detesta?
Hipo abrió mucho los ojos.
—¿Te refieres a…?
—Contar la verdad sobre nosotros, en parte. Nada nos ata aquí, ¿qué más nos da? Íbamos a simular que al cura le iba a pasar algo muy malo de por sí, ¿por qué no cuenta Theo a Tadd que fuimos nosotros los causantes? De esa forma, puede que se apiade de él y lo acoja.
—¿Y qué quieres que diga el niño? ¿Que embrujamos a Pancras? —replicó él contrariado—. Lo van a tomar por loco.
—Puede decir que le envenenamos y eso rompió su mente, que él vio con sus propios ojos cómo inmovilizamos al cura y le obligamos a tomarse el veneno mientras él era testigo de todo sin que nos diéramos cuenta. Para cuando advierta a Tadd, nosotros ya nos habremos ido.
A Hipo no le encantaba el plan, pero no es que tuvieran otro remedio. Volvieron a entrar a la estancia, donde Theo estaba acurrucado en una esquina y Astrid le pidió con voz suave para que se acercara. El niño se acercó con cierto temor, pero la sonrisa y la ternura en el tono de la voz de la bruja le hizo convencer que no le harían ningún daño. Astrid le explicó de la forma más sencilla posible qué pasos debía dar, aunque Theo no comprendió la razón por la que debía mentir.
—No sois malos, me habéis ayudado —replicó el niño—. Mentir está mal.
—Es lo más adecuado para ti y no todo es mentira —explicó Astrid con suavidad—. No gustamos a la gente del pueblo por motivos que no entenderás ahora, pero si cuentas lo que te he dicho al herrero, él te acogerá. Es un buen hombre, créenos.
—¿Entonces no tengo que contarle lo que me hizo él? —preguntó Theo tembloroso.
Astrid e Hipo cruzaron las miradas.
—No estás obligado a hacerlo si no quieres, pero si algún día te sientes preparado, no dudes en hacerlo —dijo Astrid para animarle y limpió las lágrimas de sus mejillas con sus pulgares—. Lo que tiene que importarte es que nosotros te creemos y que no tienes que sentir ni vergüenza ni culpa por lo que te ha pasado, aunque sé que ahora es difícil verlo.
Theo se pasó su mano por sus ojos y se sorbió la nariz. Astrid no pudo evitar estrecharlo entre sus brazos y, aunque tenso al principio, el niño rodeó a la bruja por el cuello a la vez que su cuerpo temblaba por los sollozos que aún se esforzaba por ocultar. Sin embargo, de repente escucharon movimiento en el cuarto de Pancras y una voz ronca preguntar:
—¿Dónde coño estás, mocoso?
El niño se separó de Astrid asustado, aunque ésta cogió de sus brazos para forzarle a que le mirara.
—Espéranos en la iglesia, ¿vale? —le ordenó Astrid en voz baja—. Prométenos que no te irás antes de que volvamos, ¿de acuerdo?
—¿Y si me ve? ¡Me matará! —gimió él.
—Ese hombre no volverá a tocarte el pelo ni a ti ni a ningún otro niño —le aseguró Hipo muy serio, desconcertando al pequeño—. Haz lo que te dice Astrid. ¡Corre!
El niño obedeció sin rechistar y salió al pasillo para salir por la puerta daba a la iglesia mientras que Hipo y Astrid, cargados de nuevo con el tarro de las vísceras de cerdo, caminaban de regreso al dormitorio del párroco, quién continuaba reclamando medio dormido la presencia del niño. El cura parecía tener dificultades para salir de la cama, casi como si anduviera borracho, y no andaba fino de reflejos porque ni siquiera reparó en ellos hasta que se levantó. Cuando por fin lo hizo, soltó un grito de horror y dio una zancada hacia atrás que hizo que cayera de nuevo en la cama.
—Buenas noches, Pancras, espero que no hayamos interrumpido nada —comentó Astrid cruzando los brazos sobre su pecho.
—¿Qué demonios hacéis vosotros aquí en mitad de la noche? ¿No os había echado el pueblo de aquí? ¡Largaos de inmediato antes de que os mande apresar!
—¿O qué si no? —cuestionó Astrid entrando en la habitación—. ¿A quién va a llamar en mitad de la noche que vaya a escucharle cuando todo el pueblo está atendiendo a su familiares enfermos y contagiándose por la peste? Además, sólo veníamos a decir adiós y darte un pequeño regalo: una lección de teología.
El cura soltó una carcajada ante su último comentario.
—¿Vas a enseñarme teología tú a mí, pedazo de zorra? ¡Seguro que ni has leído la Biblia!
—Desafortunadamente, tuve que leerla para ser bien consciente de cuáles eran las ideas de nuestros enemigos —replicó Astrid apoyándose contra la cómoda del párroco—. Tú la has leído, ¿no amor?
—Puede decirse que sí, pero la encontré un tanto aburrida —explicó Hipo sacudiendo los hombros—. Lo siento, lo mío son más los relatos de piratas, no la historia de milagros cometidos por un ser etéreo que ni siquiera ha dado pruebas de su existencia.
El cura lo miró horrorizado.
—¿Pero qué herejía clamas, muchacho?
—¡Oh! Estupendo, Pancras, has llegado justo al tema que veníamos a enseñarte —intervino Astrid con una sonrisa—. Para empezar, hay cierto matices que deberíamos matizar sobre nosotros: ni somos cristianos, ni practicamos la fe cristiana y ni estamos casados, aunque ejecutamos nuestro amor libremente y de muchas maneras.
El cura se levantó de la cama de un salto, con una sonrisa maliciosa en sus labios.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que vivíais en pecado!
—A ver, vivimos felizmente en pecado para los cristianos y así pretendemos hacerlo durante mucho tiempo, pero nuestras conciencias están muy tranquilas —explicó Astrid con gracia—. En realidad, Pancras, llevas acusándonos de herejes sin fundamento alguno, pero tengo una buena noticia y una mala, ¿por dónde quieres que empiece?
—No entiendo a qué te estás refiriendo, puta. ¡Voy a avisar ahora mismo a mi guardia personal! ¡Theo, ven aquí ahora mismo!
El párroco caminó hacia la puerta cuando una fuerza invisible le empujó de vuelta a la cama que hizo que se diera tal golpe en la cabeza que comenzó a sangrar a borbotones, aunque no cayó inconsciente. El hombre, aún en shock por lo que acababa de suceder, balbuceó algo mientras su camisón y las sábanas se humedecía por sus orines desprendidos por el terror. Astrid se colocó al pie de la cama y, ya sin sonreír, dijo:
—La buena noticia es que hoy vas a ser testigo de lo que es la verdadera herejía, Pancras. La mala es que vas a sufrirla en tus propias carnes. Si no lo hemos hecho antes es porque Hipo y yo somos gente piadosa hasta que se empieza a tocarnos la puta moral —explicó la bruja mientras caminaba hasta su lado de la cama.
Pancras se movió hacia el otro extremo de cama, justo donde se encontraba Hipo sosteniendo todavía el tarro lleno de vísceras.
—¿Por qué hacéis esto? ¿Qué he hecho para merecer esto?
La cama se sacudió de repente por la magia colérica de Astrid, cuyas manos empezaban a soltar chispas por la ira.
—Permíteme que te lo explique —intervino Hipo con más suavidad que su novia—. Pusiste a todo el pueblo contra Astrid, cuestionando su figura como curandera y mujer cuando su única intención no era más que ayudar a la gente a salvarse de la enfermedad. Y, por supuesto, has causado que la epidemia vuelva a extenderse por el pueblo tras vernos forzados a levantar la cuarentena.
—Y no solo eso —añadió Astrid furiosa—. No soy muy cristiana, Pancras, pero acoger niños huérfanos desvalidos para después agredirlos sexualmente es pecado en tu religión, en la mía y en cualquiera que se precie como decente.
El cura abrió la boca, pero solo fue capaz de expresar vagos balbuceos ante su incapacidad de defenderse. Astrid caminó junto a su novio y le hizo una seña para que mostrara el tarro de cristal al párroco.
—¿Adivinas qué es esto? —el cura hizo una mueca de asco ante el contenido sangriento del tarro, pero no respondió—. Son vísceras de cerdo. Los humanos no tenéis conocimiento de ello, pero vosotros y los cerdos guardáis muchas similitudes: la adaptación a cualquier entorno; colonizar territorios para dañarlos después; la sumisión y, por supuesto, enfermedades y órganos internos similares.
—¿Q… qué pretendes decirme con esto? —cuestionó el párroco nervioso.
—Ahora lo verás.
Hipo abrió el tarro, conteniendo una arcada cuando el desagradable olor a carne y sangre invadieron sus fosas nasales. Astrid sacó el grimorio de su alforja y una bolsita de tela con hierbas. En la suposición de que estaban distraídos, el párroco hizo una intentona de bajarse de la cama, pero Astrid lo paralizó con su magia sin mucho esfuerzo. Ahora, con los brazos en cruz y las piernas extendidas, se situaron al pie de su cama y Astrid echó al tarro el cáñamo que guardaba en su bolsa.
—Ahora necesitamos su sangre —dijo ella fijando la vista en el párroco—. Cortándole de la planta del pie bastará.
—Vale —acordó Hipo mientras sacaba la cuchilla que acostumbraba llevar dentro del protector de su brazo derecho.
El cura gritó de dolor cuando Hipo rasgó suavemente la piel de su pie izquierdo, aunque consideró que su reacción era demasiado exagerada para el daño real que le había hecho. Astrid acercó el tarro a su pie y presionó la herida para que saliera más sangre con mayor rapidez, causando que el cura gritara y soltara toda clase de insultos contra ellos a voz de grito. Cuando consideró que ya había sangre suficiente en el tarro, lo apartó del párroco y pidió a Hipo que lo sujetara con ella para recitar juntos el hechizo.
Hipo había cogido mucha práctica a la hora de cantar los hechizos. Astrid había sido una maestra lo bastante exigente como para asegurarse de que su acento a la hora de formularlos fuera perfecto, por lo que el conjuro salió a la primera. El tarro soltó un fulgor verde que se apagó prácticamente al instante y ambos sonrieron satisfechos por su éxito.
—¿Por qué deberíamos empezar? Es una suerte que Pancras tuviera guardas tantas vísceras, yo nunca he soportado su sabor —comentó Astrid mirando fijamente al cura—. Te dejo escoger, amor.
—¡Escoria hereje sarnosa! ¡Pagaréis por esto! ¡Os mandaré quemar en la plaza! —gritó el párroco a pleno pulmón.
Hipo arqueó las cejas.
—¿Qué tal la lengua?
—Perfecto —le felicitó su novia.
Astrid metió su mano desnuda en el tarro y rebuscó entre las vísceras hasta que encontró una pieza alargada que Hipo reconoció enseguida. La bruja tenía el órgano sujeto con sus dedos y extendió la mano hacia él para que le pasara el cuchillo. Hipo se lo pasó sin vacilar mientras el cura no dejaba de pedir auxilio y soltar todos los insultos que se le pasaban por la cabeza. Astrid hizo un corte limpio y rápido que hizo que el extremo de la lengua que no estaba sujetando cayera en la cama a la vez que el cuerpo del párroco se tensaba bajo su prisión invisible y la sangre empezaba a salir a borbotones de su boca.
El cura fue incapaz de gritar porque parecía estar ahogándose con su propia sangre y el fragmento de suelto de su lengua. En otro tiempo, Hipo le habría pedido a Astrid que no alargara su sufrimiento, pero no sintió otra cosa más que indiferencia ante aquel ser que ni siquiera merecía el calificativo de "hombre". Cuando ya parecía que iba a morir asfixiado, Astrid deshizó levemente el agarre mágico para coger de su cara y forzarle a que vomitara la sangre y el fragmento de lengua. El cuerpo del hombre se sacudía con suma violencia mientras lagrimones enormes caían por su rostro lleno de manchas.
—Llora todo lo que quieres, no hemos hecho más que empezar.
Y así continuaron, quizás no todo el tiempo que a Astrid le hubiera gustado, pero para cuando consideraron que habían de marcharse, Pancras ya no contaba con la funcionalidad de sus riñones, sus pulmones estaban perforados y su corazón se hallaba obstruido; por no mencionar que sus capacidades para concebir hijos había rodado hasta debajo de la cama. El cura seguía vivo, incapaz de caer en la inconsciencia debido al hechizo y ahora se encontraba ido por el dolor que azotaba su cuerpo. Astrid limpió su cuchillo con su propia túnica visto que las sábanas estaban manchadas por la sangre y las heces del hombre. Era, sencillamente, una visión terrorífica y nauseabunda. Toda la habitación apestaba e Hipo no podía esperar el momento de largarse de allí para tomar un soplo de aire fresco.
—Vámonos, aún le quedan unas horas de vida, que las pase sufriendo como el cerdo que es —dijo Astrid sin dedicarle una sola mirada más.
Hipo, en cambio, se quedó con la mirada perdida en aquel penoso moribundo, preguntándose así mismo porque no había ni un mínimo sentimiento de arrepentimiento dentro de él. Siempre había sido un pacifista, contrario a la violencia y a salvajadas como aquella; sin embargo, aún consciente de que habían sobrepasado cualquier límite de lo moral, no sentía ningún remordimiento.
Y se preguntó por qué.
Él no era así. Nunca lo había sido.
Y, sin embargo, parecía encajar, pues tal vez estuviera haciendo con aquel hombre lo que tanto tiempo había deseado hacer con muchos de su tierra.
Los Gormdsen, Noldor, Le Fey...
—¿Amor? —le llamó Astrid, esta vez algo más preocupada—. ¿Estás bien? ¿Ha sido demasiado?
—No —respondió con frialdad—. Para nada. Debemos irnos.
Cogió de su mano y salieron de nuevo a la iglesia. Astrid se adelantó llamando a Theo, quién no salió hasta que le llamó por tercera vez. El niño parecía aliviado de verles a ellos y no al párroco y corrió en su dirección, ahora vestido con sus harapos, pero aún con la manta en sus hombros para protegerse del frío. Astrid encendió unos fuegos ignífugos para iluminar la lúgubre iglesia y, tras la mayúscula sorpresa del pequeño, se arrodilló para tranquilizarle y asegurarle que todo estaba bien.
—Ya no volverá hacerte daño, te lo prometo.
Hipo no prestó mucha atención a la breve conversación que su novia mantuvo con el niño, más concentrado en el mosaico de la cúpula, ahora iluminada por los fuegos de Astrid podía apreciar la imagen del mesías cristiano cuyo nombre no recordaba y que ahora le observaba con ojos juiciosos. Se preguntó cómo era posible que el hijo de un Dios tolerase engendros como Pancras actuar en su nombre. Hipo siempre había creído en sus dioses, aunque no fuera practicante y diera muestras de fe tan notorias como las había tenido su padre o incluso la propia Astrid, quién se mantenía fiel a las enseñanzas de Freyja. Él se había reducido en no hacer algo que pudiera cabrear a los dioses, pero estaba bastante seguro que sus dioses se la tenían cruzada desde que había nacido.
Escuchó el portón abrirse y cerrarse y, de repente, el cuerpo tibio de Astrid abrazarse al suyo por la espalda.
—Estás muy callado, ¿seguro que estás bien?
—Sí, sólo estaba pensando —comentó él aún con los ojos clavados en la cúpula—. Hace un tiempo me dijiste que sólo tendrías dos razones para entrar a una iglesia —Hipo se giró hacia ella sin soltarla del todo—. ¿Torturar el cura es una de ellas?
Astrid no pudo evitar soltar una risita nerviosa, pero negó con la cabeza con las mejillas ligeramente sonrojadas. Subió sus manos hasta el cuello de su túnica para jugar con el cordel que caía suelto de la misma.
—Cuando eras bruja no puedes evitar ser un poco… morbosa.
—¿Morbosa en qué sentido?
—Bueno, ya sabes, hay un colectivo muy importante de cazadores de brujas entre los cristianos que nos odian precisamente por recordarles a la primera mujer que su Dios creó, aunque no sabrás de ella porque nunca llegaron a meterla en la Biblia para no dar malos ejemplos a sus feligresas —explicó ella jugando con el cordel—. Al igual que Lilith, somos seres de magia, oscuridad y lujuria; nacidas, según ellos, para traer el mal y la corrupción a este mundo. Así que, de vez en cuando, para reírnos de ellos, nos gusta… "corromper" sus zonas santas.
Hipo alzó las cejas sorprendido, pero no pudo evitar sonreír.
—¿Alguna vez lo has hecho en una iglesia?
—Puede —respondió ella con una sonrisa traviesa a la vez que tiraba de su túnica para acercar su boca a la suya.
—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que Theo encuentre la casa de Tadd y vuelvan aquí? —preguntó Hipo entre sus ardientes besos.
—Diez minutos. Quince a lo sumo si tarda en convencerlo —respondió ella lanzando un suspiro cuando Hipo besó la zona de su cuello.
—Más que suficiente —dijo él contra su piel.
Ella tiró de su cabello para forzar su mirada contra la suya.
—Te quiero, Hipo Haddock. No sé si te lo he dicho últimamente, pero me vuelves loca.
Hipo se sentó en el suelo, tirando de ella para que se sentara sobre él. Mordió su labio inferior con suavidad.
—Mejor no te cuento cómo me vuelves tú, milady.
La mano de Astrid apretó su erección sobre sus pantalones antes de liberarla de su prisión.
—No necesito que lo hagas —susurró ella con los ojos oscuros por el deseo.
Sin nada más que bajarse ligeramente los pantalones que vestía bajo su falda, Astrid cabalgó sobre él mientras Hipo coordinaba su cadera a su ritmo frenético y ansioso. Pegó su cuerpo al suyo, algo frustrado por no tener tiempo a sentir los dedos de su novia recorrer sus rugosas cicatrices o saborear la cremosidad de su piel con su lengua. Sin embargo, ambos gemían como nunca antes lo habían hecho, conscientes de la obscenidad de su acto, excitados ante la idea de que pudieran pillarles y convencidos de que aquello no haría más que alargar la agonía del párroco, quién seguramente escucharía sus gritos de placer desde su alcoba.
Estaban cerca, muy cerca, pero faltaba algo.
Solo algo más.
—¿Cual es… cual es lo otro motivo para entrar aquí?
Astrid no pareció prestarle atención a la primera, por lo que volvió a repetir la pregunta contra su oído. La bruja, perdida en su placer, fue escueta en su respuesta.
—Quemarlo todo.
La magia de Hipo atendió a su mandato, probablemente por primera vez en toda su vida, sumisa y encantada. El fuego se inició inocentemente a través de los fuegos de Astrid que transformaron en inflamables y rozaron contra el techo de madera, haciéndolo arder prácticamente al instante. Después de eso, Hipo perdió rápido el interés en el fuego que empezó a propagarse con rapidez por todo el techo, pues sólo tenía ojos para Astrid, quién había cogido de su rostro para volver a besarle.
Llegaron al orgasmo no mucho tiempo después, tras tirar del vínculo hasta un punto que casi les hizo perder la consciencia. En ese momento, Astrid pareció tomar conciencia de lo que estaba pasando a su alrededor, aunque no parecía ni asustada ni enfadada, sino más bien fascinada por la belleza del fuego engullendo el techo y reventando las cristaleras. Era casi seguro de que el fuego ya se hubiera extendido hasta la casa del párroco, pero Hipo no quiso dedicarle más pensamientos a aquel hijo de puta. El techo crujió y, consciente de que debían salir de allí antes de que se viniera abajo, intentó ayudar a Astrid a levantarse; sin embargo, su novia sujetó de sus hombros para detenerlo sin perder la vista del fuego.
—Tu magia es terrorífica —observó ella muy seria, tanto que hizo que le cerró el estómago—. Aún necesitas mucho entrenamiento y tiempo hasta que pulirla y controlarla del todo, pero… es poderosa, Hipo, tanto que estoy segura que yo misma ardería si la tocara. No sería la primera vez de ser el caso.
Hipo sintió de repente su ya conocida inseguridad invadir su mente, aterrado de que Astrid pudiera rechazarlo de alguna manera.
—Astrid, yo…
La bruja posó sus dedos sobre sus labios para silenciarlo.
—Esperanza. Así te consideran, pero… necesito que el Hipo que me ha acompañado hoy siga conmigo hasta el final, porque no voy a tener piedad con esos hijos de perra, amor. Voy a matarlos a todos —le prometió ella muy seria—. Y no descansaré hasta que le arranque la cabeza a Le Fey y haya hallado a mi familia. Así que… prométeme que encontrarás el equilibrio entre el hombre dulce y pacífico que siempre has sido y este brujo frío, pero ardiente, que te estás volviendo, porque los amo como los necesito a los dos por igual.
—¿Brujo? —cuestionó él sin entender.
Astrid empujó su frente contra la suya.
—Admitamos de una vez lo que eres: el primer hombre bruja de la historia —declaró ella con delicadeza—, pero también el humano que hizo cambiar de parecer al mundo sobre los dragones y el que despertó la humanidad en una bruja —Astrid se apartó ligeramente de él y tocó su rostro con sus dedos, ahora calientes a causa de la alta temperatura del lugar y del sexo—. Prométeme que encontrarás el equilibrio.
Hipo no se dio cuenta de lo seca que tenía la boca hasta ese momento.
—Lo prometo.
Astrid cerró la promesa con un último beso, ajenos a que el edificio ya estaba rodeado de un tumulto de gente, muchos de ellos con los primeros síntomas de la enfermedad contra la que tanto habían luchado, intentando inútilmente entrar en el edificio y en la casa de cura para salvar sin éxito su vida. Encontrarían su cadáver calcinado varios días después, cuando el fuego por fin se extinguió, aunque fue imposible verificar las causas reales de su muerte. Para entonces, pocos supervivientes quedaban en Fira, todos ellos conscientes del catastrófico error que había supuesto levantar la cuarentena. No obstante, a pesar de que Astrid e Hipo habían tenido razón desde el principio, Fira clamaba venganza por la matanza de su cura y la destrucción de su santuario. Varios barcos partieron hacia la isla vecina de Therasia para llevar a la joven pareja a la justicia, aunque lo único que encontraron fue una casita de madera destruida por las llamas y unas huellas de animales que nadie supo identificar.
¿De Hipo y Astrid?
No había ni rastro.
Era como si se hubieran disipado en el aire.
Xx.
Brusca nunca había sido una mujer paciente.
En realidad, ¿qué vikingo lo era? Vale, sí, Hipo Haddock, pero siempre habían excepciones que marcaban la regla.
Sin embargo, sus últimos días en soledad y como fugitiva en búsqueda y captura de la justicia de la Reina del Salvaje Oeste le habían forzado a desarrollar eso que llamaban paciencia y discreción.
Y, honestamente, no se le estaba dando nada bien.
Había estado varios días volando de isla en isla, mayormente entre las horas del amanecer y del atardecer que era cuando menos tráfico aéreo había. Resultaba que si durante el día el cielo estaba repleto de centinelas de Mema y de las islas fieles a la reina, por la noche las brujas volaban a sus anchas. Lo que había empezado siendo como una epopeya en la que Brusca abandonaría el Archipiélago para encontrar a su mejor amiga y al heredero de su tribu en el desconocido continente, se había al garete al día siguiente de haber abandonado a Chusco y a Mocoso en aquella isla abandonada de la mano de los dioses. Dos horas después de partir, un grupo de de vikingos la avistó sobre Colmillos y la persiguieron durante varias horas hasta que consiguió darles esquinazo ocultándose en otra isla. Cuando por fin cayó la noche y, tras asegurarse de que les habían perdido la pista, echaron al vuelo de nuevo en dirección sur. No pasaron ni diez minutos cuando una bruja les atacó con la clara intención de tirar a Brusca de la Pesadilla Monstruosa. A pesar de sus esfuerzos por quitársela de encima, la bruja consiguió golpearla en la cabeza, causando que perdiera el equilibrio y se resbalara de la montura. Mientras caía al vacío y en la inconsciencia, Brusca se preguntó por qué coño le tenía que salir todo mal a ella.
Al cabo de un tiempo, Brusca se despertó en mitad de un bosque con una jaqueca espantosa, la cabeza torpemente vendada y a plena luz del día. A su lado, Colmillos comía pescado felizmente junto con una Nadder de escamas violetas y naranjas.
—¡Vaya! ¿Ya te has despertado? —escuchó decir a alguien a su espalda—. ¡Ya era hora! Ya pensaba que de esta no salías.
Brusca no estaba muy familiarizada con las familias de los jefes de las diferentes tribus que componían el Archipiélago, pero era imposible no reconocer a Camicazi, la hija y heredera de Bertha la Tetuda, líder de las Bog-Burglars. El primer impulso de la vikinga fue levantarse para salir escopetada de allí, pero su violenta reacción sólo consiguió marearla más si cabía.
—¡Tía, relájate! —le pidió Camicazi arrodillándose junto a ella para forzarla a que se tumbara de nuevo—. Te han dado una buena hostia, así que estate quietecita y no hagas movimientos demasiado bruscos, a ver si te vas a poner a potar y la liamos.
—¡Déjame! —musitó Brusca sin energía—. ¡Antes muerta a que me entreguen a esa hija de puta!
Su visión era borrosa, así que no pudo leer la expresión de Camicazi, aunque su tono le dio a entender que estaba bastante mosqueada.
—¿Insinuas que sirvo a Kateriina Noldor? ¿Tú estás mal de la chota o qué te pasa? —replicó Camicazi ofendida—. ¡No llevo tiempo huyendo de mi propia madre para que me acusen de estar al servicio de esa perra!
A Brusca le dolía tanto la cabeza que estaba segura que caería inconsciente de un momento a otro; no obstante, Camicazi se apartó de su lado para acercar a sus labios un vaso con un líquido caliente que apestaba.
—¿Qué coño es eso? —cuestionó la vikinga haciendo una mueca de asco.
—Oye, ¿sólo sabes torcer el morro? ¡Bébetelo, joder! Que ya me estoy arrepintiendo de haberte salvado —se quejó la bog-burglar con amargura.
Brusca obedeció a regañadientes, pero al poco de tomar aquel repugnante brebaje sintió que le invadía el sueño y apenas tuvo tiempo para reaccionar. Cuando volvió a despertarse, el sol seguía colándose entre las densas ramas de los árboles, pero tenía la sensación de llevar mucho tiempo dormida. Al menos, ahora podía ver con normalidad y, pese a estar sufriendo lo más parecido a la peor resaca de su vida, la cabeza ya no le dolía tanto como antes. Camicazi estaba cepillando las escalas de su Nadder mientras Colmillos los observaba con envidia. Brusca se levantó con lentitud, captando la atención de la otra vikinga, quien estrechó los ojos descontenta por su cabezonería.
—Tía, mira que eres pesada… Deberías pararte y descansar.
—No puedo, tengo que ir... —Brusca titubeó. Aún no estaba segura de si Camicazi estaba de su lado o la estaba engañando para entregarla después a Le Fey.
La heredera de las Bog-Burglars puso los ojos en blanco.
—Ya te he dicho que no trabajo para esa perra de la reina —se defendió Camicazi molesta—. No sé cómo coño lo hace para que todos se arrodillen ante ella, pero yo no rindo lealtad a nadie más que a mi pueblo y a mí misma y ella es una puta tirana. Y pensar que Kateriina Noldor era una mosquita muerta que…
—No es Kateriina Noldor —le cortó la vikinga con impaciencia—. Una bruja llamada Le Fey ha poseído su cuerpo.
Brusca esperaba que Camicazi fuera a mofarse de ella, pero la vikinga se mantuvo muy seria.
—Eso es lo que dijo Astrid el día de la boda de Hipo. Explicaría la presencia de tantísimas brujas ahora en el Archipiélago y por qué todo el mundo está tan obsesionado con ella —observó la bog-blurgar—. Aún así, nadie nos creería, todos están convencidos de que ella es Kateriina Noldor.
—Thuggory lo sabe —comentó Brusca enfadada—. La llamó por su nombre cuando ella…
A Brusca le avergonzaba admitir a Camicazi que Le Fey le había torturado, como si aquello fuera una muestra de debilidad. Sin embargo, la bog-blurgar hizo un gesto de rabia que mostraba comprender qué había pasado.
—Esto me lo hubiera esperado de cualquiera: Dagur, Alvin... ¿pero Thuggory? Supongo que el hecho de que esa perra se adueñara del cuerpo de Kateriina tendrá mucho que ver, aunque no justifica su traición. ¿O piensas que está también bajo su hechizo?
Brusca negó con la cabeza.
—No le conozco lo suficiente como para juzgar si su comportamiento es en base a la magia, pero… la actitud que la reina tiene hacia él es muy diferente al resto.
—Bueno, Thuggory siempre estuvo enamorado de Kateriina Noldor y es un secreto a gritos que, aún sin casarse, ahora son amantes —observó Camicazi irritada—. Mi madre en eso siempre ha tenido razón: no hay nada más fácil de manipular que un hombre enamorado.
—Ni nada más peligroso —matizó Brusca—. Thuggory haría lo que fuera por Le Fey. Es su marioneta.
Camicazi se acercó a la hoguera para avivar el fuego que había empezado a apagarse. Le hizo un gesto a Brusca para que se sentara a su lado y sacó algo de su bolsa envuelto en un paño. Las tripas de Brusca rugieron encantadas al destapar un oloroso queso y un trozo de pan.
—Tifón y yo tenemos que pescar todavía —Camicazi se giró hacia Colmillos—. ¿No volabas un Cremallerus con tu hermano? Juraría que ese dragón se parece al del imbécil del primo de Hipo.
—Mocoso —le recordó la vikinga con la boca llena e irritada al tener que acordarse de su ex.
—¿Dónde están? ¿Cómo has conseguido escapar de Isla Mema? He oído que los Gormdsen no son benevolentes con los fieles a los Haddock.
—Los Gormdsen solo son benevolentes con sus bolsillos —matizó Brusca—. La historia de mi huída es… larga.
Camicazi miró hacia los lados, como si pareciera que hubiera alguien más además de los dragones en aquel bosque.
—Te escucho.
Brusca no era buena contando historias, aunque la bog-blurgar se preocupó de preguntar sobre todos los detalles, a los cuales la vikinga intentó responder como mejor pudo. Perdió por completo la noción del tiempo, centrada en su relato y en no venirse abajo cuando se vio forzada en describir las torturas de Le Fey, las humillaciones de los Gormdsen, la traición de Patapez a causa del hechizo de la reina y el sufrimiento de Mema a causa de los impuestos, el hambre y la tiranía, pero sobre todo cuando habló de su soledad tanto en Mema como cuando huyó con Mocoso y Chusco de allí. La expresión de simpatía de Camicazi se fue diluyendo a medida que Brusca describía la parsimonia y la indiferencia de su hermano y ex amante respecto a salvar el Archipiélago, prefiriéndose esconderse ajenos a los problemas reales.
—Yo les habría cortado las pelotas —comentó la rubia furiosa.
—No te creas que no lo pensé —le aseguró ella mientras movía las brasas del fuego—, pero tenía mucho miedo. Después de todo, ellos eran lo único que me quedaban y aún sigo sin estar segura de que haya tomado la decisión correcta.
—Ten por seguro que lo hiciste —le animó Camicazi sonriente—. Te priorizaste a ti misma sobre ellos por un bien común y tomar acciones de ese calibre no suele ser fácil. De todas formas, ¿adónde pretendías ir para arriesgarte a que te pillaran?
Brusca hizo una mueca y Camicazi soltó un quejido de frustración por su desconfianza; sin embargo, durante su discurso, la vikinga se había mentalizado de que tal vez Camicazi fuera la única aliada que iba encontrarse en mucho tiempo. Al parecer, el hechizo de Le Fey tampoco le había afectado por lo que ello supondría una ventaja de cara a la reina y dudaba mucho que Camicazi, a diferencia de Chusco y Mocoso, fueran de las que le gustaran quedarse con los brazos cruzados.
—Quiero encontrar a Hipo y a Astrid.
Camicazi hizo un gesto de sorpresa, pero frunció el ceño de seguido.
—Hay quienes dicen que fueron vistos por la costa del continente hacia finales del verano pasado, pero desde esos rumores no he vuelto a saber nada más —comentó la bog-blurgar—- ¿Por qué quieres buscarlos? Está claro que han rehecho su vida lejos de aquí. Han huído, Brusca.
—¡No! —exclamó la vikinga furiosa—. ¡Intentaron regresar, pero les tendieron una trampa! Les hicieron creer que Estoico y sus aliados había muerto, ¡pero no es así!
Camicazi palideció de repente.
—¿Estoico no está muerto? ¿Cómo es posible?
—Sólo sé que Le Fey fingió su muerte para que todos creyéramos que estaba muerto y así desanimar a la población a forzar un levantamiento —explicó la vikinga ansiosa—. Estoico consiguió huir, pero no sé cómo. Hipo y Astrid quisieron volver y estoy segura de que si no terminaron de hacerlo fue porque les tuvieron que mentir sobre todo esto. Hipo está acreditado como traidor y Astrid está acusada de varios asesinatos, ¿qué sentido tendría para ellos regresar si piensan que todos los que les importan están muertos?
—Ambos están sentenciados a muerte por águila de sangre —añadió Camicazi en shock—. Leí la misiva de Lars Gormdsen tras la supuesta ejecución de Estoico. El escenario que tenían, sin avistar ninguna esperanza para Isla Mema, con Estoico asesinado y sin ver apoyos de parte del resto de las tribus… Dioses, ¡pobre Hipo! ¡No se merece esto!
—Ni Astrid tampoco —le aseguró Brusca frustrada—. No es nada de lo que la acusan. Astrid es tan víctima de Le Fey como el resto de nosotros, pero ella también es una bruja y puede que nuestra única esperanza para quitarnos a la reina y a sus secuaces de en medio.
La bog-blurgar asintió no muy convencida.
—¿Y cómo pretendes encontrarles?
Brusca abrió la boca, pero la cerró al instante al darse cuenta que no tenía respuesta para eso. Camicazi hizo un ruido con la boca que daba muestras de su irritación ante su incapacidad de crear un plan decente.
—Tu plan tiene muchos agujeros, Brusca —observó la rubia apartándose el flequillo de sus ojos—. No tenemos pistas de dónde pueden estar Hipo y Astrid y quieres salir a su búsqueda cuando salir del Archipiélago, de por sí, ya es complicado. Por no mencionar, que estaríamos dejando a la población a merced de la reina. Es demasiado arriesgado y ni siquiera tenemos la certeza de que estén vivos.
—Lo están.
—Brusca…
—¡Que lo están, coño! —chilló la vikinga—. De estar muertos, Le Fey se habría preocupado de cantarlo a los siete vientos. Están vivos seguro.
Camicazi puso los ojos en blanco.
—Aún estándolo, necesitarás un milagro para encontrarlos y te aseguro que yo no pienso abandonar el Archipiélago sin tener garantías de que esos dos vayan a regresar —sentenció Camicazi enfadada—. No puedes fiarte de alguien que huye con el rabo entre las piernas en mitad de una batalla.
Brusca se levantó furiosa, reteniendo sus ganas de darle un puñetazo a Camicazi.
—¡No entiendes una mierda!
—¿Y tú sí? —replicó la bog-blurgar con frialdad—. Al menos yo no me dedico a buscar soluciones imposibles. Somos infinitamente más útiles aquí y no pienso abandonar a mi gente —Camicazi soltó un largo suspiro—. Escucha, Brusca, nunca antes hemos cruzado palabra y no nos conocemos de nada, pero tú y tu hermano sois conocidos en todo el Archipiélago precisamente por liarla.
—Ya, pero como puedes apreciar ahora los gemelos Thorston ya no actúan como tal —musitó Brusca furiosa.
—¿Quién coño necesita a tu hermano cuando estoy yo aquí? Tú y yo podríamos hundir a Le Fey dándole donde más duele: suministros de comida, armamento, buques de guerra… Contando con mi conocimiento sobre las tribus y con tus dotes destructivas… ¡Podríamos hacer que Le Fey caiga en cuestión de semanas!
Brusca no daba crédito a sus oídos.
—¿Quieres hacer lo que haría un ejército entero en meses en cuestión de semanas? —preguntó ella escandalizada—. Mira, tú no sé, pero yo no tengo ni idea de estrategias de guerra ni de grandes batallas… Hipo era el de las ideas geniales, no nosotros. Solo soy una mandada; pero, aún así, puedo asegurarte de que tu plan es una mierda —Camicazi iba a abrir la boca para replicar, pero Brusca sacudió la cabeza—. ¡Míranos! ¡Somos dos vagabundas, sin familia u hogar al que volver! ¿Y tú me hablas de que nosotras dos, sin haber actuado nunca juntas, vamos hacer una guerra de guerrillas contra la puta Reina del Salvaje Oeste que encima es una bruja?
—¡Como si tu plan de buscar a Hipo y a Astrid fuera maravilloso! —le achacó la bog-burglar con las mejillas encendidas.
—¡Al menos es más realista que el tuyo!
Parecía que ambas mujeres iban a llegar a las manos cuando Colmillos soltó un rugido que se detuvieran. El dragón, claramente harto de su discusión, se había incorporado sobre sus patas y las observaba con unos ojos furiosamente expresivos y enseñando sus dientes, casi como si las estuviera reprendiendo. Tifón soltó un graznido, claramente descontenta también por su actitud.
—¿Qué coño les pasa? —cuestionó Camicazi.
—Creo que quieren que dejemos de discutir —interpretó Brusca sin apartar sus ojos de los de Colmillos.
—¡Venga ya! ¿Ahora entiendes dragón? —le achacó Camicazi.
—No, pero Astrid me dijo que ellos nos entienden —explicó la vikinga—. Ella e Hipo podían hablar con ellos por la magia que…
—Espera, espera, ¿cómo que Hipo? Osea, todo el mundo sabe que él era el Maestro de Dragones y se entendía mejor que nadie con ellos, ¿pero hablar? Es friki, pero dudo que pueda mantener una conversación literal con ellos.
Brusca sacudió sus hombros.
—Es complicado de explicar.
—Pues házmelo entender —insistió Camicazi—. Estoy harta de secretos. ¿Qué coño pasa entre Hipo y Astrid? Porque lo que había entre ellos no era un mero romance, ¿me equivoco?
Sin entrar en mucho detalle, más que nada para no contar más de lo debido y no evidenciar su propio desconocimiento, le explicó el vínculo mágico con el que Le Fey vinculó a Hipo y a Astrid y las consecuencias que su acercamiento había acarreado en ambos.
—¿Hipo puede hacer magia porque folla con una bruja?
—No creo que sea así de simple —intentó razonar Brusca.
Camicazi se levantó de su lado para dar vueltas en torno al fuego con expresión frustrada.
—¡Tía! Esto me supera, de veras te lo digo. Entiendo que Hipo se pille por alguien como Astrid, porque... ¿quién no lo haría? Parece una valkiria venida del mismísimo Valhalla, pero todo esto es demasiado raro. Hasta hace poco nadie pensaba que las brujas fueran más que una mera leyenda y ahora el Archipiélago está invadido por ellas y los cazadores de brujas…
—¿Han llegado también a tu isla? —preguntó Brusca horrorizada.
—¡Claro! —exclamó furiosa—. Nos obligaron a todas a ir a la inspección y lo peor es que mi madre no se opuso a tal dictamen. Fue entonces cuando decidí escaparme, no pensaba permitir que un tío me metiera mano.
Brusca se sintió tentada a comentar lo que Le Fey había encontrado cuando ella misma la inspeccionó. Ella había sido marcada, al igual que Astrid, pero por fortuna ningún aquelarre la había considerado lo bastante buena como para arrebatarle de los brazos de su familia como había sido el caso de Astrid. No obstante, y por muy irónico que fuera, aquello también la frustraba, pues también demostraba que no era lo suficientemente interesante para captar siquiera la atención de las brujas. Aquel pensamiento llevaba atormentándola desde hacía meses, aunque no se había atrevido a hablarlo con nadie.
Tampoco es que hubiera contado con nadie para hacerlo.
Cuando el sol se puso, Brusca se ofreció a hacer la cena y Camicazi aprovechó para contarle lo que pasó después de que la arrestaran tras la boda. Al parecer, las tribus invitadas a la boda que actuaron a favor de los Haddock fueron arrestadas, aunque al día siguiente les ofrecieron la posibilidad de redimirse y quedar libres tras ratificar su lealtad al nuevo Jefe de Isla Mema, Lars Gormdsen. Camicazi se había quedado horrorizada ante la facilidad con la que todos, incluída su propia madre, aceptaban tales condiciones, siendo solo Dagur el único se opuso a tal mandato, exigiendo la liberación de Estoico y el retorno de Hipo a la isla o los berserkers declararían la guerra a todo el que se atreviera a llevarle la contraria. La bog-burglar tenía esperanzas de que el resto de jefes, incluído Gormdsen, se sintieran intimidados ante tal amenaza, pues los berserkers eran, con diferencia, los guerreros más sanguinarios de todo el Archipiélago, pero la decepción de Camicazi fue mayúscula cuando Dagur terminó cediendo pocos días después. La bog-burglar sabía que algo no estaba bien en aquel lugar y suplicó a su madre que regresaran a su isla de inmediato; ésta, sin embargo, la calló de inmediato con una bofetada y le ordenó que cerrara la boca. Camicazi, quién jamás había sido agredida por su madre, cayó enseguida de que se estaban enfrentando a una amenaza invisible que estaba controlando no solo a su madre sino a todos los de su alrededor, por lo que decidió actuar como si esa fuerza estuviera manejándola a ella también. Quiso pensar que Dagur había sido también lo bastante listo como para darse también cuenta de ello y se había visto obligado a actuar como ella, aunque no se atrevió a averiguarlo.
Thuggory, en cambio, era el que más alterado parecía de todos, pero no por la surrealista situación con los Gormdsen y la extraña influencia que se cernía sobre los jefes, sino porque algo no parecía estar bien con Kateriina Noldor. Gormdsen, harto de él y sus confrontaciones, dio orden para arrestarlo y Camicazi no había vuelto a verle hasta el encuentro de los jefes del Archipiélago, donde se votó por unanimidad a favor de la coronación de Kateriina Noldor como Reina del Salvaje Oeste. Desde ese momento, las bog-blurgars obedecían a los mandatos que llegaban de la reina. Camicazi estudió el comportamiento de su madre, quién parecía ser la misma de siempre, pero obedecía las órdenes de la reina sin apenas rechistar. Cierto era que seguía enfrentándose a aquellos que querían ponerse por encima de ella y parecía la misma de siempre, pero nadie podía cuestionar que Bertha la Tetuda no fuera de las más fieles a la reina. ¿Y lo peor de todo? Salvo unas pocas excepciones a las que se dio orden de arresto, ninguna de las mujeres de la tribu parecían dispuestas a desobedecer, es más, cada vez que Kateriina se presentaba en la isla mostraban un temor y una devoción tan enfermiza que a Camicazi le causaban nauseas.
Tras el anuncio de las inspecciones de brujería en su isla, Camicazi se vio forzada a huir, temerosa de que descubrieran su mentira y que, de alguna manera, cayera en las redes de los cazadores, pues era harto sabido de que su abierta orientación sexual y su condición como heredera de su madre la convertían en un blanco fácil. Había huído sobre su Nadder rumbo a la isla de los berserkers, esperanzada de que Dagur efectivamente siguiera en sus cabales y le diera asilo. No obstante, se topó con un grupo de mujeres voladoras, que pronto adivinó que eran brujas por las descripciones que circulaban por las islas, dispuestas a llevársela a su guarida a hacer lo que los Dioses quisieran saber qué. Tifón actuó en su defensa como nunca antes había hecho y consiguieron huir de las brujas ocultándose en aquella isla donde ahora se encontraban. Apenas llevaba unos días allí cuando rescataron a Colmillos y a Brusca de las garras de aquella bruja.
—Entonces, ¿tu idea es seguir hasta la isla de los berserkers? —preguntó Brusca acurrucándose bajo la manta que Camicazi le había prestado.
Era noche profunda y ambas ya estaban tumbadas junto al fuego para dormir cuando el sueño decidiera llegar. Los dragones las rodeaban para brindarles calor y protegerlas de la frialdad de la noche, aunque estaban bien resguardadas gracias a los pinos que ni siquiera les permitía apreciar el cielo estrellado.
—Sí, tenía pensado partir mañana.
—¿Aún sin estar segura de que Dagur te ayudará? No se le conoce precisamente por ser el tipo más leal y decente.
Camicazi se mordió el labio.
—Dagur siempre fue un incomprendido, aunque no defiendo su comportamiento durante el conflicto que tuvo su tribu contra el Archipiélago —explicó la bog-blurgar con tristeza—. No obstante, siempre hemos sido buenos amigos y nos hemos entendido mejor que nadie.
—¿A qué te refieres? —preguntó Brusca extrañada.
—¿Cómo que a qué me refiero?
—Hablas como si ambos tuvierais mucho en común, pero no os parecéis en nada —observó la vikinga sin comprender—. Como bien has dicho antes… a ti te gustan solo las mujeres y tu tribu en nada se parece a la de él.
—Dagur también es humano, ¿lo sabías? —replicó ella molesta—. Es diferente, como yo lo he sido siempre, solo que lo hemos llevado de manera diferente.
Brusca abrió mucho los ojos.
—¿Te refieres a que Dagur…?
—Claro tía, es demasiado evidente —respondió Camicazi con impaciencia—. ¿O te pensabas que su obsesión con Hipo era por una cuestión de poder y su Furia Nocturna? Y ahora se corta, ¿eh? Porque es consciente de que Hipo jamás le corresponderá a pesar de seguir perdídamente enamorado de él, por eso se negó a rendir fidelidad a Gormdsen cuando llegaron al poder. Estoy casi convencida de que si cedió fue para proteger a su tribu.
Brusca estaba un tanto consternada por la confesión de Camicazi, aunque visto de aquella manera, explicaría el comportamiento de Dagur durante todos aquellos años de conflicto y su enfermiza obsesión por el heredero. Sin embargo, que Dagur estuviera enamorado de Hipo no justificaba que fuera ayudarles, menos aún si él no estaba en el Archipiélago.
—Brusca —le llamó Camicazi de repente—. Sé que no nos conocemos y que tenemos caracteres que claramente nos hacen discutir con suma facilidad, pero… ¿te gustaría venir conmigo?
—¿Contigo? —repitió Brusca atónita.
—Es un alivio hablar con alguien que es dueña de su plena voluntad y ambas compartimos los mismos objetivos.
—Pero no la misma metodología —le achacó la vikinga.
—Solo somos dos, pero puede que si nos unimos a Dagur haya una posibilidad de ganar esta guerra —le aseguró Camicazi apoyándose sobre su brazo—. Tenemos que ser la Resistencia por el bien del Archipiélago y cualquier alianza, sin importar de donde venga y su clase social, puede sernos de utilidad.
Brusca tenía demasiados sentimientos encontrados como para ser capaz de formular una respuesta coherente. Ella seguía convencida de que encontrar a Astrid y a Hipo era la clave para ganar, aunque la alianza entre los tribus era indudablemente necesario para hacer frente a la reina y a Thuggory. Sin embargo, si se comparaba su plan con el de Camicazi, a pesar de ser más arriesgado, el de la heredera de las bog-burglars parecía mucho más fácil y lógico de acometer.
Pero a Brusca Thorston nunca le había ido lo fácil y lo lógico. De haber seguido planes así, jamás hubiera llegado hasta donde había llegado.
—Camicazi, yo…
Colmillos alzó de repente la cabeza, como si le hubiera parecido oír algo. Tifón replicó su movimiento y miró a su alrededor ansioso cuando de repente algo pareció impactar contra su cuello. Camicazi reaccionó al graznido de su Nadder levantándose de un salto y corriendo a socorrer al dragón que había caído como un peso muerto al suelo. Brusca también se incorporó mientras Colmillos se ponía en modo defensivo y prendiendo su propio cuerpo. Su bolsa estaba demasiado lejos para alcanzarla y coger las dagas que llevaba encima, por lo que se armó con una de las ramas más gruesas que habían recogido antes para la hoguera y se puso en posición de ataque. Camicazi sacó su espada que había guardado dentro de su saco y, con un grito colérico, llamó a aquellos cobardes que se escondían en la oscuridad para que dieran la cara. Escucharon un silbido que impactó esta vez contra Colmillos y, el dragón, que aún mortífero era lento en reflejos, cayó inconsciente aún con su cuerpo en llamas.
Ambas mujeres no tuvieron apenas tiempo de reaccionar cuando dos corpulentas figuras se abalanzaron sobre ellas. Brusca cayó al suelo por el peso del hombre que la había atacado y entró en pánico ante la posibilidad de que intentara forzarla. Gritando con todas sus fuerzas, Brusca se zarandeó y pataleó hasta que le dio una patada en los huevos a su agresor.
—¡Hija de puta! —gimió el hombre llevándose las manos a su entrepierna y cayendo a un lado.
La vikinga consiguió librarse de él y vio que Camicazi todavía luchaba contra el hombre que intentaba poner los brazos a su espalda. Aquel momento hubiera sido perfecto para huir y puede que hubiera sido la mejor opción, pero Brusca no pudo resistirse en coger la rama que había sujetado antes y golpear al agresor de Camicazi con todas sus fuerzas. El hombre soltó un alarido de dolor y Brusca corrió a ayudar a levantarse a la bog-burglar cuando Camicazi, con un gesto de terror, le advirtió:
—¡Cuidado!
Antes de que tuviera la oportunidad siquiera de girarse, algo golpeó contra la herida de su cabeza que hizo que perdiera el equilibrio y cayera como un peso muerto al suelo. Luchó por no perder el conocimiento, pero fue inútil. Lo último que llegó escuchar antes de perder la consciencia fue a Camicazi gritar y a alguien musitar:
—Daos prisa, no hay tiempo que perder, el Jefe las quiere vivas.
Soñó con Astrid. En realidad, el sueño no tenía ningún sentido, como solían ser los sueños en general, pero ver a Astrid, con su típica mueca huraña y su media sonrisa causada por algo que le había hecho gracia, le recordó porque estaba haciendo lo que hacía. Echaba de menos a su mejor amiga y ella era una de las muchas buenas razones por las que no debía rendirse.
—¿Volveré a verte? —preguntó Brusca a la Astrid de su sueño.
La bruja hizo una mueca de mofa ante su pregunta, pero cogió de su mano y la apretó con ternura.
—Aún no.
Se despertó con un espantoso dolor de cabeza en lo que parecía ser una lúgubre celda con paredes de piedra, típicas de una caverna. Brusca se incorporó algo alarmada ante la similitud que tenía aquel lugar con su antigua celda de Isla Mema, aunque aquel sitio estaba más iluminado y la piedra era distinta.
¿Dónde estaba?
—¿Ya te has despertado por fin?
Brusca se giró con violencia para toparse con la última persona con la que esperaba encontrarse.
—¿Alvin el Traidor?
El Jefe de los Marginados dibujó una expresión feroz en su rostro.
—Es Alvin Ogglebert, imbécil —le corrigió furioso.
—Un traidor es un traidor —le achacó Brusca con la misma agresividad—. ¡Libérame ahora mismo!
Alvin tuvo que contener una carcajada.
—¿Con la autoridad de quién? Que yo sepa no eres nadie, tu amiguita al menos se las puede dar de señora siendo la hija de Bertha la Tetuda, ¿pero tú? No eres más que una campesina, ¿me equivoco? Una de esas rancias Jinetes de Mema, si mal no recuerdo, aunque sigo sin estar seguro si eres el chico o la chica.
Aquel comentario, que tantas veces había escuchado, la enfureció tanto que no pudo evitar correr hacia los barrotes para intentar alcanzar a Alvin y destrozarle la cara con sus propias manos. El Jefe de los Marginados pareció divertirle su reacción, causando que aquello la enfadara aún más si cabía.
—¡Hijo de las grandísimas putas! ¡Entra aquí y vuelve a decirme eso a la puta cara si te atreves, cobarde de mierda!
—¡Vaya con la gemela! Sí que tiene mala hostia, pensaba que contabas con más sentido del humor.
Brusca dio una patada a la puerta de barrotes, que apenas se movió y sólo sirvió para hacerse daño en la pierna.
—Cálmate un poco anda, mis hombres te han dejado algo de comida. Te vendría bien comer algo, estás en los putos huesos.
Brusca miró que efectivamente le habían dejado una bandeja con algo de sopa y pan, aunque ignorando sus tripas hambrientas, no pudo ignorar su tentación de lanzar la bandeja contra los barrotes. Alvin dio un paso hacia atrás asqueado mientras se quitaba los restos de sopa de la barba.
—¡Me cago en la puta! ¿Qué coño te pasa? —le recriminó Alvin furioso.
—No pienso comerme nada que venga de un traidor.
Alvin sujetó uno de los barrotes con tanta fuerza que casi parecía que el metal iba a ceder a su agarre. Brusca, en cambio, siguió desafiándole con la mirada.
—¿Por qué coño sigues llamándome traidor, estúpida? Nuestras tribus se aliaron, ¿recuerdas?
—Eso da igual ahora —escupió Brusca colérica—. ¿Dónde está?
Alvin se puso tenso, aunque se esforzó en no parecer sorprendido.
—¿A quién te refieres?
—No te hagas el loco conmigo, cabronazo, ¿tan cobarde es Le Fey que ni se atreve a dar la cara? ¿Que me manda títeres para reírse de mí? ¡Que no cuela, hostia!
El Jefe de los Marginados mostró cierto desconcierto en su rostro.
—¿De qué coño estás hablando?
—¡Claro que no lo sabes! ¡Nadie cree que vuestra reinecita es una bruja que se llama Le Fey, pero estáis tan ciegos que no queréis verlo!
—¿Reinecita? ¿Hablas de Kateriina Noldor?
—¿Acaso hay otra reina que quisiera verme entre rejas? —le recriminó Brusca furiosa—. Dile a esa hija de perra que le pueden dar bien por el culo, porque yo no voy a fingir sumisión. Prefiero estar muerta de verdad que a estarlo en vida.
Alvin sostuvo su mirada hasta que Brusca no pudo soportarlo. Estaba tan enfadada que su cuerpo temblaba de forma incontrolada y aquello pareció divertir a Alvin.
—Para ser tan poca cosa tienes muy mala hostia. Según tengo recuerdo, tú y tu hermano siempre estabais riendo y liándola. Erais imposibles de afrontar sencillamente porque erais imposibles de predecir, ¿dónde está él ahora?
—¡A ti te lo voy a contar! ¡Que te den!
El Jefe de los Marginados parecía estar perdiendo la paciencia con ella y su cabezonería a no responder a ninguna de sus preguntas.
—¿Quieres acaso sufrir el destino de tu amiguita? Camicazi siempre ha sido un duro hueso de roer, pero ni siquiera ella ha podido soportarlo.
Brusca corrió de nuevo contra los barrotes empapados de sopa, deseosa de tener fuerza para destrozar el metal con sus manos.
—¿Qué demonios habéis hecho con ella?
Alvin sonrió con crueldad.
—¡A ti te lo voy a contar! —giró su cabeza hacia el fondo del pasillo, del cual Brusca no tenía visión alguna. Alvin asintió la cabeza, como si estuviera manteniendo una conversación no verbal con alguien que se mantenía fuera de su campo de visión—. Visto que no vas hablar por las buenas, tendrás que hacerlo por las malas, pero un solo paso en falso, y te juro que te rebano yo mismos los sesos.
Brusca le escupió a través de los barrotes.
—Que te den por el culo, gilipollas.
Alvin se quitó la saliva con rapidez de su cara, aunque su expresión era sorpresivamente alegre.
—Buena suerte, imbécil. La necesitarás con la que te espera.
El marginado caminó hacia el extremo contrario del pasillo y Brusca siguió soltándole insultos a voz de grito cuando otra figura, algo más grande que Alvin, apareció ante su puerta vestido con una capa que tapaba su rostro. La vikinga no pudo evitar dar varios pasos hacia atrás, algo intimidada por la presencia de lo que supuso que era un hombre, quien se mantuvo callado en todo momento tras cerrar la puerta de la celda tras él, observándola bajo la oscuridad de su negra capa. Brusca se esforzó en mantener la compostura, aún sintiéndose aterrada por lo que aquel hombre pudiera hacerle. Pensó que nada podía ser peor que los hechizos de tortura de Le Fey, pero eso no evitó que se sintiera acojonada.
—¿Quién eres? —preguntó ella vacilante.
El hombre no respondió, pero sí que le hizo un gesto para que se sentara en el camastro mientras que él cogía el taburete que le quedaba demasiado pequeño. Brusca obedeció, consciente de que no debía cabrear a aquel tipo, pero ello no pudo evitar que su mala lengua volviera a entrar en el juego.
—Escucha, cabronazo, no pienso permitir que ni tú ni la escoria del traidor que…
—No pienso tolerar que hables de esa manera en mi presencia, Brusca.
Aquella voz le era tan familia que al principio no quiso creer que fuera cierto; sin embargo, su acento era inconfundible. Sonaba como los adultos de los que había estado rodeada toda su vida y había escuchado esa voz tantas veces que le costaba procesar que sus oídos no estuvieran engañándole. Tal era su shock, que el hombre encapuchado soltó un suspiro de resignación y decidió retirarse la capucha que ocultaba su cara. Tras ella, se encontraba un rostro agotado, más mayor del que recordaba y con más canas en su ahora más corta pero igual de pelirroja barba. Aún así, su expresión seguía siendo tan feroz e intimidante como lo había sido siempre.
Por una vez, Brusca estaba convencida de que los Dioses estaban obrando a su favor, pues a pesar estar muy enfadado con ella por su modales, no podía estar más contenta de haber encontrado, por fin, al aliado que durante tanto tiempo había necesitado.
Sólo esperaba que Estoico Haddock pensara lo mismo de ella.
Xx.
