ENTRE SUS MANOS


-XXXVII-


Al entrar en aquel recinto oscuro, iluminado de manera tenue simplemente por la luz de una lámpara de aceite, sólo pudo observar la figura de aquel hombre sentado del otro lado del escritorio. Su apariencia se había vuelto más sombría que la última vez en la que lo había visto, y las circunstancias no parecían más gratas que aquella vez. Aún recordaba su tono calmado, tan deliberadamente suave que hacía poco o nada por esconder sus verdaderas intenciones. Y aunque se sentía terriblemente intimidado ante su presencia, y que desconocía la situación que había ameritado su llamado, caminó intentando simular un estado de calma y confianza hasta la silla ubicada justo frente a él. Tomó asiento y miró sobre el escritorio, había un pequeño libro en el medio de la mesa y aunque la luz era escasa, logró ver una mancha oscura sobre la cubierta.

—¿A qué debemos esta reunión? —le preguntó y él estiró una sonrisa extraña.

Antes de llegar a su mansión había imaginado un par de escenarios que habrían culminado en aquel llamado. Sabía bien que su socio había muerto en extrañas circunstancias y que su asesinato había quedado sin resolver. Apenas podía llegar a imaginar la indignación que él sentía, y temió por un momento que ahora que Black estaba muerto, hubiera algún problema entre ellos y su anterior acuerdo.

—Tengo un trabajo para ti —le dijo en un tono algo enigmático mientras le extendía una pequeña hoja de diario doblada en cuatro partes.

Él tomó el papel y lo extendió, leyó el aviso y no pudo ocultar su incertidumbre.

—No lo entiendo…

—Necesito que te presentes por ese empleo. No dudo que con tu experiencia te contratarán sin pensarlo dos veces.

—¿De qué se trata? —cuestionó extrañado—. ¿No quiere que trabaje para usted?

—Oh, pero trabajarás para mí. Hay alguien allí que quiero que vigiles… Alguien muy especial.

—¿Quién es?

—Una mujer, luego te daré los detalles.

—¿Sólo debo vigilarla?

—Por el momento, sí.


Se rascó la nuca, incómoda. Había causado una escena terrible y su esposo se había marchado de la peor manera posible.

Le había dolido profundamente la forma en la que le habló, la manera en la que le manifestó su disgusto al punto de confesar que no confiaba del todo en ella. ¿Y cómo hacerlo?, se preguntó. Si ella guardaba un secreto que le pesaba tanto en sus adentros y que ahora no la dejaba respirar. Tanto que ya no sabía si sería peor revelarle la verdad y lidiar con sus reproches, para luego lidiar con su prepotencia al saber que tenía razón. Que le había dado base a su desconfianza.

Hundió su rostro entre sus manos y trató de pensar con calma. Tal vez, si le diera suficiente tiempo para calmarse entonces podrían llevar esa conversación de alguna manera más cordial, lo suficiente como para que él pudiera entender su punto de vista. Lo cual, después de un momento de concienzuda deliberación, le pareció prácticamente imposible. Si él no había podido entender una sola palabra de su última discusión, ¿cómo podría entender sus razones ahora?

De cualquier manera, no tenía otra salida. No había nada más que pudiera hacer. Habían pasado muchas semanas desde su último periodo y no había nada anormal en ella, además de eso. Lo que la hacía dar prácticamente por confirmadas sus sospechas. Definitivamente estaba esperando un hijo suyo y en cualquier momento lo notaría. ¿Qué más daba esperar algunas semanas para confesarlo? Quizás una mañana se despertaría, él la tocaría y se daría cuenta. Si ya conocía todo su cuerpo por completo, cada íntimo espacio, cada centímetro que ni ella podía ver. Eventualmente él se daría cuenta.

Derrotada, se quedó encerrada en su oficina por lo que sería sólo un par de horas que se prolongaron hasta el final de la jornada de sus empleados. No había tenido el valor de abrir la puerta y enfrentarse a las miradas. Había gritado hasta quedarse sin aire en los pulmones, no había forma de que no hubieran escuchado la discusión que había tenido con su esposo. No había manera de que los estruendos de la maquinaria maquillaran el aire de tal manera en que sus gritos se volvieran susurros. Así que, avergonzada, se reusó a salir y permaneció allí, escribiendo garabatos en su libreta que nadie más que ella podría entender. Dibujando futuros proyectos en los bordes de cada página y releyendo antiguas notas, sin lograr concentrarse lo suficiente como para olvidar la forma en la que Vegeta se había ido.

Parecía que nunca podría librarse de alguna culpa, de algún error terrible que la carcomiera, siempre rehusándose a revelar alguna verdad por temor. Y es que sus errores no eran los de cualquier mujer, los suyos tenían carácter imperdonable. No sólo los que había cometido en el pasado, sino también los que pudiera llegar a cometer en el futuro de aquella empresa.

Aplastada por el peso de sus responsabilidades para con su esposo y su empresa, se dejó caer sobre el escritorio. Cansada de luchar y avergonzada por ese mismo desgaste.

Repentinamente, alguien tocó sobre la puerta y Bulma se enderezó rápidamente, intentando aparentar algo de normalidad. Esforzó una sonrisa al ver a Lapis del otro lado del cristal y le hizo una seña para que adentrara a su oficina. Él portaba una taza de café que le dejó sobre la mesa y se atrevió a tomar asiento frente a ella. Miró por la ventana por un instante y luego la volvió a ver a los ojos.

—Espero no haberla encontrado en mal momento.

—No… Lamento mucho si escuchaste algo de… Bueno, tu sabes.

—No quise escuchar, pero no fue muy fácil evitarlo. Tal vez una taza de café te haga sentir mejor.

—Dudo que la cafeína me haga sentir menos culpable —comentó esbozando una ligera sonrisa.

—En mi caso, usaría licor irlandés. Pero, de todas formas, si fue por la nota que encontró en el libro, no debe sentirse culpable, eso fue mi error. ¿Le gustaría que hablara con él otra vez para explicárselo mejor?

—No, no, no es necesario. Eso es otro asunto, la verdad es que… Bueno, supongo que no tiene nada de malo decírtelo si se lo diré a Vegeta más tarde. De todas formas, es algo que ya saben dos personas más… —dijo reclinándose lentamente sobre su silla con una expresión que suavizaba su sentimiento de derrota.

—¿Te haría sentir mejor decirlo?

—Me serviría de práctica…

—¿Práctica?... —cuestionó confundido—. Bien… Soy todo oídos.

Ella suspiró, tomó la taza de café caliente entre sus manos y se perdió un instante observando el líquido humeante, acariciando lentamente la porcelana blanca.

—Estoy… un noventa y nueve porciento segura de que estoy embarazada —confesó y sonrió. Levantó la vista y se encontró con su semblante sorprendido.

—Y… ¿el uno porciento restante? —preguntó, aplacando su expresión.

—Creo que sólo soy yo, diciéndome que no lo estoy para poder seguir trabajando…

—Ya veo… —balbuceó y sus miradas se desconectaron.

Bulma lo miró del otro lado del escritorio, la noticia parecía haber generado cierto impacto en él y parecía perplejo. Incluso ella misma se sintió sorprendida al ver su reacción, y pensó que quizás podría esperar una reacción similar de parte de su propio esposo, quien probablemente no perdería el tiempo al salir de su asombro para reprocharle todo lo que había hecho mal.

—Lamento mucho lo que pasó hoy, no sé… si mi esposo te dijo algo malo me disculpo por parte de él. De haber sido más sincera quizás nada de esto hubiera pasado… —Bulma permaneció en silencio unos segundos, miró a Lapis de frente por última vez antes de tomar su decisión final—. Será mejor que se lo diga.

Cuando estaba a punto de tomar un sorbo Lapis le arrebató la taza y alzó la vista. Estaba completamente sorprendida por su arrebato. Y mientras le preguntaba a qué se debía él se puso de pie y caminó hasta la puerta, mirando celosamente a través del cristal. Apretó los dientes y deliberó por un momento.

—¿Qué…

—Ya deben estar aquí…


Colocó sus largos dedos sobre la cubierta del libro manchado y lo arrastró hasta él. Lapis lo observó de reojo y lo tomó entre sus manos. Al abrir la primera página se encontró con un diario lleno de anotaciones, de números y fórmulas, de dibujos garabateados. Cada página estaba manchada de marrón oscuro y tenía un fuerte hedor, no sólo del olor a páginas viejas, sino de algo más que no pudo reconocer.

—Es algo que le pertenecía a nuestro viejo amigo. Y no es lo único que tengo de él, tengo un par de cosas más que le pertenecían y me encargué de estuvieran en el mismo estado que ese diario. Fue una precaución que decidí tomar antes de cerrar nuestro último trato, verás… Black era bastante desconfiado y me gustaba hacerme cargo de sus asuntos personalmente. Lo hacía sentirse tranquilo… Lo guardé en caso de que se te ocurriera abrir la boca. Ahora mismo tengo un par de hombres afuera de su casa, es bastante pintoresca. No pensé que le gustaran tanto las flores, ¿gardenias, cierto?… —Lapis apretó la quijada, casi al punto de rechinar los dientes. Zamasu se sonrió de una manera tan maquiavélica que le erizó la pie—. Si no accede, ellos entrarán a colocar un par de pruebas que, usted sabrá, serían muy incriminatorias si alguien las encontrara. Sería lamentable que alguien se pusiera en contacto con la policía y le dieran las pistas suficientes para conectarlo con nuestro difunto amigo y bueno, supongo que puede imaginar el resto.

—Todo este chantaje, ¿sólo para vigilar a una mujer?

—Es que no es cualquier mujer —aseveró en un tono impregnado de resentimiento—. Esa mujer es la responsable de la muerte de Black. Podrá no haberlo hecho directamente, pero ella fue la razón principal de su muerte. Y no me hace mucha gracia la idea de que esté viviendo tranquilamente mientras su asesinato sigue sin resolverse…

—¿Quiere que yo la…

—No, no tendrás que hacerlo. No podría dejarte a ti tan grande satisfacción… Sólo tendrás que vigilarla de cerca y decirme diariamente todos sus movimientos, los de ella y los de su esposo. Ha sido imposible meter a alguien en su casa, el desgraciado ha estado muy alerta y le ha puesto un guardaespaldas a su esposa. Pero no será problema… Puedo tener un poco más de paciencia, sé que eventualmente ellos se descuidarán.

—¿Qué planea hacerle?

—Eso aún no lo decido. Sólo preséntate y procura obtener el trabajo, de lo contrario sabes lo que pasará contigo. No creo que tu hermana pueda mantener su estilo de vida sin ti y sin su padre. Tengo entendido que tu hermano mayor se enlistó en el ejército, ¿no es así? Sería una pena que se quedara completamente sola. ¿No lo crees?


—No entiendo lo que dices… ¿quién viene? —Él caminó hasta ella, la tomó de la mano y la obligó a levantarse de su asiento—. ¿¡Qué haces!? ¡Lapis!

—¡Guarda silencio! Tenemos que salir de aquí…

—¿Qué? ¡Suéltame! ¡Broly! —gritó antes de que Lapis le cubriera los labios.

—Me enviaron aquí por ti, Broly no va a venir a buscarte. ¡Haz lo que te digo! —le exigió acercándose a la ventana. Bulma se removió bajo su estrecho agarre y lo miró a los ojos con el ceño fruncido—. El café… —confesó, señalándolo desde lejos con un gesto—. Broly ya debe estar inconsciente…

Repentinamente un estruendo se hizo oír en la quietud del primer piso y ella se volteó aterrada, lo miró con desconfianza y se alejó de él cuando la soltó para abrir la ventana. Mantuvo su distancia, cautelosamente caminando hacia la puerta cuando oyó unos pasos en la planta baja.

—Ya están aquí —le dijo él—. Rápido, ven conmigo.

—¿Quiénes?

—¡No hay tiempo! —le gritó y volvió a escuchar los pasos, aproximándose peligrosamente por las escaleras. Su piel se volvió gélida y supo que no tenía tiempo para descubrir lo que verdaderamente estaba pasando. Sin saber exactamente si podría confiar en el muchacho que le tendía la mano con urgencia después de su traición. Atrapada, apretó los puños por un instante, clavando sus uñas en la palma de sus manos. Sin perder más tiempo y con la sensación de estar acorralada, tomó su mano y salió detrás de él hacia el techo de la fábrica. Su falda se meció entre el viento y sus rodillas temblaron sobre las chapas acanaladas, sujetándose con fuerza de aquella mano desconocida y del marco de la ventana.

Cuando se volteó por última vez los vio entrar en su oficina. Tembló y por un instante se sintió incapaz de dar un paso más. Su corazón estrujado bajo su pecho, siguiendo el camino que aquel muchacho le marcaba entre la penumbra de la noche.

Corrieron hasta el borde de aquel edificio y Bulma miró bajo sus pies, el vértigo la paralizó. Miró a los ojos de Lapis y se encontró con la misma expresión de absoluto terror que tenía ella. Tragó con fuerza y se aferró de su mano. Ambos sabían qué tenían que hacer aún sin decir una palabra, escuchando aquel peligro aproximándose rápidamente hasta ellos. Bulma cerró los ojos y juntos saltaron al tumulto de basura que yacía entre las paredes de la fábrica y el siguiente edificio.

Bulma escuchó unos gritos masculinos detrás de ella, tan cerca que sintió que podrían atraparla. Cayó tendida entre cajas de cartón, abrazada al cuerpo de Lapis. Al abrir los ojos lo encontró, apretaba los dientes y tenía los ojos cerrados en un gesto de dolor. Trató de levantarse, pero las piernas le dolían y miró desesperada hacia la calle temiendo que pudieran llegar a ellos.

—¡Levántate Lapis! —le gritó sacudiéndolo hasta que comenzó a incorporarse. Trató de ayudarlo a caminar y lo vio hincándose sobre su estómago, con una mano aferrada a su costilla derecha.

—Corre… —le dijo en un susurro—. Rápido, vete ahora…

—¿¡Qué hay de ti?! ¿Qué harán contigo?

—Nada peor de lo que te harán a ti, ¡ya vete! —le gritó empujándola.

Ella se volteó y aunque no entendía nada de lo que estaba pasando, sabía que no le quedaba tiempo para detenerse a pensar en él. No podía pensar en Lapis cuando había alguien que la necesitaba más que él. Bulma pensó en su hijo y aunque se odió por dejar a Lapis a su merced, corrió hacia la calle, se aferró de su pesada falda y corrió sin mirar atrás. Pero cuando estaba a punto de cruzar la vereda, en donde la luz de las farolas le iluminaría el rostro, un grupo de tres hombres se interpuso.

Bulma palideció al verlos y se detuvo, se giró con intención de correr en la otra dirección, pero los mismos hombres que habían irrumpido en su oficina tenían a Lapis atrapado, con una daga a punto de cortarle la garganta.

—¿Creíste que Zamasu confiaba en ti, muchacho? —se rio aquel que lo tenía inmovilizado.

Retrocediendo sobre sus pasos y mirando sobre su espalda, Bulma quedó atrapada en medio de ambos grupos, temblando, y con el nombre de su esposo atrapado en su garganta en un grito de ayuda que no pudo pronunciar.

—Una sola palabra y lo degollamos —le dijo el otro.

—¿Y por qué habría de importarme lo que hagan con él? —bramó Bulma en un pobre intento de no sonar atemorizada.

—Si gritas, será tu garganta la que cortemos.


—Haz hecho muy bien, excelente… No podría ser mejor.

—¿Eso significa que ya he terminado con este trabajo?

—Oh… No, de hecho, hay una última cosa que quiero que hagas.

—No voy a matarla.

—Ya te dije que no se trataba de eso. Ella probablemente muera, sí. Pero no tendrás nada qué ver en eso. No si haces todo lo que te digo al pie de la letra. Esta noche quiero que mis hombres entren a la fábrica. Van a necesitar tu ayuda para eso, así que tendrás que asegurarte de que beban esto de alguna forma —dijo, extendiéndole una pequeña botella con gotero—. Después de eso podrás irte, pero vas a irte del país. No quiero volver a ver tu rostro aquí, nunca. Tengo una propiedad a la que irás. En el puerto te encontrarás con alguien que te dará todas las indicaciones necesarias. Una vez que cumplas, puedes estar tranquilo, cumpliré mi palabra. No volveremos a saber el uno del otro en el resto de nuestras vidas.


Los ojos se le habían llenado de lágrimas y, a pesar de la advertencia horrorosa que le habían declarado, iba a hacerlo. Iba a gritar su nombre con la escasa fuerza de sus pulmones. Iba a gritar con tanta fuerza que le doliera hasta el último músculo, tanto que fuera imposible que no la oyera.

—¡Ve… —alcanzó a pronunciar cuando una mano gigantesca se hizo sobre sus labios, aprisionando dentro de ella el resto de aquel nombre que añoraba.

Una capa negra la cubrió por completo y lo último que vio fue a Lapis recibiendo un golpe terrible en el abdomen, para luego caer al suelo sobre sus rodillas. Y aunque no pudo continuar viendo aquel tenebroso escenario, lamentó poder continuar escuchándolo. Los quejidos tétricos del muchacho, los sonidos aterradores de los golpes y, de lejos, el persistente ladrido de un perro.

De pronto no sentía el piso bajo sus pies y apenas podía respirar tras tan abominable agarre. Un brazo rodeaba su abdomen y repentinamente sus piernas parecían estar atadas. Y, sintiéndose como un costal de papas, sintió cómo era arrastrada por la calle hasta que la botaron sin mucha ceremonia en lo que supuso era un carruaje. Alguien se encargó en ese momento de poner un montón de tela dentro de su boca y ocuparse de atar sus manos. De forma silenciosa se encargó de inmovilizarla a la perfección y no había manera de que ella supiera a dónde la estaban llevando, aunque había intentado adivinarlo en cada vuelta que daba aquel carro.

Parecía que habían pasado horas allí, y estaba realmente cansada de forcejear en vano, de quejarse con los labios silenciados. Le daba la impresión de que estaban dando vueltas en círculos, aplazando el momento de llegar a destino por algún motivo que desconocía.

Y en ese momento, postrada en el suelo de un carruaje desconocido y preguntándose cuánto tardaría Vegeta en notar su ausencia, recordó las palabras de aquel hombre que amenazó a Lapis con una daga en la garganta.

"¿Acaso creíste que Zamasu confiaba en ti?"

Por un extraño momento quiso reírse, mientras las lágrimas le escurrían por la mejilla. Después de todo, Vegeta no había estado tan equivocado. Esa idea constante que lo perseguía no estaba alimentada sólo de su propia imaginación. Ese desgraciado sólo estaba esperando el momento justo y ella se lo había dejado servido en bandeja de plata.

Repentinamente el carruaje se detuvo y alguien la sostuvo, poniéndola de pie sin decir nada. No había luz que se colara entre las hebras de la bolsa de tela que le cubría el rostro y la obligaron a caminar entre empujones por un camino desconocido. Escuchó una puerta rechinar y le recordó al sonido que hacían las puertas de la fábrica. Por un instante se preguntó si seguirían en el área industrial de la ciudad o si la habrían llevado a un sitio a las afueras.

Arrastrada hasta una silla, sintió cómo reemplazaban sus ataduras, postrándola ahora a la misma silla en la que yacía sentada. La bolsa se deslizó sobre su rostro después de escuchar unos pasos acercándose lentametne a ella. Abrió sus ojos agigantados, esforzándose para ver entre la luz tenue de una pequeña vela, para saber exactamente en dónde se encontraba y fue cuando lo vio del otro lado. Lo encontró allí, delante de ella, sólo estaban ellos dos.

Era él, tal y como Vegeta esperaba. Y si no sabía dónde buscarla, ella sabía que la primera persona por la que iría detrás… sería Zamasu.


La cena que Nathalie había guardado diligentemente en ese pequeño recipiente de porcelana yacía regada por el suelo en la planta baja. Se le había deslizado de los dedos sin que se diera cuenta, no recordaba ni siquiera en qué momento había pasado y ni siquiera había logrado escuchar el estallido de la porcelana despedazada. Quizás cuando vio aquella mano extendida sobre el piso y una idea macabra le nubló los pensamientos, seguramente fue en aquel momento en el que perdió la sensación sobre sus propias manos. O tal vez fue cuando gritó su nombre y no escuchó ninguna respuesta.

En ese momento, cuando abrió la puerta y la oficina de Bulma se encontraba intacta, fue cuando volvió a sentir por segunda vez esa escalofriante sensación que sólo había vivido una vez en su vida. Aquella noche, cuando encontró el cadáver de Black en el despacho de su padre.

Y quizás lo que más le aterraba era aquella pavorosa sensación de normalidad. Los libros estaban en su lugar, los muebles en el sitio exacto en el que estaban desde la última vez que había estado allí, que había sido sólo unas cuantas horas atrás. No había nada fuera de lo normal, salvo su ausencia. Entonces algo lo golpeó en el pecho, con fuerza, una sensación repentina de estarse ahogando, de haberse quedado sin aire, como si sus pulmones hubieran dejado de funcionar. Un terrible presentimiento lo inquietó hasta lo más profundo, una imagen terrible en su imaginación que podía ver incluso con los ojos abiertos. Sus oídos se ensordecieron, parecía estar atrapado dentro de su propia mente, como si repentinamente todo el aire que había en aquella habitación se hubiera esfumado por completo y sin razón aparente.

A pesar de que sabía que ella no estaba allí volvió a gritar su nombre, volvió a llamarla una y otra vez, recorriendo los pocos pasillos de aquella fábrica, sintiendo que su pupila se humedecía cada vez que su llamado se perdía en el mismo eco de sus palabras sin respuesta. Incluso aunque apenas podía escuchar su propia voz gritando su nombre.

Desesperado, corrió hasta Broly y se puso de cuclillas sobre el suelo, lo tomó por la camisa y lo sacudió con fuerza exigiéndole que se despertara. Era el único que podía decirle qué había pasado. Pero no hubo caso, sin importar cuánto lo intentara él no iba a responder.

Vegeta miró la mancha de café sobre el piso y recordó al sereno, no podía ser una coincidencia. Todo estaba orquestado como él tanto había estado temiendo hasta cuestionarse su propia cordura.

Repentinamente todo parecía sacado de una terrible pesadilla. Nada tenía sentido. Y por primera vez en su vida no supo qué dirección tomar, todas parecían posibles. Quien la tuviera podría haber tomado cualquier ruta y cada segundo que perdía martirizándose era un segundo en el que ella se alejaba más.

Cuando pudo finalmente calmar sus perturbados pensamientos tomó la taza de café que yacía sobre el suelo, se retiró un guante y la tocó, aún conservaba un poco de calor. Lo suficiente como para darle una esperanza. Ella no podía estar tan lejos.


Ya estaba algo cansado… No, más bien estaba harto. Estaba harto y cansado de verlo de esa manera. Se veía tan patético que apenas podía vislumbrar al hombre que creía conocer tan bien. Esa fachada desarreglada y ese aliento espeso a burbon, o a whisky, tal vez también un poco de coñac. El cabello desarreglado, la camisa desabrochada. Incluso, en aquel momento, mientras lo veía deambulando por la habitación deliberando alguna otra idea descabellada, no le pareció tan diferente de su medio hermano. Después de todo se veían prácticamente idénticos, y probablemente ese aire desolado y patético hacía que se parecieran aún más entre ellos, al menos ante sus ojos grises y atentos.

Observaba pensativo a través de la ventana. Nadie más podría saber qué maquinaba esa astuta mente suya, aunque últimamente sus arrebatos no parecían propios de sí mismo. Él, que siempre había sabido anticiparte ante cualquier eventualidad se había encontrado reducido a un idiota enamorado.

—Desde hace un tiempo he estado pensando… —comenzó Zamasu y captó su atención por primera vez en los últimos veinte minutos que habían estado compartiendo en completo silencio—, desde hace mucho tiempo, si he de ser honesto. Es una idea que no ha dejado mi mente últimamente. Y he intentado por todos mis medios encontrarle una razón, pero no hay caso. No lo entiendo y ya ha pasado de ser una simple curiosidad a una pregunta que casi no me permite dormir.

—¿Y qué es eso que te altera tanto el sueño? Ha de ser algo importante —contestó con un dejo de curiosidad y diversión en el tono. Repentinamente se sonrió de lado mientras lo miraba, pero Zamasu no pudo devolverle el gesto. Su rostro continuaba serio, deliberando.

—En realidad… es algo que, de una forma u otra, te he preguntado en infinidad de ocasiones. Pero siempre he encontrado tus respuestas un tanto desconcertantes.

—¿Desconcertantes? Vaya… ¿qué podrá ser?

—Estoy seguro que antes de que te interrumpiera estabas pensando en ella.

—Oh, es eso ¿eh? Bueno, pregunta una vez más, tal vez hoy pueda darte una respuesta más certera, ¿de qué se trata realmente?

—¿Por qué ella? ¿Qué es lo que ves ahí donde yo sólo puedo ver una muchacha engreída y mal educada? Te ha rechazado tantas veces que he perdido la cuenta. Al principio sí, llevaba la cuenta. Estaba esperando a saber cuál sería tu límite. Cuánto tiempo tardarías en darte cuenta de que esta persecución no valía la pena, y aún sigo esperando. Por un instante pensé que al saber que ella ya había sido desvirtuada por ese horrendo Conde, te aburrirías. Creí que tu interés disminuiría, pero no, al contrario, parece que te resultara más divertido aún este juego. Tú persiguiéndola, mortificando a Vegeta, y ella rechazándote continuamente. Pero no, algo en ti se ha empecinado en tenerla. ¿Tanto puede un hombre encapricharse con una mujer? Sobre todo, una tan desfachatada, indigna. ¿Qué es lo que tiene que alimenta tanto esta… esta…

—¿Obsesión? ¿Es eso lo que ibas a decir?

—No creo que haya otra palabra para describir esta persecución insana y penosa.

—Sabes… De todas las personas que he conocido en mi vida, tú hubieras sido el único a quien pensé que no tendría que explicarle nada —comenzó, acercándose a él lentamente—. Tu siempre has entendido todo. Contigo nunca ha habido idea demasiado descabellada, hemos incurrido en algunos negocios cuestionables tú y yo, y jamás me habías cuestionado tanto como lo haces ahora. Es un tanto decepcionante, ¿sabes? Creí que tú eras diferente, que entre nosotros jamás podría existir un desacuerdo.

—¿Y no crees que eso es suficiente motivo para replantearte toda esta tontería? Si yo, que siempre he estado a tu lado a pesar de todo, sea justamente quien te cuestione qué haces detrás de esa mocosa. Humillándote continuamente. ¿Acaso lo que pasó en la mascarada no te sirvió para reflexionar? ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar? Tu nombre ha sido para siempre manchado por su culpa. Nada de lo que pudimos hacer en el pasado lo había logrado hasta ahora, ¿y aún así planeas continuar con esta estupidez?

—¿Estupidez? —cuestionó incrédulo—. ¿Acaso no lo ves? ¿Es que el concepto de la perfección es tan inmenso que no logra entrar en tu mente? ¿Es que el panorama es tan amplio que no logras verlo por completo tal y como yo lo veo?

—¿De qué perfección estás hablando? ¡Esa mocosa está tan lejos de serlo que bien podría ser su creación la misma antítesis de esa palabra!

—Increíble, cómo dos personas pueden ver a la misma cosa de formas tan diferentes.

—Increíble es que seas tan absurdo.

—¡¿Absurdo yo?! Zamas, ¿qué es lo que no ves? Es que cuando tengo a esa mujer delante de mí sólo puedo ver cuan perfecta es para mí. Si existiera un Dios realmente creo, sin lugar a dudas, que él ha creado esa mujer para mí. Y toda esta persecución de la que hablas es parte de la misma diversión. Es una cacería y yo, por si no lo habías notado, soy el mejor cazador de toda la maldita nación. ¿Acaso eres de aquellos hombres que cesan ante la primera negativa? Pues ese no soy yo… Yo, mi querido amigo, soy el tipo de hombre que persigue su objetivo hasta su último aliento porque es para lo que he nacido. Porque aspiro a tener la vida más perfecta que ningún hombre ha aspirado jamás. Me sorprende mucho que no seas capaz de ver que aquella mujer tiene virtudes que ninguna otra posee.

—¿Su inteligencia? ¿Qué tan inteligente puede ser una mujer que no aspira más a vivir a costa de un Conde empobrecido?

—Tú no tienes la más mínima idea de todo lo que es capaz de hacer esa mujer…

—¿Y tú sí?

—Si me hubieras acompañado esa tarde a ver al viejo Briefs lo hubieras visto. Es un recuerdo que jamás podré sacar de mi mente. Si fuese sólo su belleza lo que me hubiera cautivado, ambos sabemos que mujeres más hermosas han entrado y salido de mi mansión. Pero no, ella tiene algo más y yo fui testigo de ello. Tú no la viste allí, sola en el estudio, arreglando por sí misma uno de los relojes de su padre como si fuera un juego. Y quizás ni siquiera ella se dio cuenta en aquel momento del inmenso potencial que yacía entre sus manos. Estaba tan perdida en ello que ni siquiera se dio cuenta de que la había estado observando por los últimos diez minutos. Tenía curiosidad, quería saber si sólo estaba removiendo engranajes sin saber qué diablos hacía. Y no fue hasta que las manecillas volvieron a moverse que lo dejó sobre el escritorio, como si no hubiera hecho absolutamente nada. Como si fuera algo tan cotidiano que no merecía la pena voltearse a admirarlo. En ese momento me di cuenta que no era una simple mujer. No era una muchacha ordinaria, aunque creo que en ese instante es lo que ella misma creía… Nadie más que yo lo vio, nadie lo había notado hasta que yo entré a su casa. Y tal vez no crea que exista un Dios, pero sí creo que entré aquel día, a esa exacta hora por una razón en particular y fue ella la razón. Alguna fuerza de la naturaleza estaba actuando ante mis ojos.

—¿No crees que exista otra mujer que…

—¡Ya basta Zamas! ¿Es que no lo ves? —le gritó, dejando su vaso sobre el escritorio con tal fuerza que logró sobresaltarlo—. Creí que ibas a entender, tú… Tú entre todos los demás, todos los hombres ordinarios de esta tierra. ¿O es que simplemente no puedes entender que me sienta tan atraído hacia alguien que no seas tú?

Zamas abrió los ojos completamente sorprendido. Se quedó sin palabras y abrió la boca apenas incapaz de contestar tan terrible cuestionamiento.

—¿Creíste que no me había dado cuenta? —le sonrió—. ¿Crees que no escuché los rumores sobre ti? ¿Los rumores sobre nosotros?

—¡Son calumnias! ¡Palabras estúpidas y sin fundamento de hombres descerebrados! Imberbes, es la envidia la que llena sus lenguas de ponzoña para envenenar nuestra relación.

—¿Lo son? ¿Realmente lo son? Desde que te conozco jamás te he visto con una mujer, jamás he escuchado un comentario sobre ti y alguna dama. Es normal que eso genere algunas dudas, incluso yo he llegado a pensar que los rumores son ciertos. Bueno, la mitad de ellos al menos. Y quizás eso explique por qué te molesta tanto que yo persiga a esa mujer… No es por ella, ¿verdad? Yo podría estar detrás de cualquier mujer en el mundo y tú no serías capaz de ver lo mismo que yo. Pero… Lo siento, Zamasu. Yo no comparto tus desviaciones. Lo que tu quieres es más innatural de lo que quiero yo. Tal vez deberías intentar ir a un prostíbulo a ver si así puedes corregir tu pequeño problema.

—¡¿Cómo te atreves a insinuar semejante blasfemia?!

—¿Insinuar? No, amigo mío. Yo no estoy insinuando nada. Mis palabras son claras como el agua. Y será mejor que te encargues de buscar una solución a… eso… Estoy comenzando a hastiarme de escuchar comentarios tan desagradables. Y si es que realmente no quieres hacerlo, al menos procura pagar una que otra mujerzuela para callar esos rumores tan desagradables.

—Yo no necesito pagar ninguna puta. ¡Eres un miserable! ¡¿Cómo has prestado tu oído a tan sucias palabras?! ¡Tú! ¡Jamás lo hubiera creído de ti!

—¿Vas a negarlo?

—¿Q-qué no lo ves? —preguntó con voz temblorosa—. ¡Intentan dañarnos! ¡Él mismo Vegeta debe ser quien ha iniciado esos rumores para arruinar nuestras carreras!

—Por favor, Zamas… Ni siquiera Vegeta se prestaría para algo así. Él puede ser mi enemigo, pero al menos tiene algo de dignidad. Aprende algo de él y sé sincero por una vez en tu maldita vida —dijo, volteándose a la puerta.

—¿A dónde vas? ¡No puedes irte de aquí hasta que no hayamos aclarado este malentendido! —gritó, interponiéndose.

—¡Tú no tienes la autoridad de detenerme! Y a donde yo vaya no es asunto tuyo, así que quítate de la puerta o…

—¿Qué harás? ¿Vas a golpearme y luego vas a ir a buscarla a ella? Sabes que debe estar con él, si vas por ella en este estado sólo terminarás en la cárcel una vez más.

—Entonces ve buscando a nuestro abogado para sacarme de ahí, amigo mío. Porque no eres nadie para impedírmelo. No hay fuerza en la tierra que lo haga. Y quizás sí, quizás me encuentre con Vegeta en el camino y si es así tendrás que juntar el dinero de mi fianza, porque esta vez no voy a detenerme.


La última vez en la que lo había visto aún seguía grabada en su mente. La intensidad de su mirada decidida, su aliento, su tono. La forma condescendiente en la que lo miró de arriba abajo, con un poco de desagrado, tal vez hasta rechazo.

Y todo ello había sido por esa mujer. La causa de todo su sufrimiento, maniatada en una silla, ahora convertida en su presa. Porque si algo le había quedado claro después de la muerte de Black es que nadie le impediría ir detrás de lo que tanto anhelaba. Probablemente él estaría orgulloso. Había sido paciente, había planeado meticulosamente cada detalle como si el espíritu de Black lo hubiera invadido.

Tomó un pequeño candelabro y caminó entre la oscuridad hasta ella. Sus pasos hicieron eco en el recinto tenuemente iluminado. Tomó una silla abandonada y vieja y la arrastró con él hasta enfrentarla. Se sonrió al notar cómo se retraía sobre su silla, sujetándose de sus mismas ataduras. Amordazada y vendada.

Dejó el candelabro en el suelo y acomodó su silla frente a Bulma. Le removió la bolsa que cubría su rostro y al hacerlo sintió un escalofrío placentero sobre su piel al sentirla temblando bajo su toque, aterrada por su sola cercanía.

Repentinamente sus ojos claros se abrieron presa del más absoluto terror y lo observó por un momento. Su mirada se volvió mezquina y frunció el ceño. Balbuceó algo bajo su mordaza, pero ninguna palabra pudo escapar de aquella prisión.

—¿Qué dices? —se burló, inclinándose junto a sus labios—. Lo siento, no puedo entender lo que intentas decirme —dijo antes de tomar asiento. Se cruzó de piernas y la miró atentamente, luego se inclinó un poco intentando mirarla mejor, pero Bulma no parecía tener intenciones de quedarse quieta y no perdía las esperanzas de que alguna de sus palabras pudiera ser oída—. Lamento que tengamos que vernos en tan desagradables circunstancias. No tengo nada para ofrecerte, verás. No he traído servidumbre para que nos atendieran, preferí que nuestro primer encuentro fuera más privado, espero sepas entenderlo. También lamento no haber encontrado una forma más discreta de traerte aquí, todo se complicó un poco. Afortunadamente tenía todo planeado en caso de que pudiera darse algún inconveniente. Lapis no resultó el hombre de negocios que yo esperaba, es una pena… —Bulma lo miró fijamente, sus pupilas fijas en su despreocupado aspecto—. Oh, no… ¿no creerás que yo…. No, no, él está bien. Tiene una última tarea qué cumplir y sabe perfectamente que esta vez no puede fallarme. Ahora mismo debe estar arribando un barco rumbo al nuevo mundo con una joven condesa, ¿o era una duquesa? —le preguntó en un tono cínico—. Creo que has estado tan preocupada que no has tenido tiempo de notarlo… Espero que no tengas mucho frío, sería una pena que murieras de neumonía —Extrañada, Bulma bajó la mirada y se encontró vestida con un ligero camisón blanco—. Sé que era un vestido caro, ¿hecho a la medida verdad? Tal vez le quede un poco estrecho a la muchacha que se lo obsequié, ella es un poco más voluptuosa que tú. Pero su aspecto es muy parecido al tuyo, ¿sabes? De hecho, muchos han llegado a confundirte con esa joven prostituta. Hay un rumor muy gracioso rondando por ahí, dicen que de día eres la esposa del conde y que de noche tus más bajos impulsos te obligan a ir nuevamente al prostíbulo en el que te encontró para saciar tus ansias. Otros dicen que es por dinero, que el conde es tan pobre que te obliga a venderte para poder mantener las apariencias. A la gente le encanta inventar rumores, tú debes saberlo, has esparcido unos cuantos en el pasado. ¿Qué, qué sucede? ¿Es la mordaza? ¿Es muy molesta? Lo imagino, pero sabes que no puedo quitártela, armarías un gran escándalo y eso no encaja en mis planes. Si te la quito, ¿prometes no gritar? —Bulma asintió con recelo y Zamasu deliberó un momento hasta que finalmente se puso de pie—. No podría hacerlo sin estar seguro de que no gritarás, y lamentablemente tu palabra no me sirve de mucho en este momento así que… —dijo, sacando una daga del interior de su chaqueta—. Si escucho una sola palabra en un tono que pueda escuchar otra persona además de mí, usaré esto para apuñalarte. Y te apuñalaré en el mismo sitio en el que apuñalaron a Black, ¿no sería eso poético? ¡Sería sublime! ¿Qué mejor forma de rendirle tributo a tan ilustre hombre? ¡Qué genialidad! ¿Lo imaginas? ¿Imaginas que en unos días encontraran tu cadáver con este puñal clavado justo aquí? —le cuestionó, arrimando la daga al pecho de Bulma—. ¿Imaginas a tu esposo encontrando tu cadáver? ¿Imaginas su rostro? Oh, yo sí lo hago. Es algo que imagino todos los días. A veces, incluso mis colegas han tenido que despertarme de aquel transe en el que los veo a ustedes dos. Algunas veces lo imagino a él muerto, otras a ti. En un mundo ideal podría asesinarlos a los dos, pero el mundo real es demasiado complicado para poder hacerlo y quedar completamente desvinculado de tal crimen. Si es que se pudiera llamar a eso un crimen, para mi no es más que justicia, de la más divina. Lo siento, ¿estoy hablando mucho? Espero que puedas entenderme, no he tenido a nadie con quien hablar últimamente. Verás, Black era mi confidente y de estar vivo yo podría estarle platicando de estos deseos tan profundos y él podría entenderlos claramente. Pero ya que no está, no he podido pronunciar en voz alta todo esto. Habría arruinado mi plan. Oh, es cierto, la mordaza… —continuó en un tono burlón y se la retiró lentamente. Luego volvió a reclinarse sobre su asiento y con la daga en su regazo, esperó a que Bulma se humedeciera los labios para hablarle.

—¿Qué planeas hacer conmigo?

—Eso es algo que no he llegado a decidir. Las ideas más extremas parecen ser las más gratificantes, pero no me darían la oportunidad de seguir jugando contigo.

—¿Vas a matarme?

—No por el momento, no tengo mucho tiempo ahora para hacerlo como quisiera. Necesito un poco más de tiempo y eventualmente tu esposo estará pateando la puerta de mi casa, buscándote. Tengo que ir a esperarlo, ¿qué clase de anfitrión sería si no lo hiciera?

—Estás demente, él va a matarte.

—Y si lo hace jamás va a poder encontrarte. ¿Lo crees tan inepto? Él va a perseguirme, sí. Va a acosarme hasta que lo guíe hasta ti, a menos que crea que lo dejaste.

—Él no va a creer esa estupidez.

—Tal vez lo haga si tú se lo dices.

—¡No voy a dejar a mi… —Bulma mordió su lengua al sentir la daga de Zamasu hincándose sobre su impoluto cuello.

—No estoy disfrutando tu tono en este instante. No sería inteligente poner a prueba mi paciencia, se me agotó hace tiempo…

Bulma tragó saliva bajo el filo de la daga, dándose cuenta finalmente del serio aprieto en el que estaba metida. Sus manos temblaron envueltas en las ataduras y un escalofrío la recorrió por completo. Estaba totalmente segura de que tendría que controlar su temperamento si quería salir viva de ese lugar, aunque no supiera cómo. Apretó los labios y asintió lentamente. Zamasu retiró la daga y volvió a su asiento. Su aspecto sereno parecía poder contener escasamente las crueles intenciones que mantenía ocultas.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —le preguntó suavemente.

—Por el momento quiero que escribas una pequeña carta para tu esposo…


Continuará...


N/A: ¡Feliz año nuevo... atrasado! Ya sé, ya sé que he demorado una eternidad con esta última actualización. De hecho, gracias por estar ahí leyendo aún a pesar de mi larguisima demora. Quiero que sepan que mis intenciones siempre serán las de terminar esta historia porque me encanta, porque muchas personas han sido fieles lectores y sus comentarios siempre me han llenado de felicidad. Lástima que la vida no siempre ayuda a terminar con algunos proyectos en el tiempo que nos gustaría. A finales del año pasado tuve que mudarme y fue un caos. No tuve internet sino hasta hace muy poco y los datos del celular no me eran suficientes, además editar una historia y subirla desde el celular no me hacía mucha gracia. En fin, no quiero aburrirlos, finalmente pude volver a ponerme la camiseta vegebul. ¡Los echaba de menos!

Como se habrán dado cuenta hemos tenido varios saltos en el tiempo en este capítulo, quería que podamos entender un poco mejor lo que había pasado en el último capítulo, también quise responder algunas preguntas que tenían desde hace mucho tiempo sobre la relación entre Black y Zamas. Con esto ya ha quedado más que claro el vínculo que ambos compartían y los intereses de cada uno. Realmente pretendía que este capítulo fuera más sobre Vegeta pero terminé escribiéndolo enfocándome un poco más en Zamasu y espero les haya gustado. Es difícil volver al ruedo después de tanto tiempo, aunque era algo que siempre tenía en la mente esperando al momento en el que pudiera continuar. Ojalá no encuentren demasiados errores, esto de no tener editores no ayuda (?) jajajaja

Gracias como siempre a todas las personas que se toman un momento para dejar un comentario: nekoclauclau, paulayjoaqui, vivianabenavidezcordoba, trunksouji,Psicomari, soandrea, prla16, ziari27, Princess Narin, dekillerraven, Nuria-db, LucretiaDroogie, Lizzy Gerry, Ashril, Veros, Amaranterose, Pau Brief-LOVE-Vegeta, Jazzydazzy007, ambarlizg2 y Natalia Romanoff1. No estoy con tiempo de responder cada uno de sus comentarios, así que voy a responder algunas cositas generales de varios comentarios como por ejemplo la alimentación de Bulma jajaja suena extraño para nosotras pero, en aquella época no existía un régimen alimentario que debieran seguir las mujeres embarazadas, había tan poca información y la que existía estaba errada, por eso muchas mujeres de la época sufrían de desnutrición durante el embarazo e incluso continuaban usando corsetería. Lo sé, de locos, pero en aquella época ni se lavaban las manos para asistir partos. Y sí, Bulma es negligente y me baso en el hecho de que llevó a Trunks bebé a una pelea con androides asesinos jajaja Sí irrita, lo sé, pero así es ella. Prefiero pecar así que cambiandole el carácter extraño que tiene, por muy otra época que fuera. Ahora sólo responderé brevemente unos de los comentarios más larguitos, sepan entenderme por fis, los re aprecio a todos pero el tiempo está en mi contra.

Psicomari: Gracias por preocuparte por mí, hermosura. Estoy bien, de hecho mejor que nunca. Sí, Lapis era el verdadero nombre de 17, y Lazuli el de 18. Son horrendos pero no me quedó de otra jajaja Sobre la inseguridad de Vegeta, si todo termina como lo tengo planeado, en el siguiente capítulo juega un papel importante. Si vamos uniendo cavos ya nos damos una idea de lo que piensa hacer Zamasu, más o menos. Y sí, de pura cabeza dura ha cometido error tras error, creo que es parte de su encanto jajajaja

LucretiaDroogie: Qué deleite más grande me llevo con tus reviews, son orgásmicos jajajaja perdoname la expresión. Lo del libro que Lapis le regaló a Bulma, la historia es sobre una mujer más bien que es acusada de adulterio, juzgada y apedreada, pero ella nunca fue adultera. Era un arma de doble filo (?) Algo que me extrañó es que nadie haya notado el detalle del café jajajaja todos los que tomaron café estaban desplomados y nadie dijo MMMM EL CAFÉ jajaajja yo y mis técnicas para dejar inconsciente a la gente. No sé si lo de la playlist sad encaja con este cap, siempre me pasa lo mismo y deben estar re podridos de leerlo pero PASARON COSAS. Tal vez se me haya extendido un capítulo más la historia, no estoy segura. Tal vez el proximo sea el final. AHHH LA PRESIÓ siempre, mil gracias por el extenso análisis que te mandaste, sin palabras, sos una genia de la vida.