CAPÍTULO XXVII
IT'S STILL ROCK AND ROLL TO ME
«Where have you been hidin' out lately, honey?
You can't dress this trashy till you spend a lot of money
Everybody's talkin' 'bout the new sound
Funny, but it's still rock and roll to me»
Nuestro trabajo dentro de la Orden del Fénix había provocado que nuestra rutina se viera sometida a unos niveles de estrés espeluznantes.
Uno a uno todos fuimos explotando.
Para James, el detonante fue la fulminante mezcla de una moto, dos coches de policía y tres mortífagos. Y el consecuente desastre, por supuesto.
—¿No te parece la cosa más mágica del mundo? —preguntó Remus.
Él miraba al bebé. Yo le miraba a él.
—¿El qué?
—La paz que desprende.
—Se te cae la baba, Lunático.
Sonrió.
—Lo digo en serio. Es… no lo sé. No hay miedo, ni dolor, ni decepciones. Solo sueños.
—También cagan y lloran.
—Eres imbécil, Canuto.
—Puede.
Lily había arrastrado a James fuera de Londres unos días. Nosotros nos habíamos quedado cuidando del pequeño Harry.
—¿Y si nos vamos a la cama? —Me acerqué a él, le abracé por la espalda y apoyé mi rostro sobre su hombro.
—Vaya mimoso.
—Un poco —contesté mordisqueando su cuello.
Mis buenas intenciones de dormir se esfumaron en cuanto profanamos la habitación de los Potter y Remus se quitó la camiseta.
—Te sobra ropa, Sirius.
—Ah, ¿sí?
Asintió con la cabeza, tirando de mis pantalones.
—Pero íbamos a dormir. Esto son guarrerías, Remus.
—Lo son.
—Eres un guarro.
—Lo soy —confesó.
Busqué su boca y mordí su labio inferior hasta que soltó un quejido. Se deshizo como pudo de sus calcetines, después se sentó a horcajadas sobre mí.
—Dame un beso —exigió. Yo obedecí, como buen chucho.
—Quiero follar.
—¿Y si yo no quiero? —preguntó.
—Pues nada, a sobar —Cerré los ojos y luché contra la prisión que eran las piernas de Remus. Él terminó acostándose a mi lado, yo fingí dormir.
—Sirius… —Me zarandeó—, era broma. Quiero sexo, quiero un montón de sexo.
Me incorporé. Busqué su cuello con mi lengua. Mi mano paseó, desde su espalda hasta debajo de su ombligo, desde su cadera hasta su pecho. Y mano y lengua se encontraron, por fin, sobre el pezón derecho. De la garganta del lobo se escapó un gruñido. Yo continué con mi recorrido, guiado por aquellas cicatrices que, al tacto, provocaban que se estremeciese.
Lamí su calzoncillo, debajo estaba su polla. Remus se agarró a los bordes del colchón con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron de color blanco. Estábamos entrando en terreno peligroso y todas las medidas de seguridad eran pocas.
Prácticamente le arranqué la poca ropa que le quedaba.
Él me miró, expectante.
—¿Qué quieres que haga?
La respuesta era obvia, pero a) era un pervertido y b) me moría por escucharlo.
—Cómeme la polla —Fue un susurro prácticamente inaudible.
—¿El qué? —pregunté de nuevo.
—Cómeme la polla.
Y lo hice. Joder si lo hice.
Desprendió sus manos del colchón para enredarlas en mi pelo. Para pedir más, para exigir más. Más rápido, más dentro, más brillante. Simplemente más.
—Joder, Sirius.
Remus tenía la boca seca. Yo estaba perdidamente cachondo.
—No pares.
Por supuesto, paré.
—Te odio —se quejó.
—Si te corres ya, deja de ser divertido.
Volví a colocarme a su lado, volví a morder su boca.
—Lunático —Acariciaba su erección despacio, disfrutando de la chispa en sus ojos que amenazaba con prenderse y arrasarlo todo a su paso—, gime para mí —susurré en su oído. El vello de sus brazos se erizó y no supe si era por mi petición o por mi aliento en su garganta.
El orgasmo se gestó en menos de diez minutos. «Sirius» fue lo único que dijo antes de deshacerse; un «te quiero» lo acompañó.
—Y yo a ti —respondí. Después una lluvia de besos cayó sobre su rostro.
Se quedó tumbado en la cama, con los brazos extendidos y la respiración desacompasada.
—Ahora quiero abrazos —rogó.
No pude resistirme.
—Eres lo más bonito que existe, Lupin.
Él se acurrucó. Yo acariciaba su espalda.
Se me aguaron los ojos y no pude contener aquel llanto silencioso.
Ninguno de los dos se había atrevido a exteriorizarlo, pero sabíamos que aquella noche sería el principio de nuestro adiós. Porque yo necesitaba abandonar el nido y él no podía; era un hombre lobo y el Ministerio se había cerciorado que ninguno pudiera marcharse de Londres.
De nuevo, todo por la puta guerra.
De nuevo, todo por mis putos caprichos.
—Ey —Él pareció adivinar mis pensamientos. Eso y que mis lágrimas estaban mojando sus mejillas—. Sirius. No.
No había un atisbo de duda en su mirada. Remus fue fuerte por los dos; porque alguien tenía que serlo.
—Pídemelo —supliqué, entre sollozos—. Pide que me quede y lo haré.
—No lo haría nunca.
»No puedo pretender que vivas mi vida, no quiero cortarte las alas, no quiero que te quedes. No por mí. Pero cuando decidas volver, estaré aquí, esperándote.
—Eso no lo sabes.
—Tú tampoco.
—Yo tampoco. Pero, aun así, sé que te quiero. Te quiero con tanta intensidad que me duele el pecho. Te quiero desde que te vi, perdido en la Sala Común, hasta hoy. Para siempre. Te querré estés donde estés. Y, créeme, amar con tanta intensidad ha sido lo más doloroso de mi vida y, al mismo tiempo, amar… amarte, ha sido lo mejor que me ha pasado nunca.
No fue una declaración de amor eterno. Fue una declaración de amor, sin más, y eso la hizo única, intensa.
Me quedé mudo. Lo miraba, todavía con aquella llorera absurda, intentando comprender cómo alguien tan maravilloso como Remus Lupin había conseguido enamorarse de alguien como yo.
Nunca lo merecí.
—Ven aquí.
Me acogió entre sus brazos y yo hundí la cara en su pecho, buscando consuelo. En algún momento me quedé dormido.
