Lunes 4 de Abril de 2016

Los Ángeles

Rachel Berry.

31

Siempre fui una romántica empedernida de los amaneceres. Los adoraba de tal modo que procuraba poder contemplarlo prácticamente a diario, sin que me importase en absoluto malgastar horas de sueño. Supongo que los conocimientos astronómicos marcaban un plus en mi amor por contemplar tan bellas estampas, y lo hacía mucho más especial que para cualquier otro ser humano.

Me fascinaba percibir la aurora de la mañana, ese momento en el que el cielo comienza a teñirse de un gris azulado gracias a la refracción de la luz sobre la atmosfera, preludio de un nuevo día. Me impresionaba contemplar como poco a poco, pero sin pausa alguna, ese cielo va tornándose anaranjado gracias a esos primeros rayos del sol que inciden paralelamente sobre la superficie, tras recorrer la friolera de casi 150 millones de kilómetros en apenas ocho minutos para atravesar una densa capa de gases que solo permiten el paso de la luz roja, y regalarnos probablemente una de las más hermosas y espectaculares imágenes que nuestros ojos pueden ver a diario.

Tal vez muchos, probablemente el 90% de los seres humanos se decanten por el atardecer antes que por un amanecer, pero ese no era mi caso. Durante miles de años, las primeras civilizaciones que habitaron nuestro mundo contemplaban con tristeza la marcha del sol por el horizonte durante el ocaso, temerosos por la llegada de la noche que teñía de oscuridad sus vidas, y los abocaba a la incertidumbre de esperar la llegada de un nuevo día, suplicando que el astro rey no se olvidara de ellos. Y cuando aparecía, cuando la imponente estrella pregonaba las primeras luces del alba, era recibida con la mayor de las alegrías, con la tranquilidad y la esperanza de que todo volviera a su estado natural. Le daban la bienvenida. Era, probablemente, el mayor logro al que podían aspirar.

En pleno siglo XXI el amanecer estaba devaluado, y ni siquiera llegaba a gustar. Significaba tener que despertar de un sueño que probablemente no querías abandonar, o dejar tu cama para regresar a una rutina de la que la gran mayoría simplemente quería escapar. Eran muy pocos los que afirmaban disfrutar de ese prodigioso evento celestial, perfecta descripción de la esperanza, y portador del más importante y especial regalo que el ser vivo puede recibir en este mundo; La vida.

Por eso lo adoraba, por eso me fascinaba ver y sentir el amanecer cada día, por eso yo era una de esas románticas dispuestas a madrugar para envolverme con su luz, y darle las gracias por regresar.

Excepto ese día.

Excepto aquel lunes 4 de Abril de 2016.

Lo podía sentir, podía intuir como la luz empezaba a reflectarse sobre las primeras capas de la atmosfera para ir descendiendo hasta pintar un cielo majestuoso, sin siquiera tener que mirar por la ventana. Podía percibir la fuerza del nuevo día se adentraba en la habitación por las rendijas de la persiana, y empezaba a dibujar siluetas que minutos antes había tenido que intuir, pero no me apetecía en absoluto tener que verlo, ni mucho menos darle las gracias por llegar.

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo desviar la mirada hacia una ventana si frente a ti guardan sigilosas dos estrellas binarias? ¿Cómo perder la oportunidad de estar un minuto más entre sus brazos, sobre su cuerpo, sintiendo el calor de su piel y la dulzura de sus manos enredadas en mi pelo, para contemplar un amanecer más?

¿Cómo iba a ser capaz de cometer tal despropósito? Tal vez el amanecer era uno de los mayores prodigios que el universo podía regalarnos, pero aquello no se quedaba atrás. El cuerpo desnudo de una mujer era un completo espectáculo, sobre todo si llegaba a enloquecerte como Quinn lo hacía conmigo.

Ni siquiera supe cuántas horas pasamos allí entre las sabanas de su cama tras haber caído, de nuevo, en la tentación. Ni siquiera era consciente de lo que aquello podía suponer para nuestra historia, de hecho, ni me atreví a pensarlo.

No pude más.

Me fue desesperadamente imposible no lanzarme de nuevo entre sus brazos, sin siquiera saber si me haría bien o mal. Fueron muchas, muchas las señales que estuvieron guiándome durante el día anterior, y miles, miles los pensamientos que rondaron por mi mente para tratar de disuadirlas, para evitar darle la importancia que antaño le había dado, y mostrarme como la mujer segura y firme que debía ser.

Pero Quinn era mi debilidad.

No podía no desearla sin con solo escuchar su voz por teléfono todo mi cuerpo se estremecía, qué digo su voz, me bastaba un simple mensaje para temblar, para sentir mi pulso tronando en mi pecho y tragar con dificultad. Y lo cierto es que traté de prevenirlo. Traté de evitar que aquello sucediera por temor, por miedo a hacerle daño, a destruir lo que con tanto esfuerzo habíamos logrado alcanzar.

Éramos amigas. O lo intentábamos. Hacíamos lo posible por lograrlo, por mantener una relación de amistad a distancia a razón de las circunstancias, y ella era la principal valedora de tal odisea. Fue ella la que se mantuvo firme durante meses, fue ella quien me ofreció su cariño cuando más lo necesitaba y fue ella la que supo poner un límite, una distancia prudencial a nuestros sentidos cuando yo se lo pedí, cuando supe que un simple paso más, me lanzaría por completo al vacío.

Y fue ella la que recogió los trozos de mi corazón después de que lo rompiesen en miles de pedazos, y supo encontrar el pegamento perfecto para que poco a poco fuese recomponiéndose, para volviese a latir. Y solo por verme feliz. No hubo intenciones por su parte, no hizo el más mínimo intento por obtener un beneficio que de sobra sabía que podía lograr de mí, porque yo jamás me negaría a dárselo.

Me sostuvo aún en la distancia. Me escuchó cuando ni siquiera yo me atrevía a hablarle, y me mostró siempre el camino que debía seguir para alcanzar mi felicidad, sin esperar nada a cambio, más que mi sonrisa. Y allí estaba. Por mi culpa, por supuesto, pero allí estaba, cumpliendo con creces mi deseo por volver a sentirme libre, por volver a sentirme segura y sexy. Allí estaba, regalándome una noche de auténtica locura entre sus brazos, sin mostrar resquicio alguno de dudas o temiendo por hacerme daño. De hecho, yo tenía más razones para sentirme mal que ella, muchas más, pero hasta eso logró disolver de mi mente.

Sus besos, sus manos acariciando cada centímetro de mi piel, su aliento frente al mío y esos gemidos que atinaba a dejar entre susurros, fueron motivos suficientes para acallar completamente mi consciencia.

Recuerdo que dormía cuando volví a sentir sus labios mordiendo los míos con delicadeza, y al abrir los ojos la encontré sonriéndome, buscándome, arrastrándome al placer de una nueva batalla. Jamás en mi vida había tenido un despertar tan evocador como aquel.

—¿No puedes dormir?—le pregunté tomando el control de la escena, y evitando que de nuevo fuese ella quien me tuviese bajo su cuerpo.

—Ya he dormido lo suficiente—me dijo acomodando mi pelo sobre los hombros, como si con ese gesto pudiese verme la cara sin necesidad de luz alguna. –Está amaneciendo—susurró—Y quiero aprovechar hasta el último minuto, hasta el último segundo de tenerte aquí.

—¿Tenías que madrugar?

—Tengo que trabajar, ¿recuerdas? Es lunes…

—Oh… Es una pena, porque yo no tengo que regresar al hotel hasta las 12. Dime… ¿A qué hora tienes marcharte?

—Tranquila, que te haya despertado no significa que tengamos que marcharnos ya. Ya te lo he dicho… Solo quiero aprovechar y…

—Pero si tienes que irte, no quiero que…

—Tengo tiempo, mucho tiempo más—me interrumpió inclinándose hasta lograr besarme y tirar de mí con sutileza.

Y volvimos a caer.

Volví a dejarme llevar por el deseo y caí sobre su cuerpo desnudo. Caí sobre sus labios, sobre su cuello y logré arrastrar mis besos con pesadez por su clavícula y su pecho. Caí sobre sus caderas que me buscaban despegándose del colchón. Caí sobre su frente, rozando mi nariz con la suya para morder sus labios. Caí sobre su ombligo, y recorrí cada surco entre sus huesos, entre sus músculos, bajo su piel con mi propia lengua. Caí sobre su movimiento embriagador y la intensidad de sus piernas enredándose con las mías. Caí sobre sus manos y las acaricié hasta que no tuve más opción que aferrarlas, atraparlas para evitar que pudiese escaparse, como si existiese una remota posibilidad

de ello. Caí de nuevo sobre su aliento y el quejido de su voz exhausta, cuando la luz del astro rey nos daba los buenos días a través de la persiana.

Caí sobre su abrazo, sobre su pecho para sentirlo junto al mío y respirar acompasadas cuando el alma parecía querer escaparse por mis labios. Ella la detuvo, ella la sostuvo y no dejó que se esfumara conteniéndome con su abrazo, y su sonrisa. Con sus besos y la caricia de sus manos apartando el dichoso pelo de mi rostro.

—Te juro que no lo recordaba así—la escuché decir cuando ya trataba de recuperar la respiración, hundiéndome en su cuello y dejando que todo mi cuerpo descansara sobre el suyo.

—¿No recordabas el qué?

—Esto, tú, tu manera de moverte, tus… Dios, creo el tiempo ha jugado a mi favor— añadió dibujando una traviesa sonrisa que pude descubrir al alzar mi mirada hacia ella. –Tenía un muy buen recuerdo de nuestra primera vez, pero ni por asomo se parecía a esto…

—¿Estás insinuando que fue mala?

—¿Mala? En absoluto… Solo digo que la vida, que el tiempo nos ha beneficiado. Mírate… Juro que en mi vida he visto a mujer más… Más sexy que tú.

—¿Antes no lo era?

—Eh… Sí, si claro, me refiero a que… Ok, no tendría que haber dicho nada.—Se lamentó ante mi insistencia, y supe que no había sido lo suficientemente perspicaz como para entender que estaba burlándome.—Solo quiero que sepas que ha sido increíble… No sabes cuánto tiempo llevo deseando volver a tenerte así…

No le dije nada, ni dejé que continuase. Decidí que lo único que podía hacer en aquella situación para evitar seguir confundiéndola, era lanzarme de nuevo sobre sus labios y acallar su voz interior con un beso. Otro más de los miles que nos habíamos regalado aquella noche. Ella lo aceptó, y durante varios minutos nos perdimos de nuevo, ignorando la maravilla que se cernía sobre nuestras cabezas, allí donde la luz del sol ya hacía de las suyas.

Preferíamos seguir bajo el techo, guardando la oscuridad mientras nuestros labios seguían reconociéndose. Como si fuese la primera vez, como si fuésemos dos amantes que ya nunca más se iban a volver a separar. Por desgracia no era así, y aquel momento mágico precedido por una noche de ensueño, terminó por desvanecerse con la más simple e insignificante de las situaciones. Por una simple pregunta, una cuestión transmitida con dulzura que terminó destrozándome en apenas un segundo sin siquiera pretenderlo.

Quinn volvió a mirarme cuando nuestros labios se separaban con dificultad, como si intuyesen lo que estaba por suceder.

—¿Cómo te sientes?

Tres sencillas palabras, una oración con interrogantes que denotaban preocupación y dulzura por parte de quien había logrado que volviese a sentirme bien, aunque tan solo fuera por unas horas. Y sin embargo, no pude responderle como esperaba.

No sé lo que fue, pero algo dentro de mí se descompuso por completo y la imagen de Jesse recordándome que durante años le había estado mintiendo por vivir enamorada de una ilusión, se coló en mi cabeza para hacerla estallar en mil pedazos.

Me vi a mí misma confesándole la verdad de mi historia con Quinn, y jurándole que él siempre fue el primero en mi corazón. Que él se convirtió en mi gran amor desde el día en el que acepté estar a su lado. Y ahora, apenas un mes después de firmar una separación que jamás imaginé que llegaría, me lanzaba a sus brazos. Terminaba en su cama haciendo exactamente lo que él pensaba que haría, lo que él me echó en cara que haría y yo siempre le negué.

No lo pude evitar.

Como si de un resorte se tratara me aparté de Quinn y casi huí de ella, y si no llega a ser porque rápidamente me tomó del brazo, a punto estuve de abandonar también la cama.

—Hey… ¿Qué te pasa?—insistió y yo sentí la culpa caer como un yunque sobre mi cabeza.—Rachel… ¿Estás bien?

—No debería de estarlo, ¿verdad? Por eso me preguntas…

—¿Qué? ¿Qué ocurre?—masculló, y por el tono de su voz supe que no estaba entendiendo mi postura.

—Soy una estúpida, soy una jodida mentirosa.

—¿De qué hablas? Rachel, ¿Qué está pasando?

—¡Esto!—exclamé señalando hacia la cama—Esto está pasando, lo que no debería estar pasando… Oh Dios, Jesse tenía razón.—Añadí escabulléndome de su mano, sin poder evitar hundirme entre mis propias rodillas para ocultar mi rostro, y toda la vergüenza que sentía.

—¿Qué? ¿Qué dices de Jesse, Rachel? Vamos, me estás asustando…

—Quinn, no, no debería estar aquí, no debería haberte incitado a esto—solté casi sin dejarla hablar, y fue girarme para mirar su cara y hundirme aún más. –No quiero hacerte daño. Dios, debes pensar que soy el peor ser del Universo.

—Rachel yo no pienso nada malo de ti, ¿Por qué debería pensar algo así?

—Hace… Hace apenas un mes que me separé de Jesse y después de haberte pedido tiempo, después de haberte obligado a que te alejaras de mí, vengo y te busco de ésta manera…

—Hey… Hey—me interrumpió deslizándose sobre las sabanas hasta alcanzarme, y acariciar mi espalda con dulzura, buscando mi rostro de nuevo entre el pelo que seguía haciendo de las suyas—Rachel, no tienes que sentirte mal por nada, absolutamente por nada de lo que ha sucedido,

ni antes ni ahora… ¿Me oyes? Llevas un mes separada, sí, pero hace mucho tiempo ya que estás sola… Nadie puede culparte por querer sentirse bien. Y mucho menos tú misma. No hemos hecho nada malo…

—Pero tú…

—¿Yo qué?

—Has dicho que llevabas tiempo deseando estar conmigo así, pero…

—Pero nada—volvió a interrumpirme acariciando mis labios con su dedo—Escúchame, Rachel… Sé que aún es pronto, sé que aún te sientes en deuda contigo misma y te sientes ligada a Jesse, a pesar de tus avances… Y jamás te juzgaría por ello. Es lógico, ha sido tu marido, tu pareja, tu… Tu amigo—balbuceó y supe que aquella definición pesaba demasiado en su corazón—Tienes derecho a sentirte unida aún a él, pero no debes confundir tus sentimientos con lo que ha sucedido aquí esta noche. No debes sentirte mal por hacer algo que te apetecía hacer, sin compromisos… Nadie, nadie te está obligando a que sientas algo más. Sabes que… Sabes que eres mi debilidad, que haría cualquier cosa por ayudarte a ser feliz… Cualquier cosa, y ello implica alejarme o acercarme conforme lo necesites. Sé que dentro de unas horas volverás a Oklahoma y seguirás con tu vida, y es lo que tienes que hacer. Es lo que debes hacer…

—Pero… ¿Y tú?

—¿Yo qué?—sonrió tímidamente volviendo a jugar con mi pelo, apartándolo con delicadeza de mis hombros y fijando su mirada en mis ojos, como si mi malestar no fuese lo suficientemente importante— Llevo meses deseando volver a vivir una noche así, contigo. Lo deseaba incluso estando con Robert… Y eso me hacía sentir mal por él, por Jesse y por ti, pero sobre todo por mí. No pretendía estar aquí a menos que tú lo desearas, que tú lo quisieras tanto como yo, Rachel. Me he comprometido a ser tu amiga, y aunque sé que vas a decir que esto no es cosa de amigas, yo mantengo mi promesa.

—¿Esto no ha significado nada para ti?—me atreví a preguntarle y el silencio nos invadió durante varios segundos, o tal vez más. No lo sé. Solo sé que Quinn simplemente me miró mientras su mente parecía batirse en duelo—¿Solo es un…?

—Necesitas tiempo, Rachel—me respondió ignorando mi pregunta, y eso me descompuso aún más.—Necesitas tiempo para asimilar lo que ha pasado en tu vida. Piensa que hace un año estabas viviendo una vida plena con Jesse, con las librerías… Y ahora estás aquí. Es lógico que te sientas mal, porque aún no lo has superado… ¿Recuerdas como sucedió todo la primera vez?— añadió ampliando su sonrisa, regalándome una serenidad que templó un poco mis ánimos—Nos aseguramos que ninguna de las dos teníamos responsabilidades, ni haríamos daño a otras personas… ¿Lo recuerdas?

—Claro que lo recuerdo—balbuceé.

—Esta vez ha sido igual, ninguna de las dos tenemos responsabilidades ni motivo alguno para justificarnos. Ninguna de las dos estamos haciendo daño a nadie, simplemente nos hemos

dejado llevar por algo que nos apetecía hacer. No, no hemos firmado un contrato, no nos hemos comprometido a estar juntas de ésta manera. No tienes por qué sentirte culpable, Rachel. Eres libre para hacer tu vida como te plazca.

—¿Esa es tu respuesta?

—Eso es lo que tienes y debes escuchar de mí ahora mismo.

—¿Qué?

—¿De verdad necesitas saber qué ha significado para mí ésta noche? ¿De verdad crees que te puede hacer bien o, mejor dicho, hacerte sentir bien si te digo lo que de verdad ha sido para mí esto?

No supe que decir, porque sus preguntas que debían ser retóricas, no hicieron otra cosa más que confundirme más de lo que ya estaba, tanto que ni siquiera sabía si debía sentirme bien, o mal. Así que decidí aguardar y seguir escuchándola.

—Llevas toda tu vida viviendo por los demás, haciendo lo que está bien para los demás… Rachel, es el momento de tomar tus decisiones, y si lo que deseabas era pasar una noche conmigo de ésta forma, perfecto… Iniciaste el juego y yo lo seguí porque también me apetecía, y porque me sentía capaz y segura de hacerlo.

—¿Me pides que piense en mí misma cuando tú no lo haces por ti misma?

—Yo estaba pensando en mí—me respondió contundente—Estaba pensando en las ganas que llevo guardando por poder besarte sin sentirme culpable, de poder desnudarte y empotrarte contra la pared y poder hacerte el amor…— Añadió dejándome completamente fuera de lugar por la honestidad de sus palabras—Me moría de ganas por hacerlo, y simplemente esperé a que tú también lo desearas. Pero no te estoy obligando a que te enamores de mí cuando aún quieres a Jesse, ni siquiera cuando no sientas nada por él. Necesitas tu tiempo y simplemente tienes que pensar en ti para superarlo. Seré tu amiga y estaré cuando me necesites.

Silencio. De nuevo un tenso e indescriptible silencio en el que simplemente nos miramos mientras volvía a aferrarme a mis rodillas. Silencio repleto de pensamientos que por más que quería, no llegaban a organizarse en mi cabeza. Solo lograban confundirme aún más, y alimentar esos temores que aparecieron de repente para complicarme las cosas cuando ya las creía resueltas.

Sabía que seguía en mi corazón, sabía que seguía queriendo a Jesse a pesar de todo, a pesar del daño que me había hecho al mostrarse tan reacio para salvar nuestro matrimonio, pero jamás imaginé que ese sentimiento pudiese llegar a martirizarme solo por vivir una noche como aquella. No era capaz de asimilar el grado de influencia que aún seguía manipulando mis sentimientos hasta ese extremo, y mucho menos había aprendido a camuflarlos, por lo que era evidente que mi etapa de superación no fue más que un espejismo. Una ilusión.

Y me dolía. Me dolía no solo por mí, sino por ella. ¿Cuántas cosas más la iba a obligar a vivir sin merecerlo? No importaba si en aquel instante era capaz de ocultar lo que pensaba, yo sabía que no

esperaba una reacción como aquella por mi parte, y sabía que le había dolido, por mucho que insistiera en hacerme creer que todo lo que hacía, lo hacía por su bienestar.

Mentira. Era la mayor mentira que me había dicho desde que nos conocíamos, y ni siquiera podía reprocharle nada. Porque de hacerlo tendría que escuchar su verdad, y tal y como me había avisado, probablemente no estaba preparada para ella.

Me convertí en una completa y absoluta ignorante por voluntad propia, y una vez más, dejé que las palabras de alguien importante lograran influenciarme. Porque Quinn, a pesar de ser lo que menos deseaba, acababa de condicionarme para que ignorase lo que a simple vista era imposible ocultar, y que ella insistía en llamarlo amistad.

Y a pesar de todo. A pesar de ser consciente de que lo que estaba sucediendo entre nosotras estaba siendo camuflado a consciencia, no supe qué hacer. No supe cómo actuar ni qué decir. Necesitaba algo que me hiciera abrir los ojos por completo y ordenase mis pensamientos, y la tremenda confusión que no me dejaba actuar como una persona sensata. Necesitaba algo que solo el destino iba a ser capaz de entregarme, una vez más. De nuevo esa línea escondida en otra dimensión que aparecía para guiarme hacia el camino correcto.

¿Qué otra cosa podía ser sino el destino? ¿Qué otra circunstancia podría provocar que aquel Lunes 4 de Abril de 2016, a las 07:01 de la mañana, mi teléfono sonara justo cuando el silencio entre nosotras se hacía prácticamente imposible de soportar? ¿Qué otra cosa podía provocar que en la pantalla de mi teléfono, el mismo que reposaba sobre la mesilla donde la noche anterior atiné a dejarlo entre besos, entre mordiscos y esas ganas que me llevaron a desnudarme en apenas un microsegundo, apareciera un número desconocido que me iba a abrir las puertas a un nuevo mundo?

Habría dudado en aceptar la llama estando en otras circunstancias, pero en aquel instante supuso un alivio, y la mejor oportunidad para acabar con la tensión que se cernía sobre nosotras.

—Hola—atiné a responder tomando la decisión de abandonar la cama, sin importarme, o mejor dicho, sin siquiera percatarme que mi desnudez iba a mantener a Quinn completamente embelesada mientras merodeaba por la habitación.

—¿Señorita Berry?—escuché y su voz me alertó.

—Sí, soy yo… ¿Quién es?

—Soy Marcus Donovan, señorita Berry.

—¿Profesor Donovan?

—El mismo…

—Oh… Hola. Disculpe, profesor, no le había reconocido.

—No se preocupe. Espero no haberla despertado.

—Oh, no… No, ya estaba despierta—le dije procurando que mi voz no me delatase—Me gusta madrugar.

—Pues no sabe cuánto me alegro, porque llevo ya casi una hora aguardando para llamarla por tal de no molestarla. Aunque me daría más alegría si me confirmara que sigue usted en la ciudad.

—Eh… Sí, sí que estoy en la ciudad. Regreso a Oklahoma por la tarde y…

—Sí, me lo dijo, pero necesitaba confirmarlo—me interrumpió.

—Tutéeme por favor—le dije justo cuando me percataba del espectáculo que le estaba mostrando a Quinn al pasearme completamente desnuda delante de ella. No me quitaba ojo de encima, y aunque su gesto no denotaba diversión alguna, pude ver la serenidad reflejándose en sus ojos, como si el duelo en su mente hubiese dejado de existir.

—Está bien, Rachel. Verás, siento molestarte, en el caso de que lo estuviera haciendo, pero como ayer te invité a que vinieras a visitarme a la Universidad, he pensado que lo mejor será que cancelemos esa invitación por ahora.

—¿Cómo? ¿No quiere que vaya a verle?—le pregunté confusa.

—Sí, sí quiero que venga a verme, pero prefiero que los hagas cuando esté presente el equipo de investigación. No obstante ¿Tienes que algo que hacer durante la mañana?

—¿Durante ésta mañana?

—Ajam… Dime que puedes venir antes de marcharte a Oklahoma. Dentro de dos horas tengo una reunión con varios compañeros, entre ellos el profesor Eric Abraham.

—¿El profesor Abraham? ¿De la Universidad de Oklahoma?—cuestioné completamente sorprendida.

—Así es.

—Fue mi profesor del máster.

—Lo sé, por eso te estoy llamando ahora mismo. Rachel, tenemos un proyecto bastante interesante, sobre todo para astrónomas que han centrado su proyecto en los campos electromagnéticos, y estoy seguro de que te puede interesar. No te puedo hablar demasiado de ello porque… Bueno, la NASA está implicada y ya sabes cómo tratan éstos asuntos… Pero de verdad te digo que te puede interesar, y me gustaría contar con tu opinión. Hay varios de sus compañeros invitados también.

—¿Mis compañeros? ¿Van a ir también algunos de mis compañeros?

—Pues sí, hay varios destacados. ¿Podrás venir?

—Claro, claro, por supuesto… Dígame dónde y hora, estaré allí…

—Pues cuanto antes mejor, y el lugar es en el centro de investigación galáctica, en S Grand Ave. No tiene pérdida, si toma un taxi le dejará en la misma puerta. Cuando llégue, Thomas, que es el chico que trabaja en recepción estará esperándote. Simplemente dile quien eres y que vienes a verme, ¿De acuerdo?

—Ok… El centro de investigación galáctica, en S Grand… Ok, perfecto. Estaré allí lo antes posible. –Repetí a modo de recordatorio—Muchas gracias, profesor Donovan. Gracias por invitarme y por acordarse de mí.

—No me des las gracias. Es, es increíble que ayer precisamente te encontrase en el Observatorio. Toda una señal, sin duda—me dijo, y fue escuchar esas palabras y olvidarme de las mías. De hecho, ni siquiera sé si fui capaz de despedirme de él, aunque por cómo me trató al recibirme, supuse que sí. Me alegré de no haberle colgado la llamada sin más por culpa del shock que me produjo escuchar aquella última sentencia.

Toda una señal, sin duda.

Esas fueron sus palabras, y yo por inercia no pude evitar buscar a Quinn, para encontrármela con una extraña sonrisa incrédula, como si estuviese leyendo mi mente a la perfección. Supe en apenas unos segundos que aquella actitud no tenía nada que ver con la referencia del señor Donovan al destino, o las señales del destino, daba igual, sino a lo que estaba por sucederme en las siguientes horas.

—¿Has dicho centro de investigación galáctica en S Grand Avenue?—me preguntó abandonando también la cama, mucho antes de que yo atinara siquiera a explicarle la llamada.

—Eh… Sí, me, me acaba de invitar a una reunión en la que también va a estar mi profesor de máster de Oklahoma. Me, me tengo que marchar, Quinn.

—¿El edificio GIC?—insistió.

—Supongo… ¿Por?

—Oh Dios…

—¿Qué? ¿Está muy lejos? Tengo que estar allí antes de dos horas, y… Ok, me tengo que marchar. Tengo que ir al hotel, ducharme, cambiarme y…

—No tienes tiempo. Dúchate aquí.—Me dijo abandonando la cama ella también para tomarme de la mano y casi arrastrarme hacia su baño.

—¿Qué?

—Vamos Rachel, no tienes tiempo de ir al hotel y regresar al centro. Es físicamente imposible que lo hagas sin llegar tarde. Dúchate aquí y yo te acompaño hasta la misma puerta.

—Pero… Quinn, me tengo cambiar de ropa. No voy a ir con el mismo vestido de ayer, además… Mi hermano estará preguntándose donde diablos estoy y…

—Dúchate, te buscaré algo mío para que ponerte, y no te preocupes por tu hermano. Lo llamas cuando vayamos de camino. Pero vamos… Ve a la ducha enseguida. –Me ordenó, sin mostrar dudas ni rastro alguno de la extraña situación que nos había invadido escasos minutos antes, y casi empujándome para que me colase en el interior de la ducha.

Lo cierto es que la escena fue realmente cómica, y supuse que a ella le hizo bastante gracia al descubrir una sonrisa en su rostro, que se empeñó en acompañarla desde ese preciso momento hasta que me tuve que despedir de ella en la mismísima puerta del edificio, e incluso en aquellas circunstancias lo hizo. No dejó un solo segundo de mostrarse entusiasmada, juraría que mucho más que yo, que simplemente me dejé llevar sin más. Y lo cierto es que de no haberme dejado guiar por ella probablemente no habría logrado llegar a tiempo a la reunión. Y mucho menos de la forma en la que lo hice.

—Creo que alguno de éstos te puede quedar bien. Y son perfectos para algo así, aunque yo no he estado en muchas reuniones con astrónomos o científicos, pero no sé… Yo los he utilizado en alguna que otra entrevista de trabajo y Chad, que es experto en moda, siempre ha estado de acuerdo… Sobre todo con éste. Es, es mi favorito y estoy convencida de que te…

—Quinn—la interrumpí al ver como las palabras salían casi atropelladas de sus labios. Apenas me dio tiempo a salir de la ducha cuando ya me mostraba los vestidos elegidos entre una montaña de ropa que descansaba sobre su cama, la que minutos antes nosotras habíamos ocupado—¿Qué te ocurre?

—¿Qué? Nada, ¿Qué me va a ocurrir?

—Estás… Estás nerviosa…

—No, bueno sí, pero estoy nerviosa porque quiero que te salga bien… Y quiero que vayas ya.

—Pero… No es una entrevista de trabajo, no pienses que…

—No pienso nada. Solo quiero que vayas a ese lugar y ya está. Tú estás contenta, ¿No es cierto?

—Eh, sí claro, pero…

—Pero nada… Vamos, ponte el que más te guste o el que mejor te quede. Yo me voy a duchar. No tardo nada… ¿Ok? Y no te preocupes por todo ese montón de ropa, ya la guardaré cuando regrese.

—Espera, espera Quinn, no es necesario que vengas, no es necesario que hagas todo esto. Puedo tomar un taxi y…

—Quiero ir. Además… Casualmente tengo que ir al centro para visitar una de las tiendas donde vendo mis cuadros. Así que me viene bien… Podemos compartir taxi y ya allí me despido de ti.—Me dijo, pero yo supe que había algo más a juzgar por su cara, por el repentino orgullo que

lograba vislumbrar en sus ojos y esa sonrisa que era incapaz de camuflar, aunque lo intentaba por todos los medios, logrando que olvidase por completo la tensión que sufrimos antes de la llamada.

Se esfumó.

La conversación que mantuvimos por culpa de la carga emocional y la culpa que sentí al amanecer junto a ella, había quedado por completo en un segundo plano, o tal vez en un tercero. Tanto que ni siquiera me atreví a volver a cuestionarla de alguna manera para saber lo que rondaba por su mente respecto a ello. Simplemente lo dejé estar y guardé en lo más profundo de mí ser el miedo que llegué a sentir por hacerle daño de alguna manera.

Su habilidad para afrontar los acontecimientos me llevaron a la conclusión de que no debía temer, que para ella no tenía tanta importancia, y prefería mil veces que me centrase en los detalles de aquella sorprendente llamada, antes que lamentarme por haberme dejado llevar para hacer algo que realmente me apetecía, y quería hacer. O eso quise creer al ver que no parecía querer hablar más del tema. De nuevo estaba equivocada.

Ni siquiera me dejó que le respondiese. Cuando quise darme cuenta estaba ante la ardua tarea de elegir uno de los cuatro vestidos que había dejado sobre la cama, mientras ella aprovechaba para ducharse. Aunque lo cierto es que tampoco tuve que pensar mucho en la elección.

Estaba allí. Pude recordar el día exacto en el que la vi llevando aquel vestido, la noche del 23 de Junio, un día antes de que me marchase a Oklahoma para preparar el cumpleaños de mi madre. Jesse y yo salimos a cenar y después nos metimos en su bar favorito para tomarnos unas copas. Ella estaba allí, celebrando con Robert su particular ascenso en la inmobiliaria. Una noche que recordaré para siempre con algo de malestar por culpa de los "piropos" que Robert le regaló sin siquiera ser consciente de ello, y por mi discusión con Jesse tras sacar a relucir mi historia con la chica de Los Ángeles, como él solía llamarla antes de saber que era ella. Pero que también iba a recordar como la noche en la que prácticamente me enamoré de ella al verla aparecer con aquel vestido. Un vestido precioso de flores que me llevó a mirarla boquiabierta cuando la descubrí, y que la convirtió durante algunos minutos en un completo ángel.

Ni me lo pensé. Fue el primero que me lancé a probarme, y al ver que a pesar de nuestras diferencias físicas me estaba perfecto, lo elegí sin darle opción alguna a los otros tres. Y supe que no me equivoqué al ver la cara de Quinn cuando me descubrió.

—¿Me… Me queda bien?—me atreví a preguntar al verla parada frente a mí envuelta en la toalla, y una traviesa sonrisa se dibujó en sus labios.—Me, me gusta mucho, me gustó como te quedaba y…

—Creo que si te digo lo que pienso saldrías huyendo de mí, aunque si no lo has hecho ya después de mi monólogo, dudo que lo hagas—sonrió para segundos lograr que el rubor en mis mejillas se acentuase—Estás preciosa…

—Te, te lo devolveré en cuanto llegue al hotel después de la reunión.

—Me lo devolverás la próxima vez que nos veamos.

—Pero…

—La próxima vez—sentenció con rotundidad, y yo no pude replicarle absolutamente nada más. Lo que vino a continuación no fue más que una sucesión de movimientos que nos llevaron hasta el objetivo principal marcado por el profesor Donovan, en los que yo solo pude participar siendo una mera presencia.

Quinn se vistió, se peinó y e incluso me ayudó a peinarme en apenas diez minutos. Mientras eso sucedió, sacó tiempo para llamar a un taxi y me recordó que yo debía avisar a mi hermano al menos con un mensaje para que no se preocupase, aunque a juzgar por la escasez de noticias que tuve de él durante toda la noche, supe que sabía que estaba en buenas manos. En las mejores, de hecho. Chad tampoco había aparecido por la casa, aunque por la información que me regaló Quinn, era habitual en él pasar la noche en casa de cualquier amigo.

40 minutos después de abandonar el hogar de Quinn, tras lograr atravesar varios atascos típicos del centro financiero de Los Ángeles, mientras el taxista se esmeraba en regalarnos un monologo acerca de cómo el cambio climático estaba influenciando al ser humano hasta convertirlo en un animal descontrolado y autodestructivo, llegamos a nuestro objetivo cumpliendo con creces la petición del profesor.

Me dio dos horas para asistir a la reunión, y tan solo había necesitado una para presentarme allí. Lógicamente, todo fue gracias a Quinn.

—Es ahí…—Me dijo nada más abandonar el taxi y encargarse también de la factura del mismo— Se entra por esa puerta—señaló hacia uno de los laterales del imponente edificio que quedaba justo enfrente de nosotros.—¿Te ha dicho qué planta es?

—Pues no… Me ha dicho que le diga al recepcionista mi nombre, y que él me llevará hasta donde me tenga que llevar.

—Oh, genial… Thomas es un buen chico, y muy amable…

—¿Thomas?—le pregunté tras varios segundos pensativa, y ella me miró sorprendida. —¿Le conoces?

—Eh… No, no claro que no— se excusó rápidamente, y con tanta torpeza que empecé a sospechar que algo tramaba.

—¿Claro que no? ¿Y por qué sabes que es un buen chico y amable?

—Eh… Rachel, no deberías perder más tiempo. Seguro que te están esperando y…

—Quinn, ¿qué está pasando? ¿Por qué conoces a ese chico? Un momento… No, no me dirás que tú tienes algo que ver en la llamada, ¿verdad? ¿No habrás hecho como con la señora Bell y…? —No, no… No, Rachel —me interrumpió sin perder la sonrisa—Te juro que no he tenido nada que ver.

—¿Entonces por qué conoces a ese chico?

Dudó. Dudó por algunos segundos y supe que lo hacía porque no pudo evitar morderse el labio y desviar la mirada de mis ojos, pero supuse que mi insistencia era superior, y no tardó en volver a hablarme para dejarme, de nuevo, completamente confusa.

—He… He entrado en ese edificio varias veces por semana durante un tiempo. Thomas siempre me ha recibido muy bien.

—¿Has entrado? ¿Para qué?

—Cuestiones de perspectiva—me dijo conteniendo de nuevo esa sonrisa que la delataba— Rachel, deberías entrar… Cuánto antes sepas de qué va todo ese asunto que te quieren mostrar, mejor. Yo, yo estaré por aquí cerca hasta las 10 más o menos, después tengo que volver al estudio y visitar otras tiendas en las afueras, así que dudo que pueda despedirme de ti si no lo hago ahora. De todos modos, te tengo que pedir un favor…

—¿Un favor? Claro, dime…

—Antes de que abandones el edificio, me tienes que llamar.

—¿Llamarte? ¿Para qué?

—Para contarme que tal y demás, pero tiene que ser antes de que lo abandones, ¿de acuerdo?

—Claro—balbuceé perdiéndome de nuevo en esa verborrea a la que se había aficionado durante aquella mañana, y ante la insistencia por esa llamada.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—Perfecto… Estás preciosa—añadió segundos antes de tirar de mis manos para abrazarme y acabar con la poca cordura que me quedaba. Y yo volví a dejarme llevar, a simplemente afrontar aquellos extraños y convulsos minutos que se escapaban de mi mente, y que me llevaron a vivir la mañana más extraña y a la vez inspiradora experiencia de cuantas había vivido a lo largo de mi vida. Aunque en ese instante no era consciente de ello.

Guardé la calma, como pude, y disfruté de ese último abrazo que me estaba regalando a modo de despedida. Un abrazo que sustituyó a nuestro habitual beso en la mejilla, y que tampoco iba a dar pie para que sus labios se posasen sobre los míos, como había estado haciendo durante toda la noche.

Fue entonces, justo en aquel instante en el que se despedía de mí de aquella forma, cuando supe que era su manera de demostrarme que seguía siendo mi "amiga", y que a pesar de lo compartido en su cama, no iba a cambiar su actitud bajo ningún concepto. No al menos hasta que yo estuviese preparada, y ni siquiera tenía la certeza de que eso pudiese suceder a corto plazo. Lo que no sabía, ni

ella y mucho menos yo, es que todos aquellos detalles, toda aquella atención, no solo la de aquella mañana sino de todos los días anteriores, ya habían empezado a hacer su efecto en mí y ocupaban un gran lugar en mi corazón, solo que el miedo y la confusión que seguía cargando sobre mi consciencia no me dejaban asimilarlo.

Lo que viví aquella noche junto a ella fue el principio para librarme de esa carga emocional que seguía cegándome, y lo que estaba por vivir en las siguientes horas, el primer paso hacia mi libertad absoluta.

Concretamente, lo que iba descubrir en los siguientes 30 minutos. Ni uno más, ni uno menos.

—Lo dicho, llámame cuando acabes, ¿De acuerdo?—insistió al separarse de mí con delicadeza. Y yo asentí procurando sonreírle.—Vamos… A por ellos. –Añadió, y yo me alejé sin decir palabra alguna, pero tratando de transmitirle con la mirada todo el agradecimiento que sentía por lo que estaba haciendo, por cómo me estaba cuidando. Y fue justo cuando ya me disponía a entrar, a cruzar el umbral de una puerta acristalada con las siglas del centro de investigación galáctica, cuando la volví a escuchar —Rach…—Murmuró obligándome a mirarla de nuevo— Disfruta de tu columpio…

—Lo haré—le respondí casi sin voz pero gesticulando lo suficiente para que al menos pudiese leer mis labios, sabiendo de la importancia de aquella frase para ella. A menos eso supuse al verla sonreír antes de dejarme allí, y alejarse por la acera hacia el lado opuesto de la entrada. Y justo en ese instante, cuando ni siquiera la había perdido de vista, alguien reclamó mi atención.

—¿Le puedo ayudar en algo?—Thomas. G. Esas eran las iniciales que lucía el chico en el bolsillo derecho de su uniforme y automáticamente asentí.

—Soy Rachel Berry, tengo una cita con el Profesor Donovan.

—Oh, sí… Le estaba esperando. ¿Me acompaña por favor?

Educado, elegante y con una dentadura espectacular que adornaba su sonrisa y la hacía realmente irresistible. Juro que lo intenté, que procuré no darle importancia, pero cuando me invitó a colarme en el ascensor a su lado, los celos hicieron de la suyas en mi estómago al imaginarme a Quinn recibiendo esa misma sonrisa. Y las dudas sobre qué diablos había hecho ella allí empezaron a castigarme con un repentino mal humor del que, por suerte, me iba a desprender rápidamente. De hecho, apenas necesité el tiempo que tardó el ascensor hasta llegar a la 8ª planta, la última de aquel edificio, y quedarme a solas en una amplia sala de espera mientras el educado y perfecto recepcionista me invitaba a esperar sentada en uno de los sofás que adornaban la estancia.

—Puede esperar aquí, señorita Berry. Voy a avisar de su llegada, ¿De acuerdo?

—Claro.

—Tome asiento.

—No gracias, estoy bien así…—Respondí por pura inercia, dejando que la dichosa inseguridad me cegara. Recordándome, sin siquiera ser consciente de ello, que mis sentimientos hacia Quinn eran mucho más intensos de los que quería llegar a creer.

—Eh… Muy bien, si así lo desea. Vuelvo enseguida.—Me dijo segundos antes de colarse por una de las puertas que aparecían en la misma, y dejarme allí batiéndome en duelo con los estúpidos celos que en apenas unos minutos lograron cambiar mi humor radicalmente. Fue verlo desaparecer, y sentir como la curiosidad me llevaba a buscar mi teléfono en el bolso y casi lanzarme a marcar el número de Quinn para cuestionarla de nuevo, como si realmente tuviese que darme explicaciones por quien conocía o dejaba de conocer en su vida. Por suerte no lo hice. Y no lo hice porque la inercia, la reflexión de la luz sobre los cristales, los astros, el dichoso destino o simplemente un estúpido movimiento provocado por mi sistema motor, me llevó a desviar la mirada hacia uno de los ventanales que quedaban justo a mi izquierda, en la pared opuesta a la hilera de sofás donde Thomas pretendía que hubiese tomado asiento, para descubrir algo no tardó en dejarme bloqueada. Aunque por suerte lo hizo solo mentalmente, porque la curiosidad me llevó a cubrir el espacio que me separaba del ventanal con apenas tres o cuatro zancadas, y eso dada mi estatura era realmente sorprendente. Y digo mentalmente porque nada más plantarme frente al cristal y descubrir lo que mis ojos vieron, mi mente dejó de funcionar por completo.

No sé si podía medir 20 o 30 metros de altura por otros 10 o 20 de anchura. Solo sé que la escena era monumental, majestuosa y que estaba plasmada en la mismísima fachada de uno de los edificios de una de las calles paralelas, justo por la cara sur a donde yo me situaba. Una escena en la que pude contemplar como una niña jugaba con el viento y sonreía aferrada a un columpio, mientras otra justo detrás, era la fuerza que la empujaba hacia un cielo azul inmenso, con decenas de detalles que te envolvían y lanzaban a la más tierna infancia.

Una niña que sonreía de igual manera que la permanecía sobre el columpio, y en la que yo me vi fielmente reflejada a pesar de ser un dibujo, una caracterización realmente conmovedora y con una técnica que fui capaz de reconocer a pesar de no distinguir firma alguna, gracias a los cuadros que pude ver meses antes en el que iba a ser su propio hogar.

No quise creérmelo hasta que volví a escuchar su voz justo detrás de mí. Thomas no dudó en acercarse al regresar.

—Señorita Berry, el profesor Donovan está ultimando unas llamadas, pero le recibirá en unos minutos. ¿Desea…?

—¿Qué es eso?—le pregunté casi sin mirarlo, y el chico se colocó justo a mi lado.

—¿El edificio del mural? Es la clínica infantil privada Harrintong.

—¿Clínica?—balbuceé sin querer creerlo.

—Así es…Hace poco que ha sido abierta. Apenas un par de meses. Es precioso el mural, ¿Verdad?

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—¿Sabe quién lo ha pintado?—pregunté, aunque yo ya estaba convencida de saber la respuesta. Más aún cuando vi como de nuevo Thomas volvía a regalarme su blanca sonrisa.

—Sí, no es una artista reconocida, pero es bastante buena. Tenía permiso para subir a todas las plantas de éste edificio y a otros más de la zona para mejorar la perspectiva, o al menos eso decía. Se llama Lucy…

—¿Lucy?

—Sí, Lucy Q. No solía hablar demasiado—me respondió y yo no pude evitar sonreírle antes de volver a perderme en aquella maravilla.—Parecía bastante tímida. Raro, ¿Verdad? Una artista tímida que hace murales descomunales… Me alegro por los pequeños que por desgracia tienen que acudir a esa clínica. No es lo mismo entrar en un hospital si ves una escena como esa en su fachada, ¿no cree? Tranquiliza mucho más, y lo hace más acogedor.

—Totalmente de acuerdo… Es inspirador.

—Sin duda alguna. Ojala una ciudad llena de rascacielos con murales en sus fachadas. La vida sería más divertida—concluyó mientras yo seguía prendada de la obra, de la fuerza y la viveza que transmitían aquellas dos niñas sonrientes que jugaban en el columpio. Mi columpio, sin duda, aunque a juzgar por los rasgos, quien lo ocupaba en aquella escena era ella. Quinn Fabray. Mi Sheliak, mi pequeña Lucy.

Disfruta de tu columpio, me dijo sabedora de que iba a descubrir su obra sin siquiera proponérmelo, y desconociendo que ya estaba expuesta al mundo. Porque hasta ese detalle fue capaz de ocultarnos por culpa de esa tan manida timidez a la hora de mostrar al mundo su talento. Un talento repleto de una sensibilidad abrumadora.

—¿Deseas tomar un café mientras espera, señorita Berry?—escuché de Thomas, que por arte de magia ya no me caía mal, supuse que por culpa de la influencia al saber que simplemente había sido mero espectador del proceder de un artista en su tarea.

—Claro… Me encantaría. –Le dije ésta vez sin fingir sonrisa alguna.

—De acuerdo. Ha tenido usted suerte, el destino quiere que pruebe usted el café de una cafetera que nos han traído nueva, y que hace un café exquisito. Vuelvo enseguida.

El destino, balbuceé a modo de pensamiento. No le dije nada. Asentí agradecida por la amabilidad y volví a girarme hacia la ventana para contemplar lo que iba a ser el mejor y más inspirador de los mensajes que iba a recibir en mi vida. Y de nuevo con el dichoso destino haciendo de las suyas, recordándome que no, que era imposible manejarlo a nuestro antojo, y que por mucho que trataras de ignorarlo, sus señales siempre estarían presentes.

Porque ya nada fue igual desde entonces, porque ya todo iba a ser diferente.