De Panne, (Bélgica) - Septiembre de 1810
La pérdida de un ser querido, sea familiar o no, es una de las situaciones que más dolor causa. Sin embargo, dentro de esta dolorosa experiencia, existen matices, maneras diferentes de vivir el duelo tanto en lo emocional como en lo mental. En general, la primera etapa es la negación, pues la mente tiende a bloquear el evento para protegerse del golpe que significa la pérdida de alguien a quien amamos. Luego, viene la ira, producto de la frustración de darse cuenta de forma racional que uno no puede hacer nada por revertir la pérdida, se desencadena una vertiente de rabia y resentimiento. Además, muchas veces la muerte es percibida como la consecuencia de una decisión, por lo tanto se buscan culpables. Posteriormente está la brevísima etapa de negociación, que es la que ofrece el alivio al imaginar que, de alguna forma, muchas veces por intervención divina, se logra evitar el traumático evento. Cuando se "despierta" de esta ensoñación, la etapa de depresión se hace presente, y es justamente porque la fantasía de que lo sucedido se podía evitar se desvanece y da paso a la tristeza, sentimiento que no se puede mitigar ni siquiera mediante la imaginación. Muchas veces esta etapa se conjuga con una especie de crisis existencial, ya que la irreversibilidad de la ausencia del ser querido que ya no está, sume a quien está sufriendo la pérdida en un estado de abatimiento que tiende a actuar en conjunto con el retraimiento. ¿Cómo finaliza todo este difícil proceso? Pues es cuando se hace presente la última etapa del duelo, que es la aceptación. Aquí es cuando cada deudo se da cuenta que pese al dolor y la ausencia de quien falleció, es posible seguir viviendo, aunque no confundamos, que no es una etapa feliz, ya que la sensación de alivio se da por la falta de sentimientos intensos y por el cansancio. Es en esta etapa cuando el doliente, poco a poco, va sintiendo la capacidad de experimentar alegría y placer, y a partir de esa situación, las cosas suelen volver a la normalidad.
Y justamente eso, la ansiada sensación de normalidad, es lo que Charles buscaba de forma desesperada cada vez que despertaba en las mañanas. Ese día en particular, un amanecer un tanto frío pese al sol que iluminaba la habitación, abrió los ojos despacio mientras procuraba no hacer ruido, pues la imagen que estaba frente a él era demasiado perfecta y quería disfrutarla un poco más.
Isabelle figuraba de pie frente a una ventana abierta, su cabello meciéndose al igual que las suaves cortinas de seda gracias a la brisa, envuelta en una sábana y mirando hacia el exterior. Tan abstraída que sólo después de varios minutos, notó que su marido la observaba en silencio.
-Creo que una de las cosas que más extrañaré, será esta vista… es maravillosa- murmuró brindándole una amplia sonrisa, la cual, por cierto, no llegó a sus ojos.
-Entonces me considero afortunado, pues mi maravillosa vista estará siempre conmigo- contestó él saliendo de la cama y recogiendo de un silloncito los pantalones que había dejado ahí la noche anterior. A medio vestir se acercó a su esposa y la abrazó por la espalda –Con el tiempo nos acostumbraremos a su ausencia, lo sé…- le dijo aferrándola con fuerza y besándole la coronilla. Observó junto con ella el inmenso mar que se desplegaba ante sus ojos, Isabelle tenía razón, era una vista magnífica.
-Anoche soñé con él… con ese día…- dijo ella volteando. Enterrando la cara en el pecho de Charles, se entregó a la pena que apenas la dejaba respirar –A veces creo que no puedo seguir…- confesó entre lágrimas, pues con muchos de los problemas ya resueltos, la coraza tras la que se había refugiado se había derrumbado y recién estaba aprendiendo a vivir con el sentimiento de ausencia.
Charles apretó la mandíbula y se concentró en no ceder a la pena que también sentía en esos momentos, ya que si bien extrañaba terriblemente a su padre, lo que más le preocupaba en forma inmediata era contener a su esposa. Demostrarle que podía confiar en que siempre estaría para ella, dejarla vivir su pena a su propio ritmo, tal como él estaba tratando de hacerlo.
Después de incontables minutos, en los cuales la brisa les enfrió la piel y los sollozos de Isabelle remitieron hasta desaparecer. Ella se separó un poco y alzando una mano, le acarició la mejilla áspera por la barba que ya se hacía presente.
-Hoy nos marchamos…- le susurró.
-Sí… hoy es el día- Charles la besó en la frente y soltándola se alejó para terminar de vestirse –Prepararé el agua, te aviso cuando esté todo listo en el cuarto de baño- anunció antes de salir de la alcoba.
Mientras cortaba la leña para el fogón, su cabeza comenzó a vagar por distintos pasajes de su vida, imágenes de su adolescencia se mezclaban con las de su niñez para luego, superponerse a algunas escenas de la adultez. Recuerdos de discusiones y travesuras junto a su padre se mezclaron. Soltando el hacha masculló una maldición mientras se revolvía el cabello, pues si tan sólo pudiera decidir cuándo pensar o no en él, todo sería más fácil. De inmediato recordó la última vez en ese lugar que estaba a punto de abandonar, estaba en periodo de descanso en la academia militar y Fersen, lo había obligado a dejar sus aventuras so pena de quedarse sin su cuantiosa mensualidad. Si hubiera disfrutado más del tiempo con su padre, las vacaciones, las prácticas de esgrima, todo lo que él trató de enseñarle y no supo aprovechar… sus muestras de afecto, veladas pero siempre presentes.
-Fue demasiado pronto…- murmuró agarrando el hacha nuevamente y golpeando con fuerza un tronco. Se hizo a un lado justo cuando una esquirla se dirigía a su rostro.
Resignado dejó lo que estaba haciendo y tomó los troncos que necesitaba, debía ocuparse de algo más para no pensar tanto e Isabelle, siempre lo ayudaba con eso, estar con ella era su mejor distracción. Siendo el último día en De Panne, no quería quedarse con un recuerdo amargo, en ese lugar su familia fue feliz y no cambiaría esa memoria.
Isabelle por su parte, sintiéndose más tranquila, y por cierto también más resignada, comenzó a preparar el equipaje de ambos. Guardó la ropa de cama y cubrió los muebles con telas. Mientras doblaba el colchón de plumas sobre el somier de fierro, soltó un largo suspiro y se llevó una de las almohadas a la nariz; aspiró profundo el aroma de ésta mientras cerraba los ojos. Había sido tan feliz en esa habitación que salir de ella, le provocaba un miedo que no sabía cómo explicar, pues, siendo honesta consigo misma, la unión que sentía en esos momentos con Charles, era más física que en los otros planos. Su inquieta mente le decía que algo faltaba… y ese algo era como una corriente submarina en un pacífico lago. Enterrando los dedos en el mullido cojín, una reflexión la dejó inmóvil "Aún nos queda tanto por solucionar y en una casa llena de gente, no sé cómo lo haremos…".
Uno de los mejores ejemplos de la razón de sus miedos, lo había vivido la noche anterior. No sólo ella había tenido pesadillas. En algún momento de la madrugada, despertó debido a que Charles temblaba, mascullando cosas inentendibles, alterado y con la frente cubierta de sudor. Casi podía palpar el terror que sentía quien compartía su cama. Al despertarlo, él había salido del lecho de un salto para correr hasta la ventana más próxima, después de abrirla, permaneció en silencio y respirando profundo por largo tiempo, período en el cual ella se quedó dormida observándolo en la penumbra. Despertó cuando Charles se volvió a meter a la cama con el cuerpo frío y tenso. Con esos recuerdos turbándola, aferró contra su pecho la almohada que aún tenía en las manos cuando cayó en cuenta que, el hombre con el que se había casado, se estaba alejando del cual se había enamorado. Extrañaba el brío de Charles, la apabullante pasión que ponía en todo lo que hacía, su brutal honestidad y, sobre todo, su jovial desfachatez y perspicacia. Ahora, a excepción de lo que compartían en la cama, todo en él era medido y calculado... Charles se estaba convirtiendo en un hombre mesurado, alguien que analizaba en demasía cada palabra y/o acción y que, por cierto, tampoco se atrevía a hacer algo espontáneo ni menos a equivocarse.
-Por más que te guste ese cojín, debemos viajar con el menor equipaje posible…
Isabelle abrió los párpados y sonrió tratando de disimular, sus ojos seguramente trasluciendo lo preocupada que estaba.
-No seas molesto…- murmuró colocando la almohada junto al resto de cosas que guardaría en un armario –¿Está lista el agua?- desvió el tema de conversación.
Charles asintió sonriendo. De dos grandes zancadas se acercó a ella y la levantó del suelo, posicionándola sobre uno de sus hombros como si de un fajo de ropa se tratara. Para evitar que ella pataleara o se revolviera, con una mano le aferró los glúteos mientras ella reía, disfrutando de la espontaneidad que tanto extrañaba en él, de inmediato pensó que quizás sus miedos eran infundados… una vez más su tendencia al sobre análisis jugándole una mala pasada.
Con Isabelle colgando de cabeza, Charles entró al cuarto de baño. En segundos estaban desnudos y sumergidos en la tina, frente a frente.
-¿En qué pensabas hace un rato?- preguntó sonriendo de medio lado –¿Algún travieso y escandaloso recuerdo?
-Más bien, varios…- contestó Isabelle con picardía y agradeciendo no haber sido descubierta.
-¿Te arrepientes o avergüenzas de alguno de ellos?
Isabelle meditó unos segundos. De inmediato su mente se llenó con un recuerdo de la noche anterior; ella de rodillas sobre la cama y afirmada a uno de los doseles, mientras Charles, la cubría desde la espalda, obrando lujuriosas maravillas con sus manos… casi había perdido el conocimiento debido al éxtasis y su cuerpo había terminado desmadejado sobre la cama, cada músculo palpitándole exhausto. Con las mejillas violentamente coloreadas negó con la cabeza, ya que no se arrepentía de nada ni le importaba lo que alguien pudiera pensar. Había descubierto el placer físico en formas que apenas había imaginado experimentar y, la verdad, es que pensaba disfrutar de ello sin ningún pudor.
-¿Estás segura?- insistió Charles, consciente de que durante los últimos días, al no querer explorar más profundo en sus sentimientos, se había enfocado de lleno en disfrutar los placeres carnales de su nueva vida marital. Al notar que ella no sólo negaba nuevamente, sino que además sonreía coqueta, se acercó cuan depredador –Me alegro… porque me gustaría que pusiéramos en práctica, un par de cosas que leí en uno de esos libros que la iglesia prohíbe- sonrió de medio lado y la mirada oscura –Hay una postura que involucra un seis y un nueve- la besó en el cuello –También otra que involucra a tus rodillas apoyadas en mis hombros...
-Con este ritmo no habrá brebaje o, como dices tú, "menjunje", que funcione- contestó Isabelle justo antes de recibir un apasionado y profundo beso.
Charles, finalizando el contacto, se alejó unos centímetros para mirarla a los ojos y decirle lo que llevaba algunos días dándole vueltas:
-¿Tan malo sería tener hijos?- apretando las manos que tenía apoyadas en el borde de la bañera, esperó la respuesta sintiendo que el corazón le golpeaba fuerte contra el pecho.
Isabelle observó un punto fijo en el agua mientras buscaba las palabras correctas para contestar, debía aprovechar la brecha que él había abierto sin siquiera darse cuenta, era el momento que estaba esperando. Soltando el aire que guardaba en el pecho, habló.
-La verdad, es que no sería malo…- dijo con sinceridad –Pero creo que es muy pronto… estamos recién casados y ninguno de los dos está preparado para algo así, todo ha sucedido muy rápido…- sacó una mano del agua y acarició una mejilla de su esposo –Mientras no superemos por completo todo lo que ha pasado, tener hijos no me parece una buena idea.
Charles se alejó y apoyó la espalda en el otro extremo de la bañera, con el ceño fruncido la observó en silencio.
-No puedes enfadarte conmigo por ser honesta, se supone que siempre hemos sido sinceros uno con el otro- dijo la joven al ver que el semblante de su marido se endurecía a cada segundo que pasaba –Aún hay cosas no hemos resuelto- se acercó un poco –Hay sucesos que te atormentan y quisiera que no llevaras esa carga solo… si somos padres te necesito a mi lado, no me siento capaz de cuidar de un bebé y además preocuparme de…
-A mí no me tienes que cuidar como a un chiquillo si es eso lo que estás insinuando- la interrumpió Charles.
-No, no es eso lo que iba a decir y ciertamente, tampoco lo he insinuado…- rebatió Isabelle.
-No es necesario que lo digas… tu rostro es un libro abierto… tú y tus exigencias de perfección…- dijo saliendo de la tina. Envolviéndose una toalla en la cintura caminó hacia la puerta –Si no te molesta, me gustaría que iniciáramos el viaje antes del mediodía, estaré preparando los caballos. En el próximo poblado podemos detenernos a comer, a menos que quieras hacerlo ahora.
-No hay problema…- contestó Isabelle no queriendo discutir con él –Comer en el próximo poblado, está perfecto- apenas terminó de hablar, él salió de la habitación.
Esa reacción fue suficiente para demostrar que lo intuido era lo correcto, Charles estaba negado a cualquier situación que lo hiciera parecer débil, incluso frente a ella. Sintiendo un pesar que, poco a poco, se transformaba en molestia gracias a la frustración que sentía y, también hay que decirlo, a su terquedad, terminó de asearse y vistió con las ropas más masculinas que encontró en su equipaje. Trenzándose el cabello lo escondió bajo un sombrero y, con su morral al hombro, se dirigió al establo. Debió esperar un rato, pues su marido terminaba de afianzar las tapias de las ventanas.
A media mañana entraron a una taberna para comer algo ligero y comprar algunas provisiones para el resto del camino, pues el plan era no detenerse más que lo necesario. En un tenso silencio comieron y reanudaron el viaje. Buscando cabalgar a la sombra del aún inclemente sol de septiembre, se internaron en uno de los caminos aledaños a la ruta principal. La brisa silbando entre el follaje era lo único que acompañaba a los cascos de los caballos sobre el suelo.
-Fue buena idea que viajaras vestida así…- murmuró Charles –Una de las taberneras me ofreció atendernos de forma privada junto a una de sus compañeras…- sonrió al ver que Isabelle abría los ojos con una mezcla de espanto e incredulidad –Me preguntó si eras mi hermano y si aún era doncel…- remató antes de soltar una carcajada.
-Si alguien nos busca gracias a nuestra licencia de matrimonio, no preguntarán por dos hombres viajando... así que no me molesta que me crean un chiquillo- contestó con seriedad.
-Esa mujer era ciega, cualquiera se daría cuenta de que no eres un muchachito… tienes maravillosas formas que te delatan- rebatió Charles mirándola de reojo, al percatarse de que ella continuaba muy seria y pendiente del camino, agregó –Estoy tratando de robarte una sonrisa con una galantería…
-Y la entendí, pero no tengo ganas de sonreír, no después de que esgrimes no ser un chiquillo justo antes de hacer una rabieta digna de un infante- dijo mordaz, pues el pesar que había sentido, se había transformado en una molestia que le picaba incluso en la piel.
-Vas a continuar con el tema…
-Sí, voy a continuar…- insistió con los dientes apretados –¿De verdad crees que siendo encantador, pasarás por encima de nuestros problemas? Lanzas una pesadez y luego te vas… Minimizas las situaciones y eso me hace sentir una estúpida.
-¿Qué es lo que minimizo?- Charles detuvo el caballo en seco y volteó hacia ella -Eres tú la que no vive tranquila pensando en dificultades... si no existen, te las inventas. Aprende a dejar pasar las cosas, hay situaciones graves… y una discusión como la que tuvimos, no lo es.
-El papel de necio no te queda…- entrecerró los párpados –Resulta que ahora es algo sin importancia…- contestó la joven sacudiendo la cabeza y sin detener su caballo –Apresúrate, no estamos en un sitio apropiado para otro de tus berrinches, cuando consigamos alojamiento podrás patalear a gusto… Dios, me casé con un imberbe, cambias de opinión como un adolescente.
-Isabelle, no me pinches la hombría que sabes que no me gusta… mi paciencia no es ilimitada, no quiero discutir, pero tampoco que me pases por encima- dijo colocándose junto a ella.
-Y tú, no me busques porque sabes que contestaré…- apretó las riendas –Eres lo suficientemente inteligente para saber por qué estoy molesta, no juegues a la adivinanzas. No estamos en nuestra burbuja… esta- soltó las riendas y abrió los brazos con elocuencia –Es la vida real, acostúmbrate.
-La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes*.
-Y ahora repites citas filosóficas- ironizó Isabelle.
-No estoy repitiendo nada, esa frase en mía… pero, como estás tan enojada, no aprecias mi inteligencia… Estoy seguro de que si sigo diciéndola, trascenderá en el tiempo y en un futuro alguien tan inteligente como yo la hará famosa…
-Famosa es tu arrogancia.
Charles bufó al tiempo que dirigía la vista al frente, no pensaba entrar en discusiones que sabía no conducirían a ninguna parte, menos aún cuando su mujer estaba con ese humor. Cabalgaron el resto del día uno junto al otro, aunque con una palpable distancia separándolos. Al anochecer, después de registrarse en una posada que se veía limpia y discreta, cenaron nuevamente en silencio.
-o-
De pie frente al espejo y enfundada en un delicado camisón que Sofía le había regalado, Isabelle comenzó a destrenzarse el cabello. Por el reflejo se percató de que Charles la observaba disimuladamente mientras fingía leer un libro que había pedido en la recepción de la hostería, durante unos segundos, se debatió entre ofrecerle su cepillo para que la ayudara o seguir enfadada; mas cuando vio que la mirada de Charles se desviaba ignorándola, se decidió por lo último. No daría su brazo a torcer, tuviera o no razón… una vez más la terquedad Jarjayes siendo superior que la sensatez Grandier.
Acomodada en una de las angostas camas, pues como cualquier par de hermanos pidieron una habitación de dos camastros, se volteó hacia la pared mientras se preguntaba en qué momento un simple intercambio de opiniones, se había transformado en su primera pelea como esposos. Mordiéndose la carne que rodeaba sus uñas, llegó a la conclusión de que ese no era el mejor camino, debían hablar y llegar a un entendimiento… y si ella era quien debía dar el primer paso, lo haría. Esperaría a la mañana siguiente y conversaría con Charles durante el desayuno, pues en el comedor y sin chances de dejarla hablando sola, él no tendría más opción que escucharla. Con el alivio de esa solución comenzó a dormirse, despertando abruptamente cuando el peso del cuerpo de su marido movió la cama.
-¿Qué haces?- preguntó, sintiendo que sus buenas intenciones se evaporaban.
-Acostarme…- contestó él –Hazme un espacio o tendré que dormir arriba de ti… a menos que prefieras que esté debajo- rió en la oscuridad –Cualquiera de las dos opciones es placentera.
Ofuscada por sentir que él nuevamente quitaba importancia a lo ocurrido, se arrinconó hacia la pared. Aún dándole la espalda masculló entre dientes:
-No te sacaré a patadas de mi cama, sólo porque no podemos hacer un escándalo sin ponernos en evidencia- se envaró al sentir una mano apoyada en su cadera –Y no te atrevas a tocarme, porque soy capaz de arrancarte un dedo de un mordisco- masculló con los dientes apretados –Siempre he admirado tu inteligencia sin límites, pero me acabo de dar cuenta que en ocasiones la estupidez no tiene fronteras.
-Cuando regrese mi preciosa esposa y se marche el despiadado general, avísame… pues para discutir se necesitan dos y mi inmediata intención, es dormir. Estoy molido- contestó Charles besándole la parte trasera de la cabeza. Luego volteó y acomodó su espalda pegándola a la de ella.
Isabelle, terca como era, estuvo tentada a seguir respondiendo, cosa que sin duda alargaría la discusión y la verdad, es que también estaba agotada. Por lo que, esforzándose no en ceder, si no que aplazar la discusión, cerró los ojos y se durmió.
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"¿Qué pasa?" se preguntó Isabelle antes de abrir los ojos y tardando un par segundos en recordar dónde estaba. Asustada se irguió en la cama apoyando la mano sobre el pecho de quien estaba a su lado, pues ambos cuerpos se habían buscado en la noche hasta terminar durmiendo abrazados.
-Despierta…- murmuró mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, la plateada luz de la luna colándose a través de las raídas cortinas –Charles, despierta…- comenzó a moverlo con más fuerza. Él continuó temblando y mascullando cosas inentendibles. –¡Charles…!- subió la voz y le golpeó las mejillas al notar que él no sólo no reaccionaba, sino que su desesperación ascendía. De pronto, un par de manos la tomaron de los hombros y estrellaron contra la cama –Charles… soy yo- murmuró asustada al notar que la miraba como a una extraña –Amor mío, soy yo…
Charles salió de la cama dando un salto y se alejó en busca de una ventana. Al no poder abrir el pestillo, dio un golpe en la pared mientras se esforzaba en respirar dando grandes bocanadas. Sentía que se ahogaba. Isabelle salió del lecho y sirvió con manos temblorosas un vaso de agua.
-Toma, bebe- se lo extendió. Esperó durante un rato a que él lo recibiera, mas la única respuesta de su parte fue darle la espalda para seguir luchando contra el picaporte de la ventana –Charles, tranquilízate… por favor, ven… habla conmigo, te hará bien.
-Basta, Isabelle… basta…
Ella dio un paso para acercarse –No me hagas a un lado, soy tu esposa… no discutamos más.
-¡Maldición!- volteó hacia ella con los puños apretados -¡Deja de presionarme!
-Baja la voz- murmuró Isabelle –Nos van a descubrir… ven- extendió una mano –Ven aquí, conmigo.
-No sabes cuándo retroceder ¿Verdad?- murmuró Charles furioso –Da lo mismo lo que yo desee, sólo te importa satisfacer lo que quieres…
-No es así…
-Sí… eso es exactamente lo que es- la apuntó con un dedo –Exiges sin límites y presionas… eres tan egoísta…
-Charles, basta...
-¡¿Acaso quieres que me quiebre ante ti?! ¡¿Es eso lo que buscas?!
-No sé de qué hablas…- murmuró desconcertada.
-Me quieres ver en el suelo y llorando como un chiquillo… sólo así te quedarás tranquila…- comenzó a respirar por la boca –Quieres quebrarme, romperme… dejar en evidencia cómo me siento por dentro, lo que pasa por mi cabeza… y no te detendrás hasta que me quites lo poco que me queda…
Un empujón lo hizo callar.
-¡Vuelve en ti…! ¡¿De qué diablos estás hablando?!- Isabelle lo tomó de los brazos y con todas sus fuerzas lo zamarreó –Soy yo… estás conmigo… ¡soy yo!
Aren't you something to admire, 'cause your shine is something like a mirror
And I can't help but notice, you reflect in this heart of mine
If you ever feel alone and the glare makes me hard to find
Just know that I'm always parallel on the other side
'Cause with your hand in my hand and a pocket full of soul
I can tell you there's no place we couldn't go
Just put your hand on the glass, I'm here trying to pull you through
You just gotta be strong
Charles abrió los ojos de par en par. En seguida la atrajo contra sí y tomándola del rostro, la besó mordiéndole los labios, devorándola con ansias. Comenzó a tocarla con fervor, apretando cada parte del cuerpo que sus manos recorrían. Le hubiese gustado ser más delicado pero no podía, estaba desesperado.
-Perdóname…- le suplicó con la voz temblando –Perdóname, por favor… Te necesito, ayúdame… me duele…
Ella asintió al tiempo que, con bruscos y rápidos movimientos le pasaba la camisa de lino por sobre la cabeza mientras él, hacía saltar los botones de perlas de su camisón al tironeárselo. En seguida se vio alzada del piso. Aferrándose a los sólidos hombros, envolvió las piernas en torno a la cintura de Charles. Todo resumiéndose en el amor de ella y la necesidad de él.
Sumergida en una bruma de pasión y desesperación, apenas notó que él la apoyaba contra una de las paredes; lo mordió en el hombro y saboreó el suave y salado gusto de su piel cuando, con un profundo y fuerte movimiento, ambos cuerpos se unieron sin dilación ni preliminares. Charles siendo pura fuerza a su alrededor logró seducirla por completo, arrebatándole los pocos vestigios de cordura que le quedaban.
Isabelle apretó los labios tratando de permanecer en silencio y buscó el rostro de su marido, apoyó su frente contra la de él mientras enérgicos vaivenes la mecían en el aire y roncos jadeos de esfuerzo le acariciaban los oídos, su cuerpo expandiéndose y contrayéndose en torno a él. La piel comenzó a arderle, las codiciosas manos de Charles aferrándole los glúteos, balanceándola en distintas direcciones y ángulos, con cada embestida acariciando un punto sensible en su interior que le provocaba sentirse como mantequilla derretida sobre la lumbre. Los empujes fuertes y profundos aumentaron de velocidad hasta que el único sonido que se escuchaba, era el de sus respiraciones aceleradas y sus cuerpos explorando la unión. Caderas encontrándose y el sudor del esfuerzo físico compartido, mezclándose. Enterrando los dedos en la cabeza de Charles, le tiró algunos mechones de cabello al tiempo que sentía que su cuerpo explotaba violentamente, igual que un volcán en erupción. Inmediatamente, él la besó justo antes de seguirla en el éxtasis.
Aún mareada por la intensidad del encuentro, comenzó a volver en sí cuando la rugosidad de la pared le arañó las rodillas; recién ahí se dio cuenta de que colgaba laxa entre los brazos de su marido y que él, había girado para apoyar la espalda en la pared. Pese a eso, aún lo sintió sumido en su interior, apoyó la cabeza en el hueco entre la clavícula y cuello de Charles, estaba agotada. De inmediato él le besó la sien con una ternura infinita.
'Cause I don't wanna lose you now
I'm looking right at the other half of me
The vacancy that sat in my heart
Is a space that now you hold
Show me how to fight for now
And I'll tell you, baby, it was easy
Coming back into you once I figured it out
You were right here all along
It's like you're my mirror
My mirror staring back at me
I couldn't get any bigger
With anyone else besides of me
And now it's clear as this promise
That we're making two reflections into one
'Cause it's like you're my mirror
My mirror staring back at me, staring back at me
-Déjame bajar, nos caeremos…- susurró abrazándolo en un intento de alivianar su peso. Aspirando profundamente el aroma de la piel de Charles.
Él negó y comenzó a deslizarse hacia abajo. Quedaron sentados en el piso, las extremidades entrelazadas y la cabeza de Isabelle refugiada en el cuello de su marido. Limitándose a hacer lo que Charles necesitaba en esos momentos, lo abrazó con fuerza, sintiendo que cada latido del corazón que no estaba dentro de su pecho le golpeaba la piel.
-Soy huérfano…
Fueron las primeras palabras que resonaron en la habitación, pero, pese a que no eran más que un murmullo, Isabelle las escuchó como si fueran un angustioso grito de auxilio. Levantó los brazos y comenzó a acariciarle el húmedo cabello, apenas aguantando el dolor que le provocaba verlo tan abatido.
-A pesar de que quedé solo muy pequeño y no dejaban de repetirme que mis padres estaban vivos, pero que no me querían... apenas lograba entender qué pasaba, supongo que la inocencia que aún permanecía en mí me salvó… y luego estuvo él- la voz se le quebró, no obstante continuó hablando –Si bien durante muchos años me negué a verlo como a un padre, en el fondo siempre sentí que lo era… tenía un padre y ya no estaba solo… me sentía afortunado.
-No estás solo…
-A diario me esfuerzo en estar bien para ti, sé que también sufres y debo cuidarte, contenerte… y no pensar en él es lo único que me ayuda- Charles cerró los ojos y dejó caer la cabeza, permitiendo que Isabelle se la acunara en su pecho -En las noches no puedo controlar mi mente… me traiciona, lo veo… vuelvo a vivir todo lo que pasó… vuelvo a sentirme impotente, vuelvo a ver como lo asesinaban- suspiró cansado -Sólo quiero que todo pase… que todo el dolor se vaya… que todo termine. Necesito una vida nueva… un nuevo propósito.
-Charles… no necesito que me cuides, no es tu deber… permíteme amarte y acompañarte en tu dolor… tal y como tú lo haces conmigo- tragó fuerte en un intento de deshacer el nudo que le oprimía la garganta -Quiero que volvamos a ser quienes éramos…
-Ya no es posible- la interrumpió levantando la cabeza -Nunca más lo seremos… estamos rotos.
-No… no lo estamos- levantó las manos y tomó el rostro de su marido entre ellas. Él cerrando los ojos dejó escapar un suspiro. Isabelle sonrió con tristeza al verlo tan desvalido -Yo no estoy rota y tú, tampoco- lo besó en los labios -El dolor pasará… ya verás, volveremos a ser los de antes...
-Amor mío, la gente cambia… es lo normal- levantó las manos y acarició la desordenada melena de Isabelle -Nunca volveremos a ser lo que éramos…- tomó sus manos y se las besó con fervor –Pero me conformo con saber quién seré… formar una nueva familia, no estar solo nuevamente…
-¿Acaso no soy suficiente para ti?- preguntó con una extraña mezcla de molestia e incertidumbre. Era imposible que él cambiara tan rápido sus sentimientos por ella, no cuando había derrumbado todos los muros tras los que se resguardaba para entregarse por completo a él.
-Por Dios… eres más de lo que merezco. Lo que quiero, es demostrarte que puedo ser alguien con quien vale la pena formar una familia… ya no tengo carrera, fortuna, títulos ni herencia… debo reinventarme, tengo que saber quién soy ahora.
-¿Por eso quieres tener hijos pronto?- preguntó ella.
Charles asintió mientras le acariciaba la espalda desnuda. Isabelle guardó silencio y separando sus cuerpos, se acomodó sobre él. Dejando que la acunara contra su pecho, refugiándose en los brazos que siempre la sostenían. Analizando las palabras recién oídas, se dio cuenta de todos los errores también cometidos por ella. Sin duda el apresurado matrimonio tras la muerte de Fersen, no había sido tan buena idea, pero, a pesar de eso, no se arrepentía, pues ahora, estando segura de los sentimientos de ambos, lo único que necesitaban era tomarlo todo con más calma, dejar que las cosas fluyeran.
-Tengo miedo… no quiero ser madre aún…- susurró Isabelle después de un rato y abriendo también su corazón -Necesito tiempo… no acepto bien los cambios… me cuesta mucho hacerlo... supongo que es falta de madurez y poca tolerancia a las frustraciones… tienes razón, las dificultades me siguen y si no están… me las invento..
-Fui injusto al decirte eso, discúlpame- susurró contra su cabello- la apretó contra su pecho -Estamos en puntos distintos, pero podemos esperar si así lo necesitas.
-No digo que nunca querré hijos- dijo ella al tiempo que alzaba la cabeza para mirarlo de frente -Porque te juro que, sostener un bebé en mis brazos y que este además se parezca a ti, es algo que me haría dichosa… pero no aún… es muy pronto… todo ha ocurrido demasiado rápido.
-Vamos paso a paso, si eso es lo que quieres, tomaremos todas las precauciones posibles- la tranquilizó besándola en la frente –Y si es importante para ti, yo trataré de...
-No te presionaré- Isabelle lo interrumpió -Juro que no te atosigaré de ninguna manera, nunca más... Pero, por favor, prométeme algo. -Él asintió –Habla conmigo cuando lo necesites… No me apartes, tu dolor es mío también, tú sufrimiento me lastima, verte tan cauteloso me angustia… quiero que seas libre… quiero hacerte feliz…- silenciosas lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas -Mereces tanto ser feliz y esa, es una de mis misiones personales- sonrió emocionada -Ambos merecemos ser felices… para eso nos casamos, para compartir todo… Dios, soy una controladora...- sacudió la cabeza, pues admitir tantas cosas era, por decir lo menos, abrumador –Soy peor que mi madre y no tengo la justificación de ser militar -suspiró agobiada.
-Tranquila, no eres tan terrible… Prometo compartir mis penas contigo… compartir lo que me duele- le besó los párpados, tratando de secarle las lágrimas con sus labios –Aunque quizás no te guste lo que veas… mi interior, a veces no es tan hermoso como su magnífico recipiente- bromeó.
-Vanidoso…
-Pero así, te gusto…
-Así, te amo- sonrió con sinceridad. En seguida, arrugó la nariz en un divertido gesto -¿Será normal arreglar los problemas de esta forma tan física?... Digo, somos muy buenos en ello… pero no sé si será tan común o correcto, aunque no me quejo porque, aunque no sea correcto, me encanta…- se cubrió la boca con las manos, tratando de ahogar una nerviosa carcajada. Charles la miraba divertido -¡Tienes razón!...- dijo alarmada y entre sus dedos, en seguida bajó la voz -He cambiado… ahora soy una desvergonzada- murmuró aún cubriéndose los labios.
-Es verdad… estás hecha una descarada…- él no dejaba de sonreír.
-Pero así, te gusto- susurró ella acomodándose sobre uno de los hombros de su esposo y sintiéndose mejor que en mucho tiempo.
-Así, te amo…
Isabelle desvió la vista unos segundos y miró su camisón estropeado sobre el suelo.
-Eso- apuntó la prenda -Es una muestra de mi descaro… se supone que debo tumbarme en la cama, quedarme quieta y dejar que me subas el camisón sólo lo necesario- comenzó a reír al notar que el pecho de Charles se estremecía con sus carcajadas. Le encantaba verlo feliz.
A los segundos, cuando las risas cesaron, Charles habló en un murmullo:
-Me explicaste el tema de los días propicios para concebir... ¿Qué haremos si tus "menjunjes" fallan o yo no soy capaz de retirarme a tiempo en ese periodo?... Tu amor por el control no esperará que sea célibe durmiendo a tu lado… ¿o sí?- preguntó alarmado –Ya sabes que soy un licencioso… no puedo evitarlo y me gusta demasiado hacer el amor contigo, te miro y no me aguanto las ganas de tocarte. Hay días en los que sé que no podremos…- su voz se enronqueció -Pero no me sumes más vetos porque me volveré loco… y si me orillas a jugar en solitario como un imberbe, te haré mirar y no te aguantarás las ganas de participar, te lo advierto… puedo ser muy persuasivo.
Isabelle sonrió ante esa muestra de tan abierta sinceridad masculina y contestó aferrándose a él con más fuerza:
-Deja de preocuparte por tu imaginario celibato… Si algo falla, seremos padres… Unos muy imperfectos, pero que amarán a sus hijos de la misma forma que fuimos amados nosotros, adorándolos- soltando un largo suspiro, enlazó los brazos al cuello de Charles. -Llévame a la cama, debes tener tu precioso trasero frío y no quiero que enfermes… no resistiría que te transformes en un molesto paciente, ya bastante trabajo das como marido.
Charles la tomó en brazos y se levantó del piso. Se dirigió a la cama que estaba sin usar.
-No estamos durmiendo aquí- apuntó Isabelle.
-No dormiremos… aún- la besó en los labios mientras la depositaba sobre la limpia pero raída colcha –Dado que se supone estamos pernoctando separados, en la mañana ambas camas deben estar deshechas… además- sonrío de lado y con la mirada brillante –Si me dejas hacer lo que tengo pensado, te permitiré pellizcar mi "precioso" trasero todo lo que quieras, sé que te gusta toquetearme.
Isabelle sonrió y extendió los brazos, invitándolo a acostarse junto a ella. Así, con la serena sensación de que todo mejoraría, se aferró al hombre que había decidido amar con todo su corazón, entregada a adorarlo con el cuerpo y alma también, aunque, esta vez, sin desesperación, apuros ni angustias.
Yesterday is history
Tomorrow's a mystery
I can see you looking back at me
Keep your eyes on me
Baby, keep your eyes on me
…
Now you're the inspiration for this precious song
And I just wanna see your face light up since you put me on
So now I say goodbye to the old me, it's already gone
And I can't wait wait wait wait wait to get you home
Just to let you know, you are
-o-
Después de tranquilas y extensas jornadas de viaje, más las apasionadas noches en las que el anonimato los protegía, cruzaron la distancia que los separaba de la frontera franco-belga. En cada poblado, enterándose de los avances de Francia en toda Europa, pues fue en ese año que el imperio de Bonaparte alcanzó su máxima extensión, ya que, además del territorio Francés, también controlaba la Confederación Helvética, la Confederación del Rin, el Gran Ducado de Varsovia y el Reino de Italia. En cuanto a los territorios aliados, estos incluían: El reino de España, el reino de Westfalia, el reino de Nápoles el principado de Lucca y Piombo (todos territorios regidos por su familia directa o política) y sus antiguos enemigos ya rendidos ante su poder, Prusia y Austria. Aunque lo que más les sorprendió, fue la osada resistencia del pueblo español a la invasión napoleónica, resistencia que también se estaba dejando sentir en las colonias americanas, donde sus habitantes comenzaban poco a poco a buscar su autonomía. El mundo seguía funcionando a un ritmo vertiginoso y la expansión francesa seguía de forma apabullante.
Un día, gracias a los últimos periódicos repartidos, averiguaron cuál era la situación en Suecia. Ambos jóvenes sorprendidos al enterarse de que Bernardotte se trasladaría al nórdico país para ser no sólo el príncipe heredero, sino que también el regente de Carlos XIII. Situación que, si se miraba con frialdad, podría ser favorable para la familia Von Fersen, pues tener sangre nueva en el trono, alguien que fuera ajeno a la guerra entre las antiguas y nobles casas de Suecia, sería más fácil que el nombre del padre de Charles pudiera ser librado de toda acusación de traición.
Cuando finalmente llegaron a la elegante casona que a ambos los había recibido en su infancia. Isabelle sintió que el corazón se le estrujaba al recordar la última vez que estuvo ahí; fueron días maravillosos, largos paseos con su madre y Fersen, intensas conversaciones durante la cena y sinceras risas llenando cada rincón de los salones. De pronto un pensamiento se abrió paso en su cabeza… recordó la despedida entre su madre y el conde, ambos susurrándose palabras al oído, todo con una inusitada confianza que no recordaba haber visto antes, intimidad por cierto muy mal disimulada. Demasiado cercanos y si a eso sumaba que su madre se había marchado de Arras contra los deseos de su padre, ambos en muy malos términos… tan malos, que pensó se separarían por su causa… "¿Será posible que…?"
-¿Qué pasa?- preguntó Charles tomándola de la cintura para ayudarla a bajar de Aura.
-Nada… nada- contestó disimulando pues, después de todo, no era quién para inmiscuirse en la vida íntima de sus padres, menos aún conociendo en carne propia que lo que ocurría en un matrimonio, ahí se quedaba. Nadie externo tenía derecho a opinar. No obstante, quiso también ser justa con su marido, ya que si ella había pedido a Charles que le participara sus temores, lo más justo sería hacer lo mismo. Lo tomó de un brazo para detenerlo –¿Te conforma esa respuesta de mi parte?- preguntó.
-Sí- contestó él con seguridad –Los hombres somos diferentes, nos conformamos con pensar menos en ciertas cosas, si dices que no pasa nada… está bien, no pasa nada- encogió los hombros al tiempo que guiñaba un ojo y sonreía de forma encantadora -¿Lista para nuestra nueva vida?- la tomó de la mano y fijó la vista en la fachada de la casona –Tendré que buscar trabajo… mantener esto no será fácil, no creo que mis ahorros duren demasiado.
-Tenemos dinero… sé que pappa se ocupó de todo, también soy su heredera.
-Mientras el nombre de nuestra familia no esté limpio, todos nuestros bienes deben haber sido confiscados por la corona- murmuró Charles.
Isabelle asintió preocupada y sintiéndose bastante ilusa, pues pese a que tanto pregonaba sus preocupaciones, no había pensado en su futuro económico. Respiró profundo y sonrió, confiando en que de alguna forma todo se arreglaría.
-Estaremos bien… no le temo al trabajo ni a la estrechez económica… incluso, puedo vender mis joyas y con ese dinero iniciar algún negocio, tengo experiencia en caballos y el ejército los necesita constantemente… además, eres bastante hábil con las palabras y serías un buen negociador.
-Ya veremos…- alcanzó a susurrar Charles antes de que la puerta principal se abriera y Sofía apareciera en el umbral.
Luego de los correspondientes saludos de bienvenida, Isabelle se sentó junto a su adorada tía en el salón principal y aceptó la taza de té que Birgitta le ofreció. Mientras Charles anunciaba se ausentaría un rato para atender a los caballos e ir a hacer un rápido reconocimiento al poblado cercano, la joven se concentró en el semblante de su tía, dándose cuenta de cómo se le iluminaba la mirada al observar a su sobrino, como las finas y nuevas arrugas que le rodeaban los ojos, se suavizaban al ver a quien tanto se parecía a su hermano, el triste rictus de sus labios desapareciendo para dar paso a una sosegada sonrisa.
-Tía…- habló con suavidad y esperando a que ella volteara en su dirección –Todo saldrá bien… Charles, está bien- aseguró con tranquilidad.
-¿Y tú, querida mía?- preguntó la condesa extendiendo una mano para apretar las que Isabelle mantenía en su regazo.
-También…
Sofía inspiró profundo y asintió con el mentón erguido, los hombros en una elegante postura. Habló con ese tono tan medido y fino que la caracterizaba.
-Aceptar una muerte, es un proceso largo y cambiante, igual que el follaje de los árboles a través del tiempo y estaciones. Y la pérdida de los padres, es algo particularmente difícil de llevar- posó sus preciosos ojos grises en los de su sobrina, ambas miradas fundiéndose en la humedad de las lágrimas no derramadas –No por preocuparte de los demás, hagas a un lado tu pena o angustia- apretó la mano que continuaba sobre las de Isabelle –Vive cada instante de dolor que sientas y luego, déjalo ir… muchas veces ocurren situaciones que, por mucho que queramos, no está en nuestras manos cambiarlas ni evitarlas, aceptar eso es la única manera de lograr tranquilidad para nuestra alma… Sobre todo en eventos tan traumáticos como el que no tocó vivir.
Isabelle asintió con la garganta tan apretada que le fue imposible articular palabra alguna, por lo que sólo se limitó a permanecer en silencio y tomar firmemente las manos de su tía. Ella tenía razón, la única forma de llegar a la ansiada sensación de normalidad, era vivir y aceptar lo que estaba pasando. Tolerar el sufrimiento y, con resignación y madurez, afrontar el hecho de que la vida cambia de un minuto a otro sin que se pueda hacer nada para evitarlo.
Resignación que estaba cada vez más lejos de François, quien, en esos instantes, pero en pleno corazón de París, se encontraba sosteniendo la carta que llevaba semanas esperando. Con la vista pegada en la elegante caligrafía que decoraba el sobre que había encontrado sobre su cama, pensó en todo lo acontecido los últimos meses. Tiempo en el cual cada detalle de su venganza se había fraguado con calculada frialdad.
Gracias a las averiguaciones de Quentin acerca del pasado político de su padre, François pudo conocer el gran orador que éste había sido y sus conexiones con importantes personajes del país. Un hombre lleno de ideales y valentía, alguien que si bien se destacaba entre el vulgo, no por eso desconocía sus orígenes, sino todo lo contrario, pues su principal preocupación siempre fue buscar justicia y mejoras para el pueblo. Un apasionado letrado que utilizaba su pluma como la mejor espada.
Esa personalidad atractiva, arrolladora y segura, hizo que Bernard Chatelet se destacara entre los múltiples oradores que llenaban las plazas y tertulias durante el tiempo previo a la Revolución, posicionándolo bajo el mandato directo de Robespierre y catapultándolo a las más altas esferas políticas. Sin duda una carrera admirable para el hijo natural de la querida de un noble, un vástago negado por su padre y huérfano debido a la temprana muerte de su madre al saberse repudiada.
Si Robespierre y sus más cercanos seguidores no se hubieran obsesionado con el poder, ni con asesinar a quien no compartía sus ideologías, quizás no habrían muerto en manos de los girondinos y, pese a que Bernard estaba cada vez más lejos de las filas jacobinas, probablemente continuaría con vida pues no hubiera estado en el lugar y momento equivocado. Podría haber escalado en el gobierno y, gracias a sus múltiples habilidades, la vida de él, junto a su esposa e hijo, habría sido muy diferente. Quizás una numerosa familia protegida por una holgada situación económica… una familia feliz y amorosa, su madre riendo y sosteniendo en su regazo varios niños, sin tener que trabajar y siempre acompañada por el hombre que la había conquistado con tan sólo mirarla… o al menos eso era lo que en esos momentos pensaba François, percibiendo que el espiral de amargura crecía y crecía en su interior. Sintiendo que no sólo se le había arrebatado a su mujer e hijo, sino que también a su padre y de paso a la familia en la que podría haber crecido.
"Si creyera que mi destino siempre ha estado comandando por una fuerza superior, quizás podría conformarme y pensar que cualquier acción seguida no influiría de ninguna manera en la sucesión de acontecimientos que me han hecho desdichado; de esa forma, tomara buenas o malas decisiones, daría lo mismo, pues no podría escapar del oscuro sino de mi existir… incluso, hasta podría conformarme pensando que mi desgracia no es más que el resultado de una predestinación, algo sobrenatural o religioso… pero no, eso no sería más que un insulso consuelo que sólo serviría para redimirme, para librarme de mis culposas acciones.
Si bien no soy en absoluto responsable del destino de mis padres ni de mi propia infancia, no puedo decir lo mismo acerca de mi adolescencia y adultez. En la triste retrospectiva que ha llenado mis días este último tiempo, he llegado a concluir cuál fue mi error cometido. No hablar con franqueza con mi madre, no preguntarle de forma directa acerca del pasado y tratar de averiguar todo por mis propios medios. Parece una estupidez, pero hoy sé que fue el detonante de todo lo que vino después, ya que el resultado de ese infantil actuar, tuvo como una directa consecuencia el haber arrastrado a Isabelle conmigo, ambos jugando a investigar la vida de los demás como si de un inocente pasatiempo se tratara.
Luego, traspasar la línea de la amistad fue mi siguiente gran error, empecinarme con la idea de un amor ideal y perfecto, nuevamente impulsando a quien era prácticamente mi hermana hacia la ilusión fabricada por una mente núbil e idealista y, no conforme con eso y a pesar de las miles de señales recibidas, cuando tuve la auténtica felicidad antes mis ojos, continúe luchando por algo que no tenía futuro y desestimando lo que sí debía cuidar.
¿Cuán distinta habría sido mi vida si no hubiese jugado al todopoderoso? ¿Si no me hubiese engañado durante tanto tiempo, pensando que la vida con mi adorada Jolie no era más que un fugaz encuentro? No luché, no utilicé mí siempre enarbolada inteligencia, no tuve la valentía de ir en contra de lo que todos esperaban de mí, no peleé por sacarla de los problemas en los que estaba sumida… Únicamente me dediqué a observar y disfrutar de mi pueril felicidad, sin atreverme a trazar un futuro para ella y mi hijo hasta que fue demasiado tarde. La dejé sola, confiando en que su valentía nos cubría a los dos.
Y ahora, después de todo lo hecho… ¿Cómo seguir viviendo? ¿Cómo mirar de frente a los que aún me aprecian sin sentir vergüenza de mis actos y cobardías?... es imposible, realmente imposible… es tratar de respirar sin un corazón latiendo en el pecho.
Si todo sale como espero, y eso implica perder la vida en ello, arrastraré conmigo a quienes me arrebataron lo más preciado tomando ventaja de mi cobardía y estupidez… Madre, lamentaré en mi último suspiro causarte este dolor, pero sé que con el tiempo entenderás que no había más salida. Ya estoy muerto y yazco desde hace meses en una tumba de Arras, esa en la cual todas las semanas pones flores frescas para el nieto que nunca llegaste a conocer."
Con el amargo rictus que decoraba su rostro desde hace meses y las manos un tanto temblorosas por la ansiedad, tomó un puñal y rasgó el sobre sin más dilación, pues del contenido de ese mensaje dependía la fecha de su venganza. Aguantando la respiración leyó las palabras de madame de Staël. Cada fibra de su cuerpo comenzó a relajarse a medida que las letras desfilaban ante sus ojos; las cartas del mazo que había barajado, estaban listas para jugarlas en lo que creía sería su última partida.
Cuando Quentin comenzó a averiguar los detalles del pasado de su padre, una de las primeras cosas descubiertas fue la cercana relación entre Bernard Chatelet y Germaine Necker, un estrecho vínculo de patrocinadora y protegido. Pese a que en un inicio se negó a creer que su padre estuviera tan entrañablemente ligado a la conocida tertuliana y escritora, las pruebas que Quentin le presentó eran irrefutables. Ambos aparecían en más de un escrito liberal firmando en conjunto y, lo más destacable, sus pensamientos teniendo un punto de unión muy fuerte; el periodista y la filósofa consideraban la inteligencia femenina tan potente como la masculina y, por lo tanto, hombres y mujeres debían ser educados de igual forma. Luego del impacto inicial de tamaño descubrimiento, al estudiante de leyes no le fue difícil entender por qué su familia era tan cercana a la familia de Isabelle; sin duda Bernard era de los pocos hombres que admiraba sinceramente a Oscar.
Tomando en cuenta los nuevos descubrimientos, François se animó a escribirle a la baronesa que a esas alturas de la vida residía en Suiza. Utilizando la excusa de recabar información acerca de su padre para poder rendirle un escrito homenaje a su obra y acciones, la contactó poniendo en práctica su locuacidad tan bien heredada. Como era de esperar, la mujer contestó rápidamente, declarando sin dudas ni tapujos, la sincera admiración que Bernard había despertado en ella y, por supuesto, el profundo pesar que le había provocado su temprano e injusto fallecimiento.
Así comenzaron un fluido intercambio de correspondencia, misivas llenas de pasajes desconocidos de la vida de Bernard llegaban manos del joven Chatelet. Después de un tiempo, cuando ya no había peligro de que la mujer desconfiara de sus intenciones, François se atrevió a solicitar lo que era el punto final de su planeada venganza. Necesitaba un lugar en donde refugiarse al huir de su tierra natal en caso de que, milagrosamente, resultara con vida después del ataque planeado, pues permanecer en Francia sólo perjudicaría a su familia materna.
Apartando la misiva de sus ojos, se secó la frente con el puño de la camisa mientras una espeluznante sonrisa tomaba sus labios. La baronesa, siempre llana a mantener conversaciones de tiempos pasados, acogía amablemente sus ganas de conocer más de su progenitor y por ello, lo invitaba a visitarla en su residencia en Suiza, eso, siempre y cuando los fragores de la guerra así se lo permitieran.
Todo estaba listo, había logrado ser contratado como estafeta del juzgado a cargo del fiscal Belmont Allard y, vale decir que por un sueldo miserable, trabajaba algunas horas al día, logrando pasar desapercibido entre tanta gente que circulaba a diario por ese lugar, consiguiendo informarse además de los datos privados del hombre que odiaba. Viéndolo, día a día, su odio crecía a niveles que jamás imaginó posible. También identificó al sirviente que oficiaba de guardián y que se encargó en más de una oportunidad de contactar a Jolie, quien, además de ser un espeluznante esbirro, en el diario vivir transportaba a los numerosos hijos que Allard tenía con su esposa. Porque sí, el mentado fiscal no sólo era un hombre poderoso y de una supuesta moral intachable, pues además se suponía un padre cariñoso y fiel esposo. Sus fatuas acciones respaldando cada detalle de la pantomima de su perfecta vida.
Con la certeza de que cada pieza del rompecabezas que había creado comenzaba a encajar en el gran plan de su venganza, dobló la carta de madame de Staël y la guardó en uno de sus bolsillos. Aún tenía algunas cosas que ajustar antes de proceder con la parte final. Apagando la vela que reposaba en su mesa de noche, se puso de pie y salió de la habitación que compartía con dos estudiantes de su misma carrera.
La corriente de aire nocturno le llevó hasta la nariz el mohoso aroma de los pasillos de la universidad, levantándose la solapa de la chaqueta se cubrió las orejas y pegó a los muros tratando de ocultarse, nadie podía verlo vagar por el edificio a esas horas, era una de las reglas más estrictas del establecimiento. Dejando rápidamente el sector universitario, se internó en el de los estudiantes del liceo, levantó la vista hacia el tercer piso del añoso edificio y arrojó contra la única ventana iluminada, uno de los guijarros que llevaba en los bolsillos. En seguida la ventanilla se abrió dando paso al largo cuerpo de Augustin; el muchacho se deslizó por el alféizar y, con una impresionante agilidad, comenzó a descender por los irregulares muros.
-Te hacía dormido…- musitó François al tiempo que hacía un movimiento con la cabeza, indicando que se adentraran en los recovecos del viejo edificio.
-Tenía insomnio, estaba escribiéndole a mi hermana para pasar el tiempo- contestó Augustin sonriendo ante la mentira que salía sin tapujos de su boca, pues a quien estaba escribiendo era Angelique de Girodelle, la hija de Víctor y Dianne.
-Felicita a Isabelle en mi nombre por su boda- dijo de forma cortés.
-A Charles también, supongo- punzó el joven Grandier.
-No, a él no… no lo conozco lo suficiente como para creer que se merezca a tu hermana ni para hacerlo destinatario de mis parabienes.
-Al menos él no la ha engañado…- enmudeció al verse apresado contra uno de los muros, el brazo de François puesto sobre su garganta. Sonriendo ante la rapidez del ataque, Augustin levantó una rodilla y asestó un certero golpe en la cadera de su atacante, maniobra por cierto enseñada por su recién estrenado cuñado. Al verse liberado, volteó el cuerpo y torciendo el brazo de su amigo, estrellándolo en la pared contra la que recién había sido aporreado –Y pelea mejor que tú… esto- retorció el brazo que mantenía bajo su presión –También me lo enseñó Charles.
-Basta… no estoy para tus jugarretas.
-Estamos practicando…
-Actúa acorde a tu tamaño- François echó la cabeza hacia atrás, golpeando la nariz de Augustin, con la suficiente fuerza para que le doliera pero no para provocarle una fractura –Arregla tus asuntos para que me acompañes en dos días a la casa de Allard- le dijo al muchacho que rápidamente lo soltó y se sobaba el puente de la nariz.
-¿Te contestó la baronesa?- preguntó Augustin sentándose en el piso y sacando de uno de sus bolsillos una petaca, regalo de Alain en su último cumpleaños, la destapó y bebió un sorbo de licor. En seguida se la ofreció a François.
-Sí- se sentó también y bebió un trago de alcohol, alzó una ceja interrogante al percibir el sabor de un buen brandy –¿Te llegó la mesada?
-Fue un extra que mi padre envió, seguramente mamá no tiene idea- dijo encogiendo los hombros y con una encantadora sonrisa.
-Mientras no te pida el detalle de en qué gastas el dinero…
-Tengo bastantes libros y camisas nuevas- guiñó un ojo y se revolvió el cabello con una mano –¿Aún sigues con la idea de que nos vistamos iguales?
-¿Tienes miedo?
-No, no seas iluso… Es sólo que no estoy seguro de que tu corte de cabello me favorezca- sonrió divertido –¿A qué hora nos reuniremos el sábado?
-A medianoche, Quentin tiene libre y le pediré nos espere en el callejón con los caballos.
-François… ¿Estás seguro?
-Sí, no quiero esperar más, no tiene sentido.
-No me refiero a eso… digo, ¿Está seguro de querer hacerlo?- Augustin exhaló con fuerza –Asesinar a alguien también termina con una parte de ti… al menos eso me siempre es lo que me han dicho mis padres.
-¿Y por eso te entrenaron tanto en armas y puños?- preguntó con ironía.
-No, ellos lo hicieron para que siempre pudiera defenderme. Además, es posible que deba unirme al ejército y gracias a mis padres estoy más capacitado que muchos… Nuestro emperador parece demasiado asiduo a la guerra.
-Entonces no olvides el propósito de tu preparación cuasi militar, tu única tarea es distraer y siempre mantenerte lejos del peligro. Mientras distraes yo ejecuto. Es simple, ni tu alma ni principios están en juego- pidió la petaca y bebió otro sorbo. Acarició con la yema de los dedos la piel que cubría el metal –Soy honesto conmigo mismo, sé que no soy tan hábil con los puños ni espada… y pese a que te has esforzado enseñándome, y valga decir que he mejorado mucho, sin tu ayuda no podría hacerlo, pero, por favor, mantente lejos de todo peligro. No puedo cargar con otra muerte en mi familia…
-Estoy nervioso…- confesó Augustin con un hilo de voz –No asustado, pero tampoco voy a fingir que veo todo como pan comido. Nos vamos a meter en una casa que no es nuestra, un lugar que está custodiado por ese infame que tiene el tamaño de un gigante- le quitó la petaca a François y bebió –Matar al fiscal lo veo más fácil, pero a su salvaguardia…
-No saldré de ahí hasta que los dos hayan dado su último respiro- sentenció poniéndose de pie –Pero tú…- extendió una mano para ayudar a Augustin a levantarse del piso, este aceptó –Tú saldrás apenas logre llegar a la habitación personal. ¿Entendiste?
-Sí, sí… ya me lo has repetido lo suficiente…
-Y lo seguiré haciendo- se metió las manos en los bolsillos del pantalón y comenzó a caminar –Mañana iré a dar una vuelta de reconocimiento ¿Te sumas?
-Te veo al terminar mis clases- contestó Augustin al tiempo que hacía un gesto con la mano.
François vio a la distancia como el muchacho escalaba el muro y llegaba a su ventana para entrar a la habitación con un ágil salto. Fugazmente recordó cuando le enseñó a trepar árboles, Augustin apenas tenía cuatro años y poseedor de una energía abrumadora, no había como tenerlo lejos de los problemas, por ello, él e Isabelle le enseñaban cualquier cosa que lograra cansarlo. Le pareció tan extraño verlo convertirse en un hombre cuando siempre lo había visto como a su hermano pequeño, un chiquillo que nunca pensó crecería tan rápido. Sacudiendo la cabeza para alejar cualquier tipo de pensamiento que no tuviera que ver con sus planes, aceleró el paso y regresó al sector universitario.
-o-
La desagradable sensación de la brisa golpeándole la nuca y parte trasera del cuello, hizo que Augustin se removiera incómodo apenas salió de la barbería. Desprenderse de su abundante melena le resultó más difícil de lo que había pensado y no sólo por fines estéticos, sino porque de cierta forma hacía realidad algo que siempre pensó no se concretaría. Porque si bien accedió de inmediato a ayudar a François, también siempre pensó que, con el paso del tiempo, su amigo volvería en sí y desistiría en su descabellado plan.
A medida que avanzaba por una de las callejuelas principales de la ciudad, un insistente escalofrío comenzó a erizarle la piel, volteando de forma brusca observó en todas direcciones, esperando notar algo sospechoso o al menos fuera de lugar, sin embargo nada parecía extraño. París continuaba con su vertiginoso ritmo, pocos hombres jóvenes en las calles, viejos y mujeres voceando variados productos a la venta, mugrientos chiquillos correteando entre los adoquines llenos de lodo y tierra, perros olfateando en la basura que se acumulaba en algunos callejones y uno que otro grito anunciando los orinales que eran vaciados por las ventanas.
"No es nada… deja de ser paranoico, debe ser el aire que ahora me entra por el cuello de la camisa..." se dijo al tiempo que se obligaba a apurar el paso, pues según sus cálculos, François lo estaba esperando desde hace más de una hora. Haciéndole el quite a un charco de pestilente agua, apenas alcanzó a reaccionar antes de chocar con una jovencita que llevaba en un brazo una canasta con algunas frutas, sonrió galante mientras se disculpaba con la chiquilla que lo miró embelesada. Tentado a comprar un par de manzanas, y no debido al hambre precisamente, cambió de opinión al percatarse que un par de soldados doblaban en la próxima esquina. Dado que no estaba de ánimos para mostrar los documentos que comprobaban su edad ni dar explicaciones por no estar en el ejército, documentos que su madre lo obligaba a portar debido a que parecía mayor de lo que realmente era, cambió de rumbo y deshizo los pasos andados.
Al pasar nuevamente frente a la barbería, la extraña sensación de ser observado volvió a asaltarlo. Rehusándose a ser víctima de estúpidos miedos, como se dijo a sí mismo, caminó rápido y, cortando camino por callejones y plazas, se acercó al bohemio distrito en donde François lo esperaba.
-Pareces una oveja esquilada…- fue el saludo que el estudiante de leyes le dedicó al verlo llegar.
-¿Estás seguro de que nadie sospecha de ti?- preguntó Augustin sin poder aguantarse la nerviosa sensación que aún no lo abandonaba -Creo que alguien me estaba siguiendo…
-Eso se llama paranoia- François hizo un de invitación con la cabeza y se dirigió hacia una estrecha callejuela -Vamos, está a punto de anochecer y a esa hora el esbirro llega a revisar la casona, no quiero que nos vea rondando por aquí… me ha visto en el trabajo y tonto no es.
-Aún no sé cómo has aguantado verlos a diario durante tanto tiempo- murmuró Augustin siguiendo al joven que lo guiaba.
-Imaginando la sangre de ambos en mis manos…
Augustin estuvo a punto de reír con lo que consideró una macabra broma, mas debió callar al percatarse que François hablaba en serio. Nuevos escalofríos le recorrieron la espina dorsal. Cuando pasaron frente a uno de los burdeles de la calle, el hijo de Oscar se detuvo unos segundos recordando haber estado en ese lugar meses atrás.
-¿No es aquí dónde…?
-Calla y camina- François lo agarró de la manga de la chaqueta y lo obligó a reanudar el paso -No tienes nada que ver en ese sitio.
-Al parecer está cerrado- insistió siempre curioso muchacho.
-Será por poco… la dueña anterior murió y seguramente una de sus muchachas se quedará a cargo.
-¿Murió? ¿Cómo lo sabes?- se detuvo -¿Seguiste viniendo después de Jolie?
-No- los ojos de François destellaron con furia.
-Entonces… ¿Cómo lo sabes?- insistió.
-Sólo lo sé.
-Dios…- Augustin apoyó una mano en un mohoso muro, se inclinó un poco y respiró profundo pese al mal olor del lugar -¿La mataste?- preguntó con la voz temblando.
-¡¿De qué hablas, mocoso?!- se acercó con los puños apretados -Yo no moví un dedo…
-No te creo…- el muchacho abrió sus verdes ojos hasta el máximo -Te conozco… algo hiciste, sé cuándo mientes.
François apenas pudo disimular la sonrisa que bailó en las comisuras de sus labios, al notar que Augustin arrugaba el entrecejo y su semblante se tornaba abatido, aclaró:
-No hice más acercarle una cuerda, fue ella quien decidió tomarla.
-¿En qué te estás convirtiendo?... Ya no eres…
-No, ya no soy quien era- lo interrumpió -Nunca más lo seré- cruzando los brazos, preguntó con impaciencia -¿Seguirás adelante o busco a alguien más para que me ayude?
Augustin, pese a estar tentado a desistir, dar media vuelta y abandonar todo el plan, sintió que los valores inculcados por sus padres eran superiores a sus miedos, le habían enseñado a no huir ni a romper una promesa. François era su camarada, su hermano y por ello, no lo dejaría solo, menos cuando en el fondo de su corazón, y pese al reciente descubrimiento acerca de la regenta del burdel, aún guardaba la esperanza de que su amigo recapacitara, tenía fe en la bondad que sabía el hijo de Rosalie guardaba en su corazón. Lo conocía y estaba seguro de que sólo el dolor era el causante de que estuviera actuando como el despiadado ser que en realidad no era.
-¿Qué hacemos aquí?- preguntó después de respirar profundo un par de veces, hablando únicamente cuando se sintió más tranquilo.
-Mira…- François apuntó una ventana en un piso superior, Augustin observó, calculando que era el cuarto nivel del inmueble frente al cual se habían detenido -Esa ventana siempre está abierta, hace algunos días arrojé algunas cosas al interior, de haberlas visto, habrían cerrado la ventana.
El viento del otoño revolvió algunas arrugadas y sucias hojas de periódico que decoraban la calle. Acostumbrado a quitarse el cabello del rostro, Augustin hizo el gesto de siempre; ademán que no pasó desapercibido para François.
-Te ves mayor- murmuró el hijo de Bernard y Rosalie -Ya no pareces un chiquillo… Jolie tiene razón, con el cabello largo parecemos insulsos querubines que…- tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba hablando en tiempo presente, sin terminar la oración, su mirada volvió a la ventana superior y luego se desvió hacia el cielo. El dolor que a diario sentía en el pecho haciéndose más fuerte. -Vámonos, no quiero que alguien nos vea y está anocheciendo- dio media vuelta y comenzó a caminar.
Augustin levantó la solapa de su chaqueta para cubrirse la parte trasera del cuello y lo siguió, esforzándose en concentrarse en lo que haría a la siguiente noche y no en el miedo que le retorcía las entrañas.
Gracias a esas extrañas coincidencias de la vida, esas que te hacen creer que el destino está de tu parte y colocando cada cosa en su lugar, el día siguiente transcurrió sin complicaciones, siendo una jornada libre de cualquier tarea que requiriera una concentración superior a la habitual. Cosa que ambos jóvenes agradecían en su fuero interno, pues habían pasado la noche alternando entre el insomnio e inquietas duermevelas. Augustin permaneció la mayoría del día en la biblioteca del liceo, pensando en su familia y, sobre todo, en qué le diría su padre si supiera en la situación en la que estaba; la reacción de su madre la tenía bastante más clara, pues Oscar seguramente le prohibiría efectuar cualquier acción que pusiera en peligro su integridad física y que además, fuera ilegal. En cambio André, era un misterio para el muchacho, su padre no era tan rígido como su madre e incluso, al pensar en el siempre buen humor y jovialidad del criador de caballos, no le resultaba difícil ni descabellado, imaginarlo junto a Alain o Bernard cometiendo una barbaridad como la que él planeaba realizar… Una vez más los secretos del pasado empañando lo que en el presente ocurría.
¿Cuántos problemas se habrían evitado los jóvenes si el hablar de frente, preguntar y contestar con sinceridad, fuera una práctica habitual en sus familias? ¿Cuánto más fácil sería comunicarse si los padres no fueran tan proclives a sobreproteger y los hijos, por su parte, no fueran especialistas en ocultar cosas y creerse dueños del universo?¿Cuan diferente sería todo si Augustin hubiese sabido que la primera vez que su padre hizo algo temerario e ilegal, fue actuando en complicidad con su madre? Seguramente se habría sentido con la confianza suficiente de pedir el consejo de quienes, con el fin de resguardarlo, le habían ocultado las facetas más complejas de su imprudente juventud…. O quizás no, pues también está la posibilidad de que, al conocer esos precipitados actuares, los mismos no fueran más que un ejemplo para él. En fin, eso, queridos lectores, nunca lo sabremos, pues la realidad era otra, una muy lejana a los supuestos.
Con la desagradable sensación de tener el estómago revuelto, Augustin no fue capaz de probar bocado durante todo el día. Tampoco se encontró con François al interior del establecimiento de estudios, pues ambos habían acordado mantenerse alejados.
Al anochecer, luego de acostarse y esperar que el único compañero que tampoco había tomado el fin de semana libre comenzara a roncar plácidamente, se levantó y sacó la bolsa de cuero que estaba guardada al final de su armario. En silencio se vistió con negros ropajes. Frente a un espejo, terminó de abotonarse el chalequin y colocó la chaqueta que le calzó como un guante, dobló un azabache pañuelo y lo ajustó sobre la mitad inferior de su rostro. Un nuevo estremecimiento le recorrió la espalda, pues apenas pudo reconocerse en el reflejo. Cerrando los ojos, respiró una y otra vez hasta que se sintió un poco más tranquilo, nunca había sido un cobarde y esa no sería la primera vez. Desde la puerta de la habitación retrocedió en puntillas, había olvidado el puñal que Charles le regaló años atrás, sacándolo de su mesa de noche lo metió en una de sus botas. Deslizando el pañuelo hasta su cuello para poder respirar mejor, corrió a todo lo que le daban las piernas hasta el muro trasero del patio del liceo; lo escaló con facilidad gracias a la irregularidad de la construcción y saltó hacia la calle. Los relinchos de tres caballos lo recibieron.
-Vamos…- murmuró montando de un salto en el alazán que Quentin afirmaba con la mano derecha. Los tres jóvenes partieron a todo galope.
-o-
Quentin se mordió la cara interna de la mejilla, obligándose a guardar silencio mientras observaba a los rubios jóvenes acomodarse los pañuelos en el rostro. Si no fuera por el color de ojos y la leve diferencia del dorado tono de sus cabellos, le habría sido imposible diferenciarlos, pues en complexión eran prácticamente iguales pese a la diferencia de edad.
-Toma…- François se acercó al futuro periodista con un arma en la mano –Está lista para disparar, si las cosas se complican, dispara antes de preguntar y galopa como si el diablo te estuviera persiguiendo. Nosotros nos las arreglaremos para salir, no intentes ser el paladín que nadie necesita.
El robusto y moreno joven asintió, pues sabía que nada sacaba con rebatir. Por lo que, guardándose el arma en el cinto, tomó los tres pares de riendas y se alejó hasta el lugar acordado. Se detuvo abruptamente al vislumbrar una sombra en uno de los callejones, soltando los caballos corrió en esa dirección; sólo alcanzando a ver el borde de una capa ondeando tras un muro. Con la frente perlada de sudor y las manos húmedas, partió de regreso a donde sus amigos habían quedado para advertirles que alguien los observaba. Masculló una maldición al percatarse que ambos ya no estaban en la calle.
-o-
Como si de un hombre y su sombra se tratara, François y Augustin aterrizaron sobre la gravilla del patio. Permanecieron en cuclillas y aguzando el oído, apenas respirando mientras esperaban cualquier reacción ante su intromisión en la propiedad. Una vez que descartaron haber sido descubiertos, comenzaron a caminar agachados y evitando las ventanas. Al pasar frente a un ventanal que parecía ser el del salón principal debido a su tamaño, François se asomó durante unos segundos: en el interior se desarrollaba un fiesta privada, cinco hombres alrededor de una mesa y con barajas en la mano, una jovencita sirviendo bebidas y esquivando con coquetería los manotazos que iban dirigidos a su torso, cintura y busto. Apretó los puños con rabia al notar en la muchacha un leve parecido con Jolie. No dejándose dominar por la ira desvió la vista unos centímetros, apoyado en la puerta estaba el lacayo del fiscal; lo notó un tanto distraído por la jovencita que caminaba alrededor de la mesa de juego.
Inclinándose nuevamente hizo un gesto a Augustin, ambos continuaron avanzando en dirección a la parte trasera de la casona sin despegarse de la pared. Mientras se disponían a subir por unos de los muros, François forzó su memoria hasta el máximo a fin de recordar todos los detalles que Jolie le contó acerca de esas "fiestas". Si no se equivocaba, pronto Belmont daría por finalizado el evento y se dirigiría con la meretriz de turno a la habitación principal de su guarida. Tenían poco tiempo para ingresar.
Después de un gesto, los jóvenes comenzaron a escalar los muros. El primero en llegar a la ventana que aún permanecía abierta fue Augustin, apenas aterrizó sobre el parqué hizo un rápido reconocimiento, en el piso estaban varios objetos claramente lanzados desde el exterior. Gracias a la plateada luz de la luna, también pudo reconocer una mesita que obstaculizaba parcialmente el camino que recorrería François, rápidamente la quitó al tiempo que el hijo de Bernard ingresaba a la habitación. Dado que el futuro abogado se sabía no tan ágil como su acompañante, agradeció al muchacho el haber despejado la vía, pues sin duda habría chocado contra ella.
Caminando por los oscuros pasillos, encontraron casi de inmediato el dormitorio principal. Colores brillantes y telas extravagantes decoraban la habitación. Muebles ostentosos y una amplia selección de lo que parecían ser licores en una mesa ubicada en una esquina. Todo contrastando con la pulcra y austera imagen que el fiscal esgrimía a diario. François se acercó a la cama ubicada en el centro y la observó fijamente mientras apretaba un puñal en su mano, los dedos le hormigueaban debido a las ganas de destrozar los fastuosos almohadones de plumas. Sacudiendo la cabeza volvió a su centro y se alejó del lecho, tomando la cuerda que comunicaba la alcoba con la sala de servicio, la cortó y dejó sobrepuesta. En seguida registró los armarios hasta que encontró uno con bastante sitio para ocultarlo. Después de hacer una seña a Augustin, entró a su escondite mientras el muchacho salía de la habitación.
Sintiendo cada latido de su corazón en las sienes, permaneció tan quieto como una estatua mientras los minutos se transformaban en horas. De pronto, la puerta se abrió y la tenue luz de un candelabro iluminó la habitación. Apoyándose levemente en la portezuela entreabierta, observó a través de la rendija. Belmont se sentó en la cama mientras la jovencita dejaba la palmatoria en una mesita de apoyo. El cuerpo de François se tensó como la cuerda de un arpa, su venganza estaba cada vez más cerca. En silencio y sosteniendo el reloj de bolsillo facilitado por Quentin, suplicó para que Augustin no errara en su cometido, la instrucción era esperar máximo diez minutos para intentar entrar a la habitación.
Los segundos corrían angustiantes. Cada minuto siendo eterno mientras observaba el perverso juego del fiscal: el hombre, con siniestros susurros, le ordenaba a la muchacha desvestirse para que después hiciera lo mismo con él, venerándolo como si de su amo se tratara. François rezó para que Augustin se apresurara, pues le era imposible no pensar en Jolie en la misma situación. De pronto, la manija de la puerta se movió bruscamente. Todo se detuvo en la habitación.
Belmont ordenó a la cortesana ir a ver qué ocurría mientras él salía de la cama y extendía el brazo para agarrar la gruesa cuerda que lo comunicaría con su guardaespaldas. Cuando el dorado cordón quedó en su mano, miró consternado hacia la entrada de la habitación: la muchacha había desaparecido y la puerta estaba cerrada. Antes de siquiera poder reaccionar, el filo de un cuchillo le lastimó la piel del cuello.
-Tengo dinero… mucho- murmuró, calló al sentir el caliente líquido corriendo por su piel.
-No me interesa tu maldito dinero, un ruido y te rebano- escupió François. Con la mano que tenía libre tomó el brazo derecho del fiscal, se lo retorció en la espalda tal y como Augustin le había enseñado. El hombre ahogó un grito -Arrodíllate- ordenó.
Sin soltarle el brazo ni mover el cuchillo, esperó a que el hombre hiciera lo ordenado. Apenas Belmont apoyó las rodillas en la alfombra, un golpe lo dejó inconsciente. Al despertar seguía estando desnudo pero de espaldas sobre la cama, extremidades atadas y amordazado, se revolvió frenético.
-La mataste para que nadie se enterara de tus deslices… el correcto fiscal y sus inmoralidades- dijo François fijando la vista en los ojos de su prisionero -Ella no tenía nada que ver, ella sólo quería una vida normal… una vida conmigo- masculló con los dientes apretados, desconcertado vio que el hombre negaba con la cabeza, apretó la mano con la que sostenía el puñal -¡No lo niegues! ¡Lo sé todo!- el hombre seguía revolviéndose nervioso, temblando temeroso. Sintiéndose desconcertado por ese extraño actuar, le quitó de un manotazo la mordaza.
-No sé de qué hablas… soy inocente de cualquier acusación
-¡Mientes!
-¿Qué hiciste con mi mujer?- preguntó Belmont con la voz temblando -No la lastimes por favor, es mi esposa.
-Maldito…
-Desátame y no le diré a nadie lo aquí ocurrido… sólo quiero estar con mi mujer, estamos recién casados…
-¡Calla!- François lo abofeteó -No me engañas… ni cuenta te diste que me conoces, llevo meses trabajando de estafeta, Jolie era mi mujer y su hijo era mio... ¡Mio!- gritó perdiendo los estribos -¡Claudette te mintió! ¡Sólo quería tu dinero!
En esos momentos, el rostro del hombre cambió, mutando de temerosa víctima a depredador, el cambio fue tan grande que llegó a ser físico. Las pupilas dilatándose, el cuerpo irguiéndose a pesar de la posición. Todo en él mostrando poder.
-Esa perra…- escupió -Siempre fue ambiciosa…- una bofetada lo hizo voltear la cabeza, un hilo de sangre se le deslizó por los labios. Lo lamió con la punta de la lengua -No debí confiar en ella… De no haberlo hecho, seguiría jugando con Jolie… Te diré una infidencia- sonrió con los dientes manchados de rojo -No he encontrado otra puta tan buena como ella… Jolie no tenía límites y le gustaba su trabajo- se carcajeó de forma siniestra -Ha sido la mejor puta que he tenido… gozaba como una perra en celo cada vez que la montaba...
Las palabras cesaron dando paso a guturales sonidos, la sangre brotando por la boca y garganta del hombre. François aún de pie, con la mano temblando y cubierta de sangre, su mirada pendiente de cómo se apagaban los ojos de quien tanto odiaba. Antes de poder siquiera reaccionar, un estruendo lo sacó del trance en el que se encontraba. A duras penas recomponiéndose salió dando tumbos de la habitación, mas de inmediato reaccionó y corrió en ayuda de Augustin que en esos momentos estaba a punto de ser arrojado por el barandal, un desconocido tratando de empujar al muchacho que luchaba con fiereza. Tomando un pesado jarrón, lo estrelló contra la cabeza del atacante del hermano de Isabelle.
-Maldición, te dije que estuvieras oculto…- tomó de los hombros al muchacho -Vámonos… ya nos vieron, es demasiado peligroso seguir…
Augustin asintió, no obstante antes de dar el primer paso se detuvo.
-La muchacha…- musitó dando media vuelta y corriendo hacia una de las habitaciones.
François entró pisándole los talones. La meretriz estaba maniatada y amordazada, acomodada sobre una silla y cubierta pudorosamente con una manta.
-Tranquila, te sacaremos de aquí- murmuró Augustin inclinándose para liberarla de lo que él mismo había hecho -Todo estará bien… Espero no haberte lastimado, no quise ser brusco- trató de consolar a la jovencita que no dejaba de temblar. François en la puerta vigilando que nadie se acercara.
En cuando Augustin soltó las ataduras de la meretriz, se apresuró a cubrirla con una bata que encontró tirada en la habitación, era tanto su apremio por protegerla que ni siquiera se detuvo a pensar que era la primera vez que veía a una mujer desnuda. Tomándola de la mano para salir lo más rápido posible de aquel lugar, los dos jóvenes y la muchacha bajaron las escaleras en completo silencio. Apenas moviéndose para no hacer crujir las maderas de los peldaños. Una vez en el rellano del piso principal y antes de abrir la puerta. La jovencita afirmó con fuerza la mano de Augustin y gritó:
-¡Gustave! ¡Ven, rápido! ¡Hay intrusos en la casa!
François la empujó a la mujer con fuerza mientras tomaba de un brazo a un descolocado Augustin, el muchacho aún sin poder creer lo iluso que había sido. Un sordo golpe anunció la caída del hijo de Bernard, sobre él, Gustave, el guardaespaldas del fiscal, tratando de asfixiarlo. Augustin sin dudar y de una sola bofetada, aturdió a la mujer que se lanzaba sobre él para arañarlo en el rostro. Apenas se vio libre de los manotazos, sacó el puñal de su bota y lo enterró en la espalda del hombretón que estaba empeñado en asesinar a su amigo, la puñalada fue certera y profunda, justo perforando el pulmón izquierdo, podría haber jurado que oyó el aire escapar del cuerpo que pese al ataque, se rehusaba a caer.
Aprovechando el balanceo catatónico de Gustave, Augustin tomó un brazo de François y de un sólo impulso lo levantó de piso. Sin darle tiempo de que recuperara el aire lo arrastró fuera de la casa. Contra todo plan salieron por la puerta principal. La gente que aún circulaba por el barrio haciéndose a un lado del par hombres que trataban de escapar. A los segundos, Gustave también salió a la calle.
-¡Deténganlos! ¡Son asaltantes! ¡Son asesinos!
Rodeados por personas que, si bien no se atrevían a acercarse al par de hombres enmascarados, los cercaban peligrosamente, Augustin y François apoyaron sus espaldas en un intento de protegerse. Todo se estaba desmoronando, no había salida… mas cuando vieron que Quentin se acercaba a todo galope y gritando como un energúmeno, aprovecharon el miedo de la gente para correr en dirección a un callejón. Perdiendo la cuenta del tiempo transcurrido, en algún momento se inclinaron en un esfuerzo por llenar de aire sus pulmones.
-¡Sabía que te había visto en algún lugar, mocoso!- Gustave aturdió de un solo puñetazo a Augustin, enseguida estrelló a François contra un mugroso muro. Con torpes gestos intentó arrancarle el pañuelo del rostro, el joven se rebatió golpeándolo con puños y piernas, pues pese a estar gravemente herido, el hombre tenía una fuerza descomunal. -Le dije al jefe que ibas a ser un problema… le dije que la putita no estaba sola- tomándolo del cuello, lo alzó contra la pared -Ella gritó y suplicó- sonrió con crueldad, sus altos pómulos brillando por el sudor, la grasienta piel marcada por pústulas -Te llamó hasta que dejó de respirar… siempre pensó que llegarías a ayudarla. Lloró tanto, que se me quitaron las ganas de divertirme con ella.
François cerró los ojos, era tanto el dolor que la única salida que veía posible era dejar de respirar.
-Suéltalo.
Gustave se quedó quieto al sentir el cañón de un arma apoyado contra su cabeza. Lentamente soltó su agarre.
-Al primer movimiento brusco, te vuelo los sesos- murmuró Augustin con el arma firmemente agarrada. El hombre soltó a François, este cayó al piso casi inconsciente por la falta de aire. -Gírate...- al notar que Gustave no obedecía, insistió -¡Dije que te giraras!- empujó el cañón del arma.
El hombre se lanzó contra él utilizando todo su peso, intentando quitarle el arma. François volvió en sí con el ruido de la trifulca que se desarrollaba frente a sus narices, forcejeos, empujones y golpes por parte de ambos. Levantándose del piso sacó el arma que llevaba en el cinto y apuntó a la cabeza de Gustave, en el momento en que disparó, otro balazo retumbó en el callejón. Ambos contendores cayeron al piso.
Un desgarrado grito salió de la garganta de François, con movimientos frenéticos sacó de encima de Augustin el cuerpo inerte de Gustave.
-Gus… Dios... por favor…- suplicó mientras con manos temblorosas palpaba el cuerpo de su amigo -Háblame, Gus… por favor, háblame- levantó sus manos, estaban empapadas de sangre. Agustín tenía una herida de bala en el estómago -No… no… esto no debía pasar- se quitó de un tirón el pañuelo del rostro y lo presionó contra la herida, el charco de sangre haciéndose cada vez más grande.
-¿Qué pasó…?- Quentin se quedó mudo al ver la escena, pues ni en sus peores pesadillas había imaginado semejante imagen; los dos jóvenes igualmente vestidos, uno yaciendo inerte y el otro con las manos bañadas en sangre. Un poco más allá, el cuerpo del guardaespaldas del fiscal tirado de costado y con la cabeza destrozada. François se puso de pie tambaleando y sin dejar de mirarse las ensangrentadas manos.
-Ve por un médico…
-Todo el mundo nos está buscando… en minutos llegará la policía.
-¡Ve por un médico!- gritó fuera de sí.
Quentin dio media vuelta y corrió como alma que lleva el diablo, tan pendiente de buscar ayuda que pasó por alto al hombre que entraba al callejón en el momento en que él se alejaba. Como un desquiciado golpeó puertas mientras clamaba por un médico, cuando finalmente encontró alguien que quiso acompañarlo, lo guió prácticamente a tirones hacia el lugar en donde dejó a sus amigos.
-No hay que ser muy inteligente para darse cuenta que ese hombre está muerto- murmuró el galeno mientras se quitaba las gafas para limpiarlas con un pañuelo -Nadie vive con la mitad de la cabeza deshecha.
El joven aprendiz de periodista abrió la boca, mas fue incapaz de hablar. No había rastro de Augustín ni François.
Continuará…
¡No me maten por el final! jejejejeje mejor pónganse contentas porque ¡Logré terminar el capitulo! Mil disculpas por no haber publicado antes… hasta me salté el aniversario del fic y ni cuenta me di… en Chile las cosas han estado complicadas y la musa inspiradora se dedicó a protestar en lugar de trabajar. Pero, como buena virgo que soy, insistí e insistí en llamarla hasta que le ofrecí un aumento en el sueldo y, a regañadientes, volvió XD.
Espero hayan disfrutado este capítulo y ya saben…. Lo usual, espero el pago a mi trabajo, un humilde review es el mejor incentivo XDDDDD.
Primero, quiero agradecer a cada lectora que sigue la historia y, sobre todo, a las que comparten sus opiniones (ya sea por DM o en review) ¡SON LAS MEJORES! Hay varias que comentan en otros idiomas y quisiera que más se atrevieran a hacer lo mismo, leo todo. Last but not least, a mi Golden Army. Las enseñanzas de Krimhild creo que se notan en cuanto a exigencias, me rehúso a escribir algo por debajo de la vara que ya he dejado en los capítulos precedentes, a los ojitos de Eödriel, que siempre miran que no me coma letras o algún acento por ahí, las acotaciones y comentarios de EmilSinclair, que saca lo mejor de mí en cuanto a historia-vocablo y el "pimponeo" con Milagros, que no cesó en la presión para que hiciera hilos de pensamientos, cosa que no me es nada de fácil. Aprovecho la oportunidad para recomendarles los fanfics de las chicas mencionadas, ¡pura calidad, señoras!
Espero no haberlas aburrido con la pincelada de historia entre medio de la "Luna de miel", es imposible saltarse eso (así como la descripción de un París en plena guerra). La vida real no es pura calma ni miel sobre hojuelas, menos aún en esa época. Por lo mismo, los personajes aquí creados tienen más de un defecto, se equivocan (Sí, a veces también la kgan en grande XD) pero esos defectos y sus virtudes, también hacen que los adoremos. No se enojen con ellos cuando hacen burradas, enójense conmigo que soy la malvada jajajajaja.
Y bueno, como ya no las quiero cansar más, me despido de ustedes dejándoles un gran abrazo y los mejores deseos en esta próxima Navidad. No olviden que lo más importante es el amor y la familia, lo comercial se agota, rompe o gasta. Concentrémonos en lo esencial.
Si no público antes de fin de año, también les deseo lo mejor para el 2020.
(Mañana sábado 14, me reuniré a cerrar el año con varias de las grandes amigas que he hecho gracias a ROV, si hay alguna chilena por ahí leyendo, mande DM para invitarla a nuestro grupo de fcbk, somos pura buena onda y luego de conocernos virtualmente, quizás se animen a participar en las reuniones que hacemos de forma periódica)
A continuación, algunas notas que les podrían resultar interesantes.
-Momento musical… ¿Alguien descubrió de que canción son las estrofas insertadas?, las ayudo: son de Mirrors, del esposo de Jessica Biel (No diré el nombre del sujeto porque estoy enojada con él por no superar a doña Brit y seguir lucrando a su costa XD… sororidad ante todo... usé este tema porque es potentisimo, la canción es tremenda historia de amor).
-El (*) que notaron por ahí, es la referencia a una famosa frase de John Lennon. Quise jugar un poquito en eso, además, Charlescito ito ito tiene tanto brillo, que es muy fácil mezclar cosas en su personaje (gracias Emil por la idea de ahondar en eso).
-El tema del cabello de Isabelle y lo que provoca en su marido, es algo bien habitual de la época, tanto así que, ver una melena suelta y natural, era algo considerado incluso erótico, ya que solo el cónyuge (o amante de turno) tenía "derecho" a apreciar y manipular algo tan privado. (Dato histórico aportado por mi compinche amante de la historia, sí, doña Emil nuevamente… aunque no lo crean, nos entretiene montones hablar ñoñerías).
-Los relojes de bolsillo comenzaron a usarse en el siglo XV, ya para el siglo XVIII se fabricaban en masa, es por ello que lo menciono, pues como bien me hizo notar Emil, la sensación del "tiempo" en un momento de estress es tan variable, que no se puede dejar al azar.
-La "explicación" psicológica de los periodos del luto que aparece en el inicio, fue una libertad que me tomé para poner "sobre la mesa" las razones de las acciones que suceden en este capítulo, no es fácil pasar por ese trance y quise reflejarlo lo más fielmente posible.
-Espero recuerden que "Mi" Bernard está basado en Camille Desmoulins, pero, a partir de este capitulo, también hay una unión con el manga "Eroica" (Quienes lo han leído seguramente lo notaron en François) veamos a donde nos lleva esa aventura. Sí, esto es un spoiler jejejeje.
