CAPÍTULO XXVIII
(JUST LIKE) STARTING OVER

«We have grown, we have grown
Although our love is still special
Let's take a chance and fly away
Somewhere alone»


La promesa de mi marcha se hizo real en menos tiempo del esperado. No sé por qué todo se precipitó de esa manera, pero cuando me quise dar cuenta, estaba poniendo rumbo a Alemania.

Tenía recuerdos vagos de la ciudad. Había viajado allí un par de veces en calidad de turista, acompañado de mi familia y viviendo bajo la tutela y el amparo de los Black. Y, aunque la fortuna que me había legado Alphard me permitía hacer este tipo de locuras —véase mudarme a otro país sin ningún tipo de expectativas—, el dinero era finito y yo me había propuesto no gastarlo en chuminadas sin sentido.

Seamos sinceros, lo mío nunca ha sido la novedad; tampoco lo ha sido adaptarse. Pasó con Hogwarts y volvió a ocurrir diez años después. Alemania estaba llena de gente, pero se me antojó el sitio más solitario del mundo.

Pasaba las mañanas dormido, caminaba por las tardes y me cercioraba de no acostarme sobrio ninguna noche.

¿Que por qué no volví? Y yo qué sé. Supongo que no estaba dispuesto a hacerlo con el rabo entre las piernas.

Una de aquellas solitarias veladas —que acabé apodando como «Martes de Paulaner y Salchichas»— vislumbré algo que me dejó completamente anonadado. Y es que ¿qué coño hacía Marlene McKinnon en Berlín?

Me esforcé por aparentar normalidad. Tragué mi salchicha con la mayor dignidad que conseguí fingir —a pesar de empezar a sentirme ridículo —e hice lo posible para no cruzar mi mirada con la suya durante el resto de la noche.

—¡Sirius! —Al parecer, la jugada no me salió como esperaba—. Por Godric, ¿qué estás haciendo aquí?

Que se alegrase de verme era sorpresivo cuanto menos. Yo estaba jodidamente incómodo y ella no parecía darse cuenta de que las últimas palabras que le dediqué venían a resumir que era una niñata inmadura e insoportable.

—Podría preguntarte lo mismo.

Despegué el culo de la silla y me digné a saludar. ¿Un beso en la mejilla sería adecuado?

—Te veo bien —añadí en un intento de no sonar… pues como venía sonando hasta el momento: como un borde y un gilipollas.

—Oye, ¿tienes plan para esta noche?


Cómo empecé a compartir piso con Marlene es una historia exquisitamente complicada. Tanto, que intentar resumirla en unos pocos párrafos me parece hasta grosero.

Todo empezó con un paseo.

—Vine aquí para estudiar con Mykew Gregorovitch. Ya sabes, el famoso fabricante de varitas.

—Se cuentan muchas cosas de él. No todas buenas.

—Lo sé. Supongo que eso es lo que más morbo le da a esta aventura. De todas maneras, no son más que rumores.

Ella fue el apoyo que tanto ansiaba. Supongo que su propia dedicación hizo que abriera por fin los ojos: no podía excusarme eternamente. Las hojas del calendario pasaron volando; cuando quisimos darnos cuenta llevábamos medio año bajo el mismo techo.

Estaba radiante. Me sentía intocable. Supongo que aquella felicidad sin «peros» me debió alertar de que algo horrible estaba a punto de ocurrir.

Y, por supuesto, llegó.

Nos enteramos un día cualquiera.

Yo había puesto la música a todo volumen; haciendo el imbécil, limpiar mi cuarto parecía menos tedioso. Marlene se había acomodado en mi cama y me observaba divertida.

—Oye —dijo ella—, ¿y si vamos a ver a estos por año nuevo?

Ninguno de los dos tenía una familia con la que compartir las fiestas de invierno, así que me pareció una idea estupenda.

—Oh, yeah —asentí—. ¿Les escribimos o…?

—No, que sea una sorpresa.

—¡Joder! ¡Esto sí que es un temazo! —interrumpí. Rod Stewart apenas había empezado a cantar y yo ya estaba arribísima—. «She sits alone waiting for suggestions, he's so nervous avoiding all the questions».

Entonces una lechuza se posó en el alféizar de la ventana y todo se volvió negro.

«Lily y James han sido asesinados».

No había firma, pero reconocí al instante la pulcra caligrafía de Remus.

—Sirius —Tan solo un hilo de voz brotó de sus labios—, eras su Guardián.

Y yo sabía lo que aquello conllevaba.

—No.

El resto de justificaciones se quedaron atragantadas en la garganta.

—Me voy a Londres.


El mismo cielo encapotado que me despidió en una capital me recibió en la otra. Sobrevolé las calles de mi ciudad natal rumbo al cuartel de la Orden del Fénix.

—¿Dónde está?

Todos estaban reunidos alrededor de la misma mesa rectangular. Todos con lágrimas en los ojos. Todos sintiéndose culpables, a su manera.

No más que yo.

Busqué a Remus con la mirada, era cuestión de pura necesidad. No había ni rastro de él y yo no podía parar de pensar en el porqué.

—¿Dónde está quién? —Severus Snape mascaba las palabras y las escupía con lentitud.

—Mi ahijado. ¿Dónde está Harry?

Dumbledore giró el rostro, señalando la habitación contigua. Entré en ella como un resorte.

El bebé dormía. Acerqué mi índice a su rostro y acaricié sus mejillas, después su cicatriz. Despacio, abrió los ojos, aquellos brillantes ojos verdes iguales que los de su madre, y atrapó mi dedo entre sus manitas antes de volver a conciliar el sueño.

—Duerme, hijo, duerme —susurré. Mi voz se quebró—. Estoy aquí.

Fueron un par de lágrimas las que me ahogaron. Un par de lágrimas y cientos de recuerdos amontonándose en mi cabeza. Me deslicé hasta una de las esquinas del cuarto. Abracé mis piernas y escondí mi cabeza en ellas.

Entonces estallé y no pude frenar mi llanto.

Estallé porque creía conocer lo que era el dolor pero aquello era más profundo y cien veces más desgarrador. Estallé porque no era justo. Porque Lily y James no debían morir.
Entiendo que el mundo me crea culpable, pero lo que no puedo perdonar es que los testigos de aquella escena me señalaran sin ningún tipo de pudor. Porque siempre seré un Black, porque no siempre seré buena persona, pero Lily y James… joder. Lily y James eran parte de mí.

Y cuando murieron esa parte se fue con ellos.

Cuando murieron esa parte murió con ellos.

Daría mi vida por volver a verles otra vez. Por oler el cuello de Lily. Por abrazar a James hasta que nos quedásemos sin respiración.

Joder, lo haría con tal de que esta tristeza me abandonase.

—¿Y Peter? —Crucé el umbral de la habitación.

—Se ha marchado —respondió Hagrid.

—¡¿Dónde?!

No tuvieron que responder para que yo entendiese que el malnacido había huido.

—Hagrid —Le lancé las llaves de la moto—. Quiero que lleves a Harry esta noche a mi casa, a Grimmauld Place. Os estaré esperando.

—Tú no te mueves de aquí —Severus se levantó furioso y alzó la varita en mi dirección.

—Haré lo que me venga en gana.

Me acerqué a él con la mano dentro de la chaqueta, listo para desenvainar la varita.

—Eras su Guardián —Ese fue Aberforth—. Eran tus amigos y les vendiste.

»Dime, ¿qué te ofreció? ¿Qué te dijo? ¿Tan bueno era el trato?

—Caballeros —Quiso interrumpir Albus, pero nadie le prestó atención.

—¡Yo no era su Guardián! ¡Lily y yo lo preparamos todo! ¡Era Peter!

—¿Ese era tu plan? ¿Culpar a Peter y que todos creyésemos en tu palabra? —inquirió Dorcas.

—¡Caballeros! —gritó Albus —No tomemos ninguna decisión precipitada. Por ahora, Sirius tiene la misma culpa que cualquiera. Estoy seguro de que la señorita McKinnon tendrá la amabilidad de corroborar su coartada.

Por una vez, nadie le escuchó.

—¡Atabraquium! —pronunció Snape, pero ya no estaba allí.


No sé durante cuántas horas caminé sin rumbo. Arrastraba los pies, me deshacía en mi propio llanto. A veces lo susurraba: «no», como si por repetirlo en mi cabeza ellos fueran a volver.

Pero no lo hicieron.

Mis pasos me llevaron a Godric's Hollow. Desde el exterior vi la luz del salón encendida. En aquel momento, supe que había encontrado a mi presa.

«Mataré a Peter Pettigrew», pensé. «Lo ahogaré con mis propias manos. Y si el mundo no me cree, al menos mi conciencia estará tranquila».

Hoy hace diez años de aquel día.

Diez años.

Diez años y sigo esperando a que el tiempo cumpla su promesa y cure mis heridas.

No lo ha hecho; no me ha devuelto la paz. Tampoco a mis amigos.

No.

El tiempo me lo ha arrancado todo.