¡Hola, hola! ¿Un lunes con sabor a domingo, verdad? Quiero agradecerles a todos los que siguen mi historia, sé que son muchos que están muy atentos de la continuación. Les tengo una buena y una mala noticia. La mala es que este fic se está acercando a su final, desconozco cuantos capítulos serán para que llegue, pero la buena noticia es que tendrá un final y no los dejare pendiente con que pasara a continuación. ¡Muchas gracias por su valioso tiempo! ¡Gracias por los 100 reviews!

Les hare mención honorificas a aynaziz, Rirukasabe, winnyz, Sweetcandy y Dsalas. Son mis más fieles lectores y sus comentarios me hacen feliz. Espero que este capítulo les guste ;)

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Capítulo 39: Cadenas del pasado.

La rutina de los empresarios se había acomodado de tal manera que solo podían convivir con las ángeles después de la tarde noche. Obligándolas a quedarse encerradas todos los días por una simple razón: Aquellos que las conocían daban por hecho que ya se habían marchado después del evento. Salir al público conllevaría en atraer atención innecesaria hacia ellas. Lo que era lo menos que querían. Así que optaron por tener un poco de tranquilidad y paz, pues el fin de semana con el que tuvieron que lidiar los había desgastado a todos. Tanto mental como físicamente. Por fortuna, sus heridas físicas habían pasado a ser meramente recuerdos, pero las emocionales aún permanecían. En especial las de Tenten, que resonaban en su interior con cada segundo que pasaba. Le estaba costando trabajo adaptarse a su realidad. Estaba atada a una montaña rusa de emociones negativas que le dificultaban coexistir con Neji.

Decidió escabullirse durante la madrugada hacia el ingreso de la mansión, deteniéndose enfrente de la barrera de madera que se interponía entre su libertad y ella. Observó detenidamente la perilla. Tenía llave. Escarbó en su memoria. La llave que solía abrir esa puerta estaba en el llavero del Hyuga, la cual recordó que siempre al llegar el empresario la arrojaba sobre una mesita que estaba a un lado de la puerta. Giró su rostro para corroborar su memoria y así fue. Ahí estaban. Las tomó con cautela, evitando que campanearan entre ellas y terminaran descubriéndola. Inhaló profundo y acercó una de las llaves a la ranura de la perilla.

— ¿Qué haces despierta tan noche?

Espantó hasta el cabello de la chica, haciendo que bruscamente diera media vuelta, escondiendo las llaves detrás de ella y pegara su espalda contra la puerta. La voz que hizo que su corazón diera un brinco le pertenecía a Neji, quien era alumbrado por la pobre luz de una lámpara que tenía en la sala. La contempló a la distancia desde uno de los sillones. Estaba teniendo un debate interno antes de dormir, pero estuvo tan callado que pasó desapercibido por la ángel. Tenten no se dignó a contestar, pues sus acciones ya habían hablado por ella.

— Soy yo —dijo suavemente para luego levantarse de su lugar y se acercó despacio hacia ella—. Como anfitrión de esta casa, me veo obligado a informarte que si abres esa puerta a estas horas de la noche harás sonar la alarma. Si no sabes apagarla, terminara llegando la policía —se detuvo a unos pasos de ella, reconociendo que la castaña aún lo miraba con desconfianza—. ¿Quieres salir? —La ángel asintió tensa—. Te muestro —el Hyuga se acercó a un costado de la puerta donde se encontraba una caja blanca empotrada en la pared—. Este es el tablero —abrió la tapa—. Tiene botones con números. Para activar o desactivar la alarma de toda la casa tienes que insertar un código de cuatro dígitos. La clave es: 5519. Con eso apagarías la alarma. Inténtalo.

Neji se apartó dándole espacio para que la ángel volviera a sentirse cómoda. Tenten volteó a ver la caja embrollada.

— ¿Cómo puedes confiar en mí? —Cuestionó en un susurro.

— Si eres como los describen, podría hasta confiarte mi propia vida.

— ¿Acaso has olvidado lo que te hice? —Lo enfrentó con la mirada.

— Tú no serias capaz de hacerme eso.

— ¡Ni siquiera sabes quién soy! —Se dio cuenta que había alzado la voz y rodó los ojos con arrepentimiento pintado sobre su rostro—. Quien fui…

El nudo de su garganta le impidió hablar al Hyuga. Discutir sobre eso solo le traería estrés a la vida de la castaña y no quería provocarlo. Así que decidió evadir ese tema por completo. Retornó a la sala, tomó una sábana que estaba sobre el brazo de un sillón, volvió a acercársele y se la ofreció a la ángel.

— Cuando regreses solo vuelve a introducir el código que te dije para reactivar la alarma. Si se te llega olvidar no te preocupes, creo que estará bien que la casa se quede desprotegida esta noche.

— ¿Qué te hace pensar que regresare? —Sus ojos se tornaron hostiles—. Si cruzo esa puerta será para no volver.

Estaba atónito. Sus palabras le pesaban. Creando con ellas que una sensación fría se esparciera por todo su cuerpo. "No te lo tomes personal", recordó las palabras de la rubia. Inhaló profundo y seleccionó con cuidado sus próximas palabras.

— Esa es tu decisión, —volvió a ofrecerle la manta— yo no puedo ofrecerte la paz que buscas —liada la castaña miró la sábana que sostenía delante de ella y con temor decidió tomarla. Se envolvió en ella y se paró enfrente de la puerta—. Es la llave larga y delgada.

Sus pupilas se adhirieron a la llave que le dijo. Reflexionó un poco. Solo tenía que abrir la puerta y salir. Escapar. Huir. Irse. Liberarse de su prisión. ¿Esa era su prisión? ¿Por qué se sentía tan asfixiada? Desconocía la casa. Desconocía su ubicación. Desconocía a su dueño. ¿Lo desconocía? Su cabeza comenzó a dar vueltas. "¿Quién soy en verdad?" se preguntó a sí misma. Odió la decisión que tomó. Arrojó las llaves de vuelta a la mesa y mantuvo su vista pegada al suelo. Eso hizo sentir al empresario un alivio muy egoísta.

— Neji —el ojiperla reconoció en sus adentros que añoraba que dijera su nombre—. ¿Podrías ayudarme a encontrar a mis padres?

El Hyuga reflexionó su pregunta un poco confundido. Quizás esa era la razón por la que quería irse con tanta prisa. Si mal no lo recordaba, le había comentado que no tenían prohibido buscar a alguien en la tierra.

— Haré todo lo que pueda.

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Mientras dejaba las horas pasar, permanecía con su mirada en el techo. Estaba extendida inmóvil sobre la cama. Habitando únicamente en su mente. Meditaba lo que ocurrió, analizando sus sentimientos que tenía por el Nara. Cruzó una línea que no sabía que podía cruzar sin recibir represalias… o ¿si las recibiría? Fue su primer beso después de tanto tiempo. Había olvidado por que era una manera de demostrar sus sentimientos. Los besos que ella recordaba eran secos, vacíos y buscaba evitarlos a toda costa, pero con Shikamaru su corazón se había emocionado. Se tocó la boca con la yema de sus dedos al recordarlo. Recapitulando como acariciaba su piel delicadamente con sus manos firmes sobre ella y lo acelerados que se pusieron al besarse de esa manera. Parecía que no querían permitir que ni el aire se interpusiera entre ellos. Un escalofrió recorrió su cuerpo. El rubor de sus mejillas regresó. Cada escena le traía pensamientos que eran considerados impuros para su especie. No había obrado bien al no impedirlo, pero no tenía ni una sola gota de arrepentimiento en su alma. ¿Debería sentirse culpable? ¿Qué le diría su Padre? Se mordió el labio algo mortificada. Preocupada de sí misma, pues anhelaba llegar a la misma conclusión que la noche anterior. El empresario no se encontraba en casa, eso lo sabía. Estaba en su trabajo a esa hora del día y aun así no quería atreverse a salir. Temía que si lo veía llegar, se le lanzaría a sus brazos. Doblando a su conveniencia sus reglas, presionando al máximo sus límites. No era perfecta ni la piedra que creyó ser. Todavía era mitad humana. Un simple ser que se balanceaba entre los mortales y lo divino. Estaba caminando sobre la cuerda floja, sabiendo que si daba un paso en falso la expulsarían del paraíso permanentemente. No debía. Era un ángel. Su deber era cuidar a su especie, vigilar el orden del bien y guiar a la raza humana si sus corazones se lo permitían, pero cuando pensaba en Shikamaru solo pensaba en orientarlo en direcciones de su propio interés. Se cubrió el rostro. ¿Qué estaba pensando? ¿Qué acaso había olvidado la última vez que se enamoró? Esa relación no solo la hizo añicos a ella sino también a su familia. Tenía que irse de ahí lo más pronto posible.

Al llegar a su casa un agradable olor a comida lo golpeó de inmediato. Uso sus pies para cerrar la puerta, pues sus manos estaban ocupadas sosteniendo una pesada caja de cartón. Al ingresar a su hogar no había rastros de aquel rostro familiar que esperaba que lo recibiera.

— Ya llegue. —Anunció dejando la caja en la sala.

Se aflojó su corbata y se desabotonó un par de botones de su camisa azul. Silencio. Ladeó su cabeza algo confundido.

— ¿Temari? —Preguntó alzando la voz.

— Ya bajo.

Tras escuchar su voz se tranquilizó. La chica se había quedado encerrada en su cuarto hasta que él llegó. La ángel seguía usando ropa cómoda y bajo sin prisa los escalones para reunirse con el empresario. Este la esperó con sus manos metidas en sus bolsillos junto a la mesa de la sala. Al acercarse, le hizo un ademan para mostrarle la caja que estaba repleta de libros.

— La otra noche olvide sacarlos de mi coche —la chica se acercó a la caja—. Le pertenecían a mi abuelo, pero ahora yo les daré un buen lugar. Así que, ya tendrás con que entretenerte mientras estas aquí.

— Vaya —exclamó con asombro—. Gracias.

Sumergió su mano para extraer uno de los libros y lo hojeó desprendiendo de sus hojas un aroma de viejo y polvo. Tomó asiento en lo que inspeccionaba su contraportada. Luego lo dejó a un lado. Así fue de uno en uno, seleccionando rigurosamente los libros que le llamaban la atención.

— Este es distinto. —Comentó ella.

El empresario estaba absorto en su celular contestando algunos mensajes. Levantó la mirada para averiguar a qué se refería la chica. Ella le entregó un pequeño libro de cuero negro. Un tanto grueso para su tamaño. Lo abrió exponiendo sus hojas amarillas al aire, notando que una significativa cantidad habían sido víctimas de la humedad. Hasta que se encontró con unos manuscritos de tinta.

— Creo que era un diario de mi abuelo —lo cerró y lo meneó en el aire—. Me lo quedare si no te molesta.

— Adelante. Oh, como ayer trajiste de cenar —señaló la cocina— me tome la libertad de cocinar algo. Puedes empezar a comer si gustas.

— ¿No me acompañarás?

— Ah —dudo un momento— sí, claro.

Shikamaru entornó la mirada y tomó asiento junto a ella.

— ¿Sucede algo?

— Quería seguir viendo los libros, —le desvió la mirada— es todo.

La rubia continúo revisando los libros, aun cuando sabía que era observada por el empresario. El Nara extendió su mano hacia su rostro, tomó su mentón y suavemente la hizo voltear para que lo viera. La analizó así unos segundos. La presencia del muchacho actuaba como un imán para sus pupilas, que sin importar cuanto se resistiera, estas siempre terminaban rodando hacia él. Una vez que cruzaron la línea que no debían, sus deseos tiraban todo tipo de hilos sobre ellos. Secretamente se confesaban lo mucho que habían fantaseado con la noche anterior. Sus orbes aquamarina comenzaron a trabajar su magia. Persuadiéndolo a que se lanzara a su boca como un muerto de hambre. Temari emitió un sonido que fue asfixiado por los labios del muchacho. Shikamaru la agarró de sus prendas, jalándola hacia él. Gritándole con cada fibra de su cuerpo que la deseaba. Soñaba con probar cada centímetro de su cuerpo… pero no podía. Palpaba la tentación, pero al conocer las consecuencias lograba mantenerse a raya sin dificultad. Comprobando una vez más que si ella deseaba detenerlo podría hacerlo, pero no lo hacía. Fue brusco al principio, pero no le inspiraba miedo. Estaba acostumbrada a que las pequeñas muestras de afecto terminaran siendo moretones, pero con cada beso que se daban más se olvidaba de ella misma. Recibiéndolo con las puertas abiertas. Hasta que el joven le pidió distancia. Estaba embelesado con ella. Lo drogaba tan bien, que lo sacaba de sí mismo. Entre leves jadeos apoyó su frente con la suya y su boca pronunció en un débil hilo de voz sin pensarlo:

— Quédate.

El asombró se expandió en su expresión, se alejó un poco y lo contempló. Podía ver la agonía en que lo había condenado. Se lo había suplicado con el corazón en mano.

— No puedo. —Susurró.

— Por favor, quédate. —Suplicó acercándose de nuevo a su boca.

— Alto Shikamaru —le desvió el rostro—. No soportaría ponerte de nuevo en riesgo por mi estadía aquí.

— Temari.

— Entiende —le regresó la mirada—. No quiero cargar con tu muerte también. Mientras yo siga siendo un ángel tu vida peligra junto a mí —pensó en lo que diría a continuación—. A parte de que somos diferentes también somos de tiempos diferentes. Nuestro encuentro nunca debió de suceder.

— Y ¿qué haces aquí entonces? ¿Por qué sigues sin detenerme?

Temari lo miró a los ojos. Siempre hacia preguntas que no quería contestar, pues le daba alas a sus esperanzas. Aunque no tenía sentido que se quedara callada. Mucho menos en esa situación.

— Debería de detenerte, pero no quiero hacerlo. Solo te recuerdo que cuando tenga que irme, lo haré de inmediato. Hasta entonces, no te hagas grandes ilusiones conmigo.

Directa y fría. No había cambiado ni un poco. Quizás esa urgencia de tenerla a su lado era por lo mismo, porque sabía que partiría algún día. Lo único que estaba seguro era que lo devastaría que se fuera. Su cordura siempre le aconsejaba tomar otra decisión cuando tenía todo por perder y usualmente él la obedecía. Pero una parte de él se negaba a dejarla ir. Por como lo hacía sentir, por como lo hacía perder su razonamiento y por como ella le correspondía. Estaba completamente seguro del camino en el que andaba y dispuesto a pagar el precio. Asintió en silencio, ignorando todas las alarmas que le rogaban que desistiera. Agarró su delicada mano y la apretó con suavidad.

— Sera mejor que cenemos.

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Se encontraba en el comedor revisando unos reportes de su trabajo desde su laptop. Metió su mano al bolsillo y sacó un papel que tenía un par de nombres escritos sobre este. En la mañana apareció esa nota en la cocina, donde Tenten le escribió los nombres de sus padres. Suspiró un tanto nervioso. Su búsqueda sería más fácil si tuviera acceso a los archivos del gobierno o con la policía, pero sacar a la luz esos archivos haría que cuestionaran la existencia de la castaña. Estaba obligado a empezar de cero. Dedujo los apellidos de la ángel por la nota e insertó su nombre en el buscador. Increíblemente, había diez chicas en la actualidad que se llamaban así. Todavía no empezaba y ya era complicado para él. Tenía que reducir la búsqueda. Detuvo sus dedos a unos centímetros del teclado. Quedándose congelado en esa posición por varios minutos. No podía. No se atrevía a meter esa oración. Desaparición de…, asesinato de…, secuestro de… le aterró lo que los resultados podrían arrojarle. Exhaló tenso. De dar con su paradero, dudo que fuera buena idea que la ángel los encontrara. Había estado en sus zapatos, pero ¿ellos? Era definitivo que tampoco la tuvieron fácil. Otras ideas perturbaron al empresario. ¿Pudieron dar con ella? ¿Encontraron al culpable? ¿Pagó el precio? Cerró su computadora. Simplemente no podía. Enterarse de esas cosas era algo duro incluso para él. Era el único favor que ella le había solicitado, pero era difícil enterarse de la verdad.

Trató de distraer su mente y se alejó de ahí. La soledad de su hogar le volvió a calar hasta los huesos. Usualmente era así y todo cambio cuando ella llegó. Era mera suerte que se la topara rondando por la casa, pero al encontrarse ella lo evitaba. ¿Cómo culparla? Estaba lidiando con su propia muerte. Era normal que quería enterarse de cómo se encontraban sus padres… pero se estaba hartando de su ley del hielo. Corto de tajo su trato con él. Lo aisló por completo. Sentía celos de que corriera a los brazos de su tutora y a él lo hacía a un lado. Quien diría que antes no podía quitársela de encima y ahora no se dignaba ni a verlo. Repasaba sus palabras y acciones buscando si algo de lo que había dicho o hecho la había ofendido. Nada. Nada levantaba una bandera que le anunciara que había obrado mal. Deseaba poder alcanzarla y al menos entablar una pequeña conversación con ella. Una más humana, una menos dolorosa y áspera como las que habían entablado. A pesar de su desesperación, no cesaba de pensar por los dos.

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Al entrar a su habitación cerró la puerta detrás de él, caminó hacia la mesa de noche que estaba junto a su cama, encendió una lámpara de noche y colocó el diario de su abuelo sobre el mueble. El Nara se deshizo de su ropa de trabajo y se cambió por algo más cómodo para poder dormir. Se sentó en la orilla de la cama y contempló aquella libreta. Estaba admirando una de las pocas cosas que le pertenecían a su abuelo. Cuando él falleció, apenas estaba cursando la primaria y no comprendía del todo lo que significaba la muerte. Lo poco que recordaba de él es que era un hombre serio, de pocas palabras y apático. No recordaba verlo sonreír mucho menos recibir afecto de su parte, pero Shikaku no dejaba de contarle lo duro que había trabajado para darles todo lo que tenían en la actualidad. Dejándolos bien ubicados ante la sociedad, pues no tenían que preocuparse si tendrían que comer al día siguiente. Su vida estaba cómodamente asegurada hasta para dos generaciones más. Delante de él quizás estaba la clave de quien era su abuelo en verdad, pues había plasmado algunos de sus pensamientos en este. Tomó el libro entre sus manos y lo analizó. Su cubierta era de cuero negro, la cual estaba intacta a pesar del paso de los años. Con ayuda de sus dedos abrió el libro. Sus hojas amarillas carecían de renglones y desprendían un aroma que delataban su antigüedad. Comenzó a hojearlo. Encontrándose con apuntes sin importancia como una lista de quehacer, recordatorios de fechas, cuentas de sus finanzas, reflexiones que plasmo en algunas hojas y una carta que le dedicaba a su difunta esposa. Jamás llegó a conocer a su abuela ni visto fotos de ella. Su padre le comentó que ella había fallecido después de dar a luz y que su abuelo nunca volvió a salir con nadie más. Su carta expresaba lo mucho que la amó, que lamentaba su pronta partida y que a su edad estaba contando los días para volverla a encontrar.

Mientras descubría más detalles de él, encontró una gran cantidad de hojas que habían sido arrancadas al azar sin cuidado. De repente, se topó con un grupo de hojas que se negaban separarse. Parecía que habían sido pegadas entre si discretamente, pero el paso de los años venció la mayoría del pegamento. Su curiosidad despertó. Buscó un motivo lógico para esa rareza. Usando sus uñas, rascó una de las orillas del papel. Consiguiendo despegar una esquina de estas. Lo que quedaba de pegamento era una mezcla muy frágil. Si lo hacía con cautela, podría despegar una hoja entera y lo logró. La examinó por ambos lados. Estaba en blanco. Paso a la siguiente hoja. Nada. Ni un solo apunte. Dedujo que algo se había regado encima del libro y había creado ese pegoste entre las páginas. Eso explicaría el deterioro de esa sección, pero la siguiente mostro una anomalía. Tenía manchas de color marrón oscuro sobre esta. Como si alguien se hubiera ensuciado la mano y hubiera maniobrado con el libro. Parecían dedos pero no tenían huellas digitales. De seguro eran de su abuelo, pues su padre le contó que él había nacido sin huellas digitales. Continuó dividiendo las hojas. Más hojas en blanco, rastro de hojas arrancadas, más hojas manchadas con patrones de gotas. Hasta que encontró otra hoja con párrafos escritos a mano. Estaba tan intrigado que no se detuvo a pensar si debía de leer su contenido o no.

"He hecho cosas de las que no me siento orgulloso, pero solo una de ellas ha sido capaz de levantarme incontables noches durante toda mi vida. He sido maldito desde ese día. Mi mente no ha podido encontrar paz. En mis sueños trato de actuar diferente o pedir perdón, pero al despertar lo hecho, hecho esta. Si tan solo me hubiera impactado menos aquella mujer, quizás no viviría tan atormentado como lo estoy en la actualidad, pero de no hacerlo, dudo que yo estuviera presente ahora. Disfrutando de mi descendencia y pagando mis pecados día con día con intereses. Hago esta nota, en contra de mi política de eliminar todo rastro como un grito de desesperación. Con esperanzas de aliviar el yugo con el que cargo sobre mis hombros.

"Nos llegó un encargo muy especial. Otro pobre diablo que le debía el mundo entero a las personas equivocadas. Era tan astuto que era casi imposible seguirle las pisadas. Hasta que un muchacho, quien dijo conocerlo, llegó y trabajó con nosotros. Nos dio indicaciones precisas para dar con su paradero. Entramos a su casa cuando no había nadie y corroboramos la valiosa información que el novato nos proporcionó. Sin embargo, no había indicios de que hubiera estado en la casa esos días. Descubrimos que el bastardo tenía familia. Así que, al no encontrar al deudor, le daríamos nuestro contundente mensaje a aquellos que compartían su techo.

Los seguimos hasta una plaza que estaba muy concurrida y uno de ellos se expuso a la confusión de la calle. Mi compañero se encargó de dispararle, entregándole nuestro mensaje que teníamos para él. Nos alejamos y observamos desde lejos, aguardando para que aquel hombre hiciera acto de presencia y auxiliara a su familiar. En cambio, apareció una mujer. En las fotos de referencia, ella salía con él. Rubia, de ojos aqua marina y tenía un vestido azul. Nuestros superiores nos dijeron que ella era un pez gordo y quizás nuestra garantía para encarar a nuestro sujeto. Fuimos detrás de ella y se desvaneció de nuestra vista. Aunque gracias al novato pudieron encontrarlos de nuevo. Desconocíamos porque ese muchacho se interpuso en la misión, pero le costó su vida. Habíamos causado todo un caos en la plaza, atrayendo la atención de las autoridades y me dieron órdenes directas de llevarme a la chica si es que seguía con vida. Nada que un poco de cloroformo no pudiera solucionar."

Hizo una pausa. La historia comenzaba a tornarse como la de… no podía ser. Continuó intrigado.

"No habían pistas de nuestro objetivo. Sospechábamos que aquella rata se enteró que lo estaban buscando y se escondió de nosotros. Entonces, incendiamos su casa declarando nuestro ultimátum. Llegando a nuestro punto de reunión, me dieron la tarea de encargarme de la chica. Nos dirigimos a un bosque, donde la atamos a un árbol y esperamos a que recuperara su conciencia para comenzar con el interrogatorio. Por fortuna era mujer, los muchachos no iban a utilizar su fuerza bruta con ella. Cuando despertó estaba fuera de sí, perdida e ignoraba todo lo que le dijeran. Hasta que uno de mis superiores le mostró una foto de nuestro objetivo. Eso la hizo regresar a la realidad, pero no obtuvimos las respuestas que queríamos. Inmediatamente rompió en llanto y gritó al cielo su dolor mientras todos nosotros la observábamos de lejos. Su alarido, me causo escalofríos. Fue ahí donde me maldijo con esta escena para toda la eternidad. Pasaban los días y ella era la representación en carne propia de un muerto en vida. Marchitándose con el paso del tiempo. Se negaba a comer, se negaba a beber agua. Volvieron a cuestionarla, ella volvió a responder que no tenía ni idea de donde estaba.

Apartó el libro de su vista, pues empezó a sentirse enfermo del estómago. Era bastante similar solo para llamarlo coincidencia. Retornó sus pupilas al temible relato, esperando con todas sus fuerzas que hubiera una diferencia entre su historia y la de ella.

Tras escuchar esa respuesta una y otra vez, la chica se había vuelo una pérdida de tiempo para la banda. Declararon el día en el que nos desharíamos de ella y como último gesto de humanidad me pidieron que le vendara los ojos. Obedecí y me le acerque. Mantuvo siempre su vista plantada en el suelo, no parpadeaba y su respiración casi no se percibía. Algo me impulsó a preguntare si tenía un último deseo y para mi sorpresa reaccionó al minuto de escucharme. Su voz estaba quebrada debido a que no paró de llorar por varios días, pero con esa misma voz me suplicó que le diera una sepultura digna a sus hermanos. Después me pronuncio sus nombres. Me aleje impactado. En mi camino de regreso a la zona segura, las piezas comenzaron a acomodarse en mi cabeza. El novato era su hermano y si dio toda esa información para dar con el paradero de nuestro objetivo era porque quería que nos deshiciéramos de él. Desconocíamos sus motivos, pero debieron ser lo suficientemente fuertes para traicionar al esposo de su hermana. Aunque lo que nunca se imaginó de iniciar ese incendio dentro de este negocio, fue que hasta su propia familia derramaría sangre en su nombre y aquel hombre por el cual iniciamos toda esta cacería, continuaría prófugo burlándose de nuestros intentos de atraerlo. Estábamos en el mismo bando, pero lamentablemente terminamos quitándoles todo antes de saberlo. Se dio la orden y a las cinco de la tarde fue fusilada.

El Nara detuvo su lectura. Sus manos temblorosas continuaron sosteniendo el libro de aquel aterrador relato. Un aura fría y tétrica lo abrazó. Suspirándole pánico muy cerca de su cuello. Tenía que ser una maldita broma. Todo coincidía. Era exactamente igual. Arrojó el libro al suelo y se hizo para atrás. La ángel le comentó que nunca se lo había contado a nadie y que él era primero en escucharla. La única explicación lógica de la existencia de ese manuscrito era si su abuelo… Incrédulo abrió uno de los cajones de su mesa de noche con prisa, moviendo su contenido con desesperación. Hasta que encontró un sobre el cual abrió con dificultad, sacando de este una carta que le había escrito el día de su décimo cumpleaños y observó con cautela su letra. Se arrodilló, tomando con desprecio el libro y lo abrió en el horrendo párrafo. Los colocó uno al lado del otro para comparar la tipografía meticulosamente, pero al segundo se dio cuenta que la similitud era innegable. Dejo caer su cuerpo sobre sus piernas y sus manos al suelo. Su semblante quedo frío de shock al enterarse que al hombre que llamaba su abuelo había presenciado y participado en la muerte de Temari.

Rondó por su habitación como lobo enjaulado. Releyó el párrafo tratando de comprobarse a sí mismo que lo que había leído era obra de su imaginación, pero no lo era. Aunque intentaba acostarse, se volvía a levantar y suspirar alterado en su cama. No. ¿Cómo podría ser posible? ¿Cómo un hombre así pudo haber criado a su padre? No dejaba de cuestionarse su propia historia familiar. Su corazón latía con desesperación. ¿Qué pasaría si Temari se enterara? Esa sola idea, le trajo una horrenda sensación. Como si estuviera sucio. Hasta que un ruido fuerte lo hizo brincar en su lugar. Era su celular que vibraba sobre su cama junto a una melodía. Corrió hacia este y lo apagó con nerviosismo. Miró la hora. Era de mañana. Había pasado toda la noche en vela por esa revelación. Trato de seguir su rutina, se dio una ducha muy fría para sacarse de ese trance e irse a trabajar.

Salió de su casa como si estuviera huyendo de alguien. Estaba perturbado por cada letra que leyó en ese documento. Era exactamente igual a como ella se lo contó. Ese pensamiento comenzó a consumirlo. Hasta que su conciencia lo golpeó, encontrándose enfrente de su escritorio. Estaba en el trabajo. Le resultó algo alarmante desconocer cómo había llegado ahí. Su mente se desconectaba y se conectaba a la realidad aleatoriamente. ¿Acaso era una pesadilla? Apenas estaba recuperando gradualmente el control sobre su cuerpo, pero sintió que tenía una presencia junto a él. Levantó la mirada, hallándose con su padre quien lo observaba con seriedad mientras sujetaba un fajo de documentos en su mano.

— Shikamaru, necesito ver un tema contigo. Te veo en el cuarto de conferencias en cinco minutos.

El joven no se inmuto. Permaneció con su mirada perdida. ¿Acaso su padre sabía lo que había hecho su abuelo? Miró el reloj. El tiempo transcurría demasiado rápido. Tal como se lo solicitó, fue al cuarto de conferencias. En modo automático colocó su mano sobre la perilla y entró. Fue bienvenido con un ventanal que le brindaba una vista hacia el parque que se encontraba a varios pisos debajo de ellos. Lo verde de los árboles contrastaba con lo blanco de los muebles de la habitación. Luego sus ojos se toparon con la silueta de su padre, quien estaba parado en uno de los extremos de la sala, junto a una enorme pantalla que utilizaban para sus presentaciones. Shikaku con una expresión reservada fijo su mirada en él.

— Toma asiento —le indicó con un ademan.

Él obedeció. Shikaku se sentó junto a él. Colocó sus codos sobre la mesa, entrelazó sus manos, examinó al muchacho y se tomó su tiempo para romper el silencio. Al joven empresario le empezó a preocupar su rendimiento en el trabajo. ¿Acaso estaba en problemas? ¿Cuánto tiempo se la paso mirando a su monitor sin hacer nada?

— Shikamaru, sé que entiendes la importancia de dejar tus problemas personales en casa. Has estado muy distraído todo el día, tanto que hace rato repetí tu nombre dos veces y parecía que te habías vuelto sordo. Como tu jefe y superior, te pido que vuelvas al trabajo —hizo una pausa—. Desdichadamente también soy tu padre y me preocupa la expresión que tienes en el rostro. ¿Quieres hablar al respecto?

El chico sintió que estaba a punto de quebrarse. Cuestionándose una y otra vez si él tenía conocimiento alguno de lo que había encontrado. De ser así, no sabía cómo podría dormir tan tranquilo en las noches. El chico moldeo su respuesta en su mente para no levantar más alarmas o amargarle el día a los dos.

— Padre, necesito de tu consejo.

Shikaku alzó las cejas, recargó su espalda en el respaldo de la silla y cruzó los brazos.

— Claro. Dime como te puedo ayudar.

Shikamaru desvió la mirada. Apoyó sus manos sobre la mesa de cristal y las entrelazó entre sí para ocultar que temblaban. Inhaló y exhaló profundo antes de comenzar.

— Digamos que me entere de una información que le incumbe a un conocido mío. Siento que tiene el derecho de enterarse, pero no me atrevo a decírselo. Pues al decirle esto, podría alejar esta persona de mí.

Su padre trazo una sonrisa ladeada. Tomando una idea errónea de lo que tenía en mente el muchacho.

— Bueno hijo, la honestidad es libertad. Ocultar información es una manera de mentir y las mentiras carcomen tu interior. Si sientes que lo correcto es decir la verdad, hazlo. Independientemente del resultado, te dará paz pues hiciste lo correcto. Respecto que esta persona se aleje de ti —colocó su mano en el hombro del chico—, si es tu intención alejarla es tu decisión y está bien apartar a la gente que no te favorece en tu vida. Si no la quieres perder, tienes que luchar para hacer que se quede, pero la otra parte tiene que estar dispuesta a ceder. Si eres importante para ella, no se apartara de ti.

Su padre sostuvo una sonrisa cálida y confiada. Al apretar su hombro sintió lo tenso que estaba su hijo. Él creía que el tema se trataba de emociones simplemente, pero de cierta manera sus palabras dieron en el clavo. Shikamaru suspiró bajando la mirada.

— En verdad, me aterra seguir tu consejo.

— Todo estará bien hijo. Nosotros estaremos aquí para ti, siempre. No lo olvides —Shikamaru asintió en silencio—. Espero haber sido de ayuda.

— Un poco. —Respondió inseguro.

— Bien. Es tiempo de regresar al trabajo —dijo levantándose de la silla—. Si quieres compartirme más de tu situación podrías ir a la casa después de salir del trabajo o llamarme por teléfono. Como desees.

— Gracias, pa… señor Nara.

— Bien. Regresare a ser tu jefe. No quiero verte soñando despierto de nuevo. A trabajar. —Se despidió saliendo del cuarto.

Cuando se quedó solo, colocó sus manos en su frente y sintió una presión que lo estrujaba en su lugar. Sabía que hacer, pero no quería hacerlo. Predecía lo que sucedería a continuación y no le agradaba ese resultado. ¿Por qué tuvo que leer ese libro? ¿Por qué se lo llevo consigo? Se frotó el rostro con frustración. No quería. Si lo ocultaba, todo permanecería igual hasta el día que ella se tendría que ir. Solo tenía que cargar con esa aplastante verdad y verla al rostro todos los días. Exhaló con pánico. Inhaló profundo, salió de la sala de juntas y se metió directo al baño, abrió la llave del lavabo y se lavó la cara. Cerró la llave, apoyó sus manos húmedas sobre el mueble y se miró al espejo. Se veía fatal. Comprendió porque había despertado la repentina preocupación de su padre. Sus ojeras se le notaban y estaba un poco más pálido de lo normal. Al menos era bueno aparentando que estaba serio, cuando en realidad estaba en medio de una crisis emocional. Solo hace unos días no cabía de felicidad de ser correspondido, pero en ese momento jamás había sentido tanta repugnancia de sí mismo como lo hacía ese día.