Domingo 3 de Abril 2016

Quinn Fabray

Los Ángeles.

30

—¿Cuándo diablos nos vamos a ir a tomar unas copas?—Me dijo Chad aprovechando que nos habíamos quedado a solas.

—Quieres dejar de quejarte y disfrutar.

—Quinn, de la única manera que yo puedo disfrutar ésta noche es llevándome al Capitán América a mi cama, no mirando una fotografía por un telescopio—soltó y a pesar de que tuve que contener la carcajada, me esmeré en mostrarme seria y recriminarle su actitud con una mirada que intenté que fuese lo más fulminante posible. –Como en una hora no nos hayamos marchado, entraré en acción por mí mismo. Avisada quedas—añadió volviendo a fingir que mirar por uno de los telescopios de la sala The Big Picture era algo que quisiera hacer. Por supuesto que no lo quería, de hecho, ya había empezado a no poder fingir con total convicción, pero las hormonas podían con él. Y si había algo lograse alterar todas y cada una de las hormonas de mi fiel amigo, era tener a un chico como Michael Joseph Berry a su lado.

Ni casi el millón de galaxias que se mostraban en la enorme fotografía, ni el fascinante telescopio Zeiss, ni el péndulo de Foucault, ni sumergirnos en la sala del espacio profundo de Gunther, ni cruzar el pasillo Gottlieb o descubrir la maravilla que suponía contemplar el Salón del Ojo. Nada, a Chad no le llamaba la atención nada de lo que pudiese encontrar en el Observatorio de Griffith, excepto los músculos del mayor de los Berry. Los músculo y su sonrisa, por supuesto, porque si había algo que resaltaba de su físico además de sus músculos, eran su sonrisa y los ojos. Ojos que aquel día me resultaron imposibles de esquivar como lo había hecho la primera vez que lo vi en nuestro accidental choque a las puertas del bar de mi padre.

Lógicamente lo hacía por pura educación, no porque me atrajesen de otra manera. Para ojos que me quitasen la respiración ya estaban los de ella. Y más en aquel día de Abril en el que pude contemplarlos desde por la mañana.

Habían pasado casi un mes, concretamente 27 días exactos desde que me despedí de ella en la puerta del hogar mi hermana, tras una cena con mi familia que yo misma preparé a consciencia y a la cuál casi obligué a asistir. Una cena que resultó ser todo un éxito, tanto para mí como para ella, y por supuesto para mi familia. Mi objetivo quedó completamente cumplido en todos los aspectos posibles.

Mi familia pudo conocer a la verdadera Rachel Berry, sin que la influencia de la familia St. James que tanto preocupaba a mi padre estuviese marcando su personalidad. Y no solo a ella, sino que además descubrieron quien era por su familia y la sorprendente unión que teníamos con ella al recordar como en el pasado, estuvimos juntos en Aspen.

A Rachel no le importó en absoluto hablar de su familia, por supuesto también lo hizo de su padre. Y probablemente fue la mejor de las ideas, porque los recuerdos, todos buenos y divertidos, marcaron el rumbo de gran parte de la cena y la convirtieron en una encantadora velada, logrando incluso que Rachel se sintiese segura y cómoda desde el primer momento en el que estuvimos todos reunidos. Por eso supe que mi idea de "obligarla" a cenar con mi familia fue todo un éxito. Ella disfrutó, se sintió cómoda y aprovechó esas escasas dos horas que compartimos mesa para alejarse, para apartar de su mente la sensación de angustia que, según me había confesado, empezaba a provocarle Denver. Que sintiera que allí seguía teniendo algo agradable era esencial para mí para que no deseara olvidarse para siempre de mi ciudad, y estuve convencida de que mi familia se lo trasmitió a la perfección.

Al menos su sonrisa durante toda la cena y al finalizar la misma, cuando se despidió de mí dándome las gracias, me lo hizo saber. Y fue esa misma sonrisa la que culminó por completo mis aspiraciones de aquel día.

Apenas estuve cuatro días en Denver por el nacimiento de mi primer sobrino, y en aquellos cuatro días escuché multitud de rumores acerca de la separación definitiva de Rachel y Jesse, rumores que provenían de la inesperada venta de la Editorial a un grupo inversor local. Pero no quise creerlos hasta que lo escuché de su propia voz, siendo ella quien me lo dijese frente a frente como lo hizo aquella tarde. Desde ese preciso momento, desde ese escaso minuto en el que pude asimilar que todo se había acabado entre ellos, mi mente dejó de pensar en Jesse como la única solución a la tristeza que asolaba a mi chica galáctica, y me centré única y exclusivamente en ella.

No me importaba nada más que no fuese verla feliz, y después de seis meses en los que estuvo luchando por recuperar a su marido recibiendo negativas por su parte, me negué rotundamente en seguir invitándola a que insistiera en su lucha. Jesse había demostrado que no estaba preparado para tener a una mujer como Rachel a su lado, y mucho menos la merecía. Alguien capaz de dejarse llevar por el rencor hasta el punto de acabar con su matrimonio en tiempo record, en apenas 7 meses, no merecía ni un segundo más de condescendencia. Me había demostrado que no era un hombre sensato y había roto el corazón de alguien que lo amaba por encima de su propio bienestar. Para mí, Jesse había dejado de existir, y todo lo que quería y me importaba en aquel instante era que Rachel decidiera tomar las riendas de su vida sin depender de nada ni nadie. Que fuese ella quien pusiera o quitara de su mundo lo que estaba o no bien. Nada más. Por eso mismo la invité a que se quedase a cenar en mi casa, y por eso mismo la incité a hacer lo que en aquella tarde del 3 de Abril, y muchas otras anteriores, estaba haciendo.

Aprovechar el tiempo y el dinero que había recibido para hacer lo que más le gustaba hacer.

Por supuesto, nuestras conversaciones durante aquel mes que trascurrió hasta que nos volvimos a ver fueron sucediéndose con más asiduidad, y fui yo misma quien se encargó de acabar con el pacto que hicimos de no llamarnos a menos que fuese necesario. Ya no había motivos para mantenerlo, y puesto que sabía que Rachel no me llamaría aunque estuviese sufriendo el mayor trauma de su vida, ambas sabíamos que era absurdo mantenerlo.

Fui yo quien comenzó a recordarle que aunque lejos seguía teniendo a una amiga en mí. Y fue a base de mensajes y alguna que otra llamada para preguntarle cosas que, a priori no eran importantes, pero que terminaban dándome pie para mantener conversaciones más personal y típicas entre amigas. Cosas como futuras lluvias de estrella que pudiese contemplar en Los Ángeles, o libros que pudiese recomendarme para leer dependiendo de mi estado emocional. Cualquier cosa me valía para alzar el teléfono y escuchar su voz, para asegurarme que había empezado a recuperar la serenidad y el estar junto a su familia le hacía bien.

Poco a poco fue ella quien empezó a tomarme la delantera con aquellas llamadas, y se decidía a romper esa extraña barrera que ya no debía por qué separarnos, pero que aún parecía hacerlo. Y lo hacía para avisarme de sus planes, para hacerme participe de las decisiones que había empezado a tomar, y que de sobra sabía que me encantaban, que me haría feliz escuchar que las llevaba a cabo.

"He llamado al teléfono de la Señora Bell" con voz temblorosa, y "Estoy en una conferencia de Schelte John Bus en Kansas, y he venido sola" completamente excitada por la iniciativa, fueron sin duda el mejor regalo que pudo hacerme en aquel mes. Y lo que, felizmente, la había llevado hasta donde nos encontrábamos en aquella tarde. Una llamada suya dos días antes invitándome a pasar una tarde en el laboratorio Griffith junto a ella y a su hermano me sorprendió a más no poder, porque no esperaba bajo ningún concepto que viajase hasta Los Ángeles de manera tan repentina. Obviamente no podía rechazarlo, aunque en una segunda llamada me informase de que podía invitar a Chad o a quien quisiera, ya que contaba con un par de invitaciones más.

Confieso que no entraba dentro de mis planes el que Chad me acompañase a cualquier lugar con Rachel, porque lo conocía y porque sabía que aquel mundo no era lo que más le gustase, precisamente, pero también pensé en la bonita oportunidad que iba a tener de acercar un poco más mi mundo al de ella.

Ya le había presentado a toda mi familia y el círculo no se podía cerrar sin que conociera a mi mejor amigo. Ese no era otro más que Chad. El mismo que a aquella hora de la tarde casi noche, perdía el norte por Michael, el hermano de Rachel.

Cuando le dije que íbamos a encontrarnos con el mismo chico que seis años atrás él mismo vio en el Cazador, cuando me pilló observando a Rachel en varias ocasiones, ni lo dudó. Le importaba muy poco que la cita fuese en aquel espectacular, aunque aburrido para él, lugar. Y decidí dejar que la ilusión por conquistarlo permaneciera en él, aun siendo testigo directo de algunos piropos que el Capitán América me regaló a lo largo del día, dejando clara sus preferencias sexuales, y a los que yo procuré no dar importancia. Por supuesto, Michael no tenía ni idea de mi historia con Rachel, de haberlo sabido probablemente no habría sido tan lanzando.

O eso quise creer.

—Ya te he dicho que en cuanto salgamos de aquí iremos a cenar y luego donde haga falta. Así que por favor, compórtate como un ser humano y no un animal en celo.

—¿Animal en celo? Quinn, llevo tres meses sin estar con nadie, ahora mismo no contemplo la humanidad como un estado. No soy como tú.

—¿Cómo yo?

—Vamos, cariño. A saber cuánto tiempo llevas sin…

—¿Y tú qué sabes mi vida sexual?—le interrogué a modo de reprimenda.

—Llevas nueve meses viviendo conmigo, y no te he visto aparecer con nadie por casa y tampoco te he visto salir… Así que no me cuentes historias. Lo que hagas en soledad no cuenta como relación sexual—soltó con disimulo, y yo también traté de disimular el rubor intenso que se apoderó de mi rostro. La suerte de estar en un lugar con escasa iluminación, evitó que nadie pudiese percatarse de ello, porque estaba segura de haberme puesto roja como un tomate. –Además, no para de hacerme ojitos… Y me sonríe cada vez que hablamos.—Añadió volviendo a mirar por su telescopio, como si realmente le interesase. No supe que lo hacía solo porque Rachel había vuelto con Michael tras consultar algo en lo que estaba interesada, y se dirigían hacia nosotros. Notar su mano sobre mi hombro hizo que el repentino calor que me provocó aquella respuesta de Chad se incrementase, y casi sin tiempo a asimilarlo, me llevó a vivir uno de los momentos más especiales de mi vida. Probablemente el más complicado de afrontar sin caer rendida.

Me dio vergüenza mirarla a los ojos cuando me obligó a girarme, y me sentí así porque temí que en algún momento pudiese leer mi mente tras la conversación con Chad. Mi depravada mente sexual.

—Hey… Va a empezar la proyección especial en el planetario Oschin—me dijo con apenas un susurro, procurando no molestar a los otros visitantes de la sala— Deberíamos ir ya hacia allí, es importante que tengamos buenos asientos.

Ok

¿Vamos?

—Eh… Sí, claro—balbuceé buscando a Chad, que ya me había tomado la delantera y caminaba directo hacia Michael para salir cuanto antes de allí.

—¿Estás bien?—me preguntó Rachel y yo sonreí como pude.

—Sí, claro… Vamos.

—Ok… ¿Está bien Chad?—insistió cuando ya emprendimos el trayecto hacia nuestro próximo objetivo, y aprovechando que tanto mi amigo como su hermano se habían adelantado. –Creo que no le está gustando demasiado la visita, ¿verdad?

—No, quiero decir, no es que no le esté gustando, es que no es muy aficionado… Además, suele ser así de inexpresivo cuando descubre cosas nuevas.

—Espero que lo que vamos a ver ahora le compense. Me han dicho que es espectacular.

—No te preocupes por él, si no le gusta tampoco va a armar un drama.

—Ya, pero no me gustaría que sintiese que ha perdido el tiempo. Quiero, quiero decir, entiendo que no a todo el mundo le puede gustar esto, pero…

Rachel… No te preocupes, ¿Ok?. Él sabía perfectamente a donde veníamos y aceptó. Si le gusta bien, si no, ya encontrará algo que le compense. Y me temo que ya lo ha hecho.

—¿Ya lo ha hecho? ¿El qué?—me preguntó con esa ingenuidad tan suya que tanto llegaba a adorar, y que me hacia sonreír como una completa idiota dejándome en evidencia frente a los demás.

—Espero que tu hermano no se ofenda demasiado…—Le dije tras guardar unos segundos en silencio, mientras nos acercábamos a la sala donde se realizaba la proyección.

—¿Mi hermano? ¿Por qué se iba a ofender? ¿A qué te refieres…?

—Chad está interesado en él. No para de recordarme lo guapo que es, lo interesante que parece y la perfecta sonrisa que luce. No me extrañaría nada que intentase algo y…

—¿Con Michael?—me interrumpió con los ojos abiertos como platos, deteniéndome a escasos metros de la puerta de acceso a la sala—Quinn, mi hermano no es…

—Ya, ya lo sé. Y Chad lo sabe, pero lleva un tiempo sin estar con nadie y piensa que tiene posibilidades con él. He intentado disuadirlo, pero no estoy segura de conseguirlo.

—Oh Dios… Pues me temo que se va a estampar contra un gran muro—me dijo sin poder contener la risa—Es, es tolerante por supuesto, y sé que tiene amigos gays… Pero es bastante claro y contundente. Si ve algo raro se lo dirá sin dudar un solo segundo. Aunque veo que le ha caído bastante bien, así que supongo que no será demasiado duro con él.

—¿Le ha caído bien?

—Ajam… No tan bien como tú pero…—Respondió recuperando un poco la serenidad tras la pequeña carcajada, aunque no perdió un mínimo de la travesura que mostraba en su sonrisa.

—¿Cómo?—la cuestioné justo cuando volvíamos a reanudar el camino hacia la sala.—¿De qué hablas?

—Vamos Quinn, no te hagas la despistada, a mi hermano le encantas… Se le cae la baba contigo. De hecho, no lo he visto sonreír tanto a una chica desde que terminó su relación.

—Nada que ver…

—Ya, claro… Lo conoces tú mejor que yo, ¿verdad?—se burló volviendo a detenerse, ésta vez ya junto a la puerta donde dos amables azafatas daban la bienvenida a la sala Oschin.

—No, claro que no, pero de ser cierto lo que dices… Tal vez deberías ser tú quien lo convenciera de no hacer cualquier locura.

—¿Le tienes miedo a mi hermano?

—¿Miedo? No, claro que no…

—¿Entonces? No me puedes negar que es bastante guapo, y muy divertido… Además…

—No me gusta tu hermano—la interrumpí sin siquiera detenerme a pensar, cuando vi el gesto aturdido que me regaló reaccioné—Quiero decir, no es que no me guste, es evidente que es un hombre bastante… Atractivo, de todos las maneras posibles, pero no me interesa.

—¿Por qué? Es un buen chico—insistió confundiéndome aún más con su actitud.

—Primero porque no estoy interesada en conocer a nadie, y segundo porque es tu hermano y eso sería muy… Raro. No es el Berry que… —Callé. Guardé silencio al ver como sus cejas se alzaban por la sorpresa al intuir lo que estaba a punto de decir. Y lo hice porque acababa de ser consciente de la situación, y de lo que podría suponer para ella que dijese algo relacionado con nosotras.

Me estaba vendiendo sutilemente a su hermano, por lo que lógicamente no esperaba bajo ningún concepto que yo pudiese revocar ese interés sobre ella, a pesar de nuestra historia. O tal vez no deseaba o no estaba preparada aún para escuchar algo así. Volver a empezar con el flirteo no era lo más adecuado en aquel instante, sobre todo después de lo que provocó en nuestras relaciones. Rachel necesitaba tiempo para asentarse en su nueva vida, para encontrar una estabilidad que yo misma le dije que hallaría haciendo lo que más le gustaba hacer, sin depender de nada ni de nadie. Lanzarme al juego no haría otra cosa más que contradecir mis propias palabras y consejos, y no estaba dispuesta a ello. Al menos eso fue lo que consideré en aquel instante.

—¿No es el Berry que…?—me dijo ella impaciente, y yo por pura inercia simplemente le sonreí.

—¿Entramos?—le respondí ignorando su petición, y pude ver como en su rostro se reflejaba la confusión ante mi cambio de conversación. Supuse que percibió perfectamente la incomodidad que penosamente lograba camuflar, y recuperando su habitual entusiasmo, aceptó mi propuesta.

Y menos mal que lo hizo, porque de haberse mostrado interesada más tiempo en lo que yo creía que ya sabía, me habría puesto en una situación más incómoda aún, y probablemente no habría disfrutado de una de las mejores experiencias visuales de mi vida.

Rachel volvió a mostrarse como lo había estado haciendo durante todo el día; afectiva, sociable y muy interesada en que disfrutásemos al máximo de la experiencia que estábamos viviendo en el observatorio, y ese mismo interés la llevó incluso a reservar en exclusiva, y gracias a su acreditación que el observatorio para el que trabajaba la Señora Bell le hizo llegar, cuatro de los mejores asientos de la sala para contemplar lo que, a simple vista nada más acceder a la misma, era una especie de cúpula blanca sobre nuestras cabezas, pero que en apenas unos minutos se convirtió en el cielo más impresionantes de cuántos había visto a lo largo de mi vida. Y sí, puedo jurar que era más espectacular que salir a la calle y contemplarlo en directo.

Los asientos reclinados hasta casi convertirse en camas, la oscuridad que nos invadió por completo mientras esa cúpula se vestía de un intenso azul con algunas nubes radiantes, y el sonido ambiente de la naturaleza que nos envolvió, me hizo comprender que estaba ante algo que me iba a gustar mucho, pero no era consciente de lo que llegué a sentir al viajar más allá de lo que mis ojos eran capaces de contemplar a simple vista.

Una proyección de casi una hora recorriendo nuestro sistema solar, nuestra galaxia y adentrándose en el espacio profundo donde cada cosa que iba contemplando, me dejaba más boquiabierta que lo anterior. Y a mi lado, como si estuviésemos compartiendo los mandos de una nave espacial que viaja a través del universo, ella. Mi chica galáctica, igual o incluso más sorprendida que yo, o al menos eso pude intuir las pocas veces que me atrevía desviar la mirada de la cúpula y buscar la de ella en la oscuridad.

El brillo de sus ojos, la leve sonrisa que no se desdibujó de su cara un solo instante, y un halo de conocimiento que parecía brotar de ella asintiendo a cada explicación que una voz dulce y cautivadora nos regalaba, me hizo perder el norte y la noción del tiempo en algunas ocasiones. Me trajo a la mente recuerdos, momentos que compartí con ella a lo largo de nuestros encuentros que no podía olvidar, y que volvían a lograr que me sintiese plena, completamente feliz por tenerla en mi vida. Fuese de una u otra manera.

La noche que trazó la constelación de Orión en mi mano, la noche en la que me descubrió Saturno o cuando vimos el cometa Lovejoy en mitad del desierto. Parecía que habían pasado miles de años, pero seguían allí, seguían en mí y se mostraban tan nítidos que incluso podía oírlos, podía vivirlos y recordar cada detalle como si acabara de suceder. Podía sentir el calor del desierto o el frío de aquella noche en Denver, podía oler su perfume y degustar aún el sabor del Slushie que tomé en su casa. Podía escuchar su voz, sentir su calor y percibir su olor. Y todo ello con simples y lejanos recuerdos.

Tenerla allí a mi lado no hizo más que acentuar mis emociones y regalarme la certeza de que aquel día, aquella noche, aquel momento en el que contemplábamos estrellas artificiales, ocuparía un lugar realmente importante entre mis recuerdos.

Más aún cuando llevó a cabo una de sus magistrales intervenciones, sin ser consciente por supuesto, de lo que aquello suponía para mí. Para ésta estúpida ilusa que seguía negándose a sí misma lo que era imposible de ocultar.

—Atenta…—Escuché con apenas un susurro a escasos centímetros de mi oído, y a punto estuve de entrar en parada cardiaca cuando supe que se había reclinado sobre mi asiento, y apoyaba su cabeza junto a la mía, mientras su mano buscaba mi brazo y se deslizaba hasta la mía.—Mira justo a tu derecha…—Añadió y yo accedí a su petición por pura inercia mientras nuestra nave seguía viajando a través de una nebulosa majestuosa—La segunda estrella a la derecha…—Susurró de nuevo adueñándose de la tan famosa frase de Peter Pan, un personaje que ya formaba parte de nuestra historia gracias al libro que le regaló a Ethan—Esa es tu estrella. Esa es Sheliak—dijo y yo sentí como el escalofrío me recorría de pies a cabeza, y no solo por escuchar su voz y descubrir mí estrella, sino por como su mano se aferró a la mía. Por todo lo que podía transmitirme con aquel simple y sencillo gesto, siendo probablemente completamente inconsciente de ello. Más aún en aquel día en el que ni siquiera era capaz de reconocerme.

Habían sido muchos los momentos compartidos desde aquella mañana, muchos los instantes en los que las circunstancias nos había llevado a estar una junto a la otra, a sonreírnos, a hablarnos y ser cómplices frente a la falta de información de nuestros acompañantes de aquella cita. Pero a diferencia de otras, a diferencia de lo que fui capaz de vivir junto a ella en el pasado, había algo que me tensaba, que me cohibía por completo por el simple hecho de estar a su lado.

Era casi surrealista, y tan complicado de describir que de la única manera que podía hacerlo era comparándola con la imperiosa necesidad que se puede llegar a sentir por querer abrazar a una persona, y tener un muro de cuatro metros frente a ti que te lo prohíbe.

Así me sentí durante todo el día. Deseaba abrazarla, deseaba cobijarla y regalarle cuantas caricias fuesen necesarias para que supiera, para que sintiera mi cariño y el aprecio que le tenía. Deseaba demostrarle que me hacía muy feliz verla como la veía, y creía que la mejor manera de hacerlo era aquella, sin embargo, no fui capaz. Había algo, había una fuerza superior a mí que me limitaba y me empujaba hacia atrás justo cuando deseaba dar un paso hacia adelante. Y poco o nada tenía que ver con cualquier tipo de reacción íntima. Era simplemente un abrazo, una acaricia en su hombro o un beso en la mejilla como siempre solía entregarle cuando nos encontrábamos, daba igual. No importaba el gesto, lo que importaba y empezaba a confundirme era mi poca voluntad para llevarlo a cabo, aun deseándolo con todas mis fuerzas.

Por eso en aquel instante, cuando sentí su cabeza a escasos centímetros y noté su mano aferrándose a la mía, llegué a temblar por la tensión. Tanto que incluso sudé.

Mecanismos de autodefensa, lo llaman.

El cuerpo humano es una maquina perfecta que tiende a protegerse de lo que aparentemente, puede producirle efectos secundarios desagradables, o desestabilizar la salud. El cerebro, sabiamente, es capaz de detectar cuando una sustancia puede provocar algún cuadro comprometido para nuestro estado emocional, a pesar de que esas sustancias, irónicamente, pueden ser liberada por el mismo sistema central nervioso, y nos trata de reconducir con alertas de aquel tipo; sudoración, temblor, sequedad de garganta, etc… De que algo está sucediendo, de que algo se está liberando o bien los niveles de otras están desplomándose, dejando las defensas a la deriva. En aquel instante, y aunque lo más habitual es asociarlo a algún tipo de enfermedad o malestar, poco o nada tenía que ver con ello, sino a un sentimiento. Dicen que cuando te enamoras, tu cerebro libera varios tipos de sustancias, como la dopamina o la serotonina, y yo supe por como reaccionaba mi cuerpo, que ese complejo suceso ya se estaba llevando a cabo en mi interior. De ahí aquella extraña sensación de furor mezclada con malestar que me estaba dejando completamente en shock.

—Es… Es genial—balbuceé notando como incluso mi voz se resentía por la escena y los nervios, y ella no hizo otra cosa más que sonreírme. Sonreírme y traspasar con esa sonrisa una cuarta dimensión para obligarme a mirarla. Porque no tenía otra explicación razonable más que esa. Ni siquiera la veía y sabía que me estaba mirando, y cuando lo hice, cuando me giré hacia ella y me la encontré a escasos centímetros de mi rostro, sonriéndome como lo hacía mientras me tomaba de la mano, me perdí. Me perdí en la oscuridad y en la voz que seguía relatándonos el viaje mientras veía como en sus ojos se reflejaban las galaxias.

Me perdí en su sonrisa, y aunque sus ojos apenas se posaron sobre los míos apenas unos segundos, yo mantuve la postura por algún tiempo más, y logré que aquel hecho la llevara a volver a mirarme en varias ocasiones más, hasta que nuestra nave decidió regresar a la tierra, y las luces nos devolvieron a la realidad.

Ni siquiera sé cómo logré abandonar la sala sin tropezar, porque mis piernas y el pulso en mi pecho no me ayudaban en absoluto a caminar con soltura. Pero lo hice, logré soportar ese peso sobre mis hombros y la carga emocional que suponía ser consciente de mi escasa capacidad de control, y salí de allí junto a ellos.

Porque ese era el plan para cuando acabásemos la visita al observatorio, y aquella proyección había sido la guinda del pastel. El punto final de un viaje hacia el espacio que ya nunca más olvidaría. Ni eso ni lo que estaba por suceder, lógicamente.

Fue justo cuando estábamos a punto de abandonar el observatorio, siguiendo los pasos de Rachel como si aquel impresionante lugar fuese su propio hogar, cuando nos detuvimos una última vez para matizar lo siguiente que llevaríamos a cabo. Una cena en un restaurante conocido por Chad y luego un par de copas en algún pub o bar era lo acordado, pero una inesperada interrupción nos condicionó y aplazó los planes.

Una figura desconocida para mí, al igual que lo fue para Chad y para Michael, pero no para Rachel, que no pudo evitar dejar escapar una extraña expresión de escepticismo al verlo caminar hacia ella con una sonrisa en su rostro.

—Podéis… Podéis id saliendo—dijo ella antes de que el hombre terminase por llegar ante nosotros.—Es el profesor Donovan, me gustaría saludarlo…—Masculló al tiempo que empezaba a forzar la sonrisa. Sonrisa que por supuesto yo no fui capaz de dibujar al escuchar el nombre de aquel tipo. De hecho, si no llega a ser porque Chad me tomó de la mano y tiró de mí, lo habría esperado junto a ella dispuesta a mostrarle mi peor cara, y probablemente a recriminarle alguna que otra cosa. Lo merecía sin duda por ser el culpable de que Rachel tuviese su primer fracaso como astrónoma.

Me caía mal, muy mal de hecho, y fue descubrir su rostro regordete con gafas y la incipiente calva que dejaba entrever que ya debía rondar los 50, y empecé a odiarlo. Aún sin saber lo que pretendía al llamar la atención de Rachel en aquel instante, después de haberle hecho lo que le hizo años atrás.

Michael también nos acompañó al exterior, y lo cierto es que no supe por qué diablos lo había hecho. Él también sabía lo que aquel profesor supuso para su hermana en el pasado y el devenir de su futuro, y por supuesto a él no lo obligaban a salir del observatorio casi a rastras, como Chad hizo conmigo. En su lugar, yo me habría quedado a escuchar lo que aquel profesor de pacotilla iba a decirle a Rachel, pero luego supe que tramaba algo y que aquel pequeño respiro no fue más que una buena oportunidad para llevar a cabo algo que parecía tener pendiente.

Ni siquiera nos dijo nada, simplemente nos mostró su teléfono y se alejó unos metros para realizar una llamada y empezar una conversación que parecía desear con bastante interés. Una conversación que lo mantuvo por algunos minutos alejado de nosotros, y que Chad iba a aprovechar para provocarme una nueva avalancha de nervios que me iban a cohibir aún más en lo que quedaba de noche.

—¿Qué diablos ha sido eso?—me preguntó casi sin darme tiempo a asimilar.

—¿Qué diablos ha sido qué?

—¿Cómo que qué? Lo que acaba de suceder—me dijo asegurándose de que Michael ya no nos prestaba atención.

Ah… No, nada, ese… Ese es el profesor que rechazó su proyecto para realizar un máster hace unos años. O eso creo, porque recuerdo que se llamaba…

No estoy hablando de eso—me interrumpió—Me importa muy poco quien es ese tipo.

¿Entonces? ¿A qué te refieres?

¿Qué estaba pasando entre Rachel y tú?

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—¿De qué hablo? Te he mirado varias veces mientras estábamos en la sala de proyecciones y estabas a punto de besarla—inquirió gesticulando con sus manos, y logrando que el aire empezara a escasear en mis pulmones.

—¿Besarla? No digas tonterías, no iba a besarla…

—Quinn…

—¿Qué?

—Oh Dios mío…

—Chad, no tengo ni idea de lo que estás hablando y mucho menos de lo que pretendes con esa cara que me pones… ¿Qué? ¿Qué estás pensando? Yo no iba a besar a Rachel, simplemente me estaba comentando cosas de la proyección, nada más. Es mi amiga.

—Oh Dios mío…

—¿Qué?—insistí perdiendo la paciencia.

—Te gusta Rachel.

—¿Qué? ¡No! ¿De qué hablas?

—¡Oh… Dios… mío! Te gusta Rachel…

—Shhh, ¿Te quieres callar?—le recriminé al notar como dos visitantes nos miraron justo al pasar junto a nosotros.—No me gusta nadie.

—Quinn, ¿Crees que soy estúpido? Llevas todo el día pendiente de ella, haciendo, aceptando cada cosa que dice o hace. Y ahora te veo así, aprovechando la oscuridad de la sala para hacer manitas y… Mírate, casi matas con la mirada a ese profesor.

—¡Que te calles, Chad!

Oh Dios…—Añadió conteniendo la risotada, aunque no así su sonrisa traviesa. Gesto que no hizo otra cosa más que provocarme un dolor de cabeza y una bola en mi estómago de la que yo no sería capaz de deshacerme en toda la noche. O casi.

Obviamente tenía un buen motivo para ello. Porque no es lo mismo intuir lo que empiezas a sentir, a que los demás sean capaces de percibirlo. Y para Chad, por lo visto, no pasó desapercibido en ningún momento del día.

Tal vez reconocer que tenía sentimientos por Rachel a esas alturas no debía ser un trauma ni tendría por qué preocuparme, de hecho, después de todo lo vivido podría considerarse como algo normal. Yo era consciente de que Rachel era mi debilidad, por supuesto. Pero cuando escuchas esa sentencia en los labios de otra persona, y no en tu voz interior, la cosa cambia. Cambia muchísimo, sobre todo en mi persona.

—¿Por qué diablos no me lo has dicho antes?¿Cuánto tiempo llevas enganchada de esa chica?

—Chad…—Insistí, aunque esa vez a modo de súplica tras volver a buscar a Michael con la mirada—¿Podemos hablar de esto en otro momento?

—Desde luego—me respondió ampliando aún más la sonrisa.—Desde luego que hablaremos de esto—añadió haciéndome saber que no me iba a librar de su cuestionario, y que más me valía ser sincera con él.

Como para no serlo. No había un ser humano en el mundo más persuasivo que mi buen amigo, y después de toda una vida siéndolos, era completamente consciente de ello.

Tuve suerte, porque la conversación con él no dio para mucho más. En apenas un par de minutos Michael regresó junto a nosotros, y Rachel también. Aunque su expresión tenía poco o nada que ver con la que mostraba su hermano tras la repentina llamada.

—¿Qué ha pasado?—fue él, Michael, el primero en cuestionar a Rachel al llegar junto a nosotros—¿Qué te ha dicho ese?

—Oh… No, nada, era el profesor Donovan de la UCLA.

—Sí, ya sé quién es porque te he escuchado mencionarlo. Lo que quiero saber es qué te ha dicho, y si no tengo que ir a recordarle que soy tu hermano y…

Hey… Calma—lo interrumpió regalándole una débil sonrisa.—No ha pasado nada, solo me ha reconocido… Se acordaba de mí y quería saludarme.

—¿De veras?

—¿Está todo bien?—le pregunté yo sin poder evitarlo, obligándola a que me mirase directamente a los ojos. Solo de esa manera sabría que no me ocultaba nada, nada malo por supuesto.

—Creedme, está todo bien, todo perfecto—me dijo con rotundidad mientras ampliaba la sonrisa—¿Nos vamos a cenar? Me muero de hambre…

—Yo también estoy hambriento—acotó Chad sin poder evitar mirar de soslayo a Michael, que aprovechó ese momento para informarnos de que un par de amigos suyos se unirían a la cena y probablemente a tomar esas copas que mi fiel amigo insistía en tomar.

Y eso hicimos.

No nos retrasamos más y pusimos rumbo hacia un restaurante de unos amigos de Chad en Montebello, a escasos 500 metros de nuestra casa y donde se unieron otros dos conocidos de Michael. Dos chicos que hicieron las delicias de Chad y revolucionaron aún más sus hormonas, al menos eso pude intuir al ver su sonrisa nada más conocerlos. No así las mías, aunque procuré mostrarme todo lo sociable que podía llegar a ser en una situación como aquella.

No, esa vez no me sentía tensa por estar rodeada de algunos extraños, ni siquiera por comer en un restaurante de comida turca, sabiendo que no era muy aficionada a la diversidad culinaria, precisamente. Mi estado de alerta se produjo por quien había estado ocupando mis pensamientos durante todo el día. Por ella.

No me convenció en absoluto lo que nos había contado acerca de su breve conversación con el profesor Donovan, y no lo hizo porque desde que habló con él, percibí un leve resquicio de nervios en su sonrisa que la delataban. Además de ver como dejaba escapar algún que otro suspiro cada dos o tres minutos, y que rápidamente pude asociar a esa necesidad por templar los nervios y fingir que todo estaba bien, que todo seguía igual.

Por suerte, no me equivoqué en mi intuición, y digo suerte porque lo que escondía Rachel no era otra cosa más que una muy buena noticia, aunque iba a saber de ella hasta varias horas después, concretamente cuando terminamos de cenar y nos dispusimos a visitar el siguiente local al que Chad pretendía llevarnos a cenar.

Fue justo en la puerta del restaurante, mientras los chicos hablaban sobre cómo llegar al bar, cuando supe que yo no estaría en él, y que mi noche de baile y copas como pretendían que fuera, se iba a quedar en algo más íntimo y especial. Muy especial de hecho.

—Quinn… ¿Puedes venir un segundo?—fue Rachel quien me separó del grupo con sutileza, sin que ninguno de ellos se percatase del hecho, aunque tampoco es que tuviesen muy en cuenta mi presencia.

—¿Ocurre algo?

—No… Es solo que, bueno me estaba preguntando qué…¿Qué posibilidad hay de que no vayamos con ellos?

—¿Cómo?

—Verás… Mi hermano lleva toda la semana diciéndome que quería divertirse mucho esta noche, que hacía mucho que no veía a sus amigos y sé que lo que pretenden es ir a alguna discoteca y… Bueno, ya sabes… Buscar chicas. Aunque me temo que Chad sigue creyendo que tiene alguna posibilidad con él. De cualquier forma, no sé si me va a resultar muy agradable estar en una discoteca y ver como mi hermano intenta ligar con chicas. Además, me siento un poco en deuda con él, quiero decir me ha acompañado a las conferencias de ayer, y hoy en el observatorio… No sé, creo que debo darle un poco de espacio para que se divierta solo.

—¿Quieres que nos vayamos nosotras por nuestra cuenta?—le pregunté al ver como poco a poco, los nervios parecían adueñarse de ella.

—Sí, bueno, si quieres ir a bailar o lo que sea podemos hacerlo, pero… No, no pretendo estar mucho tiempo y conociendo a mi hermano, es probable que ni siquiera regrese al hotel. O peor aún, que lo haga acompañado y…

—Por mi perfecto—la interrumpí y las dudas volvieron a marcarse en su rostro— Si quieres que vayamos a cualquier sitio por mi perfecto. Además, estoy segura de que ellos se van a sentir más cómodos sin nosotras.

—Yo, yo también lo creo, pero insisto… No quiero fastidiarte la noche ni…

—Vamos donde te apetezca ir, Rachel. Por mi como si simplemente quieres que caminemos un rato o… Lo que sea. Yo encantada, llevamos todo el día juntas y apenas hemos podido hablar.

—Eso justamente es lo que estaba pensando—musitó sonriendo tímidamente—Con Chad y mi hermano es complicado hablar de nuestras cosas y… Bueno, hay algo importante que quiero decirte, pero prefiero que sea a solas.

—Ok, pues vamos. Le, le diremos a los chicos que nos marchamos. ¿De acuerdo?

Ni siquiera tuvo que darme una respuesta. Rachel simplemente asintió, volvió a sonreírme y se apartó de mí dispuesta a hablar con su hermano, y con el resto, evitándome el tener que explicarle a Chad la nueva situación.

Y lo cierto es que lo hizo a la perfección, porque ninguno se atrevió a refutar sus palabras, o tal vez a ninguno le interesaba por lo que pudiese suceder a lo largo de la noche. Solo Chad se dignó a mirarme y a regalarme unas palabras que no llegarían de su voz, sino por un mensaje que minutos más tarde, cuando Rachel y yo ya nos despedimos de ellos, recibí en mi teléfono; Hoy no duermo en casa, así que diviértete, y que logró que me pusiera nerviosa.

Pero solo un poco, apenas unos segundos. Me bastó perderlos de vista cuando empezamos a recorrer una de las avenidas principales de Montebello sin un objetivo concreto, para recuperar la calma y la seguridad, para sentirme como siempre solía hacerlo cuando estaba con ella a solas. Mi relajante natural, obviamente. No tenía ni idea de lo que estaba por llegar.

—Me gusta ésta ciudad. Me gusta la noche de Los Ángeles. –Me dijo tras varios minutos en silencio.

—A mí también, aunque no suelo salir demasiado.

—No me extraña escucharte decir eso.

—Ya me conoces…

—Sí, te conozco. Supongo que no te apetecía mucho ir a bailar, ¿verdad?

—Pues no, la verdad es que… Quiero decir, habría ido si a ti te hubiese apetecido, pero no es algo por lo que muera. Ya sabes…—Le dije y su sonrisa me transmitió una paz que no esperaba. Y de nuevo esas ganas por abrazarla y ese muro entre las dos, aunque estuviésemos caminando la una junto a la otra. —¿Qué es eso de lo que querías hablarme? ¿Qué te preocupa?—le dije buscando algún tema que hiciera apartar de mi mente la resignación por no tener el valor que antes siempre me había sobrado.

—No, no me preocupa nada, solo… Bueno, quería comentarte lo que me ha sucedido con el profesor Donovan.

—¿Te ha dicho algo malo?

—¿Qué? No, todo lo contrario. Me, me ha preguntado por mi vida, ¿Sabes? Jamás pensé que pudiese recordarme, pero resulta que incluso se acuerda de mi trabajo. Me ha dicho que le gustó muchísimo.

—Ya, por eso no permitió que obtuvieses la beca para hacer el máster aquí…

—Me ha dicho que había otros mejores, más acordes a la astrofísica que el mío, y lo cierto es que tiene razón. Me centré en un tema que poco o nada tiene que ver con eso, así que es lógico que eligiese a otros alumnos.

—¿Lo estás excusando solo porque te ha dicho que tu trabajo era bueno?

—No, por supuesto que no, simplemente soy sensata y realista. Tal vez si hubiese elegido otro tema, habría sido diferente… Pero entonces las cosas no habrían sucedido como lo han hecho, ¿No crees?

—No creo que sea un buen momento para hablar del destino, Rachel. A mí ese tipo me va a caer mal por lo que hizo, y nada va a cambiar eso.

—¿No?

—No.

—¿Ni siquiera si te digo que me ha invitado a visitarlo a su departamento de astrofísica de la UCLA?

—¿Qué?

—Para mostrarme un plan de proyecto que tal vez pueda interesarme—soltó y supuse que mi confusión le resultó divertida, porque la sonrisa que dejó escapar expresaba literalmente eso—¿No es curioso?

—¿Curioso? No, no entiendo muy bien, Rachel. Me pierdo en estos asuntos y no sé…

—Hace seis años le presenté al profesor Donovan un trabajo basado en el descubrimiento de la Señora Bell. Él lo rechazó alegando que no era exactamente lo que esperaba para el máster que iba a impartir. Hoy me acaba de decir que tiene un proyecto que tal vez me pueda interesar, y que le gustaría que fuese a visitarlo y descubrirlo.

—¿Y eso significa que…?

—Significa que me está dando la oportunidad de conocer, de no sé… No decías que querías verme hacer las cosas que me gustaría hacer. Pues bien, eso es una de ellas…

—¿Visitar un departamento de investigación de universidad?

—Quinn, los astrónomos no vivimos solo de mirar las estrellas, también hacemos formulas, llevamos a cabo teorías… Ya sabes, somos científicos.

—Oh… ¿Y te gustaría entrar en ese mundo de los laboratorios y departamentos?

—Todo lo que esté relacionado con mi ciencia, me gusta.

—Entonces, es una oportunidad de oro… ¿No?

—Bueno, dejémoslo simplemente en que es una puerta más que se me abre para conocer a gente y moverme dentro de éste mundo. Y por supuesto, una oportunidad para volver a Los Ángeles.—Matizó regalándome una mirada de reojo que me descompuso. Y no para mal, precisamente. La remota posibilidad de que pudiese instalarse en Los Ángeles era algo en lo que nunca había pensado, pero que habría firmado con los ojos cerrados, vendiendo mi alma al diablo si era necesario. —¿No te resulta curioso?—volvió a insistir— Empiezo a pensar que realmente existen los agujeros de gusano, pero no como nos lo muestran, sino de otra forma, y que nos trasladamos a diferentes dimensiones continuamente, sin siquiera percatarnos de ello.

—¿Por qué dices eso?¿Qué tiene que ver lo que te ha pasado con el profesor Donovan con un agujero de gusano u otra dimensión?

—Hace seis años estaba en ésta misma ciudad, contigo y dejando mi futuro en manos del profesor. Es como un espejismo, como si nos estuviésemos moviendo en círculos. Vivimos un momento, una escena en el pasado, y se vuelve a repetir en el futuro…

—Pero ésta vez tu futuro no depende del profesor…

—No depende, pero puede estar condicionado por él. ¿No crees?—me interrumpió y la confusión no tardó en adueñarse de mí. Porque no sabía si estaba bromeando o realmente me hablaba en serio. Porque no entendía a donde quería llegar, y cuando se trataba de teorías como aquellas, mi intelecto dejaba de funcionar. Definitivamente, mi afición por la astronomía se focalizaba exclusivamente en mirar estrellas y planetas. Todo lo demás lograba hacerme estallar la cabeza, y me confundía demasiado. Lo suficiente como para provocar su sonrisa, probablemente al ver mi cara de escepticismo.

—Tal vez estés destinada a formular alguna teoría nueva sobre dimensiones y universos paralelos. –Le dije en un intento por no perderme en la conversación, y ella sonrió.

—Pues… Podría ser. Quizás esa sea la lección de nuestro encuentro de hoy. Tal vez volvamos a revivir escenas del pasado para tomar el camino correcto.—Concluyó regalándome de nuevo unos minutos de absoluto silencio mientras dejábamos que la noche nos envolviera. Un silencio que en mi mente no era tal, por supuesto. Sus palabras no pasaron desapercibidas para mí, mucho menos después de lo que llevaba soportando durante todo el día. O mejor dicho, durante años.

Una simple referencia al pasado nos situaba a las dos allí, en aquella misma ciudad y con un nexo de unión que no era otro más que el dichoso profesor Donovan. Pero yo no pensé precisamente en ese detalle, sino en lo que vivimos aquella noche mientras el destino cocinaba nuestros futuros. La locura, la maravillosa locura que vivimos en aquella habitación de hotel, y volví a temblar. Volví a sentir el pulso tronando en mi pecho y mi estómago cerrándose por completo. Volví a desear que mi rostro no mostrase gesto alguno que delatase mis ganas, el deseo que sentía por tenerla de aquella manera al menos una noche más, y no arruinar la confianza que había vuelto a posar en mí. Casi 6 meses me había costado que levantase el teléfono para hablarme por sí misma, sin que fuese yo quien la incitara a ello, y lo último que deseaba era que volviese a cerrar las puertas y me pidiese esa distancia que yo ya no quería, ni podía respetar. La quería en mi vida, y no me importaba que fuese de aquella manera, como una amiga más, por eso mismo sabía que me tenía que controlar, que no tenía que caer en las estúpidas trampas que el destino empezaba colocar frente a nosotras.

Ilusa de mí.

—Oye… Por aquí está tu casa, ¿no es cierto?—musitó tras ese silencio que parecía haberla reconfortado. A mí no, desde luego.

—¿Mi casa?

—Sí, bueno la de Chad. Pero vives con él, ¿no?

—Eh… Sí. Sí, claro.

—¿Y… es por aquí?—volvió a insistir, y pude ver como lo hacía mirándome extrañada, probablemente porque mi gesto no era todo lo firme que yo deseaba.

—Sí, sí. Está… Está justo en la paralela.

—Oh, genial. Me gustaría verla. ¿Podemos verla?

Jaque mate.

No sé lo que fue, no puedo ni soy capaz de describir la expresión de su rostro en aquel instante, pero yo sentí que quemaba, que había algo dentro de mí que estaba a punto de estallar y una enorme y sonora alarma gritaba en mi cabeza que tuviese cuidado. O tal vez era culpa de las dichosas sustancias descontrolando todo mi sistema nervioso central. No lo sé, solo sé que incluso me costó respirar, y hablar mucho más.

¿Podemos verla? Fueron sus palabras, y lo último que recuerdo escuchar en plenas facultades psíquicas en aquella noche. Obviamente yo no pude negarme, a pesar de esa alerta que me estaba compungiendo. Todo lo que rondó por mi mente desde aquel preciso instante hasta que nos colamos en el apartamento, no fue otra cosa más que un torrente de preguntas sin respuesta, o respuestas sin preguntas que no hacían otra cosa más que mantenerme al margen de su conversación, nuevamente enlazada con las teorías, las formulas y lo que supuestamente hacía el dichoso profesor Donovan.

No atendí a ninguna de ellas, de hecho, me limité a asentir como si realmente lo estuviese haciendo y procuré que ella no se percatase de mi falta de educación por actuar así. Aunque me temo que no fui lo suficiente buena actriz como para convencerla de ello. Nunca lo fui, y ella era experta en leer mis expresiones, pero su puse que lo que tenía ante sus ojos era más entretenido que sacar conclusiones sobre mis pensamientos. Y me lo demostró nada más colarnos en el interior del apartamento.

—Guau… Es precioso—musitó sin dejar de mirar a su alrededor, siendo testigo directo del buen gusto decorativo de Chad—Me encanta.

—Eh… Bueno, lo ha decorado Chad.

—Lo he supuesto… No, no me malinterpretes, no es que esté diciendo que tengas mal gusto para decorar, pero es muy diferente a tu estilo.

—¿A mi estilo?

—Sí, eres más clásica y Chad tiende a ser bastante minimalista, por lo que veo. –Sonrió divertida—Tampoco es mi estilo, pero me gusta. Es acogedora…

—Lo es—balbuceé segundos antes de provocar un intenso silencio en el que simplemente la miré, mientras ella lo hacía a su alrededor.—¿Quieres…? ¿Quieres tomar algo?

—Claro—me dijo tan rápido que llegué a creer que estaba esperando la invitación.—Agua, por favor—añadió buscándome con la mirada y dibujando una tímida sonrisa mientras se deshacía del bolso—Me gustaría llegar al hotel en plenas facultades…

—Ok.

—Aunque… Tal vez llegar bien no sea lo más sensato—matizó justo cuando yo ya me disponía a colarme en la cocina y le daba la espalda.

—¿Por qué dices eso?

—Porque si me tengo que encontrar alguna escena no apta para menores de mí hermano, prefiero no recordarlo al día siguiente.

—Te puedes quedar a dormir aquí—solté y ni siquiera sé cómo me salió la voz, porque no me detuve a pensar un solo instante en ello. Pero me salió y dije lo que tenía que decir en una situación como aquella siendo su amiga. Aunque lógicamente no fue lo más sensato por mi situación emocional. Y lo supe cuando pude ver su cara al regresar al salón. Juro que incluso estuve a punto de dejar caer los dos vasos junto a la jarra de agua que iba a ser nuestra bebida oficial de la noche.

Dos malditos vasos de agua que sostuve como pude tras quedarme paralizada allí, bajo el umbral de la puerta que separaba la cocina del salón principal, mirándola mientras ella hacía exactamente lo mismo hacia mí.

—Me encantaría…