— Creía que querías entrar en la Unión Europea, ¿cómo es que no has ido a pedirles ayuda a ellos?

Aunque después de la crisis del opio en su casa en el siglo XIX China prefería alejarse de las sustancias, supongo que para estrechar lazos conmigo o algo así dio una calada a mi narguile. Le vendría bien, pensé. Siempre tan estresado. Siempre tan eficiente. Eso debe de ser agotador.

— Ya sabes lo que dicen. Hay que apostar por el caballo ganador. Y...más que pedir ayuda, te estoy ofreciendo mi colaboración. Tú me das, yo te doy. Tu sombra es muy alargada, tienes muchos juguetitos. Pero no tienes lazos fuertes en Oriente Próximo. Yo te conozco desde hace muchos, muchos, muchos años. Puedo mover los hilos en tu favor.

China se recostó.

— Eso es cierto. Te voy a hacer una confidencia, Turquía: pillamos a tres miembros del movimiento mientras intentaban salir de mi país. Pero hicieron de cebo para permitir la huida de otros. Los verdaderos peces gordos. Tienen que estar por aquí, en alguna parte. He oído lo de los ataques.

— Egipto se ha llevado una buena y a Marruecos casi le queman la casa mientras dormía. Pero todo está controlado—tomé yo también una bocanada de humo y lo expulsé, formando un círculo con mis labios—. No sería mala idea llevar la guerra de nuevo a Europa. Quiero decir, si fuera uno de esos hijos de mala madre. Un bocadito jugoso, en verdad. Un buen comienzo para un imperio...

Lo miré con gran interés.

— Tu socio Rusia no estará muy contento de que le quites el trabajo.

China no me respondió. Casi parecía amodorrado, pero lo que contenía el narguile no era tan fuerte.

— ¿Y el yanqui? Ya ha terminado con el movimiento en América. A Guantanamo para ser interrogados y santas Pascuas. ¿Y ahora qué? No creo que se pierda la oportunidad de intervenir donde haya lío.

Simplemente estaba pensativo. O no le apetecía responder.

— Hace dos días había que tirar de mucha diplomacia para que no os tirarais de los pelos. Ahora, de pronto, sois amiguísimos. Debe de ser eso de que en tiempos desesperados la gente deja a un lado las rencillas personales...O...

— No sé qué estás figurándote, Turquía, pero...

— He estado siguiendo tus progresos estos últimos años, amigo. ¡Vaya boom! Estás en todas partes. Todo el mundo quiere hacer negocios contigo. Demonios, hay directivos de empresas que se bajarían los pantalones y dejarían que los sodomizaras con tal de firmar un contrato con los tuyos. Eso da miedo a mucha gente. Incluidos aquellos con los que ahora combates al movimiento. Eso me lleva a preguntarme...Si tendrán razón los que dicen que...

— ¿Qué dicen?—China clavó sus ojos en mí.

— Ya sabes. Que cuando termine esto tu poderío no se limitará a los mercados.

China sonrió.

— No es la primera vez que me tienen miedo por tener fuerza. Puedo vivir con ello.

— Yo solo digo que cada uno tenéis vuestras motivaciones. A América le encanta eso de salvar el mundo y su continente se le ha quedado pequeño. Rusia siempre ha querido mandar en Europa y no la va a soltar, ni a África tampoco. Y tú...Quieres encontrar a esos revolucionarios a toda costa. No veo cómo os las vais a apañar.

— Gracias por tu preocupación, Turquía, pero está todo bien pensado. Tú y yo nos limitaremos a Oriente, como está acordado y Europa...

— ¿En serio los dejarás escapar a Europa, o a África?

China ladeó la cabeza y se apartó la melena a un lado.

— Por eso confío en ti. Tú eres el puente entre dos mundos.

— De acuerdo, pero antes, dime...¿Sigues haciendo esa seda tan fabulosa?

China rió de nuevo.

— Entonces tenemos trato, ¿no?

— Demonios, ya te digo. Voy a por raki. Esto merece un trago.

— Me gustaría volver a mi casa por mi propio pie.

— ¡Un día al año no hace daño, hombre!

La punta de mis dedos estaba rozando el pomo de la puerta cuando escuché un disparo. Dos. China se puso en pie casi de un salto.

Alguien abrió la puerta, casi llevándome por delante.

Era un grupo de tres hombres, armados con fusiles, cuya cara estaba cubierta por un pasamontañas. Nos apuntaron con sus armas.

— ¡Al suelo!—gritaron en un inglés imperfecto.

Yo dudé, miré a China. Lo vi balanceándose para poder ver por encima de ellos, lo que había en el pasillo. Miré yo también y vi que había alguien en el suelo. Vi rojo manchando las paredes.

El asaltante repitió su demanda en chino. Justo lo que sospechaba. Aunque iban cubiertos, se podía ver que sus ojos eran rasgados. Chinos. De nuevo, China se veía las caras con un hijo suyo.

Y eso lo cabreó cantidad.

Antes de que pudiera procesar lo que estaba haciendo y pedirle que se detuviera, China, con un movimiento muy rápido, agarró el narguile y golpeó al que había hablado en la boca del estómago, luego en la coronilla. Los otros dos dispararon. Le alcanzaron, claro que sí. Algunas balas atravesaron el cuerpo de China y me destrozaron el sillón y la mesita. Pero él no se detuvo. Vaya que no. Su hermano Japón lo hirió profundamente en la guerra. En realidad, combatió contra sus propios hermanos y hermanas. Sus propios dirigentes trataron de matarlo. Pasó por guerras civiles. Las armas no eran capaces de herirlo. Usando como arma mi precioso narguile, reventó la cara de uno de ellos y destrozó la mandíbula a otro.

Lo dejó caer al suelo y agarró a uno de ellos enroscando sus brazos alrededor de su cuello. Se asomó arrastrándolo hacia el pasillo. Yo también me asomé para ver qué había pasado. El personal del palacio nos chilló algo. En el suelo se encontraban nuestros embajadores. El mío, El Mahmood, jadeaba, con una herida muy fea en el estómago. El de China, el general no sé qué, no se movía. Tampoco la traductora china que los acompañaba, muy comprensiblemente, porque sus sesos salpicaban la pared. Corrí hacia el mío, que era el único al que podía salvarse. Desde allí pude ver cómo la expresión de China pasaba de la tensión a la rabia más absoluta.

— ¿Lo ves, Turquía? ¡¿Lo ves?! ¡Dicen que soy un monstruo! ¡Pero si no fuera por chusma como esta, todos viviríamos tranquilos! ¡Cuando encuentras a un perro rabioso, lo matas!

Antes de que nuestro personal de seguridad pudiera siquiera acercarse, China ya se había encargado del problema. Aquel hombre al que sujetaba...Acabó con él con sus propias manos.

En ese momento me puse a pensar. No creo que el cambio de régimen por el que pasó tuviera mucho que ver con aquella agresividad. Creo que fue el cansancio. La sensación de amenaza. La tensión. La traición de los que más quieres. No puedes entenderlo porque no eres una nación, pero esas cosas afectan a la cabeza. China no es así. Nunca ha sido así. Lo que tenía frente a mí era un dragón decidido a eliminar aquella amenaza. Porque era la única manera de poder descansar.

¿Cómo no iba a unirme a él? Lo contrario habría sido suicida. Como lo que intentaron hacer aquellos escandinavos. ¡Mira qué bien les fue llevándoles la contraria!