Spawn (Brand X Music)


Domingo, 9 de marzo

Tero no dejó que el Doctor ni la Enfermera me volvieran a poner la mano encima. Hizo que me dieran de comer por primera vez en semanas, que me acicalaran, que me dieran algo que ponerme (un vestido azul pálido con mucho vuelo con el que parecía una muñeca), y me llevó adonde la tenían. Parecía una casa que estaba a entera disposición suya. Todo lo que había era para ella. Un dormitorio de princesa, con una cama enorme con dosel para ella sola, un tocador con maquillaje, por si quería pintarse, más juguetes de los que un niño habría podido desear tener, una mesita para tomar el té imaginario. En el salón de estar había una caja llena de muñecas y cerca de la televisión había DVDs de dibujos animados y sus películas favoritas. Allí solo se cocinaba lo que ella quería. Allí, ella era la reina.

Y yo tenía que comportarme como su muñequita de gran tamaño.

— ¿Quieres más tarta?

Asentí. Le encantaba jugar a las princesas, y las princesas tomaban el té. Ella se ponía una corona y hacía como que me servía una taza de delicioso té. Yo tenía que beber el aire y fingir que estaba muy rico.

Me tomó la mano y la miró y la palpó concienzudamente.

— Ya te has curado. No parece que te haya pasado nada.

— Nos...pasa siempre. Ya lo averiguarás...Quiero decir...

No. El movimiento no iba a dejar que le pasara nada malo. Siempre había alguien en la casa vigilándonos. En aquella ocasión era la Enfermera, que nos miraba desde la puerta de la habitación con los brazos cruzados.

— Eso está bien. Así no te saldrán costras ni chichones. Estarás bonita para siempre.

Dio un sorbo a su taza de plástico y se pasó la manga por la boca para limpiarse un líquido imaginario.

— Me alegro de haberte encontrado. Quería una amiga. Jugar sola no tiene gracia, y ellos no son divertidos.

— Por supuesto, seré tu amiga.

— ¿Para siempre?

No pude evitar hacer una pausa.

— Para siempre.

Por suerte, ella no lo notó, o no le dio importancia. Extendió un dedo meñique y yo entrelacé el mío con él. Tero sonrió satisfecha.

— ¿Conoces a algún niño?—me preguntó.

— ¿Algún niño?

— Algún niño que nunca se haga mayor y que nunca se muera.

— Conozco a...bueno, conocía a uno, pero...Quiero decir, sí, conozco a unos cuantos.

— Podrías traerlos, para que yo los vea. Y así decidir quién se queda conmigo. No quiero quedarme sola cuando mi pueblo acabe con las naciones. ¡Sería muy aburrido!

Cortó con sus cuchillos de plástico una tarta de plástico e hizo como que tragaba. Yo ni me moví. Respiré profundamente y me atreví a hablar, incluso con la Enfermera delante.

— Tero...Sabes que eso que dices...eso que tu pueblo quiere...está mal, ¿verdad? Si conocieras a las naciones sabrías que no son malos. Son todos muy buenos. Estoy segura de que si te los presento te encantarán...Están haciendo daño a mucha gente inocente. Han matado a mi hermano, que era muy bueno conmigo. Escucha, tú puedes decidir...Tú puedes pedirles que paren...

Tero me miró, y sonrió.

— Mimi.

La Enfermera se puso en pie.

— Quiero un batido de chocolate—demandó Tero.

— Ahora mismo, cariño—dijo ella, y salió de la habitación volando.

Tero la vio marchar y cuando cerró la puerta me miró, aún con esa sonrisa plácida.

Y unos ojos amarillos como de tigresa.

— Mi animal favorito es la abeja—dijo entonces.

Hizo una pausa e hizo como que volvía a comer y se limpiaba la boca con una servilleta de tela.

— Tengo muchos libros sobre las abejas. Me gusta sobre todo la reina. Es la más grande. ¿Y sabes por qué me gusta? Porque es la reina. Todo el mundo la hace caso. Ella es la mamá de todas las abejas y por eso todas las demás cuidan de ella.

«Bzzz, bzz», zumbó juguetonamente mientras se servía más té imaginario.

— La reina suelta un perfume que hace que todas obedezcan, que hagan todo lo que quiera. Si dice que hay que meterse en otra colmena, que son las casas de las abejas, lo hacen. Las abejas obreras morirán por su reina si se lo piden.

Me sirvió a mí un poco más de té.

— No me gusta estar aquí. El frío no es divertido todo el tiempo. Quiero ir de un lado para otro, que sea verano en un sitio y jugar con la nieve al día siguiente. Si el mundo fuera todo mío, podría simplemente ir cambiando de sitio cuando me apetezca.

— Pero puedes hacerlo, no hay nadie que te lo impida...No tienes que hacerle daño a nadie...

— Quiero ser la reina. El mundo está lleno de tipos grandes y fuertes y yo quiero ser más fuerte que ellos.

— Pero Tero...

— A la abeja reina le gusta volar.

— Tero, escúchame. No tiene por qué ser así.

— Tus amigos, esa gente de la que hablas, están siendo muy malos conmigo. No van a dejar que hagan lo que yo quiera. Martina y Igor me lo han contado, y les he dado órdenes. Voy a mandar a mis abejitas para que los piquen y se mueran todos, y yo me voy a ir a vivir a sus casas.

— No puedes estar hablando en serio...

— A ti te dejaré porque eres bonita y juegas conmigo.

Hasta que se canse, pensé. Hasta que se canse de mí y me devuelva a la mesa de operaciones o algo peor.

— Tero...Piensa en lo que dices...

— Hay tantas lenguas que va a ser un lío. Cuando sea la reina del mundo, todos hablarán la mía. Esperanto. Ĉu vi scias esperanto? Te lo enseñaré. Es más bonito que el alemán.

— ¡Tero, vas a provocar una guerra! ¡Va a morir gente inocente! ¡Tus amigos! ¡Van a matarlos! ¿Es que no has pensado en ellos?

Tero rió como si hubiera dicho algo divertido.

— ¿Y a mí qué? A la reina no le importan las trabajadoras. Puede poner muchos más huevos. Están aquí para hacer lo que yo les diga. Si yo digo que luchen, lucharán. Si yo digo que me traigan amigos, me los traerán. Si yo digo que se tiren por la ventana, se tirarán. Martina me lo ha contado todo muy bien. Hay gente que no quiere que yo sea la reina del mundo. Quieren que me quede aquí encerrada donde hace frío y no hay nadie. Pero yo soy la que manda y les he dicho que vamos a conquistar el mundo.

— Oh, Dios mío...—susurré.

— No sé qué es ese Dios, pero no me gusta, así que no hables más de él—frunció el ceño Tero.

— Ellos no querían una guerra, Tero...

— Solo los malos. Los que realmente no me quieren. Los cobardes.

La Enfermera entró con una taza de chocolate que entregó a Tero de inmediato.

— Mimi. Quiero enseñarle a Liechtenstein a la cobarde.

La mujer sufrió un escalofrío, lo vi, pero asintió con la cabeza y salió de la habitación de nuevo.

Cuando España encontró el Nuevo Mundo y contó a todos lo que había visto, les habló de una nación terrible. Tan terrible que justificó su destrucción y acogió en su seno a los nativos para convertirlos al catolicismo, en un intento por salvar sus almas. Contó que las gentes salvajes creían que se sostenía gracias a la sangre de sus propios hijos, de los enemigos, a los que sacaban el corazón, desmembraban y devoraban en rituales bajo la luz del sol. Que otras tribus de América del Sur lo ayudaron para detener su avance, temerosos de su poder. Durante mucho tiempo quedó como un mentiroso y un asesino despiadado.

A día de hoy no sé si la leyenda de aquella nación sangrienta es cierta. Pero Tero...Tero era real como la vida misma.

La Enfermera volvió con una bolsa de la compra. Sacó algo de ella y sin mirarlo lo dejó sobre la mesa.

Me levanté de un salto y retrocedí gritando hasta golpear mi espalda contra la pared.

Era la cabeza de la mujer negra que había visto junto a Tero el día en que intenté escapar.

Ella toqueteó los cabellos rizados de la cabeza y luego alzó su tetera de plástico hacia mí.

— ¿Más té?