Wedding and Paris Honeymoon

Una semana y media después de la tan inesperada petición de casamiento, el día de la ceremonia había finalmente llegado. Hacía frío y los árboles y arbustos comenzaban a verse cubiertos de flores que anunciaban la llegada de la estación favorita de una de las novias del día, de Emma. Al despertarse esa mañana, Swan echó de menos a Regina a su lado en la cama, pero las dos habían llegado al acuerdo de no verse hasta el momento de la firma, así que siendo así, Regina, la noche anterior, se había ido a hospedar a un hotel cercano al juzgado donde se celebraría la boda.

La rubia se despertó lentamente sintiendo la luz del sol entrando por las rendijas de la cortina mal cerradas la noche pasada, y también con los ladridos de Lola-que no había ido al hotel con Regina. Ella se sentó en la cama y se pasó la mano por el cabello corto antes de mirar por la ventana de su cuarto, y ver que la preparación para la "pequeña reunión" ya estaba siendo puesta en marcha. La pareja había quedado en hacer la fiesta en el jardín de la casa de Emma, ya que era un espacio lo suficientemente grande para acoger solo a los amigos más cercanos.

Sarah, con sus gafas de vista, aún estaba en pijama y agarraba una carpeta en sus manos mientras observaba atentamente lo que hacía cada persona. Sí, sería algo sencillo, pero Sarah Swan era algo exagerada.

Emma sonrió al ver los arreglos de girasoles y rosas rojas sobre las mesas, y en una de estas había un pequeño pastel blanco de dos pisos y algunos dulces alrededor.

Sarah miró hacia arriba y vio a su hija por la ventana, y enseguida brotó en sus labios una amplia sonrisa, soltando todo lo que tenía en las manos para subir al cuarto de Emma.

―Buenos días, mi amor―dijo ella suavemente al entrar en el cuarto de la hija ―He cogido hora con un esteticista y peluquero. Vendrá a prepararte antes de salir hacia el juzgado.

―Ah, mamá…No era necesario―Sonrió tímidamente y golpeó la cama, para que la madre se sentara a su lado. De repente, una triste expresión se dibujó en su rostro, preocupando a su madre.

―¿Qué cara es esa? Deberías estar feliz―dijo Sarah.

―Lo estoy―Respondió Emma clavando sus ojos en los de su madre. ―Es solo que…No sé. Es genial estar rodeada de la familia y de los amigos y teneros a todos cerca para mimarme y, ¿sabes? Regina no los tiene. Su familia y amigos están muy lejos. Les contó lo de la boda a Fiona, Bella, Kitty y Zelena, pero joder, no es tan fácil cruzar medio mundo solo para asistir a una boda. Creo que las únicas personas que ella tendrá aquí son aquellas chicas a las que conoció en España, Anna y Mérida.

Sarah se mordió los labios, nerviosa, y encaró a la hija con ansiedad en los ojos durante todo el rato en que ella se estuvo desahogando. A Emma, obviamente, aquello le extrañó, pero enseguida llegó a la conclusión de que podría ser nervios de madre sobre la "fiesta" que tendría lugar más tarde.

―Estoy segura de que Regina estará bien―fue todo lo que dijo antes de cambiar de tema ―Bueno, ya sabes qué ropa te vas a poner, ¿eh?

Sarah caminó hasta el armario de Emma, sacando un traje chaqueta blanco y ceñido que Emma usaría aquel día.

―Sí

―Genial. Te subo un café y vuelvo abajo. Ya vengo.

Sarah salió del cuarto y dejó a Emma ansiosa y feliz para que descansara.


En el cuarto del hotel, a pocos kilómetros de dónde todo sucedería, Regina tomaba una taza de café intentando dejar de lado los pensamientos que tenía a mil. La morena caminaba de un lado a otro, intentando controlar sus pensamientos negativos, su premonición de que algo saldría mal. A fin de cuenta, a Regina le gustaba ser pesimista. Decía que el pesimismo tenía sus ventajas, y de hecho las tenía. El pensamiento negativo puede sorprenderte cuando aquello que tanto deseas finalmente sucede. Bueno, eso era lo que ella pensaba.

Desde su cama, ella miraba con ansiedad el vestido que usaría ese día. No era exagerado. El vestido era blanco, con una capa de encaje blanco, llegaba hasta los rodillas, ceñido y sin mangas.

Estaba dividida entre la felicidad que sentía por estar a punto de casarse con la mujer que amaba, pero también se sentía triste por no tener a su familia presente.

Su corazón se encogía al recordar todos los intentos fallidos de mantener una conversación con Fiona en las últimas horas. Parecía que su hermana estaba evitándola.

Para apartar los pensamientos que la estaban entristeciendo, Regina se levantó y fue derecha a darse un baño caliente y largo en la bañera. No podía dejar que nada estropease su mejor día.


Horas después de haber pasado el resto de la mañana viendo la tele y leyendo, la morena decidió comenzar a arreglarse para la gran hora. Se dejó los cabellos sueltos y hacia atrás y un maquillaje ligero. Se puso el vestido y los zapatos de color beige, permitiéndose admirarse en el espejo por largos segundos.

A algunos kilómetros del hotel, Emma ya entraba en su escarabajo para ir al juzgado. En el asiento del copiloto, a su lado, estaba su madre, y en el asiento de atrás, los dos pequeños y Ruby, que también asistiría a la ceremonia. Archie se quedaría en casa de las Swan para recibir a los invitados que irían llegando mientras ellas estuvieran en el juzgado.

Cuando Regina estacionó el coche frente al juzgado, sonrió y sintió que su corazón se aceleraba al ver el escarabajo de Emma ya estacionado allí. Sonriendo, pasó la mano por el pequeño ramo de rosas que había comprado de camino, y bajó del coche. Su corazón estaba acelerado y no podía esconder la gran sonrisa en los labios.

El ruido de sus tacones resonaba alto mientras caminaba hasta la capilla donde tendría lugar la ceremonia. Cuando finalmente llegó, sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Parada en aquella puerta, admiró a su casi esposa de pie junto al altar, agarrando un pequeño ramo de girasoles.

Emma también sonrió con sus ojos llorosos y Regina, emocionada, se acercó.

Todos los invitados se levantaron y sonrieron a la pareja de mujeres.

―Estás hermosa―susurró Emma a la morena

―Tú más―Respondió con una sonrisa en el rostro y enseguida comenzó la ceremonia.

La ceremonia no fue larga, pero sí emocionante. Lágrimas de felicidad resbalaron por las mejillas de las dos durante todo el rato. A la hora del intercambio de alianzas, los gemelos fueron los encargados de llevar hasta el altar los dos finos y dorados anillos. Riendo, Regina cogió uno, y se lo puso en el dedo anular izquierdo a Emma, mirándola a los ojos. La rubia sonrió y miró de reojo a su madre, que tenía una sonrisa serena en el rostro mientras su amiga lloraba de emoción. Emma cogió el anillo que quedaba en la almohada y se lo colocó en el dedo a Regina, y habría jurado que había visto saltar en aquel momento una chispa de sus manos.

Las dos se miraron durante largos segundos con sus bocas, ojos y almas sonriendo, la una hacia la otra.

―Entonces…Estáis oficialmente casadas. ¡Podéis besaros!―el oficiante dijo con una sonrisa simpática y todos reían y sonreían.

Las dos se miraron una vez más y sonreían la una a la otra. Ambos corazones estaban acelerados, pero extremadamente felices por el hecho de que ese momento finalmente hubiera llegado.

Emma rodeó el cuello de la morena, que a su vez la agarró por la cintura. Pegaron sus frentes y respiraron hondo durante algunos segundos con los ojos cerrados, permitiéndose sentir todo aquel amor que las rodeaba en aquel momento. Los labios se tocaron con suavidad y comenzaron un beso rápido y apasionado que no se alargó mucho. Apartaron unos pocos centímetros sus rostros y se miraron intensamente, sus ojos brillando como nunca.

Sarah, Ruby y los gemelos comenzaron a aplaudir y la pareja de mujeres se viraron para mirarlos, y todos lloraban de emoción.

―Lo conseguimos―dijo Regina a Emma al volver a mirarla

―Siempre supe que lo conseguiríamos―respondió la rubia al mismo tiempo que sintió sus ojos inundarse de nuevo de lágrimas.

―¡Felicidades a la pareja!―dijo el oficiante tocando a ambas en el hombro ―Ahora, si me permiten, tengo más bodas que celebrar―sonrió simpático y descendió del altar ―Disfruten la vida de casadas.

―Gracias―Respondieron a la vez pocos segundos antes de quedarse a solas con la familia de Emma.

Todos se dieron abrazos y se dijeron palabras cariñosas, hasta que Sarah, extrañamente nerviosa, convenció a todos de dejar el sitio e ir a casa donde tendría lugar la pequeña reunión. Ruby se ofreció a conducir el escarabajo de Emma en el viaje de vuelta a la casa para que ella pudiera acompañar a Regina en su coche.

Durante todo el trayecto hasta la casa de Emma, Regina estuvo en una constante lucha entre agarrar la mano de Emma o dejar las dos sobre el volante, e incluso tuvo que enfocar toda su concentración en la carretera, y no en su esposa a su lado. Emma, diferente a la morena, no consiguió evitar por un segundo dejar de admirar a la mujer que tenía a su lado. Se esmeró en memorizar con la mirada cada uno de sus rasgos más señalados, aunque ya lo hubiera hecho mil veces antes. Admirar a Regina es algo de lo que Swan jamás se cansaría.

Los dos coches estacionaron frente a la pequeña construcción azul claro al mismo tiempo. Desde el porche, Lola comenzó a ladrar y saltar al ver a Regina, que corrió en su dirección agachándose para recibir y dar cariño.

Acompañadas por Ruby, Sarah y los gemelos, la pareja se dirigió al jardín, donde todo ya estaba perfectamente preparado y donde algunos invitados paseaban de un lado a otro mientras Archie los recibía. La música movida sonaba y algunas personas incluso bailaban. El día estaba bonito y parecía que se había puesto así adrede para aquel momento.

Ellas pasaron saludando a los invitados con sonrisas sinceras y ligeros movimientos de cabeza sin soltarse las manos.

―Con permiso…Creo que falta que nos saludéis a nosotras―una voz familiar salió de la nada desde detrás de Emma y Regina.

Las dos mujeres se giraron al mismo tiempo y enseguida un grito estridente salió de la garganta de Regina y los ojos de Emma se desorbitaron.

El resto de las Mills estaba allí.

―¡FIONA!―Regina gritó tirándose a los brazos de la hermana. Echaba de menos tanto a su familia, a fin de cuentas, no la veía desde el día que se había mudado a España.

Aún sin reacción, Emma corrió a abrazar a Katherine y a Bella mientras su esposa abrazaba a la hermana. La rubia rodeó a las Mills de una sola vez en sus brazos, acabando con la añoranza que sentía de la familia.

Cuando Regina se soltó de los brazos de Fiona, avanzó hacia sus sobrinas, llenándolas de besos. La morena temblaba y lloraba de nervios y felicidad por estar pasando aquello.

―¿Qué está pasando? ¿Cómo habéis…?―Regina preguntaba, pero no consiguió siquiera finalizar la pregunta. La felicidad invadía todo, incluso sus palabras.

Sarah se acercó a las mujeres, rodeando la cintura de Emma y apoyando una mano en el hombro de Regina.

―Contacté con Fiona al día siguiente de que marcaseis la fecha de la boda. Toda tu familia estuvo de acuerdo en que por nada del mundo podía perderse este día tan especial para las dos. Y yo sabía que esto te haría feliz, así que…―sonrió a su nuera ―Hablé con ella y te hicimos creer que no podrían venir. Ni a Emma se lo conté.

―Realmente estoy sorprendida―dijo Swan abrazando a Kitty desde atrás.

―Todas estamos aquí para celebrar con vosotras―dijo Bella por fin y Regina sonrió, pero sintió que su corazón se encogía.

―¿Todas?―la morena preguntó con una sonrisa guasona y la ceja arqueada.

Una mano fría y suave tocó su hombro, reconocía bien aquel toque. Regina contrajo el rostro y se puso rígida.

―Sí, todas―la voz ronca y temblorosa sonó tras ella, y la morena sintió por millonésima vez en aquel día cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

Se giró y se deparó con la última persona que esperaba ver allí: su madre, y a su lado, una figura de cabellos pelirrojos brillantes y ojos azules como el cielo.

―¡Zelena! Mamá…―sonrió confusa y abrazó a Cora.

―No me perdería esto por nada, mi amor―dijo Cora en su oído en mitad del abrazo ―Estoy muy feliz por las dos―dijo ella soltándose de Regina y agarrando la mano de su hija y también la de Emma.

La mujer se soltó de su madre y fue a abrazar a su amiga, que la apretó con fuerza mientras acariciaba sus cabellos.

―¡Prácticamente estuve el día de vuestro primer beso!―dijo la pelirroja emocionada―Nunca me perdería esta boda―sonrió sincera y abrazó a Emma ―Os merecéis toda la felicidad del mundo.

―La tendremos―dijo Regina enjugándose las lágrimas que resbalaban por su rostro.

―Estoy segura de que sí―dijo Sarah sonriendo a todas las mujeres allí presentes.

Tras algunos minutos de conversación y más llanto, se concentraron en disfrutar de la fiesta que estaba teniendo lugar y en comer lo que no estaba escrito. Regina daba vueltas por el lugar con copas y más copas de vino en su mano, y Emma, de lejos mientras conversaba con algunos de sus familiares, veía cómo ella ya estaba fuera de sí, pero le gustaba. La morena se reía escandalosamente y bailaba con personas que ni siquiera conocía.

Cuando el sol ya estaba a punto de ponerse, Ruby anunció al micrófono que era la hora del baile de las novias-baile sobre el que ninguna de las dos tenía conocimiento.

Riendo, las dos entrelazaron las manos y se encaminaron al centro del jardín, donde estaban rodeadas por todos los invitados. Regina rodeó el cuello de Emma, quien a su vez pasó sus brazos por la cintura de Regina y las dos comenzaron a moverse con la canción Tenerife Sea, que estaba comenzando a sonar.

―Estás radiante―dijo Regina con voz arrasada sonriéndole a Emma.

―Y tú, borracha en nuestra fiesta de boda―Emma rió y pegó más sus cuerpos.

Las dos conversaban bajito de tal manera que solo ellas escucharan.

―Quizás lo esté un poquito, pero soy consciente de lo que hablo. Estás hermosa.

You look so beautiful in this light

Your silhouette over me

The way it brings out the blue in your eyes

Is the Tenerife Sea

Emma solo sonrió y depositó un beso en los labios de la morena, que soltó un suspiro apasionado.

Todos las miraban con amor en sus miradas. Mary Margaret, junto a su marido, estaba emocionada y no dejaba de grabar todo con su móvil. Las Mills, por su parte, parecía que estuvieran viendo lo más bonito del mundo. Ruby, Zelena y los Swan sonreían y discretamente bailaban junto con ellas, al igual que otros invitados. Incluso Anna y Mérida, invitadas por Regina, que ni conocían a Emma, estaban emocionadas ante el baile y el mutuo amor que las dos se profesaban en aquel momento.

En cierto momento, Regina fijó su mirada en los gemelos que bailaban juntos y reían sin parar. La morena no pudo evitar una débil sonrisa dirigida hacia los dos pequeños, atrayendo la mirada de Emma hacia ellos.

―¿Qué ocurre?―preguntó la rubia

―Cuando perdí la adopción de aquel bebé, durante años intenté esconder el deseo que tenía de intentarlo de nuevo. Y ahora, contigo, creo que ya no quiero esconder ese deseo. Para ser sincera, solo ha crecido más.

―¿Quieres adoptar un niño conmigo?―la visión de Emma se empañó y no tardó en darse cuenta de que de sus ojos estaban brotando lágrimas.

―Quiero construir una familia contigo, Emma

And all of the voices surrounding us here

They just fade out as you take a breath

Just say the Word and I will disappear

Into the wilderness

―¿Esto no es efecto del alcohol, verdad?―preguntó Emma sonriendo mientras intentaba contener las lágrimas

―Creo que nunca he estado más sobria en mi vida―sonrió y giró a Emma agarrándola por la mano

―Entonces, muy bien. Podemos hacerlo.

―Claro que podemos

Continuaron bailando como si, de repente, todo el mundo hubiera desaparecido. Se encontraban en un mundo solo de ellas, donde los oscuros e intensos castaños se perdían en las brillantes esmeraldas como estrellas, y viceversa. Era un momento único y especial que ambas atesorarían para siempre. Durante todo el baile fue imposible no recordar todos los altibajos por los que había pasado su relación, y cómo los momentos malos habían servido para fortalecerlas para poder estar donde estaban ahora: juntas, casadas y felices.

Al final de la canción, terminaron el baile con un intenso beso que atrajo los aplausos y gritos de todos los invitados que las rodeaban. Ellas se apartaron poco a poco, aún con amplias sonrisas y ojos brillantes.

―Ok…―Ruby tomó la palabra de nuevo y comenzó a hablar. Estaba emocionada y se enjugaba las lágrimas que corrían por sus mejillas. Las miradas de todos se centraron en ella ―Creo que es la hora de cortar el pastel y escuchar algunas palabritas de Emma y de Regina.

La pareja asintió mientras los invitados silbaban y gritaban concordando. Ellas se encaminaron, dadas de la mano, hacia la mesa donde estaba la tarta y Ruby les pasó a cada una un micrófono. Ambos corazones estaban latiendo a mil, haciendo que la adrenalina y la felicidad corrieran por sus venas a gran velocidad.

―Bien…―Regina tomó la palabra cuando notó que Emma estaba muy nerviosa ―Tengo que confesar que todo esto es muy…muy nuevo para mí. Nunca fui una persona que sintiera de verdad las cosas o alguien que demostrara sus sentimientos. Quiero decir, imaginad a una mujer seria, fría, siempre con apariencia malhumorada que conseguía apartar a las personas. Bien, era yo. Y no, no me enorgullezco de haber sido así. Creo que según te van pasando cosas malas en tu vida, vas dejando de estar…seguro de ti mismo. Acabas usando toda la frialdad como un escudo para protegerte de quien sea o te herirás de nuevo, y yo hice eso. Cuando conocía a Emma…―Regina miró de reojo a la esposa y apretó más fuerte su mano, haciéndola sonreír ―Yo supe que ella era ese alguien que derrumbaría todos los muros que había construido a mi alrededor y que volvería a traerme toda aquella seguridad para poder ser feliz de nuevo―Hizo una pausa y pasó sus ojos húmedos por todos los invitados, contemplando cada una de sus expresiones, hasta de nuevo posarse en Emma, quien lloraba ―Y ella lo hizo. Y lo hace cada día un poco más. Y ahora que he cambiado y sé mostrar mis sentimientos y hablar de ellos, te puedo decir, con todo mi corazón, que, de la manera más intensa y verdadera, te amo―dijo mirando fijamente a Emma, que con una mano agarraba la de Regina, y con la que tenía libre se secaba las lágrimas de las mejillas mientras se abanicaba.

Gritos y más gritos se hicieron presente en el lugar. Sarah estaba abrazada a Archie, admirando aquel momento con brillo en su mirada. Las Mills, todas en un abrazo conjunto, mientras Kitty grababa todo en su móvil. Zelena, Ruby y los gemelos agachados en el suelo mientras intentaban contener los altísimos gritos de felicidad que intentaba salir de sus gargantas. Mary aplaudía frenéticamente.

Cuando Swan se calmó, se llevó el micrófono a la boca y respiró hondo por algunos segundos, provocando la risa en algunas personas. Las luces amarillentas de las farolas del jardín le daban en sus ojos, revelando los brillantes que estaban.

―Yo siempre fui diferente a ella―comenzó revirando los ojos, y provocando la risa ronca de Regina, que se contagió a otras personas ―Siempre me permití sentir. Sentirlo todo. Lo más gracioso es que poco antes de ir a Londres me había prometido a mí misma que me centraría en mí y no quería relacionarme con nadie por diversos motivos…personales. Viaje para allá determinada a estudiar y nada más. Pero entonces la vi―dijo bromista haciendo una mueca ―y supe que tendría que dividir mi esfuerzo entre ella y los estudios. Bien, sus maneras rabiosas y frías me dieron ganas de ir más al fondo para descubrir lo que realmente pasaba dentro de su corazón. Siempre supe que eran armas para protegerse de los males del mundo y de las personas. No voy a mentir, ya he estado con varias personas. Ya les he dicho que eran el amor de mi vida, que las amaba y amaría para siempre, pero hoy miró hacia atrás y…quizás me arrepienta. Me arrepiento porque siempre supe que nada de aquello era verdad, que lo sabría cuando pusiera mis ojos en aquella persona que haría sentir que realmente sería mía para el resto de la vida. Podría haber guardado esas palabras para ese alguien ideal. Cuando nos dimos nuestro primer beso en una pequeña sala de piano, tuve, nada más y nada menos, que la confirmación de que tú eras y siempre serás mi alguien. Ese alguien que es el amor de mi vida, a quien amo y amaré por siempre. Las dos hemos tenido que derrumbar muchos muros para estar hoy aquí, con estas alianzas en el anular izquierdo…―sonrieron―Pero quizás, si no hubieran existido todos esos muros, obstáculos, nada de esto habría sucedido. A veces el mal nos fortalece y nos enseña que no podemos desistir de lo que realmente queremos, como yo nunca desistí de Regina ni ella de mí. Así es.

Las dos se abrazaron y los invitados gritaron y gritaron. Incluso buena parte de la familia Swan, que apenas conocía la historia de ese amor una vez prohibido, aplaudía y se emocionaba con tales palabras.

Cortaron la tarta y posaron para algunas fotos, solas y con algunos familiares de Emma. Nunca la sonrisa en sus rostros había estado tan amplia e iluminada como en ese día.

En cierto momento, durante las fotos, se colocaron, frente a la mesa de la tarta, toda la familia y personas importantes en aquella historia de amor. En el centro, Emma y Regina abrazadas. A sus pies, Ruby sentada en el suelo entre los gemelos que sonreían de oreja a oreja. Al lado de Emma, respectivamente Sarah, Archie y Mary. Al lado de Regina, estaban, respectivamente Cora, Fiona, Bella, Katherine y Zelena. Y claro, Lola también estaba en la foto, al lado de los gemelos. La fotografía quedo bonita y plagada de sinceras sonrisas.

Allí, en medio de toda aquella gente, sentían sus corazones saliéndoseles del pecho. Estaban juntas y en familia. Un momento que ambas habían deseado durante tanto tiempo estaba finalmente realizándose.

Dos días después

Emma y Regina estaban en la sala de la casa de la rubia finalizando la compra de los pasajes de la luna de miel. No habían tenido tiempo suficiente para comprarlos antes, dado que todo había ido muy rápido y había tenido lugar en poco tiempo. Swan decidió juntar el dinero que estaba ganando por la publicación y venta de su libro al de Regina y compraron un excelente paquete con pasaje y hospedaje en París.

Zelena, Fiona, Katherine y Bella también estaban en casa de Emma aquel día. Al igual que Mary Margaret, las Mills y Zelena habían decidido pasar algunos días en Canadá para disfrutar de la amiga y hermana antes de tener que volver a casa. Cora ya había regresado, pero con la promesa de que volvería para visitarlas siempre que pudiera.

―Tenemos que buscarnos algo para nosotras. No podemos vivir en casa de tu madre para siempre―dijo Regina, haciendo reír a todas. Ya habían finalizado la compra de los billetes. En tres días saldrían de viaje.

―A mí no me importaría tener a mi hija a mi lado para siempre―dijo Sarah agarrando la mano de Archie y mirando ansiosamente hacia él ―Pero entiendo que necesitéis vuestra privacidad. Quiero decir, cuando me casé, no tuve que pensarlo dos veces para salir de casa. Así que, Archie tiene una sorpresa para vosotras.

Regina, Emma y todos los presentes miraron al hombre pelirrojo que tenían una sonrisita en los labios.

―Tenéis que haberos dado cuenta de que no os di mi regalo el día de la fiesta, ¿no?―asintieron―Bueno, y también sabéis que soy agente inmobiliario.

―¡Archie, al grano!―pidió Emma, ansiosa, con una sonrisa en el rostro

El hombre sacó del bolsillo de su chaleco una llave plateada y la puso frente al rostro de las dos.

―Espero que seáis felices, vecinas―dijo él poniendo la llave en la mano de Emma, quien tenía los ojos desorbitados.

Regina, con la boca abierta, miró pasmada al hombre.

―¿Nos estás regalando una casa?

―¿Dónde vais a meter todos los electrodomésticos que os han regalado?―él replicó sonriendo.

―¡Archie, Dios mío!―Emma dijo abrazando fuertemente al hombre ―¡Gracias! ¡Dios mío!

―No es una casa muy grande. Ya sabes, es la casa de enfrente―rió―Solo una planta, dos cuartos, uno de ellos en suite, un cuarto de baño, sala y cocina de concepto abierto, pero con un jardín grande para acomodar a Lola y quién sabe, a algunos niños que vengan.

―Es perfecta―dijo Regina abrazando al hombre ―Gracias, Archie.

―No tenéis que agradecer nada. Queremos que seáis felices, así como yo lo soy con tu madre―abrazó a Sarah de lado y le dejó un beso en la cabeza.

Regina y Emma se dieron un rápido abrazo y un piquito, y pudieran escuchar claramente a Bella y Katherine diciendo un "ohhh" bajito.

―Llegaremos de la luna de miel y ya tendremos que recoger todo―rió nerviosa Emma.

―Ah, no os preocupéis por eso―dijo Zelena―Mientras estéis de viaje, nosotros podemos prepararlo todo. Quedará perfecto.

―¡Sí!―exclamó Fiona―Es una pena que para cuando estéis de vuelta, ya no estemos aquí. Regresamos a Inglaterra en cuatro días.

―Pero eso no es un problema. Os visitaremos siempre que sea posible―dijo Bella

―Y nosotras a vosotras―sonrió Emma.

Pasaron el resto de la tarde en familia paseando por las calles de la ciudad escogiendo muebles nuevos para la nueva casa. Por más sincreíble que pudiera parecer, con cada color de mueble que escogían juntas, de manos dadas, se sentían aún más unidas.

Como era esperado, Emma tuvo que pararse varias veces al ser reconocida por su libro. Posó para algunas fotos y dio algunos autógrafos. Y obviamente no dejó de presentar a Regina a cada uno de los fans que la paraban, confesando que ella era la mujer que la había inspirado para escribir el libro, provocando que la morena en diversas veces se sonrojase.

Sea cual sea la materia en que están hechas las almas, la de Emma y la de Regina eran iguales. Ahora, Emma tenía la certeza de que nunca había amado de verdad a nadie en su vida. El sitio del ser amado era un sitio que ocupaba exclusivamente Regina. Nadie jamás podría amar más de una vez en la vida.

Dos semanas después

―Desde que hemos llegado, solo comes eso―sentadas a orillas del río Sena, Emma comentó con su esposa lo de la Quiche Lorraine, un plato tradicional de la región de Alsacia. Es una masa con un relleno de bacón, nata, mantequilla y nuez moscada.

―No fue esto lo que comí en la cama las pasadas noches―dijo Regina de morros dando un mordisco a la comida. Habían acabado de salir de un elegante restaurante francés y Regina se empeñó en pedir varios trozos de la Quiche para el camino.

Emma reviró los ojos y rió.

―Tonta.

Las dos ya estaban en París desde hacía dos semanas y habían conocido varios sitios turísticos y degustado todo tipo de comida. A Emma le encantaba escuchar a Regina hablando en francés con su voz ronca y tan deliciosa. Hacía frío y eso las obligaba a llevar gruesos abrigos para salir a la calle.

―¿Vamos hoy a visitar la Torre Eiffel?―preguntó Emma robándole un poco de comida a Regina, que protestó.

―Puede ser. Parece que hoy hará una noche bonita y perfecta para ver la Torre Eiffel―Habían dejado lo mejor-la Torre Eiffel-para el final.

―¿Y después de la Torre Eiffel?―Emma sonrió maliciosamente y Regina se humedeció los labios.

―Pues, no sé, podríamos comer un cassoulet…

―Solo piensas en comida―Emma rió y fingió poner una cara seria.

Regina soltó la bolsa con la comida y se acercó a su esposa. Pasó ligeramente la nariz por su cuello y lóbulo, que mordió para después dejarle un beso.

―Después de la Torre Eiffel, lo único que querré será a ti completamente desnuda y a cuatro patas en la cama―le susurró al oído y pudo ver cómo se estremecía y se erizaba por entero.

―Querría poder hacerlo ahora mismo―refunfuñó Emma intentando que su vello erizado volviera a la normalidad.

―No sería algo fuera de lo común. Estamos en Francia. Si miras bien hacia cualquier esquina, encontrarás a una pareja haciendo el amor―Rió y fijó su mirada en la de Swan―Pero deja eso para cuando estemos a solas, y no te quedes desnuda aquí. Este sitio ya tiene demasiados monumentos hermosos por la calle. Nadie necesita uno más.

―¡Ok, ok!―dijo Emma riendo llenando de besos el rostro de la morena.


París, la ciudad del amor y de la luz. París responde a todo lo que un corazón desea. París siempre es una buena idea. La gran torre de hierro, considerada el monumento más visitado del mundo entero, provocaba que los ojos de Emma y Regina brillaran tanto como las luces doradas que había en el monumento. El aire frío hacía que Regina abrazase a Emma en un intento fallido de hacer que entrara en calor, dado que la tela de su chaqueta no era tan gruesa para resistir aquella temperatura. Dadas de la mano, las mujeres comenzaron a subir las infinitas escaleras de la torre. No había mucha gente ese día.

―Ok, quizás no debí haber venido con tacones―Regina se quejó al llegar a poco más de la mitad del recorrido.

―Te dije que te pusieras unos tenis míos, pero eres testaruda. Cuando volvamos a casa, vamos a comprarte unos tenis. ¡No tienes ningunos! El único calzado sin tacón que tienes son algunos botas.

―Mientras no sean iguales a los tuyos, está bien―respondió señalando las vans amarillas y gastadas de Emma.

―Idiota―Emma rió y le dio un suave codazo a la esposa.

Después de varias pausas para que Regina respirara y se masajeara los pies-cosa que nunca perdía la gracia para Emma-las dos llegaron al último piso de la torre, desde el que pudieron observar toda París iluminada y bellísima. Poco más de cinco personas aparte de Emma y Regina estaban ahí. A pesar de ser todas muy diferentes, el brillo y la felicidad estampadas en los rostros era exactamente igual, pero ciertamente algo más en la expresión de satisfacción de la pareja delataba lo felices que estaban por estar juntas en aquel lugar.

―Es tan hermoso―dijo Emma con la boca abierta

―Sí, lo es―Regina se acercó y apoyó su cabeza en el hombro de la rubia ―No tanto como tú

Emma sintió cómo sus mejillas se sonrojaban y su corazón se henchía. Se giró hacia la morena y pegó su frente a la de ella, rozando sus narices.

―Te amo tanto―susurró junto a la boca de Regina

―Yo también te amo. Te amo mucho

Sellaron el pequeño espacio con un beso intenso y largo que poco a poco fue ganando intensidad. Sabían que estaban en un lugar público y que, basándose en sus propios límites, no deberían avanzar más en el beso, pero las lamidas de la lengua helada y suave de Regina en sus labios estaban sacando de sus cabales a Swan.

―Tenemos que ir al hotel―jadeante, dijo Emma a la morena, que solo sonrió acercándose de nuevo a su rostro.

―¿Por qué, Swan?―preguntó, arqueando una ceja y entreabriendo la boca.

―Porque te necesito ahora. Tenemos que aprovechar nuestra última noche de luna de miel…―dijo Emma distribuyendo besos por el mentón de Regina que sentía cómo su centro comenzaba a palpitar ―Nos marcharemos mañana por la tarde.

Regina, con sus ojos oscuros por el deseo, clavó su mirada en la de Emma, que ya estaba implorando por ella. La morena llevó la mano a uno de sus pies y se quitó un zapato, después el otro. Emma la miró confusa y frunció el ceño.

―Sin los zapatos llegaremos abajo mucho más rápido, y así estaremos en el hotel como máximo en cuarenta y cinco minutos.

―Una eternidad para mí. Te quiero ya.

―Entonces, creo que es mejor que comencemos a bajar―Regina agarró la mano de la esposa y la empujó hacia las escaleras, que comenzaron a bajar corriendo y riendo sin parar.

Cuando llegaron al final de la torre, aunque sin aliento, Regina continuó corriendo y empujando a Emma para que la siguiera, pero en una de estas, trabó los pies y la morena cayó llevándose a Swan en la caída con ella. Las dos acabaron en el suelo, una encima de la otra, y se rieron aún más por lo sucedido. Regina, que había caído sobre Emma, se anidó a la curva de su cuello para recuperar el aliento.

―¡Estás loca!―gritó Emma mientras se secaba las lágrimas que eran resultado de las carcajadas ―¡Si no fuera por la suave hierba, nos habríamos hecho daño de verdad!

―Ah, ha sido divertido―dijo Regina besando el rostro de Emma y mirándola fijamente durante unos segundos. Algunas personas que pasaban las miraban con extrañeza, pero no sabían definir si era por ser una pareja de mujeres o porque estaban tiradas en el suelo, una encima de la otra. Apostaban más por la segunda opción ―Ahora…―Regina una vez más lamió los labios de la rubia como provocación ―Vamos al coche porque estoy loca por cada centímetro de tu cuerpo.

―¿Vas a conducir así? Cuidado, señorita Mills…―susurró―Conducir excitada puede ser igual de peligroso que hacerlo borracha.

Regina sonrió y se humedeció el labio inferior.

―¿Y quién dice que yo voy a conducir?

―¿Qué? ¿Insinúas que yo tengo que conducir hasta el hotel?―Emma arqueó una ceja

Regina se levantó y le tendió la mano a Emma para ayudarla a hacer lo mismo.

―No, querida. Estoy insinuando que hoy nuestro polvo será en el coche.


En pocos minutos las dos mujeres ya estaban en el asiento de atrás del coche dándose besos desesperados y con las manos por todo el cuerpo. El coche que habían alquilado estaba estacionado en un lugar desierto y oscuro, circunstancia que añadía morbo a las cosas.

Sentada sobre el regazo de Regina, Emma besaba ferozmente a la mujer al paso que iba desabotonando su abrigo, y cuando lo hubo hecho, lo lanzó a cualquier lado sin prestar atención, dejando a su esposa solo con los pantalones negros y un suéter color vino. La rubia distribuyó besos por todo el oloroso cuello de la morena, quien respondió a sus caricias con estremecimientos y algunos quedos gemidos.

Emma se libró de su propio abrigo, dejando ver su blusa negra y escotada que hizo que Regina se mordiera el labio. Las dos volvieron a besarse con ferocidad mientras sus lenguas trababan una lucha interminable.

De un solo movimiento, Emma consiguió invertir las posiciones, dejando a Regina sentada sobre ella. Sin atisbo de piedad, Emma golpeó con las dos manos las nalgas de Regina, causando un gran ruido de estallido en el pequeño recinto. La morena inclinó hacia atrás la cabeza y gimió de forma queda. Swan, sin interrumpir los besos, le quitó el suéter a Regina, dejando a la vista su sujetador blanco de encaje. La rubia sentía que sus bragas se mojaban cada vez más con cada intenso toque que compartía con su esposa.

Desabrochó con delicadeza el sujetador de Regina, y enseguida tuvo frente a sus ojos los pechos firmes con los pezones ya extremadamente endurecidos. La rubia fue dejando besos en el valle de los senos mientras notaba cómo Regina iba moviéndose lentamente en su regazo al mismo tiempo que se agarraba a los cabellos rubios. Swan, levemente, se llevó unos de los pezones de Regina a la boca y lo chupó, cambiando de intensidad. Los altos gemidos de Regina comenzaron a escucharse, lo que motivaba más a Emma a continuar con el trabajo. Emma masajeaba uno de los pechos mientras lamía, mordisqueaba y chupaba el otro sin piedad.

Sentir las manos frías de Emma sobre su cuerpo ardiente causaba un amasijo de sensaciones en Regina. Sentir la boca dulce y caliente de su esposa en cada milímetro de su piel la causaba estremecimientos y temblores deliciosamente placenteros. A medida que Emma iba descendiendo las manos hacia la cinturilla de los vaqueros negros que Regina llevaba, sentía cómo su intimidad palpitaba y sus finas bragas se mojaban cada vez más.

En pocos segundos, los pantalones ya estaban sobre el volante del coche.

Swan, con los ojos invadidos por el deseo, observó el punto oscuro en las bragas de Regina y sonrió maliciosa. Llevó una de sus manos hasta el cuello de Mills, y apretó ligeramente, limitando su respiración.

Regina gimió.

Aún con la mano en el cuello de la morena, Emma, por encima de la tela, comenzó a masajear el endurecido nervio de Regina, quien gimió pegada a su boca antes de dar inicio a un desesperado beso.

―Emma…―Regina gimió pegada a la boca de la rubia ―Esto es una tortura.

―¿El qué?―preguntó de manera tonta desacelerando los movimientos ―¿Esto, amor?―rió―No…Esto no es tortura. Tortura sería si me metiera dentro de las bragas…―Emma apartó el fino tejido a un lado, y notó cómo su dedo entraba en contacto con la vulva completamente mojada y continuó los movimientos, lo que hizo que Regina gimiera más alto y se moviera buscando más contacto ―Y me detuviera―Emma se paró, retirando bruscamente su mano de dentro de las bragas de la morena, que resopló irritada.

―No puedes hacer eso―dijo Regina firmemente empujando a Emma hacia ella.

―Sí, puedo―Emma agarró la cintura de la morena y la empujó sobre el asiento, haciendo que su espalda chocara contra la superficie. Swan se libró de su propia ropa, quedando apenas con el sujetador. Le quitó rápidamente a su esposa la única prenda que le quedaba encima, dejándola completamente desnuda y expuesta para ella ―Pero me voy a portar bien contigo…―Emma se sentó sobre la intimidad de Regina, provocando que ambas vaginas entraran en contacto. Tanto Regina como Emma gimieron esta vez ―Y te voy a dar todo lo que quieras.

―Querida, en este momento lo único que quiero es a ti moviéndote encima de mí y para mí―Regina pidió en tono de súplica agarrando la cintura de Emma, incentivándola a comenzar con los movimientos.

Obedeciendo, Emma comenzó a moverse hacia delante y hacia atrás sobre la intimidad de la morena, ora lentamente, ora más rápido. Ella alternaba la velocidad a medida que se deleitaba con los gemidos y las expresiones que Regina ponía. La placentera fricción hacía que las dos gimieran cada vez más, que sus vaginas se mojaran cada vez más implorando la una por la otra.

Emma se tiró sobre Regina, lanzándose hacia su boca de manera feroz, y fue descendiendo los besos hasta llegar a los labios mayores de la mujer, que se retorció un poco clavando las uñas en el asiento de cuero.

―¡Date prisa, Swa…Emma!―Regina gimió alto al sentir la lengua de Emma paseándose por su vulva de arriba abajo. Swan succionó el clítoris de la mujer ligeramente, mientras amenazaba con introducir un dedo en su interior. La rubia chupaba, succionaba y lamía con placer todo el interior encharcado de Regina.

La morena se aferró a los rubios cabellos cuando sintió cómo Emma la penetraba con dos dedos, con fuerza, sin parar los movimientos con la lengua. Las estocadas iban aumentando en intensidad conforme Regina gemía y tiraba del cabello de Swan, que ya no aguantaba más los latidos de su propia vagina, que suplicaba a cada segundo por tener a Regina.

Swan notó cómo se contraía el interior de Regina alrededor de sus dedos, esto provocó que ella curvara y tensara los dedos dentro de la mujer, haciendo movimientos continuos. Pocos segundos después, la morena se corrió en los dedos de su esposa acompañada de un alto gemido y un arquear de espaldas.

Emma se apoyó en la puerta del coche y admiró a su mujer que intentaba recuperar el aliento. Con los ojos cerrados, Regina respiraba jadeante y su frente brillaba con algunas gotas de sudor. Unos minutos después, Regina se apoyó en los codos y miró a Emma desde donde estaba, y aquello fue suficiente para hacer que los ojos de Emma se oscurecieran de deseo de nuevo. La morena se sentó sobre sus rodillas y se mordió los labios mirando fijamente a Emma.

―A cuatro―prácticamente ordenó y Emma no perdió tiempo, y se puso en la posición impuesta por su mujer.

Ella pasó la punta de sus uñas por la espalda de Emma, arañándola ligeramente. Sin piedad, le devolvió la nalgada que ella le había dado con anterioridad, golpeando con su palma abierta y con cierta fuerza en el trasero de Emma, quien gimió y se retorció un poco. Mills, acarició la zona enrojecida por la nalgada, antes de darle una segunda, esta vez más débil, pero que aún así hizo que Swan gimiera alto.

Sin más ceremonias, Regina introdujo dos dedos en Emma, arrancándole a la rubia un alto gemido. Regina comenzó a hacer vaivenes rápidos en Swan, que se movía en busca de más contacto. En cierto momento, Regina se colocó debajo de la rubia, haciendo que esta se sentara sobre su boca, y allí, en la caliente boca de Regina, Emma se movió mientras gemía alto e inclinaba la cabeza hacia atrás. Mills alcanzó uno de los pechos de Emma, lo acarició y apretó el endurecido pezón entre su índice y pulgar. No pasó mucho tiempo antes de que Emma se corriera y alcanzase el orgasmo, dejando caer su cuerpo hacia atrás, sobre las piernas dobladas de Regina.


Algunos minutos después, cuando las dos ya habían recuperado el aliento, se anidaron en el asiento trasero cubiertas por algunas prendas de ropa. El frío era tanto que a Emma le repiqueteaban los dientes mientras Regina intentaba hacer que entrara en calor con abrazos y caricias.

―Tenemos que ir al hotel―susurró Emma y Regina rió

―Sí―le dio un beso en la mejilla ―No quiero que mañana aparezcamos en las noticias de París. Mujeres desnudas duermen abrazadas en las cercanías de la Torre Eiffel.

Emma rió.

―No, ni yo.

―Me voy a vestir y me pongo a conducir. Ponte la ropa tú también―dijo Regina antes de darle un beso en la cabeza y saltar al asiento de delante para vestirse.


Y aquella noche, en aquel cuarto de hotel, las dos durmieron dadas de la mano. Casadas, felices, y en la ciudad del amor. Emma y Regina habían encontrado la una en la otra todo lo que deseaban. Dos mujeres, que creían que jamás encontrarían a alguien que encajara perfectamente con su ser, habían encontrado incluso más de lo deseado.

A partir del día en que embarcaran de regreso a Canadá, comenzarían, oficialmente, sus vidas juntas, como una pareja. Ahora, necesitarían más de un estante para acomodar todos los libros. Al lado de una taza de café o de té, habría siempre alguna lata de refresco o brick de zumo natural. El armario sería dividido entre los trajes chaqueta de colores neutros y las ropas de colores y vintage. Los armarios de la cocina divididos entre las porquerías que Emma amaba y Regina odiaba, y algunas recetas y comidas que solo Regina Mills era capaz de comer. Todo en la casa estaría dividido, sin embargo, el amor que ellas cultivarían en su nuevo hogar y el que sentían la una por la otra solo se vería multiplicado.